La NASA, en cambio, pretende que el despegue del cohete SLS
que tiene como misión enviar cuatro astronautas a un viaje de ida y vuelta a la
Luna, sin alunizar, sea un acontecimiento histórico… en los últimos cincuenta
años, cuando al satélite ya han llegado hasta en nueve ocasiones con el
Proyecto Apolo, desde 1968 hasta 1972.
Lo histórico en astronáutica fue cuando un ser humano orbitó
por primera vez la Luna (Apolo 8, 1968) y puso los pies sobre ella (Apolo 11,
1969). Lo que va a hacer la Misión Artemisa II, que partió esta medianoche
(hora de España) desde Cabo Cañaveral, es repetir el vuelo del Apolo 8 al cabo
de cincuenta años. Y repetir lo que ya se ha hecho no es algo histórico. Es, en
todo caso, ampliar una aventura que se interrumpió por cuestiones ajenas a la
exploración espacial y a los objetivos científicos que deberían animarla.
No obstante, es evidente que existen avances que diferencian
los programas Artemisa y Apolo. La principal de ellas es que habrá una mujer,
una persona afroamericana y un ciudadano no norteamericano (canadiense) entre
los astronautas de esta primera misión tripulada, como reflejo de la sociedad
plural que, en teoría, existe en la actualidad.
Otra diferencia es la distancia que recorrerá la cápsula
Orón de Artemis II en su viaje a la Luna, pues la órbita que describirá sobre
el lado oculto será muy alejada de la superficie lunar. Es por ello que se
superará el récord de distancia desde la Tierra alcanzado por un ser humano,
establecido anteriormente por el Apolo 13 en 400.171 kilómetros.
También hay que destacar que la comunicación y las
retransmisiones han avanzado considerablemente, como cabía esperar. Esta vez
las imágenes no estarán limitadas, sino que se ofrecerá cobertura casi continua
y en tiempo real, gracias a una red global, con estaciones en distintos
continentes, gestionada por Jet Propulsion Laboratory (JPL), un centro
tecnológico de investigación y desarrollo que opera bajo contrato con la NASA.
Y, por último, el objetivo de la misión, que no es otro que
contribuir a la preparación de futuras expediciones a la Luna que explorarán
regiones poco estudiadas, incluida la cara oculta y el polo sur lunar, donde se
busca evidencia de hielo de agua, necesaria para cualquier proyecto de estación
permanente en el satélite.
Pero más allá de las diferencias técnicas y funcionales de
ambos proyectos (Apolo y Artemisa), existen similitudes especulares entre las
causas y objetivos de una carrera espacial que sirven de base a todas las
iniciativas astronáuticas emprendidas hasta la fecha. Y el primero de esas similitudes
es la competición tecnológica entre las grandes potencias. El Apolo competía
con la antigua Unión Soviética por ser los primeros en llevar un hombre a la
Luna. Y Artemisa se enmarca en el enfrentamiento geoestratégico actual con
China, que planea que dos astronautas chinos pisen la Luna antes de 2030. Ambos
proyectos persiguen la presencia sostenida en la superficie lunar.
También existe una gran diferencia, y peor: esa carrera
espacial entre potencias enfrentadas despierta la voracidad de oligarcas, como
Elon Musk y Jeff Bezos, por obtener réditos económicos y de poder, que se
traducen en cambios en el orden internacional del espacio que ponen en peligro
la conservación del entorno y la apropiación de los recursos naturales que se
descubran en la Luna. Y es que ambos oligarcas compiten en la construcción de
la nave (Starship de SpaceX y Blue Moon de Blue Origin, la primera que esté
lista) destinada para el descenso a la Luna, en una compleja operación de
transbordo desde la nave Orion, que se encarga de llevarlos a órbita lunar y
traerlos después de regreso a la Tierra.
El derecho espacial internacional, elaborado desde 1960 en
el seno de la ONU, se basaba en la cooperación y el diálogo multilateral. Con
Artemisa, EE.UU. ha promovido unos acuerdos (“Acuerdos Artemis”) al margen de
la ONU, que legitiman la extracción de recursos espaciales sin ningún tipo de
control internacional. China, como es natural, no se ha adherido a unos acuerdos
dictados exclusivamente por EE.UU. El negocio queda, por tanto, al alcance de
unos pocos ciudadanos multimillonarios y poderosos. Según Jorge Hernández
Bernal, astrofísico en la Universidad de la Sorbona, “los ingredientes para
convertir el espacio, y en particular la Luna, en el Salvaje Oeste están
servidos”, como comentó en un artículo en elDiario.es.








