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lunes, 25 de mayo de 2026

Oporto, más que vinos y puentes

Tenía una espinita clavada con Oporto y por fin me la he quitado. He podido satisfacer el deseo de conocer esta ciudad portuguesa, ribereña del Duero en su desembocadura en el Atlántico. Y la impresión no ha podido ser más grata. Me gustó la ciudad, a pesar de sus cuestas, como me entusiasman los lugares que perviven sin renegar de su pasado mientras luchan por construir un futuro de esperanza y prosperidad.

Es lo que refleja Oporto al visitante: su historia medieval, los signos de decadencia tras la pérdida de las colonias portuguesas y la negra dictadura, y el entusiasmo con que encara un presente de modernidad y progreso. De ahí que Oporto ofrezca mucho más que sus famosos vinos dulzones y las bellas postales de sus puentes impresionantes. Ofrece el tesón por seguir siendo lo que fue sin dejar de evolucionar hacia una ciudad más cómoda y mejor para sus habitantes y, por qué no, para los foráneos que se ven atraídos por sus indudables encantos y su barroca belleza.

Porque lo primero que sorprende a quien no la conoce son sus muros, escondidos tras las edificaciones, que la protegieron en su enclave elevado de los embates de la naturaleza, como el tsunami que arrasó Lisboa tras el terremoto de 1755, donde las aguas y los derrumbes causaron entre 60.000 y 100.000 víctimas mortales. Gracias a esos muros y una falla submarina que frenó la propagación de las ondas sísmicas hacia el norte, el terremoto apenas tuvo impacto en Oporto, a pesar de que se sintió con intensidad. Solo se produjeron superficiales daños materiales, que no llegaron a provocar colapsos en las construcciones ni muertes entre la población. El estuario del río Duero amortiguó la fuerza del mar, evitando que la gran ola alcanzara el centro de la ciudad.

Esa situación elevada, con murallas para impedir las invasiones de suevos y alanos, ya había sido prevista desde los antiguos asentamientos de griegos y romanos, que denominaron Cale al lugar donde un rey suevo de Galicia fortificó un castillo que albergaba viviendas en su interior.  En la base de esa colina se situaba el Portus Cale (Puerto de Cale), origen del topónimo Portugal.

Para los romanos, esa aldea era una parada obligada en la ruta entre Braga y Lisboa. Posteriormente sería tomada por los visigodos hasta que los árabes la conquistaron en el año 716. Con la reconquista, la plaza pasó a manos del rey Alfonso I de Asturias. En 1096, el rey Alfonso VI de León casó a su hija Teresa con Enrique de Borgoña, concediéndole el Condado Portulacense, con capital en Oporto, dependiente del reino de Galicia, que pertenecía, a su vez, al reino de León. Dicho condado se extendía desde el río Miño hasta el Duero. Un hijo de este matrimonio sería el primer rey independiente de Portugal, Alfonso Henríques. Entre tanto, en 1123, se fundó oficialmente la ciudad de Oporto.

Con esos datos básicos, es fácil dejarse llevar por sus callejuelas empedradas, plazas y miradores para admirar el legado cultural y monumental de la ciudad. Y se comprende que la Unesco declarara, en 1996, Patrimonio de la Humanidad a todo su centro histórico. Una ciudad que desde antiguo mantuvo una cierta rivalidad con Lisboa, pues en ella se asentaron comerciantes ingleses de vino que la dotaron, con sus bodegas e industrias subsidiarias, de una indudable pujanza fabril. Un refrán dice que “Lisboa se divierte, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja”. Puede que no sea exacto, pero algo de verdad encierra, cuando menos un sentimiento compartido.

Y esa historia se aprecia también en la Estación de Tren de Säo Bento, en cuyo vestíbulo más de 20.000 azulejos bitonos, azules y blancos, representan hazañas históricas, como la conquista de Ceuta. Hasta la decoración del techo sirve para señalar los límites entre los ríos Miño y Duero del antiguo Condado que dieron origen a Portugal.

Muy cerca de la Estación se halla otro de los edificios más antiguos y señeros de Oporto; la Catedral, conocida como la Sé, ubicada en lo alto de una colina. Su construcción se remonta al siglo XII y combina el románico original con modificaciones en gótico y barroco. Es un buen enclave para otear la ciudad y el cauce del río.

Tampoco hay que dejar de ver, en un recorrido por el centro de la ciudad, la afilada Torre de los Clérigos, de 76 metros de altura, desde donde pueden verse unas vistas panorámicas que abarcan toda la ciudad, el río Duero y la vecina localidad de Vila Nova de Gaia, siempre y cuando se esté en disposición de subir los 240 escalones que dan acceso a la cúspide.

Y para despedirnos de la zona alta, merece la pena acercarse a la parte moderna y de expansión de la ciudad para contemplar, en el extremo superior de la Avenida de los Aliados, el Ayuntamiento de Oporto, un edificio con fachada de granito y mármol, de estilo neoclásico e imagen impresionante. Toda la avenida, cuyo bulevar conecta la Plaza de la Libertad con el Ayuntamiento, representa el corazón neurálgico de Oporto, y el amplio paseo peatonal central está diseñado con jardines y fuentes.

Sin embargo, donde bulle la diversión, la gastronomía y las riadas de turistas es en la zona baja, la famosa ribera o barrio de la Ribeira, la parte baja donde Oporto se deja acariciar por el Duero. Es la zona más fotografiada de la ciudad y en la que se hallan innumerables bares y restaurantes, amén de puestos de souvenir y recuerdos. Desde cualquier punto de su largo paseo, que se extiende desde el Puente de Arrábida hasta el Puente Don Luís I (obra de un discípulo de Gustave Eiffel), los visitantes compiten por capturar en sus móviles las maravillosas imágenes de la cara más conocida de Oporto, la de sus puentes. Es también el lugar donde se pueden contratar paseos en barco (los típicos rabelos, que servían antiguamente para transportar barriles de vino desde los viñedos hasta las bodegas) que recorren el Duero, atravesando por debajo de sus seis puentes -cada uno con su historia-, y que te permiten desembarcar en la orilla opuesta, en el municipio de Vila Nova de Gaia, donde se concentran las bodegas del apreciado y peligroso (por su alta graduación alcohólica para lo apetitoso que es) vino Oporto.

Y desde allí, al atardecer, puede uno completar la visita extasiándose con la puesta del Sol sobre Oporto, una ciudad que es mucho más que sus vinos y sus puentes.                

sábado, 11 de octubre de 2025

Paseo por Centroeuropa (y III)

Y Budapest (Hungría)

He de reconocer que de Budapest, en particular, y Hungría, en general, apenas sabía nada, salvo que el país está gobernado por un dirigente de ultraderecha que actúa como “pepito grillo” en la Unión Europea. Creía que visitaría una ciudad gris y triste, influenciada aun por su pasado en la órbita comunista que la alejaba de la modernidad. Esta ignorancia hizo que Budapest me causase el mayor y más agradable impacto de cuantas capitales he recorrido en este Paseo por Centroeuropa. Fue, sin duda, una inesperada pero grata sorpresa, porque descubrí una ciudad hermosa, muy hermosa.

Y es que Budapest es una de las capitales que cruza el Danubio, el mítico río que constituye un elemento histórico y cultural esencial en todas ellas, que la divide en las dos partes que dan nombre a la urbe: Buda (la parte montañosa) y Pest (la parte llana). Ambas partes contribuyen a dotar de identidad y belleza a la capital húngara.

En Buda, sobre lo más estratégico de la colina, se halla el Bastión de los Pescadores, de estilo medieval, un mirador anexionado en 1902 a los antiguos muros del castillo, en el espacio que ocupaba el mercado del pescado, desde el que se puede disfrutar de unas impresionantes vistas del Danubio, del Parlamento que está situado en la orilla opuesta y de la ciudad moderna que se extiende hacia el horizonte por la parte llana, por Pest.

Si escapamos de la impresión y miramos atrás, hacia lo que dejamos a nuestras espaldas, contemplaremos los pináculos y el precioso tejado de colorido mosaico de la Iglesia de Matías, templo neogótico donde se coronaba a los reyes. Y también, por supuesto, lo que era el castillo de Buda, el cual, tras la dominación otomana, fue restaurado por los Habsburgo, en época del imperio austrohúngaro, para convertirlo en un colosal Palacio Real de estilo neobarroco, residencia de los sucesivos reyes húngaros. Más tarde, tras haber sido destruido durante la Segunda Guerra Mundial, finalmente se reconstruyó como palacio neoclásico y actual recinto gubernamental.

Cruzando el río, ya en la parte llana de Pest, podemos admirar la mole del Parlamento, un monumental edificio que ofrece una fachada de 202 metros de largo que mira al Danubio, en cuyas aguas se refleja esplendoroso, sobre todo de noche cuando está iluminado. Se trata de la mayor obra del siglo XIX construida en la ciudad, de estilo neogótico, con una estructura grandilocuente que incluye cúpula, estatuas y otros elementos decorativos arquitectónicos.

Una decena de puentes salvan el río, pero los más importantes son los tres puentes históricos más famosos de Budapest: el Puente de las Cadenas, el Puente Verde y el Puente de Elisabeth. El de las Cadenas constituye uno de los símbolos más importantes de Hungría, ya que fue el primero que unió permanentemente los dos lados de la ciudad y, por tanto, el más antiguo de Budapest  Es un puente colgante con cadenas de hierro y cuatro leones que simbolizan los “guardianes” de la ciudad.

Pero el Puente Verde, reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial, es sin duda el más hermoso y popular de Budapest, dada su arquitectura Art Nouveau, adornada con herrajes de encaje de color verde crema que lo distingue de los demás. Es el más corto y enlaza la zona de los baños Gellert, en el lado de Buda, con el Mercado Central de Pest.

Y, por último, el elegante Puente Elisabeth, bautizado así en memoria de la emperatriz austrohúngara Sisi. Se construyó como conexión ferroviaria entre Alemania y la República Checa, aunque hoy es un puente modernista reconstruido en la década de 1960.

En el Budapest cosmopolita, al final de la avenida Andrassy, nos topamos con la espectacular Plaza de los Héroes, flanqueada por un semicírculo con esculturas de figuras de la historia de Hungría y dominada por una columna de 36 metros de altura, coronada por el arcángel Gabriel. La plaza, Patrimonio de la Humanidad, comenzó a tomar su forma actual en 1896, durante la celebración del milenario de la conquista de Hungría. A la derecha de la plaza se ubica el Museo de Bellas Artes y a la izquierda, el Monumento del Milenio. La plaza es la antesala del Parque de la ciudad, en el que, junto a un lago y frondosas arboledas, podemos visitar el balneario Széchenyy y el sorprendente Castillo de Vajdahunyad, réplica del castillo de Drácula de Transilvania (Rumanía), construido para la Exposición de 1896.  En los terrenos del castillo se encuentra la estatua de Anonymus, que representa a un cronista del siglo XII que cubre el rostro con una capucha, lo que le da un aire tenebroso.

De regreso al centro de la ciudad podemos entrar en la Basílica de San Esteban, el mayor templo de Budapest, en cuyo interior se conserva la reliquia más importante de la cristiandad húngara: la mano momificada del primer rey de Hungría, Esteban I. Ricamente adornada con mármoles, esculturas y relieves de los siglos XIX y XX, la Basílica luce impresionante, siendo, además, junto al Parlamento, el edificio más alto de la ciudad, con una cúpula que se eleva hasta los 96 metros de altura.

Y puestos a admirar construcciones religiosas, no hay que olvidar la Sinagoga de Budapest, la segunda más grande del mundo, con sus dos torres con cúpulas, altas ventanas y un bello altar. El templo es una mezcla del estilo romántico con elementos bizantinos, que recuerda construcciones parecidas en España. En su interior se guardan los rollos de la Torá, custodiados por toda la simbología judía (candelabro de siete brazos, la estrella de David, una doble columna, el león y la corona). El complejo de la Sinagoga también alberga un cementerio conmemorativo del Holocausto, el Templo de los Héroes y el Museo Judío Húngaro.

Finalmente, después de recorrer la popular calle Váci, una de las calles peatonales y comerciales más concurrida de Budapest, hay que acceder al Mercado Central, el mercado cubierto más grande de la ciudad y uno de los mayores de Europa, repleto de tiendecillas y puestos en los que es posible adquirir cualquier producto tradicional húngaro, comprar un recuerdo turístico y tomar alguna delicadeza de la gastronomía húngara. El edificio es de estilo Secesión (el modernismo surgido en Viena) y un lugar donde pulsar el ritmo de la ciudad.

Budapest supuso, por tanto, una afortunada e inesperada sorpresa en este Paseo por Centroeuropa con el que recorremos lo que, para mí, eran los confines de una Europa que está ligada históricamente a España por la dinastía de los Habsburgo y, desde mucho antes, por el emperador Trajano, originario de la Itálica hispánica, quien combatió por estas tierras para consolidar el imperio romano. No hay mejor colofón para este viaje que estas asociaciones que enlazan pueblos, historia y cultura. 

martes, 7 de octubre de 2025

Paseo por Centroeuropa (II)

Viena (Austria)

El paseo por Centroeuropa me conduce, tras dejar atrás Praga, a Viena, capital de Austria, donde descubro una ciudad distinguida y próspera, con aires aristocráticos, que rezuma elegancia y refinamiento por su vasto patrimonio arquitectónico acumulado durante siglos. Y me entero de que Viena es considerada, desde el siglo XVI, la capital musical de Europa, ya que en ella nacieron compositores de la talla de Johann Strauss o Franz Schubert, además de haber acogido durante un tiempo a Mozart. Semejante prestigio lo mantiene con el afán por seguir cultivando su amor a la música, como demuestra el impresionante palacio de la Ópera, de estilo neorrenacentista, uno de los teatros más prestigiosos del mundo, y el no menos popular Musikverein, donde se celebra el tradicional concierto de Año Nuevo, que cada año se retransmite al mundo entero el día 1 de enero para deleite de melómanos. Por ambas causas, Viena es ejemplo vivo de arte y música.

Ubicada a orillas del río Danubio, durante mi visita a Viena me siento objeto, al pasear por los lugares en que vivieron, de la curiosidad de austriacos tan insignes como Sigmund Freud o Gustav klimt. Y empequeñecido ante una ciudad que fue la mayor de Europa durante la dinastía de los Habsburgo y capital del imperio austríaco y, posteriormente, del austro-húngaro. Y eso se nota actualmente en su fisonomía, con edificaciones barrocas y neoclásicas que coexisten en armonía y belleza, dotando a la ciudad de un carácter único.

Prueba de ello es la Catedral de Viena, el edificio gótico más alto de Austria y emblema de la ciudad, con una de sus cuatro torres que se eleva hasta los 136 metros de altura. El interior ha cambiado a los largo de los siglos hasta adoptar su actual estilo barroco. El tejado está construido con ladrillos de colores que le dan un aspecto inconfundible.

Otro ejemplo es el Belvedere, un esplendoroso palacio barroco con amplios jardines, máxima expresión de arquitectura paisajística, construido en lo que eran las puertas de la ciudad como residencia de verano del príncipe Eugenio de Saboya. En la actualidad alberga colecciones artísticas de gran valor en Austria, como las obras más relevantes de Klimt (El beso, Judith). En total, unas 400 obras que abarcan 800 años de historia del arte, desde Cranach al modernismo vienés.

O el palacio de Schönbrunn, antigua residencia de los Habsburgo desde finales del siglo XVII hasta principios del siglo XX, una de las construcciones barrocas más imponentes y mejor conservadas de Europa, dotado de recargadas estancias imperiales y un enorme y fantástico jardín, con fuentes, estatuas y monumentos, que le confieren una gran belleza y personalidad. Incluso dispuso del primer zoo del mundo, inaugurado en sus jardines en 1752. En el Salón de los Espejos del palacio interpretó Mozart piezas musicales cuando era solo un niño prodigio y el Salón Chino Azul fue el lugar en el que, en 1918, el emperador Carlos I firmaría su renuncia, dando lugar al final de la dinastía. Por todos esos motivos, históricos y arquitectónicos, el Palacio forma parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Pero es que, además, Viena fue la ciudad donde nació, al inicio del siglo XX, el Art Nouveau, el movimiento creativo modernista de diseñadores, artistas y arquitectos vieneses que se denominó Secesión, término por el que también se conoce al pabellón de exposiciones, de estilo modernista, construido por Joseph María Olbrich, que sería el primer centro de exposiciones de Europa Central y, hoy, una de las construcciones más conocidas de Viena. En el pórtico del pabellón figura el lema “Der Zeit ihre Kunst – der Kunst ihre Freiheit” (A cada tiempo, su arte – A cada arte, su libertad) Entre los fundadores de aquel movimiento figura el citado Gustav klimt, cuyas obras, refinadas y herméticas, se caracterizan por los motivos geométricos y la sensualidad, en un cuidado equilibrio entre líneas curvas y rectas, y abundancia del dorado, propio del arte bizantino.

Tampoco hay que olvidar, entre los edificios vieneses más destacados, a la Biblioteca Nacional de Austria, la mayor biblioteca barroca de Europa y una de las más hermosas del mundo. Alberga más de 200.000 tomos históricos en sus altas estanterías de madera, incluyendo una de las mayores colecciones con los escritos de la Reforma de Martín Lutero. La impresionante Sala de Gala, con 80 metros de longitud y 30 de altura y coronada por una cúpula en su zona central, deja al visitante con la boca abierta. Una estatua de mármol en el centro del espacio, justo debajo de la cúpula, representa al emperador Carlos IV, el monarca que encargó la construcción de la biblioteca en 1723. Otras 16 estatuas representan a regentes y nobles de las familias austriaca y española de los Habsburgo. También adornan la sala dos globos terráqueos venecianos de más de un metro de diámetro.

Y sin ser fúnebres, es curiosa la visita a la Cripta Imperial, bajo la Iglesia de los Capuchinos, lugar de sepultura de los Habsburgo de Viena, donde descansan 150 de ellos, entre los cuales hay 12 emperadores y 18 emperatrices. Podemos contemplar allí el magnífico sarcófago doble de María Teresa y su esposo, el emperador Francisco I, que contrasta con el sencillo féretro de su hijo, José II. También se hallan el sarcófago de la emperatriz Sisí y del príncipe heredero Rodolfo. El último emperador enterrado en la cripta fue Francisco José I (1916).  No es macabro señalar que, de 1654 a 1878, los corazones de los Habsburgo serían extraídos y enterrados en la Cripta de los Corazones de la Iglesia de San Agustín.

Viena, pues, no deja indiferente a nadie.

viernes, 3 de octubre de 2025

Paseo por Centroeuropa (I)

Salir de las fronteras de tu país siempre te permite no solo conocer a nuestros vecinos, sino apreciar mejor lo tuyo, tu gente y tu tierra, lo que tienes al alcance de la mano y que no valoras ni disfrutas en su justa medida. Asumo que las comparaciones siempre son odiosas, pero para la comprensión de la realidad en la que nos desenvolvemos, en términos históricos, culturales, gastronómicos y hasta políticos, comparar nos ayuda a medir con mayor precisión las bondades y riquezas de la sociedad de la que formamos parte, también sus debilidades y carencias, y percibir que, en cualquier caso, compartimos con el resto de Europa y del mundo unas formas de vida que solo difieren, aparte del idioma, en detalles localistas. Es decir, que en todas partes cuecen habas.

Justamente es lo que acabo de descubrir en mi primera aventura por el corazón del continente, por esos países centroeuropeos que parecían tan lejanos y distintos, y que conocía sólo de oídas por las lecturas. Me llevé una sorpresa, a pesar de prepararme para lo que iba a encontrar. Una sorpresa que superó mis expectativas, pero que no impidió algunas decepciones a causa del turismo de masas que todo lo invade, homogeneizando la vulgaridad y la falta de respeto para con las personas y los monumentos. En fin, lo propio de nuestro tiempo de selfies y macdonalds.

Praga (Chequia)

De Praga, presente en mi imaginario, solo sabía a ciencia cierta lo de su invasión por los tanques soviéticos del Pacto de Varsovia, allá por la primavera del 1968. Un acontecimiento que protagonizó durante meses las portadas de los periódicos debido a las manifestaciones populares en demanda de libertades, como la de expresión y desplazamiento, y que acabó con los tanques rusos sofocando las protestas. Tales hechos anclaron Praga en mi memoria como un pueblo que se rebeló contra la opresión y que inspiró a escritores tan relevantes como Milan Kundera o Václav Havel, algunas de cuyas obras cogen polvo en mi biblioteca. Tenía, por ello, ganas de visitarla.

Capital de la antigua Checoslovaquia, tras la división del país en dos repúblicas -con el consentimiento de aquella Unión Soviética tan imperialista como la Rusia de Putin-, Praga es ahora la atractiva capital de la República Checa que atrae una riada de curiosos que buscan las huellas de novelistas como Kafka, astrónomos como Kepler, músicos como Dvorak o pintores como Klimt. Y no defrauda ya que de todos ellos se pueden rastrear muestras de su impronta en la ciudad.

Y es que recorrer Praga es pasear por “la ciudad de las cien torres”,  bañada por el río Moldava. No te permite dejar de mirar a lo alto, hacia los pináculos de sus edificaciones y monumentos, que la dotan de un rico patrimonio arquitectónico. No en valde el poeta Rilke describió su ciudad como un “poema épico de la arquitectura”. Para comprobarlo solo hay que acudir y extasiarse con la Plaza de la Ciudad Vieja, donde asoman las impresionantes torres de la Iglesia de Týn, el Ayuntamiento con su famosísimo reloj astronómico y el Puente Carlos.

O subir al Castillo, un enclave con varias edificaciones entre las que se encuentra la Basílica de San Jorge con su fachada roja y torres blancas, el antiguo Palacio de los príncipes bohemios, la Catedral de San Vito y el barrio del Castillo con su comercial y pintoresco Callejón de Oro.

Praga no deja de sorprenderte con su abundante arquitectura de estilo gótico y renacentista, y sus palacios de un gran valor artístico. Muestras de uno y otro son la Torre de la Pólvora y el Palacio de Schwarzenberg. Sin olvidar, naturalmente, el archiconocido Puente Carlos, emblema de la ciudad y su obra gótica más famosa. Se trata del segundo puente más antiguo de Chequia y está decorado con 30 estatuas a ambos lados del mismo, en su mayoría barrocas, entre las que destaca la que representa al mártir Juan Nepomuceno, arrojado desde el puente en 1393. El gentío que recorre el puente apenas permite pararse a contemplar tanta belleza pétrea con la tranquilidad necesaria. Aun así, hay que intentarlo, como hizo ese amigo que se pasó horas hasta que consiguió una fotografía con la luz del amanecer que buscaba.

Pero Praga no es solo la ciudad de los folletos turísticos. En sus alrededores existen rincones curiosos que también son convenientes conocer. Pequeñas localidades que encierran encantos particulares de gran atractivo para el impertinente curioso de lo desconocido. Valgan dos ejemplos: Karlovy Vary, una ciudad a un centenar de kilómetros de Praga, un pueblo perdido en medio del bosque y dividido por el río Teplá, famoso por sus manantiales de aguas termales y balnearios, ya que allí brotan más de trece fuentes principales y cientos más pequeñas con aguas a distintas temperaturas. Destaca la arquitectura rococó de sus edificaciones más emblemáticas, como el balneario Sprudel de la época comunista, la Ópera y algunos hoteles, además del impresionante paisaje del enclave.

Otro lugar que merece una visita es Cesky Krumlov, una ciudad medieval a orillas del río Moldava, considerada una Praga en miniatura. Su centro histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad, incluyendo su castillo, el segundo más grande de  la República Checa. Calles empedradas, edificios de arquitectura gótica, barroca y renacentista, unas vistas impresionantes y, para colmo, tres osos pardos –una hembra y dos machos- en el foso del castillo, legado de la época de los Rosemberg, que atraen los focos de las cámaras.

Praga es, pues, un destino sumamente interesante de esa Europa que a los meridionales nos parece lejana y extraña por su pasado de monarquías imperiales y revoluciones que cambiaron en varias ocasiones sus fronteras interiores. De todo ese periplo cultural e histórico quedan huellas ineluctables en ciudades como Praga, Viena y Budapest, que fueron el destino de mi paseo por Centroeuropa, y de las que haremos reseña en próximos comentarios.

sábado, 24 de agosto de 2024

Regresar a La Favorita

No podía ser de otra manera. Tenía que volver, repetir un año más la experiencia de sumergirme en la tranquilidad y la paz de un enclave singular en plena Sierra Norte de Sevilla. Tenía que regresar a la finca La Favorita, un hotel rural de sólo seis habitaciones, que el verano anterior me causó una impresión tan grata que prometí volver a visitar. Y lo he hecho. Y no sólo se han cumplido las expectativas, sabiendo ya lo que podía esperar de un lugar tan especial, sino que éstas se han visto colmadas con creces por la belleza inconmensurable del paisaje montañoso y el encanto acogedor de unas instalaciones diseñadas al detalle para que el visitante se aísle de cualquier preocupación gracias al rumor del aire entre los árboles, el balar de ovejas, el chapoteo del agua en fuentes y albercas y los zumbidos de libélulas y abejas que rayan el silencio. Volví a sentirme parte de la naturaleza y me entregué por completo a disfrutarla activamente con todos los sentidos.

Los días transcurrían con la placidez reconfortante de no estar sujetos a horarios ni a obligaciones que acaban imponiendo esa prisa agotadora con la que se va a todas partes. Horas lánguidas que venían marcadas por los apetitos del cuerpo y las necesidades del espíritu. Con tiempo reposado para saciar el hambre, bañarse en las piscinas, tomar el sol, dar paseos, enfrascarse en la lectura de algún libro, charlar con tu pareja como no hacías desde que el trabajo, los niños y las deudas se adueñaron de tu tiempo, intercambiar impresiones con los dueños de la finca, quienes, simpatiquísimos, te revelan sus fatigas y proyectos, acercarse al pueblo para descubrir algún que otro bar que no conocías o maravillarte de un cielo nocturno plagado de estrellas que te permite ser testigo del silencioso paso de algún satélite, el parpadeo luminoso de un avión o el rastro breve de una estrella fugaz. Sin periódicos y sin apenas televisión. Solo la naturaleza y tú.

Este regreso a La Favorita, un hotel rural en Constantina, vuelve a confirmar que solo en un ambiente en plena naturaleza, sin el bullicio urbano ni aglomeraciones turísticas, es posible encontrar el remanso de paz y tranquilidad que siempre se anhela y tantos beneficios proporciona. No hace falta insistir en recomendarlo, no solo para disfrutar de unas pequeñas vacaciones veraniegas distintas, sino también para realizar alguna escapada de fin de semana en cualquier época del año. Es lo que me he propuesto para no aguardar hasta el próximo agosto, en que regresaré, sin duda, a La Favorita. Descúbranla.

sábado, 6 de abril de 2024

El norte para un sureño

Visitar cualquier lugar del norte de España, sobre todo los de la cornisa cantábrica, es para alguien del sur apreciar el envés de su geografía cotidiana: verdor por doquier, lluvias periódicas y clima agradable. Y eso, y mucho más, fue lo que supuso mi corta pero intensa visita a Santander, la capital de Cantabria. Tenía ganas de conocerla “de cerca”, sabedor de sus encantos naturales. Y no defrauda.

Santander es acogedora y abarcable, de ese tamaño justo para no andar todo el día en taxis, sino en lentos recorridos a pie para contemplar sin agobios el palpitar de sus calles, sus gentes, sus paisajes, su cultura y su gastronomía.  Pero hay que tener piernas porque la ciudad, adaptándose como un guante a su geografía, se derrama desde las lomas de la cordillera hasta el borde serpenteante de la costa. Y justo allí, frente al mar Cantábrico, se levanta, como un vanguardista faro alado, el Centro Botín, espacio expositivo en el que, por un lado, puedes extasiarte mirando el mar y, por el otro, quedarte embrujado con un cuadro o una obra de algunas de sus muestras, como me sucedió con Juan Gris, Francis Bacon y Sorolla el día que lo visité. Además, si la jornada no es muy ventosa ni lluviosa, puedes subir a un elevado mirador exterior desde el que asombrarte con las tonalidades inquietas del mar frente a un telón de montañas.

En la otra punta de la ciudad pero no excesivamente lejano, sin apartarte de la costa, es posible hallar dos de los arenales playeros con más solera de Santander, la playa de Peligros y la del Sardinero. Y entre ambas, la península de la Magdalena, donde se ubica, en lo más alto, el palacio del mismo nombre, construido a principios del siglo pasado, por suscripción popular, para alojar a la familia real española. Hoy en día sirve como lugar de congresos y encuentros, y sede de la Universidad Internacional de Cantabria. Es el edificio más emblemático de Santander y ejemplo de la arquitectura civil del norte de España.

En pleno centro de la ciudad, antes de perderte por sus calles y catar pinchos en sus numerosos antros de solaz y cervecera plática, es recomendable, si se quiere conocer el origen no solo de los cántabros sino del hombre, visitar el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, uno de los museos más didácticos y atractivos que he conocido nunca, donde de manera escrita, audiovisual, física y táctil te explican cómo se descubren los yacimientos arqueológicos, se datan sus hallazgos y cómo evolucionamos y aprendimos a crear y usar herramientas desde la prehistoria. Es conveniente ver este museo antes de acudir a esa obra maestra del primer arte de la humanidad que es Altamira, uno –si no el primero- de los motivos de visitar Santander.

Evidentemente, la cueva original, por su fragilidad, tiene muy limitada y controlada su visita, existiendo una lista de espera de lustros. Pero ha sido recreada en un museo, la Neocueva de Altamira,  que reconstruye la original tal y como era cuando la habitaron distintos grupos humanos, desde hace 36.000 años hasta hace 13.000, en que un desplome de rocas taponó su entrada. En la neocueva se reproduce al milímetro ese lugar del Paleolítico, descubierto en 1879 por Marcelino Sanz de Santuola y su hija Marta, cuando precisamente ella, por su estatura al ser niña, que seguía de pie a su padre y podía mirar al techo, dijo: “¡Papá! ¡Mira qué bueyes!”

Acababa de descubrir la mejor representación del arte rupestre del mundo y uno de los más importantes de la Prehistoria en la cueva de Altamira, situada en el municipio de Santillana del Mar. Allí, sobre el techo de la cueva, donde apenas llega la luz, el hombre prehistórico había pintado y grabado animales (siempre los mismos: ciervos, bisontes, caballos, toros y cabras) y signos abstractos y figuras  que parecen humanas. Muchos de esas pinturas aprovechan las formas de la roca y las grietas de manera sorprendente para crear animales en distintas actitudes (De pie, enfrentados, bramando, echados sobre el suelo, revolcándose, etc.). A pesar del tiempo, son pinturas de enorme calidad en las que usaron el carbón vegetal (de pino) para el negro y óxido de hierro para los rojos. En ellas aparecen estilos y técnicas artísticas diferentes porque engloban un período de más de 20.000 años. Y plasman la forma de entender el mundo de aquellos seres humanos que habitaron la cueva en el inicio de nuestra historia.

Solo por esto es bastante para decidirse visitar Santander y dejarse seducir con sus encantos naturales, gastronómicos y culturales. Merece la pena.

domingo, 20 de agosto de 2023

Favorita de paz y tranquilidad

Descubrir un rincón que no conocías en un pueblo al que llevas más de 40 años visitando es inexplicable. O solo se puede explicar por la inopia del visitante, que regresa una y otra vez  a lo conocido sin explorar lo que se oculta más allá de sus narices. Es, justamente, lo que me ha sucedido. Constantina en una localidad enclavada en plena Sierra Morena sevillana, de por sí un lugar encantador, sosegado y abarcable con sólo recorrer su calle Mesones hasta llegar al Paseo de la Alameda y volver a bajar. Un recorrido sucinto para hallar dónde tapear, comer, comprar, charlar y ver lo típico de un enclave armonioso, con la torre erguida de una iglesia y un castillo derruido  en lo alto de un cerro.

Pero hay más. Mucho más que permanece velado a quien no se aventura a indagar más allá del escaparate urbano. Y no me refiero a los cercanos Ribera del Huéznar o Cerro del Hierro, ni a la fábrica de anisados La Violetera, como tampoco a dejarse embriagar por su vino Zancúo, sus famosos “faisanes” o cualquier elaboración casera y exquisita de venado o cerdo, que convierten a la localidad un destino gastronómico de enorme interés. Constantina tiene, además, un alma secreta que revela sólo a quienes buscan algo más íntimo y menos material, a los que persiguen el paraíso.

Porque a las afueras del pueblo, a sólo tres kilómetros en dirección hacia la Puebla de los Infantes, se halla un vergel, escondido de la vista tras una cancela señalada con un minúsculo rótulo que es imposible leer desde el coche. Se trata de un alojamiento rural de sólo seis habitaciones-apartamento que inundan al visitante de paz y tranquilidad. Es la Finca la Favorita, ubicada en pleno Parque Natural de la Sierra Norte, donde sólo se escuchan el piar de los pájaros, el zumbido de las abejas, el canto de los gallos y el balido de las ovejas.

Sobre el cielo puro de la sierra sobrevuelan majestuosos águilas o buitres, haciendo círculos hasta elevarse sin apenas mover las alas. A ras de tierra, encinas y alcornoques, olivos y almendros, junto a algún eucalipto altísimo e higueras despistadas, roturan las ondulaciones de las montañas hasta el horizonte.  El sonido del agua, increíble en esta época sedienta, que mana de fuentes en los  jardines y de las bocas y tinajas de unas piscinas transparentes y nada convencionales, consigue calmar la inquietud del espíritu y las prisas que pueda albergar el visitante.

Todo contagia al huésped de calma, paz y relax, haciendo de su estancia un reposo necesario y tonificante para el alma y el cuerpo. Todo contribuye a ello. No sólo el paisaje, sino también la decoración del inmueble, una hacienda restaurada con exquisito gusto para hacerla confortable y acogedora, junto a la amabilidad y hospitalidad que derrochan sus gestores, Ana y Javier, volcados en un proyecto hotelero y agrícola totalmente compatible con el entorno de un Parque Natural que hay que respetar y proteger. Y la mejor manera de protegerlo y conservarlo es haciendo un uso racional y sostenible de sus riquezas.

Para mí ha sido un auténtico placer descubrir este lugar idílico de una Constantina que desconocía. Un remanso inimaginable en medio de la naturaleza para disfrutar del privilegio de una paz plena. Días de silencio ensordecedor y noches pletóricas de estrellas. Nada más recomendable a quienes huyen del bullicio, los ruidos y las prisas en cualquier época del año. Ya estoy deseando volver. Es lo que me pasa siempre con Constantina y ahora, también, con la Finca la Favorita. Una experiencia inolvidable.      

lunes, 8 de noviembre de 2021

Encantamiento con Cuenca

Iba predispuesto a no dejarme sugestionar con el reclamo propagandístico de “Cuenca, ciudad encantada”, siendo consciente de que la publicidad genera expectativas que luego distan mucho de la realidad, no se cumplen. Lo mejor del mundo es, en la mayoría de las ocasiones, lo más normalito y habitual que puede hallarse en cualquier parte, donde se reproducen espacios, edificios, avenidas, jardines y comercios de marcas nacionales o transnacionales todos iguales, como clonados en cualquier urbe que se visite, y en que la única diferencia distinguible estriba en la gastronomía local o el acento de la gente.

Pero con Cuenca me equivoqué, al menos con su parte antigua, el centro histórico que se aferra a la roca que ha sido esculpida durante milenios por los ríos Júcar y Huécar hasta dejarla aislada de la serranía a la que pertenece. Entre las hoces que han cavado esos ríos se yergue el promontorio en el que los árabes fundaron una ciudad fortificada, rodeada de murallas y coronada por un castillo, que pretendía ser inexpugnable. Tales ruinas son los cimientos del casco histórico de Cuenca, al que se accede por empedradas calles empinadas que culminan en una especie de descansillo, un ensanche donde se ubica la Plaza Mayor, presidida por la Catedral, la primera de estilo gótico de Castilla, que mandó construir el rey Alfonso VIII sobre los restos de la mezquita de la fortificación árabe. Desde allí se continúa ascendiendo hasta alcanzar la cima del promontorio, coronado por las ruinas de un castillo medieval del que sólo se conserva parte del lienzo de su entrada, y desde donde la vista se extasía con la panorámica de esa Cuenca que desafía la gravedad con sus balcones voladizos, que sobresalen sobre los riscos de la roca, hasta convertirse en el símbolo más emblemático y turístico de la ciudad.

La verdad es que causa impresión esa singularidad trepadora de Cuenca para conquistar un terreno hostil y peligroso como mejor estrategia defensiva a lo largo de su historia. Hoy, dentro del recinto reducido de su casco histórico, aparte de las piedras y ruinas monumentales, podemos encontrar atractivos reclamos culturales, como son los Museos de Cuenca, el de Arte Abstracto y el de Ciencias de Castilla-La Mancha. Además, tabernas, braserías, restaurantes y otros establecimientos hosteleros salpican los rincones por los que serpentean las vías que suben y bajan la Cuenca más sorprendente que podamos imaginar y de la que no puedes evitar acabar encantado. El encantamiento con Cuenca es, en su caso, un hecho real y no un eslogan publicitario.   

domingo, 18 de julio de 2021

La Herradura

Otro verano más, y también distinto, de vacaciones con pandemia. mascarillas, recelos y restricciones. Pero esta vez fue mejor, a pesar de todo y de su brevedad. Una semana escasa, pero intensa. Cambiamos de aires sin abandonar Andalucía y su litoral, que se extiende por el Atlántico y el Mediterráneo. Y en vez de hundir nuestros pies en arenas finas y blancas de playas infinitas que se pierden a ambos lados del horizonte, optamos por escabullirnos a calas rocosas cubiertas de chinos o cantos rodados, en las que un paisaje de impresionante belleza hacía que las montañas acabaran precipitándose, entre peñascos y acantilados, sobre las olas del mar.

Fue todo un descubrimiento sumamente agradable apurar una semana en La Herradura, un rincón paradisíaco de la costa tropical granadina. Un pueblo arrinconado entre montes de la Cordillera Penibética y el mar Mediterráneo, que aprovecha esas aguas transparentes y el paisaje montañoso para cautivar a cuantos lo visitan con imágenes que nada tienen que envidiar a las de la isla de Capri. Allí sucumbimos a sus encantos, con vistas panorámicas de una costa abrupta pero amable y unas playas, recatadas y coquetas, donde te podías sumergir sin dejar de dejar de ver tus pies jugando con la luz y las piedrecillas en el fondo de un mar cristalino.

La Herradura, como otras localidades costeras de Granada, es una alternativa al turismo de masas que abarrota destinos habituales del veraneo vacacional, en los que las aglomeraciones suponen un peligro en tiempos epidémicos como los que vivimos. La tranquilidad y la belleza del enclave obligará, con toda seguridad, a futuras visitas.

domingo, 6 de junio de 2021

Rota

Rota es uno de esos pueblos de la bahía de Cádiz, junto a Sanlúcar, Chipiona y Puerto de Santa María, al que, desde que tengo uso de razón, los sevillanos han acudido en masa para sofocar el calor en los meses más tórridos del verano. Siempre ha estado ahí, bañado por las azules aguas del Atlántico y el aire perfumado de salitre, pero nunca lo había visitado hasta ahora, gracias al azar de la pandemia, la jubilación, las ganas de recobrar la libertad de perder el tiempo y una oferta hotelera imposible de desaprovechar. Y me he llevado una grata sorpresa, sin duda favorecida por la tranquilidad de fechas todavía no vacacionales y unas ganas por recuperar aquella vieja normalidad en que nos tirábamos a la carretera, con las neveritas de las bebidas y los “tuperguares” de tortillas de patata, filetes empanados y picadillos, en busca de playas y diversión.

Rota es idéntica a otras poblaciones costeras, con sus calles estrechas del centro, chalets de antiguos esplendores y un paseo marítimo que invita a intimar con las olas, pero con una identidad o encanto peculiar. Como la cercana Chipiona, dispone la lanza enhiesta de un faro que, más que proteger a los navegantes, curiosea los movimientos de la flota de guerra que entra y sale de la Base Naval que la marina norteamericana, ya de uso conjunto con España, tiene instalada en el municipio. Esa Base militar es la desdicha y la suerte de Rota, un pueblo que ha disfrutado -y disfruta- de los réditos económicos que le brindan tan potentados huéspedes uniformados, aunque sufra la amputación de buena parte de su territorio. Y eso se nota en los mástiles turísticos de las banderas, donde ondean las enseñas de España, Andalucía y Estados Unidos de América.

Por lo demás, Rota ofrece playas de arenales finos y blancos, rincones con arcos y murallones almenados, un puerto pesquero y náutico que no carece de la banda sonora de las gaviotas, plazas y calles engalanadas con flores y tabernas que trajinan vino y cerveza, siempre acompañados con los frutos del mar, en especial los bautizados con “la roteña”, o de la tierra. Un buen sitio desde siempre que descubro hoy, para hacer bueno aquello de que nunca es tarde si… Eso, Rota.