jueves, 13 de agosto de 2026

El eclipse que no vi

A pesar de la insólita campaña desatada en España sobre el eclipse de sol que ayer se produjo y en la que se detallaba, con precisión de programa turístico, no solo el amplio territorio -una franja que abarca desde Galicia a Baleares- desde donde  se contemplaría el disco solar totalmente tapado por la luna, sino incluso los mejores sitios, elevados y sin obstáculos, en los que curiosos e interesados podrían ser testigos preferenciales de un hecho astronómico que hacía más de un siglo que no se producía por estas tierras, a pesar de todo ello, digo, resulta que yo no lo vi.

Y no lo vi, no porque desconociera -cosa imposible después de tanta publicidad- que iba a tener lugar un fenómeno natural, aunque esporádico, que asustaba en la antigüedad a la gente, sino porque ni quise ni cambié mis proyectos o asuntos por mirar al sol. Ni siquiera compré las imprescindibles gafas con filtros que evitan daños en la retina al que imprudentemente mira directamente el disco solar. Simplemente, no pensaba observarlo y no lo hice.

Soy, pues, de esos excéntricos que caminan con paso cambiado y no siguen los dictados consumistas que guían a la masa, pastoreada dócilmente por las modas, las redes sociales, la propaganda política o comercial, los convencionalismos, los medios de comunicación y hasta por la lotería o la ONCE. Intento ir a mi bola, aunque no siempre lo consigo.

Pero esta vez, con el eclipse, me he resistido y no he caído en las redes manipuladoras que todo lo convierten en espectáculo… para sacar beneficio. El negocio de viajes, alojamientos, gafas, restaurantes y demás complementos ha sido mayúsculo. Han hecho su agosto este agosto. Pero de mí no han obtenido ni un céntimo. Y no por ser un tacaño, que no lo soy, sino porque he creído que no mirar cómo el sol se torna oscuro, desde mi ignorancia y lego en física, supusiera que me perdería una experiencia “histórica” de la que me acabaría arrepintiendo.

No lo creo porque la experiencia de un eclipse, aun sin ser total en donde vivo, la disfruto de otra manera, percatándome de la disminución de luz, de la bajada de las temperaturas, de la alteración en la conducta de algunos animales, del regreso de las sombras y del doble atardecer al que asistí esa tarde. Y todo ello sin mirar directamente al astro rey, sino sabiendo que está ahí, siguiendo su trayectoria de este a oeste y jugando con la luna para asombro -y negocio- de los habitantes de la Tierra.

Sí, yo no vi el eclipse, y no considero que me haya perdido nada. Nada importante, quiero decir. Ni medí la corona solar, ni distinguí rastros de helio, ni me puse a buscar estrellas que el sol impide ver. Además, ya he visto otros eclipses, incluso escribí sobre ello en 1973, y las fotografías e imágenes de éste acabarán multiplicándose por todas partes, incluso por wasaps.

Y lo mejor para quienes vivimos en estas latitudes sureñas, tendremos nuevas ocasiones de contemplar más eclipses: el 2 de agosto de 2027 habrá otro eclipse total, y el 26 de enero de 2028, uno anular (la luna, muy alejada de la Tierra, no consigue tapar todo el disco solar).

Por todo ello, no sentía la necesidad imperiosa de reaccionar al estímulo colectivo de mirar adonde nos mandan, a pesar de que no seamos astrónomos. No tenía ganas de sumarme a la vorágine propagandística de este eclipse de sol. Total, ya habrá tiempo y forma de hacerlo con menos presión ambiental.        

lunes, 10 de agosto de 2026

La reseña de un profesor

Fue una sorpresa afortunada encontrarme con la reseña de mi libro Historias hospitalarias, Cuando las paredes hablan que hace un divulgador lingüístico y comentarista literario en su blog. No sabía que iba a hablar de una obra que trata de pacientes y trabajadores sanitarios, un mundo muy alejado del que él conoce bien, que es la docencia y el estudio de la Lengua española, como filólogo y profesor de Literatura. Es un compañero laboral de mi hija y, dado su interés por lo que escribo, ha accedido a prologar un libro posterior que pronto saldrá a la luz. Sin embargo, desconocía que reseñara Historias hospitalarias, descubriendo aspectos que ni mis colegas sanitarios han sabido captar. Su visión ajena al mundo de la sanidad adquiere, así, un valor excepcional. Por ello facilito el enlace para quienes deseen leerla y conocer su valoración. Ni qué decir tiene que se lo agradezco sinceramente. Gracias, Alfonso.   

sábado, 8 de agosto de 2026

La crisis de este verano

No vivimos para sustos. Si no es una pandemia, es un volcán que empieza a echar lava de súbito, la invasión rusa en Ucrania o un genocidio en Gaza por parte de un Israel inhumano.  Por si nos parecía poco, también asistimos al secuestro -vía militari- del presidente de un país sudamericano por un quítame allá unos pozos de petróleo y a otra guerra más, esta vez contra la antigua Persia, por el mismo motivo e idéntico autor, el energúmeno que gobierna EE.UU. Todavía más, para acabar de los nervios: tras las increíbles amenazas de anexionarse por la cara Groenlandia, Cuba y Panamá, tuvimos que soportar el uso de subidas unilaterales, increíbles y arbitrarias de aranceles como chantaje en las políticas comerciales de Trump con el resto del mundo. Solo China le mantuvo el pulso. Y, por otros motivos, también España, que se negó a incrementar su aportación a la OTAN y a ceder las bases de utilización conjunta en nuestro país para librar la guerra ilegal, desproporcionada e injustificada de USA contra Irán.

Así, pues, cuando ya creíamos que con las olas de calor -cada año más intensas y extensas- habíamos acumulado todos los motivos de insomnio, decenas de miles de subsaharianos y marroquíes entran de forma ilegal y al mogollón en Ceuta, esquivando el espigón fronterizo y echándose al mar a nado o con flotadores. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y dejaron en mal lugar a nuestro país. Se lo pusieron fácil a esos que solo necesitan cualquier excusa para proferir las más apocalípticas catástrofes y desgracias que obedecen, según ellos, al calamitoso y nefasto Gobierno que hemos votado y que hasta las próximas elecciones no piensa dejar de gobernar, aunque le cueste aprobar cualquier ley en un Parlamento fragmentado.    

La cuestión es que, para colmo de sustos, entre 70.000 y 75.000 inmigrantes (hombres y niños, mayoritariamente) cruzaron y entraron de forma ilegal el 30 de julio en la ciudad autónoma de Ceuta, en el transcurso de solo un día y colapsando absolutamente la frontera y a las fuerzas policiales encargadas de custodiarla. Una cantidad enorme de personas que desbordaron las capacidades de gestión y de acogida de una ciudad de solo 83.000 habitantes que, de un día para otro, dobló su población.

Por desgracia, más de 140 personas murieron en el intento de cruzar la frontera, contando los cuerpos aparecidos en aguas españolas y marroquíes. Fue el carísimo precio de la desesperación. Y aunque la mayoría ha regresado por donde vinieron, el problema de saturación sigue existiendo ahora en los centros de menores de Ceuta, ciudad que acoge a más de 1.000 menores inmigrantes tutelados en unas instalaciones con capacidad solo para 30. A los que se suman cerca de 1.500 que aun deambulan por las calles o se esconden para no ser repatriados. Un problema que supera todas las previsiones.

Esta situación, que solo por su volumen es inédita, ha dado pie a que la derecha y la extrema derecha culpabilicen al Gobierno, declarándolo responsable de todo, hasta de poner en peligro la integridad territorial de Europa. No obstante, Ceuta ya venía soportando una presión migratoria desde antiguo, como se repite periódicamente en Canarias y Melilla, al menos desde 2005, por su ubicación geográfica fronteriza. En 2021, sin ir más lejos, más de 5.000 personas entraron en la ciudad al relajar Marruecos sus controles como protesta por la acogida hospitalaria en nuestro país de un líder del Frente Polisario. Casi todos los años, con la llegada del buen tiempo, se suceden llegadas migratorias semejantes, bien en pateras o saltando verjas, en estas fronteras sureñas del continente europeo, si bien es verdad que no con tanta intensidad.

Sin embargo, a la derecha supuestamente civilizada que representa el Partido Popular (PP) le ha faltado tiempo para relacionar estos hechos con la reciente regularización de inmigrantes que ya vivían y trabajaban en España -proceso finalizado y que exigía unos plazos de residencia demostrada-, afirmando que creaba un “factor de atracción”. Es lo que suele calificar de “efecto llamada”. Como si fuese necesario llamar a los migrantes de la parte empobrecida del mundo para que se busquen las habichuelas en la parte próspera, separadas solo por un espigón o una valla metálica.

Y para la ultraderecha, con sus exageraciones habituales, el cruce masivo en la frontera fue, sin más, una invasión, una avalancha y una guerra, frente a lo cual hacía un llamamiento a los “españoles” para que hagan lo que se supone no hace el Gobierno: el enfrentamiento y la expulsión violenta y sin contemplaciones ni garantías. Había que “cazarlos o pescarlos” clamaba, megáfono en ristre, un desalmado dirigente ultra porque, según ellos, todos los inmigrantes, sin excepción, son delincuentes y representan un peligro para nuestra sociedad.

Pero no fueron los únicos. El populismo de derechas de Europa y Norteamérica también aprovechó para barrer para casa e irradiar su ideología racista y xenófoba. La primera ministra italiana, la radical Giorgia Meloni, se apresuró a suspender el espacio Schengen y aplicar controles fronterizos a los pasajeros no comunitarios procedentes de España. Responde con una manida estrategia emocional, común a todas las derechas, de utilizar la inmigración como recurso de movilización electoral, cuando ni sus propias iniciativas, como esos centros para solicitantes de asilo ubicados en Albania, no consiguen el respaldo legal de la justicia italiana.

Por su parte, el imprevisible y siempre bocazas Donald Trump también relacionó las imágenes fronterizas de Ceuta con lo podría pasar en su país si se deja de aplicar la política salvaje del ICE contra los inmigrantes en USA, que hasta muertos ha causado entre ciudadanos norteamericanos. Incluso Elon Musk, que no pierde ocasión para aportar su pullita, se permitió comparar la “invasión” ceutí con las espeluznantes escenas de la película de zombis Guerra Mundial Z, en su obsesión por identificar los migrantes con una enfermedad contagiosa que amenaza nuestra existencia. Qué se puede esperar de quien gusta saludar al estilo nazi.

Más aun, algunas democracias europeas que comparten el proyecto común, como Finlandia y Suecia, también cuestionaron la actuación de España al criticar que hay “países que no cumplen con su obligación de proteger las fronteras”. Entre el vocerío alarmista destaca que el Vaticano haya sido uno de los pocos Estados que ha evitado la demagogia fácil del racismo y la agitación interesada del miedo, limitándose a pedir, en cambio, atención humanitaria para los migrantes.

Y es que todo el que ha podido sacar rédito con lo sucedido en Ceuta lo ha hecho, destacando solo lo que le convenía y eludiendo lo relevante del asunto. Porque en Ceuta no se ha producido únicamente una crisis migratoria, sino un conflicto complejo en el que confluyen presiones diplomáticas, limitaciones estructurales, intereses estratégicos y polarización política. Es decir, había de todo menos lealtad institucional, honestidad intelectual y política de Estado.

Nadie se preocupó por hacer un pormenorizado análisis de los acontecimientos y del colapso humanitario sufridos en Ceuta. Las críticas se centraron en exigir mayor dureza (¿tal vez militar, con cañoneras en la costa?) en los controles fronterizos para repeler esos intentos de entrada ilegal y denunciar la incapacidad de nuestros servicios de información para detectar y prever estos movimientos. También cuestionaron que el Gobierno no exigiera responsabilidades al reino de Marruecos por no controlar a su población.

Son críticas válidas pero superficiales e interesadas, por cuanto no profundizan en el uso de los movimientos migratorios como instrumentos de presión política, interferir en decisiones económicas u obtener concesiones de otros Estados. “No buscan solo abrir un paso, sino sembrar incertidumbres, desgastar instituciones y dividir a las democracias”, señala la exministra de Exteriores Arancha González Laya en un artículo. Máxime si estas crisis se producen entre países que mantienen una delicada y ambivalente relación de vecindad por cuestiones de soberanía, tanto por las plazas españolas en el norte de África como por la descolonización y reconocimiento del Sáhara Occidental. Ambos asuntos constituyen el elefante blanco para la diplomacia española-marroquí.

A ello habría que sumar las últimas políticas de la Unión Europea (UE) que mutan hacia potenciar la seguridad presuntamente debilitada de los Estados frente a los derechos humanos, en respuesta al avance de la ultraderecha en gobiernos europeos. Gana peso el relato que supedita los derechos a la seguridad supuestamente amenazada por la inmigración. De ahí que la UE financie a Marruecos con millones de euros para la gestión de fronteras, la lucha contra las mafias de personas y el control de los flujos migratorios, y deje en segundo lugar los derechos inherentes que amparan al migrante.

Además, por si fuera poco, Marruecos se ha lineado con EE.UU. en los Acuerdos de Abraham, promovidos en 2020 durante el primer mandato de Trump, para la normalización de relaciones entre Rabat e Israel a cambio del reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, en perjuicio de la paz israelí-palestina. No es de extrañar, por tanto, que el embajador israelí ante la ONU pusiera en cuestión la soberanía española de Ceuta y la propia Casa Blanca responsabilizara de la crisis a las políticas “globalistas” y de “extrema izquierda” de España.

Es decir, cada cual arrimó el ascua a su sardina para aprovechar la situación en beneficio propio, obviando el problema real y desentendiéndose olímpicamente de quienes siempre pierden: los propios inmigrantes, algunos de los cuales pagan con su vida. Declaraciones que evidencian una instrumentalización vomitiva de la crisis y que no aportan ninguna iniciativa tendente al abordaje del problema espinoso de la frontera entre Europa y África, ninguna actuación coordinada y eficaz, ni la más simple alusión a una respuesta europea sobre su frontera exterior, más allá de la retórica contra España y de exigencia de una mayor dureza policial.

Pero si la complejidad no fuera ya mayúscula, hay que sumar al conflicto el triángulo de relaciones de España con Marruecos y Argelia, sabiendo que los dos países árabes se profesan mutua animadversión y compiten por el poder y la influencia regional en el Magreb. Estrechar relaciones con uno genera desconfianza y hasta desencuentros con el otro, incluso incumplimientos de contratos. España intenta mantener un delicado equilibrio en sus relaciones con los dos países norteafricanos, a los que califica de ”socio estratégico”, cuando se refiere a Argelia por la dependencia que tiene del gas argelino, y de “nación amiga” a Marruecos, con el que le une lazos históricos, culturales y económicos. Pero ambos países difieren, hasta romper sus relaciones diplomáticas, por su actitud sobre el Sáhara Occidental, en la que Argelia apoya al Frente Polisario y Marruecos reclama la soberanía de la antigua colonia española.

No es solo, pues, una crisis migratoria lo sucedido en Ceuta, sino una encrucijada geoestratégica con múltiples ingredientes, donde algunos utilizaron y probablemente promovieron movimientos migratorios como modo de presión, otros como arma electoral, sin que faltaran quienes corrieron para argumentar amenazas e infundir miedo y odio entre la población.

Allí confluyeron dos maneras de entender la convivencia: los que levantan muros entre países o razas y los que prefieren defender los derechos humanos, migrantes incluidos, protegiéndoles la vida y respetándoles su dignidad como personas, y también a la población ceutí. Ni los migrantes ni los ceutíes han de sufrir las consecuencias de maniobras políticas que los ignoran y desprecian, utilizándolos solo como piezas de un ajedrez geoestratégico.

No se puede ni se debe afrontar ninguna crisis migratoria renunciando a las herramientas legislativas y el ordenamiento legal con los que garantizamos, en un Estado de Derecho, los derechos y libertades de las personas, tanto nacionales como extranjeras. Y si son menores de edad, con mayor firmeza aun con el fin de evaluar circunstancias y evitar situaciones de vulnerabilidad. Es lo que se espera de un país democrático, sujeto al imperio de la ley, y civilizado como es España. Todo lo demás es charlatanería miserable y cortoplacista que no resuelve nada

miércoles, 15 de julio de 2026

¡Vacaciones!

Lo necesita el cuerpo y la mente, también la familia. Hay que parar y descansar, cambiar de aires y relajarse. Suspender temporalmente las obligaciones rutinarias del año para retomarlas después con ánimos renovados, con nuevo impulso. Incluso con ilusión. El autor de este blog y sus lectores merecen, como todos por estas fechas, un descanso, aunque sea por breve tiempo, con el que reponer fuerzas para continuar un nuevo ciclo de actividad. Durante quince días estará colgado el cartel de cerrado por vacaciones. Solo espero que las disfrutéis con las mismas ganas con que yo lo hago. ¡Hasta pronto!

martes, 14 de julio de 2026

“P´adelante”, como sea

Cierto sector del poder judicial está ejecutando aquel llamamiento genérico “el que pueda hacer, que haga” que verbalizó el expresidente José María Aznar hace unos meses. La orden se está cumpliendo a rajatabla por todos a los que iba dirigida, tanto en el ámbito político, mediático y, como vemos, también el judicial, sin que siquiera los togados guarden las formas y se preocupen en maquillar sus sentencias, ajustándolas al derecho.

Existe una cacería contra el Gobierno de coalición de Pedro Sánchez desde el primer minuto en que accedió al Poder Ejecutivo y, especialmente, desde que concedió, en 2021, el indulto a los líderes independistas catalanes encarcelados por sentencia del Tribunal Supremo, entre ellos al expresidente del Govern Oriol Junqueras, y por la Ley de Amnistía que aprobó en 2024 para la normalización institucional, política y social de Cataluña, que, según cálculos, afectará a más de trescientas personas inmersas en procesos judiciales a causa del procés.

La derecha, tanto política como judicial, no perdona la política conciliadora del Gobierno con Cataluña, ni que rebaje la consideración de delitos de sedición y rebelión a los desórdenes públicos acaecidos en aquella comunidad a causa de las manifestaciones por la independencia y el posterior referendo ilegal. La extrema violencia policial con la que se trató de impedir la consulta y la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en octubre de 2017, para “suspender” la autonomía en Cataluña, fueron las armas con las que se combatió un problema político. Hay que recordar que con aquellas medidas se disolvió el Parlament, el Govern quedó destituido y el Gobierno central asumió temporalmente la gestión de las consejerías de la Generalitat.

Por todo ello, existe una ofensiva judicial por parte de un número reducido de jueces, con el apoyo tácito o implícito de parte del colectivo, contra el Gobierno de Sánchez por motivos que solo pueden hallarse en la política, como advierte Carlos Elordi en un artículo publicado en noviembre de 2025.

Ese contexto, junto al apoyo que el Gobierno cuenta en el Congreso de partidos nacionalistas o independentistas del País Vasco y Cataluña, cuyos votos permitieron la investidura del líder del PSOE, es lo que explica la radical virulencia de la derecha contra Pedro Sánchez, a quien no le reconocen los indiscutibles éxitos alcanzados, durante sus mandatos, en el plano económico, laboral, internacional y social.

Es llamativo, si no fuera preocupante, encuadrar en esa ofensiva aquella manifestación de jueces y fiscales, con sus togas a las puertas de Palacios de Justicia, contra la ley de amnistía que entonces aun se estaba elaborando. A pesar de estar obligados a que sus opiniones políticas no influyan en el ejercicio profesional como jueces, no se recatan de exhibir su ideología y, lo que es peor, que esta impregne sus sentencias.

Tanto es así que el destino del actual Gobierno está en manos de estos jueces, algunos de los cuales se comportan con un componente de soberbia apenas disimulado y que genera desconfianza, cuando no estupefacción, en la ciudadanía. Es la que muestra el juez Juan Carlos Peinado con su instrucción prospectiva -expresamente prohibida en el proceso penal- contra la esposa del presidente del Gobierno, en su búsqueda desaforada de algún indicio delictivo que permita condenarla. Se trata de un ejemplo palmario de utilización de la justicia con fines políticos: lo que se conoce como lawfare.

Fue también el caso del diputado de Podemos Alberto Rodríguez Rodriguez, que perdió su escaño en el Congreso por una condena, en 2021, de inhabilitación que tres años después anuló en Tribunal Supremo. Para entonces, ya estaba fuera de la institución, por lo que el castigo era irreversible.

Y es también el caso del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortíz -utilizado como pieza para asediar y obligar dimitir a quien lo nombra, el presidente del Gobierno-, a quien ha condenado el Tribunal Supremo a la pena de inhabilitación por revelación de datos reservados, sin pruebas irrefutables y basado en argumentos voluntaristas y en un bulo calumnioso, que reconoció falso, su propio autor, el “Rasputín” de la líder de la derecha y presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Un acoso al Gobierno al que ese colectivo conservador de jueces y magistrados del Poder judicial se ha sumado mediante la última, que no definitiva, sentencia que condena al hermano del presidente del Gobierno, David Sánchez, por prevaricación en la plaza que consiguió para dirigir el conservatorio de música de Badajoz. Únicamente los funcionarios y la autoridad pueden cometer prevaricación en sus funciones, no los ciudadanos candidatos a cubrir una plaza. Y su hermano, Pedro Sánchez, ni siquiera era líder de su partido ni había accedido a la presidencia del Gobierno. No era nadie para influir en ninguna administración. Pero para el tribunal, el imputado cometió delito de prevaricación, aunque no haya prueba de cargo directa, aunque sí indicios de irregularidades en la creación de la plaza y en su adjudicación, algo que resuelven diariamente en nuestro país la jurisdicción contencioso-administrativa, no los tribunales penales. Pero como no puede ser condenado por prevaricación, se le condena por “colaborador necesario” por presentarse a la plaza siendo quien es, el hermano del futuro presidente del Gobierno.

Y como estos, incluido el de Mónica Oltra en Valencia, muchas otras actuaciones del conservadurismo reaccionario que aun anida en la judicatura y que no hacen ascos al uso espurio de la justicia con fines políticos. Cosa que se explica, pero no justifica, si atendemos a la procedencia de esos jueces o de sus descendientes, pues se trata de una judicatura que transitó directamente desde la dictadura a la democracia sin la debida “modernización” ni actualización al régimen democrático. De ahí la abrumadora derechización que sufre la justicia y su tendencia al lawfare, al que concurren actores del ámbito político, mediático, económico, social y hasta religioso.

La primacía de la derecha en el Poder Judicial se evidencia en cifras: de sus 5.500 jueces, solo dos fueron candidatos progresistas para 118 plazas en el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional y los 17 tribunales superiores de justicia autonómicos, según recoge el exjuez Baltasar Garzón en su libro La democracia amenazada (Planeta, 2026).

Es patente, por tanto, que asistimos a una campaña de “acoso y derribo” contra el actual Gobierno de España en la que participan individuos sumamente poderosos del mundo de la judicatura, empeñados en acabar como sea con un Gobierno al que consideran ilegítimo desde que fue nombrado por el Congreso de los Diputados. Jueces y fiscales que responden al mandato “del que pueda hacer, que haga”. Y no se paran en consideraciones legales o morales para, en connivencia con sectores de la política y los medios de comunicación, lograr sus propósitos sin esperar al resultado de las urnas. Tampoco les detiene el deterioro de las instituciones ni la desconfianza y la desafección que generan en la ciudadanía. El ambiente de crispación y polarización que provocan con sus exageraciones, denuncias y manipulaciones maniqueas favorece sus objetivos de alterar el normal desenvolvimiento político. Aunque asqueen y desmotiven al votante.

Pero si la situación es tensa y grave, no me quiero imaginar lo que podría pasar si, por malicias del destino, Pedro Sánchez vuelve a ganar las próximas elecciones, contra todo pronóstico y a pesar de la presión judicial que soporta en su entorno familiar, con su hermano y su mujer condenados. No soy capaz de pensar lo que harían estos que creen que la única España posible es la que ellos representan, que la única Patria es su patria. Dios nos coja confesados.