En primer lugar, por ese ritmo dembow, nacido en Jamaica,
que suena “atún-con-pan, atún-con-pan” de manera repetitiva, de base
electrónica y armonía sencilla, una especie de combinación entre el reggae, el
hip hop y el rap, que me resulta monótono, aburrido. En segundo lugar, por la
práctica carencia de instrumentación musical, pues deja todo el protagonismo a
la parte percusiva. Y en tercer lugar, por la manera en que se canta, una
especie de recitado monocorde sin apenas saltos de melodía y una vocalización
gutural que apenas se entiende, que no es apta para mis oídos, poco
acostumbrados a una jerga suburbana que me resulta extraña y con incipientes
dificultades auditivas.
El reggaetón, originario de Puerto Rico y Panamá en la
década de los 90, es un género cantado en español y centrado en las
manifestaciones culturales relacionadas con el baile, la noche y el ocio. De
ser algo minoritario, a partir del 2000 comenzó a tener popularidad
internacional y, hoy en día, es uno de los géneros musicales más escuchados en
el mundo, hasta convertirse en un competidor directo con la industria mainstream
de EE UU.
Quizás por ello, los organizadores del acontecimiento
deportivo estadounidense por excelencia, la Super Bowl, decidieron este año
ofrecer el espectáculo que se celebra durante el descanso al artista
puertorriqueño (pero de nacionalidad norteamericana, ya que Puerto Rico es un
estado libre asociado de USA)) Bad Bunny (Conejito malo), una de las figuras
más reconocidas del reggaetón a nivel internacional. Seguramente, les movía la
intención de expandir al mundo hispano la retransmisión de una competición que
ya es seguida en algunos países de Centroamérica, como México, y del Caribe.
Además, no era la primera vez que artistas hispanos habían actuado durante el
entretiempo de la Super Bowl, como Shakira o Jennifer López.
Sin embargo, este año la participación del cantante boricua
(ciudadano norteamericano, hay que insistir) agitó las ya de por sí turbias
aguas que azotan la sociedad de EE UU. Por un lado, por la política racista del
presidente Donald Trump, empeñado en una cacería indiscriminada de inmigrantes
en suelo norteamericano, a los que denigra, humilla y acosa, considerándolos
delincuentes y peligrosos. Es tal la represión que practica que la policía de
control de inmigración y aduanas, conocida como ICE, no solo ha detenido a
niños de cinco años para deportarlos, sino que ha asesinado a sus propios
conciudadanos por protestar contra esa violencia injustificada, como Renée
Nicole Good y Alex Reffrey Pretti, ambos de 37 años y ambos norteamericanos.
Pues bien, este artista es el que aprovechó su actuación en
la Super Bowl para dejar en evidencia las políticas autoritarias y racistas de
la actual Administración estadounidense, convirtiéndose en símbolo de una
resistencia cultural, por su orgullo hispano, frente al miedo y la represión que
ejerce el trumpismo en un contexto de persecución inmisericorde del inmigrante
en EE UU. Ello ha desatado la virulenta reacción del movimiento MAGA, los
seguidores fanáticos de Trump, que exhibieron sus más exaltados e irracionales sentimientos,
movidos por el conservadurismo radical que promueve Donald Trump, mostrándose enfadados
por el uso del español y el protagonismo de personas no blancas.
Ignoran estos que se consideran yanquis puros que EE UU no
tiene un idioma oficial y que el español llegó a lo que hoy es territorio
norteamericano antes que el inglés y del nacimiento de USA como nación hace 250
años.
Según Héctor Fouce, profesor de Periodismo y Nuevos Medios
de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de
Madrid, “el mérito de Bad Bunny ha sido el de ocupar y aprovechar un espacio
como la Super Bowl para dejar claro que existen más formas de imaginar EE UU y
que hay otra América que está siendo deportada masivamente”.
Así lo subrayó el propio cantante cuando exhibió el lema
“Juntos somos América”, impreso en el balón de fútbol americano que portaba, y
cuando dijo “Dios bendiga a América”, la única frase que pronunció en inglés,
tras la cual citó el nombre de todas y cada una de las naciones que conforman
el continente americano.
Esa reivindicación de lo latino ante un estadio con una
audiencia mayoritariamente blanca, donde estuvo acompañado de otras figuras de
habla hispana, como el actor Pedro Pascual y los cantantes Ricky Martin, Candi
B o Karol G., representa un desafío cultural que plantea que otra América, más
rica y diversa, es posible frente al modelo de sociedad supremacista,
profundamente racista con redadas a migrantes incluida, que defiende el
mandatario norteamericano.
Nada más que por este valiente posicionamiento más ético que
político, Benito Antonio Martínez Ocasio -el nombre real de Bad Bunny- ha
conseguido que me interese por su trayectoria. Nunca he escuchado ninguna de
sus canciones y, probablemente, seguiré sin incluirlas en mis preferencias,
pero su actitud y compromiso con su lengua y las tradiciones hispanas,
precisamente en estos momentos en que EE UU se precipita por el barranco de la
violencia contra la diversidad, la tolerancia y la convivencia multirracial,
hace que Bad Bunny se convierta en mi ídolo del reggaetón, como Bruce
Springsteen lo es del rock por lo mismo, por su respuesta ante los excesos policiales en Minneapolis.
Y luego dicen que la música te aísla de los problemas de la
realidad.










