No todos los años se puede celebrar el 900º aniversario del nacimiento de un personaje ilustre de la historia. Pero el pasado abril tuvimos ocasión de hacerlo. Se cumplía ese mes el noningentésimo aniversario del nacimiento, en la Córdoba andalusí de 1126, de Abu Al-Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rushd, más conocido como Averroes, un pensador erudito al que muchos consideran el mayor representante del racionalismo islámico, pues subordinaba la fe a la razón.
Nueve siglos que
no apagan la luz de quien contribuyó a alumbrar el devenir del desarrollo
cultural de Occidente, ya que su defensa de la razón frente a la fe religiosa lo
convierte en una figura clave de la evolución del pensamiento occidental y un
precursor de la modernidad intelectual. Y un puente entre el saber clásico (fue
un lector y traductor de Aristóteles) y el mundo latino medieval, hasta el
punto de ser considerado un referente de autoridad en la Edad Media e, incluso,
el Renacimiento.
Jurista,
filósofo, médico, matemático y astrónomo, Averroes provenía de una notable
familia de cadís (funcionario judicial islámico, con competencias
civiles, judiciales y religiosas, encargado de administrar justicia basándose
en la ley religiosa o sharía), como su abuelo y su padre, a quienes sucedería
en el cargo. Sus antepasados eran muladíes, descendientes de hispano-visigodos
convertidos al islam. Su abuelo (1058-1126), llamado al-Yidd (el abuelo), fue
cadí mayor de Córdoba y autor de famosas obras de jurisprudencia. Igual que su
padre, del que apenas se conoce su existencia.
Este linaje no
solo le otorgó posición, sino también una responsabilidad hacia el estudio y el
conocimiento. De ahí que recibiera, en el seno de esa familia, una educación
coránica que completaría con la jurídica y más tarde la médica. Esta formación
abarcaría conocimientos de teología y del derecho, además de medicina y
filosofía. Su erudición extendió su figura más allá de las fronteras de
Al-Ándalus, gracias a obras, como el Libro sobre las generalidades de la
Medicina, referente en todas las universidades de Europa, y otras de
filosofía que dejaron profunda huella en la historia de los hombres, al
armonizar el rigor de la lógica con la profundidad de la fe, dos formas de
conocimiento que, según él, se complementan, pues no implica que existan
verdades diferentes.
La tesis de su pensamiento se basaba en que “la verdad no se opone a la verdad”. Así defiende la armonía entre la revelación religiosa y la razón filosófica. Y es que, para Averroes, la razón es la mejor vía para comprender el sentido profundo y alegórico de las escrituras. De este modo, al afirmar la unidad de la verdad, hizo de la filosofía un saber autónomo, independiente de la teología y la religión. Al mismo tiempo, con ello buscó desactivar el fanatismo y los fundamentalismos que suelen afectar a las religiones, incluso en su tiempo. Desde este punto de vista, Averroes representa la capacidad del conocimiento para tender puentes, para la defensa de la razón y el valor del diálogo entre culturas. Y esa defensa de la razón -la ratio- frente a la fe -la fides- lo convierte no solo en una de las mentes más brillantes de la civilización andalusí, sino en una figura a reivindicar por toda sociedad que se asiente en el conocimiento, la tolerancia y el pensamiento crítico, tan necesarios hoy en día.
Córdoba,
lugar de nacimiento de Averroes, rinde tributo a uno de suss pensadores más
universales con un monumento que se levanta delante de la muralla
histórica de la ciudad, entre las puertas de Almodóvar y de la Luna, al final
de la calle Cairuán. Se trata de una escultura con pedestal, sobre el que se
erige una estatua que representa a Averroes sentado y sosteniendo un libro
sobre sus rodillas. El monumento, que fue realizado por Pablo Yusti Conejo en
1967 y, desde 1985, está catalogado como patrimonio histórico, sirve para
honrar la memoria de este erudito andalusí cuyas obras buscaron conciliar la
filosofía de Aristóteles (la razón) y la fe islámica (las creencias), dejando
un legado que perdura en el tiempo hasta nuestros días.
Novecientos años es, pues, excusa suficiente para conocer a un hombre visionario cuya sombra intelectual se proyecta aun en la actualidad, ya que su vida fue testimonio de su búsqueda incansable de la verdad basada en la razón. Y del que, gracias a sus traducciones al hebreo y al latín y sus comentarios del Estagirita (fue conocido como “El Comentador” de Aristóteles), la Europa Medieval pudo conocer o redescubrir el racionalismo helénico.












