viernes, 13 de marzo de 2026

Inmovibles conspiranoicos

Con la de problemas y males que aquejan a nuestro país, sin contar los que afligen al mundo entero, algunos siguen empeñados, cual estoicos, en negar la mayor, insistir en que ETA o sus herederos siguen vigentes, por lo que se permiten pontificar sobre las calamidades que podrían ocurrirnos si no les hacemos caso, como fue perder, por ejemplo, unas elecciones generales contra todo pronóstico.

Y no lo asumen, no aceptan que la realidad les lleve la contraria, les contradiga y los orille en la marginalidad de la irrelevancia porque no saben hacer otra cosa, son incapaces de mirar más allá de lo que sus anteojeras dogmáticas enfocan, reduciéndolo todo a… ETA. El fantasma de ETA como causa de los problemas de España.

Lo más curioso es que estos charlatanes de ETA son los mismos que aún mantienen que en IRAK había armas de destrucción masiva que justificase nuestra participación en la guerra ilegal en la que nos involucraron. Y que los atentados yihadistas del 11M, contra lo probado como verdad judicial, fueron realmente obra de ETA.

Ambas trolas están, por supuesto, relacionadas y se retroalimentan. De ahí que no sea posible reconocer la falsedad de una sin al mismo tiempo reconocer la de la otra. Los que continúan sosteniendo ambos bulos no pueden hacer otra cosa más que seguir alimentando, erre que erre, esta sarta de mentiras que ya nadie se cree. Esa es la razón por la que se niegan a pedir perdón y admitir que estaban equivocados.

Y es que estos inmovilistas conspiranoicos son tercos y, como escribió Nietzsche, vuelven una y otra vez a esparcir, en una especie de eterno retorno, sus rancias ideas, sin ningún apoyo probatorio, acerca de indemostrables teorías de la conspiración que explicarían los hechos y, lo que es más importante, sus conductas y decisiones. Practicando la vieja actitud de sostenella y no enmendalla, se atreven incluso a escribir libros sobre una supuesta “verdad incómoda” que llevan años propalando en cuantas intervenciones, artículos, conferencias y entrevistas se ponen a su alcance.

Y uno de los impertérritos y contumaces inmovilistas de la conspiración es el exministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, un vasco que no puede vivir sin mantener una referencia constante a ETA, su obsesión más crónica y patológica. Un trauma que define su personalidad y su razón vital. Así, desde sus comienzos.

Puede ser comprensible, pero ello no justifica que siga mintiendo. Mayor Oreja, donostiarra de nacimiento, antes que político fue ingeniero agrónomo y pretendió ser abogado, pero dejó los estudios por ser incompatibles con su actividad política. Como buen exmarianista, se declara católico practicante -lo que no tiene nada de malo-, excepto cuando pretende imponer su creencia religiosa a toda la sociedad, lo que le lleva a combatir decisiones legítimas de la esfera civil, como es el derecho al aborto, la eutanasia y el matrimonio igualitario, derechos que califica -aunque no obligan a nadie- como “algo propio de los bolcheviques” que forma parte de las “viejas recetas de los totalitarismos que han asolado Europa”.

En sus años mozos fue secretario de las juventudes de la Asociación Católica de Propagandistas, en las que había ingresado siendo niño. De ideología democristiana, se adscribió al Partido Popular, por el que ha sido diputado en el Congreso, ministro de Interior, candidato a lendakari y eurodiputado. Lo que se dice todo un carrerón político, aunque en ninguna de sus etapas haya hecho cosas destacables en beneficio del país.    

Aparte de haber vivido el ambiente asfixiante del País Vasco más sangriento, su fijación con ETA tal vez naciera cuando fue designado, durante escasos seis meses de 1982, delegado del Gobierno en su tierra y ETA intentó asesinarlo lanzando una granada contra su despacho. Salió ileso de cachimba porque una farola desvió el artefacto.

Esa fijación se afianzaría, sin duda, con el hecho de que, como ministro de Interior, pretendió ser intransigente y desautorizó las conversaciones que su ministerio estaba manteniendo con ETA con la intermediación de Adolfo Pérez Esquivel. Pero, ante las exigencias de la organización terrorista para liberar al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, tuvo que ceder al agrupamiento de presos de ETA en prisiones del País Vasco y Navarra. Durante el secuestro, se acercaron 43 presos, 13 de ellos con delitos de sangre. Posteriormente, se acercaron más de un centenar de etarras. A partir de entonces, rechaza toda negociación con la banda terrorista y considera que cualquier otra política, incluso la que ha permitido su definitiva disolución, es errónea.  

Tras su abandono -es un decir- de la política, Mayor Oreja continúa dando la tabarra con ETA y las teorías de la conspiración, y con soflamas sobre la pérdida o crisis de valores que asola esta parte del mundo, desde su punto de vista de católico fundamentalista, naturalmente.

Pero el tema que no es capaz de quitarse de la cabeza, ni estando jubilado, es el de ETA y el atentado del 11 de marzo de 2004. Para él, pese a la investigación judicial que no halló participación de ETA ni de ningún servicio de espionaje extranjero, aquella masacre no fue obra de islamistas, sino una operación de servicios de inteligencia foráneos que se llevó a cabo con la finalidad de cambiar el rumbo de la dirección de España. Y que esos atentados le dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero sin merecerla.

Tanta es su obsesión que, tras más de dos décadas, el exministro vuelve a las andadas con sus teorías de imposible comprobación. Y retorna de la mano de un libro que, coincidiendo con el aniversario del atentado, aborda sus viejas y reiteradas teorías de la conspiración que nunca ha podido demostrar ni ofrecer indicios sólidos.        

Y lo hace en el preciso momento en que una nueva guerra, también ilegal, vuelve a desatarse en Oriente Próximo, basándose también en mentiras que a nadie convencen. Y para más inri, presenta su libro acompañado del mismo expresidente que nos involucró en la primera guerra, la de Irak, y que hoy defiende con ardor, para ser coherente con sus mentiras, la de Irán, protagonizadas ambas por idéntico agresor, EE.UU.  

Jaime Mayor Oreja fue ministro de Interior de ese José María Aznar que rebautizó a ETA como “Movimiento Vasco de Liberación” durante su primer año de Gobierno, cuando empezaron los traslados de presos al País Vasco. Y aunque Mayor Oreja ya no era ministro, ese Aznar fue el expresidente que no supo o no quiso saber que los terroristas que atentaron el 11M eran islamistas y no de ETA. Ahora ellos dos, Mayor Oreja y Aznar, son los que se sientan juntos para presentar un libelo que ni es historia ni novedosa investigación policial, sino un conjunto de bulos que pretenden mantener vigente la más sucia teoría que jamás un político, incluso tan cínico como ellos, haya sido capaz de sostener sin ruborizarse: que un atentado tan grave como el del 11M no fue obra de quienes fueron juzgados y condenados por la Justicia, sino por ignotos autores que confirmarían sus mentiras y demostrarían que sus decisiones e intuiciones fueron correctas.

La verdad es que no tienen otra forma de validar sus interpretaciones paranoides más que con la reiteración hasta la saciedad de sus mentiras. Además de tratar de influir en una ciudadanía que siente desapego y desconfianza hacia las instituciones, predispuesta a creer en explicaciones ocultas, lo que realmente mueve a estos inmovibles conspiranoicos, como parece le sucede a Jaime Mayor Oreja, es una probable autoafirmación narcisista por el supuesto prestigio de poder descifrar lo oculto, desvelar lo secreto, de creer en lo increíble y de percibir lo que nadie ve.

En definitiva, de padecer una patología psiquiátrica, cual es su obsesión enfermiza por ETA. Lo malo es que no está solo, sino que hay otros que multiplican tales bulos y hacen lo imposible por seguir alimentando explicaciones delirantes que enturbian la convivencia y erosionan la democracia. Conocerlos es inmunizarnos contra sus venenos. He ahí la razón de este artículo, por si sirve de vacuna.   

sábado, 7 de marzo de 2026

Una distopía actual

1984, la célebre novela distópica de George Orwell, renace reflejada sobre la actualidad en el documental biográfico Orwell: 2+2=5, dirigido por Raoul Peck, que se exhibe en cines. El documentalista recurre a esa novela para contar la vida y obra del escritor, intercalando escenas de las versiones cinematográficas del mundo opresivo y desolador que el autor describió con imágenes del mundo actual, dominado por tensiones geopolíticas y tentaciones autoritarias que pretenden controlar hasta lo que deben saber y pensar los ciudadanos.

De esta forma, la película acierta a mostrar lo profético que fue Orwell para visionar las atrocidades inevitables del mundo capitalista, donde los Musk, Zuckerberg, Bezos o millonarios como Trump pueden acaparar poder para monopolizar la economía global y dirigir la vida de los seres humanos.

La distopía de 1984, tan aterradora y deprimente acerca de una realidad dominada por el poder invisible de ese Gran Hermano en permanente vigilancia y de la ubicua propaganda que emite el “Partido” y su Ministerio de la Verdad con mensajes de que “la guerra es paz”, “la libertad es esclavitud” y ”la ignorancia es fuerza”, no solo nos describe un mundo siniestro y asfixiante, sino que refleja la monstruosidad de los fascismos que vuelven a resurgir en el presente, cuando los totalitarismos parecen ser capaces de brotar en cualquier parte.

George Orwell fue un escritor lúcido que buscaba de manera infatigable la verdad a través de sus novelas, sin caer en partidismos ni convencionalismos. Vivió el nazismo y fue testigo de la guerra civil española, como brigadista internacional. Fruto de esa experiencia es el libro Homenaje a Cataluña, un testimonio honesto y espeluznante sobre los crímenes de los franquistas, pero también de los comunistas y anarquistas.

La película nos permite acercarnos a la biografía del escritor y al ambiente familiar en el que creció, a los estratos bajos de una clase media que imita los modales de la clase alta a la que aspira poder acceder, en aquellos tiempos imperialistas y sin una fortuna o rentas que lo permitan, por vía del Ejército, el sacerdocio o una prestigiosa profesión liberal. Buscaban el ascenso social sin importarle las condiciones de vida de las clases bajas o la de los pueblos colonizados.

Orwell vive eso y poco a poco se va percatando de la hipocresía e injusticia social que representa. Era una persona noble que nunca quiso mentirse ni mentir a los demás. Prefirió el humanismo a la conveniencia social o ideológica. Por eso pudo escribir sobre la decencia común, convirtiéndose en brújula moral y notario de las infamias de la época que le tocó vivir.

Unos tiempos no tan distintos a los de hoy, en los que EE. UU. ejerce un liderazgo cada vez más autoritario, la guerra prende en Oriente Medio y en Ucrania, el genocidio se practica a ojos de todo el mundo en Gaza de manera impune, sin reproche alguno, y hasta se secuestra a líderes de países extranjeros por las riquezas naturales que poseen, principalmente petróleo, y que se les quiere arrebatar.

El mundo obsesivo y terrorífico de Orwell es, de alguna manera, nuestro mundo actual, su distopía es semejante a nuestra realidad cotidiana, los conceptos inquietantes de aquel mundo imaginario parecen replicarse en la actualidad, cuando la vigilancia o control del ciudadano es absoluta y pensar u opinar en libertad es motivo de un castigo que puede afectar hasta las universidades, los medios de comunicación y, por supuesto, a cualquier individuo en particular, ejerza o no un cargo público o privado en el que sea vea obligado a expresar su parecer y defender su criterio.   

Y es que, según el director del documental, “cada vez más gente afirmaría que dos más dos son cinco si se lo dice un político, un influencer o alguien en quien ellos confían. Nunca todo había sido tan fácil para los populismos”.

Se trata, pues, de una película sumamente recomendable para quienes, hayan leído las obras de Orwell o no, estén preocupados por la tendencia de unos tiempos actuales que se caracterizan por el cuestionamiento de la democracia, la falta de respeto a las instituciones, el recelo a la ciencia y el debilitamiento de derechos y libertades en nombre de una supuesta seguridad y una seudo esencia de la patria que algunos consideran perdida o en peligro a causa de la globalización, el feminismo, los fenómenos migratorios y la tolerancia al diferente.  

Es verdad que se sale del cine con el ánimo por los suelos y los pelos de punta, pero con la certeza de que es posible combatir tanta manipulación catastrófica con la verdad y claridad de criterio. Y con obras, como esta película, que ayudan a abrir los ojos. No se la pierdan.

jueves, 5 de marzo de 2026

Ojalá seamos terribles

Me incluyo en ese descalificativo porque me siento aludido con la crítica de Trump. El presidente norteamericano ha declarado, durante una comparecencia ante la prensa en la Casa Blanca junto al canciller alemán Friedrich Merz, que “Lo de España es terrible”. Y aunque soy español por decisión voluntaria y no por azar natalicio, me duelen las amenazas del mandatario yanqui a nuestro país. Y todo porque no se le puede llevar la contraria ni discrepar de sus arbitrariedades.

Donald Trump está muy enfadado con España, particularmente con el presidente Pedro Sánchez, al que acusa de ser un líder débil porque se ha atrevido a negar a EE.UU. el permiso para usar las bases militares, de soberanía española y utilización conjunta, de Morón de la Frontera (Aérea, en Sevilla) y Rota (Aeronaval, en Cádiz) para la logística y el abastecimiento de los bombarderos que atacan a Irán.

Al parecer, era la gota que colma el vaso. Esa negativa al uso de las bases españolas provocó la furia iracunda del presidente Trump, quien, si por él fuera, ordenaría inmediatamente no solo que se operara desde esas bases ignorando la prohibición del Gobierno español, sino que se paralizara “mañana, hoy mejor aun, todo lo que tenga que ver con España: embargos. Podemos hacerlo”, afirmó desafiante. Y añadió: “Y podemos imponer un 15 % de aranceles a quien queramos”, blandiendo su arma favorita de negociación hasta que el Supremo le paró los pies.

Al parecer, a Donald Trump no le cae bien Pedro Sánchez desde que le salió respondón y se negó a subir el gasto militar al 5 % del PIB, como se acordó en la Cumbre de La Haya. En aquella ocasión, Sánchez también discrepó de una decisión que, promovida por el mandatario norteamericano, habían adoptado todos los países miembros de la OTAN, menos España. Es por eso que, como argumento a esgrimir para su actual enfado, el presidente Trump recordara que “todos se mostraron entusiasmados con la idea, todos menos España, y ahora dicen que no podemos usar las bases, es terrible”. Y como hizo entonces, ha vuelto a amenazar con represalias comerciales a España. ¡Huy, qué miedo!

Y es que nuestro presidente no aprende, no sabe mostrarse servil y dócil ante el todopoderoso ególatra yanqui, acatando todas sus barbaridades. Ya antes, el Gobierno de España se había opuesto a la ilegal intervención militar ordenada por Trump en Venezuela para secuestrar “manu militari” a Nicolás Maduro, presidente del país, y conducirlo a la fuerza a una cárcel de Nueva York, donde pretenden juzgarlo, a pesar de todas las violaciones del derecho internacional cometidas en su captura.

De hecho, nuestro país lleva señalándose desde hace mucho tiempo, prácticamente desde el inicio de su mandato, plantando cara a las políticas de Donald Trump cada vez que atropella la legalidad internacional, pisotea los Derechos Humanos e ignora la Carta de la ONU, mientras destruye, con mamporros cada vez más violentos e indisimulados, el viejo orden mundial, aquel multilateralismo en las relaciones internacionales basado en consensos y reglas y regido por leyes que todos cumplían.

España ha sido crítica con los abusos y la soberbia de quienes se creen que pueden imponer su criterio e intereses simplemente porque pueden, por la fuerza. De ahí que nuestro país haya denunciado por activa y por pasiva el genocidio cometido en Gaza por un Israel envalentonado por el apoyo incondicional que le presta Trump. E incluso que haya reconocido oficialmente a Palestina como Estado independiente, con derecho a exigir el respeto de su soberanía e integridad territorial, conforme las resoluciones de la ONU.

Por eso nuestro país no deja de denunciar la brutal agresión que sufre el pueblo palestino, a quienes se les quiere desalojar de sus tierras. Son las mismas razones -el respeto a la legalidad internacional, a la soberanía de los estados y a la integridad territorial- por las que también se opone, con igual contundencia, a la ilegal y criminal invasión de Ucrania por parte de Rusia. Entre otras razones, porque los abusos hay que denunciarlos sin importar quien los cometa y sin caer en una hipócrita equidistancia.

Y porque, si no, los abusadores se envalentonan al creer que los demás consienten sus atropellos sin rechistar. Tal vez esta sea una de las razones por la que esos mismos matones se unen ahora para atacar Irán y comenzar un conflicto en Oriente Próximo que no se sabe cómo acabará. Otra vez Israel y EE.UU. juntan sus bombas para abrir fuego contra el país de los ayatolás, con la excusa de impedir que se doten de armas nucleares y liberar a su pueblo de la dictadura que lo oprimía. Es decir, otra versión de lo de las armas de destrucción masiva y la democracia. Bla, bla, bla.

Antes se coge un mentiroso que a un cojo. Calla Trump que fue él quien había hecho que su país abandonara el acuerdo firmado con Irán, bajo la presidencia de Obama, en 2015, y avalado por varias potencias internacionales, por el que Teherán garantizaba el uso exclusivamente pacífico de su programa nuclear, permitiendo la supervisión de sus instalaciones por inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Cosa que Israel no hace.

Y que, no contento con ello, en 2025 bombardeó, junto con Israel, las instalaciones nucleares más importantes de Irán, asegurando que había devastado completamente el programa nuclear iraní. ¿Dónde radica, pues, el supuesto peligro nuclear de Irán que justifica esta nueva guerra ilegal y sin autorización de la ONU?

De ahí que España insista no solo en cuestionar esa iniciativa bélica, sino incluso en negarse a colaborar con ella, prohibiendo el uso de las bases americanas en nuestro país por los bombarderos norteamericanos. Recupera, así, el grito de “no a la guerra” que ya pronunció masivamente por la también ilegal guerra de Irak en la que nos involucró un Gobierno conservador, sumiso y servil a las directrices del imperio yanqui. Entonces gobernaba un Aznar engreído, que fumaba puros y hablaba con acento de Texas, y regía en Washington un tal Bush, igual de ignorante e impulsivo que Trump.

No es ojeriza, pues, lo que Trump siente por Sánchez, es algo peor. Es animadversión y verdadera repulsión por un dirigente que osa cuestionarle sus iniciativas más importantes, incluía sus incursiones bélicas. Y es que desde España se rechazan sus medidas contra los inmigrantes, a los que acusa de todos los males que padece la sociedad norteamericana. Frente a la criminalización de la migración, el presidente español aprueba una ley de regularización de migrantes que se convierte en modelo de acogida y un ejemplo a tener en cuenta. Si Trump crea una policía dedicada a la caza y captura de emigrantes para su expulsión, Pedro Sánchez les ofrece papeles para legalizar su situación en España. Resultado: compárense los problemas de convivencia y los índices de criminalidad de un país y otro. Ni Trump ni la extrema derecha española asumen esos detalles que objetivan con datos verificables el supuesto problema migratorio.

Y cuando Donald Trump impulsa guerras ilegales, España no las apoya por considerarlas un “atropello a la legalidad internacional”, idéntica acusación que se le hace a Putin por la guerra de Ucrania, a Netanyahu por la masacre de Gaza y a Trump por la incursión en Venezuela y las amenazas anexionistas a Groenlandia. Y, aunque aparentemente es una voz que clama en el desierto, la actitud de España tiene algún peso o trascendencia en tanto en cuanto al presidente norteamericano tanto le afecta. Tal vez sea, no por pragmatismo, sino por la coherencia de muestra posición con el derecho internacional y el diálogo entre las naciones.

En todos los casos, España ha demostrado que no quiere ser cómplice de iniciativas que son contrarias a sus valores, basados en el respeto a la legalidad internacional, la paz y la coexistencia pacífica, y menos aun por miedo a represalias. Es una actitud ética, como país, digna de elogio y orgullo, aunque paguemos algunas consecuencias en el corto plazo.

Ojalá seamos más terribles en dignidad que patriotas de pulserita defensores del energúmeno que nos amenaza.

jueves, 26 de febrero de 2026

Sin peluches

El mundo entero se ha conmovido con un mono macaco de un zoológico japonés porque, al ser rechazado por la madre y el resto de la manada, buscó protección y consuelo emocional en un peluche de orangután que los cuidadores del parque le tiraron dentro de la jaula para que le hiciera de madre. Las imágenes del animal abrazando al muñeco de trapo desataron la sensiblería de quienes las vieron a través de los medios de comunicación y las redes sociales, hasta el extremo de convertirse en un fenómeno viral.

Algo falla en nuestros afectos cuando al mundo se le saltan las lágrimas por un macaco antes que por un niño detenido por una policía armada hasta los dientes, como sucedió en Minnesota, por el mero hecho de ser ecuatoriano e inmigrante en los Estados Unidos de América. El pequeño de EE UU, de solo cinco años de edad, no tenía un muñeco con el que buscar amparo y se hallaba quieto, sin llorar, la boca cerrada y sin apartar la vista de donde lo dirigía gente que no era su familia, manteniendo esa actitud silenciosa de quien no sabe qué va a pasar pero intuye que no será nada bueno, rígido por ese miedo que infunde algo inesperado que te supera y mostrando con todo tu cuerpo paralizado el desamparo y la vulnerabilidad en que se halla.

Acababa de ser detenido cuando salía del colegio por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante una de las redadas que esta policía está efectuando contra los inmigrantes, siguiendo instrucciones del presidente Donald Trump. Separarte de tu familia para introducirte en un vehículo policial no es algo agradable ni para un adulto. Menos para un niño.

Pero este cachorro humano no tenía un muñeco al que aferrarse y que "humanizara" una violencia que, de otra forma, no altera la sensibilidad adormecida que provoca un mundo acostumbrado a imágenes impactantes. Por eso, el pequeño Liam no se convirtió en una imagen viral, sino en una noticia que atrajo, si acaso, nuestra atención el tiempo en que otra ocupa su lugar.

Vivimos tiempos confusos y desquiciados en los que es complicado discernir lo importante de lo banal, lo real de lo artificial, lo creíble de lo manipulado. Estamos sometidos a un bombardeo continuo e intenso de información cierta, incompleta, tendenciosa y falsa, todo a la vez y mezclado, que cuesta trabajo atender nada de manera exhaustiva y, menos aun, comprender la realidad de los hechos y no lo que parece que nos cuentan. Al final, sucumbimos y nos limitamos a informarnos por titulares y dejarnos emocionar por lo espectacular.

Es por ello que nos conmueve más el monito japonés que el niño norteamericano. La orfandad del primero, generada por la violencia animal, nos resulta más lacrimógena que la del segundo, provocada por un gobernante racista y paranoico, supuestamente racional. De este modo, un mono abrazando un muñeco es más tierno, entre la multitud de imágenes, que un niño indefenso y frágil frente a un furgón policial.

Cuesta admitirlo, pero es así. De hecho, el macaco ha logrado, incluso, que desplacemos el foco de nuestra preocupación de la salvaje agresión rusa de Ucrania, una guerra que cumple cuatro años desde que Putin le dio por invadir al país vecino por cuestiones que tienen que ver más con la psiquiatría que con la geoestrategia. Ya apenas seguimos las noticias del mayor conflicto bélico en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y en el que han muerto más de 15.000 civiles ucranios inocentes -entre niños, mujeres y hombres- por vivir donde caían las bombas.

Las imágenes de las matanzas rusas que sembraban las calles de cadáveres en las ciudades que ocupaban, los edificios residenciales semidestruidos por drones y misiles, el medio millón de muertos entre ambos bandos, los cerca de seis millones de ucranios que han abandonado su país -la mayoría de ellos refugiados en Europa- o los 3,7 millones de personas que se han visto obligadas a dejar sus hogares para desplazarse a otra zona del país, nada de eso nos ha pellizcado por dentro como el mono del peluche. Es probable, incluso, que lleguemos a recordar más la anécdota del zoológico japonés que esta guerra en nuestro propio continente. Ninguna de las víctimas apareció en las noticias apretando un muñeco de peluche. Y es que somos así de sensibleros.

Es más, el famoso primate ha hecho que desviemos el interés del genocidio de Gaza, donde más de 600 gazatíes -ciudadanos inocentes y no combatientes- han muerto durante un alto el fuego que los soldados israelíes rompen cuando les place. Y que olvidemos la brutal y genocida actuación de Israel en una franja que tenía acorralada a una población palestina indefensa que pagaba con sus vidas lo que era denominado eufemísticamente de "legítima defensa". Más de 70.000 gazatíes han muerto (muchos más que civiles en Ucrania) en una "guerra" que es antes un exterminio y limpieza étnica que un enfrentamiento entre dos ejércitos. Y ni una lágrima se nos ha caído por ninguno de ellos. Durante un tiempo una Gaza devastada acaparó las portadas de periódicos y telediarios, pero ya ha desaparecido de la actualidad, de lo que consideramos relevante, de lo que nos conmueve.

Ahora nuestros sentimientos son encendidos por un monito despreciado por su manada en un zoológico y que busca consuelo en un muñeco de trapo. Y los enciende porque todos necesitamos el aprecio de los nuestros, la protección de los padres y el bienestar de los espacios seguros. Como homínidos, al fin y al cabo, nos identificamos con nuestros parientes en esos comportamientos en los que el amor y el afecto son más importantes que la nutrición, como demostró el psicólogo Harry Harlow con suu teoría del apego.

Tan impresionados quedamos con la imagen del mono y su peluche que ni siquiera nos planteamos, no las desgracias arriba señaladas que afectan a nuestra especie, sino la violencia que supone para un primate nacer en un zoológico y no en una selva, y que para huir de los suyos no tenga un árbol al que trepar y deba consolarse con un trapo que alguien le tiró para deleite de los visitantes del zoo y de los consumidores de información al peso como distracción y sin compromiso.

Algo falla cuando necesitamos un peluche para mostrar nuestros afectos.

viernes, 20 de febrero de 2026

El machismo que no cesa

A pesar de las medidas adoptadas, tanto legales (leyes de protección, políticas de igualdad, etc.) como educacionales (eliminar la enseñanza sexista, evitar sesgos sexistas en los juguetes, educación sexual, etc.), para combatir el machismo de nuestra sociedad, todavía perduran dos de las manifestaciones más abominables de esa conducta que permean clases sociales, estratos económicos o niveles de formación: la que asesina y la que viola o agrede sexualmente a la mujer.

Cada año se contabilizan en nuestro país cifras escalofriantes de mujeres muertas a manos de sus parejas o exparejas, sin que ninguna de esas medidas haya logrado extirpar definitivamente la lacra del machismo más cavernícola y despreciable, el que asesina. Unas cifras que, si bien se han reducido paulatinamente desde que se contabilizan, no consiguen rebajar el nivel de entre 45 y 50 mujeres víctimas de machistas asesinos que cada año computan las estadísticas en España.

Es más, se registra incluso un ligero repunte en los datos de los últimos años, aunque sin superar -sólo lo ronda- el cómputo de 50 mujeres asesinadas anualmente por un machismo que algunos todavía se niegan a admitir. Una cantidad que, en todo caso, repugna a quien albergue una mínima sensibilidad respecto a la actitud que debería presidir la relación hombre/mujer: la que considera a ambos sujetos como personas con igual dignidad, solo distintas por su sexo, y merecedoras de los mismos derechos e idéntica consideración y respeto. Se trata, por tanto, de una cifra inaceptable para cualquier sociedad sana, tolerante, plural y libre como aspiramos que sea la nuestra en pleno siglo XXI.

Pero no lo conseguimos porque el inicio de este año ha vuelto a ser trágico para la mujer, con tres asesinatos por violencia machista en los 13 primeros días de enero. Y en lo que va de año, ya se han registrado 15 feminicidios y otros asesinatos de mujeres, según el portal Feminicidio.net. La cifra contrasta con los recuentos oficiales -que registran siete mujeres asesinadas hasta la fecha por violencia machista (1.350 desde 2003)- porque esos recuentos solo incluyen los asesinatos cometidos por parejas o exparejas y no recogen los feminicidios cometidos fuera del patrón familiar de la medición oficial.

Es necesario, pues, entender que las cifras oficiales no reflejan toda la magnitud de un problema estructural, derivado de una sociedad patriarcal, que se perpetúa por dinámicas de desigualdad, tolerancia social con los comportamientos machistas y las deficiencias de las medidas de prevención y protección de la mujer.

De ahí la persistencia de una lacra que cada año se cobra el tributo de mujeres muertas por el simple hecho de ser mujer y por pretender ser tratadas con igualdad de derechos que el hombre, sin verse subordinadas ni a su voluntad ni a su supuesta autoridad.

Por eso se suceden los casos de agresiones sexuales y violaciones de mujeres que son consideradas meros objetos para la satisfacción o el capricho del hombre, ante quien han de ser sumisas y obedientes. Una situación de subordinación y discriminación que se da, incluso, en ámbitos que, en teoría, deberían velar contra lo que en realidad son delitos perseguibles y castigados penalmente. Tal es el caso de un altísimo cargo de la Policía Nacional, que ha sido cesado cuando se conoció que había sido citado por el Juzgado de Violencia sobre la Mujer tras ser acusado de una agresión sexual contra una subordinada. El daño cometido por el denunciado, alguien cuyo deber era el de proteger y resultó ser un despiadado machista, es enorme por cuanto erosiona la confianza de las víctimas en el sistema.

En España se denuncian una media de 14 violaciones al día. Casi tres millones de mujeres (2.715.311) han sido acosadas sexualmente en el último año, a las que hay que sumar las que sufren agresiones de índole sexual, según la Macroencuesta de Violencia sobre la Mujer, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género. El retrato que dibujan tales datos es el de una realidad en la que no hay ningún ámbito ajeno a esta lacra.

Ello pone de manifiesto que el machismo más vil, el que viola y asesina, no cesa, que su ensañamiento contra la mujer persiste inamovible en el seno de nuestra sociedad y que, en cuanto puede, asoma su rostro violento a pesar de que hayan pasado más de dos décadas de la Ley Integral contra la Violencia de Género y demás medidas legales y educativas impulsadas para erradicarlo.

Con cada agresión, con cada asesinato asistimos a un fracaso colectivo que ha de impulsarnos a redoblar los mecanismos sociales, legislativos y educativos que posibiliten la erradicación de todas las formas de violencia machista de nuestro seno. Y que contribuyan a evitar el abuso de poder y la sumisión frente al agresor, cuya persistencia alimentan el miedo de la mujer a denunciar la situación que sufre, a veces desde hace años, por el temor al propio agresor, a la vergüenza, a no ser creídas e, incluso, a considerarse culpable de esa violencia.

Y aunque existe ayuda formal u oficial para estas situaciones, nunca es suficiente. Muchas mujeres todavía siguen sin hallar protección directa, ni siquiera engrosando el sistema VioGÉN (sistema de seguimiento integral en casos de violencia de género) ni utilizando la aplicación Alertcops, de alerta a la policía, por fallos en las pulseras de geolocalización. Tampoco encuentran apoyo en su entorno inmediato porque el agresor, en la mayoría de los casos, pertenece a ese entorno íntimo -familiar, amigo o conocido- donde se produce la agresión. Tantas son las circunstancias adversas para la mujer agredida que, por ejemplo, en la franja de edad en torno a los 75 años, solo dos de cada diez mujeres logran romper la relación con su agresor.

Tales dinámicas de tolerancia con la violencia machista hay que romperlas en cualesquiera los ámbitos donde se produzcan, ya sean laborales, deportivos, sociales o domésticos. Porque la única manera de hacer frente al machismo violento es no consistiendo en ningún caso su existencia, reprobando siempre su expresión o exhibición y denunciando, en cuanto se produzca, la conducta violenta u ofensiva. Pero sobre todo, mostrando siempre nuestro apoyo, comprensión y ayuda a toda mujer que sea víctima de ese machismo que no cesa. Ni una más.