lunes, 31 de agosto de 2026

Microrrelatos y aforismos, mi último libro

El curso empieza cargado de ilusión. Porque acaba de aparecer un nuevo libro del que soy autor. Se trata del tercero que, desde que he accedido a la feliz jubilación, he podido elaborar. Su título es Microrrelatos y aforismos: píldoras literarias y sale a la luz en plena canícula, el peor momento para dar a conocer ninguna novedad, y menos literaria. No obstante, me llena de satisfacción verlo ya impreso y a punto de comenzar su distribución, y por ese motivo adelanto su aparición aquí.

En este libro mantengo la temática que ya caracterizaba mis anteriores obras: la del género o cuento breve. Así, Microrrelatos consta de setenta y nueve historias de especial brevedad, pero de singular resonancia, y más de 50 sentencias de mi producción aforística, todas ellas escritas a lo largo de los años y guardadas en el cajón donde acumulo los folios emborronados de inútiles apuntes.

Unos y otros -relatos y aforismos- abordan las sempiternas cuestiones que preocupan al ser humano, desde el miedo, la enfermedad, el paso del tiempo, la rutina, el amor, la consciencia y hasta la muerte. Y lo hacen desde vivencias, observaciones y la imaginación de quien plasma en historias de una brevedad intencionada sus propios temores, tribulaciones, desengaños, esperanzas, sentimientos y emociones.

Se puede decir que este libro es el más personal e íntimo que he escrito, por cuanto de alguna manera expongo mi forma de pensar, mis creencias, mis obsesiones, mis inclinaciones y hasta mis fobias. También mis esperanzas, anhelos y sueños. Los que me conocen se percatarán que mis ideas y manías operan en algunos relatos. Y que los aforismos no son más que extractos de mis propios pensamientos, como corresponde a la coherencia y honestidad con que se han escrito. Y los que no me conozcan, podrán también hacerse una idea cabal de mi personalidad.

Sin embargo, no es un libro biográfico, sino una compilación de escuetas narraciones de ficción que, en muchos casos, se alimentan o surgen de la experiencia de quien las escribe, pues se sirve de ella como condimento que adereza su imaginación con una pizca de realidad.   

Además, para no ofrecer este guiso literario sin ninguna guarnición, Microrrelatos y aforismos viene acompañado por la generosa colaboración de José Alfonso Bolaños Luque, filólogo y profesor de Lengua Castellana y Literatura, un enamorado del rigor lingüístico, amante de la poesía y del rock, quien de manera desinteresada se ha encargado de prologar esta obra y preparar al lector para adentrarse en un texto destinado a ser leído despacio, saborearlo a pequeños sorbos, de modo que permanezca en la conciencia, dando vueltas en la mente, hasta mucho después de haber terminado la página.

Es muy probable -como subraya el prologuista- que el libro sorprenda, aunque esa no era su intención, dado que el juego de contrastes, paradojas y asociaciones inesperadas que utilizo en ciertos relatos, siempre de forma sugerente y cargadas de humanidad, pueden llegar a conmover, emocionar e impresionar al que se sumerja en su lectura.

Por esa razón, estoy convencido de que a una mayoría de lectores les agradará este proyecto literario que siento el honor en presentar, pues satisfará sus expectativas. Junto a los anteriores libros (Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes e Historias hospitalarias), Microrrelatos y aforismos completa una trilogía cuentística que obedece a mi interés literario y mi tendencia por la escritura. Una afición próxima a la vocación que siempre he tenido y de la que nunca he renunciado, no con intención de ganarme la vida sino para que le diera sentido y un propósito vital. De ahí que estos libros puedan considerarse como parte escrita de mí.

A todos cuantos se sientan atraídos por su lectura les debo la satisfacción de que mi empeño no haya sido en vano, que aquella afición diera frutos. Pero tanto, a los que lo lean como a los que no, debo reconocerles la deuda de gratitud que he contraídos con todos por la atención con que me siguen y el interés que prestan a estas líneas.

Microrrelatos y aforismos: píldoras literarias se puede adquirir por internet en Amazon, a través de las distribuidoras Libros cc y Azeta Libros, solicitándolo en El Corte Inglés, La Casa del Libro y Fnac, o en cualquier librería que trabaje con estas plataformas de distribución.

Confío en que les guste y disfruten de su lectura tanto, cuanto menos, como yo al escribirlo. Si así fuera, gracias. Mil gracias.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Los “éxitos” de Trump

Donald Trump, en este su segundo mandato al frente de la presidencia de Estados Unidos de América (EE.UU) durante el que iba a completar todo lo que no había podido hacer en su primer mandato, aquella misión providencial en la que había volcado todo su empeño y voluntad de triunfador, no acaba de conseguir los éxitos que soñaba. Se le está volviendo cuesta arriba una legislatura llena de sobresaltos.

Y a él, obsesionado en transmitir siempre una imagen de triunfo y de fortaleza indiscutibles -no en balde es el presidente del país más poderoso del mundo-, le irrita a rabiar no alcanzar sus metas, no conseguir sus propósitos -por disparatados que parezcan- y dar la impresión de “fracaso” en todas las iniciativas en las que se embarca. Huye como de la peste de la imagen de fracasado. Es lo que más teme. Lo saca de quicio.

Ya antes de ser presidente, cuando se dedicaba a presentar un concurso televisivo de gestión empresarial, The Apprentice, solía despedir a los perdedores con la mofa:  you´re fired (estás despedido), frase que utilizó como símbolo de su estilo directo, autoritario y taxativo.

Y ahora, como presidente, no quiere aparecer como uno de aquellos participantes que fracasaban. De ninguna manera. No tolera esa imagen ante los problemas -antiguos o nuevos creados por él- a los que se enfrenta desde que ocupa el despacho oval de la Casa Blanca. Vive obsesionado por el éxito y éste se le está resistiendo cada vez más.

Para una persona engreída, narcisista y soberbia, que premia a los que le adulan y admira a sátrapas de personalidad fuerte y decidida, los fracasos y contratiempos que está encontrando en la mayoría de sus decisiones le atormentan y amargan la existencia. Lo malo, para él, es que no es solo un trastorno psicológico, sino un problema político. Su popularidad está cayendo espectacularmente (sólo un tercio de los votantes aprueba su gestión), precisamente antes de las elecciones de medio mandato (mid term), del próximo noviembre, cuando se eligen a todos los miembros de la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado. Del resultado de esas elecciones, sobre todo si los demócratas consiguen mayoría, depende la capacidad de gestión y las iniciativas que pueda impulsar el presidente desde la Casa Blanca. Y suponer que pueda verse atado de pies y manos es, para él, una pesadilla insoportable.

Porque ya no es que la economía interna, la que afecta al bolsillo de los estadounidenses, se resienta de los bandazos de sus relaciones comerciales internacionales, del desorden mundial que ha provocado con sus erráticas y chantajistas políticas arancelarias y los conflictos que promueve con un desenlace cuestionable, sino que, incluso, sus medidas contra los inmigrantes, con arrestos arbitrarios, deportaciones a espaldas de la justicia y hasta muertos por la violencia de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, causan perplejidad y un rechazo creciente entre sus conciudadanos. Su soflama de que emprendería “la mayor deportación de la historia” ya no moviliza a seguidores crédulos, sino sólo radicales xenófobos. Los ciegos y los ingenuos se han dado cuenta de que su inhumana política migratoria no mejora la seguridad del país. Más bien, todo lo contrario: lo conduce hacia una inseguridad social y legal que, en una sociedad plural y diversa como la norteamericana, genera inestabilidad laboral y económica. Y miedo. Hijos de inmigrantes nacidos en EE.UU han dejado de ir a la escuela o la universidad por temor a ser detenidos y deportados. Esa política antinmigración solo ha servido para evidenciar la falsedad del argumento de que los inmigrantes quitaban el trabajo a los nativos, les robaban los puestos de trabajo, ya que mayoritariamente ocupaban aquellos empleos que los nativos rechazan, y siguen rechazando.

Este descontento que se extiende entre la población es un claro ejemplo del “éxito” de Trump en política interior, con la que ha conseguido que el galón de gasolina escale precios desconocidos para los norteamericanos, acostumbrados a carburantes baratos, propios de un país productor.

Y en el resto del hemisferio no le ha ido mejor. Donald Trump se ha relacionado con los países vecinos como si fueran adversarios indeseables. Ha acusado a México de narcoestado, tiene ojeriza a Cuba, ha mandado los marines a Venezuela, quiere recuperar la soberanía del Canal de Panamá, anexionarse Groenlandia e, incluso, ha cuestionado el Acuerdo comercial con Canadá y México y ha forzado su modificación, empleando para ello sus amenazas y exigencias de pleitesía habituales.

Hasta tal punto ha querido chantajear a sus socios que Canadá se ha plantado. Se ha levantado de las negociaciones, en las que se pretendía evitar una guerra comercial, advirtiendo de que no aceptaba que el presidente norteamericano convirtiera en vasallos a sus antiguos aliados. Y ha asegurado que responderá “dólar por dólar” a la coacción económica de los aranceles. Como hizo China, que le mantuvo el pulso chantajista cuando sufrió idéntica ofensiva arancelaria. Y como también hacen ahora México y Brasil para escapar del control que pretenden imponerles desde Washington. El único “éxito” de Trump en el continente -si es que eso puede considerarse un éxito- ha sido el secuestro del presidente de Venezuela para controlar la producción y comercialización del petróleo venezolano, pero sin conseguir la “democratización” del régimen, que continúa en manos de los líderes del régimen bolivariano. Otro triunfo, pues, de su doctrina “Donroe” (nombre con el que rebautiza la doctrina Monroe de dominio USA en el continente) para con sus vecinos. 

Y en el mundo, para qué hablar. En el resto del mundo sus “éxitos” son abrumadoramente inanes. Ninguna de las guerras en las que ha querido intermediar ha logrado acabar los enfrentamientos y firmar la paz. Ahí está Gaza, donde Israel sigue asesinando a civiles impunemente a diario, para demostrarlo y en la que el acuerdo para una Junta de Paz es puro espejismo. Lo mismo en Ucrania, a la que ha dejado sin armas ni apoyo para que se defienda del brutal ataque e invasión de la Rusia de Putin. Y su última bravata contra Irán, civilización a la que iba a hacer desaparecer en cuestión de semanas con misiles y bombas, lleva seis meses resistiendo y obligándole a buscar excusas para salir del avispero.

También Europa, cuyos países han sido escudo territorial, gracias a la OTAN, frente al enemigo vigilante de los irredentos “soviets”, sufre ahora la desconsideración y antipatía de un Donald Trump que, cual miserable casero, solo quiere subir la renta y gastar menos dinero por su supuesta protección. Así, en un giro doctrinal, prefiere debilitar la Alianza trasatlántica a que se le discuta sus pretensiones mercantiles por la defensa estratégica atlántica, puesto que, en virtud de esa nueva doctrina, Rusia ha dejado de ser un adversario. Únicamente España se ha resistido a incrementar su contribución a la OTAN con el argumento de que ya financia en la actualidad las necesidades de defensa que le corresponden.

Pero el hueso duro de roer para Trump es China, contra la que EE.UU disputa la hegemonía geopolítica global. Le ha aguantado el pulso de los aranceles, se le enfrenta con el desafío de la nueva carrera espacial por regresar a la luna y, ante las nuevas sanciones económicas para debilitar a Irán, las condena abiertamente y las califica de “acto de guerra”. Es decir, le discute todo y se le enfrenta en cualquier ámbito, demostrando más prudencia y seriedad de lo que cabía suponer. Hasta los coches eléctricos chinos parecen más fiables que los Tesla. Y más baratos.

Si todo esto son “éxitos” del prepotente, impulsivo y mentiroso Donald Trump, que venga Dios y lo vea. Pero que no lo suframos los parias del mundo que sobrevivimos con la energía, transformada en luz y gasolina, que nos venden unos y otros, tanto en tiempos de paz como en los de guerra. ¡Qué plan!

viernes, 21 de agosto de 2026

Llámalos por su nombre

Para poder abordar cualquier asunto de la realidad, para poder comprender lo que sucede y nos sucede, hay que primero nombrarlo, conocer con exactitud su sombre, el término más preciso que lo describe y con el que señalamos su verdadera dimensión. Porque las palabras no son inocentes: designan según la intencionalidad del que las emite. Y lo que pasa en Ceuta, con la llegada masiva e ilegal de miles de inmigrantes, sucede lo mismo. Según las palabras empleadas, nos predisponen a un significante intencionado. Estamos expuestos a subterfugios lingüísticos que intentan que aprehendamos, por la forma de nombrarlos, una determinada interpretación o aspecto manipulado de la realidad. Es lo que nos advierte Isaac Rosa con este artículo que suscribo totalmente. Por eso indico el enlace para verlo y leerlo. Valórenlo ustedes mismos. No tiene desperdicio.

https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/nombre-exacto-ceuta_129_13458292.html

jueves, 13 de agosto de 2026

El eclipse que no vi

A pesar de la insólita campaña desatada en España sobre el eclipse de sol que ayer se produjo y en la que se detallaba, con precisión de programa turístico, no solo el amplio territorio -una franja que abarca desde Galicia a Baleares- desde donde  se contemplaría el disco solar totalmente tapado por la luna, sino incluso los mejores sitios, elevados y sin obstáculos, en los que curiosos e interesados podrían ser testigos preferenciales de un hecho astronómico que hacía más de un siglo que no se producía por estas tierras, a pesar de todo ello, digo, resulta que yo no lo vi.

Y no lo vi, no porque desconociera -cosa imposible después de tanta publicidad- que iba a tener lugar un fenómeno natural, aunque esporádico, que asustaba en la antigüedad a la gente, sino porque ni quise ni cambié mis proyectos o asuntos por mirar al sol. Ni siquiera compré las imprescindibles gafas con filtros que evitan daños en la retina al que imprudentemente mira directamente el disco solar. Simplemente, no pensaba observarlo y no lo hice.

Soy, pues, de esos excéntricos que caminan con paso cambiado y no siguen los dictados consumistas que guían a la masa, pastoreada dócilmente por las modas, las redes sociales, la propaganda política o comercial, los convencionalismos, los medios de comunicación y hasta por la lotería o la ONCE. Intento ir a mi bola, aunque no siempre lo consigo.

Pero esta vez, con el eclipse, me he resistido y no he caído en las redes manipuladoras que todo lo convierten en espectáculo… para sacar beneficio. El negocio de viajes, alojamientos, gafas, restaurantes y demás complementos ha sido mayúsculo. Han hecho su agosto este agosto. Pero de mí no han obtenido ni un céntimo. Y no por ser un tacaño, que no lo soy, sino porque he creído que no mirar cómo el sol se torna oscuro, desde mi ignorancia y lego en física, supusiera que me perdería una experiencia “histórica” de la que me acabaría arrepintiendo.

No lo creo porque la experiencia de un eclipse, aun sin ser total en donde vivo, la disfruto de otra manera, percatándome de la disminución de luz, de la bajada de las temperaturas, de la alteración en la conducta de algunos animales, del regreso de las sombras y del doble atardecer al que asistí esa tarde. Y todo ello sin mirar directamente al astro rey, sino sabiendo que está ahí, siguiendo su trayectoria de este a oeste y jugando con la luna para asombro -y negocio- de los habitantes de la Tierra.

Sí, yo no vi el eclipse, y no considero que me haya perdido nada. Nada importante, quiero decir. Ni medí la corona solar, ni distinguí rastros de helio, ni me puse a buscar estrellas que el sol impide ver. Además, ya he visto otros eclipses, incluso escribí sobre ello en 1973, y las fotografías e imágenes de éste acabarán multiplicándose por todas partes, incluso por wasaps.

Y lo mejor -para quienes vivimos en estas latitudes sureñas-, tendremos nuevas ocasiones de contemplar más eclipses: el 2 de agosto de 2027 habrá otro eclipse total, y el 26 de enero de 2028, uno anular (la luna, muy alejada de la Tierra, no consigue tapar todo el disco solar).

Por todo ello, no sentía la necesidad imperiosa de reaccionar al estímulo colectivo de mirar adonde nos mandan, a pesar de que no seamos astrónomos. No tenía ganas de sumarme a la vorágine propagandística de este eclipse de sol. Total, ya habrá tiempo y forma de hacerlo con menos presión ambiental.        

lunes, 10 de agosto de 2026

La reseña de un profesor

Fue una sorpresa afortunada encontrarme con la reseña de mi libro Historias hospitalarias, Cuando las paredes hablan que hace un divulgador lingüístico y comentarista literario en su blog. No sabía que iba a hablar de una obra que trata de pacientes y trabajadores sanitarios, un mundo muy alejado del que él conoce bien, que es la docencia y el estudio de la Lengua española, como filólogo y profesor de Literatura. Es un compañero laboral de mi hija y, dado su interés por lo que escribo, ha accedido a prologar un libro posterior que pronto saldrá a la luz. Sin embargo, desconocía que reseñara Historias hospitalarias, descubriendo aspectos que ni mis colegas sanitarios han sabido captar. Su visión ajena al mundo de la sanidad adquiere, así, un valor excepcional. Por ello facilito el enlace para quienes deseen leerla y conocer su valoración. Ni qué decir tiene que se lo agradezco sinceramente. Gracias, Alfonso.