El presidente norteamericano Donald Trump ha conseguido imponer su plan para el cese del fuego en Gaza, logrando que Israel deje de bombardear una Franja devastada y que los milicianos de Hamás entreguen los rehenes israelíes que mantenían todavía secuestrados -vivos o muertos- en los túneles donde se esconden. Después de dos años de arrasar el enclave por tierra, mar y aire y de cerca de 70.000 gazatíes muertos, una paz es al fin impuesta sin que la firmen los contendientes, sino los mediadores, con Trump como máximo protagonista y maestro de ceremonias. De este modo, el silencio de las armas ha posibilitado que los supervivientes de Gaza regresen a lo que queda de sus casas y empiecen a recibir una ayuda humanitaria que Israel bloqueaba en los pasos fronterizos, mientras los familiares de los secuestrados israelíes respiran al abrazar a sus familiares cautivos o reciben los cuerpos de los que murieron durante el cautiverio.
A pesar del
alarde propagandístico del mandatario norteamericano, lo cierto es que lo
conseguido por Trump es idéntico, en esta fase del plan, al frustrado acuerdo
logrado en enero de 2025 por el presidente Joe Biden para alcanzar un
armisticio de las hostilidades y el intercambio de prisioneros. Aquel alto el
fuego duró un par de meses, hasta marzo, cuando Israel volvió a efectuar
ataques aéreos sobre Gaza, pero sirvió para que Hamás liberara a treinta y tres
rehenes israelíes (ocho de ellos muertos) a cambio de 1.800 palestinos
encarcelados en Israel. Fue un acuerdo tan precario como parece el actual porque desde el primer día Israel siguió matando palestinos casi a diario
y obstaculizando con cualquier excusa la entrada de ayuda humanitaria. Exactamente
lo mismo que ocurre ahora con el plan de Trump. ¿Es esta la paz que desea todo
el mundo?
Parece obvio
que el resultado de la innecesaria, desesperada y salvaje aventura de Hamás de
atacar a Israel, al que acusa de ocupar sus tierras, en una acción terrorista
sin sentido que causó 1.500 israelíes asesinados y más de 200 secuestrados, y
de la consiguiente respuesta de Israel de iniciar una guerra para desarticular
la milicia armada, eliminar a sus líderes, destruir sus bases y los lugares
donde pudiera esconderse, aunque tuviera que arrasar todo el enclave, no puede
saldarse con una paz cogida con alfileres. Ni esta ni la Biden son suficientes
para erradicar definitivamente la violencia de la zona.
Entre otras
cosas, porque el conflicto es mucho más complejo que esta última escaramuza y
porque, encima, las intenciones de Israel no fueron nunca las de rescatar a los
rehenes, sino de apropiarse del territorio, expulsando o diezmando a su
población, de tal forma que no puedan conseguir tener un estado propio e
independiente. Por ello, estos planes de paz, por llamarlos de alguna manera, y
menos aun el de Trump, jamás resolverán definitivamente el problema que
enfrenta a Israel con los pobladores palestinos de aquellas tierras, la bíblica
Judea.
Y es que el
plan de paz, que emerge de la disyuntiva entre genocidio u ocupación, no ofrece
ninguna oportunidad, basada en la historia, la legalidad y la justicia, de
prosperar y permitir la coexistencia pacífica de judíos y árabes en Oriente
Próximo, según mandatan las resoluciones de la ONU con la solución de los dos
estados, uno hebreo y otro palestino, que compartan el territorio. La de Trump
es una paz impuesta, una mera exhibición de poder, que silencia momentáneamente
las armas y que, por supuesto, para las víctimas es preferible a la
continuación del genocidio. Pero con la que Hamás y gran parte de los
palestinos volverán a sentirse humillados por no reconocer su derecho a la autodeterminación.
Ni tampoco calmará a Israel de las ansias por ocupar lo que cree le pertenece
por designación bíblica, el “gran Israel” al que aspiran los sionistas
ultranacionalistas comandados por Netanyahu.
Y no resolverá el problema, si el alto el fuego no salta antes por los aires, porque el acuerdo normaliza la impunidad de Israel, a la que reserva el derecho de anexionarse un “perímetro de seguridad” dentro de Gaza, la llamada “línea amarilla”, manteniendo posiciones estratégicas y decidiendo quién entra y sale del enclave. Y niega a los gazatíes el derecho a elegir sus gobernantes y aspirar a una soberanía palestina en la Franja, ya que el documento propone que un “comité palestino tecnocrático y apolítico”, de pestilente tufo colonial, administre temporalmente la gestión diaria de los servicios y municipios, bajo supervisión y control de un nuevo organismo internacional, la denominada Junta de Paz, dirigido por Donald Trump y el exprimer ministro británico Tony Blair, con amplios poderes ejecutivos. Y del que se excluye explícitamente a la Autoridad Nacional Palestina hasta que, según Netanyahu, no se someta a una “reforma radical y genuina”, sea lo que sea lo que eso signifique, pero que no parece muy democrático.
La paz de
Trump -un documento de 12 páginas con 20 cláusulas de principios genéricos- no
es un acuerdo detallado, elaborado y pactado por las partes en conflicto, sino
propuesto e impuesto por el mandatario norteamericano a través de mediadores,
sin más obligación de cumplimiento que la coacción y la amenaza de continuar
con las bombas sobre una población acorralada e indefensa. Más que un plan,
parece un mecanismo para gestionar el conflicto y preservar el status quo
de la región, consolidando a Israel como agente predominante y custodio.
Además, es calculadamente vago sobre el derecho a la autodeterminación
palestina como para que Israel lo apoye, guarden silencio cómplice los países
árabes y las democracias que han reconocido a Palestina asuman la contradicción
de que la gestionen potencias extranjeras.
Y es que el
plan no aborda la complejidad del conflicto de Oriente Medio al ignorar a Irán -el
gran valedor de la lucha palestina por su independencia y suministrador de
armas a las milicias propalestinas-, cuya existencia se ve amenazada por la obsesión
israelí de impedir, incluso por la fuerza, su desarrollo militar y tecnológico,
como ha demostrado la última incursión aérea que destruyó sus instalaciones
atómicas, con ayuda, claro está, de los mismos EE UU. que ahora patrocina el
plan de paz.
Ni a Siria,
con un trozo de su territorio -los Altos del Golán- ocupado por Israel; ni a
Líbano, “patio trasero” de Israel donde se refugian milicias propalestinas que
Tel Aviv ataca periódicamente; ni siquiera a Jordania, la única monarquía árabe
que acoge y nacionaliza al mayor contingente de palestinos en el exilio. Y, por
supuesto, a Arabia Saudí, la petrodictadura que financia parte del desorden
regional según sus conveniencias y dispuesta siempre a los pactos que
favorezcan sus negocios.
Lo cierto es
que, en todo caso, la viabilidad del plan depende de que Israel se retire definitivamente de Gaza, de que Hamás renuncie a las armas como método para
lograr sus objetivos de un estado palestino independiente y de que sus
cláusulas se adecúen al derecho internacional y a las resoluciones de la ONU
sobre el conflicto.
Pero tal como pintan las cosas, con Hamás renuente a abandonar la violencia, Israel practicando el tiro al blanco con los palestinos que ignoran sus arbitrarias líneas de seguridad dentro del enclave y EE. UU. propiciando la ley del más fuerte a la hora de ejercer su papel como gendarme mundial, lo más probable es que, más pronto que tarde, desgraciadamente se reanuden las hostilidades y vuelva la violencia. Fue lo que pasó con la anterior tregua y con los acuerdos de Oslo: los fanáticos de uno y otro bando boicotearon los acuerdos alcanzados.
¿Es esta la
paz que dará satisfacción, seguridad y confianza a israelíes y palestinos? No
me gusta ser un aguafiestas, pero lo dudo. Ojalá me equivoque.



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