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martes, 15 de septiembre de 2026

Viaje a Mercurio

El planeta Mercurio, el más pequeño -un poco más grande que nuestra Luna- y cercano al Sol, es el menos explorado del Sistema Solar y el que más incógnitas presenta para la ciencia. La razón es sencilla: enviar naves hasta allí es sumamente complicado, casi una odisea. En la historia de la carrera espacial, solo dos misiones norteamericanas tuvieron por finalidad estudiar el planeta: la Mariner 10 de la NASA, en 1974, y la Messenger, en 2011, que realizaron sendos sobrevuelos sobre el planeta, aportando datos insospechados sobre su débil campo magnético y de su superficie, llena de cráteres, muy parecida a la de Luna. Los soviéticos, ni en su mejor época de esplendor astronáutico, desarrollaron campaña alguna sobre Mercurio. Y los chinos, en la actualidad, solo lo incluyen como un objetivo a medio plazo, a partir de la siguiente década.

Mercurio, como Venus, la Tierra y Marte, es un planeta rocoso. Su estructura interna está dominada por un enorme núcleo de hierro, mucho más grande, en comparación, que el de la Tierra. Y no tiene atmósfera, sino una delgada exosfera formada por átomos expulsados de la superficie por el viento solar y el impacto de los meteoritos. Es un planeta, en suma, que ofrece más misterios que respuestas.   

Y por ello es digno de destacar la misión que la Agencia Espacial Europea (ESA), junto a la Agencia Japonesa de Exploración Espacial (JAXA), está a punto de coronar su objetivo para la investigación de Mercurio. Es la primera misión europea al planeta menos explorado del Sistema Solar.  Se trata de la misión BepiColombo, una nave compuesta por dos orbitadores científicos independientes: el Orbitador Planetario a Mercurio (MPO, por sus siglas en inglés), de la ESA, enfocado a estudiar la superficie del planeta, su geología y composición interior; y el Orbitador Magnetosférico de Mercurio ((MMO), de la JAXA, destinado a analizar el campo magnético y la magnetosfera de Mercurio.

El objetivo de la misión será desvelar algunos de los misterios del planeta, estudiando su superficie, su estructura interna y su gran núcleo, además del origen de su campo magnético, las dinámicas de su magnetosfera y cómo interactúa con el viento solar. También elaborará mapas globales y tomará imágenes de sus formaciones para comprender mejor los procesos geológicos, la actividad tectónica y otros fenómenos que presenta su superficie (como volcanes y depósitos de hielo polar en cráteres donde no llega la luz solar) que permitirán saber más sobre su origen y comprender mejor la evolución del planeta.

Pero ninguno de esos módulos orbitadores aterrizará en Mercurio, sino que lo sobrevolarán a diferentes alturas para estudiarlo desde el espacio. Lo que acaban de hacer es separarse del Módulo de Transferencia (Mercury Transfer Module, MTM), la sonda que, tras un viaje de ocho años desde que fuera lanzada en 2018 por un cohete Arianne 5, ha estado proporcionando al conjunto la energía y la propulsión necesarias para llegar hasta las cercanías del planeta. Aun así, y todavía a más de tres millones de kilómetros de su objetivo, la llegada de estos orbitadores requerirá un proceso gradual de maniobras de aproximación que se extenderá a lo largo de los próximos meses. Se espera que entren en órbita a finales de noviembre y que comiencen a transmitir datos a partir de abril del próximo año.

El nombre de la misión es un homenaje al matemático e ingeniero italiano Giuseppe (Bepi) Colombo (1920-1984), conocido por haber explicado las peculiares características de rotación de Mercurio, un planeta que gira alrededor del Sol describiendo una órbita muy corta y rápida, lo que hace que un año mercuriano dure solo 88 días terrestres. Sin embargo, rota sobre su eje a un ritmo muy lento, tanto que un día de Mercurio es como 58 días de la Tierra.

Esta combinación de rotación lenta y traslación rápida origina un hecho curioso: el Sol tarda mucho en salir y ponerse. Y hay veces que amanece dos veces en ciertos lugares del planeta. Y en el lado opuesto, también anochece dos veces. Ello se debe a que, durante días previos al perihelio, cuando el planeta está más cerca del Sol, la velocidad de traslación supera momentáneamente a la de rotación, causando que el movimiento aparente del Sol se invierta durante un tiempo. Es decir, en ciertos lugares de Mercurio, un observador podría ver salir el Sol hasta la mitad de su recorrido, después volver a ponerse parcialmente para, al final, volver a salir antes de ponerse del todo, y todo ello en un solo día mercurial.  

Por otra parte, este pequeño y veloz planeta posee un débil campo magnético global (aprox., el 1 % del terrestre), cuyo origen y geometría desconcierta a los científicos, pues, en teoría, un mundo tan pequeño debería haberse enfriado y solidificado hace millones de años, apagando el núcleo interno que genera el magnetismo. Sin embargo, su eje magnético está desplazado cerca de 500 kilómetros al norte del centro geográfico del planeta, lo que provoca que el escudo magnético sea mucho más débil en el hemisferio sur.

Ya durante el primer sobrevuelo de la sonda BepiColombo (que ha realizado nueve sobrevuelos -uno a la Tierra, dos a Venus y seis a Mercurio- para ralentizar su “caída” hacia el Sol antes de entrar en órbita alrededor del planeta), los instrumentos detectaron que los electrones de la magnetosfera caen precipitados directamente contra la superficie, emitiendo rayos X. Son como auroras boreales que tocan el suelo.

Todos estos misterios -y los que todavía se ignoran- constituyen el objetivo de la misión BepiColombo que ya hace su aproximación final al planeta Mercurio. Se espera que su investigación aporte datos que revolucionen los precarios conocimientos que se tienen del planeta y ayuden a desentrañar incógnitas acerca del origen de su campo magnético, su inusual densidad interna y la composición geológica de su superficie.

Mientras en la Tierra seguimos a la greña por acaparar riquezas y poder, la Ciencia espacial nos permite conocer el entorno sideral en que nos hallamos y valorar exactamente lo que representamos en relación con la inmensidad del Universo. Por eso es tan conveniente como interesante seguir los avances y descubrimientos de la investigación espacial. Como esta misión de la Agencia Espacial Europea en colaboración con la japonesa. Ojalá logre un éxito rotundo.

jueves, 2 de abril de 2026

Un viaje no tan histórico

¿Descubrir América por segunda vez sería algo histórico? Lo que realmente cambió la historia fue la primera vez que los europeos descubrieron un continente en medio del océano Atlántico cuando pensaban que allí no había nada porque creían que el mundo era más pequeño y podrían ir a Asia navegando hacia el Oeste. Esa era la idea que impulsó a Cristóbal Colón descubrir América, una gesta histórica porque nunca antes se había realizado.

La NASA, en cambio, pretende que el despegue del cohete SLS que tiene como misión enviar cuatro astronautas a un viaje de ida y vuelta a la Luna, sin alunizar, sea un acontecimiento histórico… en los últimos cincuenta años, cuando al satélite ya han llegado hasta en nueve ocasiones con el Proyecto Apolo, desde 1968 hasta 1972.

Lo histórico en astronáutica fue cuando un ser humano orbitó por primera vez la Luna (Apolo 8, 1968) y puso los pies sobre ella (Apolo 11, 1969). Lo que va a hacer la Misión Artemisa II, que partió esta medianoche (hora de España) desde Cabo Cañaveral, es repetir el vuelo del Apolo 8 al cabo de cincuenta años. Y repetir lo que ya se ha hecho no es algo histórico. Es, en todo caso, ampliar una aventura que se interrumpió por cuestiones ajenas a la exploración espacial y a los objetivos científicos que deberían animarla.

No obstante, es evidente que existen avances que diferencian los programas Artemisa y Apolo. La principal de ellas es que habrá una mujer, una persona afroamericana y un ciudadano no norteamericano (canadiense) entre los astronautas de esta primera misión tripulada, como reflejo de la sociedad plural que, en teoría, existe en la actualidad.

Otra diferencia es la distancia que recorrerá la cápsula Orón de Artemis II en su viaje a la Luna, pues la órbita que describirá sobre el lado oculto será muy alejada de la superficie lunar. Es por ello que se superará el récord de distancia desde la Tierra alcanzado por un ser humano, establecido anteriormente por el Apolo 13 en 400.171 kilómetros.

También hay que destacar que la comunicación y las retransmisiones han avanzado considerablemente, como cabía esperar. Esta vez las imágenes no estarán limitadas, sino que se ofrecerá cobertura casi continua y en tiempo real, gracias a una red global, con estaciones en distintos continentes, gestionada por Jet Propulsion Laboratory (JPL), un centro tecnológico de investigación y desarrollo que opera bajo contrato con la NASA.

Otra diferencia notable es el tamaño de la nave Orión, diseñada para transportar cuatro astronautas, en vez de tres de las Apolo, y dos juegos de trajes espaciales, concebidos para distintas fases del vuelo, que proporcionarán protección vital en caso de emergencia. De hecho, el módulo Orión es un espacio altamente optimizado en el que hasta seis astronautas pueden vivir y trabajar durante semanas. Está lleno de sistemas digitales, pantallas táctiles y automatismos avanzados. Reproduce en su interior, con una atmósfera perfectamente regulada, unas condiciones similares a las de la Tierra para facilitar largas estancias. Está acoplada al módulo de servicio, construido por Airbus, donde se alojan los tanques de gases respirables, el sistema de propulsión principal y los paneles solares que abastecen de electricidad a todo el conjunto.

Y, por último, el objetivo de la misión, que no es otro que contribuir a la preparación de futuras expediciones a la Luna que explorarán regiones poco estudiadas, incluida la cara oculta y el polo sur lunar, donde se busca evidencia de hielo de agua, necesaria para cualquier proyecto de estación permanente en el satélite.

Pero más allá de las diferencias técnicas y funcionales de ambos proyectos (Apolo y Artemisa), existen similitudes especulares entre las causas y objetivos de una carrera espacial que sirven de base a todas las iniciativas astronáuticas emprendidas hasta la fecha. Y el primero de esas similitudes es la competición tecnológica entre las grandes potencias. El Apolo competía con la antigua Unión Soviética por ser los primeros en llevar un hombre a la Luna. Y Artemisa se enmarca en el enfrentamiento geoestratégico actual con China, que planea que dos astronautas chinos pisen la Luna antes de 2030. Ambos proyectos persiguen la presencia sostenida en la superficie lunar.

También existe una gran diferencia, y peor: esa carrera espacial entre potencias enfrentadas despierta la voracidad de oligarcas, como Elon Musk y Jeff Bezos, por obtener réditos económicos y de poder, que se traducen en cambios en el orden internacional del espacio que ponen en peligro la conservación del entorno y la apropiación de los recursos naturales que se descubran en la Luna. Y es que ambos oligarcas compiten en la construcción de la nave (Starship de SpaceX y Blue Moon de Blue Origin, la primera que esté lista) destinada para el descenso a la Luna, en una compleja operación de transbordo desde la nave Orion, que se encarga de llevarlos a órbita lunar y traerlos después de regreso a la Tierra.

El derecho espacial internacional, elaborado desde 1960 en el seno de la ONU, se basaba en la cooperación y el diálogo multilateral. Con Artemisa, EE.UU. ha promovido unos acuerdos (“Acuerdos Artemis”) al margen de la ONU, que legitiman la extracción de recursos espaciales sin ningún tipo de control internacional. China, como es natural, no se ha adherido a unos acuerdos dictados exclusivamente por EE.UU. El negocio queda, por tanto, al alcance de unos pocos ciudadanos multimillonarios y poderosos. Según Jorge Hernández Bernal, astrofísico en la Universidad de la Sorbona, “los ingredientes para convertir el espacio, y en particular la Luna, en el Salvaje Oeste están servidos”, como comentó en un artículo en elDiario.es.

Ha sido espectacular el lanzamiento de Artemis II, con toda la perfección técnica y estética que se le supone a una agencia, como es la NASA, que tiene experiencia sobrada en lo que es su actividad básica: la astronáutica. Impresiona contemplar ese cohete mastodóntico rugir poderoso para elevarse al espacio de manera tan perfecta. Pero no es un hecho histórico, aunque sea muy importante y llamativo. Y lo que esperamos de tales alardes tecnológicos y del regreso del hombre a la Luna es que ello contribuya a la investigación científica y, sobre todo, al beneficio de toda la humanidad y el entendimiento entre los pueblos. Y no solo para una simple competición de poderío entre potencias enfrentadas.      

martes, 27 de enero de 2026

Volver a la Luna

Nunca lo he olvidado. Era un adolescente de 16 años cuando presencié a través del televisor la llegada del hombre a la Luna, allá por el mes de julio de 1969. Era la madrugada del día 21 cuando desperté a mi padre, que se había quedado conmigo en el salón de la casa esperando la retrasmisión, para que viera conmigo las imágenes que procedían desde la superficie lunar. No tenían mucha nitidez y se emitían en el blanco y negro de la época, como toda la programación televisiva, pero sabía que quien descendía por la escalerilla del Módulo Lunar era Neil Amstrong, que, tras detenerse unos segundos sobre la base de la pata a la que estaba acoplada la escalera, saltó a la superficie lunar. Se convertía así en el primer ser humano en pisar nuestro blanco, luminoso, silente y misterioso satélite. Sobre el polvo gris del Mar de la Tranquilidad dejó impresa la huella de su bota, una imagen que se ha convertido en icono de la aventura espacial del hombre. De aquello hace ya 57 años. Y me acuerdo como si fuera hoy.  

Aquella misión número 11, la quinta del Programa Apolo, consiguió llevar a un ser humano hasta la Luna, donde Neil Amstrong y Edwin Aldrin (Michael (Collins se quedó orbitando el satélite en el Módulo de Mando) se convirtieron en los primeros terráqueos en caminar sobre la superficie lunar. Para aquel joven que presenciaba en directo las fantasmagóricas imágenes, comentadas con un entusiasmo contagioso por el corresponsal de TVE en la NASA Jesús Hermida, fue todo un acontecimiento extraordinario, como si hubiera sido testigo del desembarco de Colón en América. Algo histórico que devino rutinario.

Porque luego se sucedieron otras misiones que apenas despertaron el interés de la gente, excepto la del accidente y dramático regreso precipitado del Apolo 13, en 1970, que consiguió traer de vuelta a los astronautas sanos y salvos. Ni jugar al golf ni pasear en coche por la superficie lunar llamaban ya la atención en los telediarios, hasta que por fin se canceló el programa, en 1974.

Apolo 17 sería la última y única misión con un astronauta científico. Los demás fueron todos militares. Y es que el objetivo del programa Apolo nunca fue la ciencia, sino la competición tecnológica con la Unión Soviética, que se había adelantado protagonizando los primeros hitos de la carrera espacial: pionera en lanzar en 1957 el Sputnik, primer satélite artificial; en poner un ser vivo en órbita, también en 1957 (la perrita Laika), y al primer ser humano en el espacio (Yuri Gagarin), en 1961.

Los soviéticos lanzaron también las primeras naves interplanetarias (sondas Venera1, a Venus y Mars1 a Marte, en 1961 y 1962, respectivamente); en mandar la primera mujer astronauta al espacio (Valentina Tereshkova, en 1963); y en realizar el primer paseo espacial fuera de la nave (Alekséi Leónov, en 1965). Tal ventaja no se podía consentir.

Los progresos espaciales soviéticos motivaron que el presidente de EE UU, John F. Kennedy, impulsara un proyecto espacial que demostrara la superioridad norteamericana, costara lo que costara. Así nació el programa lunar y el desarrollo del cohete Saturno V, el más grande construido hasta entonces capaz de impulsar una nave hasta la Luna, en respuesta al desafío de Kennedy de enviar un hombre a la luna antes de que finalizara la década.

Pero el programa era, aparte de complejo, peligroso. Un incendio durante las pruebas del módulo de mando de la Apolo 1, en enero de 1967, se cobró la vida de su tripulación, tres astronautas. Ello no desanimó a la NASA. Para noviembre de ese mismo año, el primer vuelo del Saturno V completó la misión Apolo 4, que no llevaba tripulación. Y en diciembre de 1968, la Apolo 8 permitió a tres astronautas orbitar la Luna. Las misiones 9 y 10 sirvieron para calibrar y comprobar todas maniobras necesarias para el alunizaje. Así, hasta que el Apolo 11, la quinta misión tripulada del programa, hizo historia con aquella famosa frase que pronunció Amstrong cuando plantó los pies sobre la polvorienta superficie de la Luna: “It´s a small step for a man, but a great leap for humanity”.

En la actualidad vuelve a desatarse la rivalidad por impulsar el regreso del hombre a la Luna. Esta vez la competición es entre China y EE UU, países que desarrollan sendos programas con los que aspiran a ser el primero que repite la hazaña. Los norteamericanos están a punto de lanzar el primer vuelo de prueba de la misión Artemisa II, que llevará cuatro astronautas a orbitar la Luna con la nave Orión, impulsada por el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial, por sus siglas en inglés) de 98 metros de altura, el próximo febrero, si todo sale bien. Sería la primera misión tripulada que sobrevolaría la Luna desde el Apolo 17, en 1972. Pero no alunizará, objetivo que deberá esperar a Artemisa III o a una misión china que lo consiga, ninguna de ellas antes de 2030.

En cualquier caso, el desarrollo del viaje de Artemisa II es muy complicado. Una vez fuera de la atmósfera terrestre, la nave Orión deberá efectuar diferentes maniobras para elevar su órbita, durante los dos primeros días de la misión, antes de dirigirse a la Luna. Una vez comprobados todos los sistemas, el módulo de servicio de Orión proporcionará el impulso necesario para escapar de la órbita terrestre y fijar rumbo hacia la Luna. Ese encendido de los motores enviará la nave en un viaje de cuatro días hasta un punto alejado de la Luna, en una trayectoria en forma de ocho, que la situará a 7.400 kilómetros más allá de la cara oculta del satélite. Desde esa distancia, los astronautas podrán ver la Luna en primer plano y la Tierra detrás de ella, a más de 400.000 kilómetros al fondo.

Tras el sobrevuelo lunar, la tripulación maniobrará de nuevo la Orón para situarla en una trayectoria de regreso libre, en la que la gravedad de la Tierra atraerá la nave de forma natural, sin hacer uso de sus motores. La misión durará unos 10 días.

Por su parte, el programa chino para llevar humanos a la Luna parece algo más atrasado, aunque su objetivo sigue siendo un alunizaje tripulado antes de 2030. La carrera entre ambos países es, por tanto, frenética. Los chinos basan su programa en el desarrollo del cohete Larga Marcha CZ-10, que deberá despegar por primera vez en 2027; la nave tripulada de nueva generación Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Los portavoces del programa espacial chino aseguran que sus astronautas pisarán la Luna antes de que termine 2030.

Aunque con retraso, no hay que minusvalorar la capacidad tecnológica del gigante asiático, empeñado en garantizar el cumplimiento de tales objetivos. De hecho, China ha reforzado en los últimos años su programa espacial, logrando hitos como el alunizaje de la sonda Chang´e 4 en la cara oculta de la Luna y la llegada a Marte de la misión Tianwen-1, aparte de estar configurando una estación espacial y planear, junto con otros países, la construcción de una base científica en el polo sur de la Luna.

En definitiva, la carrera espacial se desarrolla sobre la base de desafíos entre aquellos países que vuelcan en ella su prestigio y poder. La unión Soviética fue pionera en esta carrera, superada después por EE UU, que ahora compite con China por la supremacía comercial, económica, tecnológica, militar y, por supuesto, espacial. El interés científico queda supeditado a esas prioridades estratégicas, aunque indudablemente estas contribuyan al avance de aquel.

Pero, para el adolescente al que no le importó trasnochar para asombrarse con la boca abierta de la llegada del primer hombre a la Luna, esta competición le produce, a estas alturas, una enorme desilusión al ser consciente de los verdaderos motivos de una aventura que creyó necesaria para comprender nuestro lugar en el cosmos y lograr avances para el bien y el progreso de la humanidad. Todo era cuestión de rivalidad por la supremacía hegemónica entre las grandes potencias. ¡Qué ingenuo!         

miércoles, 16 de abril de 2025

Lo más alto del glamour

Los vuelos espaciales, aunque sean suborbitales, siempre han tenido un fin científico que persigue la ampliación de conocimientos y la superación de los límites que nos atan a la Tierra. Pero con la llegada de compañías privadas que posibilitan viajes por encima de la atmósfera terrestre, la aventura espacial ha dejado de ser una investigación sobre las capacidades del hombre para explorar el universo y ha devenido simple `postureo´ para famosos y pudientes que ansían nuevas sensaciones que los distraigan de unas existencias colmadas de todo lo apetecible, pero aburridas.

Tal era, sin más, el propósito del último lanzamiento, el 14 de abril pasado, del cohete New Shepard, el tercero en 2025 y el segundo tripulado, de la empresa aeroespacial Blue Origin, fundada por Jeff Bezos, dueño también de Amazon. La cápsula transportaba a la cantante Katy Perry, las periodistas Gayle King y Lauren Sánchez, la empresaria Amanda Nguyen, la ingeniera Aisha Bowe y la productora de cine Kerianne Flynn. Es decir, era la primera vez que un vuelo espacial estaba compuesto por una tripulación totalmente femenina, con excepción de la primera astronauta de la historia, Valentina Tereshkova, que tripuló la Vostok 6, en 1963, dando 48 vueltas a la Tierra durante tres días. En contraste con la pionera rusa, la distinguida y competente tripulación de la New Shepard protagonizó, más que un vuelo espacial, un salto de 10 minutos y 21 segundos de duración hasta los 100 kilómetros de altura para disfrutar de unos pocos minutos de la falta de gravedad, antes de descender enseguida de manera controlada cerca del lugar de lanzamiento. Algo que solo se lo pueden permitir quienes puedan costearse una aventura tan corta pero fascinante, aunque completamente inútil para el progreso de la ciencia  y de nula repercusión para la humanidad.

Eso sí, la “misión” cumplió el objetivo de las “astronautas” de elevar el glamour al espacio. Con tal fin, la tripulación iba perfectamente maquillada y no escamoteó fotos por Instagram de sus entallados monos de color azul, a juego con la marca Blue Origin, ceñidos a la cintura, y que incluían la opción de una pierna ligeramente acampanada gracias a una fina cremallera. Una preciosidad de trajes “espaciales” que fueron confeccionados por la marca de moda Monse escaneando en 3D el cuerpo de cada pasajera para conseguir un ajuste perfecto. Todo muy cuqui y osá. Tanto que la cantante Perry aseguró, en una entrevista para la revista Elle, que “el espacio sería por fin glamuroso”. Un pequeño paso para la mujer, pero un gran salto para la humanidad, le faltó decir.

Lo verdaderamente relevante del hecho es comprobar que cualquier avance del ser humano, en cuanto a ideas o técnicas, es susceptible de ser utilizado como mercancía capaz de proporcionar pingües beneficios económicos. Y la aventura espacial no iba a ser una excepción. Ya existen en el mercado varias empresas, como la de Elon Musk (SpaceX), Jeff Bezos (Blue Origin) y Richard Branson (Virgin Galactic), dispuestas a aprovechar la banalización espacial para ofertar vuelos privados a turistas multimillonarios aburridos de su mortal y terrenal existencia.

Así, mientras nos entretenemos con la boca abierta con la diversión de altos vuelos de estos afortunados, aquí abajo, a ras de tierra, seguimos esquilmando los recursos naturales, apropiándonos de sus bienes y destruyendo el planeta para disfrute de unos pocos privilegiados sin escrúpulos. Un desastre para quienes miramos el espacio con otros ojos, con los que sirven para explorar lo desconocido y conocer qué somos, cómo nos originamos y qué lugar ocupamos en el cosmos.

jueves, 11 de julio de 2024

Nuevo vector espacial europeo

Europa ya cuenta, desde el 9 de julio, de un nuevo y más potente cohete de carga pesada con el que acceder al espacio sin depender de lanzadores de otras potencias. El flamante Ariane 6, que sustituye al Ariane 5 retirado en 2023, es un cohete de más de 60 metros de altura capaz de poner en órbita cargas de hasta 21 toneladas, según la configuración de sus propulsores (dos o cuatro).

El vuelo inaugural, un test para probar su funcionamiento, concluyó de manera exitosa, tras despegar desde el Puerto Espacial Europeo de Korú en la Guayana francesa, demostrando que estaba listo para empezar a cumplir con las misiones que ya tiene programadas: otro vuelo a final de año, cuatro más en 2025, ocho en 2026 y, a partir de 2027, mantener una cadencia de 9 lanzamientos al año. Ninguna de ellas irá de vacío, pues están contratados ya sus primeros 30 encargos, 18 de los cuales fueron reservados por la compañía de Jeff Bezos, Amazon, para lanzar su propia constelación de satélites de comunicación, denominada  Kuiper.

El Ariane 6 es un lanzador desarrollado por la Agencia Espacial Europea (ESA) con la colaboración de un conglomerado industrial de 13 países europeos, liderados por el contratista principal del lanzador, ArianeGroup. Francia, que se encarga de la rampa de lanzamiento, contribuye con el 55 % del proyecto, Alemania el 22 %, Italia con cerca del 8 % y España, cerca de un 5 por ciento. Los servicios que prestará en Ariane 6 se comercializan a través de la empresa Arianespace.

Para el director general de ESA, Josef Aschbacher, este cohete “hará historia”, pues gracias a él “nos preparamos para dejar huella en la historia de Europa, para el futuro de Europa, para generaciones de europeos”. Un entusiasmo que comparte el comisario europeo de Industria y Espacio, Thierry Breton, quien señaló que el nuevo vector espacial supone un “gran éxito para el espacio europeo” y “un hito crucial para nuestra independencia en el espacio”.

Y no es para menos, pues, tras la retirada del Ariane 5 en 2023, tras 117 vuelos, Europa no contaba con lanzadores propios. Además, ante la imposibilidad de utilizar los cohetes rusos Soyuz debido a la guerra de Ucrania, solo quedaba el recuso de contratar los servicios de la estadounidense Space X, de Elon Musk.  Una dependencia que ahora queda solventada con el Ariane 6, un lanzador aun más potente que el anterior y que garantiza un acceso seguro y autónomo al espacio. No es un empeño baladí, ya que en la actualidad la vida cotidiana depende cada vez más del espacio para conectar a las personas a través de dispositivos vinculados a satélites en órbita no solo en el campo de las comunicaciones, la banca, el comercio o la ciencia, sino también en el de la vigilancia medioambiental, la meteorología y, naturalmente, la seguridad y la defensa.

Quedarse atrás en el acceso al espacio sería perder el tren del progreso y la relevancia, cosa que Europa como potencia mundial no se puede permitir.  De ahí la importancia estratégica que representa este nuevo cohete, ya que coloca a Europa al mismo nivel de las potencias espaciales que disponen de lanzadores similares propios, como EE.UU con sus Falcon Heavy, Rusia con los Angará A5, China y sus Larga Marcha o Japón con el H3.

Aparte de probar el lanzador, la primera misión del Ariane 6 sirvió para transportar y poner en órbita ocho minisatélites, dos de los cuales eran españoles: el dispensador de satélites RAMI, de la empresa gallega UARX Space, y un cubesat de la Universidad Politécnica de Cataluña. También debía desarrollar varios experimentos y desplegar dos cápsulas experimentales de reentrada en la atmósfera. Sin embargo, esto último fue lo que falló durante el vuelo de prueba de este complejo lanzador espacial.

Después de colocar en órbita la carga de satélites que transportaba, el Ariane 6 realizó una práctica de encendido y apagado del motor Vinci de su segunda etapa, diseñado para elevar su órbita o dirigirlo hacia la Tierra. Pero durante el segundo encendido se detectó una anomalía en la Unidad Auxiliar de Propulsión que hizo que el sistema, siguiendo la programación establecida, cancelara dicho encendido, cuya finalidad era dirigir el cohete hacia la atmósfera de la Tierra para que se desintegrase y no contribuir a aumentar la basura espacial. Tampoco se pudieron desplegar las dos cápsulas de reentrada experimentales  que debían caer cerca del punto Nemo del Océano Pacífico, el lugar más alejado de cualquier costa.

Desde el principio, el Ariane 6 se concibió, a comienzos de la década de 2010, para reemplazar al Ariane 5, pero hubo de aguardar hasta 2019 para poder planear su primer vuelo orbital, previsto para 2020. La pandemia y la guerra de Ucrania retrasaron esos planes hasta el último trimestre de 2023. Finalmente, no fue hasta julio de este año cuando el Ariane 6 levantaría raudo vuelo rumbo al espacio.        

Y es que se trata de un lanzador complejo que consta de tres secciones: propulsores (dos o cuatro), primera etapa y segunda etapa. Los propulsores, que brindan el empuje principal durante el despegue, están situados en los laterales de la primera etapa. A su vez, la primera etapa está impulsada por un motor Vulcain de combustible líquido, en versión mejorada del que tenía el Ariane 5. Y la segunda etapa está propulsada por un motor Vinci de reignición, alimentado también por oxígeno e hidrógeno líquidos, que ayuda a maniobrar al cohete para poner en distintas órbitas varios satélites en una sola misión.

A pesar de esos fallos menores producidos en la última parte de su vuelo, el Ariane 6 cumplió con las expectativas depositadas en un vector estratégico del proyecto espacial europeo. Ahora resta que escriba esa historia que, según sus promotores, dejará huella en las generaciones venideras de este continente. Ojalá sea así.  

martes, 31 de octubre de 2023

Miura

El titular de esta entrada no se refiere a una ganadería de indómitos toros bravos de lidia ni a un licor anisado, con o sin guindas silvestres, fabricado en un entrañable pueblo serrano de Sevilla, sino a un cohete espacial. Pero es tan español como todos los ejemplos citados con los que comparte nombre tan icónico. Y a mucha honra, porque, al parecer, ambiciona la misma solera de prestigio, excelencia y rentabilidad.

Se trata  del cohete Miura 1, que fue lanzado el pasado 7 de octubre desde las instalaciones del INTA en El Arenosillo (Huelva), convirtiéndose, así, en el primer lanzamiento que se realiza en España de un cohete suborbital privado y el primero que utiliza combustible líquido. Toda una proeza para una industria que es incipiente, aunque prometedora. La empresa que lo construyó y ha conseguirlo lanzarlo es la española PLD Space, nacida de la iniciativa de dos jóvenes ingenieros, Raúl Torres y Raúl Verdú, dispuestos a posicionar España entre los países que cuentan con un lanzador con sistema de propulsión propio. Y el primer paso para ello ha sido este Miura 1 que ha despegado desde la costa onubense en su primer vuelo de prueba. Tal hazaña no ha sido fácil ni barata, pues ha necesitado doce años, desde 2011, y 65 millones de euros para llegar a ser realidad. En la actualidad, no obstante, la empresa cuenta con 150 empleados y un futuro brillante.

Miura 1 es un cohete suborbital de poco más doce metros de longitud y unos 2600 kilogramos de peso, capaz de transportar 100 kg de carga útil hasta una altitud de unos 100 kilómetros, aproximadamente. Parecen -y lo son- cifras modestas, pero que permiten a nuestro país adelantarse a otras iniciativas europeas que actualmente desarrollan microlanzadores espaciales. De hecho, este lanzamiento ha posicionado a PLD Space como la primera compañía en efectuar un lanzamiento, desde territorio continental, de un cohete de combustible líquido.

Y lo ha conseguido al tercer intento, todo un éxito, puesto que los anteriores intentos fallidos no fueron achacables a problemas del prototipo, sino a circunstancias adversas. El primero de ellos, el 31 de mayo pasado, se suspendió por culpa de las rachas de viento en la zona; y el segundo, el 17 de junio, se abortó de manera automática a pocos segundos antes del despegue por detectarse una medida imprecisa en un sensor de inclinación del mástil de la plataforma.

Pero al tercer intento, retransmitido en directo, el cohete se elevó desde el suelo hasta una altura cercana a 50 kilómetros, no consiguiendo llegar al apogeo de 80 kilómetros, como se pretendía. Realizó un vuelo de 306 segundos de duración, de los que 103 fueron con el motor encendido, describiendo una trayectoria balística más “plana” de lo esperado, de manera que a partir de los 32 segundos el vehículo ya estaba sobrevolando el Atlántico. Con todo, según PLD Space, se cumplieron todos los objetivos primarios de este lanzamiento del Miura 1, demostrando que, con mejoras y medios adecuados, alcanzar la órbita no supondrá mayores quebraderos de cabeza.

Y es que el siguiente paso será el Miura 5, sobre el que ya trabajan, que se prevé despegue hasta ponerse en órbita desde la Guayana Francesa, en 2025. Los datos obtenidos con el Miura 1 están siendo utilizados para diseñar y construir el Miura 5, un lanzador orbital con el que se podrá colocar una carga de una tonelada de peso en una órbita baja ecuatorial u otra de 500 kg en órbita polar.

Todos estos esfuerzos convierten a España en el décimo país del mundo con acceso directo al espacio, objetivo que, según la empresa PLD Space, está al alcance de la mano. La compañía estima que el Miura 5 presenta oportunidades comerciales por más de 320 millones de euros, lo que garantiza una clientela para las primeras diez o doce misiones del lanzador español.

No deja de ser curioso que esta faceta de la marca Miura, ahora como cohete, parezca destinada a conseguir idéntica relevancia que las precedentes de la ganadería y la alimentación. Un prestigio del que debemos sentirnos orgullosos. Enhorabuena, pues, a la innovación astronáutica española.

viernes, 6 de octubre de 2023

Polvo de Bennu

En marzo pasado, con ocasión del regreso de la sonda japonesa Hayabusa 2 portando muestras de un asteroide, no pude evitar acordarme de la frase de Carl Sagan, que rezaba: “somos polvo de estrellas”. Pues bien, ahora que la NASA ha conseguido una hazaña similar, traer muestras de otro asteroide llamado Bennu, vuelvo de describir el resultado de esta proeza como “polvo de Bennu”, parafraseando la bellísima cita de Sagan.

Porque, en efecto, después de un periplo de siete años por el cosmos, la sonda Osiris-Rex (Origins, Spectral Interpretation, Resource Indentification, Security Regolith Explorer) ha conseguido regresar a la Tierra, trayendo un cargamento de 250 gramos de muestras del asteroide Bennu, un cuerpo lleno de escombros de unos 500 metros de diámetro que orbita entre Marte y la Tierra, aunque en un plano orbital distinto. Es la tercera vez, tras las sondas japonesas Hayabusa (2010) y Hayabusa 2 (2020), que el ingenio humano ha sido capaz de enviar un artefacto a recoger piedrecitas de un cuerpo sideral y traerlas a nuestro planeta para su investigación y estudio. Porque esa y no otra es la finalidad de estas misiones científicas de extraordinaria precisión tecnológica: determinar la edad y los componentes del regolito procedente de un cuerpo espacial distinto de la Tierra y comprobar si la formación de nuestro mundo guarda relación con los demás objetos de la galaxia de la que formamos parte. Es decir, averiguar si, como afirma poéticamente Sagan, "somos polvo de estrellas". 

La hazaña para lograrlo ha sido increíble. Hay que recordar que la nave Osiris-Rex partió de la Tierra en septiembre de 2016 y hasta diciembre de 2018 no alcanzó las cercanías del asteroide Bennu, su destino. Todavía tardaría aun un tiempo en maniobrar para colocarse en órbita alrededor del mismo e inspeccionarlo con detalle, hasta que, finalmente, en octubre de 2020, pudo posarse brevemente sobre él, en una zona denominada Nightingale, y obtener mediante un brazo extensible un “pequeño” volumen de regolito del asteroide -la mayor muestra espacial recogida desde las misiones Apolo-, que guardó en una cápsula de muestras. La operación duraría apenas unos segundos por la poca consistencia hallada en la superficie del asteroide, que motivó que la sonda se hundiera en el regolito más de lo esperado. Inmediatamente, por tanto, ésta activó sus propulsores para alejarse del asteroide y emprender vuelo de regreso a la Tierra, donde dejó caer la cápsula, que aterrizó el 24 de septiembre pasado, en las cercanías del Gran Lago Salado, en Utah (EE UU). La última vez que la NASA había obtenido muestras “extraterrestres” para analizarlas en la Tierra fue en 1972, cuando la misión del Apolo 17 transportó la última tanda de muestras de rocas lunares.

Las obtenidas en Bennu se trasladaron, una vez comprobado que no se habían expuesto a contaminación con material de la Tierra, al Johnson Space Center de la NASA, en Houston, un laboratorio que se construyó específicamente para almacenar y preservar las muestras en perfectas condiciones. Este centro será el encargado de supervisar la distribución de porciones de muestras que soliciten científicos de todo el mundo, y de conservar una gran parte de las mismas para el futuro, cuando la ciencia y la tecnología permitan estudios y líneas de investigación que hoy no están a nuestro alcance.

Y es que estas muestras de asteroides pueden arrojar luz sobre el Sistema Solar, aportando datos acerca de lo que ocurrió en períodos tempranos del Universo y cómo llegaron ciertos componentes imprescindibles para la vida en la Tierra. Tal es la hipótesis de Yasmina Martos, científica del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, cuando afirma que "cada asteroide contiene una parte de la historia de la formación del Sistema Solar". Y en el caso de Bennu, "nos va a contar un poco de esa historia" que hasta ahora no se sabe. Máxime, tratándose de un asteroide rico en carbono y otros componentes fundamentales para la vida. Algo que, para la geofísica Sara Russell, del Museo de Historia Natural de Londres (Reino Unido), es un asunto del mayor interés, ya que esas muestras podrían contener pistas moleculares sobre la historia del Sistema Solar y el origen de la vida en la Tierra.

Pero la misión no acaba aquí. Después de que la sonda Osiris Rex dejase caer la cápsula de muestras a la superficie de la Tierra, ha continuado viaje hacia otro asteroide completamente diferente, llamado Apophis, muy denso y rico en metales, con objeto de estudiarlo con sus sensores, pero sin poder extraer muestras de él, como hizo en Bennu. Por tal motivo, la misión cambiará de nombre y adoptará el de Osiris-Apex (Osiris-Apophis Explorer). Este nuevo destino de la sonda es un asteroide de unos 370 metros de diámetro, que se acercará a 32.000 kilómetros de la Tierra en 2029. El objetivo de la misión es acercarse al asteroide para estudiar los cambios que se producen en él cuando pase cerca de la Tierra.

Al contrario de Bennu -un asteroide "carbonáceo"-, Apophis es de los primeros en poder estudiarse entre los del tipo "pedregoso", de estructura masiva y dura resistencia. Aunque, cuando se descubrió en 2004, generó cierta preocupación de que pudiera chocar contra la Tierra, nuevos cálculos descartaron tal posibilidad en un inmediato futuro. Sin embargo, representa un tipo de asteroides potencialmente peligrosos, por lo que el conocimiento de sus propiedades podrá contribuir a orientar estrategias de mitigación y defensa planetaria. De ahí que la sonda Osiris-Apex, durante los más de 15 meses que estará orbitando alrededor del asteroide, aparte de su finalidad científica, se oriente a monitorizar a Apophis durante y después de su aproximación a la Tierra, al objeto de detectar cambios en su superficie y en su órbita que podrían influir en la probabilidad de chocar contra nuestro planeta y convertirnos, fatalmente, en "polvo de estrellas". Lo que no es ningún objetivo baladí para una sonda espacial.

martes, 29 de agosto de 2023

Chatarrería lunar

India acaba de conseguir, en este mes de agosto, un indiscutible éxito astronáutico al lograr que una sonda automática se pose suavemente cerca del polo sur de la Luna.  Pero ni es el único país que fija como objetivo la exploración de nuestro satélite ni su nave tampoco ha sido la primera que pasa a formar parte de los restos de artefactos terrestres que se acumulan sobre la superficie lunar. De hecho, son tantos los residuos dejados en la Luna y muchos los países que persiguen poner sus ojos y su bandera sobre un trozo del satélite que, de continuar la competición entre agencias espaciales de diversas naciones del mundo, la Luna acabará convirtiéndose en una auténtica chatarrería. Lo que sigue es un recuento no exhaustivo de lo que hemos ido dejando en la Luna como chatarra.

Y es que la Luna siempre ha atraído el interés de las potencias capaces de explorar el espacio, una carrera que iniciaron la antigua Unión Soviética y EE UU, en la década de los cincuenta del siglo pasado. Fruto de esa competición, sería la Unión Soviética la primera en enviar una nave a la Luna, en 1959, que acabó estrellándose contra la superficie del satélite. Se trataba de la sonda Luna-2, la que inició el programa soviético de exploración lunar. Es curioso que el último cacharro que, también en este mes de agosto,  se ha estrellado contra la superficie de la Luna sea, casualmente, Luna-25, la última sonda con la que Rusia retomaba su programa de exploración lunar. Entre ambas misiones, han sido más los vehículos que se estrellaron contra el satélite que los que alunizaron. En total, cinco misiones del programa Luna de la agencia espacial soviética consiguieron alunizar con éxito (9, 13, 17, 21 y 23) y otras seis acabaron impactando sin control contra el suelo de la Luna (2, 5, 7, 8. 15 y 25). Y los restos de todas ellas han quedado esparcidos sobre la superficie polvorienta de nuestro satélite, como huellas de la obsesión humana por descubrir y colonizar lo que todavía permanece lejos del  alcance de su mano. Lo malo es que Rusia no es el único país que mantiene esa ambición de explorar y conquistar la Luna, sin importar el precio de dejarla llena de desechos metálicos.

Antes del programa Apolo, con el que EE UU consiguió que el ser humano hollara la Luna por primera vez en la historia, en julio de 1969, otros proyectos habían sido emprendidos por la NASA, la agencia espacial norteamericana, hasta culminar en aquella hazaña que significó un “pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”.

Los comienzos  de la aventura lunar de la NASA se materializan con el programa Pioneer, cuyas primeras sondas bien fallaron en el despegue o bien se perdieron en el espacio. Le sucedería el programa Ranger, del que todas las naves se estrellaron contra la Luna, a lo largo de 1964 y 65. El mayor triunfo de ese programa lo consiguió la Ranger-4, que se estrelló en la cara oculta del satélite, siendo la primera nave de EE UU en impactar contra la Luna, en 1962. Allí reposan los restos de todas ellas.

Más suerte hubo con el programa  Surveyor, de cuyas siete sondas, lanzadas entre 1966 y 1968, dos cayeron violentamente contra la superficie lunar y cinco lograron alunizar como estaba previsto. Pero después de su vida útil, los restos de esas sondas automáticas, cubiertos de polvo, configuran el mapa de vertederos de naves espaciales que el hombre está dejando en la Luna. ¿Llevan la suma?

A los anteriores habría que añadir los alunizajes del proyecto Apolo, desde que Neil Armstrong desembarcara en la Luna gracias a la misión del Apolo 11, en 1969. Le seguirían otras cinco misiones (12, 14, 15, 16 y 17) que, tras alunizar, contribuyeron a incrementar el volumen de chatarra en nuestra luminosa y plateada Luna, pues, aparte de los módulos de descenso, allí dejaron abandonados desde banderas hasta vehículos todoterreno para desplazarse y otros utensilios e instrumentos de apoyo a cada misión.

Lo triste es que la situación de la Luna, como vertedero de nuestra obsesión espacial, no ha ido a mejor, sino a peor. Porque ya no son solo EE UU y Rusia los países que dominan la tecnología astronáutica y aumentan con sus misiones de chatarra la Luna. Ahora, además, hay otros actores decididos a incrementar aquel vertedero lunar.

Japón ha sido el tercer país en participar de la exploración del satélite natural de la Tierra, enviando varias sondas a su encuentro. La nave Selene fue programada para impactar contra la Luna en el 2009, como le sucediera, sin estar programada para ello, a la Hakuto-R en 2022. Por su parte, la Agencia Espacial Europea también hizo estrellar sobre la superficie selenita la nave Smart-1, en 2006. Y la India, la misma que acaba de lograr el último alunizaje con éxito en la Luna, ya había enviado varias naves con anterioridad al satélite, como la Chandrayaan-1, que transportó una sonda lunar que impactó contra el suelo lunar, y la Chandrayaan-2, que se estrelló con su módulo de alunizaje y el rover que transportaba, en 2009.

Incluso Israel, con la nave no tripulada bautizada como Beresheet-1, que se estrelló en 2019, también ha querido contribuir a enriquecer de chatarra la Luna. Pero quien más ha ayudado a ello, siguiendo los pasos de los pioneros de la cerrera espacial, ha sido China.

China, tercera potencia en la actualidad en la disputa por el espacio, ya en 2009 había sido capaz de lanzar un orbitador robotizado, denominado Chang´e-1, que, por desgracia, acabó chocando contra el satélite. El mismo destino correría la C-2. Sin embargo, la C-3 lograría alunizar sin problemas, en 2013. Y la C-4 hizo lo propio en la cara oculta de la Luna, en 2019, donde alunizó y depositó un rover para recoger datos sobre la superficie lunar. Allí siguen.

No sé si habrán contabilizado el número de misiones que tienen por objetivo la Luna. Son más de 50, y la mayoría de ellas ha dejado su cuota de residuos sobre un satélite que sólo acumulaba polvo, regolitos y cráteres. Ahora también chatarra. Pero el futuro no es más prometedor. Nuevas misiones están en marcha este mismo año o se planifican para volver a llenar de escombros metálicos nuestro romántico disco luminoso del cielo nocturno.

La NASA continúa con su Proyecto Artemis, cuyo objetivo es volver a llevar un ser humano a la Luna, con todo lo que eso representa de desperdicios sobre el satélite. Aparte de ello, también tiene en marcha diversas misiones, como la Nova-C IM-1, para explorar la explotación de recursos de la Luna, y la Peregrine Mission, para alunizar y estudiar el hidrógeno del regolito lunar. Ambas colaborarán en el envío de material a la Luna bajo el programa Artemis. Japón, por su parte, más cautelosa y con mala suerte, no abandona sus proyectos de enviar sondas a la Luna, como su proyecto SLIM, un módulo de alunizaje. Ni tampoco China, con su programa Chang´e. Ni Rusia, precisamente por resarcirse del fracaso de la misión de Luna-25. Ni, por supuesto, las agencias espaciales de India y de la Unión Europea.

Como vemos, pues, el porvenir ineludible de la Luna es convertirse en una auténtica chatarrería cósmica, con lo que dejaría de ser una fuente de inspiración para poetas y gatos. Los selenitas, si existieran, andarían contentos con sus vecinos terrícolas, que todo lo ensucian cuando no lo destruyen.

jueves, 23 de marzo de 2023

`Somos polvo de estrellas´

Esta hermosa frase de Carl Sagan, astrónomo y divulgador científico estadounidense,  me vino a la mente cuando leí que habían hallado moléculas de uracilo –uno de los “ladrillos” o cuatro bases nitrogenadas (adenina, guanina, citosina y uracilo) que componen el ARN, el ácido ribonucleico presente en todas las células de los seres vivos y que “copia” el ADN, entre otras funciones, cuando la célula se divide para multiplicarse- en las muestras extraídas de un asteroide por la sonda espacial japonesa Hayabusa 2.

Se trata de un hallazgo sorprendente pero no inesperado, además de un éxito absoluto del ingenio astronáutico de Japón, miembro “reciente” de la industria espacial, que ha sido capaz de enviar, en 2018, una sonda hacia el asteoide Ryugu, situado a millones de kilómetros, “aterrizar” en él para recoger esas muestras y enviarlas a la Tierra en una cápsula que cayó sobre el desierto de Australia en 2020. Y aunque ya se habían encontrado compuestos similares en algunos meteoritos ricos en carbono, de los que existía la duda de si estarían contaminados por el contacto o exposición al ambiente terrestre, esta es la primera vez  que se tienen muestras directas de un asteroide, selladas antes de viajar a la Tierra, que no dejan lugar a la duda: nuestro planeta fue “fecundado” por otros cuerpos celestes con las sustancias orgánicas complejas que favorecieron la aparición y evolución de la vida hace millones de años.

De ahí que la frase de Sagan retumbe en mi cerebro con renovado fulgor, máxime si se recuerda al completo, “Somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas”, ya que lo que asumimos como una metáfora poética parece convertirse en profecía científica, al preconizar que estamos constituidos por elementos que procedieron de estrellas muertas en el remoto pasado del Universo.

Y es que asteroides como Ryugu, junto a meteoritos o cometas, están formados con el material procedente de la nube molecular que dio origen al Sistema Solar, hace unos 4.500 millones de años. Gracias a ellos, estos elementos orgánicos llegaron a la Tierra y otros planetas a través de impactos meteoríticos en los albores del tiempo. Una sonda similar, la Osiris-Rex, fue lanzada por la NASA en 2016 hacia el asteroide Bennu, otro cuerpo celeste rico en sustancias orgánicas, donde llegó en 2018, para también recoger muestras “in situ”, estando previsto que regrese el próximo septiembre. ¿Confirmará esta sonda los hallazgos de Ryugu y las hipótesis sobre el origen orgánico extraterrestre? Seguramente, sí. Queda poco para saberlo.

Lo que no podrá saberse –todavía-  es si sería condición indispensable para el surgimiento de la vida en la Tierra la aportación de estos elementos orgánicos llegados desde espacio mediante meteoritos, puesto que se desconoce cómo surgió la vida a partir de los elementos “no vivos” que la constituyen. Como fuera, aquellas primeras formas de vida, que aparecieron en el mar, se dotaron del ADN y ARN que les permitiría multiplicarse y evolucionar, gracias a esos “ladrillos” procedentes del espacio. Para secundar esta hipótesis, los científicos japoneses también hallaron más de diez aminoácidos en el suelo del asteroide, como el ácido nicotínico, presente en la vitamina B3, molécula que ayuda a los seres vivos a extraer energía de los nutrientes, crear reservas de grasa y preservar el ADN.

Desde esas primeras células hasta culminar en la vida consciente que reflexiona sobre su origen en las estrellas no hay más que un paso cósmico. Y eso es, justamente, lo que hace extraordinariamente bella a la frase de Carl Sagan y lo que las muestras del asteroide Ryugu parecen confirmar: “Somos polvo de estrellas”.

martes, 20 de abril de 2021

Un dron en Marte

Otro hito de la astronáutica. El pequeño dron que transportaba el “rover” de la NASA Perseverance, que “aterrizó” en Marte en febrero pasado, ya ha realizado su primer vuelo en aquel planeta.  Ha sido un vuelo corto, de poco más de medio minuto elevado a escasos tres metros de altura, para probar su funcionamiento. Con todo, se trata del primer artefacto autopropulsado que ha volado en otro mundo, es decir, el primer vuelo extraterrestre de un artefacto construido por el hombre.

Ingenuity, que así se llama el dron, es una especie de caja con patas, de cerca de dos kilos de peso, dotada de dos pares de aspas contrarrotatorias, a modo de helicóptero, en su parte superior, que giran a más de 2500 revoluciones por minuto para conseguir volar en la débil atmósfera de Marte, un 99% menos densa que la de la Tierra. Lograr que cumpliera su función con éxito es un alarde histórico de la tecnología astronáutica. Ese pequeño vuelo de prueba supone un salto cualitativo en la exploración espacial, pues permite investigar un planeta que disponga de atmósfera, además desde satélites en órbita y vehículos sobre la superficie, con naves voladoras que amplían el horizonte de observación.

El vuelo realizado ayer por el “helicóptero” del Perseverance sirvió para tomar fotografías aéreas del cráter Jezero, donde se halla el “rover”, además de inmortalizar el momento con una imagen de la sombra que proyectaba el propio dron sobre la superficie de Marte.  A partir de ahora, desarrollará una serie de vuelos, previstos en su programación, para explorar los alrededores, pero sin alejarse más de un kilómetro del “rover”, ya que ese es el alcance de su antena. En total, realizará cuatro vuelos en el plazo de un mes, con desplazamientos horizontales y a distinta altitud sobre la zona. Las imágenes que enviará, que ya se aguardan con expectación, serán a buen seguro espectaculares. Y no es para menos, porque lo que resta es enviar naves tripuladas a Marte. No se impacienten.

miércoles, 10 de marzo de 2021

“Atasco” en Marte

El planeta Marte, el cuarto en distancia al Sol y el segundo más pequeño del Sistema Solar, se está convirtiendo en algo parecido a un destino turístico: todo el que puede se dirige hacia allá, ocasionando un “atasco” de vehículos. En el caso del planeta oxidado, los que pueden permitirse el lujo de viajar son aquellos países que disponen de una tecnología astronáutica tan avanzada como para enviar sondas espaciales a escudriñar, tanto desde órbita como sobre la superficie, un lugar tan atractivo, astronómicamente hablando.

Marte, por tanto, está de moda para la curiosidad científica, puesto que, en la actualidad, ya son múltiples las misiones que focalizan en el planeta rojo su actividad exploratoria, a cual más espectacular: desde satélites en órbita, naves que “amartizan”, robots que recorren el terreno y hasta por la recogida de muestras que se prevén traer, más adelante, a la Tierra. Todo un alarde de investigación astronáutica concentrada en nuestro rojizo vecino del Sistema Solar. Y los miembros de tan selectivo club con posibilidades de emprender estas hazañas son, por orden de llegada, EE UU (NASA), Unión Soviética, Europa (ESA, Agencia Espacial Europea), China, India y Emiratos Árabes Unidos, a los que se sumará, en un futuro cercano, Japón. No es extraño, pues, que la circulación sideral en torno a Marte nunca haya sido tan intensa y variopinta como hasta ahora.

Porque, en efecto, son tantas las misiones que, para cualquier profano en la materia, se hace complicado individualizarlas entre el alud de noticias que difunden, sobre cada una de ellas, los medios de comunicación. Sólo alcanzamos a distinguir la que protagoniza el robot Perseverance, de la NASA, que ha sido el último ingenio en “visitar” tan apetitoso destino, convirtiéndose, así, en el quinto vehículo con ruedas -rover- que recorre aquellos pedregales en busca de rastros de la existencia de agua. Su llegada fue realmente espectacular, retransmitiéndose en directo, para mayor emoción, los llamados “7 minutos de terror“ que tarda el vehículo en descender y posarse en el suelo, lo que contribuyó a aumentar el súbito interés de los que siguen estas proezas de la técnica.

Pero es que, pocos días antes, otra sonda, esta vez china, la Tianwen 1, había llegado al planeta y estaba efectuando maniobras para alcanzar una órbita apropiada y más próxima desde la que emprender las investigaciones y las mediciones atmosféricas que tiene programadas acerca de tan codiciado planeta. Por si fuera poco, esta nave china había llegado sólo un día después de la lanzada por Emiratos Árabes Unidos, la primera sonda árabe, denominada Al Amal, construida y enviada en colaboración con universidades de EE UU., con finalidad también exploratoria.

Todos estos vehículos se suman a otros que ya estaban operativos en Marte, ejecutando las misiones para los que fueron diseñados, como la Mars Odyssey (NASA), Mars Reconnaissance Orbiter -MRO- (NASA), Mars Atmosphere and Volatile Evolution -MAVEN-, un orbitador que desde 2014 estudia el clima marciano (NASA), Mars Express (ESA), Exomars TGO (ESA/Rusia) y Mangalyaan (India), sin contar las dos misiones que siguen activas en el planeta rojo: InSight y el “rover” Curiosyty.

Esta saturación de artefactos espaciales no tripulados sobre un mismo destino no tiene más explicación que la capacidad técnica para desarrollarlos y enviarlos, la oportunidad que brinda la “ventana” astronómica que pone a Marte a sólo 58 millones de kilómetros, cosa que se produce cada dos años y cincuenta días, y el deseo de acopiar conocimientos y datos que permitan una probable y futura misión tripulada al planeta más parecido al nuestro del Sistema Solar. En fin, un empeño de la inteligencia que está causando un “atasco” en Marte.