domingo, 8 de febrero de 2026

Reseña de cuentos

En la revista digital “Voces errantes, revista literaria” (Febrero 2025/4, pág. 113), Alfonso Bolaños, filólogo y profesor de Lengua y Literatura, publica una reseña de mi libro Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes que me ruboriza por su amabilidad y que reproduzco con mi agradecimiento más sincero.

Cuentos minúsculos… se compone de diez cuentos, tal vez no tan minúsculos, de Daniel Guerrero y están narrados con mucha honestidad en la ficción narrativa y en la visión humana de un profesional sanitario y divulgador y periodista a la vez.

Me voy a mojar de inicio y confesaré cuál de los diez relatos es mi favorito: La bicicleta roja, de voz adulta recordándose aún niño y que otorga un sencillo y contundente significado, inesperado, al color rojo. Una bicicleta siempre deseo, a la que ningún coche después podrá sustituir en absoluto, tan asociada esa bicicleta a una adolescencia en ciernes, a unos vínculos y a unas expectativas.

Son diez cuentos de distinto cariz, pero siempre realistas y de voz calmada que te llevan de la mano. Sus personajes son muy variados, pero quedan dibujados con una cercanía que hará que el lector empatice con ellos. La familia, el amor, deseos no cumplidos o por cumplir, actitudes en los otros que defraudan, situaciones que salvar... También te pueden trasladar a épocas oscuras en nuestro país, que tratan de suplirse con la compañía y la limpieza del corazón del personaje, un gris que no solo está en bloques de edificios hechos en serie o una naturaleza no siempre amable, y recuerdos de acontecimientos y también de ilusiones.

El lenguaje tiene un vocabulario escogido y preciso. Se huye de las florituras, pero no se renuncia a las sensaciones, las metáforas y la multifocalidad una vez leído el conjunto. La realidad a la que se asoman estos cuentos es tan real, tan cotidiana a veces, que nos pasó de puntillas, sorprendente a la postre, ensoñada por momentos.

Esta obra es breve, esenciada, con el alma del autor en ella, y muy recomendable.

Enlace:  https://heyzine.com/flip-book/ddc7a93b6b.html      

viernes, 6 de febrero de 2026

Culpa divina

Es lo que tiene la burocracia divina. Su respuesta habitual es el silencio administrativo, pero cuando responde lo hace tarde y, en ocasiones, de manera exagerada. Como estas lluvias que una sucesión ininterrumpida de borrascas ha derramado sin cesar hasta inundar medio país. No hay otra explicación para los negacionistas del cambio climático. Más que de las certezas científicas, harto comprobadas, los seguidores de supersticiones indemostrables se fían antes de las creencias sobrenaturales o conspiranoicas. Les parecen más plausibles y confortables.

Por eso, tras meses sacando en procesión imágenes religiosas en rogativas por lluvias (ad pretendam pluviam) durante la sequía pluviométrica de 2021 -que duró tres años y secó los pantanos de Cataluña, obligó a restricciones en el consumo de agua en muchas localidades de Andalucía y propició el verano más catastrófico en cuanto a incendios forestales- la respuesta de los dioses ha sido la de concedernos la gracia líquida hasta casi ahogarnos. Es decir, tarde y exagerada.  Parece que la explicación religiosa es más asimilable que las científicas sobre un cambio del clima acelerado por la actividad humana y las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, la respuesta divina no obliga a corregir comportamientos ni sistemas productivos, sean individuales como industriales o económicos, para que resulten sostenibles con el medio ambiente y permitan reducir o enlentecer esa alteración climática. 

Es lo que sucedió la última vez. Desde 2021 España sufría la enésima sequía hídrica que hizo que zonas de Cataluña y Andalucía, entre otras, implementaran medidas restrictivas en el gasto de agua, prohibiendo, por ejemplo, el llenado de piscinas privadas y los riegos de zonas verdes, aparte de limitar el consumo humano a un volumen determinado por habitante y día inferior al normal, reducir la presión del agua en la red de abastecimiento urbano en determinados tramos horarios e, incluso, cortar completamente el suministro.

En situaciones así solemos implorar la ayuda celestial. Es lo que hemos hecho desde 1333, cuando nos dio con practicar ritos en demanda de una intercesión divina para cambiar la meteorología a favor de nuestros intereses y conveniencias. Y en 2023, agobiados, asfixiados y sedientos por la sequía, no iba a ser menos. Por todo el país se hicieron procesiones rogativas, desde Navarra a Jaén, ante la falta de precipitaciones. Y estas han sido atendidas ahora, entre 2025 y 2026, hasta el extremo de rebosar pantanos, desbordar ríos e inundar campos y ciudades. Medio país encharcado hasta las cejas por culpa de la divina providencia, tan ciega como torpe.

Porque hacer un uso más responsable del agua, modificar el modelo productivo para que sea acorde con el agua disponible y que la explotación de nuestros recursos sea sostenible y respetuosa con el medio ambiente no nos parece lo más apropiado para preservar y garantizar la disposición del agua que necesitamos. Preferimos las rogativas milagrosas a dejar de construir hoteles y piscinas, a levantar campos de golf por doquier, a transformar cada vez más hectáreas de la vieja agricultura de secano en regadío, a asfaltar en campo, a la comodidad y dependencia de fuentes de energía derrochadoras de agua como la electricidad, etc.

Y, como niños, afrontamos los problemas mediante respuestas fáciles y actitudes no comprometidas. Negamos la evidencia científica aduciendo que siempre ha hecho calor o llovido torrencialmente, sin atender que las olas de calor son cada año más intensas y prolongadas y que las precipitaciones se hacen más violentas y puntuales. Rechazamos que seamos causa de un calentamiento global que acelera el cambio climático. Pero cuando surgen las consecuencias, nos refugiamos en creencias que nos libran de responsabilidad y nos socorren de nuestra incompetencia y dejadez. Entonces clamamos al cielo para que nos ayude y al Estado para que nos indemnice como damnificados.

Pero cuando la divinidad responde a su manera, divinamente arbitraria, lo atribuimos a lo inescrutable de sus designios. Nunca es culpa nuestra. Es culpa divina. ¿No hemos rogado agua? Pues ahí la llevas. Déjala correr y no la almacenes. Ya volveremos a hacer rogativas la próxima vez. Y si todo falla, la culpa es de Pedro Sánchez. 

lunes, 2 de febrero de 2026

La guerra que nadie ganó

Ha sido noticia reciente la cancelación de unas jornadas sobre la Guerra Civil y la dictadura franquista a causa de la negativa de varios de los conferenciantes a compartir espacio con personas que cuestionan o desacreditan la realidad histórica de aquellos hechos, a pesar de los consensos historiográficos sobre la investigación rigurosa del pasado. Se trataba del evento Letras en Sevilla, organizado por Arturo Pérrez-Reverte y Jesús Vigorra, con el patrocinio de la Fundación Cajasol, que iba a celebrarse del 2 al 5 de febrero en la capital andaluza con el título “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”, un lema que estaba escrito sin los signos de interrogación que añadieron posteriormente los organizadores para evitar el escándalo.

Pero este ya se había producido desde que uno de los autores, el escritor David Uclés, decidió no participar en cuanto supo que el expresidente del Gobierno José María Aznar y el exdiputado de Vox Iván Espìnosa de los Monteros eran algunas de las figuras que dispondrían de tribuna en el ciclo de conferencias para exponer sus teorías equidistantes y blanqueadoras de aquella página negra de la historia de España. “No puedo verme en el mismo cartel que estos dos individuos”, esgrimió el autor de La península de las casas vacías.

De hecho, Aznar iba a ser el protagonista de la primera charla, tras la sesión inaugural, con el enfoque “¿Guerra civil: olvidar o recordar?”, que entablaría desde el estrado con el periodista de El mundo Juanma Lamet.

Otros participantes que también anularon su participación, siguiendo la estela de Uclés, fueron el también escritor Paco Cerdá, el líder de IU Antonio Maíllo, la del PSOE Andalucía María Márquez y la historiadora Zira Box. Todos ellos deploran con sus renuncias que todavía se pretenda repartir culpas entre ambos bandos, como si fuera una guerra que todos perdimos -como afirmaba el título original del congreso-, cuando la Guerra Civil fue una contienda que unos ganaron y otros perdieron, que unos iniciaron con una rebelión militar contra una República democrática que otros defendieron, y que resultó vencida y sus partidarios fusilados, tras la cual se impuso un régimen dictatorial que duró cuarenta años por parte de los golpistas.

Un tema que, por lo que se ve, genera controversia entre quienes intentan presentar aquel conflicto como algo inevitable, una tragedia irrefrenable, sin autores responsables ni causas determinantes, y los que buscan que se asuma como lo que fue, un hecho histórico de nuestro pasado, consecuencia de un golpe de estado contra un régimen legítimo que se saldó con una guerra civil y una dictadura que impusieron los vencedores alzados en armas. Es decir, que la guerra estalló porque unos golpistas la iniciaron. Y así debe recogerlo la historia, aunque a los simpatizantes de los sublevados les escueza y pretendan edulcorarlo.

Negar o blanquear una historia que incomoda provoca que la verdad de los hechos se ignore, un desconocimiento que induce a creer que ese pasado no fue tan grave o traumático, hasta el punto de que algunos jóvenes hoy en día piensen que aquella dictadura fue buena, persuadidos por interpretaciones torticeras del pasado. Además, si se diluyen responsabilidades de algo que no fue una catástrofe natural sino una tragedia provocada por autores concretos, se deslegitima la voluntad de una memoria democrática que esclarezca las causas políticas, sociales, económicas y militares de unos hechos que conviene conocer para que no se repitan.

De ahí la controversia de un congreso que ya desde el título mostraba cierto sesgo, marcaba sus claras intenciones. Sin embargo, no deja de ser lamentable su cancelación o aplazamiento porque, aparte de los dos dirigentes de la derecha y la extrema derecha cuya presencia ha causado la polémica, en él iban a participar voces autorizadas, como los historiadores Juan Pablo Fusi, Enrique Moradiellos y Julián Casanova, junto a Fernando del Rey, Manuel Álvarez Tardío y Gutmaro Gómez Bravo.

Y al que estaban invitados figuras del mundo de la literatura, como Luis Mateo Díez, Andrés Trapiello o Víctor Ameia quienes, además de los citados David Uclés y Paco Cerdá, debatirían si son más contundentes las armas o las letras, aspecto que ya han abordado en sus obras.

Incluso un teniente general, Félix Sanz Roldán, abordaría el papel de los ejércitos que combatieron en la Guerra Civil española. Tampoco se olvidaba el debate político, noventa años después de tan trágicos hechos, a cargo de Ester Muñoz (PP), Antonio Maíllo (IU), María Márquez (PSOE) e Iván Espinosa de los Monteros (Vox). Así como las opiniones de personas de variado ámbito, como Alejandro Amenábar y Juan Echanove (cine), Ignacio Camacho, Rubén Amón y Sergio Vila-Sanjuan (periodistas), Carmen Calvo (política), entre otras.          

De ahí que resulte incomprensible la suspensión del evento cuando es imprescindible, precisamente en tiempos como los actuales, conocer la historia -la canónica y la tergiversada- no solo para acceder a la verdad de los hechos, sino también para evitar que se falsee con intención de dulcificar o desdibujar lo esencial de ella. Y ello a pesar de que la intención o el enfoque de Arturo Pérez-Reverte, como organizador del congreso, haya sido el de atribuir aquellos hechos a una fatalidad del pueblo español, predestinado irremediablemente al cainismo por un destino ineludible. Una posibilidad más que probable si se tiene en cuenta que el lema del congreso reproduce el título de una antigua columna periodística suya, publicada en los años 90 en XLSemanal (dominical del diario ABC), en la que hermana a víctimas y verdugos, pues en su opinión en todas partes cuecen habas. Un argumento que reitera en otra columna, La guerra civil que perdió Bambi, de 2006, donde afirma que los “españoles todos, llenos de los rencores, las envidias y la mala baba de la estirpe, canallas y asesinos lo fuimos en los dos bandos”. Es decir, que para él todos fuimos culpables y todos fuimos inocentes. No hubo responsables ni culpables. Tal vez por ese motivo escogió como lema “la guerra que todos perdimos”, tan equidistante entre quienes la perdieron y quienes la ganaron. En realidad, un interesado e intencionado punto de vista político que desvirtúa los hechos, la historia real.

Pero, aunque esa fuera su verdadera intención, hubiera sido preferible confrontar argumentos, rebatir ideas y establecer un debate constructivo con reflexiones sobre un período tan interesante como controvertido como fue la Guerra Civil y posterior dictadura que implantó Francisco Franco, el general que se autonombró Generalísimo y Caudillo de España, con la bendición de una Iglesia católica que, el 16 de abril de 1939, se congratulaba por la victoria de los golpistas y que, incluso, paseó bajo palio al dictador.

Se ha perdido, pues, una oportunidad para rebatir y confrontar el relato manipulado de los que pretenden reescribir la historia con la verdad rigurosa de los hechos ofrecida por científicos comprometidos con la investigación histórica, y con los argumentos de aquellos del mundo de la cultura y el periodismo que defienden una memoria democrática como vacuna contra la intolerancia y la demagogia en cualquier sociedad plural, libre y sin traumas.     

martes, 27 de enero de 2026

Volver a la Luna

Nunca lo he olvidado. Era un adolescente de 16 años cuando presencié a través del televisor la llegada del hombre a la Luna, allá por el mes de julio de 1969. Era la madrugada del día 21 cuando desperté a mi padre, que se había quedado conmigo en el salón de la casa esperando la retrasmisión, para que viera conmigo las imágenes que procedían desde la superficie lunar. No tenían mucha nitidez y se emitían en el blanco y negro de la época, como toda la programación televisiva, pero sabía que quien descendía por la escalerilla del Módulo Lunar era Neil Amstrong, que, tras detenerse unos segundos sobre la base de la pata a la que estaba acoplada la escalera, saltó a la superficie lunar. Se convertía así en el primer ser humano en pisar nuestro blanco, luminoso, silente y misterioso satélite. Sobre el polvo gris del Mar de la Tranquilidad dejó impresa la huella de su bota, una imagen que se ha convertido en icono de la aventura espacial del hombre. De aquello hace ya 57 años. Y me acuerdo como si fuera hoy.  

Aquella misión número 11, la quinta del Programa Apolo, consiguió llevar a un ser humano hasta la Luna, donde Neil Amstrong y Edwin Aldrin (Michael (Collins se quedó orbitando el satélite en el Módulo de Mando) se convirtieron en los primeros terráqueos en caminar sobre la superficie lunar. Para aquel joven que presenciaba en directo las fantasmagóricas imágenes, comentadas con un entusiasmo contagioso por el corresponsal de TVE en la NASA Jesús Hermida, fue todo un acontecimiento extraordinario, como si hubiera sido testigo del desembarco de Colón en América. Algo histórico que devino rutinario.

Porque luego se sucedieron otras misiones que apenas despertaron el interés de la gente, excepto la del accidente y dramático regreso precipitado del Apolo 13, en 1970, que consiguió traer de vuelta a los astronautas sanos y salvos. Ni jugar al golf ni pasear en coche por la superficie lunar llamaban ya la atención en los telediarios, hasta que por fin se canceló el programa, en 1974.

Apolo 17 sería la última y única misión con un astronauta científico. Los demás fueron todos militares. Y es que el objetivo del programa Apolo nunca fue la ciencia, sino la competición tecnológica con la Unión Soviética, que se había adelantado protagonizando los primeros hitos de la carrera espacial: pionera en lanzar en 1957 el Sputnik, primer satélite artificial; en poner un ser vivo en órbita, también en 1957 (la perrita Laika), y al primer ser humano en el espacio (Yuri Gagarin), en 1961.

Los soviéticos lanzaron también las primeras naves interplanetarias (sondas Venera1, a Venus y Mars1 a Marte, en 1961 y 1962, respectivamente); en mandar la primera mujer astronauta al espacio (Valentina Tereshkova, en 1963); y en realizar el primer paseo espacial fuera de la nave (Alekséi Leónov, en 1965). Tal ventaja no se podía consentir.

Los progresos espaciales soviéticos motivaron que el presidente de EE UU, John F. Kennedy, impulsara un proyecto espacial que demostrara la superioridad norteamericana, costara lo que costara. Así nació el programa lunar y el desarrollo del cohete Saturno V, el más grande construido hasta entonces capaz de impulsar una nave hasta la Luna, en respuesta al desafío de Kennedy de enviar un hombre a la luna antes de que finalizara la década.

Pero el programa era, aparte de complejo, peligroso. Un incendio durante las pruebas del módulo de mando de la Apolo 1, en enero de 1967, se cobró la vida de su tripulación, tres astronautas. Ello no desanimó a la NASA. Para noviembre de ese mismo año, el primer vuelo del Saturno V completó la misión Apolo 4, que no llevaba tripulación. Y en diciembre de 1968, la Apolo 8 permitió a tres astronautas orbitar la Luna. Las misiones 9 y 10 sirvieron para calibrar y comprobar todas maniobras necesarias para el alunizaje. Así, hasta que el Apolo 11, la quinta misión tripulada del programa, hizo historia con aquella famosa frase que pronunció Amstrong cuando plantó los pies sobre la polvorienta superficie de la Luna: “It´s a small step for a man, but a great leap for humanity”.

En la actualidad vuelve a desatarse la rivalidad por impulsar el regreso del hombre a la Luna. Esta vez la competición es entre China y EE UU, países que desarrollan sendos programas con los que aspiran a ser el primero que repite la hazaña. Los norteamericanos están a punto de lanzar el primer vuelo de prueba de la misión Artemisa II, que llevará cuatro astronautas a orbitar la Luna con la nave Orión, impulsada por el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial, por sus siglas en inglés) de 98 metros de altura, el próximo febrero, si todo sale bien. Sería la primera misión tripulada que sobrevolaría la Luna desde el Apolo 17, en 1972. Pero no alunizará, objetivo que deberá esperar a Artemisa III o a una misión china que lo consiga, ninguna de ellas antes de 2030.

En cualquier caso, el desarrollo del viaje de Artemisa II es muy complicado. Una vez fuera de la atmósfera terrestre, la nave Orión deberá efectuar diferentes maniobras para elevar su órbita, durante los dos primeros días de la misión, antes de dirigirse a la Luna. Una vez comprobados todos los sistemas, el módulo de servicio de Orión proporcionará el impulso necesario para escapar de la órbita terrestre y fijar rumbo hacia la Luna. Ese encendido de los motores enviará la nave en un viaje de cuatro días hasta un punto alejado de la Luna, en una trayectoria en forma de ocho, que la situará a 7.400 kilómetros más allá de la cara oculta del satélite. Desde esa distancia, los astronautas podrán ver la Luna en primer plano y la Tierra detrás de ella, a más de 400.000 kilómetros al fondo.

Tras el sobrevuelo lunar, la tripulación maniobrará de nuevo la Orón para situarla en una trayectoria de regreso libre, en la que la gravedad de la Tierra atraerá la nave de forma natural, sin hacer uso de sus motores. La misión durará unos 10 días.

Por su parte, el programa chino para llevar humanos a la Luna parece algo más atrasado, aunque su objetivo sigue siendo un alunizaje tripulado antes de 2030. La carrera entre ambos países es, por tanto, frenética. Los chinos basan su programa en el desarrollo del cohete Larga Marcha CZ-10, que deberá despegar por primera vez en 2027; la nave tripulada de nueva generación Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Los portavoces del programa espacial chino aseguran que sus astronautas pisarán la Luna antes de que termine 2030.

Aunque con retraso, no hay que minusvalorar la capacidad tecnológica del gigante asiático, empeñado en garantizar el cumplimiento de tales objetivos. De hecho, China ha reforzado en los últimos años su programa espacial, logrando hitos como el alunizaje de la sonda Chang´e 4 en la cara oculta de la Luna y la llegada a Marte de la misión Tianwen-1, aparte de estar configurando una estación espacial y planear, junto con otros países, la construcción de una base científica en el polo sur de la Luna.

En definitiva, la carrera espacial se desarrolla sobre la base de desafíos entre aquellos países que vuelcan en ella su prestigio y poder. La unión Soviética fue pionera en esta carrera, superada después por EE UU, que ahora compite con China por la supremacía comercial, económica, tecnológica, militar y, por supuesto, espacial. El interés científico queda supeditado a esas prioridades estratégicas, aunque indudablemente estas contribuyan al avance de aquel.

Pero, para el adolescente al que no le importó trasnochar para asombrarse con la boca abierta de la llegada del primer hombre a la Luna, esta competición le produce, a estas alturas, una enorme desilusión al ser consciente de los verdaderos motivos de una aventura que creyó necesaria para comprender nuestro lugar en el cosmos y lograr avances para el bien y el progreso de la humanidad. Todo era cuestión de rivalidad por la supremacía hegemónica entre las grandes potencias. ¡Qué ingenuo!         

viernes, 23 de enero de 2026

Una Junta ¿de qué?

El plan de paz para Gaza que impuso Donald Trump contempla que tras el alto el fuego, alcanzado el pasado octubre, debería dar comienzo una segunda fase en la que Hamás procedería a desarmarse completamente (cosa improbable), se retirarían las fuerzas israelíes que ocuparon y devastaron la Franja (aun siguen matando gente), se desplegaría una fuerza internacional que separaría a los contendientes y procuraría la estabilización de la zona (ni está ni se la espera) y, finalmente, se constituiría una Junta de Paz que supervisaría el desarrollo del alto el fuego y los proyectos de reconstrucción del enclave. Así constaba en el documento de 20 medidas con el que Trump consiguió poner punto final a la guerra entre Israel y Hamás.

Pero antes de que todos esos pasos previos se completen, el presidente norteamericano ha querido materializar el último de ellos con la creación de la llamada Junta de Paz, un organismo pensado para que Trump ejerza el control directo sobre el futuro del territorio palestino e, incluso, pueda sustituir a la ONU en la resolución de conflictos.

A tal efecto, EE UU ha invitado a líderes de todo el mundo a formar parte de la Junta de Paz con el objetivo de dotar de mayor credibilidad y peso internacional a un organismo que, más adelante, podría convertirse en la institución que supervise, bajo las directrices de Trump, cualquier conflicto en los que participe como mediador.  

Y como no podía ser de otro modo, Donald Trump se ha asegurado su control total, ya que será presidente indefinidamente de la Junta y tendrá potestad de aprobar qué Estados o líderes pueden ser miembros o no de ella, además de tener autoridad para vetar cualquier acuerdo o decisión que se adopte en su seno. De entrada, ha exigido que, para ser miembro permanente, hay que abonar mil millones de dólares (920 millones de euros), un fondo que, según el borrador de la carta fundacional, será el propio Trump quien lo controle.

Gaza en la actualidad
Al menos 60 países han sido invitados para sumarse a esa Junta. Y entre los que ya han aceptado figuran, hasta la fecha: Javier Milei, presidente de Argentina; Santiago Peña, de Paraguay; Recep Tayyip Erdogan, de Turquía; Viktor Orbán, presidente de Hungría; Abdalá II, rey de Jordania; Narendra Modi, primer ministro de India; Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia; representantes de Egipto, Qatar y Emiratos Árabes, que mediaron en el conflicto; Prabowo Subianto, primer ministro de Indonesia; Shehbaz Sharif, de Pakistán; Nikoi Pashinyan, de Armenia; Vladimir Putin, quien todavía no ha dado repuesta a la propuesta de Washington; y por supuesto Benjamin Netanyahu, el dirigente israelí que, esgrimiendo legítima defensa, está acusado por el Tribunal Penal Internacional de crímenes de guerra y genocidio cometidos en Gaza y, no contento con ello, también ha decidido demoler las instalaciones de la sede de la  UNRWA (la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos) de Jerusalén Este, violando el derecho internacional y los privilegios e inmunidades de las Naciones Unidas, aparte de prohibir la actividad de otras 37 organizaciones humanitarias en el Enclave y en Cisjordania.

Otros países, en cambio, como Francia, Suecia, Noruega, España y la UE como institución, han declinado la oferta. Y algunos todavía la están estudiando, caso de China y los países bálticos.

Es curioso que la mayoría de líderes que ha aceptado formar parte de la Junta tenga una tendencia reaccionaria, comprensiva con los objetivos del mandatario norteamericano de alterar el orden mundial, está alineada con la política estadounidense y, por supuesto, simpatiza con Israel y su política de expansión sobre el territorio palestino y la consiguiente expulsión de su población árabe.

También es significativo que ningún palestino haya sido invitado a formar parte de la Junta ni que representantes del Gobierno Autónomo Palestino, rival de Hamás y legítimo representante democrático del pueblo palestino, figuren en ella. Al parecer, la paz de Gaza compete al agresor y sus simpatizantes, no al agredido y prácticamente aniquilado pueblo palestino de Gaza. Todo para Gaza pero sin los gazatíes, parece la consigna.

Entre tanto, Trump también ha elegido un Comité Ejecutivo subordinado a la Junta de Paz con personas de su máxima confianza, como Marco Rubio, secretario de Estado de EE UU; Jared Kushner, su yerno; Roberto Gabriel, asesor de Trump; Steve Witkoff, millonario propietario de una inmobiliaria; Marc Rowan, otro multimillonario, Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, y Tony Blair, exprimer ministro británico, cuestionado en Oriente Medio por ser coartífice de la invasión ilegal de Irak.

También ha designado a dos consejeros para la Junta, Aryeh Lightstone y Josh Gruenbaum, que serán los encargados de las “operaciones y estrategia del día a día”, junto al diplomático búlgaro Nicolai Mladenov como Alto Representante para Gaza, algo así como el enlace entre la Junta y el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), una especie de Gobierno de tecnócratas sin apenas margen de maniobra, ya que estará supervisado por la Junta de Paz, por el Alto Representante y por el Comité Ejecutivo.

La Gaza que se proyecta
Pero más allá del desprecio al pueblo palestino al que se le impide decidir su futuro, lo preocupante del plan y de la Junta de Paz es la intención que lo animan. Encuadrado en el afán del presidente de Estados Unidos por dinamitar el orden internacional, la Junta de Paz parece diseñada para relegar a la ONU, creada hace 80 años, y sustituir su política multilateral por un organismo, encargado de “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, completamente controlado por Trump y sujeto a su voluntad.

En lugar de exigir responsabilidades por la devastación de Gaza, articular políticas que garanticen la coexistencia de un Estado israelí y otro palestino, en pacífica convivencia (la "solución de los dos Estados" acordada por la ONU), y acompañar y asesorar al pueblo palestino para que ejerza su voluntad política como democráticamente decida, la Junta de Paz parece orientada a mantener las estructuras colonialistas en Gaza, permitiendo que los grandes detentadores de capital, Trump entre ellos y esos multimillonarios que lo acompañan, asuman en su beneficio la reconstrucción e, incluso, establezcan un dominio internacional indefinido sobre la Franja, manteniéndola separada de Cisjordania e institucionalizando, así, la fragmentación palestina, lo que dificultaría el sueño palestino de su autodeterminación. Todo un plan perfectamente estructurado en el que los palestinos carecen de voz y quedan reducidos a mano de obra barata y empleados sumisos, como simples súbditos bajo tutela internacional.

Más que la paz, esta Junta consolida abiertamente un descarado colonialismo sobre la maltratada Gaza a mayor gloria y vanidad del actual emperador del mundo, jefe supremo indefinidamente de esa nueva ONU que establecerá la paz mundial y una gobernanza fiable. Es para morirse de risa si no produjera escalofríos.