Donald Trump está muy enfadado con España, particularmente
con el presidente Pedro Sánchez, al que acusa de ser un líder débil porque se
ha atrevido a negar a EE.UU. el permiso para usar las bases militares, de
soberanía española y utilización conjunta, de Morón de la Frontera (Aérea, en
Sevilla) y Rota (Aeronaval, en Cádiz) para la logística y el abastecimiento de
los bombarderos que atacan a Irán.
Al parecer, era la gota que colma el vaso. Esa negativa al
uso de las bases españolas provocó la furia iracunda del presidente Trump,
quien, si por él fuera, ordenaría inmediatamente no solo que se operara desde
esas bases ignorando la prohibición del Gobierno español, sino que se
paralizara “mañana, hoy mejor aun, todo lo que tenga que ver con España:
embargos. Podemos hacerlo”, afirmó desafiante. Y añadió: “Y podemos imponer un
15 % de aranceles a quien queramos”, blandiendo su arma favorita de negociación
hasta que el Supremo le paró los pies.
Al parecer, a Donald Trump no le cae bien Pedro Sánchez
desde que le salió respondón y se negó a subir el gasto militar al 5 % del PIB,
como se acordó en la Cumbre de La Haya. En aquella ocasión, Sánchez también
discrepó de una decisión que, promovida por el mandatario norteamericano,
habían adoptado todos los países miembros de la OTAN, menos España. Es por eso
que, como argumento a esgrimir para su actual enfado, el presidente Trump
recordara que “todos se mostraron entusiasmados con la idea, todos menos
España, y ahora dicen que no podemos usar las bases, es terrible”. Y como hizo entonces,
ha vuelto a amenazar con represalias comerciales a España. ¡Huy, qué miedo!
Y es que nuestro presidente no aprende, no sabe mostrarse
servil y dócil ante el todopoderoso ególatra yanqui, acatando todas sus
barbaridades. Ya antes, el Gobierno de España se había opuesto a la ilegal
intervención militar ordenada por Trump en Venezuela para secuestrar “manu
militari” a Nicolás Maduro, presidente del país, y conducirlo a la fuerza a una
cárcel de Nueva York, donde pretenden juzgarlo, a pesar de todas las
violaciones del derecho internacional cometidas en su captura.
España ha sido crítica con los abusos y la soberbia de
quienes se creen que pueden imponer su criterio e intereses simplemente porque
pueden, por la fuerza. De ahí que nuestro país haya denunciado por activa y por
pasiva el genocidio cometido en Gaza por un Israel envalentonado por el apoyo
incondicional que le presta Trump. E incluso que haya reconocido oficialmente a
Palestina como Estado independiente, con derecho a exigir el respeto de su
soberanía e integridad territorial, conforme las resoluciones de la ONU.
Por eso nuestro país no deja de denunciar la brutal agresión
que sufre el pueblo palestino, a quienes se les quiere desalojar de sus
tierras. Son las mismas razones -el respeto a la legalidad internacional, a la
soberanía de los estados y a la integridad territorial- por las que también se
opone, con igual contundencia, a la ilegal y criminal invasión de Ucrania por
parte de Rusia. Entre otras razones, porque los abusos hay que denunciarlos sin
importar quien los cometa y sin caer en una hipócrita equidistancia.
Y porque, si no, los abusadores se envalentonan al creer que
los demás consienten sus atropellos sin rechistar. Tal vez esta sea una de las
razones por la que esos mismos matones se unen ahora para atacar Irán y
comenzar un conflicto en Oriente Medio que no se sabe cómo acabará. Otra vez
Israel y EE.UU. juntan sus bombas para abrir fuego contra el país de los
ayatolás, con la excusa de impedir que se doten de armas nucleares y liberar a
su pueblo de la dictadura que lo oprimía. Es decir, otra versión de lo de las
armas de destrucción masiva y la democracia. Bla, bla, bla.
Antes se coge un mentiroso que a un cojo. Calla Trump que fue
él quien había hecho que su país abandonara el acuerdo firmado con Irán, bajo
la presidencia de Obama, en 2015, y avalado por varias potencias
internacionales, por el que Teherán garantizaba el uso exclusivamente pacífico
de su programa nuclear, permitiendo la supervisión de sus instalaciones por inspectores
del Organismo Internacional de Energía Atómica. Cosa que Israel no hace.
Y que, no contento con ello, en 2025 bombardeó, junto con
Israel, las instalaciones nucleares más importantes de Irán, asegurando que
había devastado completamente el programa nuclear iraní. ¿Dónde radica, pues,
el supuesto peligro nuclear de Irán que justifica esta nueva guerra ilegal y
sin autorización de la ONU?
De ahí que España insista no solo en cuestionar esa iniciativa
bélica, sino incluso en negarse a colaborar con ella, prohibiendo el uso de las
bases americanas en nuestro país por los bombarderos norteamericanos. Recupera,
así, el grito de “no a la guerra” que ya pronunció masivamente por la también
ilegal guerra de Irak en la que nos involucró un Gobierno conservador, sumiso y
servil a las directrices del imperio yanqui. Entonces gobernaba un Aznar
engreído, que fumaba puros y hablaba con acento de Texas, y regía en Washington
un tal Bush, igual de ignorante e impulsivo que Trump.
Y cuando Donald Trump impulsa guerras ilegales, España no
las apoya por considerarlas un “atropello a la legalidad internacional”, idéntica
acusación que se le hace a Putin por la guerra de Ucrania, a Netanyahu por la
masacre de Gaza y a Trump por la incursión en Venezuela y las amenazas anexionistas
a Groenlandia. Y, aunque aparentemente es una voz que clama en el desierto, la
actitud de España tiene algún peso o trascendencia en tanto en cuanto al
presidente norteamericano tanto le afecta. Tal vez sea, no por pragmatismo,
sino por la coherencia de muestra posición con el derecho internacional y el diálogo
entre las naciones.
En todos los casos, España ha demostrado que no quiere ser
cómplice de iniciativas que son contrarias a sus valores, basados en el respeto
a la legalidad internacional, la paz y la coexistencia pacífica, y menos aun
por miedo a represalias. Es una actitud ética, como país, digna de elogio y
orgullo, aunque paguemos algunas consecuencias en el corto plazo.
Ojalá seamos más terribles en dignidad que patriotas de
pulserita defensores del energúmeno que nos amenaza.










