jueves, 26 de febrero de 2026

Sin peluches

El mundo entero se ha conmovido con un mono macaco de un zoológico japonés porque, al ser rechazado por la madre y el resto de la manada, buscó protección y consuelo emocional en un peluche de orangután que los cuidadores del parque le tiraron dentro de la jaula para que le hiciera de madre. Las imágenes del animal abrazando al muñeco de trapo desataron la sensiblería de quienes las vieron a través de los medios de comunicación y las redes sociales, hasta el extremo de convertirse en un fenómeno viral.

Algo falla en nuestros afectos cuando al mundo se le saltan las lágrimas por un macaco antes que por un niño detenido por una policía armada hasta los dientes, como sucedió en Minnesota, por el mero hecho de ser ecuatoriano e inmigrante en los Estados Unidos de América. El pequeño de EE UU, de solo cinco años de edad, no tenía un muñeco con el que buscar amparo y se hallaba quieto, sin llorar, la boca cerrada y sin apartar la vista de donde lo dirigía gente que no era su familia, manteniendo esa actitud silenciosa de quien no sabe qué va a pasar pero intuye que no será nada bueno, rígido por ese miedo que infunde algo inesperado que te supera y mostrando con todo tu cuerpo paralizado el desamparo y la vulnerabilidad en que se halla.

Acababa de ser detenido cuando salía del colegio por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante una de las redadas que esta policía está efectuando contra los inmigrantes, siguiendo instrucciones del presidente Donald Trump. Separarte de tu familia para introducirte en un vehículo policial no es algo agradable ni para un adulto. Menos para un niño.

Pero este cachorro humano no tenía un muñeco al que aferrarse y que "humanizara" una violencia que, de otra forma, no altera la sensibilidad adormecida que provoca un mundo acostumbrado a imágenes impactantes. Por eso, el pequeño Liam no se convirtió en una imagen viral, sino en una noticia que atrajo, si acaso, nuestra atención el tiempo en que otra ocupa su lugar.

Vivimos tiempos confusos y desquiciados en los que es complicado discernir lo importante de lo banal, lo real de lo artificial, lo creíble de lo manipulado. Estamos sometidos a un bombardeo continuo e intenso de información cierta, incompleta, tendenciosa y falsa, todo a la vez y mezclado, que cuesta trabajo atender nada de manera exhaustiva y, menos aun, comprender la realidad de los hechos y no lo que parece que nos cuentan. Al final, sucumbimos y nos limitamos a informarnos por titulares y dejarnos emocionar por lo espectacular.

Es por ello que nos conmueve más el monito japonés que el niño norteamericano. La orfandad del primero, generada por la violencia animal, nos resulta más lacrimógena que la del segundo, provocada por un gobernante racista y paranoico, supuestamente racional. De este modo, un mono abrazando un muñeco es más tierno, entre la multitud de imágenes, que un niño indefenso y frágil frente a un furgón policial.

Cuesta admitirlo, pero es así. De hecho, el macaco ha logrado, incluso, que desplacemos el foco de nuestra preocupación de la salvaje agresión rusa de Ucrania, una guerra que cumple cuatro años desde que Putin le dio por invadir al país vecino por cuestiones que tienen que ver más con la psiquiatría que con la geoestrategia. Ya apenas seguimos las noticias del mayor conflicto bélico en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y en el que han muerto más de 15.000 civiles ucranios inocentes -entre niños, mujeres y hombres- por vivir donde caían las bombas.

Las imágenes de las matanzas rusas que sembraban las calles de cadáveres en las ciudades que ocupaban, los edificios residenciales semidestruidos por drones y misiles, el medio millón de muertos entre ambos bandos, los cerca de seis millones de ucranios que han abandonado su país -la mayoría de ellos refugiados en Europa- o los 3,7 millones de personas que se han visto obligadas a dejar sus hogares para desplazarse a otra zona del país, nada de eso nos ha pellizcado por dentro como el mono del peluche. Es probable, incluso, que lleguemos a recordar más la anécdota del zoológico japonés que esta guerra en nuestro propio continente. Ninguna de las víctimas apareció en las noticias apretando un muñeco de peluche. Y es que somos así de sensibleros.

Es más, el famoso primate ha hecho que desviemos el interés del genocidio de Gaza, donde más de 600 gazatíes -ciudadanos inocentes y no combatientes- han muerto durante un alto el fuego que los soldados israelíes rompen cuando les place. Y que olvidemos la brutal y genocida actuación de Israel en una franja que tenía acorralada a una población palestina indefensa que pagaba con sus vidas lo que era denominado eufemísticamente de "legítima defensa". Más de 70.000 gazatíes han muerto (muchos más que civiles en Ucrania) en una "guerra" que es antes un exterminio y limpieza étnica que un enfrentamiento entre dos ejércitos. Y ni una lágrima se nos ha caído por ninguno de ellos. Durante un tiempo una Gaza devastada acaparó las portadas de periódicos y telediarios, pero ya ha desaparecido de la actualidad, de lo que consideramos relevante, de lo que nos conmueve.

Ahora nuestros sentimientos son encendidos por un monito despreciado por su manada en un zoológico y que busca consuelo en un muñeco de trapo. Y los enciende porque todos necesitamos el aprecio de los nuestros, la protección de los padres y el bienestar de los espacios seguros. Como homínidos, al fin y al cabo, nos identificamos con nuestros parientes en esos comportamientos en los que el amor y el afecto son más importantes que la nutrición, como demostró el psicólogo Harry Harlow con suu teoría del apego.

Tan impresionados quedamos con la imagen del mono y su peluche que ni siquiera nos planteamos, no las desgracias arriba señaladas que afectan a nuestra especie, sino la violencia que supone para un primate nacer en un zoológico y no en una selva, y que para huir de los suyos no tenga un árbol al que trepar y deba consolarse con un trapo que alguien le tiró para deleite de los visitantes del zoo y de los consumidores de información al peso como distracción y sin compromiso.

Algo falla cuando necesitamos un peluche para mostrar nuestros afectos.

viernes, 20 de febrero de 2026

El machismo que no cesa

A pesar de las medidas adoptadas, tanto legales (leyes de protección, políticas de igualdad, etc.) como educacionales (eliminar la enseñanza sexista, evitar sesgos sexistas en los juguetes, educación sexual, etc.), para combatir el machismo de nuestra sociedad, todavía perduran dos de las manifestaciones más abominables de esa conducta que permean clases sociales, estratos económicos o niveles de formación: la que asesina y la que viola o agrede sexualmente a la mujer.

Cada año se contabilizan en nuestro país cifras escalofriantes de mujeres muertas a manos de sus parejas o exparejas, sin que ninguna de esas medidas haya logrado extirpar definitivamente la lacra del machismo más cavernícola y despreciable, el que asesina. Unas cifras que, si bien se han reducido paulatinamente desde que se contabilizan, no consiguen rebajar el nivel de entre 45 y 50 mujeres víctimas de machistas asesinos que cada año computan las estadísticas en España.

Es más, se registra incluso un ligero repunte en los datos de los últimos años, aunque sin superar -sólo lo ronda- el cómputo de 50 mujeres asesinadas anualmente por un machismo que algunos todavía se niegan a admitir. Una cantidad que, en todo caso, repugna a quien albergue una mínima sensibilidad respecto a la actitud que debería presidir la relación hombre/mujer: la que considera a ambos sujetos como personas con igual dignidad, solo distintas por su sexo, y merecedoras de los mismos derechos e idéntica consideración y respeto. Se trata, por tanto, de una cifra inaceptable para cualquier sociedad sana, tolerante, plural y libre como aspiramos que sea la nuestra en pleno siglo XXI.

Pero no lo conseguimos porque el inicio de este año ha vuelto a ser trágico para la mujer, con tres asesinatos por violencia machista en los 13 primeros días de enero. Y en lo que va de año, ya se han registrado 15 feminicidios y otros asesinatos de mujeres, según el portal Feminicidio.net. La cifra contrasta con los recuentos oficiales -que registran siete mujeres asesinadas hasta la fecha por violencia machista (1.350 desde 2003)- porque esos recuentos solo incluyen los asesinatos cometidos por parejas o exparejas y no recogen los feminicidios cometidos fuera del patrón familiar de la medición oficial.

Es necesario, pues, entender que las cifras oficiales no reflejan toda la magnitud de un problema estructural, derivado de una sociedad patriarcal, que se perpetúa por dinámicas de desigualdad, tolerancia social con los comportamientos machistas y las deficiencias de las medidas de prevención y protección de la mujer.

De ahí la persistencia de una lacra que cada año se cobra el tributo de mujeres muertas por el simple hecho de ser mujer y por pretender ser tratadas con igualdad de derechos que el hombre, sin verse subordinadas ni a su voluntad ni a su supuesta autoridad.

Por eso se suceden los casos de agresiones sexuales y violaciones de mujeres que son consideradas meros objetos para la satisfacción o el capricho del hombre, ante quien han de ser sumisas y obedientes. Una situación de subordinación y discriminación que se da, incluso, en ámbitos que, en teoría, deberían velar contra lo que en realidad son delitos perseguibles y castigados penalmente. Tal es el caso de un altísimo cargo de la Policía Nacional, que ha sido cesado cuando se conoció que había sido citado por el Juzgado de Violencia sobre la Mujer tras ser acusado de una agresión sexual contra una subordinada. El daño cometido por el denunciado, alguien cuyo deber era el de proteger y resultó ser un despiadado machista, es enorme por cuanto erosiona la confianza de las víctimas en el sistema.

En España se denuncian una media de 14 violaciones al día. Casi tres millones de mujeres (2.715.311) han sido acosadas sexualmente en el último año, a las que hay que sumar las que sufren agresiones de índole sexual, según la Macroencuesta de Violencia sobre la Mujer, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género. El retrato que dibujan tales datos es el de una realidad en la que no hay ningún ámbito ajeno a esta lacra.

Ello pone de manifiesto que el machismo más vil, el que viola y asesina, no cesa, que su ensañamiento contra la mujer persiste inamovible en el seno de nuestra sociedad y que, en cuanto puede, asoma su rostro violento a pesar de que hayan pasado más de dos décadas de la Ley Integral contra la Violencia de Género y demás medidas legales y educativas impulsadas para erradicarlo.

Con cada agresión, con cada asesinato asistimos a un fracaso colectivo que ha de impulsarnos a redoblar los mecanismos sociales, legislativos y educativos que posibiliten la erradicación de todas las formas de violencia machista de nuestro seno. Y que contribuyan a evitar el abuso de poder y la sumisión frente al agresor, cuya persistencia alimentan el miedo de la mujer a denunciar la situación que sufre, a veces desde hace años, por el temor al propio agresor, a la vergüenza, a no ser creídas e, incluso, a considerarse culpable de esa violencia.

Y aunque existe ayuda formal u oficial para estas situaciones, nunca es suficiente. Muchas mujeres todavía siguen sin hallar protección directa, ni siquiera engrosando el sistema VioGÉN (sistema de seguimiento integral en casos de violencia de género) ni utilizando la aplicación Alertcops, de alerta a la policía, por fallos en las pulseras de geolocalización. Tampoco encuentran apoyo en su entorno inmediato porque el agresor, en la mayoría de los casos, pertenece a ese entorno íntimo -familiar, amigo o conocido- donde se produce la agresión. Tantas son las circunstancias adversas para la mujer agredida que, por ejemplo, en la franja de edad en torno a los 75 años, solo dos de cada diez mujeres logran romper la relación con su agresor.

Tales dinámicas de tolerancia con la violencia machista hay que romperlas en cualesquiera los ámbitos donde se produzcan, ya sean laborales, deportivos, sociales o domésticos. Porque la única manera de hacer frente al machismo violento es no consistiendo en ningún caso su existencia, reprobando siempre su expresión o exhibición y denunciando, en cuanto se produzca, la conducta violenta u ofensiva. Pero sobre todo, mostrando siempre nuestro apoyo, comprensión y ayuda a toda mujer que sea víctima de ese machismo que no cesa. Ni una más.         

miércoles, 11 de febrero de 2026

No me gusta el reggaetón, pero sí Benito

Más por la edad que por otra cosa, el reggaetón no es un estilo musical que me entusiasme. Me ha cogido muy mayor para que me atraiga ese underground latinoamericano sobre el sexo explícito, las drogas y la violencia de la calle. Para ser sincero, he de reconocer que no me gusta nada.

En primer lugar, por ese ritmo dembow, nacido en Jamaica, que suena “atún-con-pan, atún-con-pan” de manera repetitiva, de base electrónica y armonía sencilla, una especie de combinación entre el reggae, el hip hop y el rap, que me resulta monótono, aburrido. En segundo lugar, por la práctica carencia de instrumentación musical, pues deja todo el protagonismo a la parte percusiva. Y en tercer lugar, por la manera en que se canta, una especie de recitado monocorde sin apenas saltos de melodía y una vocalización gutural que apenas se entiende, que no es apta para mis oídos, poco acostumbrados a una jerga suburbana que me resulta extraña y con incipientes dificultades auditivas.

El reggaetón, originario de Puerto Rico y Panamá en la década de los 90, es un género cantado en español y centrado en las manifestaciones culturales relacionadas con el baile, la noche y el ocio. De ser algo minoritario, a partir del 2000 comenzó a tener popularidad internacional y, hoy en día, es uno de los géneros musicales más escuchados en el mundo, hasta convertirse en un competidor directo con la industria mainstream de EE UU.

Quizás por ello, los organizadores del acontecimiento deportivo estadounidense por excelencia, la Super Bowl, decidieron este año ofrecer el espectáculo que se celebra durante el descanso al artista puertorriqueño (pero de nacionalidad norteamericana, ya que Puerto Rico es un estado libre asociado de USA)) Bad Bunny (Conejito malo), una de las figuras más reconocidas del reggaetón a nivel internacional. Seguramente, les movía la intención de expandir al mundo hispano la retransmisión de una competición que ya es seguida en algunos países de Centroamérica, como México, y del Caribe. Además, no era la primera vez que artistas hispanos habían actuado durante el entretiempo de la Super Bowl, como Shakira o Jennifer López.

Sin embargo, este año la participación del cantante boricua (ciudadano norteamericano, hay que insistir) agitó las ya de por sí turbias aguas que azotan la sociedad de EE UU. Por un lado, por la política racista del presidente Donald Trump, empeñado en una cacería indiscriminada de inmigrantes en suelo norteamericano, a los que denigra, humilla y acosa, considerándolos delincuentes y peligrosos. Es tal la represión que practica que la policía de control de inmigración y aduanas, conocida como ICE, no solo ha detenido a niños de cinco años para deportarlos, sino que ha asesinado a sus propios conciudadanos por protestar contra esa violencia injustificada, como Renée Nicole Good y Alex Reffrey Pretti, ambos de 37 años y ambos norteamericanos.

Y por otro lado, porque el cantante puertorriqueño había decidido cantar sólo en español, en coherencia con la música hispana que interpreta y con su estilo, un reggaetón energético hecho para bailar y con el que hace críticas sociales y reivindicativas de su tierra. Una música que le sirve para representar la cultura puertorriqueña y denunciar las injusticias y amenazas que enfrenta la isla, como el aumento del turismo, la gentrificación, la urbanización salvaje y el daño al medio ambiente. Es más, tal es su amor a sus orígenes que organizó una gira especial en Puerto Rico, de 30 conciertos, dedicada a su gente, en la que contrató talento local, impulsó la vestimenta criolla y promovió proyectos para la comunidad, lo que dejó cerca de 400 millones de dólares de ganancia para la isla. 

Pues bien, este artista es el que aprovechó su actuación en la Super Bowl para dejar en evidencia las políticas autoritarias y racistas de la actual Administración estadounidense, convirtiéndose en símbolo de una resistencia cultural, por su orgullo hispano, frente al miedo y la represión que ejerce el trumpismo en un contexto de persecución inmisericorde del inmigrante en EE UU. Ello ha desatado la virulenta reacción del movimiento MAGA, los seguidores fanáticos de Trump, que exhibieron sus más exaltados e irracionales sentimientos, movidos por el conservadurismo radical que promueve Donald Trump, mostrándose enfadados por el uso del español y el protagonismo de personas no blancas.

Ignoran estos que se consideran yanquis puros que EE UU no tiene un idioma oficial y que el español llegó a lo que hoy es territorio norteamericano antes que el inglés y del nacimiento de USA como nación hace 250 años. 

Según Héctor Fouce, profesor de Periodismo y Nuevos Medios de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, “el mérito de Bad Bunny ha sido el de ocupar y aprovechar un espacio como la Super Bowl para dejar claro que existen más formas de imaginar EE UU y que hay otra América que está siendo deportada masivamente”.

Así lo subrayó el propio cantante cuando exhibió el lema “Juntos somos América”, impreso en el balón de fútbol americano que portaba, y cuando dijo “Dios bendiga a América”, la única frase que pronunció en inglés, tras la cual citó el nombre de todas y cada una de las naciones que conforman el continente americano.

Esa reivindicación de lo latino ante un estadio con una audiencia mayoritariamente blanca, donde estuvo acompañado de otras figuras de habla hispana, como el actor Pedro Pascual y los cantantes Ricky Martin, Candi B o Karol G., representa un desafío cultural que plantea que otra América, más rica y diversa, es posible frente al modelo de sociedad supremacista, profundamente racista con redadas a migrantes incluida, que defiende el mandatario norteamericano.

Hay que poseer convicciones muy sólidas para provocar e irritar a un todopoderoso presidente norteamericano que es temido a lo largo y ancho del mundo, ya que es capaz de secuestrar “manu militari” a dirigentes de otras naciones, asesinar sin pruebas a presuntos narcotraficantes en aguas internacionales y de crear una policía que actúa como guardia pretoriana, dispuesta a acatar sin reservas sus impulsivas y arbitrarias decisiones.

Nada más que por este valiente posicionamiento más ético que político, Benito Antonio Martínez Ocasio -el nombre real de Bad Bunny- ha conseguido que me interese por su trayectoria. Nunca he escuchado ninguna de sus canciones y, probablemente, seguiré sin incluirlas en mis preferencias, pero su actitud y compromiso con su lengua y las tradiciones hispanas, precisamente en estos momentos en que EE UU se precipita por el barranco de la violencia contra la diversidad, la tolerancia y la convivencia multirracial, hace que Bad Bunny se convierta en mi ídolo del reggaetón, como Bruce Springsteen lo es del rock por lo mismo, por su respuesta ante los excesos policiales en Minneapolis.

Y luego dicen que la música te aísla de los problemas de la realidad.             

domingo, 8 de febrero de 2026

Reseña de cuentos

En la revista digital “Voces errantes, revista literaria” (Febrero 2025/4, pág. 113), Alfonso Bolaños, filólogo y profesor de Lengua y Literatura, publica una reseña de mi libro Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes que me ruboriza por su amabilidad y que reproduzco con mi agradecimiento más sincero.

Cuentos minúsculos… se compone de diez cuentos, tal vez no tan minúsculos, de Daniel Guerrero y están narrados con mucha honestidad en la ficción narrativa y en la visión humana de un profesional sanitario y divulgador y periodista a la vez.

Me voy a mojar de inicio y confesaré cuál de los diez relatos es mi favorito: La bicicleta roja, de voz adulta recordándose aún niño y que otorga un sencillo y contundente significado, inesperado, al color rojo. Una bicicleta siempre deseo, a la que ningún coche después podrá sustituir en absoluto, tan asociada esa bicicleta a una adolescencia en ciernes, a unos vínculos y a unas expectativas.

Son diez cuentos de distinto cariz, pero siempre realistas y de voz calmada que te llevan de la mano. Sus personajes son muy variados, pero quedan dibujados con una cercanía que hará que el lector empatice con ellos. La familia, el amor, deseos no cumplidos o por cumplir, actitudes en los otros que defraudan, situaciones que salvar... También te pueden trasladar a épocas oscuras en nuestro país, que tratan de suplirse con la compañía y la limpieza del corazón del personaje, un gris que no solo está en bloques de edificios hechos en serie o una naturaleza no siempre amable, y recuerdos de acontecimientos y también de ilusiones.

El lenguaje tiene un vocabulario escogido y preciso. Se huye de las florituras, pero no se renuncia a las sensaciones, las metáforas y la multifocalidad una vez leído el conjunto. La realidad a la que se asoman estos cuentos es tan real, tan cotidiana a veces, que nos pasó de puntillas, sorprendente a la postre, ensoñada por momentos.

Esta obra es breve, esenciada, con el alma del autor en ella, y muy recomendable.

Enlace:  https://heyzine.com/flip-book/ddc7a93b6b.html      

viernes, 6 de febrero de 2026

Culpa divina

Es lo que tiene la burocracia divina. Su respuesta habitual es el silencio administrativo, pero cuando responde lo hace tarde y, en ocasiones, de manera exagerada. Como estas lluvias que una sucesión ininterrumpida de borrascas ha derramado sin cesar hasta inundar medio país. No hay otra explicación para los negacionistas del cambio climático. Más que de las certezas científicas, harto comprobadas, los seguidores de supersticiones indemostrables se fían antes de las creencias sobrenaturales o conspiranoicas. Les parecen más plausibles y confortables.

Por eso, tras meses sacando en procesión imágenes religiosas en rogativas por lluvias (ad pretendam pluviam) durante la sequía pluviométrica de 2021 -que duró tres años y secó los pantanos de Cataluña, obligó a restricciones en el consumo de agua en muchas localidades de Andalucía y propició el verano más catastrófico en cuanto a incendios forestales- la respuesta de los dioses ha sido la de concedernos la gracia líquida hasta casi ahogarnos. Es decir, tarde y exagerada.  Parece que la explicación religiosa es más asimilable que las científicas sobre un cambio del clima acelerado por la actividad humana y las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, la respuesta divina no obliga a corregir comportamientos ni sistemas productivos, sean individuales como industriales o económicos, para que resulten sostenibles con el medio ambiente y permitan reducir o enlentecer esa alteración climática. 

Es lo que sucedió la última vez. Desde 2021 España sufría la enésima sequía hídrica que hizo que zonas de Cataluña y Andalucía, entre otras, implementaran medidas restrictivas en el gasto de agua, prohibiendo, por ejemplo, el llenado de piscinas privadas y los riegos de zonas verdes, aparte de limitar el consumo humano a un volumen determinado por habitante y día inferior al normal, reducir la presión del agua en la red de abastecimiento urbano en determinados tramos horarios e, incluso, cortar completamente el suministro.

En situaciones así solemos implorar la ayuda celestial. Es lo que hemos hecho desde 1333, cuando nos dio con practicar ritos en demanda de una intercesión divina para cambiar la meteorología a favor de nuestros intereses y conveniencias. Y en 2023, agobiados, asfixiados y sedientos por la sequía, no iba a ser menos. Por todo el país se hicieron procesiones rogativas, desde Navarra a Jaén, ante la falta de precipitaciones. Y estas han sido atendidas ahora, entre 2025 y 2026, hasta el extremo de rebosar pantanos, desbordar ríos e inundar campos y ciudades. Medio país encharcado hasta las cejas por culpa de la divina providencia, tan ciega como torpe.

Porque hacer un uso más responsable del agua, modificar el modelo productivo para que sea acorde con el agua disponible y que la explotación de nuestros recursos sea sostenible y respetuosa con el medio ambiente no nos parece lo más apropiado para preservar y garantizar la disposición del agua que necesitamos. Preferimos las rogativas milagrosas a dejar de construir hoteles y piscinas, a levantar campos de golf por doquier, a transformar cada vez más hectáreas de la vieja agricultura de secano en regadío, a asfaltar en campo, a la comodidad y dependencia de fuentes de energía derrochadoras de agua como la electricidad, etc.

Y, como niños, afrontamos los problemas mediante respuestas fáciles y actitudes no comprometidas. Negamos la evidencia científica aduciendo que siempre ha hecho calor o llovido torrencialmente, sin atender que las olas de calor son cada año más intensas y prolongadas y que las precipitaciones se hacen más violentas y puntuales. Rechazamos que seamos causa de un calentamiento global que acelera el cambio climático. Pero cuando surgen las consecuencias, nos refugiamos en creencias que nos libran de responsabilidad y nos socorren de nuestra incompetencia y dejadez. Entonces clamamos al cielo para que nos ayude y al Estado para que nos indemnice como damnificados.

Pero cuando la divinidad responde a su manera, divinamente arbitraria, lo atribuimos a lo inescrutable de sus designios. Nunca es culpa nuestra. Es culpa divina. ¿No hemos rogado agua? Pues ahí la llevas. Déjala correr y no la almacenes. Ya volveremos a hacer rogativas la próxima vez. Y si todo falla, la culpa es de Pedro Sánchez.