Porque la disyuntiva es clara: o un gobierno conservador de
derechas, en solitario o en coalición, liderado por el Partido Popular (PP), o
uno progresista de izquierdas en coalición, encabezado por el Partido
Socialista Obrero Español (PSOE). No hay más opciones, sin que ninguna de ellas
represente el “lío” del que nos advierte ladinamente el candidato popular
y actual presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno Bonilla, con el fin de
aglutinar el voto en sus siglas para conseguir la mayoría absoluta.
Y es que, con él como favorito en los sondeos, es fácil
predecir las iniciativas que impulsaría un Gobierno andaluz bajo su batuta,
tanto si lo hace en solitario como en compañía de la ultraderecha, representada
por Vox. Ya dio muestras en su primer mandato de su capacidad para sumar los
votos de todas las derechas que permitieron el refrendo parlamentario a su
investidura.
Fue la primera vez, en efecto, que, en España, la extrema
derecha conseguía influir en las políticas de los gobiernos del Partido
Popular. Una “novedad” que se inició en Andalucía de la mano de Moreno Bonilla.
Y lo hizo sin despeinarse y con la sonrisa con la que desde entonces intenta
aparentar ser amable, moderado, simpático y fiable.
Y si ya entonces no tuvo reparos en firmar un pacto por
escrito con Ciudadanos y Vox, hoy también lo suscribiría desde el primer minuto
en que se conozca el resultado electoral, si fuera necesario y salieran las
cuentas. Además, por si hubiera dudas, es justamente lo que está haciendo su
formación en todos los lugares en que ha necesitado el apoyo de la ultraderecha
para formar gobierno.
En Andalucía no será, pues, diferente la estrategia de
pactos del PP del que forma parte Moreno Bonilla. Y asumirá, llegado el caso,
todas las políticas que le imponga su socio de extrema derecha, como han hecho
los gobiernos del PP en Extremadura, Aragón, Castilla y león, Valencia y
Murcia. Es decir, criminalizar al inmigrante, cuestionar la violencia machista,
negar el cambio climático, aumentar la desigualdad social con el nuevo reclamo
de “prioridad nacional”, adelgazar y deteriorar los servicios públicos (sanidad
y educación, fundamentalmente) en beneficio de la iniciativa privada y, en
definitiva, imponer progresivamente un modelo neoliberal de sociedad que
abandona a los más desfavorecidos o necesitados a su suerte.
Aunque lo temamos, es lo que sabemos que hará si, como en
aquellas comunidades, necesitara a Vox para gobernar. Pero lo que calla es que
lo haría de cualquier forma porque su ideario es coincidente con el de la
extrema derecha y solo se diferencian en la gradación a la hora de aplicarlo.
De ahí que un gobierno en solitario del PP en Andalucía no
ofrezca ninguna posibilidad de políticas distintas a las que implementaría en
coalición con la extrema derecha, salvo en su inmediata contundencia y sin la
máscara de la hipocresía.
El de Moreno Bonilla sería semejante, en su ejecutoria y objetivos,
al gobierno de Ayuso en Madrid, donde se aplican recortes a la sanidad pública
mientras se aprueba la creación de nuevos hospitales privados y se concierta
con ellos la prestación de los servicios más rentables. Y donde se ahoga a
universidades y colegios al reducirles la financiación, aparte de otras medidas
de igual talante.
O al del gobierno de Valencia, que inauguró el modelo
fracasado de la privatización de hospitales, con el de Alzira en 1999, como
sistema de colaboración público-privada, que aumentó la deuda y empeoró la
asistencia sanitaria.
Y es que el programa que comparten todos ellos es el mismo:
el del Partido Popular, cuyo objetivo ideológico es la implantación de una
sociedad regida por el neoliberalismo económico, el libre mercado y la libertad
individual (para sufragarse sus propias necesidades), sin que el estado regule
o intervenga en nada, ni siquiera en defensa de los más débiles, los que
carecen de oportunidades.
Su mantra es la reducción de impuestos, que beneficia
fundamentalmente a los más pudientes, y la eliminación de “gastos” de la
Administración, que perjudica a los que no pueden costearse ni la salud, ni la
educación, ni la vivienda, ni la dependencia, ni el desempleo, ni la seguridad,
ni la cultura, aparte de otras muchas carencias. Y la defensa a ultranza de los
valores tradicionales de España, como la familia, el matrimonio heterosexual,
la religión católica, la lengua castellana y la unidad homogénea de España, lo
que lo enfrenta a la diversidad cultural y social del país, a las lenguas que
se hablan en determinadas comunidades autónomas (euskera, gallego y catalán), a
la libertad sexual y religiosa y, en definitiva, a la pluralidad de la sociedad
española y el respeto al diferente.
Unas políticas que tienen consecuencias para los ciudadanos,
a veces letales. No es casual que haya sido en Madrid donde se registró la
mayor mortalidad en las residencias de ancianos por la pandemia de la Covid-19 en
2020. 7.291 ancianos murieron sin asistencia médica porque el protocolo que
estableció la Comunidad impedía trasladarlos a los hospitales, excepto los que
tuvieran un seguro médico con clínicas privadas. Al parecer, los viejos pobres
podrían colapsar unos hospitales públicos, ya de por sí desbordados, no solo por
la pandemia, sino por los recortes que sufrieron con las políticas que
desmantelan la sanidad pública.
Con idénticas medidas restrictivas, junto a la incapacidad
para gestionar una crisis, en la Valencia gobernada por el PP murieron 238
personas a causa de una dana que provocó las peores riadas de la historia de
este país. Se priorizó confrontar con el Gobierno a procurar la actuación coordinada
entre las distintas administraciones para hacer frente a la catástrofe. Por eso,
no es casualidad que estos desastres golpeen con mayor intensidad en territorios
que regatean recursos a los servicios públicos.
Es lo que sucedió en Castilla y León y Galicia, en el verano
de 2025, donde la falta de recursos y de inversiones en la prevención de
incendios forestales facilitó que se registren en esas comunidades una oleada
de incendios histórica en Europa, con más de 403.000 hectáreas quemadas. La
alta temporalidad con que se contratan los agentes forestales, con un modelo laboral precario, la
externalización del servicio y el abandono de las zonas rurales, a causa de políticas
de reducción del gasto, hicieron posible la voracidad inaudita de esos
incendios.
No hay que ser, pues, ningún adivino para saber a lo que nos
exponemos a partir del próximo 17 de mayo. Y la única manera de afrontarlo es
con nuestro voto, si votamos con la cabeza en vez de con las emociones, a las
que tanto apelan los partidos en lisa. Nunca antes había sido tan decisivo. Nos
jugamos la Andalucía que anhelamos, ni más ni menos.













