miércoles, 8 de abril de 2026

Matón, bocazas y mentiroso

Ya saben a quién me refiero. Con solo leer el título, cualquier persona medio informada enseguida relaciona esos adjetivos con un nombre. Sí, ese. Ese que, en su segundo mandato, está desatado, repitiendo lo que hacía en el primero, pero con más descaro, más destrozos y más soberbia, con la soberbia del inculto que está orgulloso de su ignorancia peligrosa. Y además vanidoso. Aun peor, zafio y poderoso, muy poderoso. El más poderoso del mundo. Todo eso junto es lo que define al personaje del que estamos hablando. Uno que se comporta como un matón de colegio, bocazas y mentiroso. El mismo del que está usted ahora mismo pensando, amigo lector.

Un matón que, porque está al frente de la primera potencia mundial, se cree que su país tiene derecho a imponer sus condiciones y reglas al resto del mundo, de dictar a los demás sus conveniencias, sin pararse a negociar ni pactar ninguna relación equitativa que tenga en cuenta las necesidades e intereses del resto de naciones del globo. Y lo hace por la fuerza, con amenazas, aranceles arbitrarios, sanciones unilaterales y, llegado el caso, con bombas, secuestros y asesinatos. Los ejemplos de Venezuela e Irán ilustran las opciones a las que recurre este matón.

Un matón letal que puede y hace lo que le da la gana. Máxime si se acompaña de otros de su misma calaña que, bajo la sombra protectora que él les proporciona, aprovechan para también imponer por la fuerza sus ambiciones y veleidades desquiciadas en sus respectivos ámbitos, sin importarles cometer genocidio contra un pueblo acorralado e indefenso en la mayor cárcel del mundo. O ampliar sus dominios anexionándose, naturalmente por la fuerza, de tierras soberanas de países vecinos con la excusa de poner la rayita de separación cada vez más allá para defenderse…, cuando son los demás los que deben defenderse de su constante ofensiva por ocupar todo lo que le apetece.

Es lo que hace ese palmero que usted está imaginándose, líder de un país que considera “enemigo” a niños por simplemente pertenecer al pueblo al que se le quiere arrebatar dominios ancestrales y se le está expulsando de sus tierras. Y que legisla, con alegría vergonzante, la pena de muerte por ahorcamiento -hasta un pin de una horca exhiben en las solapas para celebrarlo- para los ciudadanos de ese pueblo que sean considerados “terroristas” por no dejarse expulsar y arrebatar sus casas y parcelas.

Así las gasta el reyezuelo de un país que se considera elegido por Dios porque cree que está escrito en un libro que se tiene por sagrado que reine en aquellas tierras bíblicas… a sangre y fuego. Líder de aquellos que se consideran perseguidos y tachan a los demás de antisemitas si no les permiten hacer lo que se les ocurra por sus obsesivas y diabólicas cabezas. Derecho a defenderse, arguyen. Así son los matones: se juntan para dominar a los demás mediante los abusos y la fuerza que despliegan, protegiéndose mutuamente.

Pero, aparte de unirse a otros de su misma condición, el matón al que me refiero es bocazas. Tremendamente bocazas. Más de la mitad de su fuerza -que es inmensa- se le va por la boca. Habla y escupe insultos y vituperios contra los que se atreven a llevarle la contraria y no se amoldan a sus exigencias, al mismo tiempo que no para de proferir amenazas y presagios apocalípticos si no se satisfacen sus deseos y caprichos, si no se le rinde vasallaje.

Con el pelo dorado a su albedrío y su boquita de piñón, parecería un payaso si no fuera un lunático sumamente peligroso. Porque lo mismo advierte de querer apropiarse de Groenlandia si no se la regalan o se la venden, que de bastarse él solo para iniciar una guerra sin sentido cuando sus aliados se niegan a seguirle el juego. O cuando se batió en un duelo de aranceles con China para, al final, viendo que los chinos le mantenían o subían la apuesta, quedarse como estaba al principio. Incluso cuando dice estar pensando en abandonar la OTAN porque esa organización no apoya lo que está reglado, acordado y escriturado en sus estatutos que no puede hacer, que es iniciar una agresión en un área fuera de su área de influencia, ya que es una alianza defensiva de, por y para Europa y el Atlántico Norte. No agresiva a escala mundial.

Doblegarse ante un bocazas es perder la partida desde antes de enfrentarse a tamaño energúmeno, desaprovechando que podría retractarse, quedarse en nada, que su verborrea sea un farol, una táctica de negociación para achantar al adversario. Un fanfarrón que juega sin reglas, sin límites, sin honestidad.

Claro que nunca se sabe si va en serio o de fantasmón. Por eso hay que tener cuidado, sobre todo si se le enfrenta de manera solitaria, sin el consenso de otros que te apoyen y defiendan. Porque este matón bocazas es sumamente fuerte con los débiles, pero débil y claudicante con los fuertes. De ahí que ya empiece a ser bautizado como TACO, acrónimo con su apellido para decir que siempre se raja, se echa atrás.

Ni de Rusia ni de China ha conseguido obtener nada que esos países no hayan previsto de antemano conceder por mor de sus propios intereses. Rusia no ha transigido con la paz en Ucrania ni China se ha doblegado con los aranceles que pretendía imponerles el matón. Es más, esta última no se arredra de ser una potencia que compite por la supremacía global y no estar subordinada al orden mundial que emana del país del matón. Le echa el pulso, incluso, para volver a la Luna. Y el bocazas, chitón y a envainársela.       

Pero es que, para colmo, es mentiroso. Un mentiroso compulsivo que se inventa lo que desconoce, como buen ignorante, y afirma o asegura lo que le conviene o interesa. Ya durante su primer mandato, un periódico de Washington le computó miles de declaraciones falsas o engañosas, tantas que, durante aquella campaña, esa actitud fue descrita como “sin precedentes” en la política de su país.

No es de extrañar, pues, que él siga con mentiras, engaños y medias verdades como procedimiento útil y eficaz en su actual mandato, en el que un día dice una cosa y, al siguiente, la contraria. Una técnica de manipulación y propaganda que ni Goebbels hubiera podido imaginar hasta dónde llegaría. De cara al interior, la adoración y seguidismo de sus fieles al movimiento MAGA demuestra que con mentiras y engaños se puede alcanzar la presidencia de un país, ser el comandante en jefe de un poderosísimo ejército, aunque seas un botarate.

Y de cara al exterior, su incalificable e incomprensible comportamiento amedrenta y acojona, si tienes detrás al ejército más poderoso del mundo, a cualquier país o mandatario al que quiera humillar. Este matón bocazas es ejemplo vivo de que, en contra de lo que dicta la dignidad y la educación, con mentiras se consigue casi todo. Y ese casi todo, para él, significa hacer lo que le da la gana en su país y en el mundo entero. Y así va el mundo: sin orden ni concierto, con nuevas guerras y más abusos y atropellos. Y todo gracias a un matón, bocazas y mentiroso.

Ahora, póngale usted nombre y rostro a semejante criaturita, querido lector. Seguro que acierta.    

jueves, 2 de abril de 2026

Un viaje no tan histórico

¿Descubrir América por segunda vez sería algo histórico? Lo que realmente cambió la historia fue la primera vez que los europeos descubrieron un continente en medio del océano Atlántico cuando pensaban que allí no había nada porque creían que el mundo era más pequeño y podrían ir a Asia navegando hacia el Oeste. Esa era la idea que impulsó a Cristóbal Colón descubrir América, una gesta histórica porque nunca antes se había realizado.

La NASA, en cambio, pretende que el despegue del cohete SLS que tiene como misión enviar cuatro astronautas a un viaje de ida y vuelta a la Luna, sin alunizar, sea un acontecimiento histórico… en los últimos cincuenta años, cuando al satélite ya han llegado hasta en nueve ocasiones con el Proyecto Apolo, desde 1968 hasta 1972.

Lo histórico en astronáutica fue cuando un ser humano orbitó por primera vez la Luna (Apolo 8, 1968) y puso los pies sobre ella (Apolo 11, 1969). Lo que va a hacer la Misión Artemisa II, que partió esta medianoche (hora de España) desde Cabo Cañaveral, es repetir el vuelo del Apolo 8 al cabo de cincuenta años. Y repetir lo que ya se ha hecho no es algo histórico. Es, en todo caso, ampliar una aventura que se interrumpió por cuestiones ajenas a la exploración espacial y a los objetivos científicos que deberían animarla.

No obstante, es evidente que existen avances que diferencian los programas Artemisa y Apolo. La principal de ellas es que habrá una mujer, una persona afroamericana y un ciudadano no norteamericano (canadiense) entre los astronautas de esta primera misión tripulada, como reflejo de la sociedad plural que, en teoría, existe en la actualidad.

Otra diferencia es la distancia que recorrerá la cápsula Orón de Artemis II en su viaje a la Luna, pues la órbita que describirá sobre el lado oculto será muy alejada de la superficie lunar. Es por ello que se superará el récord de distancia desde la Tierra alcanzado por un ser humano, establecido anteriormente por el Apolo 13 en 400.171 kilómetros.

También hay que destacar que la comunicación y las retransmisiones han avanzado considerablemente, como cabía esperar. Esta vez las imágenes no estarán limitadas, sino que se ofrecerá cobertura casi continua y en tiempo real, gracias a una red global, con estaciones en distintos continentes, gestionada por Jet Propulsion Laboratory (JPL), un centro tecnológico de investigación y desarrollo que opera bajo contrato con la NASA.

Otra diferencia notable es el tamaño de la nave Orión, diseñada para transportar cuatro astronautas, en vez de tres de las Apolo, y dos juegos de trajes espaciales, concebidos para distintas fases del vuelo, que proporcionarán protección vital en caso de emergencia. De hecho, el módulo Orión es un espacio altamente optimizado en el que hasta seis astronautas pueden vivir y trabajar durante semanas. Está lleno de sistemas digitales, pantallas táctiles y automatismos avanzados. Reproduce en su interior, con una atmósfera perfectamente regulada, unas condiciones similares a las de la Tierra para facilitar largas estancias. Está acoplada al módulo de servicio, construido por Airbus, donde se alojan los tanques de gases respirables, el sistema de propulsión principal y los paneles solares que abastecen de electricidad a todo el conjunto.

Y, por último, el objetivo de la misión, que no es otro que contribuir a la preparación de futuras expediciones a la Luna que explorarán regiones poco estudiadas, incluida la cara oculta y el polo sur lunar, donde se busca evidencia de hielo de agua, necesaria para cualquier proyecto de estación permanente en el satélite.

Pero más allá de las diferencias técnicas y funcionales de ambos proyectos (Apolo y Artemisa), existen similitudes especulares entre las causas y objetivos de una carrera espacial que sirven de base a todas las iniciativas astronáuticas emprendidas hasta la fecha. Y el primero de esas similitudes es la competición tecnológica entre las grandes potencias. El Apolo competía con la antigua Unión Soviética por ser los primeros en llevar un hombre a la Luna. Y Artemisa se enmarca en el enfrentamiento geoestratégico actual con China, que planea que dos astronautas chinos pisen la Luna antes de 2030. Ambos proyectos persiguen la presencia sostenida en la superficie lunar.

También existe una gran diferencia, y peor: esa carrera espacial entre potencias enfrentadas despierta la voracidad de oligarcas, como Elon Musk y Jeff Bezos, por obtener réditos económicos y de poder, que se traducen en cambios en el orden internacional del espacio que ponen en peligro la conservación del entorno y la apropiación de los recursos naturales que se descubran en la Luna. Y es que ambos oligarcas compiten en la construcción de la nave (Starship de SpaceX y Blue Moon de Blue Origin, la primera que esté lista) destinada para el descenso a la Luna, en una compleja operación de transbordo desde la nave Orion, que se encarga de llevarlos a órbita lunar y traerlos después de regreso a la Tierra.

El derecho espacial internacional, elaborado desde 1960 en el seno de la ONU, se basaba en la cooperación y el diálogo multilateral. Con Artemisa, EE.UU. ha promovido unos acuerdos (“Acuerdos Artemis”) al margen de la ONU, que legitiman la extracción de recursos espaciales sin ningún tipo de control internacional. China, como es natural, no se ha adherido a unos acuerdos dictados exclusivamente por EE.UU. El negocio queda, por tanto, al alcance de unos pocos ciudadanos multimillonarios y poderosos. Según Jorge Hernández Bernal, astrofísico en la Universidad de la Sorbona, “los ingredientes para convertir el espacio, y en particular la Luna, en el Salvaje Oeste están servidos”, como comentó en un artículo en elDiario.es.

Ha sido espectacular el lanzamiento de Artemis II, con toda la perfección técnica y estética que se le supone a una agencia, como es la NASA, que tiene experiencia sobrada en lo que es su actividad básica: la astronáutica. Impresiona contemplar ese cohete mastodóntico rugir poderoso para elevarse al espacio de manera tan perfecta. Pero no es un hecho histórico, aunque sea muy importante y llamativo. Y lo que esperamos de tales alardes tecnológicos y del regreso del hombre a la Luna es que ello contribuya a la investigación científica y, sobre todo, al beneficio de toda la humanidad y el entendimiento entre los pueblos. Y no solo para una simple competición de poderío entre potencias enfrentadas.      

domingo, 29 de marzo de 2026

Otra oportunidad perdida

Hace un año escribí este comentario sobre el cambio de hora. Y me reafirmo en lo que opinaba de una iniciativa totalmente innecesaria, contraproducente e ilógica. Léanlo, si no. 

Como años anteriores, en la madrugada del 30 de marzo se vuelve a perder una oportunidad para dejar las cosas del reloj como están. Es decir, no tocar las manecillas para adelantar una hora en todos los relojes de España y perpetrar el enésimo cambio oficial de horario en nuestro país. ¿El motivo? Suena a chiste, pero todavía se esgrime el ahorro de energía eléctrica como justificación. Y se añade que sirve para aprovechar mejor la luz natural. Serían argumentos válidos si viviéramos en latitudes del norte de Europa. Pero, ¿con el calor, qué hacemos? De eso no dicen ni pío. Tampoco de que se gasta más electricidad con el aire acondicionado que con una bombilla. ¿Dónde está, entonces, el supuesto ahorro eléctrico? No sabe, no contesta.

Lo cierto es que se cambia la hora por inercia desde la crisis del petróleo de los años 70 del siglo pasado, pero sin que ningún estudio serio avale económica y científicamente la medida. Ni siquiera las recomendaciones de la Sociedad Española del Sueño. Además, el cambio continuará vigente en España al menos hasta 2026, según Orden del PCM/186/2022, a pesar de que la Comisión Europea planteara suprimir este sistema definitivamente en 2018 y permitiera a cada estado elegir un solo horario entre el de verano o el de invierno. El único gremio que apuesta decididamente por mantener el cambio de hora y hacer que el sol nos alumbre hasta cerca de las 10 de la noche en verano es el hotelero y hostelero. Su interés particular prevalece, de este modo, al interés general de la población. Y las autoridades, tan panchas e indecisas, lo consienten.

Así pues, por mucho que protestemos, no hay marcha atrás. De hecho, desde la noche del sábado 30 de marzo al domingo 31, los relojes españoles adelantan una hora, por lo que las 2:00 se convierten en las 3:00 de la madrugada. Se adopta, así, lo que se conoce como horario de verano. Es un cambio que se produce dos veces al año, coincidiendo con el último domingo de marzo (verano) y de octubre (invierno). Este sistema se comenzó a utilizar por primera vez durante la Primera Guerra Mundial y se extendió a más países debido a la crisis energética de finales de 1973, cuando la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) redujo la producción y elevó el precio del petróleo, lo que llevó a Europa a establecer, ya con regularidad, el cambio horario en 1981.

Sin embargo, tales cambios vinieron a complicar nuestro desbarajuste horario, puesto que ya, en 1940, durante la dictadura de Franco se estableció que España adoptase el horario de Alemania, país aliado, diferencia adicional que aun se mantiene. Es decir, aunque por nuestra posición geográfica nos correspondería regirnos con el huso horario UTC+0 (Tiempo Coordinado Universal), desde aquella decisión franquista nuestro horario se regula por el huso UTC+1. Pero ahora, con el cambio de verano, adoptamos el horario correspondiente al huso UTC+2. Es lo que explica que, cuando recuperamos el horario de invierno, sigamos manteniendo una hora de diferencia con el horario de Portugal, país que comparte nuestra posición geográfica, y no Alemania. Y en verano, dos, porque nuestros vecinos no cambian la hora. Es decir, dos horas de diferencia respecto al sol, a partir de marzo, en un país meridional de Europa, el más cercano al ecuador, lindante con África, que hace que la intensa radiación solar que recibimos no disminuya hasta bien entrada la noche. ¿Supone eso, en verdad, algún ahorro en la factura energética del país? Nadie presenta datos objetivos al respecto.

Hace tiempo que se debate sobre la conveniencia de mantener un horario fijo durante todo el año, particularmente el del invierno.  Por varias razones. Por un lado, porque los beneficios energéticos no son tales o son irrisorios. Y por otro lado, porque esos cambios periódicos afectan al ritmo circadiano de muchas personas, las más vulnerables a causa de la edad, como niños y ancianos, que sufren alteraciones en sus pautas de sueño/vigilia, de alimentación y hasta hormonales. Sin embargo, esos problemas de salud en un sector nada desdeñable de la población parecen menos importantes que los beneficios económicos del sector turístico de nuestro país.

Dada su posición geográfica, España disfruta de horas de sol suficientes, incluso en invierno. De ahí la conveniencia de mantener fijo el horario de invierno. Además, atrasar el amanecer y el crepúsculo no aporta ventajas significativas más allá de prolongar la luz diurna hasta cerca de las 10 de la noche, cosa que repercute en trastornos del sueño y en desajustes de todo tipo no deseados.  

Por ello, en 2018, el Gobierno acordó la creación de una Comisión de expertos para estudiar la reforma del horario oficial, elaborar un informe al respecto y evaluar la conveniencia de mantener en España un horario fijo. Sus propuestas, tras tanto tiempo, siguen guardadas en un cajón.

Mientras tanto, continuamos jugando con las agujas del reloj para que amanezca y anochezca en función de meras conveniencias crematísticas que sólo benefician a un sector de la economía del  país, el cual, por otra parte, tampoco saldría perjudicado si se consolidara un horario oficial fijo durante todo el año. Es más, todos saldríamos ganando. Unos, en el bolsillo; otros, en salud. Seguro

lunes, 23 de marzo de 2026

Perdón por la Historia

Está de moda corregir la Historia y exigir o pedir perdón por abusos o atrocidades cometidos en el pasado, máxime si los hechos han enfrentado a pueblos que han mantenido relaciones como colonizadores y colonizados. Es el caso de la exigencia a España por parte de las autoridades de México de una disculpa pública por los abusos y atrocidades cometidos durante la conquista de América. Una exigencia que ha heredado y mantenido la actual presidenta del país, Claudia Sheinbaum, a partir de la carta que remitió su antecesor, Andrés Maniuel López Obrador, al rey Felipe VI solicitando una disculpa por la Conquista, la cual no fue respondida formalmente, generando tensiones diplomáticas.

Este debate presuntamente historicista, denominado presentismo, se produce generalmente por personas que no son historiadores y que juzgan hechos del pasado con las reglas morales del presente. Y es utilizado por algunos dirigentes para supeditar la Historia al interés político del presente. Se trata de una forma de manosear la Historia que implica un revisionismo continuo e interesado del pasado, sin ningún afán riguroso por una comprensión objetiva de hechos históricos pretéritos, tendente solo a glorificar o legitimar acciones políticas del presente.

Parece oportuno subrayar que los impulsores del presentismo no son expertos ni historiadores sino políticos o novelistas que pretenden ajustar el pasado a los estereotipos de sus interpretaciones históricas en la actualidad, sin distinguir ni el contexto ni los valores morales y legales imperantes en cada momento histórico. El historiador se limita a contar los hechos del pasado, sin opinar sobre ellos y, menos aun, juzgarlos con las normas del presente. Los presentistas, en cambio, pretenden juzgar, interpretar y valorar hechos, personajes y períodos de la historia a partir de los valores, la moral y los parámetros de hoy. Presentan una visión del pasado sesgada por una miopía del presente que los distorsiona, la mayor parte de las veces, de manera interesada. Y en menor medida, con la intención de corregir hechos del pasado en función de esquemas de sensibilidad contemporáneos, para los cuales acciones y comportamientos históricos resultan rechazables u ofensivos en la actualidad.

Con ese prisma, las matanzas cometidas por los españoles en Tenochitlán, la capital del imperio mexica, tras la llegada de Hernán Cortés, y que acabó con el poder local en apenas tres años, pueden ser interpretadas como deleznables actos de genocidio y no fruto del choque cultural y el imposible diálogo interreligioso que supuso el encuentro entre pueblos y civilizaciones tan distintos social, militar, cultural y moralmente. Máxime si se omite que, en aquella lucha, los mexicas respondieron persiguiendo a los españoles, los mataron en el camino y los ahogaron en el canal de los Toltecas, ocasionando también infinidad de muertos, según un testimonio indígena, datado en 1528, que explica lo acaecido en esa batalla.

Por eso, exigir disculpas o pedir perdón por hechos históricos del pasado, aunque sean sangrientos y dolorosos, es una manera de reescribir la historia, bien para borrar culpas o bien para enaltecer una historia con sentimientos identitarios o nacionalistas.  

La historia hay que contemplarla con el suficiente distanciamiento científico para alejar los hechos de toda valoración emitida desde parámetros del presente. De lo contrario, lo que se realiza es una versión interesada de la misma que puede inducir a derribar estatuas de Cristóbal Colón o pedir responsabilidades por sucesos pretéritos, cuando ni México era México ni aquella España imperial era el país democrático que es hoy.

No obstante, reconocer el pasado y admitir los abusos cometidos en épocas tan lejanas de la historia es una actitud que honra y dignifica al país que la toma, puesto que asume la responsabilidad del daño y pretende su reparación desde el punto de vista institucional e histórico. Es lo que hizo Alemania por el Holocausto, Francia por lo de Argelia o Canadá con la comunidad judía. Son casos excepcionales que no justifican la revisión permanente de los procesos evolutivos y las transformaciones de las sociedades humanas a lo largo de la historia. De lo contrario, estaríamos exigiendo disculpas a Italia por esclavizar y someter a Europa durante el Imperio Romano, a los árabes por la conquista de España durante la época islámica e, incluso, a Francia por la invasión napoleónica.

No se puede pretender un rediseño del pasado según los intereses del presente, atribuyendo a posteriori una identidad inventada a personajes históricos y una interpretación también convenientemente reelaborada del pasado. Y no se puede, entre otras cosas, porque tales revisiones no se acometen desde el rigor y la objetividad científica de los historiadores y, lo que es peor, porque se centran en un aspecto concreto de la historia y no en el conjunto de toda ella. Es decir, el presentismo histórico está impulsado, sin tener en cuenta las circunstancias históricas de los hechos, por deseos de explotar una “arqueología del agravio” que sirve para sustituir la historia y memoria de los pueblos por un relato oficial que conviene a los intereses políticos del presente.

Claro que se puede -y se debe- tener una visión actualizada de la historia, estudiar críticamente el pasado, pero no para corregirlo sino para aprender de sus lecciones, emular su grandeza y evitar cometer sus errores, incluso para reparar las consecuencias que todavía puedan perdurar en el presente. Una visión que permita reconocer la historia compartida y el legado cultural que enriquece tanto a España como a la América hispana. Porque comprender el pasado con honestidad y precisión histórica, es la mejor manera de construir un futuro también compartido entre pueblos con una relación de siglos y la base más firme para la convivencia y la cooperación en el presente.  

domingo, 15 de marzo de 2026

Huérfanos de pensadores

El mundo hoy pierde uno de sus pensadores más influyentes y que más ha contribuido a fortalecer la democracia basada en la razón comunicativa: Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán que elaboró la teoría de la democracia comunicativa, una noción de la deliberación pública, más allá de las instituciones, como centro del pensamiento y la función democráticos. Sin ese poder comunicativo, cuya legitimidad se basa en la fuerza del mejor argumento y no en la imposición, el dominio o el poder, no es posible la democracia deliberativa moderna. 

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas tuvo una niñez y una juventud marcadas por el nazismo. Su padre fue gerente de la Cámara de Industria y Comercio de la ciudad y simpatizante del NSDAP, el partido nazi, del que llegó a ser consejero de economía de la sede local. El mismo Habermas ingresaría como miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo que parecía obligatorio a los de su generación. Tras la derrota del nazismo, Habermas descubre el marxismo y, receloso del comunismo, evoluciona hacia la socialdemocracia, capaz de alcanzar consensos políticos, y hacia un humanismo intelectual que le permitiría abordar todos los asuntos o preocupaciones relevantes de la filosofía y las ciencias sociales. Entre ellos, la necesidad de desarrollar un enfoque nuevo de la razón dirigido al entendimiento entre sujetos, a un uso público de la razón por el que la sociedad se pone de acuerdo consigo misma y se ilustra a sí misma sobre su voluntad política, formando parte de una esfera pública no institucional que modifica sus actitudes por medio de argumentos.

Jürgen Habermas formó parte de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, junto a Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y Max Horkheimer, pensadores que partían de la lectura de Hegel, de Marx y de Freud para concluir que la razón podría ser una promesa de emancipación. En ese sentido, Habermas fue más allá y, haciendo una revisión radical de la Teoría Crítica, la transformó en su famosa Teoría de la Comunicación, en la que propone una racionalidad no instrumental, distinta a la del mercado o la burocracia, que en lugar de imponer escucha y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento, no en el poder de quien habla: en la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.

Se trata de una síntesis que amplía distintos plexos de investigación filosófica y de teoría social con los que Habermas llevada trabajando durante años, partiendo de la base de que no hay ningún acceso a la realidad que no esté mediado lingüísticamente; es decir, que la realidad solo existe en dependencia del lenguaje, pues los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Y solo podemos explorar el mundo con esa forma de racionalidad que es el lenguaje.

Desde ese principio, Habermas concibió una teoría normativa de la democracia deliberativa en la que, si no se puede ejercer ese poder comunicativo, sin esa capacidad de entendimiento entre sujetos sin coacción y sin restricciones, la democracia es imposible. Esa razón, basada en el mejor argumento, surge de la voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos, una realización intersubjetiva sobre la base de un entendimiento mutuo y de un acuerdo recíproco sobre los hechos, las normas y las vivencias.        

Su proyecto de democracia basado en la razón parece hoy más necesario que nunca, justamente cuando se pone en duda su validez como sistema menos malo de convivencia y de gobierno. Habermas creía en el poder de la comunicación y en la necesidad de que los ciudadanos, lejos de limitarse a votar cada cuatro años, participen en la esfera pública, aporten sus puntos de vista y abran debates sobre los asuntos que les preocupan o interesan para que, argumentativamente y sin coacción ni restricciones, acuerden el modelo de convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.  

Jürgen Habermas, el filósofo de la razón comunicativa, además de tener una enorme repercusión académica, tuvo una gran influencia como intelectual público. Participaba de la función de vigilancia que tiene la crítica pública y que él ejercía, como intelectual, con destacada intensidad. Intervino sin descanso en la discusión pública, sin esquivar la polémica. De hecho, abogó por defender Ucrania frente a la invasión rusa, cuestionó la intervención en Irak y, incluso, abordó el papel de las religiones en un mundo pos-secular.

Como escribí en otra ocasión, fue un filósofo de la modernidad que actuaba, además, como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban.  

Entre sus obras destacan La transformación estructural de la esfera pública (1962), Historia y crítica de la opinión pública (1962), Discurso filosófico de la modernidad (1985), su famosa Teoría de la acción comunicativa (1981) y su impresionante Una historia de la filosofía (2019). Y sobre él, habría que señalar  Jürgen Habermas, una biografía, de Stefan Müller Doohma (Trotta, 2020), del que extraigo datos para este artículo.     

Este pensador racionalista, pragmático, universalista kantiano, pos-marxista, liberal y republicano, fue en realidad un humanista y ferviente demócrata que, desde la filosofía política, se interesó por la filosofía del lenguaje, la ética, la epistemología y la sociología. Recibió abundantes premios, como el Gottfried Wilhelm Leibniz, considerado la máxima distinción en el ámbito académico de Alemania, y el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, en 2003.

Con su muerte perdemos uno de los pensadores más importante del siglo XX y un guía imprescindible que orientaba la conducta ética y política de nuestro tiempo.