lunes, 23 de marzo de 2026

Perdón por la Historia

Está de moda corregir la Historia y exigir o pedir perdón por abusos o atrocidades cometidos en el pasado, máxime si los hechos han enfrentado a pueblos que han mantenido relaciones como colonizadores y colonizados. Es el caso de la exigencia a España por parte de las autoridades de México de una disculpa pública por los abusos y atrocidades cometidos durante la conquista de América. Una exigencia que ha heredado y mantenido la actual presidenta del país, Claudia Sheinbaum, a partir de la carta que remitió su antecesor, Andrés Maniuel López Obrador, al rey Felipe VI solicitando una disculpa por la Conquista, la cual no fue respondida formalmente, generando tensiones diplomáticas.

Este debate presuntamente historicista, denominado presentismo, se produce generalmente por personas que no son historiadores y que juzgan hechos del pasado con las reglas morales del presente. Y es utilizado por algunos dirigentes para supeditar la Historia al interés político del presente. Se trata de una forma de manosear la Historia que implica un revisionismo continuo e interesado del pasado, sin ningún afán riguroso por una comprensión objetiva de hechos históricos pretéritos, tendente solo a glorificar o legitimar acciones políticas del presente.

Parece oportuno subrayar que los impulsores del presentismo no son expertos ni historiadores sino políticos o novelistas que pretenden ajustar el pasado a los estereotipos de sus interpretaciones históricas en la actualidad, sin distinguir ni el contexto ni los valores morales y legales imperantes en cada momento histórico. El historiador se limita a contar los hechos del pasado, sin opinar sobre ellos y, menos aun, juzgarlos con las normas del presente. Los presentistas, en cambio, pretenden juzgar, interpretar y valorar hechos, personajes y períodos de la historia a partir de los valores, la moral y los parámetros de hoy. Presentan una visión del pasado sesgada por una miopía del presente que los distorsiona, la mayor parte de las veces, de manera interesada. Y en menor medida, con la intención de corregir hechos del pasado en función de esquemas de sensibilidad contemporáneos, para los cuales acciones y comportamientos históricos resultan rechazables u ofensivos en la actualidad.

Con ese prisma, las matanzas cometidas por los españoles en Tenochitlán, la capital del imperio mexica, tras la llegada de Hernán Cortés, y que acabó con el poder local en apenas tres años, pueden ser interpretadas como deleznables actos de genocidio y no fruto del choque cultural y el imposible diálogo interreligioso que supuso el encuentro entre pueblos y civilizaciones tan distintos social, militar, cultural y moralmente. Máxime si se omite que, en aquella lucha, los mexicas respondieron persiguiendo a los españoles, los mataron en el camino y los ahogaron en el canal de los Toltecas, ocasionando también infinidad de muertos, según un testimonio indígena, datado en 1528, que explica lo acaecido en esa batalla.

Por eso, exigir disculpas o pedir perdón por hechos históricos del pasado, aunque sean sangrientos y dolorosos, es una manera de reescribir la historia, bien para borrar culpas o bien para enaltecer una historia con sentimientos identitarios o nacionalistas.  

La historia hay que contemplarla con el suficiente distanciamiento científico para alejar los hechos de toda valoración emitida desde parámetros del presente. De lo contrario, lo que se realiza es una versión interesada de la misma que puede inducir a derribar estatuas de Cristóbal Colón o pedir responsabilidades por sucesos pretéritos, cuando ni México era México ni aquella España imperial era el país democrático que es hoy.

No obstante, reconocer el pasado y admitir los abusos cometidos en épocas tan lejanas de la historia es una actitud que honra y dignifica al país que la toma, puesto que asume la responsabilidad del daño y pretende su reparación desde el punto de vista institucional e histórico. Es lo que hizo Alemania por el Holocausto, Francia por lo de Argelia o Canadá con la comunidad judía. Son casos excepcionales que no justifican la revisión permanente de los procesos evolutivos y las transformaciones de las sociedades humanas a lo largo de la historia. De lo contrario, estaríamos exigiendo disculpas a Italia por esclavizar y someter a Europa durante el Imperio Romano, a los árabes por la conquista de España durante la época islámica e, incluso, a Francia por la invasión napoleónica.

No se puede pretender un rediseño del pasado según los intereses del presente, atribuyendo a posteriori una identidad inventada a personajes históricos y una interpretación también convenientemente reelaborada del pasado. Y no se puede, entre otras cosas, porque tales revisiones no se acometen desde el rigor y la objetividad científica de los historiadores y, lo que es peor, porque se centran en un aspecto concreto de la historia y no en el conjunto de toda ella. Es decir, el presentismo histórico está impulsado, sin tener en cuenta las circunstancias históricas de los hechos, por deseos de explotar una “arqueología del agravio” que sirve para sustituir la historia y memoria de los pueblos por un relato oficial que conviene a los intereses políticos del presente.

Claro que se puede -y se debe- tener una visión actualizada de la historia, estudiar críticamente el pasado, pero no para corregirlo sino para aprender de sus lecciones, emular su grandeza y evitar cometer sus errores, incluso para reparar las consecuencias que todavía puedan perdurar en el presente. Una visión que permita reconocer la historia compartida y el legado cultural que enriquece tanto a España como a la América hispana. Porque comprender el pasado con honestidad y precisión histórica, es la mejor manera de construir un futuro también compartido entre pueblos con una relación de siglos y la base más firme para la convivencia y la cooperación en el presente.  

domingo, 15 de marzo de 2026

Huérfanos de pensadores

El mundo hoy pierde uno de sus pensadores más influyentes y que más ha contribuido a fortalecer la democracia basada en la razón comunicativa: Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán que elaboró la teoría de la democracia comunicativa, una noción de la deliberación pública, más allá de las instituciones, como centro del pensamiento y la función democráticos. Sin ese poder comunicativo, cuya legitimidad se basa en la fuerza del mejor argumento y no en la imposición, el dominio o el poder, no es posible la democracia deliberativa moderna. 

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas tuvo una niñez y una juventud marcadas por el nazismo. Su padre fue gerente de la Cámara de Industria y Comercio de la ciudad y simpatizante del NSDAP, el partido nazi, del que llegó a ser consejero de economía de la sede local. El mismo Habermas ingresaría como miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo que parecía obligatorio a los de su generación. Tras la derrota del nazismo, Habermas descubre el marxismo y, receloso del comunismo, evoluciona hacia la socialdemocracia, capaz de alcanzar consensos políticos, y hacia un humanismo intelectual que le permitiría abordar todos los asuntos o preocupaciones relevantes de la filosofía y las ciencias sociales. Entre ellos, la necesidad de desarrollar un enfoque nuevo de la razón dirigido al entendimiento entre sujetos, a un uso público de la razón por el que la sociedad se pone de acuerdo consigo misma y se ilustra a sí misma sobre su voluntad política, formando parte de una esfera pública no institucional que modifica sus actitudes por medio de argumentos.

Jürgen Habermas formó parte de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, junto a Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y Max Horkheimer, pensadores que partían de la lectura de Hegel, de Marx y de Freud para concluir que la razón podría ser una promesa de emancipación. En ese sentido, Habermas fue más allá y, haciendo una revisión radical de la Teoría Crítica, la transformó en su famosa Teoría de la Comunicación, en la que propone una racionalidad no instrumental, distinta a la del mercado o la burocracia, que en lugar de imponer escucha y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento, no en el poder de quien habla: en la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.

Se trata de una síntesis que amplía distintos plexos de investigación filosófica y de teoría social con los que Habermas llevada trabajando durante años, partiendo de la base de que no hay ningún acceso a la realidad que no esté mediado lingüísticamente; es decir, que la realidad solo existe en dependencia del lenguaje, pues los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Y solo podemos explorar el mundo con esa forma de racionalidad que es el lenguaje.

Desde ese principio, Habermas concibió una teoría normativa de la democracia deliberativa en la que, si no se puede ejercer ese poder comunicativo, sin esa capacidad de entendimiento entre sujetos sin coacción y sin restricciones, la democracia es imposible. Esa razón, basada en el mejor argumento, surge de la voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos, una realización intersubjetiva sobre la base de un entendimiento mutuo y de un acuerdo recíproco sobre los hechos, las normas y las vivencias.        

Su proyecto de democracia basado en la razón parece hoy más necesario que nunca, justamente cuando se pone en duda su validez como sistema menos malo de convivencia y de gobierno. Habermas creía en el poder de la comunicación y en la necesidad de que los ciudadanos, lejos de limitarse a votar cada cuatro años, participen en la esfera pública, aporten sus puntos de vista y abran debates sobre los asuntos que les preocupan o interesan para que, argumentativamente y sin coacción ni restricciones, acuerden el modelo de convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.  

Jürgen Habermas, el filósofo de la razón comunicativa, además de tener una enorme repercusión académica, tuvo una gran influencia como intelectual público. Participaba de la función de vigilancia que tiene la crítica pública y que él ejercía, como intelectual, con destacada intensidad. Intervino sin descanso en la discusión pública, sin esquivar la polémica. De hecho, abogó por defender Ucrania frente a la invasión rusa, cuestionó la intervención en Irak y, incluso, abordó el papel de las religiones en un mundo pos-secular.

Como escribí en otra ocasión, fue un filósofo de la modernidad que actuaba, además, como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban.  

Entre sus obras destacan La transformación estructural de la esfera pública (1962), Historia y crítica de la opinión pública (1962), Discurso filosófico de la modernidad (1985), su famosa Teoría de la acción comunicativa (1981) y su impresionante Una historia de la filosofía (2019). Y sobre él, habría que señalar  Jürgen Habermas, una biografía, de Stefan Müller Doohma (Trotta, 2020), del que extraigo datos para este artículo.     

Este pensador racionalista, pragmático, universalista kantiano, pos-marxista, liberal y republicano, fue en realidad un humanista y ferviente demócrata que, desde la filosofía política, se interesó por la filosofía del lenguaje, la ética, la epistemología y la sociología. Recibió abundantes premios, como el Gottfried Wilhelm Leibniz, considerado la máxima distinción en el ámbito académico de Alemania, y el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, en 2003.

Con su muerte perdemos uno de los pensadores más importante del siglo XX y un guía imprescindible que orientaba la conducta ética y política de nuestro tiempo.  

viernes, 13 de marzo de 2026

Inmovibles conspiranoicos

Con la de problemas y males que aquejan a nuestro país, sin contar los que afligen al mundo entero, algunos siguen empeñados, cual estoicos, en negar la mayor, insistir en que ETA o sus herederos siguen vigentes, por lo que se permiten pontificar sobre las calamidades que podrían ocurrirnos si no les hacemos caso, como fue perder, por ejemplo, unas elecciones generales contra todo pronóstico.

Y no lo asumen, no aceptan que la realidad les lleve la contraria, les contradiga y los orille en la marginalidad de la irrelevancia porque no saben hacer otra cosa, son incapaces de mirar más allá de lo que sus anteojeras dogmáticas enfocan, reduciéndolo todo a… ETA. El fantasma de ETA como causa de los problemas de España.

Lo más curioso es que estos charlatanes de ETA son los mismos que aún mantienen que en IRAK había armas de destrucción masiva que justificase nuestra participación en la guerra ilegal en la que nos involucraron. Y que los atentados yihadistas del 11M, contra lo probado como verdad judicial, fueron realmente obra de ETA.

Ambas trolas están, por supuesto, relacionadas y se retroalimentan. De ahí que no sea posible reconocer la falsedad de una sin al mismo tiempo reconocer la de la otra. Los que continúan sosteniendo ambos bulos no pueden hacer otra cosa más que seguir alimentando, erre que erre, esta sarta de mentiras que ya nadie se cree. Esa es la razón por la que se niegan a pedir perdón y admitir que estaban equivocados.

Y es que estos inmovilistas conspiranoicos son tercos y, como escribió Nietzsche, vuelven una y otra vez a esparcir, en una especie de eterno retorno, sus rancias ideas, sin ningún apoyo probatorio, acerca de indemostrables teorías de la conspiración que explicarían los hechos y, lo que es más importante, sus conductas y decisiones. Practicando la vieja actitud de sostenella y no enmendalla, se atreven incluso a escribir libros sobre una supuesta “verdad incómoda” que llevan años propalando en cuantas intervenciones, artículos, conferencias y entrevistas se ponen a su alcance.

Y uno de los impertérritos y contumaces inmovilistas de la conspiración es el exministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, un vasco que no puede vivir sin mantener una referencia constante a ETA, su obsesión más crónica y patológica. Un trauma que define su personalidad y su razón vital. Así, desde sus comienzos.

Puede ser comprensible, pero ello no justifica que siga mintiendo. Mayor Oreja, donostiarra de nacimiento, antes que político fue ingeniero agrónomo y pretendió ser abogado, pero dejó los estudios por ser incompatibles con su actividad política. Como buen exmarianista, se declara católico practicante -lo que no tiene nada de malo-, excepto cuando pretende imponer su creencia religiosa a toda la sociedad, lo que le lleva a combatir decisiones legítimas de la esfera civil, como es el derecho al aborto, la eutanasia y el matrimonio igualitario, derechos que califica -aunque no obligan a nadie- como “algo propio de los bolcheviques” que forma parte de las “viejas recetas de los totalitarismos que han asolado Europa”.

En sus años mozos fue secretario de las juventudes de la Asociación Católica de Propagandistas, en las que había ingresado siendo niño. De ideología democristiana, se adscribió al Partido Popular, por el que ha sido diputado en el Congreso, ministro de Interior, candidato a lendakari y eurodiputado. Lo que se dice todo un carrerón político, aunque en ninguna de sus etapas haya hecho cosas destacables en beneficio del país.    

Aparte de haber vivido el ambiente asfixiante del País Vasco más sangriento, su fijación con ETA tal vez naciera cuando fue designado, durante escasos seis meses de 1982, delegado del Gobierno en su tierra y ETA intentó asesinarlo lanzando una granada contra su despacho. Salió ileso de cachimba porque una farola desvió el artefacto.

Esa fijación se afianzaría, sin duda, con el hecho de que, como ministro de Interior, pretendió ser intransigente y desautorizó las conversaciones que su ministerio estaba manteniendo con ETA con la intermediación de Adolfo Pérez Esquivel. Pero, ante las exigencias de la organización terrorista para liberar al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, tuvo que ceder al agrupamiento de presos de ETA en prisiones del País Vasco y Navarra. Durante el secuestro, se acercaron 43 presos, 13 de ellos con delitos de sangre. Posteriormente, se acercaron más de un centenar de etarras. A partir de entonces, rechaza toda negociación con la banda terrorista y considera que cualquier otra política, incluso la que ha permitido su definitiva disolución, es errónea.  

Tras su abandono -es un decir- de la política, Mayor Oreja continúa dando la tabarra con ETA y las teorías de la conspiración, y con soflamas sobre la pérdida o crisis de valores que asola esta parte del mundo, desde su punto de vista de católico fundamentalista, naturalmente.

Pero el tema que no es capaz de quitarse de la cabeza, ni estando jubilado, es el de ETA y el atentado del 11 de marzo de 2004. Para él, pese a la investigación judicial que no halló participación de ETA ni de ningún servicio de espionaje extranjero, aquella masacre no fue obra de islamistas, sino una operación de servicios de inteligencia foráneos que se llevó a cabo con la finalidad de cambiar el rumbo de la dirección de España. Y que esos atentados le dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero sin merecerla.

Tanta es su obsesión que, tras más de dos décadas, el exministro vuelve a las andadas con sus teorías de imposible comprobación. Y retorna de la mano de un libro que, coincidiendo con el aniversario del atentado, aborda sus viejas y reiteradas teorías de la conspiración que nunca ha podido demostrar ni ofrecer indicios sólidos.        

Y lo hace en el preciso momento en que una nueva guerra, también ilegal, vuelve a desatarse en Oriente Próximo, basándose también en mentiras que a nadie convencen. Y para más inri, presenta su libro acompañado del mismo expresidente que nos involucró en la primera guerra, la de Irak, y que hoy defiende con ardor, para ser coherente con sus mentiras, la de Irán, protagonizadas ambas por idéntico agresor, EE.UU.  

Jaime Mayor Oreja fue ministro de Interior de ese José María Aznar que rebautizó a ETA como “Movimiento Vasco de Liberación” durante su primer año de Gobierno, cuando empezaron los traslados de presos al País Vasco. Y aunque Mayor Oreja ya no era ministro, ese Aznar fue el expresidente que no supo o no quiso saber que los terroristas que atentaron el 11M eran islamistas y no de ETA. Ahora ellos dos, Mayor Oreja y Aznar, son los que se sientan juntos para presentar un libelo que ni es historia ni novedosa investigación policial, sino un conjunto de bulos que pretenden mantener vigente la más sucia teoría que jamás un político, incluso tan cínico como ellos, haya sido capaz de sostener sin ruborizarse: que un atentado tan grave como el del 11M no fue obra de quienes fueron juzgados y condenados por la Justicia, sino por ignotos autores que confirmarían sus mentiras y demostrarían que sus decisiones e intuiciones fueron correctas.

La verdad es que no tienen otra forma de validar sus interpretaciones paranoides más que con la reiteración hasta la saciedad de sus mentiras. Además de tratar de influir en una ciudadanía que siente desapego y desconfianza hacia las instituciones, predispuesta a creer en explicaciones ocultas, lo que realmente mueve a estos inmovibles conspiranoicos, como parece le sucede a Jaime Mayor Oreja, es una probable autoafirmación narcisista por el supuesto prestigio de poder descifrar lo oculto, desvelar lo secreto, de creer en lo increíble y de percibir lo que nadie ve.

En definitiva, de padecer una patología psiquiátrica, cual es su obsesión enfermiza por ETA. Lo malo es que no está solo, sino que hay otros que multiplican tales bulos y hacen lo imposible por seguir alimentando explicaciones delirantes que enturbian la convivencia y erosionan la democracia. Conocerlos es inmunizarnos contra sus venenos. He ahí la razón de este artículo, por si sirve de vacuna.   

sábado, 7 de marzo de 2026

Una distopía actual

1984, la célebre novela distópica de George Orwell, renace reflejada sobre la actualidad en el documental biográfico Orwell: 2+2=5, dirigido por Raoul Peck, que se exhibe en cines. El documentalista recurre a esa novela para contar la vida y obra del escritor, intercalando escenas de las versiones cinematográficas del mundo opresivo y desolador que el autor describió con imágenes del mundo actual, dominado por tensiones geopolíticas y tentaciones autoritarias que pretenden controlar hasta lo que deben saber y pensar los ciudadanos.

De esta forma, la película acierta a mostrar lo profético que fue Orwell para visionar las atrocidades inevitables del mundo capitalista, donde los Musk, Zuckerberg, Bezos o millonarios como Trump pueden acaparar poder para monopolizar la economía global y dirigir la vida de los seres humanos.

La distopía de 1984, tan aterradora y deprimente acerca de una realidad dominada por el poder invisible de ese Gran Hermano en permanente vigilancia y de la ubicua propaganda que emite el “Partido” y su Ministerio de la Verdad con mensajes de que “la guerra es paz”, “la libertad es esclavitud” y ”la ignorancia es fuerza”, no solo nos describe un mundo siniestro y asfixiante, sino que refleja la monstruosidad de los fascismos que vuelven a resurgir en el presente, cuando los totalitarismos parecen ser capaces de brotar en cualquier parte.

George Orwell fue un escritor lúcido que buscaba de manera infatigable la verdad a través de sus novelas, sin caer en partidismos ni convencionalismos. Vivió el nazismo y fue testigo de la guerra civil española, como brigadista internacional. Fruto de esa experiencia es el libro Homenaje a Cataluña, un testimonio honesto y espeluznante sobre los crímenes de los franquistas, pero también de los comunistas y anarquistas.

La película nos permite acercarnos a la biografía del escritor y al ambiente familiar en el que creció, a los estratos bajos de una clase media que imita los modales de la clase alta a la que aspira poder acceder, en aquellos tiempos imperialistas y sin una fortuna o rentas que lo permitan, por vía del Ejército, el sacerdocio o una prestigiosa profesión liberal. Buscaban el ascenso social sin importarle las condiciones de vida de las clases bajas o la de los pueblos colonizados.

Orwell vive eso y poco a poco se va percatando de la hipocresía e injusticia social que representa. Era una persona noble que nunca quiso mentirse ni mentir a los demás. Prefirió el humanismo a la conveniencia social o ideológica. Por eso pudo escribir sobre la decencia común, convirtiéndose en brújula moral y notario de las infamias de la época que le tocó vivir.

Unos tiempos no tan distintos a los de hoy, en los que EE. UU. ejerce un liderazgo cada vez más autoritario, la guerra prende en Oriente Medio y en Ucrania, el genocidio se practica a ojos de todo el mundo en Gaza de manera impune, sin reproche alguno, y hasta se secuestra a líderes de países extranjeros por las riquezas naturales que poseen, principalmente petróleo, y que se les quiere arrebatar.

El mundo obsesivo y terrorífico de Orwell es, de alguna manera, nuestro mundo actual, su distopía es semejante a nuestra realidad cotidiana, los conceptos inquietantes de aquel mundo imaginario parecen replicarse en la actualidad, cuando la vigilancia o control del ciudadano es absoluta y pensar u opinar en libertad es motivo de un castigo que puede afectar hasta las universidades, los medios de comunicación y, por supuesto, a cualquier individuo en particular, ejerza o no un cargo público o privado en el que sea vea obligado a expresar su parecer y defender su criterio.   

Y es que, según el director del documental, “cada vez más gente afirmaría que dos más dos son cinco si se lo dice un político, un influencer o alguien en quien ellos confían. Nunca todo había sido tan fácil para los populismos”.

Se trata, pues, de una película sumamente recomendable para quienes, hayan leído las obras de Orwell o no, estén preocupados por la tendencia de unos tiempos actuales que se caracterizan por el cuestionamiento de la democracia, la falta de respeto a las instituciones, el recelo a la ciencia y el debilitamiento de derechos y libertades en nombre de una supuesta seguridad y una seudo esencia de la patria que algunos consideran perdida o en peligro a causa de la globalización, el feminismo, los fenómenos migratorios y la tolerancia al diferente.  

Es verdad que se sale del cine con el ánimo por los suelos y los pelos de punta, pero con la certeza de que es posible combatir tanta manipulación catastrófica con la verdad y claridad de criterio. Y con obras, como esta película, que ayudan a abrir los ojos. No se la pierdan.

jueves, 5 de marzo de 2026

Ojalá seamos terribles

Me incluyo en ese descalificativo porque me siento aludido con la crítica de Trump. El presidente norteamericano ha declarado, durante una comparecencia ante la prensa en la Casa Blanca junto al canciller alemán Friedrich Merz, que “Lo de España es terrible”. Y aunque soy español por decisión voluntaria y no por azar natalicio, me duelen las amenazas del mandatario yanqui a nuestro país. Y todo porque no se le puede llevar la contraria ni discrepar de sus arbitrariedades.

Donald Trump está muy enfadado con España, particularmente con el presidente Pedro Sánchez, al que acusa de ser un líder débil porque se ha atrevido a negar a EE.UU. el permiso para usar las bases militares, de soberanía española y utilización conjunta, de Morón de la Frontera (Aérea, en Sevilla) y Rota (Aeronaval, en Cádiz) para la logística y el abastecimiento de los bombarderos que atacan a Irán.

Al parecer, era la gota que colma el vaso. Esa negativa al uso de las bases españolas provocó la furia iracunda del presidente Trump, quien, si por él fuera, ordenaría inmediatamente no solo que se operara desde esas bases ignorando la prohibición del Gobierno español, sino que se paralizara “mañana, hoy mejor aun, todo lo que tenga que ver con España: embargos. Podemos hacerlo”, afirmó desafiante. Y añadió: “Y podemos imponer un 15 % de aranceles a quien queramos”, blandiendo su arma favorita de negociación hasta que el Supremo le paró los pies.

Al parecer, a Donald Trump no le cae bien Pedro Sánchez desde que le salió respondón y se negó a subir el gasto militar al 5 % del PIB, como se acordó en la Cumbre de La Haya. En aquella ocasión, Sánchez también discrepó de una decisión que, promovida por el mandatario norteamericano, habían adoptado todos los países miembros de la OTAN, menos España. Es por eso que, como argumento a esgrimir para su actual enfado, el presidente Trump recordara que “todos se mostraron entusiasmados con la idea, todos menos España, y ahora dicen que no podemos usar las bases, es terrible”. Y como hizo entonces, ha vuelto a amenazar con represalias comerciales a España. ¡Huy, qué miedo!

Y es que nuestro presidente no aprende, no sabe mostrarse servil y dócil ante el todopoderoso ególatra yanqui, acatando todas sus barbaridades. Ya antes, el Gobierno de España se había opuesto a la ilegal intervención militar ordenada por Trump en Venezuela para secuestrar “manu militari” a Nicolás Maduro, presidente del país, y conducirlo a la fuerza a una cárcel de Nueva York, donde pretenden juzgarlo, a pesar de todas las violaciones del derecho internacional cometidas en su captura.

De hecho, nuestro país lleva señalándose desde hace mucho tiempo, prácticamente desde el inicio de su mandato, plantando cara a las políticas de Donald Trump cada vez que atropella la legalidad internacional, pisotea los Derechos Humanos e ignora la Carta de la ONU, mientras destruye, con mamporros cada vez más violentos e indisimulados, el viejo orden mundial, aquel multilateralismo en las relaciones internacionales basado en consensos y reglas y regido por leyes que todos cumplían.

España ha sido crítica con los abusos y la soberbia de quienes se creen que pueden imponer su criterio e intereses simplemente porque pueden, por la fuerza. De ahí que nuestro país haya denunciado por activa y por pasiva el genocidio cometido en Gaza por un Israel envalentonado por el apoyo incondicional que le presta Trump. E incluso que haya reconocido oficialmente a Palestina como Estado independiente, con derecho a exigir el respeto de su soberanía e integridad territorial, conforme las resoluciones de la ONU.

Por eso nuestro país no deja de denunciar la brutal agresión que sufre el pueblo palestino, a quienes se les quiere desalojar de sus tierras. Son las mismas razones -el respeto a la legalidad internacional, a la soberanía de los estados y a la integridad territorial- por las que también se opone, con igual contundencia, a la ilegal y criminal invasión de Ucrania por parte de Rusia. Entre otras razones, porque los abusos hay que denunciarlos sin importar quien los cometa y sin caer en una hipócrita equidistancia.

Y porque, si no, los abusadores se envalentonan al creer que los demás consienten sus atropellos sin rechistar. Tal vez esta sea una de las razones por la que esos mismos matones se unen ahora para atacar Irán y comenzar un conflicto en Oriente Próximo que no se sabe cómo acabará. Otra vez Israel y EE.UU. juntan sus bombas para abrir fuego contra el país de los ayatolás, con la excusa de impedir que se doten de armas nucleares y liberar a su pueblo de la dictadura que lo oprimía. Es decir, otra versión de lo de las armas de destrucción masiva y la democracia. Bla, bla, bla.

Antes se coge un mentiroso que a un cojo. Calla Trump que fue él quien había hecho que su país abandonara el acuerdo firmado con Irán, bajo la presidencia de Obama, en 2015, y avalado por varias potencias internacionales, por el que Teherán garantizaba el uso exclusivamente pacífico de su programa nuclear, permitiendo la supervisión de sus instalaciones por inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Cosa que Israel no hace.

Y que, no contento con ello, en 2025 bombardeó, junto con Israel, las instalaciones nucleares más importantes de Irán, asegurando que había devastado completamente el programa nuclear iraní. ¿Dónde radica, pues, el supuesto peligro nuclear de Irán que justifica esta nueva guerra ilegal y sin autorización de la ONU?

De ahí que España insista no solo en cuestionar esa iniciativa bélica, sino incluso en negarse a colaborar con ella, prohibiendo el uso de las bases americanas en nuestro país por los bombarderos norteamericanos. Recupera, así, el grito de “no a la guerra” que ya pronunció masivamente por la también ilegal guerra de Irak en la que nos involucró un Gobierno conservador, sumiso y servil a las directrices del imperio yanqui. Entonces gobernaba un Aznar engreído, que fumaba puros y hablaba con acento de Texas, y regía en Washington un tal Bush, igual de ignorante e impulsivo que Trump.

No es ojeriza, pues, lo que Trump siente por Sánchez, es algo peor. Es animadversión y verdadera repulsión por un dirigente que osa cuestionarle sus iniciativas más importantes, incluía sus incursiones bélicas. Y es que desde España se rechazan sus medidas contra los inmigrantes, a los que acusa de todos los males que padece la sociedad norteamericana. Frente a la criminalización de la migración, el presidente español aprueba una ley de regularización de migrantes que se convierte en modelo de acogida y un ejemplo a tener en cuenta. Si Trump crea una policía dedicada a la caza y captura de emigrantes para su expulsión, Pedro Sánchez les ofrece papeles para legalizar su situación en España. Resultado: compárense los problemas de convivencia y los índices de criminalidad de un país y otro. Ni Trump ni la extrema derecha española asumen esos detalles que objetivan con datos verificables el supuesto problema migratorio.

Y cuando Donald Trump impulsa guerras ilegales, España no las apoya por considerarlas un “atropello a la legalidad internacional”, idéntica acusación que se le hace a Putin por la guerra de Ucrania, a Netanyahu por la masacre de Gaza y a Trump por la incursión en Venezuela y las amenazas anexionistas a Groenlandia. Y, aunque aparentemente es una voz que clama en el desierto, la actitud de España tiene algún peso o trascendencia en tanto en cuanto al presidente norteamericano tanto le afecta. Tal vez sea, no por pragmatismo, sino por la coherencia de muestra posición con el derecho internacional y el diálogo entre las naciones.

En todos los casos, España ha demostrado que no quiere ser cómplice de iniciativas que son contrarias a sus valores, basados en el respeto a la legalidad internacional, la paz y la coexistencia pacífica, y menos aun por miedo a represalias. Es una actitud ética, como país, digna de elogio y orgullo, aunque paguemos algunas consecuencias en el corto plazo.

Ojalá seamos más terribles en dignidad que patriotas de pulserita defensores del energúmeno que nos amenaza.