miércoles, 4 de noviembre de 2026

El declive del `pato cojo´.

Donald Trump, presidente de Estados Unidos de América (EE UU), afronta los dos últimos años de su segundo mandato en la Casa Blanca convertido en el “pato cojo” al que lo condenan las elecciones de mitad de mandato (midterms), celebradas este martes 3 de noviembre, en las que ha perdido la mayoría que lo sustentaba en el Congreso y el Senado. Los demócratas, a los que ha manifestado un odio visceral acusándolos de todos los males del país, han logrado imponerse a los republicanos en ambas cámaras, por lo que limitarán su capacidad de maniobra de manera importante, impidiéndole seguir aplicando las políticas drásticas, arbitrarias y populistas, sobre todo en relación con la inmigración y los aranceles comerciales, que venía impulsando desde que se sentó en el Despacho Oval. A partir de ahora, su autoridad e influencia política quedan seriamente mermadas para lo que resta de legislatura por una oposición en el Capitolio que limitará sus propuestas legislativas e iniciativas gubernamentales. De ahí el término “pato cojo” (lame duck) que, para desgracia de Trump, supondrá su inevitable declive al frente de la presidencia de EE UU.

La separación de poderes en la democracia de EE UU establece mecanismos de “contrapeso” al poder que puede llegar a tener un presidente electo cuando su partido, además de la presidencia, controla también las cámaras legislativas. De ahí que, intercaladas entre los comicios presidenciales, se celebren midterms, unas elecciones en las que se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes (435 escaños) y un tercio del Senado (35 escaños). Los mandatos de los miembros de la Cámara de Representantes (Congresistas) son de solo dos años, mientras que los del Senado duran 6 años y se sustituyen de forma escalonada, un tercio cada dos años. Por eso, las midterms para el Senado no se celebran en todos los estados de EE UU. Además, en las elecciones de mitad de mandato se eligen también a los gobernadores de 36 estados y miles de escaños legislativos en casi todos los estados de la Unión. De esta forma, se controla el poder del presidente, ya que estas elecciones miden o refrendan el apoyo del electorado a su gestión y, en caso de descontento, permiten a la oposición aumentar su capacidad de supervisión desde las Cámaras.

Por esta razón Trump se implicó personalmente en la campaña republicana de esta selecciones, aunque su nombre no figurara en las papeletas electorales, buscando desesperadamente remontar el bajo apoyo que su gestión ha generado en los ciudadanos estadounidenses, principalmente por iniciar una guerra cuyo objetivo no se comprende y que ha acarreado unos precios de la gasolina y los fertilizantes que un país con petróleo, como EE UU, no conocía, lo que, encima, ha hecho que la inflación encareciera el coste de la vida.

La contundente victoria de los demócratas, que arrebatan a los republicanos la mayoría del Congreso y el Senado, pondrá a partir de ahora en apuros a un Donald Trump soberbiamente engreído por su tendencia a imponer su santa voluntad, sin rendir cuentas a nadie, sin respetar leyes ni tratados ni consensos y sin importarle las consecuencias, incluso si se embarca en guerras ilegales, como la de Irán, o secuestra a líderes extranjeros, como el de Venezuela. Desde las cámaras legislativas del Capitolio, los demócratas podrán controlar y hasta retirar el aporte de dinero para financiar las políticas más controvertidas de Trump, como la represión migratoria o los gastos militares de sus aventuras u ocurrencias.

El declive del “pato cojo” repercutirá, qué duda cabe, en la política internacional trumpista que hasta ahora venía implementado EE UU, lo que afectará en primer lugar al apoyo incondicional y dinerario que prestaba a Israel y, por ende, a los equilibrios en Oriente Medio. En segundo lugar, a la “comprensión” respecto a la Rusia de Putin y a la postura norteamericana sobre Ucrania, a la que había dejado indefensa frente a la agresión rusa. Y en no menor medida, al liderazgo e influencia de Trump sobre las derechas y extremas derecha tanto de América Latina como de Europa, a las que servía de modelo y daba apoyo ideológico y financiero, aunque ello supusiera una clara injerencia en los asuntos internos de terceros países.

Esta etapa no representará, sin embargo, una convivencia fácil ni tranquila, porque el presidente hará todo lo posible e imposible por no dejarse atar las manos desde la Cámara de Representantes y el Senado, haciendo uso de su potestad de vetar lo aprobado por los legisladores. Y conociendo su capacidad para mentir, manipular y embestir contra los que le llevan la contraria, la confrontación institucional será la constante en su última etapa como inquilino de la Casa Blanca, en la que no se descarta, incluso, la posibilidad de que pueda volver a ser sometido a un proceso de impeachment o juicio político por sus innumerables tropelías y abusos de poder.

En cualquier caso, el fin de la era Trump, caracterizada por el unilateralismo y cuestionamiento del orden internacional, el proteccionismo comercial, el populismo político y las duras políticas restrictivas hacia la inmigración, es lo que se vislumbra tras el resultado de las elecciones de mitad de mandato y lo que determinará el declive del presidente más polémico, impredecible, reaccionario y desconsiderado de la historia de EE UU. Es el final más triste, pero merecido, para un anaranjado “pato cojo” como Donald Trump, cuyo legado, una Casa Blanca horteramente decorada de dorados y un ala del edificio convertida en salón de baile, figurará entre los más insignificantes que se recuerdan de cualquier presidencia. Y él solito se lo ha buscado.  

jueves, 29 de octubre de 2026

Uno, probable; dos, intolerable

Cuando, en el plazo de nueve meses, se producen sendos accidentes, que dejan un saldo de más de cien víctimas mortales en una misma línea de ferrocarril de alta velocidad sumamente saturada, debido a causas perfectamente previsibles, sean por fallo material como humano, la única reacción posible es la del rigor, la contundencia y la envergadura del análisis y de las consecuencias.

Si, encima, estos hechos lamentables acaecen en pleno fragor de una campaña electoral sumamente polarizada en la que se producen acciones violentas y escasea la educación y el civismo, por respeto a las víctimas y a la investigación pormenorizada de lo sucedido los líderes políticos deberían evitar la manipulación y el uso como munición electoral partidista de la tragedia y del trauma emocional de los ciudadanos.

Sé que exigir esto a los buitres carroñeros que se valen de bulos, mentiras, exageraciones y tergiversaciones en la diatriba de confrontación política que se estila en nuestro país es pedir peras al olmo. Y lo sé porque yo mismo me enfrento a este comentario desde la emoción, conmovido por la letalidad del accidente, más que por la razón, obnubilada por el espanto de lo sucedido.

Que se produzca un accidente en cualquier medio de transporte, por moderno que sea, es asumido como una posibilidad bastante probable que entra de lleno en las estadísticas de lo razonable. Pero que acontezcan dos accidentes prácticamente seguidos, en un intervalo de solo nueve meses, y sobre un mismo trazado, no solo es increíble sino intolerable y repugnante.

Dos accidentes consecutivos con víctimas mortales denotan un problema inesquivable que hay que afrontar de inmediato con todo rigor, contundencia y envergadura, sin limitarse a averiguar qué ha pasado aquí y cuál fue el factor desencadenante del suceso, sino por qué está pasando y cómo prevenir en lo sucesivo hechos de esta naturaleza en este medio de transporte. Y habría que hacerlo desde la convicción más sincera y decidida por resolver el problema de forma drástica y absoluta, pero lo más alejado posible de la interferencia de la propaganda política, que tiende siempre a valerse de cualquier asunto de impacto social como arma partidaria y electoral.

Sería, por tanto, de desear que los principales candidatos de la actual campaña electoral con posibilidades de gobernar se reunieran y acordaran no utilizar el accidente de ayer en Urda (Toledo), en el que chocó un tren AVE contra otro Iryo detenido en la vía a causa de una avería del sistema electrónico de seguridad, como argumento de confrontación y dejaran actuar a los investigadores, técnicos y expertos con total libertad y con todos los medios y recursos que precisen, a fin de esclarecer las causas del accidente y los problemas que aquejan la circulación ferroviaria de nuestro país.

Más que una muestra de confianza en el Gobierno, independientemente de quien lo detente, sería una señal inequívoca de respeto hacia las víctimas, a las que habría que ayudar, acompañar y arropar en todo momento, y un mensaje a la totalidad de la población acerca de la voluntad de esclarecimiento del accidente y de buscar respuestas a un problema que erosiona la alta velocidad. Una red que significó una modernización asombrosa del transporte ferroviario de pasajeros, pero que con los años y la saturación de operadores -privados y públicos- que la explotan exige una renovación constante, una revisión mucho más frecuente y un uso tal vez menos intenso en beneficio de la seguridad y la calidad del servicio.

Hay que tener en cuenta que, desde el accidente en enero de Adamuz (Córdoba), que se cobró 46 víctimas mortales, y antes del de ayer de Urda (Toledo), con arroja un balance provisional de 68 muertos y decenas de heridos, se produjo un incendio de un tren de alta velocidad en la línea a Barcelona el pasado 12 de octubre, que no causó víctimas mortales, pero afectó a 13.000 viajeros, así como a 33 trenes, por la interrupción de la circulación. Y ya anteriormente, otro tren que viajaba a Galicia descarriló en la curva de Angrois, en 2013, dejando un saldo de 80 personas muertas y más de 140 heridas. En poco más de diez años, se han dado demasiados accidentes y demasiados muertos para el mejor y más avanzado sistema ferroviario del país.

Y es que la historia del ferrocarril en España, tanto de Alta Velocidad como convencional, está manchada por la negra página de los siniestros. Desde las tragedias de El Bierzo (León), El Cuervo (Sevilla), Angrois (Santiago de Compostela), Adamuz (Córdoba) y esta última de Urda (Toledo), independientemente de épocas, contextos técnicos y gobiernos, los accidentes de tren no han dejado de golpear la confianza y la seguridad de un transporte masivo de personas y mercancías que requiere de una mayor inversión, atención y cuidado. Y en aras de esa confianza y seguridad es por lo que hoy, desde el dolor, gritamos que esta concatenación de accidentes es inaguantable. Y exigimos que los responsables directos, indirectos y circunstanciales, a todos cuantos se declaran servidores públicos, estén a la altura de lo que se espera de ellos, que de verdad se pongan al servicio de la ciudadanía y que rindan cuentan sin aguardar sentencias judiciales. Porque un accidente es probable; dos, intolerable

domingo, 25 de octubre de 2026

¡Ya es hora!

Hemos vuelto a cambiar de hora: ¡ojalá sea la última vez! Hemos recuperado el horario “natural” en España, más acorde al de su posición geográfica y al orgánico de nuestros relojes biológicos. ¿Hasta cuándo estará primando el interés turístico y económico sobre el humano y saludable? ¡Por fin amanece cuando corresponde y anochece cuando conviene a los habitantes de estas latitudes meridionales de Europa! ¿Dejarán ya de marear las manecillas del reloj oficial del país por espurios motivos que a nadie engañan? ¿O acaso se ahorra algo con tanto vaivén horario? Como los terraplanistas, algunos discuten la verdad científica para imponer el criterio inconsistente del “listo” que se beneficia de estos cambios de hora indefendibles. Harto de dar explicaciones sobre la necesidad de recuperar nuestro huso horario, sólo queda esperar que esta sea la última vez. ¡Por favor, no toquen más los relojes! Creen comisiones con científicos y médicos, no con hoteleros y economistas a la hora de decidir el horario oficial de España. ¡Decídanse ya! ¡Y dejen este horario que hoy recuperamos! La industria no saldrá perjudicada por ello, del mismo modo que no sufrió perjuicios cuando se acordó prohibir fumar en espacios cerrados. Primen la salud y la biología, no la economía. Todos saldremos ganando. Mantengan invariable este horario que hoy recuperamos. ¡Ya es hora!

miércoles, 21 de octubre de 2026

De cambios y contratos

Las formaciones políticas han emprendido una desbocada carrera propagandística para atraer al electorado antes incluso de que comience oficialmente la campaña de las elecciones generales previstas para el 29 de noviembre próximo. Y no dudan en difundir mensajes y eslóganes de discutida originalidad, pero que resultan novedosos para la frágil memoria de los ciudadanos, incapaces de recordar lo que propone cada partido y, mucho menos, las estrategias que emplearon en el pasado para ganarse el voto. De ahí que veamos ahora una invitación al “cambio” y la propuesta de un “contrato” como modernísimos instrumentos de marketing electoral con la intención de engatusar a los olvidadizos. Y los utilizan como si constituyeran la última novedad, a pesar de que ninguno de ellos aspire a lo que la literalidad en realidad expresa. Pero nos los venden de forma descarada como auténticas genialidades innovadoras por el partido que más posibilidades reúne para ganar las elecciones. Van así de sobrados.

La verdad es que el verdadero y original “cambio”, como reclamo electoral, ya fue utilizado por el PSOE en 1982, cuando en aquellas históricas elecciones Felipe González se convirtió en el tercer presidente de la España democrática y el primero socialista. Era la primera vez que la izquierda accedía al poder en la época contemporánea. “Por el cambio” era el lema que motivó a más de diez millones de españoles a depositar su voto a favor de los socialistas para asegurar una transformación que ilusionaba a una ciudadanía deseosa de superar los residuos de un franquismo que continuaba incrustado en el Estado y la sociedad. Ello se evidenciaba en la procedencia de los presidentes que, tras la muerte del dictador, dirigieron el Gobierno: antes de la democracia, Arias Navarro, acérrimo al régimen dictatorial; y ya en democracia, Adolfo Siuárez y Leopoldo Calvo Sotelo, políticos que se educaron y crecieron en el franquismo.

El lema del PSOE propugnaba un auténtico cambio de la realidad política del país que sirviera para modernizar España y situarla, como una más, entre las naciones democráticas de Europa, en la que se reconocieran y respetaran las libertades y los derechos que la dictadura negaba. Enumerar los avances -políticos, sociales, culturales, económicos- que aquel cambio supuso requeriría de un espacio que este comentario no puede abarcar.

En la actualidad, y sin ningún rubor por plagiar el eslogan, el Partido Popular promete emprender un “cambio” profundo si gana las próximas elecciones. Según van desglosando algunos de sus dirigentes, incluido su líder, piensan introducir reformas en la ley del aborto, en el sistema de pensiones, en la política fiscal para bajar impuestos, la política migratoria para endurecerla, algunos derechos de las personas LGBTIQ+ (diversas orientaciones sexuales e identidades de género), etc.

Para Alberto Núñez Feijóo, el candidato conservador a presidente de Gobierno, los retos que afrontará con su cambio en la próxima legislatura “solo serán comparables a los de hace 50 años”, refiriéndose a los realizados durante la Transición, arriba esbozados. Ha llegado a afirmar que “por cada nueva ley hay que derogar tres”. Incluso sugiere que las bajas médicas las gestionen las mutuas para reducir el “absentismo” laboral.

Más que un cambio para avanzar parece un cambio para retroceder. El cambio original trajo consigo la extensión de la sanidad pública al conjunto de la población, la ampliación de derechos de los trabajadores, libertad para divorciarse, la igualdad de la mujer, la modernización del tejido productivo y muchos otros derechos y libertades que hoy creemos asegurados y existentes desde siempre.

El ”cambio” que promete la derecha representa, sin más, un retroceso en algunos de esos derechos y una limitación en muchas de las libertades conquistadas. Y lo hace con la disyuntiva habitual, ofreciendo “seguridad” y estabilidad a expensas de libertad y derechos, y crecimiento económico basado en la contención salarial y recortes en el Estado del bienestar. Tanta es su obsesión restrictiva que hasta confunde las bajas temporales por enfermedad con el absentismo laboral, abrazando así el sueño de los empresarios: que los trabajadores vayan a trabajar incluso si están enfermos, por temor a ser despedidos. Y la protección por si esto sucede también sufrirá menguas en cuanto a duración y cantidad de las prestaciones por desempleo.

Avisan incluso que ni las pensiones se salvan pues representan, según las derechas, un “gasto” inasumible para el Estado. Pero no aclaran cómo afrontará el supuesto problema, que afecta a diez millones de personas, de la financiación del sistema que, según la portavoz parlamentaria del partido, “ha petado”. Ni las becas seguirán igual con esa mentalidad austericida del gasto social.

Un “cambio” que contempla, asímismo, la construcción de un millón de viviendas, pero obviando que tal promesa descansa en que el mercado satisfaga esta necesidad y que el Estado se limite a facilitar el negocio cediendo terrenos. Fue la política de vivienda de los gobiernos de Aznar que generó una burbuja inmobiliaria y que obligó a “ayudar” a los bancos, no a las familias que quedaron atrapadas por hipotecas desorbitadas.

No, el “cambio” del Partido Popular no se parece en nada al cambio del PSOE de 1982. Entre otros motivos, porque será un cambio retrógrado, reaccionario, que empobrecerá aun más a los pobres y enriquecerá todavía más a los ricos, supondrá frenos para los trabajadores y rienda suelta para los empresarios, limitará derechos y libertades en general e incrementará el poder de las élites del Capital y de los pudientes. No es un cambio: es un paso atrás.

La otra oferta electoral “novedosa” es un “Contrato con España” que se presenta, con solemnidad impostada, enarbolando un documento que contiene generalidades y promesas, tales como garantizar el castellano en las aulas y la prohibición de regularizaciones colectivas. Incluye, además, “defender la soberanía nacional y la integridad territorial”, elevar la “calidad de nuestra democracia” (¿para no impedir la renovación de organismos e instituciones, como el Consejo del Poder Judicial, por ejemplo?), “erradicar el adoctrinamiento en las aulas” (¿todo adoctrinamiento, incluido el religioso?) y hacer un “Estado más limpio y más ligero” (menos social), entre otras medidas. Se trata, en suma, de un mero resumen del programa del Partido Popular y un esbozo de las intenciones de Feijóo, destinados a facilitar una música agradable a los oídos de la ultra derecha, por si las cuentas fallan y es necesaria una coalición gubernamental.

Pero este ofrecimiento de contrato tampoco es novedoso ni original. Es una iniciativa de marketing electoral que también ha sido plagiada descaradamente. Ya en 1999, el alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, inauguró la fórmula de establecer una colaboración directa con los vecinos mediante contratos firmados con los barrios que necesitaban una atención preferente. Así, ese año se firmaron 126 contratos-programa que contenían 1.207 estipulaciones. En 2003, repitió la fórmula, firmando 328 contratos, y en su tercer mandato, otros 428 contratos. Durante esa década como alcalde, los contratos de Monteseirín permitieron lo que se llamó una segunda modernidad para Sevilla (tras la primera de la Expo del 92), que posibilitó la peatonalización del centro y otras zonas de la ciudad, la construcción del metrocentro, el inicio de las obras del metro, la recuperación de la plaza de la Encarnación con “las setas” y un sinfín de mejoras más.

En definitiva, tales contratos fueron verdaderos compromisos con la ciudad que permitieron que despertase del profundo letargo (industrial, de inversiones, cultural y social) en que había caído Sevilla tras los fastos de la Expo. No fue un mero recurso propagandístico, sino un contrato real, cuyo cumplimiento rondaba el 80 por ciento en cada mandato.

El ”contrato” de Feijóo, sin partidas ni plazos, es antes una pieza publicitaria que un acuerdo firme con la ciudadanía. Una simple copia de un recurso de marketing con el que ilusionar a incautos. Alardes ornamentales que ocultan las verdaderas actuaciones que la derecha tiene decidido emprender para imponer su modelo social y económico, un modelo conservador en lo social y neoliberal en lo económico.

Y eso es lo que hay que valorar a la hora de votar, en vez de confiar en “cambios” y “contratos” propagandísticos que ni siquiera son originales, pues son meros plagios descarados. Lo inquietante es que, si así de chapuceros se muestran en campaña, no quisiera imaginar cómo serán cuando gobiernen.

lunes, 19 de octubre de 2026

Un comentario sobre los aforismos

Un compañero columnista, arquitecto de profesión y especializado en el dibujo infantil como vía de expresión con el que los niños manifiestan tanto alegrías como temores, la visión del mundo que les rodea así como de ellos mismos, es también, además de magnífico escritor, un amante de los aforismos. En su columna de Montilla Digital, en el que compartimos espacio, acaba de publicar un comentario acerca de los aforismos que contiene mi libro Microrrelatos y Aforismos. Se trata de su 14º entrega sobre esta materia, las sentencias concisas, en la que ha abordado las producidas por Emil Cioran hasta Carlos Castilla del Pino. Y que me incluya en la selección me honra y me sonroja. Me sonroja porque carezco de méritos para estar incluido en la selección, y me honra pues su análisis profundiza en unos aforismos en los que expongo no solo mi visión del mundo, sino de mi mismo. Y ha conseguido, a través de ellos, acceder a mi interior como hace al de los niños por sus dibujos, logrando descifrar las claves de mi ser y de mi mirada. Gracias Aureliano. Decir que te lo agradezco es poco: te felicito.

https://www.montilladigital.com/2026/10/aureliano-sainz-aforismos-en-su-punto-14.html