lunes, 25 de mayo de 2026

Oporto, más que vinos y puentes

Tenía una espinita clavada con Oporto y por fin me la he quitado. He podido satisfacer el deseo de conocer esta ciudad portuguesa, ribereña del Duero en su desembocadura en el Atlántico. Y la impresión no ha podido ser más grata. Me gustó la ciudad, a pesar de sus cuestas, como me entusiasman los lugares que perviven sin renegar de su pasado mientras luchan por construir un futuro de esperanza y prosperidad.

Es lo que refleja Oporto al visitante: su historia medieval, los signos de decadencia tras la pérdida de las colonias portuguesas y la negra dictadura, y el entusiasmo con que encara un presente de modernidad y progreso. De ahí que Oporto ofrezca mucho más que sus famosos vinos dulzones y las bellas postales de sus puentes impresionantes. Ofrece el tesón por seguir siendo lo que fue sin dejar de evolucionar hacia una ciudad más cómoda y mejor para sus habitantes y, por qué no, para los foráneos que se ven atraídos por sus indudables encantos y su barroca belleza.

Porque lo primero que sorprende a quien no la conoce son sus muros, escondidos tras las edificaciones, que la protegieron en su enclave elevado de los embates de la naturaleza, como el tsunami que arrasó Lisboa tras el terremoto de 1755, donde las aguas y los derrumbes causaron entre 60.000 y 100.000 víctimas mortales. Gracias a esos muros y una falla submarina que frenó la propagación de las ondas sísmicas hacia el norte, el terremoto apenas tuvo impacto en Oporto, a pesar de que se sintió con intensidad. Solo se produjeron superficiales daños materiales, que no llegaron a provocar colapsos en las construcciones ni muertes entre la población. El estuario del río Duero amortiguó la fuerza del mar, evitando que la gran ola alcanzara el centro de la ciudad.

Esa situación elevada, con murallas para impedir las invasiones de suevos y alanos, ya había sido prevista desde los antiguos asentamientos de griegos y romanos, que denominaron Cale al lugar donde un rey suevo de Galicia fortificó un castillo que albergaba viviendas en su interior.  En la base de esa colina se situaba el Portus Cale (Puerto de Cale), origen del topónimo Portugal.

Para los romanos, esa aldea era una parada obligada en la ruta entre Braga y Lisboa. Posteriormente sería tomada por los visigodos hasta que los árabes la conquistaron en el año 716. Con la reconquista, la plaza pasó a manos del rey Alfonso I de Asturias. En 1096, el rey Alfonso VI de León casó a su hija Teresa con Enrique de Borgoña, concediéndole el Condado Portulacense, con capital en Oporto, dependiente del reino de Galicia, que pertenecía, a su vez, al reino de León. Dicho condado se extendía desde el río Miño hasta el Duero. Un hijo de este matrimonio sería el primer rey independiente de Portugal, Alfonso Henríques. Entre tanto, en 1123, se fundó oficialmente la ciudad de Oporto.

Con esos datos básicos, es fácil dejarse llevar por sus callejuelas empedradas, plazas y miradores para admirar el legado cultural y monumental de la ciudad. Y se comprende que la Unesco declarara, en 1996, Patrimonio de la Humanidad a todo su centro histórico. Una ciudad que desde antiguo mantuvo una cierta rivalidad con Lisboa, pues en ella se asentaron comerciantes ingleses de vino que la dotaron, con sus bodegas e industrias subsidiarias, de una indudable pujanza fabril. Un refrán dice que “Lisboa se divierte, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja”. Puede que no sea exacto, pero algo de verdad encierra, cuando menos un sentimiento compartido.

Y esa historia se aprecia también en la Estación de Tren de Säo Bento, en cuyo vestíbulo más de 20.000 azulejos bitonos, azules y blancos, representan hazañas históricas, como la conquista de Ceuta. Hasta la decoración del techo sirve para señalar los límites entre los ríos Miño y Duero del antiguo Condado que dieron origen a Portugal.

Muy cerca de la Estación se halla otro de los edificios más antiguos y señeros de Oporto; la Catedral, conocida como la Sé, ubicada en lo alto de una colina. Su construcción se remonta al siglo XII y combina el románico original con modificaciones en gótico y barroco. Es un buen enclave para otear la ciudad y el cauce del río.

Tampoco hay que dejar de ver, en un recorrido por el centro de la ciudad, la afilada Torre de los Clérigos, de 76 metros de altura, desde donde pueden verse unas vistas panorámicas que abarcan toda la ciudad, el río Duero y la vecina localidad de Vila Nova de Gaia, siempre y cuando se esté en disposición de subir los 240 escalones que dan acceso a la cúspide.

Y para despedirnos de la zona alta, merece la pena acercarse a la parte moderna y de expansión de la ciudad para contemplar, en el extremo superior de la Avenida de los Aliados, el Ayuntamiento de Oporto, un edificio con fachada de granito y mármol, de estilo neoclásico e imagen impresionante. Toda la avenida, cuyo bulevar conecta la Plaza de la Libertad con el Ayuntamiento, representa el corazón neurálgico de Oporto, y el amplio paseo peatonal central está diseñado con jardines y fuentes.

Sin embargo, donde bulle la diversión, la gastronomía y las riadas de turistas es en la zona baja, la famosa ribera o barrio de la Ribeira, la parte baja donde Oporto se deja acariciar por el Duero. Es la zona más fotografiada de la ciudad y en la que se hallan innumerables bares y restaurantes, amén de puestos de souvenir y recuerdos. Desde cualquier punto de su largo paseo, que se extiende desde el Puente de Arrábida hasta el Puente Don Luís I (obra de un discípulo de Gustave Eiffel), los visitantes compiten por capturar en sus móviles las maravillosas imágenes de la cara más conocida de Oporto, la de sus puentes. Es también el lugar donde se pueden contratar paseos en barco (los típicos rabelos, que servían antiguamente para transportar barriles de vino desde los viñedos hasta las bodegas) que recorren el Duero, atravesando por debajo de sus seis puentes -cada uno con su historia-, y que te permiten desembarcar en la orilla opuesta, en el municipio de Vila Nova de Gaia, donde se concentran las bodegas del apreciado y peligroso (por su alta graduación alcohólica para lo apetitoso que es) vino Oporto.

Y desde allí, al atardecer, puede uno completar la visita extasiándose con la puesta del Sol sobre Oporto, una ciudad que es mucho más que sus vinos y sus puentes.                

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