Y no lo asumen, no aceptan que la realidad les lleve la
contraria, les contradiga y los orille en la marginalidad de la irrelevancia
porque no saben hacer otra cosa, son incapaces de mirar más allá de lo que sus
anteojeras dogmáticas enfocan, reduciéndolo todo a… ETA. El fantasma de ETA
como causa de los problemas de España.
Lo más curioso es que estos charlatanes de ETA son los
mismos que aún mantienen que en IRAK había armas de destrucción masiva que
justificase nuestra participación en la guerra ilegal en la que nos
involucraron. Y que los atentados yihadistas del 11M, contra lo probado como
verdad judicial, fueron realmente obra de ETA.
Ambas trolas están, por supuesto, relacionadas y se
retroalimentan. De ahí que no sea posible reconocer la falsedad de una sin al
mismo tiempo reconocer la de la otra. Los que continúan sosteniendo ambos bulos
no pueden hacer otra cosa más que seguir alimentando, erre que erre, esta sarta
de mentiras que ya nadie se cree. Esa es la razón por la que se niegan a pedir
perdón y admitir que estaban equivocados.
Y es que estos inmovilistas conspiranoicos son tercos y,
como escribió Nietzsche, vuelven una y otra vez a esparcir, en una especie de
eterno retorno, sus rancias ideas, sin ningún apoyo probatorio, acerca de
indemostrables teorías de la conspiración que explicarían los hechos y, lo que
es más importante, sus conductas y decisiones. Practicando la vieja actitud de sostenella
y no enmendalla, se atreven incluso a escribir libros sobre una supuesta
“verdad incómoda” que llevan años propalando en cuantas intervenciones,
artículos, conferencias y entrevistas se ponen a su alcance.
Y uno de los impertérritos y contumaces inmovilistas de la
conspiración es el exministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, un vasco que no
puede vivir sin mantener una referencia constante a ETA, su obsesión más crónica
y patológica. Un trauma que define su personalidad y su razón vital. Así, desde
sus comienzos.
Puede ser comprensible, pero ello no justifica que siga
mintiendo. Mayor Oreja, donostiarra de nacimiento, antes que político fue
ingeniero agrónomo y pretendió ser abogado, pero dejó los estudios por ser
incompatibles con su actividad política. Como buen exmarianista, se declara
católico practicante -lo que no tiene nada de malo-, excepto cuando pretende
imponer su creencia religiosa a toda la sociedad, lo que le lleva a combatir
decisiones legítimas de la esfera civil, como es el derecho al aborto, la
eutanasia y el matrimonio igualitario, derechos que califica -aunque no obligan
a nadie- como “algo propio de los bolcheviques” que forma parte de las
“viejas recetas de los totalitarismos que han asolado Europa”.
En sus años mozos fue secretario de las juventudes de la
Asociación Católica de Propagandistas, en las que había ingresado siendo niño.
De ideología democristiana, se adscribió al Partido Popular, por el que ha sido
diputado en el Congreso, ministro de Interior, candidato a lendakari y
eurodiputado. Lo que se dice todo un carrerón político, aunque en ninguna de
sus etapas haya hecho cosas destacables en beneficio del país.
Aparte de haber vivido el ambiente asfixiante del País Vasco
más sangriento, su fijación con ETA tal vez naciera cuando fue designado,
durante escasos seis meses de 1982, delegado del Gobierno en su tierra y ETA
intentó asesinarlo lanzando una granada contra su despacho. Salió ileso de cachimba
porque una farola desvió el artefacto.
Esa fijación se afianzaría, sin duda, con el hecho de que,
como ministro de Interior, pretendió ser intransigente y desautorizó las
conversaciones que su ministerio estaba manteniendo con ETA con la
intermediación de Adolfo Pérez Esquivel. Pero, ante las exigencias de la
organización terrorista para liberar al funcionario de prisiones José Antonio
Ortega Lara, tuvo que ceder al agrupamiento de presos de ETA en prisiones del
País Vasco y Navarra. Durante el secuestro, se acercaron 43 presos, 13 de ellos
con delitos de sangre. Posteriormente, se acercaron más de un centenar de etarras.
A partir de entonces, rechaza toda negociación con la banda terrorista y
considera que cualquier otra política, incluso la que ha permitido su
definitiva disolución, es errónea.
Tras su abandono -es un decir- de la política, Mayor Oreja
continúa dando la tabarra con ETA y las teorías de la conspiración, y con
soflamas sobre la pérdida o crisis de valores que asola esta parte del mundo,
desde su punto de vista de católico fundamentalista, naturalmente.
Pero el tema que no es capaz de quitarse de la cabeza, ni
estando jubilado, es el de ETA y el atentado del 11 de marzo de 2004. Para él,
pese a la investigación judicial que no halló participación de ETA ni de ningún
servicio de espionaje extranjero, aquella masacre no fue obra de islamistas,
sino una operación de servicios de inteligencia foráneos que se llevó a cabo
con la finalidad de cambiar el rumbo de la dirección de España. Y que esos
atentados le dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero sin merecerla.
Tanta es su obsesión que, tras más de dos décadas, el
exministro vuelve a las andadas con sus teorías de imposible comprobación. Y
retorna de la mano de un libro que, coincidiendo con el aniversario del
atentado, aborda sus viejas y reiteradas teorías de la conspiración que nunca
ha podido demostrar ni ofrecer indicios sólidos.
Jaime Mayor Oreja fue ministro de Interior de ese José María
Aznar que rebautizó a ETA como “Movimiento Vasco de Liberación” durante su
primer año de Gobierno, cuando empezaron los traslados de presos al País Vasco.
Y aunque Mayor Oreja ya no era ministro, ese Aznar fue el expresidente que no
supo o no quiso saber que los terroristas que atentaron el 11M eran islamistas
y no de ETA. Ahora ellos dos, Mayor Oreja y Aznar, son los que se sientan
juntos para presentar un libelo que ni es historia ni novedosa investigación
policial, sino un conjunto de bulos que pretenden mantener vigente la más sucia
teoría que jamás un político, incluso tan cínico como ellos, haya sido capaz de
sostener sin ruborizarse: que un atentado tan grave como el del 11M no fue obra
de quienes fueron juzgados y condenados por la Justicia, sino por ignotos
autores que confirmarían sus mentiras y demostrarían que sus decisiones e
intuiciones fueron correctas.
La verdad es que no tienen otra forma de validar sus
interpretaciones paranoides más que con la reiteración hasta la saciedad de sus
mentiras. Además de tratar de influir en una ciudadanía que siente desapego y
desconfianza hacia las instituciones, predispuesta a creer en explicaciones
ocultas, lo que realmente mueve a estos inmovibles conspiranoicos, como parece
le sucede a Jaime Mayor Oreja, es una probable autoafirmación narcisista por el
supuesto prestigio de poder descifrar lo oculto, desvelar lo secreto, de creer
en lo increíble y de percibir lo que nadie ve.
En definitiva, de padecer una patología psiquiátrica, cual
es su obsesión enfermiza por ETA. Lo malo es que no está solo, sino que hay
otros que multiplican tales bulos y hacen lo imposible por seguir alimentando
explicaciones delirantes que enturbian la convivencia y erosionan la
democracia. Conocerlos es inmunizarnos contra sus venenos. He ahí la razón de este
artículo, por si sirve de vacuna.










