lunes, 27 de abril de 2026

Wild América

La “wild América” de la política actual de Estados Unidos (EE.UU.), con su alma proclive al ajuste de cuentas y a la violencia, no deja de emular la época del Far West -la del Lejano, salvaje o viejo Oeste- en cuanto a tiroteos y asesinatos se refiere. También incluso por la existencia de forajidos y malhechores dispuestos a estafar al más pringado y desenfundar a la menor oportunidad.

No es de extrañar, por tanto, que el sábado pasado el presidente Donald Trump fuera objeto del tercer intento frustrado de asesinato. Ya es tener suerte. Y es que no se entiende la historia de ese país sin la violencia que la acompaña desde su fundación. Otros, antes que él, engrosan la lista de cuatro mandatarios estadounidenses asesinados mientras ejercían el cargo a manos de descontentos que recurrieron a la violencia homicida. Y otros tantos fueron atacados tras abandonar el cargo, de los que no todos resultaron ilesos. Alguno llegó a fallecer a consecuencia de las heridas ocasionadas en el atentado.

Desde Abraham Lincoln -el primer presidente asesinado, en 1865- hasta John F. Kennedy -asesinado en 1963-, cuatro presidentes han muerto por causas no naturales, sino a manos de la violencia (incluyendo a James A. Garfield, en 1881, y William McKinley, en 1901). Otros han salido ilesos de los atentados que se cometieron contra ellos. El primero en padecer un intento frustrado de asesinato fue Andrew Jackson, en 1835. Le siguieron Theodore Roosevelt, en 1912; Gerald Ford, que sufrió dos intentonas por asesinarle, ambos en 1975, y Ronald Reagan, en 1981, durante el ejercicio de su mandato y, precisamente, delante del mismo hotel donde han atentado contra Trump. A ellos hay que añadir a George Bush, al que le lanzaron una granada, en el año 2005, que no explotó debido a un fallo del detonador y que pasó desapercibida por el propio Bush y su equipo tras golpear en alguien de la multitud y no alcanzar su objetivo.

No cabe duda de que el inquilino de la Casa Blanca atrae a los pistoleros que intentan asesinarlo, pues en todos los casos se utilizó un arma de fuego. También contra Gerard Ford, al que una mujer, también pistolera, fue la que intentó perpetrar el asesinato en dos ocasiones distintas en breve plazo de tiempo. 

La cuestión es que en ese país las diferencias se resuelven, en casos extremos, a balazo limpio, incluyendo la discrepancia política y los deseos de cambiar la acción y hasta el titular del Gobierno. Pocos países de los considerados democráticos, desarrollados y modernos ofrecen un historial de violencia magnicida y política como EE.UU. Un historial que incluye no solo a los mandatarios del país, sino también a cargos electos estatales, personalidades relevantes y hasta agitadores políticos.

Es de sobra conocido el asesinato del reverendo Martin Luther King, líder por la igualdad racial y los derechos civiles, asesinado en 1968 mientras saludaba a sus seguidores desde el balcón de un motel.  Otro líder religioso defensor de los derechos humanos, Malcolm Little, más conocido como Malcolm X, sería asesinado anteriormente, en 1965, por sus ideas contra el supremacismo blanco. Cinco años después del asesinato de su hermano presidente, otro pistolero acabó con la vida de Robert F. Kennedy, senador por Nueva York, en 1968.

Con estos antecedentes es fácil caer en la tentación de percibir como normal el reguero de violencia que deja el pueblo norteamericano a lo largo de su historia. Máxime si, en la actualidad, desde 2021, el país ha registrado cinco asesinatos e intentos de asesinato de figuras políticas, una cifra insólita, solo comparable con la relación citada más arriba, de mediados del siglo pasado.

El año pasado, el activista conservador Charlie Kirk, miembro del grupo MAGA, fue blanco de un tiroteo mortal durante un acto en la Universidad de Utah Valley. En 2025, una congresista demócrata en Minnesota, Melissa Hortman, murió tiroteada junto a su marido. Horas antes, el senador John Hoffman fue víctima de un intento de asesinato junto a su esposa. En 2024, se declaró un incendio en la residencia del gobernador demócrata de Pensilvania, Josh Shapiro, cuando este se encontraba en su interior con su familia. Años antes, intentaron atacar a la expresidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi y, al no encontrarla en su domicilio, hirieron a su marido con un martillo.

El propio Donald Trump fue víctima, en 2024, de un intento frustrado de asesinato, durante un mitin en Pensilvania, en el que una bala disparada por un francotirador le rozó la oreja. Dos meses más tarde, se registró un tiroteo en su club de golf, en Florida, que la policía investigó como otro intento de asesinato. Y el del sábado pasado, en un hotel de Washington, sería el tercer atentado frustrado que sufre el actual presidente norteamericano en menos de dos años.

Tanta violencia explica también el asalto por los seguidores de Trump del Capitolio, en enero de 2021, con la intención de alterar el resultado electoral e impedir la alternancia democrática. Según las estadísticas, la violencia política afecta tanto a demócratas como a republicanos en un país que protege como un derecho inalienable la tenencia de millones de armas de fuego (un arsenal estimado en 400 millones), sin apenas control, en manos de cualquier persona. Resulta espeluznante que el 10,2 % de los votantes republicanos y el 8,3 % de demócratas justifiquen el uso de la violencia para lograr fines políticos, según encuesta de Chicago Projetct on Security & Threats.

Si a ello añadimos una polarización política extrema prolongada y una crispación social fomentada, en muchos casos, desde ámbitos gubernamentales, que exacerba la confrontación violenta e irracional en el espacio político, no resulta extraño que las consecuencias sean el deterioro de la convivencia y el recurso a comportamiento violentos, incluso homicidas, en la sociedad de EE.UU., acostumbrada, por lo que se ve, a resolver sus discrepancias como en el Viejo Oeste, a tiro limpio.

La persistencia de estos hechos evidencia que la “wild América”, lejos de ser algo de un pasado de vaqueros y bandidos, es una amenaza que continúa latente para la democracia y la convivencia no solo de EE.UU., sino del mundo entero por el efecto amplificador de los medios globales y la influencia mundial de la política norteamericana.

sábado, 25 de abril de 2026

¿Qué España prefieres?

Conseguimos salir de una dictadura y transitar hacia una democracia de manera más o menos pacífica y consensuada, aunque es verdad que estuvimos que esperar a la muerte en su cama del dictador. Tal vez por reacción a cuarenta años de represión y censura, disfrutamos de la democracia con una tolerancia y unas ganas de libertad que hicieron de nuestro país un ejemplo de transición ordenada y eficaz; eso sí, con excesiva tendencia al olvido.

En pocos años, pasamos de no poder ver desnudos en el cine a poder casarnos con personas del mismo sexo, si ese era nuestro deseo, y sin obligación de que el matrimonio tuviera que ser administrado, para ser legal, por la iglesia católica. Un sarampión de libertad que, afectando a las costumbres, la cultura, el ocio y la vida misma, caracterizó aquellos lustros de recién estrenada democracia, en la que hasta un alcalde se atrevía a dar la bienvenida a la movida de su ciudad, junto a una actriz con una teta al aire, con una frase que hoy sería rápidamente descalificada: “¡Rockeros, el que no esté colocao que se coloque… y al loro!”.

Más allá de la anécdota, fueron años fecundos en avances libertarios en los que se buscaba la igualdad, la justicia, la tolerancia y la diversidad. Y la reconquista de derechos. Los trabajadores empezaron a ver reconocidos derechos que les habían sido negados, como el de negociación colectiva de convenios y el reproche penal del despido arbitrario o improcedente con la restitución al puesto de trabajo o la indemnización consecuente.

La mujer alcanzaba cotas de igualdad respecto al hombre jamás soñadas y su lucha feminista conquistaba hitos impensables, como decidir sin tutelas sobre su propio cuerpo o su presencia en ámbitos y estratos laborales y sociales que les estaban vetados, además de la legalización del aborto, el divorcio y hasta castigar como delitos los abusos y agresiones sexuales. Por su parte, la educación y la atención sanitaria se extendieron a toda la población, logrando aumentar la formación y la salud de las generaciones posteriores.

Los terratenientes y latifundistas fueron perdiendo el feudalismo señoritil con derecho a pernada que gozaban con la dictadura, cuando eran amos supremos de tierras y vidas, mientras los campesinos dejaron de limosnear trabajo en la plaza del pueblo para disfrutar del derecho al paro agrícola. Casas de cultura, hogares del pensionista, centros de salud, colegios e institutos permitieron a nuestros pueblos no depender de las grandes ciudades para abrazar la modernidad y acceder a recursos y prestaciones socioculturales que no estaban a su alcance.

De considerar las vacaciones un lujo de privilegiados a los viajes del Imserso para los mayores, de no salir del terruño ni en verano a recorrer Europa sin necesidad de pasaporte ni cambio de moneda, de la bicicleta y el tren renqueante al coche con GPS incorporado y el AVE que acorta distancias y tiempo, los avances económicos y sociales se sucedieron con denuedo ilusionante.

Es verdad que se tuvo que entrar en la OTAN para integrarnos en una Comunidad Europea que, gracias a los fondos de cohesión, impulsó y contribuyó a la transformación del país, equiparándonos en infraestructuras y servicios a las modernas naciones de nuestro entorno, hasta el extremo de que ya no miramos con envidia lo extranjero, sino que nos hemos convertido en referente envidiable. Ello posibilitó que nuestros Ejércitos compartieran misiones y maniobras militares con la Organización del Tratado atlantista en su conjunto y que nuestros chuscos generales franquistas, proclives al golpismo, tuvieran que aprender idiomas, participar y colaborar en ejercicios supranacionales con mando foráneo y aceptar la supeditación de las Fuerzas Armadas al poder civil que emana de la soberanía nacional.

De esta forma, y gracias a todos esos avances que acompañaron a la evolución social, dejamos de emigrar a Francia o Alemania, principalmente, y empezamos a recibir inmigrantes de otras latitudes que nos ven como nosotros veíamos aquellos países: una posibilidad de mejora para un futuro digno. España dejó de ser un país de emigrantes (con millones de salidas hasta finales de la década de los 70 del siglo pasado) a convertirse en un receptor de inmigrantes, experimentando una notable transformación demográfica, con más de 10 millones de personas nacidas en el extranjero, un 19 % de la población, según el último censo. Datos que la sitúan por detrás de Alemania y similar a la de Países Bajos o Suecia.

Y emigrábamos por idénticos motivos que impulsan a los inmigrantes que recibimos: guerras, violencia, miseria y falta de trabajo. Ahora, marroquíes, subsaharianos y sudamericanos copan trabajos que por sus condiciones y remuneraciones nosotros esquivamos, pero que agradecimos cuando tuvimos que emigrar, posibilitando la viabilidad de sectores como la agricultura, hostelería, construcción y cuidados de mayores, además de ayudar a mitigar el envejecimiento poblacional. Según estudios, la inmigración realiza una aportación neta positiva al Estado, con una contribución económica mayor que las ayudas que perciben.

Es decir, mientras adquiríamos nuevos derechos y disfrutábamos de crecientes libertades, no nos importó el color de piel ni las creencias y costumbres de quienes hicieron de nuestro país una tabla salvadora para huir del infierno de sus países de origen. De hecho, la diversidad y la pluralidad de nuestra sociedad se vio enriquecida cultural y económicamente con la inmigración, cuyos flujos han permitido, además, el crecimiento de la población española de las últimas décadas.

Pero, al parecer, aquella ilusión democrática con la que enterramos la dictadura y la presencia en las calles de ciudadanos extranjeros que comparten con nosotros las vicisitudes del presente nos ha vuelto desmemoriados, intransigentes y racistas.

Ahora nos aburre votar cada cuatro años, pensamos que todos los partidos son corruptos, que el sistema (político) está agotado, que los derechos y libertades están asegurados para siempre y que los inmigrantes nos quitan el trabajo y acaparan las ayudas que debieran estar destinadas solo a los “nuestros”, a los nacidos aquí. Creemos que la democracia ya no es útil para gobernarnos con la autoridad y determinación que son necesarios y que la diversidad racial y cultural desnaturaliza nuestra identidad como españolitos de recia estirpe. Y ello a pesar de que los servicios y prestaciones de un Estado constitucionalmente Social, que reconoce nuevos derechos y amplía o aumenta protecciones (Estado del bienestar), no deja de crecer cada año, y que la inmigración resuelve dificultades laborales y demográficas de nuestro país.

Peor aún, en la actualidad percibimos la inmigración con prejuicios discriminatorios y actitudes xenófobas que son alimentados por formaciones políticas de índole populista, ultranacionalista o reaccionaria. Una visión sesgada por cuestiones espurias e intereses partidistas que hace hincapié, con mensajes alarmistas, en la llegada y reparto de los inmigrantes que arriban a nuestras costas en pateras (los más pobres y vulnerables de los inmigrantes) y, específicamente, en los Menores No Acompañados (MENA), consiguiendo que relacionemos peligrosamente inmigración con delincuencia, cuando tal relación no se sostiene en datos fehacientes y cuando la inmigración que llega con visado, o sin necesidad de él por acuerdo entre países, es más relevante en términos de volumen e impacto a largo plazo sobre la sociedad y la economía española.

Hemos llegado a tal punto de ceguera y sectarismo que asumimos como sensato y conveniente el término de “prioridad nacional”, en lugar del principio de igualdad, a la hora de entender los derechos y la convivencia en una sociedad democrática. Ahora pretendemos que determinados derechos y la igualdad dependan de la nacionalidad, una discriminación por origen para definir quién merece ayuda, servicios o prestaciones y a quién se los negamos y dejamos en la cuneta. Parece no importarnos que se fomente así una sociedad de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, un modelo de ciudadanía excluyente, como forma de convivencia, sin que se nos encienda una luz de alarma en el cerebro. Sin pensar que, de ahí a un Trump español que persiga inmigrantes con una desalmada policía de fronteras, va un paso. Y estamos dispuesto a darlo, por lo que parece y se acuerda en cuanto gobierna la extrema derecha.

Entre la España que fuimos y a la que estamos yendo, yo prefiero la primera. Porque, de seguir este rumbo, acabaremos en esa jaula de oro, pero jaula al fin y al cabo, a la que alude un colega columnista. Y para jaulas, ya tengo bastante en las que nos aprisionan los plutócratas y “tecnobros”, sin que nos demos cuentan, esos carceleros autoritarios semifascistas y sus compinches capitalistas que hoy dirigen el mundo a su antojo.

Me niego a levantar nuevas jaulas entre nosotros, ni para los propios (naturales) ni para los extraños (extranjeros) que creen que España es un paraíso de oportunidades, cuando todos estamos luchando por un futuro mejor, digno de personas. Yo sé qué España prefiero y deseo para mis hijos porque somos nosotros los que asumimos y decidimos nuestro futuro.

lunes, 20 de abril de 2026

Soy de los podridos

Resulta que, para algunos, la pluralidad ideológica es un mal insoportable y el adversario político, un enemigo. Solo desde esa mentalidad, se puede alegremente insultar al votante de un partido que no te agrada, tachándolo de ignorante o cosas peores. Es lo que hacen quienes disienten y combaten ideas o iniciativas de alguna formación de la que desconfían, sobre todo si gobierna, mediante insultos, descalificaciones, tergiversaciones o sencillamente mentiras y bulos.

Utilizan lo soez y la agresión verbal como instrumento para el debate político o ideológico, en vez de la confrontación de programas y propuestas para los problemas que a todos conciernen como país. Y la verdad es que es un recurso del que se valen todos los partidos o políticos en mayor o menor medida, pero son los representantes de la derecha y la extrema derecha quienes profieren de manera más constante exabruptos y ataques personales al adversario político y, lo que es peor, insultos a simpatizantes o votantes de otros partidos.    

Ejemplo de ello es la última boutade de una alta personalidad del gobierno de la Comunidad de Madrid, nada menos que el jefe de Gabinete de la presidenta madrileña, Miguel Ángel Rodríguez, alias MAR, famoso por sus insinuaciones y acusaciones insidiosas, la mayoría de ellas gratuitas y sin pruebas, aunque a veces, por esos misterios de la ceguera de la Justicia, no solo quedan impunes, sino que sirven de base para querellas y hasta para condenar al insultado o calumniado.

Tal es la especialidad a la que se ha dedicado este individuo que ocupa un despacho oficial del que emana el argumentario utilizado por su jefa, la ínclita Isabel Díaz Ayuso, cada vez que abre la boca cuando quiere cuestionar al Gobierno de la nación y, en especial al presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, al que llegó a llamar hijo de p... desde la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados.

La boutade a la que me refiero ha venido servida en unos tuits en los que el veterano y polémico político ha asegurado, como si fuera vidente, que el Tribunal Constitucional absolverá al exfiscal general del Estado, en respuesta al recurso presentado por este tras ser condenado por el Tribunal Supremo por revelar datos reservados.

Pero, no contento con mostrar su desconfianza con la independencia de tan alto Tribunal, ha aprovechado que estaba inspirado para, de paso, agredir por escrito a los votantes socialistas, considerándolos como “Un tercio de españoles podrido”.  Insulto que completa, por si no había quedado claro, con otro tuit: “Un tercio de España está podrida. Apoya a Sánchez, Begoña, Ábalos, hermano de Sánchez, Cerdán, putas, corrupción, macarras, muertos porque se lo llevan…, Manipulación en RTVE, compra de medios de comunicación, compra de activistas… Un tercio de España está podrida”. Y se ha quedado tan pancho.

Personalmente, me doy por aludido. Pertenezco a ese porcentaje de población, según MAR, que vota a las izquierdas desde que se pudo hacer en este país, tras la muerte del dictador Franco. Soy, pues, del grupo de los podridos y no consiento la agresión sin defenderme, pero sin caer en aquello del “y tú más”, sino enorgulleciéndome de lo que diferencia mis valores de los que defiende el botarás Rasputín de Ayuso, es decir, del ideario de la derecha.

Y lo haré con los modos y medios con que defiendo mis convicciones: sin insultar ni desprestigiar a mis oponentes ideológicos y partidistas. Entre otras cosas, aparte de por educación, porque estoy convencido de que con diálogo y respeto todos podemos alcanzar acuerdos y lograr una convivencia social en paz y libertad en el marco de las leyes y la democracia, sin sectarismos ni imposiciones.

Cosa que este personaje insultador no puede ni sabe hacer. El modelo social y económico que postula lo pretende defender mediante mentiras, tergiversaciones, amenazas, campañas de desprestigio y bulos. Lo hace ahora y lo ha hecho siempre, como ya en otra ocasión describí. No es de extrañar, por tanto, que su última extravagancia tuitera reproduzca calificativos que suele utilizar cuando busca confrontar con adversarios políticos. Y que su elevado tono despreciativo provenga más del resentimiento y el nerviosismo que de una estrategia de polarización.

Es lo que cabe suponer puesto que, acostumbrado a mentir e insultar con impunidad, no siempre se sale con la suya, afortunadamente. Un nerviosismo que suponemos proviene del hecho de que, a principios de mayo, Miguel Ángel Rodríguez tendrá que declarar como investigado ante un juez por difundir la identidad, con nombres, apellidos y fotografías, de dos periodistas de El País que trabajaban en una información sobre la pareja de Ayuso.

Para desacreditarlos, envió un mensaje difamatorio a varios medios, añadiendo, además, que los reporteros habían intentado entrar encapuchados en el domicilio de la presidente de la Comunidad madrileña y que habían “acosado” a los vecinos e, incluso, a “niñas menores de edad, en un acoso habitual en dictaduras”.

Con ello intentaba contrarrestar lo que prefería que permaneciera oculto o, cuando menos, pasara desapercibido entre una maraña de bulos, ya que el mensaje lo difundió después de que un medio digital publicase la noticia que la pareja de Ayuso había defraudado 350.000 euros a Hacienda. Y él, como jefe de Gabinete de la novia del defraudador, tenía que salir en defensa del… presunto delincuente. Y lo hace a su modo y manera: inventándose noticias, desprestigiando a profesionales y a la profesión periodística, amenazando y coaccionando a cuantos pretendan averiguar la verdad, insultando y agrediendo oral o por escrito a todo el mundo. Es la manera de comportarse de MAR, lenguaraz y mezquino, como siempre ha sido.

Porque así defiende sus ideas este político que suele actuar bajo la sombra de algún poderoso que lo proteja y cuide. Es su estilo desde que era portavoz de Castilla y León y elaboró una lista negra de periodistas sospechosos de cuestionar al Gobierno regional; también desde la Oficina de Información del PP, en la que aparece como pagador de dinero negro a una presentadora de televisión; incluso cuando accedió a la Secretaría de Estado de Comunicación y ejerció de Portavoz del Gobierno de Aznar, desde donde amenazó al entonces dueño de Antena3; y,  ahora, desde su puesto de jefe de Gabinete de Ayuso, donde hace y deshace a su antojo para construir a una “lideresa” a su imagen y semejanza.

¿Debatir ideas, propuestas y programas? Quiá! Lo suyo es exclusivamente insultar e intoxicar. Pero yo, como aludido, no se lo voy a permitir. Porque podrido estará él. Y no porque yo lo diga, sino porque su currículo lo demuestra. Y sin necesidad de recurrir a cuantificar cuántos ladrones, malversadores, condenados, corruptos, manipuladores, acaparadores de instituciones y medios de comunicación, tramposos y macarras hay más en sus filas que entre los socialistas. No hace falta.

Pero lo grave y triste es que esas conductas y modos que MAR exhibe sin pudor se contagian a la formación que ha de representar unas ideas tan defendibles como las mías ante la tribuna de la opinión pública. Un debate de ideas que ha de hacerse sin agresividad ni imposiciones, sino con respeto mutuo y diálogo civilizado. Cosa que MAR no sabe ni hace; es más, impide que se haga.

Porque quien en realidad tiene putrefacta la boca es este señor que jamás se ha comportado con dignidad ni ha respetado las instituciones ni los cargos por los que ha pasado, causando vergüenza entre sus propios correligionarios decentes y honestos. Y, en contra de lo que él asume, no todo vale en política. Así, no. Yo no se lo consiento ni se lo voy a dejar pasar. Quede constancia.        

martes, 14 de abril de 2026

Un corrupto aclamado

Un comisionista y defraudador con privilegios (no se le puede investigar ni juzgar al estar protegido por ley como inviolable), ha aprovechado el último día de Semana Santa, el de la supuesta resurrección de Dios (una deidad conservadora, capitalista y sanguinaria de la que sátrapas, autoritarios y dictadores dicen que está siempre de su parte y lucha en su bando), para ir a una plaza de toros (donde se sacrifican animales por mera diversión) a ver la reaparición de un matador (sí, a un auténtico matarife de reses bravas), puesto que desde ese día ya no hay que guardar luto y se puede celebrar la matanza de animales como espectáculo. El asesinato de humanos, sin embargo, no ha parado ningún día de tan santa semana ni en Gaza ni en Ucrania, ni en Líbano ni en Irán, ni en tantos otros lugares. Tal parece que los toros son más sagrados que los seres humanos para algunos creyentes monoteístas. Pero eso es otro tema.

El que nos ocupa, por cercano, está protagonizado por una persona importante, pero que hasta hace poco fue aun mucho más importante (tanto, que ha sido jefe del Estado), de la que se ha acreditado haber usado dinero público con fines privados (costear viajes con fondos reservados a sus amantes), haber cobrado comisiones por tráfico de influencias y haber defraudado a Hacienda y eludido pagar impuestos (un cúmulo de chanchullos y delitos que lo obligaron a irse a otro país para esquivar el reproche público y la deshonra familiar), regresa -cosa que hace cada vez que quiere- para darse un baño de multitud no en una biblioteca o un museo, sino en una plaza de toros, en la que el público asistente lo recibe entre aplausos y vítores mientras sonaba en himno de España. Como si fuera un torero. De hecho, se fotografió con todos los matadores al final del evento, supongo que para dejar constancia gráfica para la posteridad.

Lo curioso es que, siendo un personaje de comportamiento tan indigno que hasta ha tenido que exiliarse, no hubiera sido objeto de ningún abucheo o protesta por presentarse en una plaza de toros como si fuera un héroe. Al contrario, es aclamado por esa burguesía conservadora que gusta del asesinato de animales en el circo y admira a privilegiados con fortuna que no pagan impuestos. En la plaza y recibiendo una ovación estaba, apoyado en un bastón, quien fuera símbolo de un Estado que debiera garantizar la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, excepto él, que es impune e inviolable.

Por eso sus acólitos lo acogen en loor de multitud para que haga lo que mejor sabe hacer, pegarse la buena vida con dinero de todos. No visitó ningún orfanato ni ofreció ninguna recepción oficial o institucional, sino que, antes de ir al ruedo de La Maestranza, se fue a comer a un selecto club privado con sus aduladores, entre los que se encontraban empresarios, millonarios con apellidos de rancio abolengo, regatistas, personajes y periodistas afines a la derecha y, por supuesto, toreros.

Posteriormente, por la noche acudió a una cena también privada en casa de un afamado y bigotudo periodista, conductor de un programa de radio, que ha recorrido todo el arco ideológico en sus opiniones (hay un antes y un después de haber sido víctima de un atentado terrorista) hasta acabar como un trompetero más del apocalipsis. En esa velada lo acompañaron, de manera no oficial, el presidente de la Junta de Andalucía, conocido por sus sonrisitas cínicas y el deterioro intencionado de la sanidad y los servicios públicos, y el alcalde de Sevilla, conocido también por estar en boca de todos al mantener la ciudad intransitable (a pie o en coche) por obras más cosméticas que necesarias, más por alardear en las próximas elecciones que por auténticas mejoras insoslayables.

Curiosamente, ambos políticos pertenecen al mismo partido conservador-sin-complejos que no hace ascos a gobernar con la ultra derecha antieuropea, antifeminista, antiautonómica, antisocial y sectaria. Tales anfitriones del corrupto se declaran, por si había dudas, alcanforadamente monárquicos y juancarlistas, como está mandado.      

El caso es que este personaje, amante del toreo, la buena mesa, las mujeres hermosas y gordas cuentas corrientes, no se arrepiente de nada (salvo, quizá, de la abdicación), a pesar de que su vida enfila las últimas curvas de la decrepitud senil. Y se comporta como si fuera faro de virtudes y acreedor de eternos agradecimientos, sin querer ser consciente de que acumula lo más repudiable que podría albergar un servidor público: aprovecharse de la confianza de los ciudadanos en beneficio o lucro personal. Un corrupto privilegiado que ha mantenido durante toda su vida una falta de moral clamorosa, una falta de honradez vergonzante y una falta de lealtad hacia su país, a la institución que encarna y a la población impropia de su condición como máximo representante del sistema de gobierno que conseguimos con la restauración de la democracia. 

Se trata de un corrupto privilegiado que no asume su responsabilidad y pretende seguir representando un papel del que ha sido despojado sin honores por sus propios (de)méritos y su enorme desfachatez. Y que no ha rendido cuentas, como se le exige a otros corruptos de la política que la población condena antes de que se demuestre su culpabilidad cuando sean juzgados. Su legado de corrupción y vida licenciosa es enorme, tanto que tuvo que huir de su país y abdicar de la corona para intentar exonerar a su hijo y la institución que encarna. No hacía más que seguir una tradición familiar que encadena tres generaciones seguidas de Borbones exiliados de su país. Pero, como dijeron de Alfonso XIII, no se va o lo hacen huir por ser rey sino por ladrón. Porque, como él mismo reconoce, los menores de cuarenta años lo recordarán como un comisionista, evasor, corrupto y mujeriego. 

Así es el personaje al que brindaron una ovación en una plaza de toros el Domingo de Resurrección, como si la resurrección fuera la suya y no la de la divinidad de una religión que considerad sagrada la propiedad privada, el adoctrinamiento de menores y la subordinación servil de la mujer al hombre (de ahí que no existan curas ni papas mujeres), como si estuviera siendo rehabilitado en su condición de alta dignidad del Estado, incólume a los escándalos que ha protagonizado.

Un personaje de apariencia campechana que se rodeaba de “amigos”, como Mario Conde, Javier de la Rosa y Manuel del Prado y Colón de Carvajal, que han conocido la cárcel por diferentes escándalos en los que presuntamente había participado. O incluso de familiares, como su yerno, que fue condenado por el caso Nóos, del que se absolvió a su hija infanta, esposa del condenado. Un lío que dejó la sospecha de su implicación o del conocimiento que pudiera tener de esas actividades delictivas.

Un personaje, en fin, corrupto e inmoral que, cuando España estaba al borde del rescate por problemas con la prima de riesgo y los ciudadanos soportaban estrecheces, paro y desahucios, se fue de safari a Botsuana a matar elefantes, con tan mala suerte que se cayó, se rompió la cadera y tuvo que ser intervenido de urgencia. Un accidente que evidenció su catadura moral y la existencia de una íntima “amiga” (otra más) que destapó los trapicheos de un corrupto que atesoraba empresas opacas en Panamá, cuentas en paraísos fiscales y era beneficiario de una cuenta en la banca Mirabaud de Ginebra en la que Arabia Saudí había ingresado 100 millones de dólares (más de 64 millones de euros) que el personaje quiso ocultar como una donación (regalo) a su amiga. Y al reclamarle la devolución del dinero, ella se defendió en los tribunales, aireando los trapos sucios del corrupto. Tales chanchullos motivaron una investigación fiscal en Suiza que lo obligó huir a Emiratos Árabes Unidos, país sin acuerdo de extradición con el país helvético, no sin antes abdicar como acto de “servicio a los españoles, a sus instituciones y a ti como Rey”, sin que nadie, ni siquiera su hijo rey, creyera tan nobles y altruistas intenciones.

Este es el corrupto privilegiado que ha sido recibido entre aplausos en el lugar que mejor simboliza su conducta llena de cuernos y embestidas por engordar su patrimonio particular a cualquier precio, pues se cree con derecho a ello por su cara bonita. Cara de privilegiado corrupto aclamado en una plaza de toros.  

miércoles, 8 de abril de 2026

Matón, bocazas y mentiroso

Ya saben a quién me refiero. Con solo leer el título, cualquier persona medio informada enseguida relaciona esos adjetivos con un nombre. Sí, ese. Ese que, en su segundo mandato, está desatado, repitiendo lo que hacía en el primero, pero con más descaro, más destrozos y más soberbia, con la soberbia del inculto que está orgulloso de su ignorancia peligrosa. Y además vanidoso. Aun peor, zafio y poderoso, muy poderoso. El más poderoso del mundo. Todo eso junto es lo que define al personaje del que estamos hablando. Uno que se comporta como un matón de colegio, bocazas y mentiroso. El mismo del que está usted ahora mismo pensando, amigo lector.

Un matón que, porque está al frente de la primera potencia mundial, se cree que su país tiene derecho a imponer sus condiciones y reglas al resto del mundo, de dictar a los demás sus conveniencias, sin pararse a negociar ni pactar ninguna relación equitativa que tenga en cuenta las necesidades e intereses del resto de naciones del globo. Y lo hace por la fuerza, con amenazas, aranceles arbitrarios, sanciones unilaterales y, llegado el caso, con bombas, secuestros y asesinatos. Los ejemplos de Venezuela e Irán ilustran las opciones a las que recurre este matón.

Un matón letal que puede y hace lo que le da la gana. Máxime si se acompaña de otros de su misma calaña que, bajo la sombra protectora que él les proporciona, aprovechan para también imponer por la fuerza sus ambiciones y veleidades desquiciadas en sus respectivos ámbitos, sin importarles cometer genocidio contra un pueblo acorralado e indefenso en la mayor cárcel del mundo. O ampliar sus dominios anexionándose, naturalmente por la fuerza, de tierras soberanas de países vecinos con la excusa de poner la rayita de separación cada vez más allá para defenderse…, cuando son los demás los que deben defenderse de su constante ofensiva por ocupar todo lo que le apetece.

Es lo que hace ese palmero que usted está imaginándose, líder de un país que considera “enemigo” a niños por simplemente pertenecer al pueblo al que se le quiere arrebatar dominios ancestrales y se le está expulsando de sus tierras. Y que legisla, con alegría vergonzante, la pena de muerte por ahorcamiento -hasta un pin de una horca exhiben en las solapas para celebrarlo- para los ciudadanos de ese pueblo que sean considerados “terroristas” por no dejarse expulsar y arrebatar sus casas y parcelas.

Así las gasta el reyezuelo de un país que se considera elegido por Dios porque cree que está escrito en un libro que se tiene por sagrado que reine en aquellas tierras bíblicas… a sangre y fuego. Líder de aquellos que se consideran perseguidos y tachan a los demás de antisemitas si no les permiten hacer lo que se les ocurra por sus obsesivas y diabólicas cabezas. Derecho a defenderse, arguyen. Así son los matones: se juntan para dominar a los demás mediante los abusos y la fuerza que despliegan, protegiéndose mutuamente.

Pero, aparte de unirse a otros de su misma condición, el matón al que me refiero es bocazas. Tremendamente bocazas. Más de la mitad de su fuerza -que es inmensa- se le va por la boca. Habla y escupe insultos y vituperios contra los que se atreven a llevarle la contraria y no se amoldan a sus exigencias, al mismo tiempo que no para de proferir amenazas y presagios apocalípticos si no se satisfacen sus deseos y caprichos, si no se le rinde vasallaje.

Con el pelo dorado a su albedrío y su boquita de piñón, parecería un payaso si no fuera un lunático sumamente peligroso. Porque lo mismo advierte de querer apropiarse de Groenlandia si no se la regalan o se la venden, que de bastarse él solo para iniciar una guerra sin sentido cuando sus aliados se niegan a seguirle el juego. O cuando se batió en un duelo de aranceles con China para, al final, viendo que los chinos le mantenían o subían la apuesta, quedarse como estaba al principio. Incluso cuando dice estar pensando en abandonar la OTAN porque esa organización no apoya lo que está reglado, acordado y escriturado en sus estatutos que no puede hacer, que es iniciar una agresión en un área fuera de su área de influencia, ya que es una alianza defensiva de, por y para Europa y el Atlántico Norte. No agresiva a escala mundial.

Doblegarse ante un bocazas es perder la partida desde antes de enfrentarse a tamaño energúmeno, desaprovechando que podría retractarse, quedarse en nada, que su verborrea sea un farol, una táctica de negociación para achantar al adversario. Un fanfarrón que juega sin reglas, sin límites, sin honestidad.

Claro que nunca se sabe si va en serio o de fantasmón. Por eso hay que tener cuidado, sobre todo si se le enfrenta de manera solitaria, sin el consenso de otros que te apoyen y defiendan. Porque este matón bocazas es sumamente fuerte con los débiles, pero débil y claudicante con los fuertes. De ahí que ya empiece a ser bautizado como TACO, acrónimo con su apellido para decir que siempre se raja, se echa atrás.

Ni de Rusia ni de China ha conseguido obtener nada que esos países no hayan previsto de antemano conceder por mor de sus propios intereses. Rusia no ha transigido con la paz en Ucrania ni China se ha doblegado con los aranceles que pretendía imponerles el matón. Es más, esta última no se arredra de ser una potencia que compite por la supremacía global y no estar subordinada al orden mundial que emana del país del matón. Le echa el pulso, incluso, para volver a la Luna. Y el bocazas, chitón y a envainársela.       

Pero es que, para colmo, es mentiroso. Un mentiroso compulsivo que se inventa lo que desconoce, como buen ignorante, y afirma o asegura lo que le conviene o interesa. Ya durante su primer mandato, un periódico de Washington le computó miles de declaraciones falsas o engañosas, tantas que, durante aquella campaña, esa actitud fue descrita como “sin precedentes” en la política de su país.

No es de extrañar, pues, que él siga con mentiras, engaños y medias verdades como procedimiento útil y eficaz en su actual mandato, en el que un día dice una cosa y, al siguiente, la contraria. Una técnica de manipulación y propaganda que ni Goebbels hubiera podido imaginar hasta dónde llegaría. De cara al interior, la adoración y seguidismo de sus fieles al movimiento MAGA demuestra que con mentiras y engaños se puede alcanzar la presidencia de un país, ser el comandante en jefe de un poderosísimo ejército, aunque seas un botarate.

Y de cara al exterior, su incalificable e incomprensible comportamiento amedrenta y acojona, si tienes detrás al ejército más poderoso del mundo, a cualquier país o mandatario al que quiera humillar. Este matón bocazas es ejemplo vivo de que, en contra de lo que dicta la dignidad y la educación, con mentiras se consigue casi todo. Y ese casi todo, para él, significa hacer lo que le da la gana en su país y en el mundo entero. Y así va el mundo: sin orden ni concierto, con nuevas guerras y más abusos y atropellos. Y todo gracias a un matón, bocazas y mentiroso.

Ahora, póngale usted nombre y rostro a semejante criaturita, querido lector. Seguro que acierta.