Mirada crepuscular
Diario de un incrédulo con vista cansada
lunes, 10 de agosto de 2026
La reseña de un profesor
sábado, 8 de agosto de 2026
La crisis de este verano
Así, pues, cuando ya creíamos que con las olas de calor
-cada año más intensas y extensas- habíamos acumulado todos los motivos de
insomnio, decenas de miles de subsaharianos y marroquíes entran de forma ilegal
y al mogollón en Ceuta, esquivando el espigón fronterizo y echándose al mar a
nado o con flotadores. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y dejaron en mal
lugar a nuestro país. Se lo pusieron fácil a esos que solo necesitan cualquier
excusa para proferir las más apocalípticas catástrofes y desgracias que
obedecen, según ellos, al calamitoso y nefasto Gobierno que hemos votado y que
hasta las próximas elecciones no piensa dejar de gobernar, aunque le cueste
aprobar cualquier ley en un Parlamento fragmentado.
La cuestión es que, para colmo de sustos, entre 70.000 y
75.000 inmigrantes (hombres y niños, mayoritariamente) cruzaron y entraron de
forma ilegal el 30 de julio en la ciudad autónoma de Ceuta, en el transcurso de
solo un día y colapsando absolutamente la frontera y a las fuerzas policiales
encargadas de custodiarla. Una cantidad enorme de personas que desbordaron las
capacidades de gestión y de acogida de una ciudad de solo 83.000 habitantes
que, de un día para otro, dobló su población.
Por desgracia, más de 140 personas murieron en el intento
de cruzar la frontera, contando los cuerpos aparecidos en aguas españolas y
marroquíes. Fue el carísimo precio de la desesperación. Y aunque la mayoría ha
regresado por donde vinieron, el problema de saturación sigue existiendo ahora
en los centros de menores de Ceuta, ciudad que acoge a más de 1.000 menores
inmigrantes tutelados en unas instalaciones con capacidad solo para 30. A los
que se suman cerca de 1.500 que aun deambulan por las calles o se esconden para
no ser repatriados. Un problema que supera todas las previsiones.
Esta situación, que solo por su volumen es inédita, ha dado
pie a que la derecha y la extrema derecha culpabilicen al Gobierno,
declarándolo responsable de todo, hasta de poner en peligro la integridad
territorial de Europa. No obstante, Ceuta ya venía soportando una presión
migratoria desde antiguo, como se repite periódicamente en Canarias y Melilla,
al menos desde 2005, por su ubicación geográfica fronteriza. En 2021, sin ir
más lejos, más de 5.000 personas entraron en la ciudad al relajar Marruecos sus
controles como protesta por la acogida hospitalaria en nuestro país de un líder
del Frente Polisario. Casi todos los años, con la llegada del buen tiempo, se
suceden llegadas migratorias semejantes, bien en pateras o saltando verjas, en
estas fronteras sureñas del continente europeo, si bien es verdad que no con
tanta intensidad.
Sin embargo, a la derecha supuestamente civilizada que
representa el Partido Popular (PP) le ha faltado tiempo para relacionar estos
hechos con la reciente regularización de inmigrantes que ya vivían y trabajaban
en España -proceso finalizado y que exigía unos plazos de residencia
demostrada-, afirmando que creaba un “factor de atracción”. Es lo que suele
calificar de “efecto llamada”. Como si fuese necesario llamar a los migrantes
de la parte empobrecida del mundo para que se busquen las habichuelas en la parte
próspera, separadas solo por un espigón o una valla metálica.
Y para la ultraderecha, con sus exageraciones habituales, el
cruce masivo en la frontera fue, sin más, una invasión, una avalancha
y una guerra, frente a lo cual hacía un llamamiento a los “españoles”
para que hagan lo que se supone no hace el Gobierno: el enfrentamiento y la
expulsión violenta y sin contemplaciones ni garantías. Había que “cazarlos o
pescarlos” clamaba, megáfono en ristre, un desalmado dirigente ultra porque,
según ellos, todos los inmigrantes, sin excepción, son delincuentes y
representan un peligro para nuestra sociedad.
Por su parte, el imprevisible y siempre bocazas Donald Trump
también relacionó las imágenes fronterizas de Ceuta con lo podría pasar en su
país si se deja de aplicar la política salvaje del ICE contra los inmigrantes
en USA, que hasta muertos ha causado entre ciudadanos norteamericanos. Incluso
Elon Musk, que no pierde ocasión para aportar su pullita, se permitió comparar
la “invasión” ceutí con las espeluznantes escenas de la película de zombis Guerra
Mundial Z, en su obsesión por identificar los migrantes con una enfermedad
contagiosa que amenaza nuestra existencia. Qué se puede esperar de quien gusta
saludar al estilo nazi.
Más aun, algunas democracias europeas que comparten el
proyecto común, como Finlandia y Suecia, también cuestionaron la actuación de
España al criticar que hay “países que no cumplen con su obligación de proteger
las fronteras”. Entre el vocerío alarmista destaca que el Vaticano haya sido
uno de los pocos Estados que ha evitado la demagogia fácil del racismo y la
agitación interesada del miedo, limitándose a pedir, en cambio, atención
humanitaria para los migrantes.
Y es que todo el que ha podido sacar rédito con lo sucedido
en Ceuta lo ha hecho, destacando solo lo que le convenía y eludiendo lo
relevante del asunto. Porque en Ceuta no se ha producido únicamente una crisis
migratoria, sino un conflicto complejo en el que confluyen presiones
diplomáticas, limitaciones estructurales, intereses estratégicos y polarización
política. Es decir, había de todo menos lealtad institucional, honestidad
intelectual y política de Estado.
Nadie se preocupó por hacer un pormenorizado análisis de los
acontecimientos y del colapso humanitario sufridos en Ceuta. Las críticas se
centraron en exigir mayor dureza (¿tal vez militar, con cañoneras en la costa?)
en los controles fronterizos para repeler esos intentos de entrada ilegal y
denunciar la incapacidad de nuestros servicios de información para detectar y
prever estos movimientos. También cuestionaron que el Gobierno no exigiera
responsabilidades al reino de Marruecos por no controlar a su población.
Son críticas válidas pero superficiales e interesadas, por
cuanto no profundizan en el uso de los movimientos migratorios como
instrumentos de presión política, interferir en decisiones económicas u obtener
concesiones de otros Estados. “No buscan solo abrir un paso, sino sembrar
incertidumbres, desgastar instituciones y dividir a las democracias”, señala la
exministra de Exteriores Arancha González Laya en un artículo. Máxime si estas
crisis se producen entre países que mantienen una delicada y ambivalente
relación de vecindad por cuestiones de soberanía, tanto por las plazas
españolas en el norte de África como por la descolonización y reconocimiento
del Sáhara Occidental. Ambos asuntos constituyen el elefante blanco para la
diplomacia española-marroquí.
A ello habría que sumar las últimas políticas de la Unión
Europea (UE) que mutan hacia potenciar la seguridad presuntamente debilitada de
los Estados frente a los derechos humanos, en respuesta al avance de la
ultraderecha en gobiernos europeos. Gana peso el relato que supedita los
derechos a la seguridad supuestamente amenazada por la inmigración. De ahí que
la UE financie a Marruecos con millones de euros para la gestión de fronteras,
la lucha contra las mafias de personas y el control de los flujos migratorios,
y deje en segundo lugar los derechos inherentes que amparan al migrante.
Además, por si fuera poco, Marruecos se ha lineado con
EE.UU. en los Acuerdos de Abraham, promovidos en 2020 durante el primer mandato
de Trump, para la normalización de relaciones entre Rabat e Israel a cambio del
reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara
Occidental, en perjuicio de la paz israelí-palestina. No es de extrañar, por
tanto, que el embajador israelí ante la ONU pusiera en cuestión la soberanía
española de Ceuta y la propia Casa Blanca responsabilizara de la crisis a las
políticas “globalistas” y de “extrema izquierda” de España.
Pero si la complejidad no fuera ya mayúscula, hay que sumar
al conflicto el triángulo de relaciones de España con Marruecos y Argelia,
sabiendo que los dos países árabes se profesan mutua animadversión y compiten
por el poder y la influencia regional en el Magreb. Estrechar relaciones con
uno genera desconfianza y hasta desencuentros con el otro, incluso
incumplimientos de contratos. España intenta mantener un delicado equilibrio en
sus relaciones con los dos países norteafricanos, a los que califica de ”socio
estratégico”, cuando se refiere a Argelia por la dependencia que tiene del gas
argelino, y de “nación amiga” a Marruecos, con el que le une lazos históricos,
culturales y económicos. Pero ambos países difieren, hasta romper sus
relaciones diplomáticas, por su actitud sobre el Sáhara Occidental, en la que
Argelia apoya al Frente Polisario y Marruecos reclama la soberanía de la
antigua colonia española.
No es solo, pues, una crisis migratoria lo sucedido en
Ceuta, sino una encrucijada geoestratégica con múltiples ingredientes, donde
algunos utilizaron y probablemente promovieron movimientos migratorios como
modo de presión, otros como arma electoral, sin que faltaran quienes corrieron
para argumentar amenazas e infundir miedo y odio entre la población.
Allí confluyeron dos maneras de entender la convivencia: los
que levantan muros entre países o razas y los que prefieren defender los
derechos humanos, migrantes incluidos, protegiéndoles la vida y respetándoles
su dignidad como personas, y también a la población ceutí. Ni los migrantes ni
los ceutíes han de sufrir las consecuencias de maniobras políticas que los
ignoran y desprecian, utilizándolos solo como piezas de un ajedrez
geoestratégico.
miércoles, 15 de julio de 2026
¡Vacaciones!
martes, 14 de julio de 2026
“P´adelante”, como sea
Existe una cacería contra el Gobierno de coalición de Pedro
Sánchez desde el primer minuto en que accedió al Poder Ejecutivo y,
especialmente, desde que concedió, en 2021, el indulto a los líderes
independistas catalanes encarcelados por sentencia del Tribunal Supremo, entre
ellos al expresidente del Govern Oriol Junqueras, y por la Ley de Amnistía que
aprobó en 2024 para la normalización institucional, política y social de
Cataluña, que, según cálculos, afectará a más de trescientas personas inmersas
en procesos judiciales a causa del procés.
La derecha, tanto política como judicial, no perdona la
política conciliadora del Gobierno con Cataluña, ni que rebaje la consideración
de delitos de sedición y rebelión a los desórdenes públicos acaecidos en
aquella comunidad a causa de las manifestaciones por la independencia y el
posterior referendo ilegal. La extrema violencia policial con la que se trató
de impedir la consulta y la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en
octubre de 2017, para “suspender” la autonomía en Cataluña, fueron las armas
con las que se combatió un problema político. Hay que recordar que con aquellas
medidas se disolvió el Parlament, el Govern quedó destituido y el
Gobierno central asumió temporalmente la gestión de las consejerías de la Generalitat.
Por todo ello, existe una ofensiva judicial por parte de un
número reducido de jueces, con el apoyo tácito o implícito de parte del
colectivo, contra el Gobierno de Sánchez por motivos que solo pueden hallarse
en la política, como advierte Carlos Elordi en un artículo publicado en
noviembre de 2025.
Ese contexto, junto al apoyo que el Gobierno cuenta en el
Congreso de partidos nacionalistas o independentistas del País Vasco y
Cataluña, cuyos votos permitieron la investidura del líder del PSOE, es lo que
explica la radical virulencia de la derecha contra Pedro Sánchez, a quien no le
reconocen los indiscutibles éxitos alcanzados, durante sus mandatos, en el
plano económico, laboral, internacional y social.
Es llamativo, si no fuera preocupante, encuadrar en esa
ofensiva aquella manifestación de jueces y fiscales, con sus togas a las
puertas de Palacios de Justicia, contra la ley de amnistía que entonces aun se estaba
elaborando. A pesar de estar obligados a que sus opiniones políticas no
influyan en el ejercicio profesional como jueces, no se recatan de exhibir su
ideología y, lo que es peor, que esta impregne sus sentencias.
Tanto es así que el destino del actual Gobierno está en
manos de estos jueces, algunos de los cuales se comportan con un componente de
soberbia apenas disimulado y que genera desconfianza, cuando no estupefacción, en
la ciudadanía. Es la que muestra el juez Juan Carlos Peinado con su instrucción
prospectiva -expresamente prohibida en el proceso penal- contra la esposa del
presidente del Gobierno, en su búsqueda desaforada de algún indicio delictivo
que permita condenarla. Se trata de un ejemplo palmario de utilización de la
justicia con fines políticos: lo que se conoce como lawfare.
Fue también el caso del diputado de Podemos Alberto
Rodríguez Rodriguez, que perdió su escaño en el Congreso por una condena, en
2021, de inhabilitación que tres años después anuló en Tribunal Supremo. Para
entonces, ya estaba fuera de la institución, por lo que el castigo era
irreversible.
Y es también el caso del fiscal general del Estado, Álvaro García
Ortíz -utilizado como pieza para asediar y obligar dimitir a quien lo nombra,
el presidente del Gobierno-, a quien ha condenado el Tribunal Supremo a la pena
de inhabilitación por revelación de datos reservados, sin pruebas irrefutables
y basado en argumentos voluntaristas y en un bulo calumnioso, que reconoció
falso, su propio autor, el “Rasputín” de la líder de la derecha y presidenta de
la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
Y como estos, incluido el de Mónica Oltra en Valencia, muchas otras actuaciones del conservadurismo
reaccionario que aun anida en la judicatura y que no hacen ascos al uso espurio
de la justicia con fines políticos. Cosa que se explica, pero no justifica,
si atendemos a la procedencia de esos jueces o de sus descendientes, pues se trata de una
judicatura que transitó directamente desde la dictadura a la democracia sin la
debida “modernización” ni actualización al régimen democrático. De ahí la abrumadora derechización que sufre la justicia y su tendencia al lawfare,
al que concurren actores del ámbito político, mediático, económico, social
y hasta religioso.
La primacía de la derecha en el Poder Judicial se evidencia en cifras: de sus 5.500 jueces, solo dos fueron candidatos progresistas para 118
plazas en el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional y los 17 tribunales
superiores de justicia autonómicos, según recoge el exjuez Baltasar Garzón en su libro La
democracia amenazada (Planeta, 2026).
Es patente, por tanto, que asistimos a una campaña de “acoso y derribo” contra el actual Gobierno de España en la que participan individuos sumamente
poderosos del mundo de la judicatura, empeñados en acabar como sea con un Gobierno
al que consideran ilegítimo desde que fue nombrado por el Congreso de los
Diputados. Jueces y fiscales que responden al mandato “del que pueda hacer, que
haga”. Y no se paran en consideraciones legales o morales para, en connivencia
con sectores de la política y los medios de comunicación, lograr sus propósitos
sin esperar al resultado de las urnas. Tampoco les detiene el deterioro de las
instituciones ni la desconfianza y la desafección que generan en la ciudadanía.
El ambiente de crispación y polarización que provocan con sus exageraciones,
denuncias y manipulaciones maniqueas favorece sus objetivos de alterar el
normal desenvolvimiento político. Aunque asqueen y desmotiven al votante.
Pero si la situación es tensa y grave, no me quiero imaginar
lo que podría pasar si, por malicias del destino, Pedro Sánchez vuelve a ganar
las próximas elecciones, contra todo pronóstico y a pesar de la presión
judicial que soporta en su entorno familiar, con su hermano y su mujer
condenados. No soy capaz de pensar lo que harían estos que creen que la única
España posible es la que ellos representan, que la única Patria es su patria.
Dios nos coja confesados.
miércoles, 8 de julio de 2026
Una Andalucía irrespirable
Se trata del `Acuerdo de Gobierno y Estabilidad para
Andalucía´, el segundo que suscribe el PP de Andalucía con Vox desde que en
2019 Moreno Bonilla se convirtiera en el primer presidente andaluz de derechas,
pacto que confirma, como ha sucedido en Extremadura, Aragón y Castilla y León,
la voluntad de las derechas de gobernar juntas cada vez que los votos lo
permitan, obviando preventivos “cordones sanitarios” contra los ultras. Antes,
al contrario, se les facilita el acceso al poder en tanto en cuando el pacto
conlleva la entrada al Gobierno andaluz del candidato de Vox como
vicepresidente de la Junta de Andalucía y titular de la macrocartera de
Turismo, Desregulación, Justicia y Administración local.
Todo hace presagiar, pues, un verano irrespirable, que se
extenderá a lo largo de toda la legislatura que ahora se inicia, no solo por la
temperatura que marquen los termómetros a causa de un cambio climático que el
propio acuerdo califica de mero “fanatismo climático”, sino también por el
retroceso que supondrán las 150 medidas recogidas en el citado acuerdo de
gobierno, de 60 páginas, algunas de las cuales inculcan leyes en vigor o son
fraudulentas por tratar materias, como la inmigración, que son competencia
exclusiva del Estado.
Entre ellas, el desarrollo de la llamada “prioridad
nacional” que la extrema derecha consigue imponer allí donde sus votos son
imprescindibles. Una iniciativa segregacionista que excluye el acceso a
prestaciones y servicios sociales a quienes no demuestren “arraigo” en
Andalucía -discriminación por origen-, y que plantea, además, la supresión de
ayudas, subvenciones, convenios y conciertos a ONG u otras entidades que, según
el texto, contribuyan al denominado “efecto llamada” por trabajar sobre el
problema de la inmigración ilegal. Prevé, incluso, “revisar” las funciones y la
composición del Foro Andaluz para la Integración de las Personas de Origen
Inmigrante.
Es, sin duda, la principal palanca legal contra la
inmigración que obsesiona a la ultraderecha, y que se acompaña, como recoge el
pacto andaluz, de acuerdos para rechazar y confrontar la política inmigratoria
del Gobierno e impedir que Andalucía participe en la acogida de “menas”
(menores extranjeros no acompañados) como solución a la saturación que soportan
las Islas Canarias con la llegada ilegal de inmigrantes. Al mismo tiempo, se
prohíbe el uso del burka y nicab en espacios públicos autonómicos (al parecer,
un peligro de seguridad mayúsculo), así como dejar de impartir la lengua árabe
y la cultura marroquí en los centros educativos de Andalucía.
Otras medidas ponen en la diana los avances en la igualdad y
protección de la mujer. En ese sentido, el pacto recoge que se derogará toda
norma basada “en el criterio de ideología de género”, como la Ley Trans, la Ley
de Lucha contra la Violencia de Género, la Ley de Igualdad entre Hombres y
Mujeres y, en definitiva, todo lo que la ultraderecha califica de “ideología”
feminista.
Y es que los rancios “ultras” posfascistas están convencidos
de que cualquier iniciativa por equiparar en derechos a la mujer con el hombre
y aquellas otras tendentes a luchar por protegerlas contra la violencia
machista, no son más que rémoras de una peligrosa ideología feminista que socava la
sociedad y la relación entre hombres y mujeres, tal y como ellos la entienden.
Tanto es así que hasta la existencia del Instituto Andaluz
de la Mujer (IAM), cuyas iniciativas sociales persiguen la defensa de esos
avances en derechos de la mujer, será objeto de revisión y nueva definición,
sea lo que sea lo que eso signifique, seguramente a peor, para ellas.
Quiere decirse, por tanto, que se espera a partir de verano
en Andalucía un mazazo contra las políticas de solidaridad y respeto a la
dignidad de hombres (inmigrantes) y mujeres (víctimas del machismo) hasta ahora
vigentes. Para combatirlas, la obsesión racista y antifeminista de la extrema
derecha busca insistentemente limitarlas o derogarlas, como propugna su
reaccionario ideario, mediante compromisos que pacta en los gobiernos a los que
accede. Y lo grave es que, cada vez que resulta necesario, la derecha
“convencional” asume sin pudor tal ideario para conservar o acceder al poder, incluso
compartiéndolo con Vox, como se ha evidenciado allí donde gobierna gracias al
apoyo de los ultras.
Es previsible que este ambiente asfixiante se agudice
todavía más conforme se vaya aplicando el resto de las medidas que recoge el
citado acuerdo. Porque, aparte de las comentadas, se contempla la derogación de
la Ley andaluza de Memoria Histórica, lo que obstaculizará, más si cabe, la
exhumación de restos óseos de las personas asesinadas y enterradas sin
identificar en fosas comunes durante la Guerra Civil, así como el estudio y conocimiento -para evitar
repetir los mismos errores- de ese pasado ignominioso que continúa influyendo
en el presente, junto a la valoración crítica y rigurosa de lo que supone la
restauración de la democracia en nuestro país tras las secuelas de una sangrienta
dictadura de cuatro décadas. Se nos niega, así, que tengamos memoria de las
páginas más negra de nuestra historia.
Asimismo, el pacto de PP y Vox cuestiona la Política Agraria
Común (PAC), rechaza el acuerdo UE-Mercosur, discrepa de la condicionalidad
climática, del Pacto Verde y la Agenda 2030 sobre sostenibilidad medioambiental
que, en opinión de los ultras, perjudica al sector primario. Sin embargo, la
Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos de Andalucía (UPA) muestra sus
reservas a esas medidas pactadas porque, a su entender, no afrontan los
principales retos del campo andaluz y contienen planteamientos que contradicen
la realidad del sector, que sufre las consecuencias del cambio climático que en
ellas se cuestiona y que afectan de forma directa a las cosechas andaluzas.
Incluso, para colmo, se reducen las ayudas a la cooperación
internacional y las subvenciones a las organizaciones sindicales y la patronal,
imprescindibles en cualquier política de concertación social.
En cambio, como no podía ser menos, el Acuerdo de Gobierno
para Andalucía señala la promoción de nuestras más acrisoladas tradiciones,
como son la tauromaquia, la caza y la pesca, tan denostadas por esos
conservacionistas que se abochornan de sus raíces culturales más hondas y
viriles, prometiendo la reducción de todas las tasas autonómicas relacionadas
con estas actividades. Coherentemente, se eliminarán tributos ligados a
cuestiones medioambientales, como los impuestos a las bolsas de plástico, las
emisiones de gases contaminantes y los vertidos a aguas litorales. Todo un
ataque a las políticas de sostenibilidad del Medio Ambiente y del aprovechamiento racional de los recursos naturales.
En fin, lo que este resumen pronostica es que el verano en
Andalucía será cualquier cosa menos agradable y tranquilo. Muchos, los más
desafortunados y débiles, sudarán la gota gorda por ese sol implacable de la
falta de derechos y ayudas que genera insolación por la discriminación racial y
cultural, por la desigualdad y las injusticias que privilegian a una parte
-dominante, eso sí- de la población y por el rechazo, la falta de solidaridad y
de empatía con que se abordan los problemas sociales que a todos nos afectan.








