Ha sido noticia reciente la cancelación de unas jornadas sobre la Guerra Civil y la dictadura franquista a causa de la negativa de varios de los conferenciantes a compartir espacio con personas que cuestionan o desacreditan la realidad histórica de aquellos hechos, a pesar de los consensos historiográficos sobre la investigación rigurosa del pasado. Se trataba del evento Letras en Sevilla, organizado por Arturo Pérrez-Reverte y Jesús Vigorra, con el patrocinio de la Fundación Cajasol, que iba a celebrarse del 2 al 5 de febrero en la capital andaluza con el título “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”, un lema que estaba escrito sin los signos de interrogación que añadieron posteriormente los organizadores para evitar el escándalo.
Pero este ya
se había producido desde que uno de los autores, el escritor David Uclés,
decidió no participar en cuanto supo que el expresidente del Gobierno José
María Aznar y el exdiputado de Vox Iván Espìnoisa de los Monteros eran algunas
de las figuras que dispondrían de tribuna en el ciclo de conferencias para
exponer sus teorías equidistantes y blanqueadoras de aquella página negra de la
historia de España. “No puedo verme en el mismo cartel que estos dos
individuos”, esgrimió el autor de La península de las casas vacías.
De hecho,
Aznar iba a ser el protagonista de la primera charla, tras la sesión inaugural,
con el enfoque “¿Guerra civil: olvidar o recordar?”, que entablaría desde el
estrado con el periodista de El mundo Juanma Lamet.
Otros
participantes que también anularon su participación, siguiendo la estela de
Uclés, fueron el también escritor Paco Cerdá, el líder de IU Antonio Maíllo, la
del PSOE Andalucía María Márquez y la historiadora Zira Box. Todos ellos
deploran con sus renuncias que todavía se pretenda repartir culpas entre ambos
bandos, como si fuera una guerra todos perdimos -como afirmaba el título
original del congreso-, cuando la Guerra Civil fue una contienda que unos
ganaron y otros perdieron, que unos iniciaron con una rebelión
militar contra una República democrática que otros defendieron, y que resultó
vencida y sus partidarios fusilados, tras la cual se impuso un régimen
dictatorial que duró cuarenta años por parte de los golpistas.
Un tema que,
por lo que se ve, genera controversia entre quienes intentan presentar aquel
conflicto como algo inevitable, una tragedia irrefrenable, sin autores
responsables ni causas determinantes, y los que buscan que se asuma como lo que
fue, un hecho histórico de nuestro pasado, consecuencia de un golpe de estado
contra un régimen legítimo que se saldó con una guerra civil y una dictadura
que impusieron los vencedores alzados en armas. Es decir, que la guerra estalló
porque unos golpistas la iniciaron. Y así debe recogerlo la historia, aunque a
los simpatizantes de los sublevados les escueza y pretendan edulcorarlo.
Negar o blanquear una historia que incomoda provoca que la verdad de los hechos se ignore, un desconocimiento que induce a creer que ese pasado no fue tan grave o traumático, hasta el punto de que algunos jóvenes hoy en día piensen que aquella dictadura fue buena, persuadidos por interpretaciones torticeras del pasado. Además, si se diluyen responsabilidades de algo que no fue una catástrofe natural sino una tragedia provocada por autores concretos, se deslegitima la voluntad de una memoria democrática que esclarezca las causas políticas, sociales, económicas y militares de unos hechos que conviene conocer para que no se repitan.
De ahí la
controversia de un congreso que ya desde el título mostraba cierto sesgo,
marcaba sus claras intenciones. Sin embargo, no deja de ser lamentable su
cancelación o aplazamiento porque, aparte de los dos dirigentes de la derecha y
la extrema derecha cuya presencia ha causado la polémica, en él iban a
participar voces autorizadas, como los historiadores Juan Pablo Fusi, Enrique
Moradiellos y Julián Casanova, junto a Fernando del Rey, Manuel Álvarez Tardío
y Gutmaro Gómez Bravo.
Y al que
estaban invitados figuras del mundo de la literatura, como Luis Mateo Díez,
Andrés Trapiello o Víctor Ameia quienes, además de los citados David Uclés y
Paco Cerdá, debatirían si son más contundentes las armas o las letras, aspecto
que ya han abordado en sus obras.
Incluso un
teniente general, Félix Sanz Roldán, abordaría el papel de los ejércitos que
combatieron en la Guerra Civil española. Tampoco se olvidaba el debate
político, noventa años después de tan trágicos hechos, a cargo de Ester Muñoz
(PP), Antonio Maíllo (IU), María Márquez (PSOE) e Iván Espinosa de los Monteros
(Vox). Así como las opiniones de personas de variado ámbito, como Alejandro
Amenábar y Juan Echanove (cine), Ignacio Camacho, Rubén Amón y Sergio
Vila-Sanjuan (periodistas), Carmen Calvo (política), entre otras.
De ahí que resulte incomprensible la suspensión del evento cuando es imprescindible, precisamente en tiempos como los actuales, conocer la historia -la canónica y la tergiversada- no solo para acceder a la verdad de los hechos, sino también para evitar que se falsee con intención de dulcificar o desdibujar lo esencial de ella. Y ello a pesar de que la intención o el enfoque de Arturo Pérez-Reverte, como organizador del congreso, haya sido el de atribuir aquellos hechos a una fatalidad del pueblo español, predestinado irremediablemente al cainismo por un destino ineludible. Una posibilidad más que probable si se tiene en cuenta que el lema del congreso reproduce el título de una antigua columna periodística suya, publicada en los años 90 en XLSemanal (dominical del diario ABC), en la que hermana a víctimas y verdugos, pues en su opinión en todas partes cuecen habas. Un argumento que reitera en otra columna, La guerra civil que perdió Bambi, de 2006, donde afirma que los “españoles todos, llenos de los rencores, las envidias y la mala baba de la estirpe, canallas y asesinos lo fuimos en los dos bandos”. Es decir, que para él todos fuimos culpables y todos fuimos inocentes. No hubo responsables ni culpables. Tal vez por ese motivo escogió como lema “la guerra que todos perdimos”, tan equidistante entre quienes la perdieron y quienes la ganaron. En realidad, un interesado e intencionado punto de vista político que desvirtúa los hechos, la historia real.
Pero, aunque
esa fuera su verdadera intención, hubiera sido preferible confrontar
argumentos, rebatir ideas y establecer un debate constructivo con reflexiones
sobre un período tan interesante como controvertido como fue la Guerra Civil y
posterior dictadura que implantó Francisco Franco, el general que se autonombró
Generalísimo y Caudillo de España, con la bendición de una Iglesia católica
que, el 16 de abril de 1939, se congratulaba por la victoria de los golpistas y
que, incluso, paseó bajo palio al dictador.
Se ha perdido,
pues, una oportunidad para rebatir y confrontar el relato manipulado de los que
pretenden reescribir la historia con la verdad rigurosa de los hechos ofrecida
por científicos comprometidos con la investigación histórica, y con los argumentos de
aquellos del mundo de la cultura y el periodismo que defienden una memoria
democrática como vacuna contra la intolerancia y la demagogia en cualquier
sociedad plural, libre y sin traumas.













