Y a él, obsesionado en transmitir siempre una imagen de
triunfo y de fortaleza indiscutibles -no en balde es el presidente del país más
poderoso del mundo-, le irrita a rabiar no alcanzar sus metas, no conseguir sus
propósitos -por disparatados que parezcan- y dar la impresión de “fracaso” en
todas las iniciativas en las que se embarca. Huye como de la peste de la imagen
de fracasado. Es lo que más teme. Lo saca de quicio.
Ya antes de ser presidente, cuando se dedicaba a presentar
un concurso televisivo de gestión empresarial, The Apprentice, solía
despedir a los perdedores con la mofa: you´re
fired (estás despedido), frase que utilizó como símbolo de su estilo
directo, autoritario y taxativo.
Y ahora, como presidente, no quiere aparecer como uno de
aquellos participantes que fracasaban. De ninguna manera. No tolera esa imagen
ante los problemas -antiguos o nuevos creados por él- a los que se enfrenta
desde que ocupa el despacho oval de la Casa Blanca. Vive obsesionado por el
éxito y éste se le está resistiendo cada vez más.
Para una persona engreída, narcisista y soberbia, que premia
a los que le adulan y admira a sátrapas de personalidad fuerte y decidida, los
fracasos y contratiempos que está encontrando en la mayoría de sus decisiones
le atormentan y amargan la existencia. Lo malo, para él, es que no es solo un
trastorno psicológico, sino un problema político. Su popularidad está cayendo
espectacularmente (sólo un tercio de los votantes aprueba su gestión),
precisamente antes de las elecciones de medio mandato (mid term), del
próximo noviembre, cuando se eligen a todos los miembros de la Cámara de
Representantes y una tercera parte del Senado. Del resultado de esas elecciones,
sobre todo si los demócratas consiguen mayoría, depende la capacidad de gestión
y las iniciativas que pueda impulsar el presidente desde la Casa Blanca. Y
suponer que pueda verse atado de pies y manos es, para él, una pesadilla insoportable.
Porque ya no es que la economía interna, la que afecta al
bolsillo de los estadounidenses, se resienta de los bandazos de sus relaciones
comerciales internacionales, del desorden mundial que ha provocado con sus
erráticas y chantajistas políticas arancelarias y los conflictos que promueve
con un desenlace cuestionable, sino que, incluso, sus medidas contra los
inmigrantes, con arrestos arbitrarios, deportaciones a espaldas de la justicia
y hasta muertos por la violencia de los agentes del Servicio de Inmigración y
Control de Aduanas, causan perplejidad y un rechazo creciente entre sus conciudadanos.
Su soflama de que emprendería “la mayor deportación de la historia” ya no
moviliza a seguidores crédulos, sino sólo radicales xenófobos. Los ciegos y los
ingenuos se han dado cuenta de que su inhumana política migratoria no mejora la
seguridad del país. Más bien, todo lo contrario: lo conduce hacia una
inseguridad social y legal que, en una sociedad plural y diversa como la
norteamericana, genera inestabilidad laboral y económica. Y miedo. Hijos de
inmigrantes nacidos en EE.UU han dejado de ir a la escuela o la universidad por
temor a ser detenidos y deportados. Esa política antinmigración solo ha servido
para evidenciar la falsedad del argumento de que los inmigrantes quitaban el
trabajo a los nativos, les robaban los puestos de trabajo, ya que
mayoritariamente ocupaban aquellos empleos que los nativos rechazan, y siguen
rechazando.
Este descontento que se extiende entre la población es un
claro ejemplo del “éxito” de Trump en política interior, con la que ha
conseguido que el galón de gasolina escale precios desconocidos para los
norteamericanos, acostumbrados a carburantes baratos, propios de un país
productor.
Hasta tal punto ha querido chantajear a sus socios que Canadá
se ha plantado. Se ha levantado de las negociaciones, en las que se pretendía
evitar una guerra comercial, advirtiendo de que no aceptaba que el presidente
norteamericano convirtiera en vasallos a sus antiguos aliados. Y ha asegurado
que responderá “dólar por dólar” a la coacción económica de los aranceles. Como
hizo China, que le mantuvo el pulso chantajista cuando sufrió idéntica ofensiva
arancelaria. Y como también hacen ahora México y Brasil para escapar del
control que pretenden imponerles desde Washington. El único “éxito” de Trump en
el continente -si es que eso puede considerarse un éxito- ha sido el secuestro
del presidente de Venezuela para controlar la producción y comercialización del
petróleo venezolano, pero sin conseguir la “democratización” del régimen, que
continúa en manos de los líderes del régimen bolivariano. Otro triunfo, pues, de
su doctrina “Donroe” (nombre con el que rebautiza la doctrina Monroe de dominio
USA en el continente) para con sus vecinos.
Y en el mundo, para qué hablar. En el resto del mundo sus “éxitos”
son abrumadoramente inanes. Ninguna de las guerras en las que ha querido
intermediar ha logrado acabar los enfrentamientos y firmar la paz. Ahí está
Gaza, donde Israel sigue asesinando a civiles impunemente a diario, para
demostrarlo y en la que el acuerdo para una Junta de Paz es puro espejismo. Lo
mismo en Ucrania, a la que ha dejado sin armas ni apoyo para que se defienda
del brutal ataque e invasión de la Rusia de Putin. Y su última bravata contra
Irán, civilización a la que iba a hacer desaparecer en cuestión de semanas con misiles
y bombas, lleva seis meses resistiendo y obligándole a buscar excusas para
salir del avispero.
También Europa, cuyos países han sido escudo territorial,
gracias a la OTAN, frente al enemigo vigilante de los irredentos “soviets”,
sufre ahora la desconsideración y antipatía de un Donald Trump que, cual miserable
casero, solo quiere subir la renta y gastar menos dinero por su supuesta
protección. Así, en un giro doctrinal, prefiere debilitar la Alianza
trasatlántica a que se le discuta sus pretensiones mercantiles por la defensa
estratégica atlántica, puesto que, en virtud de esa nueva doctrina, Rusia ha
dejado de ser un adversario. Únicamente España se ha resistido a incrementar su
contribución a la OTAN con el argumento de que ya financia en la actualidad las
necesidades de defensa que le corresponden.
Si todo esto son “éxitos” del prepotente, impulsivo y
mentiroso Donald Trump, que venga Dios y lo vea. Pero que no lo suframos los
parias del mundo que sobrevivimos con la energía, transformada en luz y
gasolina, que nos venden unos y otros, tanto en tiempos de paz como en los de
guerra. ¡Qué plan!








