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Mirada crepuscular
Diario de un incrédulo con vista cansada
lunes, 19 de octubre de 2026
Un comentario sobre los aforismos
sábado, 17 de octubre de 2026
Presentaciones emotivas
El libro Microrrelatos y Aforismos. Píldoras literarias está proporcionándome gratos momentos, como estos Actos de Presentación celebrados en las librerías Baobad, de Mairena del Aljarafe, y Botica de Lectores, de Sevilla. Aparte de la emoción, quisiera expresar mi gratitud tanto a quienes asistieron a ambos eventos, por la confianza e interés demostrados, como a las librerías que, dejando de lado la conveniencia comercial, no dudaron en apostar por una obra y un autor invisibles para la industria del libro. A todos, pues, mi más sincero agradecimiento, que también hago extensible a José Alfonso Bolaños Luque, autor del prólogo, que en todo momento estuvo arropándome y colaborando como introductor del encuentro para que estos actos fueran memorables. Quede aquí constancia de mi reconocimiento a todos.
Presentación en librería Baobad, jueves 15 de octubre:
lunes, 12 de octubre de 2026
¡Por fin!
¡Ea, pues ya están aquí las elecciones! Y esas derechas lo
celebran con una lona desplegada en la fachada de la sede madrileña del PP con
la inscripción “Por fin”. Según ellas, ya lo han conseguido. Claro que, siendo
puntillosos, el anuncio de las elecciones para el próximo 29 de noviembre
supone un adelanto de solo nueve meses respecto a la fecha prevista (verano de
2027). Algo, por lo demás, nada extraordinario por cuanto cinco de los siete
presidentes que ha tenido nuestro país ha adelantado las elecciones en alguna
ocasión.
Visto así, ese “por fin” resulta una exclamación exagerada,
porque, después de tres años largos, no se ha conseguido “tumbar” a un Gobierno
que se apoyaba en una suma de minorías, entre progresistas y nacionalistas, del
Parlamento. Sino que ha sido el desmarque del socio nacionalista más
conservador del Gobierno (Junts per Catalunya) lo que ha precipitado la
legislatura. Y no fue la labor en contra de la oposición, formada por el
Partido Popular y Vox, es decir, por la derecha extrema y la extrema derecha
ultra, lo que ha hecho desistir al presidente del Gobierno de agotar la
legislatura. ¡Y mira que han hecho todo lo posible e imposible, lo legal y
alegal, lo adecuado y lo inmoral por lograrlo!
Pues nada, ha terminado por finiquitarla una acampada de
jóvenes que reclamaban el derecho a una vivienda digna tras el desalojo
inmisericorde de una anciana de cerca de 90 años del piso donde residía desde
hacía más de 70 años. Ni las denuncias por corrupción, ni las “invasiones” de
inmigrantes, ni la falta de presupuestos han podido con el Gobierno, sino unos
desmelenados que se manifestaban contra los rentistas y la falta de viviendas
asequibles de protección oficial.
El decreto-ley que el Gobierno había elaborado, troceado en
dos decretos para facilitar su aprobación por unos u otros, para responder a una
inusitada demanda popular que se extendió como la pólvora por todas las
ciudades del país, fue la puntilla que acabó por tumbar la legislatura. Y eso
que ambos decretos garantizaban la seguridad ante posibles desahucios. El
rechazo de la derecha nacionalista catalana a su aprobación hizo que el
presidente del Gobierno convocara elecciones anticipadas. ¡Por fin!
Sí, pero un “por fin” al que ya se le ponen peros… Una
actitud muy nuestra, la de poner la venda antes que salga el grano, no vaya a
ser que, por lo que sea, los votantes contradigan los pronósticos. Y ese `lo
que sea´ (que es perder), para las derechas siempre es fraudulento, tramposo y
nada democrático, ya que lo “natural”, lo conveniente y lo que deseaban los
ciudadanos es que ellos arrasen en las urnas y puedan gobernar como Dios manda.
Pero, por si las moscas, han empezado a sembrar dudas sobre el voto por correo,
cuestionando el funcionamiento de instituciones y la honradez de sus
funcionarios, tanto de Correos como de la Oficina del Censo Electoral. ¡Si lo
sabrá Feijóo, que fue presidente de Correos durante tres años!
Tal parece que anticipan una posible, aunque poco probable
según los sondeos, derrota por culpa (a alguien tienen que culpabilizar, nunca
es por ellos) del voto manipulado en Correos y de una avalancha de votos del
exterior promovida, según adivinan, por la insidiosa ley de nietos. Como si
esos votos fueran determinantes para el resultado electoral, cuando en ninguna
elección de la democracia han tenido influencia para alterar la voluntad
mayoritaria, expresada en las urnas, de los votantes. Pero, por si acaso…
Un balance que arroja más de 150 iniciativas tramitadas, con
43 reales decretos-ley y 22 leyes aprobadas por un Gobierno en minoría y
precariedad parlamentaria, entre ellas la Ley de amnistía, la Ley ELA, la Ley
de paridad e, incluso, una reforma constitucional para retirar el término “disminuidos”
del artículo 49 de la Carta Magna. Si a ello añadimos la disminución reiterada
de la tasa de paro, el importante incremento del salario mínimo interprofesional
y otras medidas de carácter social, el resultado no puede calificarse de “legislatura
fallida” o “gobierno inútil”, por muy opositor que se pronuncie uno del
Gobierno.
Si para ganar unas elecciones hay que recurrir a la
descalificación personal, a la insidia calumniosa, a la deslegitimación de las instituciones,
a la manipulación, los bulos y las mentiras, sin reconocer en el adversario,
cuando corresponda, sus aciertos y denunciar, siempre, sus fracasos, es que no
se tiene confianza en la propia capacidad para ofrecer alternativas y
propuestas que entusiasmen a los votantes.
Por eso ese “por fin” no parece responder a un deseo sincero
de querer competir en unas elecciones, sino a una reacción que, en psicología,
oculta una frustración o un complejo de inferioridad. De ahí que, por si acaso, ya se arguyen las motivaciones que podrían impedir nuestros anhelos,
que es ganar y gobernar. Aparentamos fortaleza cuando nos sentimos -no que lo
seamos- débiles, inferiores o menos dotados que nuestros contrincantes.
Por fin se convocan elecciones, aunque sean otros los que
han provocado ese adelantamiento electoral. Aun así, por fin me puedo presentar
como el que ha conseguido doblegar al Gobierno, aunque no sea cierto. Por fin...
y a ver qué pasa.
domingo, 4 de octubre de 2026
Viernes, 16: Presentación
El viernes 16 de octubre, a las 7 de la tarde, tengo el placer de presentar, junto a José Alfonso Bolaños, mi último libro Microrrelatos y Aforismos. Píldoras literarias, en la librería Botica de Lectores, sita en la Avd. República Argentina, 15, de Sevilla. El acto consistirá en un diálogo entre el prologuista de la obra y yo, abierto a la participación de los asistentes, para descubrir las claves y las causas de un libro tan sorprendente como personal. Estáis todos invitados. La entrada será libre, hasta completar aforo.
jueves, 1 de octubre de 2026
¿Es la vivienda un derecho?
Con los años, el piso ha cambiado dos veces de propietario
hasta acabar en manos de un fondo de inversión. Estos nuevos propietarios le
exigieron actualizar el alquiler y los 2.650 euros de mensualidad, para su
pensión de 1.350 euros, eran inasumibles, por lo que se activaron los
mecanismos legales para echarla de la vivienda. Su caso, no obstante, solo es uno
de los muchos que sufren diariamente los inquilinos de viviendas en nuestro
país. Y lo que nos incita a reiterar la pregunta: ¿es la vivienda un derecho?
El desahucio de esta inquilina nos mueve a pensar que el
derecho a la vivienda, que la Constitución recoge en su artículo 47 reconociendo
a todas las personas el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada,
es más formal que material. Es decir, constitucionalmente se reconoce un
derecho como norma (formal), pero sus efectos y contenido no acaban de
regularse, por muchas leyes de la vivienda que se hayan elaborado, para que sea
efectivo (material), como otros derechos.
Porque el de la vivienda no parece un derecho tan protegido
como el de la salud (Art. 43) o el de educación (Art. 27). Y no lo es porque ni
los legisladores que lo redactaron ni los gobiernos que podían desarrollarlo
han querido hacerlo, aunque tuvieran instrumentos para ello. Todo “arreglo”
introducido en su desarrollo ha sido obligado por las circunstancias -como las acampadas
en la actualidad-, entre otras razones, porque el derecho a la vivienda
colisiona frontalmente con otro derecho: el derecho a la propiedad. Cualquier
mejora en uno va en detrimento del otro. Y por esta razón asistimos hoy,
perplejos, a desahucios forzosos y violentos de personas indefensas por mor de
la voracidad del mercado.
Inmersos en el capitalismo, hemos naturalizado la existencia
de un mercado inmobiliario. Asumimos como “normal” que la vivienda sea tratada
como una mercancía más, sujeta a la dinámica de la oferta y la demanda, que es
la que determina los precios. Este negocio inmobiliario es uno de los más
activos de la economía, hasta el punto de crecer y fortalecerse cada vez más
con medidas legales que lo protegen y amparan. Y ello hace que la ley priorice
el derecho del casero al del inquilino a tener una vivienda.
Y es que, mientras actuamos como propietarios y podemos
esperar plusvalías de nuestros inmuebles, nos parece fantástico este sistema.
Pero si somos inquilinos o poseedores de una deuda hipotecaria, que incrementa
sin parar su mensualidad, el mercado nos resulta sumamente injusto. ¡Dónde
queda, entonces, ese supuesto derecho a la vivienda?
Es un problema que no siempre ha sido así, aunque el pobre
siempre ha estado destinado a tener una vivienda precaria. En el mundo rural,
el campesino se construía su propia vivienda o accedía a la casa adscrita a la
tierra del señor feudal o cacique para el que trabajaba de sol a sol. Y en las
urbes, las masas trabajadoras podían aspirar a viviendas protegidas
patrocinadas por administraciones públicas, gremios industriales (telefónica,
tabacalera, etc.) o patronazgos de cualquier tipo (sociales, religiosos,
militares, sindicales, etc.). O, simplemente, arrendar una vivienda de renta
congelada, como la de la que ha sido desahuciada la inquilina madrileña.
Es relativamente reciente la necesidad de que el mercado sea
la vía exclusiva para acceder a una vivienda y que el precio sea el filtro que
discrimina a quien aspira a disfrutar de ese derecho, en función del poder
adquisitivo. Se trata de una consecuencia inevitable del capitalismo, que ha
conseguido que todas las necesidades o aspectos de la sociedad sean satisfechos
por el mercado. Una lógica que pocos discuten y todos acatamos, porque hemos
interiorizado la búsqueda obsesionada del beneficio o la riqueza por encima de
cualquier otra consideración. El beneficio como único objetivo en la vida.
Tanto como decir que ya solo pensamos y actuamos economísticamente, como
diría Tony Judt.
¿Cómo corregir esta anomalía? Pues, sin inventar nada ni
troceando decretos, recuperando la oferta de vivienda pública, sin ánimo de
lucro y fuera del mercado, que equilibre el peso que actualmente monopoliza la
oferta privada. De igual manera que coexisten la medicina pública con la
privada y la enseñanza pública y la privada, el derecho a la vivienda también
puede garantizarse con la construcción de viviendas de titularidad pública, en
paralelo con las de promoción privada.
Porque lo que impide disfrutar del derecho a la vivienda es
que el porcentaje de vivienda pública o social, de titularidad autonómica o
municipal, es solo del 3,4 por ciento, muy por debajo de la media de la Unión
Europea, que ronda el 9 por ciento. El resto del parque inmobiliario
corresponde a la iniciativa privada. Ello ocasiona un desequilibrio escandaloso
y sangrante, por cuanto la escasez de vivienda social perjudica gravemente a
una gran parte de la población, a los más necesitados y vulnerables, que no
pueden costearse el acceso a una vivienda a través de la iniciativa privada.
Además, para favorecer la equidad en la adquisición de una
vivienda, sería perentorio que las administraciones autonómicas y municipales
solo pudieran adjudicar el suelo público a la construcción de viviendas
sociales y no a ofertas del sector privado. Porque elevar sustancialmente el
porcentaje de vivienda pública hasta el 15 o 20 por ciento permitiría que la
vivienda fuese en verdad un derecho material y no un negocio solo para
pudientes y fondos buitres. Todas estas medidas posibilitarían, en última
instancia, que los alquileres contuvieran su espiral demencial de crecimiento,
al contar con un parque inmobiliario regulado y con precios tasados ajenos a la
especulación.
Si esta compatibilidad de lo público con lo privado ya
funciona con el derecho a la salud y a la educación, a pesar de todas sus
deficiencias e insatisfacciones (nada es perfecto), ¿por qué no se efectúa con
la misma intensidad con la vivienda? ¿Es que acaso la vivienda no es igualmente
un derecho?
Es función de un Estado social y de derecho procurar el
bienestar de los ciudadanos, proporcionando ciertos bienes y servicios por el
simple hecho de que son de interés público. Y porque constituyen derechos
irrenunciables. Pero, sobre todo, porque todos necesitamos servicios o bienes
(como la vivienda) cuyos costes compartimos entre todos mediante una fiscalidad
progresiva, como también señaló el citado Judt en Algo va mal. Podemos,
por tanto, exigirlos mediante manifestaciones, concentraciones, acampadas, pero,
fundamentalmente, votando. Somos nosotros los que elegimos a quienes nos
gobiernan y sus políticas socioeconómicas. Que no se nos olvide.







