miércoles, 11 de febrero de 2026

No me gusta el reggaetón, pero sí Benito

Más por la edad que por otra cosa, el reggaetón no es un estilo musical que me entusiasme. Me ha cogido muy mayor para que me atraiga ese underground latinoamericano sobre el sexo explícito, las drogas y la violencia de la calle. Para ser sincero, he de reconocer que no me gusta nada.

En primer lugar, por ese ritmo dembow, nacido en Jamaica, que suena “atún-con-pan, atún-con-pan” de manera repetitiva, de base electrónica y armonía sencilla, una especie de combinación entre el reggae, el hip hop y el rap, que me resulta monótono, aburrido. En segundo lugar, por la práctica carencia de instrumentación musical, pues deja todo el protagonismo a la parte percusiva. Y en tercer lugar, por la manera en que se canta, una especie de recitado monocorde sin apenas saltos de melodía y una vocalización gutural que apenas se entiende, que no es apta para mis oídos, poco acostumbrados a una jerga suburbana que me resulta extraña y con incipientes dificultades auditivas.

El reggaetón, originario de Puerto Rico y Panamá en la década de los 90, es un género cantado en español y centrado en las manifestaciones culturales relacionadas con el baile, la noche y el ocio. De ser algo minoritario, a partir del 2000 comenzó a tener popularidad internacional y, hoy en día, es uno de los géneros musicales más escuchados en el mundo, hasta convertirse en un competidor directo con la industria mainstream de EE UU.

Quizás por ello, los organizadores del acontecimiento deportivo estadounidense por excelencia, la Super Bowl, decidieron este año ofrecer el espectáculo que se celebra durante el descanso al artista puertorriqueño (pero de nacionalidad norteamericana, ya que Puerto Rico es un estado libre asociado de USA)) Bad Bunny (Conejito malo), una de las figuras más reconocidas del reggaetón a nivel internacional. Seguramente, les movía la intención de expandir al mundo hispano la retransmisión de una competición que ya es seguida en algunos países de Centroamérica, como México, y del Caribe. Además, no era la primera vez que artistas hispanos habían actuado durante el entretiempo de la Super Bowl, como Shakira o Jennifer López.

Sin embargo, este año la participación del cantante boricua (ciudadano norteamericano, hay que insistir) agitó las ya de por sí turbias aguas que azotan la sociedad de EE UU. Por un lado, por la política racista del presidente Donald Trump, empeñado en una cacería indiscriminada de inmigrantes en suelo norteamericano, a los que denigra, humilla y acosa, considerándolos delincuentes y peligrosos. Es tal la represión que practica que la policía de control de inmigración y aduanas, conocida como ICE, no solo ha detenido a niños de cinco años para deportarlos, sino que ha asesinado a sus propios conciudadanos por protestar contra esa violencia injustificada, como Renée Nicole Good y Alex Reffrey Pretti, ambos de 37 años y ambos norteamericanos.

Y por otro lado, porque el cantante puertorriqueño había decidido cantar sólo en español, en coherencia con la música hispana que interpreta y con su estilo, un reggaetón energético hecho para bailar y con el que hace críticas sociales y reivindicativas de su tierra. Una música que le sirve para representar la cultura puertorriqueña y denunciar las injusticias y amenazas que enfrenta la isla, como el aumento del turismo, la gentrificación, la urbanización salvaje y el daño al medio ambiente. Es más, tal es su amor a sus orígenes que organizó una gira especial en Puerto Rico, de 30 conciertos, dedicada a su gente, en la que contrató talento local, impulsó la vestimenta criolla y promovió proyectos para la comunidad, lo que dejó cerca de 400 millones de dólares de ganancia para la isla. 

Pues bien, este artista es el que aprovechó su actuación en la Super Bowl para dejar en evidencia las políticas autoritarias y racistas de la actual Administración estadounidense, convirtiéndose en símbolo de una resistencia cultural, por su orgullo hispano, frente al miedo y la represión que ejerce el trumpismo en un contexto de persecución inmisericorde del inmigrante en EE UU. Ello ha desatado la virulenta reacción del movimiento MAGA, los seguidores fanáticos de Trump, que exhibieron sus más exaltados e irracionales sentimientos, movidos por el conservadurismo radical que promueve Donald Trump, mostrándose enfadados por el uso del español y el protagonismo de personas no blancas.

Ignoran estos que se consideran yanquis puros que EE UU no tiene un idioma oficial y que el español llegó a lo que hoy es territorio norteamericano antes que el inglés y del nacimiento de USA como nación hace 250 años. 

Según Héctor Fouce, profesor de Periodismo y Nuevos Medios de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, “el mérito de Bad Bunny ha sido el de ocupar y aprovechar un espacio como la Super Bowl para dejar claro que existen más formas de imaginar EE UU y que hay otra América que está siendo deportada masivamente”.

Así lo subrayó el propio cantante cuando exhibió el lema “Juntos somos América”, impreso en el balón de fútbol americano que portaba, y cuando dijo “Dios bendiga a América”, la única frase que pronunció en inglés, tras la cual citó el nombre de todas y cada una de las naciones que conforman el continente americano.

Esa reivindicación de lo latino ante un estadio con una audiencia mayoritariamente blanca, donde estuvo acompañado de otras figuras de habla hispana, como el actor Pedro Pascual y los cantantes Ricky Martin, Candi B o Karol G., representa un desafío cultural que plantea que otra América, más rica y diversa, es posible frente al modelo de sociedad supremacista, profundamente racista con redadas a migrantes incluida, que defiende el mandatario norteamericano.

Hay que poseer convicciones muy sólidas para provocar e irritar a un todopoderoso presidente norteamericano que es temido a lo largo y ancho del mundo, ya que es capaz de secuestrar “manu militari” a dirigentes de otras naciones, asesinar sin pruebas a presuntos narcotraficantes en aguas internacionales y de crear una policía que actúa como guardia pretoriana, dispuesta a acatar sin reservas sus impulsivas y arbitrarias decisiones.

Nada más que por este valiente posicionamiento más ético que político, Benito Antonio Martínez Ocasio -el nombre real de Bad Bunny- ha conseguido que me interese por su trayectoria. Nunca he escuchado ninguna de sus canciones y, probablemente, seguiré sin incluirlas en mis preferencias, pero su actitud y compromiso con su lengua y las tradiciones hispanas, precisamente en estos momentos en que EE UU se precipita por el barranco de la violencia contra la diversidad, la tolerancia y la convivencia multirracial, hace que Bad Bunny se convierta en mi ídolo del reggaetón, como Bruce Springsteen lo es del rock por lo mismo, por su respuesta ante los excesos policiales en Minneapolis.

Y luego dicen que la música te aísla de los problemas de la realidad.             

domingo, 8 de febrero de 2026

Reseña de cuentos

En la revista digital “Voces errantes, revista literaria” (Febrero 2025/4, pág. 113), Alfonso Bolaños, filólogo y profesor de Lengua y Literatura, publica una reseña de mi libro Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes que me ruboriza por su amabilidad y que reproduzco con mi agradecimiento más sincero.

Cuentos minúsculos… se compone de diez cuentos, tal vez no tan minúsculos, de Daniel Guerrero y están narrados con mucha honestidad en la ficción narrativa y en la visión humana de un profesional sanitario y divulgador y periodista a la vez.

Me voy a mojar de inicio y confesaré cuál de los diez relatos es mi favorito: La bicicleta roja, de voz adulta recordándose aún niño y que otorga un sencillo y contundente significado, inesperado, al color rojo. Una bicicleta siempre deseo, a la que ningún coche después podrá sustituir en absoluto, tan asociada esa bicicleta a una adolescencia en ciernes, a unos vínculos y a unas expectativas.

Son diez cuentos de distinto cariz, pero siempre realistas y de voz calmada que te llevan de la mano. Sus personajes son muy variados, pero quedan dibujados con una cercanía que hará que el lector empatice con ellos. La familia, el amor, deseos no cumplidos o por cumplir, actitudes en los otros que defraudan, situaciones que salvar... También te pueden trasladar a épocas oscuras en nuestro país, que tratan de suplirse con la compañía y la limpieza del corazón del personaje, un gris que no solo está en bloques de edificios hechos en serie o una naturaleza no siempre amable, y recuerdos de acontecimientos y también de ilusiones.

El lenguaje tiene un vocabulario escogido y preciso. Se huye de las florituras, pero no se renuncia a las sensaciones, las metáforas y la multifocalidad una vez leído el conjunto. La realidad a la que se asoman estos cuentos es tan real, tan cotidiana a veces, que nos pasó de puntillas, sorprendente a la postre, ensoñada por momentos.

Esta obra es breve, esenciada, con el alma del autor en ella, y muy recomendable.

Enlace:  https://heyzine.com/flip-book/ddc7a93b6b.html      

viernes, 6 de febrero de 2026

Culpa divina

Es lo que tiene la burocracia divina. Su respuesta habitual es el silencio administrativo, pero cuando responde lo hace tarde y, en ocasiones, de manera exagerada. Como estas lluvias que una sucesión ininterrumpida de borrascas ha derramado sin cesar hasta inundar medio país. No hay otra explicación para los negacionistas del cambio climático. Más que de las certezas científicas, harto comprobadas, los seguidores de supersticiones indemostrables se fían antes de las creencias sobrenaturales o conspiranoicas. Les parecen más plausibles y confortables.

Por eso, tras meses sacando en procesión imágenes religiosas en rogativas por lluvias (ad pretendam pluviam) durante la sequía pluviométrica de 2021 -que duró tres años y secó los pantanos de Cataluña, obligó a restricciones en el consumo de agua en muchas localidades de Andalucía y propició el verano más catastrófico en cuanto a incendios forestales- la respuesta de los dioses ha sido la de concedernos la gracia líquida hasta casi ahogarnos. Es decir, tarde y exagerada.  Parece que la explicación religiosa es más asimilable que las científicas sobre un cambio del clima acelerado por la actividad humana y las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, la respuesta divina no obliga a corregir comportamientos ni sistemas productivos, sean individuales como industriales o económicos, para que resulten sostenibles con el medio ambiente y permitan reducir o enlentecer esa alteración climática. 

Es lo que sucedió la última vez. Desde 2021 España sufría la enésima sequía hídrica que hizo que zonas de Cataluña y Andalucía, entre otras, implementaran medidas restrictivas en el gasto de agua, prohibiendo, por ejemplo, el llenado de piscinas privadas y los riegos de zonas verdes, aparte de limitar el consumo humano a un volumen determinado por habitante y día inferior al normal, reducir la presión del agua en la red de abastecimiento urbano en determinados tramos horarios e, incluso, cortar completamente el suministro.

En situaciones así solemos implorar la ayuda celestial. Es lo que hemos hecho desde 1333, cuando nos dio con practicar ritos en demanda de una intercesión divina para cambiar la meteorología a favor de nuestros intereses y conveniencias. Y en 2023, agobiados, asfixiados y sedientos por la sequía, no iba a ser menos. Por todo el país se hicieron procesiones rogativas, desde Navarra a Jaén, ante la falta de precipitaciones. Y estas han sido atendidas ahora, entre 2025 y 2026, hasta el extremo de rebosar pantanos, desbordar ríos e inundar campos y ciudades. Medio país encharcado hasta las cejas por culpa de la divina providencia, tan ciega como torpe.

Porque hacer un uso más responsable del agua, modificar el modelo productivo para que sea acorde con el agua disponible y que la explotación de nuestros recursos sea sostenible y respetuosa con el medio ambiente no nos parece lo más apropiado para preservar y garantizar la disposición del agua que necesitamos. Preferimos las rogativas milagrosas a dejar de construir hoteles y piscinas, a levantar campos de golf por doquier, a transformar cada vez más hectáreas de la vieja agricultura de secano en regadío, a asfaltar en campo, a la comodidad y dependencia de fuentes de energía derrochadoras de agua como la electricidad, etc.

Y, como niños, afrontamos los problemas mediante respuestas fáciles y actitudes no comprometidas. Negamos la evidencia científica aduciendo que siempre ha hecho calor o llovido torrencialmente, sin atender que las olas de calor son cada año más intensas y prolongadas y que las precipitaciones se hacen más violentas y puntuales. Rechazamos que seamos causa de un calentamiento global que acelera el cambio climático. Pero cuando surgen las consecuencias, nos refugiamos en creencias que nos libran de responsabilidad y nos socorren de nuestra incompetencia y dejadez. Entonces clamamos al cielo para que nos ayude y al Estado para que nos indemnice como damnificados.

Pero cuando la divinidad responde a su manera, divinamente arbitraria, lo atribuimos a lo inescrutable de sus designios. Nunca es culpa nuestra. Es culpa divina. ¿No hemos rogado agua? Pues ahí la llevas. Déjala correr y no la almacenes. Ya volveremos a hacer rogativas la próxima vez. Y si todo falla, la culpa es de Pedro Sánchez. 

lunes, 2 de febrero de 2026

La guerra que nadie ganó

Ha sido noticia reciente la cancelación de unas jornadas sobre la Guerra Civil y la dictadura franquista a causa de la negativa de varios de los conferenciantes a compartir espacio con personas que cuestionan o desacreditan la realidad histórica de aquellos hechos, a pesar de los consensos historiográficos sobre la investigación rigurosa del pasado. Se trataba del evento Letras en Sevilla, organizado por Arturo Pérrez-Reverte y Jesús Vigorra, con el patrocinio de la Fundación Cajasol, que iba a celebrarse del 2 al 5 de febrero en la capital andaluza con el título “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”, un lema que estaba escrito sin los signos de interrogación que añadieron posteriormente los organizadores para evitar el escándalo.

Pero este ya se había producido desde que uno de los autores, el escritor David Uclés, decidió no participar en cuanto supo que el expresidente del Gobierno José María Aznar y el exdiputado de Vox Iván Espìnosa de los Monteros eran algunas de las figuras que dispondrían de tribuna en el ciclo de conferencias para exponer sus teorías equidistantes y blanqueadoras de aquella página negra de la historia de España. “No puedo verme en el mismo cartel que estos dos individuos”, esgrimió el autor de La península de las casas vacías.

De hecho, Aznar iba a ser el protagonista de la primera charla, tras la sesión inaugural, con el enfoque “¿Guerra civil: olvidar o recordar?”, que entablaría desde el estrado con el periodista de El mundo Juanma Lamet.

Otros participantes que también anularon su participación, siguiendo la estela de Uclés, fueron el también escritor Paco Cerdá, el líder de IU Antonio Maíllo, la del PSOE Andalucía María Márquez y la historiadora Zira Box. Todos ellos deploran con sus renuncias que todavía se pretenda repartir culpas entre ambos bandos, como si fuera una guerra que todos perdimos -como afirmaba el título original del congreso-, cuando la Guerra Civil fue una contienda que unos ganaron y otros perdieron, que unos iniciaron con una rebelión militar contra una República democrática que otros defendieron, y que resultó vencida y sus partidarios fusilados, tras la cual se impuso un régimen dictatorial que duró cuarenta años por parte de los golpistas.

Un tema que, por lo que se ve, genera controversia entre quienes intentan presentar aquel conflicto como algo inevitable, una tragedia irrefrenable, sin autores responsables ni causas determinantes, y los que buscan que se asuma como lo que fue, un hecho histórico de nuestro pasado, consecuencia de un golpe de estado contra un régimen legítimo que se saldó con una guerra civil y una dictadura que impusieron los vencedores alzados en armas. Es decir, que la guerra estalló porque unos golpistas la iniciaron. Y así debe recogerlo la historia, aunque a los simpatizantes de los sublevados les escueza y pretendan edulcorarlo.

Negar o blanquear una historia que incomoda provoca que la verdad de los hechos se ignore, un desconocimiento que induce a creer que ese pasado no fue tan grave o traumático, hasta el punto de que algunos jóvenes hoy en día piensen que aquella dictadura fue buena, persuadidos por interpretaciones torticeras del pasado. Además, si se diluyen responsabilidades de algo que no fue una catástrofe natural sino una tragedia provocada por autores concretos, se deslegitima la voluntad de una memoria democrática que esclarezca las causas políticas, sociales, económicas y militares de unos hechos que conviene conocer para que no se repitan.

De ahí la controversia de un congreso que ya desde el título mostraba cierto sesgo, marcaba sus claras intenciones. Sin embargo, no deja de ser lamentable su cancelación o aplazamiento porque, aparte de los dos dirigentes de la derecha y la extrema derecha cuya presencia ha causado la polémica, en él iban a participar voces autorizadas, como los historiadores Juan Pablo Fusi, Enrique Moradiellos y Julián Casanova, junto a Fernando del Rey, Manuel Álvarez Tardío y Gutmaro Gómez Bravo.

Y al que estaban invitados figuras del mundo de la literatura, como Luis Mateo Díez, Andrés Trapiello o Víctor Ameia quienes, además de los citados David Uclés y Paco Cerdá, debatirían si son más contundentes las armas o las letras, aspecto que ya han abordado en sus obras.

Incluso un teniente general, Félix Sanz Roldán, abordaría el papel de los ejércitos que combatieron en la Guerra Civil española. Tampoco se olvidaba el debate político, noventa años después de tan trágicos hechos, a cargo de Ester Muñoz (PP), Antonio Maíllo (IU), María Márquez (PSOE) e Iván Espinosa de los Monteros (Vox). Así como las opiniones de personas de variado ámbito, como Alejandro Amenábar y Juan Echanove (cine), Ignacio Camacho, Rubén Amón y Sergio Vila-Sanjuan (periodistas), Carmen Calvo (política), entre otras.          

De ahí que resulte incomprensible la suspensión del evento cuando es imprescindible, precisamente en tiempos como los actuales, conocer la historia -la canónica y la tergiversada- no solo para acceder a la verdad de los hechos, sino también para evitar que se falsee con intención de dulcificar o desdibujar lo esencial de ella. Y ello a pesar de que la intención o el enfoque de Arturo Pérez-Reverte, como organizador del congreso, haya sido el de atribuir aquellos hechos a una fatalidad del pueblo español, predestinado irremediablemente al cainismo por un destino ineludible. Una posibilidad más que probable si se tiene en cuenta que el lema del congreso reproduce el título de una antigua columna periodística suya, publicada en los años 90 en XLSemanal (dominical del diario ABC), en la que hermana a víctimas y verdugos, pues en su opinión en todas partes cuecen habas. Un argumento que reitera en otra columna, La guerra civil que perdió Bambi, de 2006, donde afirma que los “españoles todos, llenos de los rencores, las envidias y la mala baba de la estirpe, canallas y asesinos lo fuimos en los dos bandos”. Es decir, que para él todos fuimos culpables y todos fuimos inocentes. No hubo responsables ni culpables. Tal vez por ese motivo escogió como lema “la guerra que todos perdimos”, tan equidistante entre quienes la perdieron y quienes la ganaron. En realidad, un interesado e intencionado punto de vista político que desvirtúa los hechos, la historia real.

Pero, aunque esa fuera su verdadera intención, hubiera sido preferible confrontar argumentos, rebatir ideas y establecer un debate constructivo con reflexiones sobre un período tan interesante como controvertido como fue la Guerra Civil y posterior dictadura que implantó Francisco Franco, el general que se autonombró Generalísimo y Caudillo de España, con la bendición de una Iglesia católica que, el 16 de abril de 1939, se congratulaba por la victoria de los golpistas y que, incluso, paseó bajo palio al dictador.

Se ha perdido, pues, una oportunidad para rebatir y confrontar el relato manipulado de los que pretenden reescribir la historia con la verdad rigurosa de los hechos ofrecida por científicos comprometidos con la investigación histórica, y con los argumentos de aquellos del mundo de la cultura y el periodismo que defienden una memoria democrática como vacuna contra la intolerancia y la demagogia en cualquier sociedad plural, libre y sin traumas.     

martes, 27 de enero de 2026

Volver a la Luna

Nunca lo he olvidado. Era un adolescente de 16 años cuando presencié a través del televisor la llegada del hombre a la Luna, allá por el mes de julio de 1969. Era la madrugada del día 21 cuando desperté a mi padre, que se había quedado conmigo en el salón de la casa esperando la retrasmisión, para que viera conmigo las imágenes que procedían desde la superficie lunar. No tenían mucha nitidez y se emitían en el blanco y negro de la época, como toda la programación televisiva, pero sabía que quien descendía por la escalerilla del Módulo Lunar era Neil Amstrong, que, tras detenerse unos segundos sobre la base de la pata a la que estaba acoplada la escalera, saltó a la superficie lunar. Se convertía así en el primer ser humano en pisar nuestro blanco, luminoso, silente y misterioso satélite. Sobre el polvo gris del Mar de la Tranquilidad dejó impresa la huella de su bota, una imagen que se ha convertido en icono de la aventura espacial del hombre. De aquello hace ya 57 años. Y me acuerdo como si fuera hoy.  

Aquella misión número 11, la quinta del Programa Apolo, consiguió llevar a un ser humano hasta la Luna, donde Neil Amstrong y Edwin Aldrin (Michael (Collins se quedó orbitando el satélite en el Módulo de Mando) se convirtieron en los primeros terráqueos en caminar sobre la superficie lunar. Para aquel joven que presenciaba en directo las fantasmagóricas imágenes, comentadas con un entusiasmo contagioso por el corresponsal de TVE en la NASA Jesús Hermida, fue todo un acontecimiento extraordinario, como si hubiera sido testigo del desembarco de Colón en América. Algo histórico que devino rutinario.

Porque luego se sucedieron otras misiones que apenas despertaron el interés de la gente, excepto la del accidente y dramático regreso precipitado del Apolo 13, en 1970, que consiguió traer de vuelta a los astronautas sanos y salvos. Ni jugar al golf ni pasear en coche por la superficie lunar llamaban ya la atención en los telediarios, hasta que por fin se canceló el programa, en 1974.

Apolo 17 sería la última y única misión con un astronauta científico. Los demás fueron todos militares. Y es que el objetivo del programa Apolo nunca fue la ciencia, sino la competición tecnológica con la Unión Soviética, que se había adelantado protagonizando los primeros hitos de la carrera espacial: pionera en lanzar en 1957 el Sputnik, primer satélite artificial; en poner un ser vivo en órbita, también en 1957 (la perrita Laika), y al primer ser humano en el espacio (Yuri Gagarin), en 1961.

Los soviéticos lanzaron también las primeras naves interplanetarias (sondas Venera1, a Venus y Mars1 a Marte, en 1961 y 1962, respectivamente); en mandar la primera mujer astronauta al espacio (Valentina Tereshkova, en 1963); y en realizar el primer paseo espacial fuera de la nave (Alekséi Leónov, en 1965). Tal ventaja no se podía consentir.

Los progresos espaciales soviéticos motivaron que el presidente de EE UU, John F. Kennedy, impulsara un proyecto espacial que demostrara la superioridad norteamericana, costara lo que costara. Así nació el programa lunar y el desarrollo del cohete Saturno V, el más grande construido hasta entonces capaz de impulsar una nave hasta la Luna, en respuesta al desafío de Kennedy de enviar un hombre a la luna antes de que finalizara la década.

Pero el programa era, aparte de complejo, peligroso. Un incendio durante las pruebas del módulo de mando de la Apolo 1, en enero de 1967, se cobró la vida de su tripulación, tres astronautas. Ello no desanimó a la NASA. Para noviembre de ese mismo año, el primer vuelo del Saturno V completó la misión Apolo 4, que no llevaba tripulación. Y en diciembre de 1968, la Apolo 8 permitió a tres astronautas orbitar la Luna. Las misiones 9 y 10 sirvieron para calibrar y comprobar todas maniobras necesarias para el alunizaje. Así, hasta que el Apolo 11, la quinta misión tripulada del programa, hizo historia con aquella famosa frase que pronunció Amstrong cuando plantó los pies sobre la polvorienta superficie de la Luna: “It´s a small step for a man, but a great leap for humanity”.

En la actualidad vuelve a desatarse la rivalidad por impulsar el regreso del hombre a la Luna. Esta vez la competición es entre China y EE UU, países que desarrollan sendos programas con los que aspiran a ser el primero que repite la hazaña. Los norteamericanos están a punto de lanzar el primer vuelo de prueba de la misión Artemisa II, que llevará cuatro astronautas a orbitar la Luna con la nave Orión, impulsada por el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial, por sus siglas en inglés) de 98 metros de altura, el próximo febrero, si todo sale bien. Sería la primera misión tripulada que sobrevolaría la Luna desde el Apolo 17, en 1972. Pero no alunizará, objetivo que deberá esperar a Artemisa III o a una misión china que lo consiga, ninguna de ellas antes de 2030.

En cualquier caso, el desarrollo del viaje de Artemisa II es muy complicado. Una vez fuera de la atmósfera terrestre, la nave Orión deberá efectuar diferentes maniobras para elevar su órbita, durante los dos primeros días de la misión, antes de dirigirse a la Luna. Una vez comprobados todos los sistemas, el módulo de servicio de Orión proporcionará el impulso necesario para escapar de la órbita terrestre y fijar rumbo hacia la Luna. Ese encendido de los motores enviará la nave en un viaje de cuatro días hasta un punto alejado de la Luna, en una trayectoria en forma de ocho, que la situará a 7.400 kilómetros más allá de la cara oculta del satélite. Desde esa distancia, los astronautas podrán ver la Luna en primer plano y la Tierra detrás de ella, a más de 400.000 kilómetros al fondo.

Tras el sobrevuelo lunar, la tripulación maniobrará de nuevo la Orón para situarla en una trayectoria de regreso libre, en la que la gravedad de la Tierra atraerá la nave de forma natural, sin hacer uso de sus motores. La misión durará unos 10 días.

Por su parte, el programa chino para llevar humanos a la Luna parece algo más atrasado, aunque su objetivo sigue siendo un alunizaje tripulado antes de 2030. La carrera entre ambos países es, por tanto, frenética. Los chinos basan su programa en el desarrollo del cohete Larga Marcha CZ-10, que deberá despegar por primera vez en 2027; la nave tripulada de nueva generación Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Los portavoces del programa espacial chino aseguran que sus astronautas pisarán la Luna antes de que termine 2030.

Aunque con retraso, no hay que minusvalorar la capacidad tecnológica del gigante asiático, empeñado en garantizar el cumplimiento de tales objetivos. De hecho, China ha reforzado en los últimos años su programa espacial, logrando hitos como el alunizaje de la sonda Chang´e 4 en la cara oculta de la Luna y la llegada a Marte de la misión Tianwen-1, aparte de estar configurando una estación espacial y planear, junto con otros países, la construcción de una base científica en el polo sur de la Luna.

En definitiva, la carrera espacial se desarrolla sobre la base de desafíos entre aquellos países que vuelcan en ella su prestigio y poder. La unión Soviética fue pionera en esta carrera, superada después por EE UU, que ahora compite con China por la supremacía comercial, económica, tecnológica, militar y, por supuesto, espacial. El interés científico queda supeditado a esas prioridades estratégicas, aunque indudablemente estas contribuyan al avance de aquel.

Pero, para el adolescente al que no le importó trasnochar para asombrarse con la boca abierta de la llegada del primer hombre a la Luna, esta competición le produce, a estas alturas, una enorme desilusión al ser consciente de los verdaderos motivos de una aventura que creyó necesaria para comprender nuestro lugar en el cosmos y lograr avances para el bien y el progreso de la humanidad. Todo era cuestión de rivalidad por la supremacía hegemónica entre las grandes potencias. ¡Qué ingenuo!