La lealtad política, institucional y democrática brilla por
su ausencia cada vez que se recurren a tales métodos espurios de ejercer
oposición. Y en España, desde hace tiempo, esta deslealtad irrespetuosa e
irresponsable viene empleándose para desbancar al Gobierno desde que, en 2018,
el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), liderado por Pedro Sánchez,
presentó una moción de censura al Gobierno conservador del Partido Popular
(PP), presidido por Mariano Rajoy, que fue apoyada por la mayoría del Congreso
de los Diputados, siendo la primera moción que tiene éxito desde la
restauración de la democracia en España.
Aquella moción victoriosa venía motivada porque el PP, a
tenor de las investigaciones del llamado caso Gürtel, mantenía una
estructura de contabilidad “paralela” (caja B) de financiación ilegal, con la
que también retribuía a altos dirigentes de la organización (entre otros,
figuran apuntes a “M.Rajoy” en dicha contabilidad), mediante un sistema genuino
y efectivo de corrupción institucional a través de la manipulación de la
contratación pública central, autonómica y local, según sentencia de la
Audiencia Nacional. Es decir, se debió a la corrupción del PP confirmada por
sentencia judicial. Y se justificó, como señaló Sánchez en el debate, porque
“la corrupción destruye la fe en las instituciones, y más aun en la política,
cuando no hay una reacción firme desde el terreno de la ejemplaridad”.
Se inicia, entonces, una campaña por deslegitimar, con
razones o sin ellas, al nuevo Gobierno por parte del partido que fue desalojado
abruptamente del poder, en 2018, mediante aquella moción que permitió a Sánchez
ser presidente de Gobierno. El socialista se convertía, de este modo, no solo
en el primer presidente que resulta investido gracias a una moción de censura,
sino además en el primero que lo consigue sin ser diputado desde que existe la
democracia de 1977, pues había renunciado al acta de diputado en 2016 para no
compartir la decisión de “abstención técnica” que su partido había adoptado
para facilitar la investidura de Rajoy. También sería el primer presidente
español que domina el idioma inglés. Muchas, quizá demasiadas, novedades para
el “presidencialismo” español.
Hay que recordar que el PP había ganado por mayoría simple
las elecciones de 2016 y Mariano Rajoy, tras cuatro meses de negociaciones, fue
investido con los apoyos de Ciudadanos y otras formaciones de la derecha, más
la abstención del PSOE, en una segunda sesión de investidura. Ese gobierno
conservador duró hasta 2018, cuando le fue retirada la confianza del Congreso
con la cuarta moción de censura registrada en la historia de la democracia y la
segunda de la XII legislatura, una de Podemos y otra del PSOE, ambas contra
Mariano Rajoy.
Y con su final se ponía en marcha una campaña de
desprestigio y desgaste que Rajoy exhibió ausentándose de su escaño para no
reconocer con su presencia la legitimidad del Gobierno de Pedro Sánchez,
legitimidad avalada por los votos del Congreso. Rajoy abandonó su escaño
durante horas, ofreciendo aquella imagen del bolso de la vicepresidenta
ocupando su lugar, mientras se debatía la moción y jamás volvió a sentarse en
él como expresidente. Se limitó asistir dos minutos durante la segunda sesión
del debate de la moción para ser el primero en felicitar al nuevo presidente,
al que se acercó corriendo a estrechar la mano antes de desaparecer del
hemiciclo. Fue un escueto acto de cortesía parlamentaria. Desde ese momento
empezaron en el PP las acusaciones de que “el Gobierno de Sánchez es ilegítimo
y se lo debe a los populistas, los viejos amigos de ETA y los enemigos de
España”.
Se iniciaba, así, la campaña de “acoso y derribo” al
Gobierno socialista, antes incluso de que el expresidente José María Aznar, que
ejerce de oráculo del PP, solicitara aquello de que “el que pueda hacer que
haga”, frase con la que llamaba a un ataque por cualquier medio contra el
Gobierno con las armas que cada cual tenga (mediáticas, judiciales, policiales
y políticas). Y es que, para él y los suyos, el presidente Pedro Sánchez
representa “un peligro para la democracia”. Y no han parado en el empeño por
todos los medios posibles (legales, alegales e ilegales) para tumbar al
Gobierno. La derecha, históricamente, siempre ha tenido muy mal perder porque
tiene un sentido patrimonialista del poder y considera que le pertenece por “la
gracia de Dios”. Piensan que lo normal es que ellos gobiernen, y lo anormal y
peligroso sería que lo haga la izquierda.
Y lo sigue haciendo. “Acabar con el Gobierno con todos los
medios a nuestro alcance hasta echar a Pedro Sánchez” es la consigna textual
para todas sus iniciativas, aunque sin aclarar si han de ser también ilegales,
alegales e inmorales, como las que se están produciendo actualmente a través de
acusaciones falsas, bulos, información tendenciosa y zafias mentiras sobre
Pedro Sánchez, su familia y el Gobierno. No importa: el fin justifica los
medios. Y en esas estamos.
De hecho, ya no es solo el partido derrotado el que ejecuta
en solitario un plan de acoso que le permita recuperar el poder sin esperar al
veredicto de las urnas. Son también todos sus satélites afines los que están
confabulados en acabar con el Gobierno socialista. Fundaciones y
pseudosindicatos de extrema derecha ejercen la “acción popular” en procesos
judiciales contra el Gobierno, su presidente, su familia u otras personalidades
ligadas al mismo.
Es lo que se deduce de quienes han conseguido sentar en el
banquillo al hermano del presidente por presunto tráfico de influencias y
prevaricación, gracias a las acusaciones de Manos Limpias, Hazte Oír, Abogados
Cristianos, Vox, Liberum, Iustitia Europea y PP. Toda una camarilla de
entidades de marcado cariz ultraderechista que se apuntan a cualquier proceso
que pueda deteriorar la confianza en el Gobierno y su credibilidad.
Los mismos que se han juramentado para encausar
judicialmente a Begoña Gómez, la esposa del presidente, mediante recortes de
prensa de escaso rigor, pero que han servido para que un juez emprenda una
instrucción prospectiva sin elementos indiciarios y hasta con un informe en
contra de la policía judicial que no halló pruebas de ilicitud en sus cuentas
bancarias. Y todo por seguir ejerciendo su trabajo en una Universidad
madrileña, como hacía antes de que su marido fuera presidente de Gobierno.
Tan bajo ha llegado ese afán por desprestigiar al mandatario
socialista que se intentó construir un falso escándalo por el negocio de saunas
que su suegro regentaba y que, según sentencia de la Audiencia Nacional en
2024, era una “actividad privada lícita”. Sin embargo, ello no impidió que el
líder del PP preguntara al presidente de Gobierno, en una intervención
parlamentaria de hace poco, “¿de qué prostíbulos ha vivido usted?”. Una muestra
más del todo vale, hasta la infamia.
Es lo que exige la ciudadanía y lo que conviene a un sistema
democrático, a pesar de que la coincidencia de todos ellos contra el Gobierno en
tan breve plazo de tiempo resulte, cuando menos, sospechosa. Son explicaciones
más que necesarias para evitar la desconfianza de unos ciudadanos saturados por
tantos casos de corrupción que resultan ya indistinguibles: Ábalos/Koldo,
Bárcenas, David Sánchez, Gürtel, Begoña Gómez, Leire, Kitchen, Plus Ultra,
Cerdán, Zapatero, Aldama, Dana, Adamuz, Montoro, etc. Explicaciones
imprescindibles para evitar aquello de lo que prevenía Hannah Arendt: que el
individuo más conveniente para un régimen totalitario es el que no distingue la
realidad de la ficción. Aclaraciones, por tanto, ineludibles que ayuden a no confundir
la realidad con la ficción y no caer presa fácil de manipuladores y demagogos.
Porque la desolación y la desafección del electorado es una
carcoma para la democracia. La desconfianza ciudadana en sus dirigentes abona
la abstención y desnaturaliza con la ineficacia el sistema democrático. Sólo
con transparencia e información, veraz y precisa, se puede combatir y contrarrestar
cualquier campaña de acoso y derribo, aunque sea infundada, pero más aun si
presenta motivos plausibles o indiciarios.
Es muy probable que asistamos a un cambio de ciclo político,
pero este ha de producirse en las urnas y con el voto de los ciudadanos, no a
causa de la desinformación, los bulos, las argucias judiciales, la presión
mediática y demás artimañas políticas con las que se intenta ganar lo que no se
consigue en unas elecciones. En definitiva, sin votos, no todo vale, aunque
algunos crean lo contrario y hasta estén confiados en ello. Entre otras cosas,
porque les sirve para que estemos hablando de cuestiones judiciales, sin que
todavía exista ninguna sentencia, en vez de la acción del Gobierno y de las
iniciativas legislativas que ha impulsado en beneficio de la mayoría de la población.
Les sirve porque desvía nuestra atención de lo que en realidad nos interesa:
salario mínimo, educación, sanidad, empleo, vivienda, pensiones, becas,
igualdad, libertades, sostenibilidad, medio ambiente, dependencia, etc. ¡Mira
que hay cosas de las hablar!



No hay comentarios:
Publicar un comentario
Este blog admite y agradece los comentarios de los lectores, pero serán sometidos a moderación para evitar insultos, palabras soeces y falta de respeto. Gracias.