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viernes, 11 de abril de 2025

Un mundo incomprensible

Me siento sobrepasado últimamente, como desnortado por la actualidad. No acierto a comprender los tiempos en que vivimos y soy incapaz de analizar esta realidad acelerada y disruptiva que nos aturde con unos valores y normas que no son los acostumbrados de una época anterior, a la que yo pertenecía, que está extinguiéndose, abocada fatalmente a la descomposición. Aquel mundo, el de ayer que yo conocía, está desapareciendo, dejando paso a otro que es muy distinto, pues, en vez de avanzar, sufre una regresión que destruye lo construido en ámbitos como la  justicia, la igualdad, la tolerancia y los derechos. Ni las fronteras de los países son ya seguras como antaño, cuando la soberanía e independencia de los Estados era  una regla internacional inviolable. Hasta la vida humana, un bien supremo salvaguardado por todas las convenciones y leyes, incluso en períodos de guerra, cuando los ataques a civiles eran perseguidos y castigados como crímenes de guerra o de lesa humanidad, es considerada algo sacrificable y, si acaso, un daño colateral.

Ahora, no. Ahora se invaden países y se bombardea a la población sin que representen ninguna agresión u amenaza que justifique el empleo desmesurado de la fuerza. Y se hace a la vista de todo el mundo, con total descaro y desfachatez, violando cuantas leyes y tratados impedían tales atropellos. Ucrania y Gaza son lugares en los que, ahora mismo, la gente muere por motivos espurios que nada tienen que ver ni con supuestos de seguridad ni por constituir peligro alguno para nadie, tampoco para sus agresores. Simplemente, son víctimas de los afanes expansionistas de los lunáticos que asientan sus posaderas tanto en el Kremlin de Rusia como en el Kiryat de Israel. Desde sus poltronas, esos iluminados sueñan con la Gran Rusia de las repúblicas soviéticas y el Gran Israel del pueblo elegido que solo existió en las leyendas de la Biblia. Y se emplean a ello a cualquier precio.

Ambas guerras, donde el enemigo son hombres, mujeres y niños desarmados, desprotegidos e inocentes, han trastocado un mundo basado en confianzas y certezas, el civilizado y regido  por leyes y normas, para reemplazarlo por otro de salvajismos, odios y venganzas, en el que la ley del más fuerte es lo que impera, como en el pasado de imperios y reinos feudales  Así, Putin ordena lanzar misiles y drones-bombas contra edificios de viviendas, centrales eléctricas o teatros de distintas ciudades de Ucrania con la finalidad de descuartizar el país y quedarse con parte del territorio limítrofe con Rusia. Y Netanyahu arrasa Gaza sin piedad, como si todos los gazatíes fuesen terroristas, con la firme voluntad de expulsar a su población y anexionarse toda la Franja para convertirla, en palabras de Trump, en un resort para judíos adinerados. Y todo ello en pleno siglo XXI y con el silencio de la comunidad internacional, incapaz de frenar tales animaladas. Si así es el mundo al que nos dirigimos, prefiero bajarme.

Entre otras cosas porque, si no fuera bastante, otro energúmeno reaccionario, de aspecto anaranjado, escala a la cúspide de la primera potencia mundial para alborotarlo todo y arrodillarlo a su servicio, sin respetar leyes de comercio, acuerdos internacionales o convenios humanitarios. Ni los Derechos Humanos ni la Globalización económica frenan los pisotones del paquidermo norteamericano en la cacharrería planetaria por materializar la nostalgia de “hacer grande América otra vez”. Está convencido de ser un líder mesiánico que, con experiencia empresarial de constructor de rascacielos y casinos y sus habilidades para mentir y manipular, puede doblegar al resto de países para que se sometan a las conveniencias aislacionistas de EE. UU., ignorando que USA ha sido grande cuando se dedicaba a tejer un tapiz de relaciones multilaterales, basadas en consensos, normas, leyes, cooperación y el respeto, al menos formal, a las democracias de cualquier Estado. Era cuando se consideraba a los EE.UU. el faro del mundo que alumbraba a los países occidentales. Pero con Donald Trump en la Casa Blanca, USA se parece más al precipicio que hay que evitar, pues con sus imposiciones arancelarias, las expulsiones de inmigrantes como si fueran delincuentes, las censuras, represiones y limitaciones a la libertad de expresión en la cultura y la ciencia, sus ambiciones imperialistas sobre países vecinos, su negacionismo climático y sus ataques a la sostenibilidad medioambiental, su rechazo a todo lo que recuerde el pensamiento woke,  las denuncias y encarcelamientos a los que disienten y protestan, el cierre arbitrario de instituciones estatales y el despido masivo de funcionarios, con todo ello lo único que está consiguiendo es hacer América más antipática y pobre que nunca. Hasta los magnates que apoyaron al ínclito mandatario están volviéndose contra él, al descubrir a un irresponsable que actúa por impulsos viscerales, sin ningún plan elaborado racionalmente ni nada que se le parezca.

Incluso sus promesas pacifistas, aquellas con las que humilló al presidente de un país invadido ilegalmente, solo han servido para evidenciar su catadura moral, su altura intelectual y la estulticia de un engreído. Prometió resolver los conflictos en menos de 24 horas con una simple llamada de teléfono, y no lo ha logrado. Ucrania continúa en guerra por la integridad y soberanía de su territorio y su dignidad como pueblo, y la tregua en Palestina ha sido rota por un descontrolado Israel que ataca con renovada furia a una acosada población indefensa, cometiendo atrocidad tras atrocidad. Ninguno de los 56 conflictos activos en el mundo puede resolverse de un plumazo. Menos aun con la chulería de un bocazas. En definitiva, el mundo con Trump es más peligroso e impredecible que nunca, donde los matones abusan de los débiles sin disimulo y total impunidad. Para alguien desubicado como yo, es motivo más que sobrado para apearse de él, antes que salte por los aires.

Y, para colmo, en nuestro país seguimos sin entendernos, practicando aquello tan nuestro de comunicarnos a garrotazos (políticos, judiciales o mediáticos), sin aprender nunca de los errores. Cuanta más experiencia acumulamos de vivir en democracia, peor la practicamos. Somos incapaces de respetar a las minorías y a los distintos (de pensamiento, palabra u obra). Se nos llena la boca de libertad, igualdad y tolerancia, pero nos revienta que alguien discrepe de nuestras creencias, costumbres y opiniones. Hasta disponemos de “torquemadas” leguleyos que condenan al fuego del banquillo las opiniones, viñetas, artículos, canciones, chistes, obras de teatro, ensayos y demás manifestaciones que consideren que ofenden supuestos sentimientos religiosos, cual talibanes cristianos. Son fanáticos que no admiten la aconfesionalidad del Estado y pretenden seguir tutelando la moral de la ciudadanía para que no se aparte del rebaño, como en tiempos del nacionalcatolicismo.      

No sé por qué, pero somos reacios a valorar lo que tenemos porque aspiramos a alcanzar lo que envidiamos o percibimos como mejor o exclusivo, como buenos individualistas egoístas. Es por ello que lo público nos parece vulgar y lo privado, un privilegio elitista. Nos gusta fardar de colegios privados para nuestros hijos o de seguros sanitarios antes que de una educación o una sanidad públicas y accesibles para todos, sin condición.

Y eso, a pesar de que hace relativamente poco fuimos castigados por una pandemia que, si no fuera por lo público, en cuanto a gestión epidemiológica, la vacunación masiva y el tratamiento en hospitales, habríamos salido peor parados. Como esos 7.291 ancianos de Madrid que murieron solos, incomunicados de sus familiares y sin asistencia médica en sus asilos por obra y gracia de una normativa del Gobierno regional que prohibió su traslado a hospitales, aunque estuvieran infectados de la covid o se complicaran sus enfermedades crónicas. Un protocolo vergonzante que solo se aplicó en Madrid, haciéndola liderar el ranking europeo de mortandad por la pandemia, sin que nadie asuma responsabilidades ni pida disculpas.

Es por esto, y muchas otras cosas, que el mundo me parece incomprensible, inhumano e hipócrita, porque cuando aplaudíamos desde los balcones durante el confinamiento a los sanitarios que no dejaron de hacer su trabajo, condenamos a morir sin atención médica a los más vulnerables, a los que aquella orden trataba como un estorbo porque suponían una carga o gasto, a esos ancianos madrileños recluidos en asilos a espera de la muerte.

Y porque entonces asegurábamos salir de la pandemia más unidos que nunca, trabajar colectivamente por un futuro mejor que preste atención a lo que de verdad importa: las personas (nosotros y los otros), y lo primero que hicimos fue volvernos más individualistas, descerebrados negacionistas, necios antidemócratas y deliberadamente insolidarios que se dejan idiotizar por brujos populistas que irradian sus conjuros a través de las redes sociales, mediante un relato nostálgico y profundamente reaccionario sobre una España idealizada que jamás existió. Y lo aceptamos porque es más cómodo echar las culpas a los demás que asumir la responsabilidad de nuestros males.

Ahora, en este mundo “moderno” tan veloz y “light”, somos fácilmente manipulables y tremendamente crédulos, cual niños ingenuos e inocentes, a causa de la desigualdad económica, la desconfianza en las instituciones y una polarización política que contribuye a crear imágenes sesgadas, estereotipadas y hasta falseadas de la realidad, lo que socava la calidad democrática del país. No es de extrañar, por tanto, que no sepamos detectar verdaderas `boutades´, como las del arzobispo de Oviedo, que consideraba, en un artículo destacado en ABC, que la enorme cruz del Valle de los Caídos era un símbolo exento de toda ideología, cuando en realidad es la enseña de un lugar elegido por un dictador para enterrar a sus muertos mártires de la Cruzada, según decreto del mismísimo Franco.

Si tal mendacidad con nuestra historia reciente ni se rebate y sirve, encima, de munición para la confrontación, es que hemos perdido todo juicio crítico. Y que este mundo de mentiras y engaños es lo que realmente merecemos, por volubles y maleables. Pero a mí no me gusta en absoluto porque me hace sentir desplazado. Así que, lo siento, prefiero bajarme en la próxima. 

sábado, 27 de mayo de 2023

No solo en el fútbol

Ahora que han finalizado las elecciones municipales y autonómicas y, con ellas, la insoportable matraca con la que nos han machacado, y cuando sus resultados, increíbles para unos e inesperados para otros, no hacen sino reflejar el despiste de unos ciudadanos que, indefensos ante las maquinaciones del poder, botan con su papeleta, cual pelotitas de un pìnball, para votar en función del impulso que les imprimen los flippers de la desinformación, llega la hora, por fin, de hablar de otras cosas, quizás más serias y preocupantes. Hablemos, cómo no, de racismo.

Se ha puesto de actualidad el asunto, nada trivial, del racismo en el fútbol debido a que, justo a mitad de la campaña electoral, un jugador del Real Madrid, de origen brasileño, fuese insultado en el estadio del Valencia con gritos de “mono” y otras lindezas por el estilo. Sin embargo, no era la primera vez que una cosa así se producía en los campos de juego españoles contra jugadores que pertenecen a otras razas o etnias, aunque vistan las camisetas de equipos tan nacionales como el citado. Pero, esta vez, el “incidente” ha acaparado la atención de los medios de comunicación por la airada reacción del jugador, enfrentándose verbalmente a los agresores, y, dado que se estaba en plena campaña, por la consiguiente “condena” pública, algunas con matices, que los políticos y otros personajes se apresuraron a expresar con la intención de arrimar el ascua a su sardina. Incluso los de Vox, que tanta xenofobia irradian en la mayoría de sus manifestaciones y mensajes, aprovecharon la oportunidad para asegurar que, en comparación, algunos de sus candidatos son objeto de una violencia mucho mayor.  Para ellos, lo condenable es la gradación del delito, no el delito en sí. Algo parecido a lo que opina la presidenta de la Comunidad de Madrid, Díaz Ayuso, incapaz de mantener la boca cerrada, para quien tan grave es el insulto xenófobo como los abucheos al rey en algunos estadios. También, dirigentes de LaLiga y la FIFA y hasta el presidente de Brasil e, incluso, la propia ONU han terciado en lo que, a todas luces, es una muestra intolerable de racismo en la España que se supone moderna y plural.   

Y algo de razón deben tener.  Porque de lo que no hay duda es que el racismo en el fútbol representa, cuanto menos, un síntoma alarmante de un problema enquistado en la sociedad. Un problema que se manifiesta puntualmente, como la erupción de un volcán, cuando las heridas económicas, educacionales, sociales y, en este caso, deportivas se abren, dejando supurar lo que de verdad sentimos o pensamos. En tales situaciones se escapan expresiones que, aunque esporádicas, no dejan de ser escandalosas y paradigmáticas de un mal estructural que deteriora, si no se ataja con severidad, la convivencia y la tolerancia en nuestra sociedad.

Moro, sudaca, panchito, moreno, negrata, japo o chino para cualquier ciudadano asiático, gitano tenía que ser –cuando cometen algún delito-., entre otras, son ejemplos de términos o expresiones peyorativas con las que nos referimos, de manera discriminatoria, a ciertas minorías que cohabitan entre nosotros y que forman parte de la comunidad plural y diversa que todos integramos. En muchos casos, no somos conscientes de ese comportamiento pues solemos manifestarnos de forma racista de manera no intencionada. Es más, ni  siquiera nos reconocemos racistas, entre otras cosas, porque asumimos como normalizado el insulto en determinados contextos y situaciones. Lo que es aún peor por evidenciar una lacra larvada que sublimamos cuanto podemos, pero que denota lo que realmente pensamos y que influye en nuestra conducta y relación con otros grupos sociales.

Es por ello que, cuando las barreras educacionales y de corrección política se ven desbordadas por cualquier motivo, brotan de súbito a nuestra boca los exabruptos e insultos contra el que se distingue por su raza, color de piel, rasgos físicos, costumbres, creencias religiosas y hasta por el modo de vestir, aunque se trate de personas tan naturales del país como cualquier español de pura o impura –que eso es otra- cepa.

No podemos remediarlo. Alguna de las múltiples caras del racismo que portamos con nuestros prejuicios emerge de pronto cuando nos sentimos superiores en enfrentamientos emocionales con minorías que consideramos inferiores o peligrosas para nuestro concepto de identidad colectiva. Y tampoco podemos reprimirlo porque somos hijos de una cultura colonial que muchos todavía añoran, de una práctica religiosa que pretende imponer una tutela moral al conjunto de la sociedad y cuyo dogmatismo busca prevalecer sobre leyes, derechos y libertades duramente conquistados, y de un nacionalismo patriotero excluyente, tanto de lo propio (de ahí los conflictos entre autonomías) como de lo ajeno, especialmente si es pobre y sin recursos, como los inmigrantes que arriban a nuestras costas en frágiles embarcaciones y no en yates a Puerto Banús.  

Se trata, en definitiva, de un problema que, afortunadamente, todavía no está generalizado pero que continuamente es  alimentado por esas invitaciones al odio y a la intolerancia que se proclaman desde diversas tribunas públicas. Apologías al odio que arraigan con facilidad en suburbios  periféricos o núcleos urbanos en los que la frontera entre la zona rica y la pobre determina el disfrute o carencia de servicios, oportunidades y derechos.

Aunque cueste admitirlo, sigue existiendo un racismo basal en nuestro país, y no sólo en el fútbol, a pesar de las políticas, las campañas y la legislación con que se intenta combatirlo y erradicarlo, fomentando la igualdad, la tolerancia y el respeto a cualquier persona, sin importar su condición social, sexual, racial, cultural, económica o sus creencias. De hecho, el racismo y la xenofobia continúan siendo un problema por resolver, como recoge un informe publicado por el Ministerio de Interior, puesto que de los 1.133 casos tipificados en 2021 como delitos de odio, 465 tenían una motivación racista o xenófoba. Son casos denunciados, cuyo volumen podría ser una décima parte de los reales.

Y ambos, racismo y xenofobia, constituyen uno de los déficits o rémoras, como el machismo o la violencia contra la mujer, la comprensión lectora de muchos estudiantes y hasta nuestra incapacidad para los idiomas, que el sistema educativo no ha logrado corregir de manera satisfactoria. Pero esa es la única vía, según los expertos, de enfrentarnos  a este problema: con educación temprana y la permanente concienciación social sobre la igualdad en derechos y el respeto a la dignidad que merece todo ser humano, sin distinción. Nos queda, por tanto, mucho camino que recorrer para lograr una sociedad libre de expresiones y actitudes racistas, como las exhibidas en el campo de fútbol. Y no sólo ahí, desgraciadamente.  

lunes, 10 de abril de 2023

Alquiler de vientres

Un personaje famoso de la prensa del corazón, adicta a los posados veraniegos en biquini, ha puesto de súbita actualidad (si no, no sería actualidad) el asunto de los vientres de alquiler, hasta el punto de haber provocado un debate social y, por ende, también político. No es para menos. El tema de la “gestación subrogada”, como la define la OMS –eufemismo que suaviza la realidad a la que alude-, no deja indiferente a nadie pues remueve las más íntimas convicciones de quienes, incluso, son partidarios de derribar tabúes que todavía cercenan ámbitos de libertad a la mujer y desearían su total emancipación para disponer de su cuerpo, su sexualidad y, por supuesto, para decidir sobre su exclusiva capacidad biológica de engendrar, aun cuando fisiológicamente no pueda.

Sin embargo, a mí personalmente me genera serias reservas éticas el hecho de que algunas mujeres puedan “alquilar” su útero para “incubar” un hijo que no es suyo sino ajeno, con óvulos, espermas o embriones de otra persona que “alquila” su vientre fértil. Se trata, sin duda, de una posibilidad que permite la técnica médica, pero que me cuesta aceptar sin más, sobre todo en aquellos casos en que el componente mercantil o psiquiátrico parece figurar entre las motivaciones para recurrir a ella. De ahí que esta práctica me parezca, en tales supuestos, sumamente obscena, cuanto menos.

Porque no se trata sólo de aplicar un recurso para resolver un problema de fertilidad en parejas que no pueden tener hijos por impedimentos congénitos o derivados de tratamientos farmacológicos (quimioterapia, etc.), quirúrgicos (histerectomías, abortos espontáneos, etc.) o patologías varias, sino de utilizar la fecundación in vitro para injertar unos embriones `de laboratorio´ en una gestante que no tendrá ninguna relación con el hijo que va a alumbrar. Es decir, ese hijo alumbrado tendrá dos madres: la biológica y la genética. Y esto se produce porque lo que empezó siendo una técnica de reproducción asistida ha devenido en comercio sumamente lucrativo allá donde se permite, como en Rusia, Estados Unidos, Ucrania, Israel, Canadá y otros países, hasta el punto de que, según un estudio de The Global Surrogacy Market  Report, genera unos beneficios de 14.000 millones de dólares, en 2022, en el mundo.

¿Y de qué estamos hablando? Del método de reproducción asistida en el que la mujer gestante no será finalmente la madre “oficial” del hijo que alumbre. Según el Diccionario Panhispánico del Español Jurídico, la mujer que da a luz es la que, “previo acuerdo o contrato, cede su capacidad gestante para que le sea implantado un embrión ajeno, engendrado mediante fecundación in vitro, y se compromete a entregar el nacido al término de su embarazo”.  Tal método se denomina gestación subrogada, gestación por sustitución o, popularmente, vientre de alquiler, y consiste en que una mujer fértil accede a gestar en su vientre al hijo de otra persona o pareja. Estas otras personas son lo que se conoce como padres de intención. Tras el nacimiento, el hijo se entrega a los padres de intención y la gestante renuncia, como estipula un contrato previo, al derecho de maternidad y a la filiación del recién nacido.

Existen distintos tipos de gestación subrogada: la tradicional o parcial y la gestacional o completa, en función de si la inseminación artificial se realiza con material genético (óvulos) de la gestante o si no aporta ningún material genético, sino que proviene de la futura madre o de un banco de óvulos donados. En ambos casos, en función de si la gestante recibe compensación económica por el embarazo o sólo un pago por los gastos del parto, se puede hablar de gestación subrogada comercial o altruista. Y entre las personas que recurren a este método de reproducción suelen destacar las parejas homosexuales, hombres o mujeres solteros y las parejas heterosexuales que no pueden tener hijos.

En España, la gestación subrogada está prohibida desde que se promulgó la primera Ley de reproducción asistida, en 1988, que consideraba de nulo derecho todo contrato de subrogación de útero. Una doctrina que el Tribunal Supremo ratificaría cuando, en una sentencia de la Sala de lo Civil, de 2022, señaló que los “contratos de gestación por sustitución vulneran los derechos fundamentales tanto de la mujer gestante como del propio niño”. Y por si quedaban dudas, la última reforma de la Ley del Aborto recoge, además, que esta técnica es una forma de “violencia contra las mujeres en el ámbito de la salud sexual y reproductiva”.

Legalmente, por tanto, está prohibida en nuestro país y no caben interpretaciones -y mucho menos sentimentales como las que esgrime el personaje de la farándula que ha protagonizado el debate- para considerar que los vientres de alquiler sean una opción más al supuesto “derecho” a tener un hijo. Sólo cabe la posibilidad de acudir, previo pago de los emolumentos correspondientes, a esas clínicas foráneas donde se practica este tipo de intervención, como han hecho Miguel Bosé, Cristiano Ronaldo, Ricky Martin o la artista en el candelero. De hecho, en nuestro país se contabilizan más de 2.500 niños nacidos por gestación subrogada.

No obstante, la fertilización in vitro sí es perfectamente legal, pues está indicada en mujeres o parejas con problemas de fertilidad. Aproximadamente, un 12 por ciento de parejas en edad de procrear (de 15 a 45 años) es estéril. En esos casos, la fecundación in vitro es un válido procedimiento de reproducción asistida que permite a estas parejas cumplir el sueño de tener descendencia. Pero se aplica hasta determinada edad de la madre, por razones obvias. Así y todo, se dan casos de quienes buscan sortear este límite de edad acudiendo también al extranjero, como la mujer de 67 años que dio a luz dos niños y que murió tres años después de ello. O el de aquella otra, de 64 años, que parió gemelos tras una fecundación in vitro y que anteriormente tuvo otra niña por el mismo método, cuya custodia le fue retirada tras declararse una situación de desamparo, por detectar problemas de aislamiento del menor, deficiencias en su higiene, vestimenta inadecuada y absentismo escolar. Los psicólogos que valoran estas peticiones saben que existen componentes obsesivos o trastornos psiquiátricos en el empeño de ser madre cuando la naturaleza o la biología no lo permiten.  

De ahí mis reservas éticas a la extensión de esta técnica reproductiva, más aun si es ilegal, en toda persona de cualquier circunstancia que pueda costeársela. Me despierta especial cuestionamiento ético el papel de la madre gestante y el del hijo “adquirido” a cualquier precio. Considero, sinceramente, que quienes recurren a este procedimiento de “embarazo en diferido” no piensan ni en la mujer que “vende” su útero ni en el ser que viene al mundo en tales condiciones. Ambos son actores forzados (motivación económica en la gestante y egoísta en el niño alumbrado por encargo) que plantean a mi conciencia el interrogante de si lo que la técnica hace posible es aceptable, sin más, desde la ética o la moral. Porque ambos están involucrados en un procedimiento animado por un lucro que recuerda sospechosamente al tráfico comercial de la compra-venta de niños y el de órganos, en este caso vientres, que son mujeres. Ambos actores, en definitiva, son cosificados y discriminados como mercancías al servicio de terceros que instrumentalizan a la gestante y al niño para satisfacer cuestionables deseos, intereses o apetencias no exentas de componentes patológicos. Esa explotación de la función reproductiva y de la instrumentalización del cuerpo (vientre) de la mujer con fines lucrativos, particularmente en mujeres vulnerables (¿existe de verdad alguna mujer que se preste a ello sin necesidad, por puro altruismo?), es una clara afrenta a su dignidad y una forma de violencia contra ella.

Además, también se instrumentaliza al niño así concebido, pues es considerado mero producto resultante de un proceso “fabril”, como si fuera un bien o un servicio, encargado para satisfacer un supuesto derecho, el de los padres intencionales. Más allá del sentimentalismo por tener un hijo o un nieto, no existe en el derecho internacional ningún “derecho al hijo”, sino el hijo como sujeto de derecho. Según la Convención sobre los Derechos del Niño, el interés superior del menor tiene una consideración primordial. La dignidad que lo ampara como ser humano de especial consideración se ve afectada cuando se altera y mercantiliza su filiación, de capital importancia para su identidad, ya que en estos casos viene determinada por quien formaliza el contrato de gestación y no por la madre que realmente lo ha concebido. Máxime cuando en España la filiación de los hijos nacidos por gestación de sustitución será determinada por el parto. Este obstáculo para registrar o inscribir al niño lo sortean los padres comitentes aportando una resolución judicial del país donde han efectuado el procedimiento, certificando la filiación del nacido a favor de los padres intencionales y no de la gestante subrogada.

Pero más allá de estas reservas ético-legales, me plantea una amarga preocupación el hecho de que, en no pocos casos, estos niños de vientre de alquiler sean “encargados” por padres intencionales que difícilmente los verán crecer hasta la adultez, educar y formarse para ocupar su sitio en la sociedad y disfrutar de una vida plena. Carecerán de la compañía, el ejemplo y el apoyo de unos padres que los protegerán hasta que se valgan por sí mismos. Es decir, me entristece que hayan sido concebidos más por el egoísmo obsesivo de quienes, a cualquier precio, pueden permitirse el lujo de comprar un embarazo para colmar el deseo de ser padres o abuelos como sea. Vamos, que no lo tengo claro, a pesar de que la señora Obregón reluzca feliz en la portadas de la prensa rosa, como cuando posaba en bañador.    

jueves, 6 de mayo de 2021

Votos contra aplausos

Se cumplió el pronóstico augurado por las encuestas: el martes pasado Madrid votó, de forma mayoritaria, a la derecha. Otorgó casi mayoría absoluta al Partido Popular, liderado en la región por la `populista´ Isabel Díaz Ayuso, que ya gobernaba en una coalición que rompió con el centro derecha que representaba Ciudadanos, un partido que se esfuma tras estas elecciones al no conseguir ningún escaño. Ayuso podrá, ahora, apoyarse en Vox, la ultraderecha que aumenta un diputado su representación en la Asamblea. Sólo requerirá de su abstención para aprobar cualquier iniciativa que se proponga. La izquierda, en cambio, ha de digerir su derrota, especialmente el PSOE, que cae hasta su peor resultado en la comunidad. Ni sumando entre las facciones izquierdistas se lograría contrarrestar la sólida mayoría conservadora. Sólo puede hacer una oposición testimonial, de ideas y valores progresistas, que sirva para evidenciar un talante y unas alternativas diferentes a las políticas neoliberales que va a imponer la derecha. Por tanto, tal como se preveía, Madrid se entrega a la derecha con inesperado entusiasmo, sin prestar atención a la situación que atraviesa, mientras permanece obnubilada por esa realidad paralela que le han descrito a lo largo de esta campaña electoral y durante la pandemia.

No obstante, existe otra lectura, además de la partidista, de lo acontecido en Madrid. De ese Madrid, ombligo de España, que se cree cuerpo entero del país y que se piensa, incluso, que es algo más que España, la esencia misma de la nación. Lo que decide esta provincia engreída de la meseta, convertida en comunidad autónoma por su idiosincrasia capitalina, se pretende que influya en el resto del Estado. Y que este triunfo electoral, tan regional como unos comicios en Murcia, sea entendido como una derrota anticipada del Gobierno y el aviso de un resurgir conservador que se dispone a conquistar el poder nacional. Pero la lectura que debería causar preocupación y habría que subrayar es la que muestra la hipocresía social de la mayoría de los madrileños, tal vez, incluso, la del resto de españoles, que prefieren confundir, movidos por la hartura de la pandemia, lo que le vendieron como libertad con hedonismo, y no con esa responsabilidad individual tantas veces reclamada.

Porque el mismo pueblo que salió a los balcones a aplaudir a los sanitarios, reconociendo la entrega y los sacrificios que ese colectivo asumía en los hospitales debido a la pandemia, sin más medios que su decencia profesional, es ahora el que apoya mayoritariamente a quienes desoyen las medidas epidemiológicas adoptadas para combatirla y prevenir contagios. El mismo pueblo que prefiere votar a favor de poder salir de cañas que seguir las recomendaciones sanitarias que limitan derechos en beneficio de todos. Un pueblo cansado de restricciones que impiden el asueto, los movimientos y las celebraciones a los que estaba acostumbrado, confiando ciegamente en esa realidad paralela que le pintaron con tanto esmero como éxito.

La actuación polarizadora y demagógica de Ayuso, más interesada en confrontar con el Gobierno que en administrar su región, se ha granjeado sorprendentemente la confianza de los madrileños, pues ha sabido transformar la sensación de impotencia frente a la pandemia en un victimismo del que siempre ha responsabilizado al Ejecutivo nacional, eclipsando la verdadera realidad: una gestión cuando menos vergonzante de la crisis sanitaria. Tan aconsejable no sería tal gestión cuando ha convertido Madrid en la comunidad con una de las mayores tasas de incidencia de la pandemia, la del mayor porcentaje de muertes por coronavirus de España, la que más ancianos en geriátricos han muerto víctimas de la infección pandémica, la que menos rastreos ha practicado para delimitar la extensión de los brotes de contagio y la que menos ha avanzado en la campaña de vacunación masiva de la población.

A pesar de todo ello, los madrileños han valorado más la decidida apuesta del gobierno regional por la economía en vez de priorizar la protección de la salud de los ciudadanos. Han optado por la “libertad” hedonista e insolidaria antes de por la responsabilidad común y colectiva. Les ha convencido el simplismo con el que regaban sus oídos a seguir escuchando la cantinela de una emergencia de la que sólo se puede salir con esfuerzo, sacrificio y seriedad. Los datos ya no les interesaban, sino los relatos útiles para ocultarlos o maquillarlos. Y no es porque el madrileño se haya vuelto insensible o egoísta, sino que ha sido narcotizado con los anuncios de una realidad paralela que a cualquiera, máxime si sufre agobio por la situación, atraería y preferiría. Justamente, lo que hacen todos los populismos en el mundo: engordar los problemas y simplificar unas soluciones que sólo ellos son capaces de materializar.

De hecho, el populismo en política nos desarma de tal forma que hace que nos comportemos sin prejuicios ni frenos culturales o morales. Apelando a nuestras emociones e impulsos primarios, nos disuade a votar contra los derechos humanos para manejar el fenómeno de la migración y el diferente; ser racistas para supuestamente defender nuestra identidad y costumbres; transigir con la injusticia y la desigualdad con tal de preservar presuntos privilegios; optar por la insolidaridad social para salir de copas y recuperar cuanto antes una “normalidad” que tarda en llegar; y elegir a quienes propugnan medidas contrarias a nuestros propios intereses colectivos, seducidos por los cantos de sirenas que anuncian el paraíso terrenal.

Tal es la lectura que también se extrae de las elecciones madrileñas. La que describe que los madrileños han preferido olvidar y abandonar a los sanitarios, a los ancianos y los miles de muertos causados por esta tragedia, sin importarles evidenciar una grave hipocresía cívica y social. Pero la culpa no es de ellos, sino de quienes los disuaden de que es lo que les conviene.   

lunes, 26 de abril de 2021

El envenenamiento de la democracia

La pluralidad democrática permite que formaciones políticas contrarias a la propia democracia puedan existir bajo su amparo legal. Grupos radicales ultraconservadores o antisistema emergen a la sombra de las libertades que la democracia extiende a cualquier ideología, incluidos el fascismo, el comunismo o el independentismo. Cumpliendo con la apariencia de respetar las reglas de la libre confrontación de ideas y el sufragio universal, estas formaciones ultras subvierten el sistema democrático para imponer sus objetivos, muchos de ellos contrarios con algunos derechos y libertades consagrados por todo sistema democrático. A veces, incluso, hacen bandera de una actitud abiertamente antidemocrática al presentarse como defensoras de tradiciones y esencias de un supuesto patriotismo que sólo ellas saben interpretar y representar.

No es extraño, pues, que estos partidos radicales no oculten ser anti-autonómicos, anti-europeístas, anti-inmigrantes, anti-feministas y anti-cualquier cosa que consideren contrario al concepto de país y modelo social que ellos encarnan. Más aún, hasta se declaran partidarios de ilegalizar a partidos adversarios como si fueran enemigos mortales de la población, sean izquierdistas, fascistas o simplemente liberales. No toleran la pluralidad de otras formaciones, pero exigen ser tratados y tolerados como ellas, con derecho a participar en democracia para difundir su ideario y captar adeptos, manipulando y exagerando los problemas o necesidades de la población, así como de las coyunturas por las que atraviesa el país. De hecho, son expertos en hacer, de la anécdota, categoría y de las emociones, un arma política. No utilizan argumentos o datos contextualizados, sino impresiones, sensaciones y prejuicios para ganarse a la gente mediante la emoción, no por la razón. Y, así, acaban infiltrándose paulatinamente por todo el sistema y sus instituciones, segregando un sutil veneno de sectarismo, odio y violencia, que causa polarización y desestabilización en la sociedad y, a la postre, crisis y quiebra de la convivencia y la democracia, Este es el verdadero peligro de los grupos radicales saprófitos de la democracia: subsisten gracias a ella hasta destruirla. Un peligro letal si no se combate a tiempo y con determinación.

No hay duda de que, en España, el veneno a la democracia y la convivencia pacífica ha sido inoculado y está alcanzando niveles tóxicos para la sociedad. Nunca antes, en nuestra moderna democracia, la confrontación política y las amenazas veladas o francas a contrincantes electorales habían sido tan agresivas y descaradas. El enfrentamiento partidista y los mensajes provocadores, cuando no los insultos, conforman el grueso de las campañas electorales, como la que se desarrolla en Madrid en la actualidad para la elección del Ejecutivo regional. Mítines con grescas y peleas, descalificaciones groseras, utilización de la pandemia para criticar al adversario, intentos de sortear la legalidad para reclutar candidatos de última hora, mentiras, medias verdades y tergiversaciones a diestro y siniestro y, por último, envío de cartas con amenazas de muerte (balas y cuchillos incluidos) a candidatos de la izquierda y miembros del Gobierno. Una convulsión político-social que recuerda mucho a los tiempos de la revolución de 1917, que desestabilizó la Monarquía parlamentaria de la Restauración, y.de la sublevación militar que acabó con  la Segunda República de 1931, por citar ejemplos de distinto color, ambos períodos de reformas, democracia y sustentados por sendos Estados de derecho, pero combatidos por los radicales, fanáticos e intransigentes con odio y violencia.

Si no se actúa con determinación, los síntomas de este envenenamiento político que sufre el país podrían empeorar, como pasó en aquellos años. Es, por tanto, necesario aplicar un antídoto eficaz que devuelva la sensatez, el respeto y la mesura a la práctica política y a la convivencia tolerante en España. Y el mejor antídoto es impedir que las mentiras, las tergiversaciones y los malos modos se impongan en el ejercicio de la política, ni siquiera como excusa de una campaña electoral. Pero la vacuna realmente definitiva es el voto, la papeleta que se le niega al agresivo, al radical, al que no respeta a sus adversarios políticos ni al ciudadano, al que intenta engañar como a un niño mediante un populismo paternalista saturado de mentiras.

Hay que detener y eliminar este veneno que se infiltra por el sistema político como un cáncer hasta alcanzar las instituciones. Hay que impedir que los radicales avancen hasta ocupar órganos del poder (nacional, autonómico o local) desde los cuales, cual metástasis, seguir envenenando al resto de la población con medidas e iniciativas que causan división, enfrentamientos, desigualdad, pérdida de derechos y quiebra social.

La ultraderecha es el agente más tóxico de este veneno que, hoy en día, corroe a la democracia. No es el único, pues otros agentes, izquierdistas y separatistas, también son asimilables por su efecto perturbador y desestabilizante de la democracia y la convivencia, aunque actúen con menos agresividad. Vox es la marca de la extrema derecha en España. Se trata de un partido tradicionalista y ultraconservador que se vale del populismo patriotero para ganarse la confianza de la gente. Su ideario es excluyente, sectario y reaccionario, contrario al Estado de las Autonomías, a la Unión Europea, a la igualdad entre hombres y mujeres, a la separación Iglesia-Estado, a la educación laica, no segregacionista y pública, a la lucha contra el cambio climático, a la sostenibilidad y la defensa del medio ambiente, a los Derechos Humanos y la solidaridad con los migrantes, al multilateralismo en las relaciones internacionales y hasta a la Constitución española en aquellas cuestiones que no son de su agrado, especialmente las que reconocen derechos y libertades sin distinción por sexo, raza, religión o educación.

Vox nació por decisión de Santiago Abascal, un exmiembro del Partido Popular, bajo los auspicios de otros movimientos similares en Europa, como el de Viktor Orbán (Fidesz-Unión Cívica) en Hungría, Marine Le Pen (Agrupación Nacional) en Francia, Matteo Salvini (Liga del Norte) en Italia, Alexander Gauland (Alternativa para Alemania) en Alemania, Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal) en Brasil, y tantos otros. También EE UU sufrió la calamidad de tener un presidente populista y ultraconservador con Donald Trump, que hizo todo lo que pudo y más por encumbrar y promover todos estos grupos por el mundo. Se caracterizan por ser partidos ultranacionalistas, xenófobos, racistas, misóginos, tradicionalistas, supremacistas, autoritarios, negacionistas y excluyentes. Actúan exagerando los problemas del país donde emergen para atraer y convencer a la gente, a la que seducen con recetas simplistas y draconianas que prometen resolver de un plumazo cualquier problema. Contra la inmigración, un muro y criminalización del inmigrante. Contra la complejidad de la economía, aislacionismo, aranceles y abandono de las instituciones regulatorias internacionales. Contra la crisis sanitaria, negación y críticas a la OMS. Contra la diversidad, supremacismo racial y religioso. Y así con todo: todo muy fácil.

Son partidos que envenenan las democracias de sus países, nada resuelven y acaban limitando o lastrando las conquistas sociales y de libertades logradas en sus respectivas naciones, tras el espejismo inicial con el que consiguieron el triunfo electoral. En España van por el mismo camino: envenenando el debate político, cuestionando el sistema, agitando la crispación, destruyendo la convivencia pacífica y la tolerancia e implantando, donde pueden y gobiernan, el sectarismo, la desigualdad y la pérdida de derechos. No hay que ser ciegos ante el desafío que representan y actuar en consecuencia. No se puede banalizar el peligro que suponen ni contemporizar, por cuotas de poder, con ellos. Hay que tenerlo en cuenta a la hora de votar.   

lunes, 23 de noviembre de 2020

Desconciertos

La inmediata actualidad, una redundancia porque la actualidad siempre es inmediata, no deja de depararnos motivos para el desconcierto. Los hechos que nos presenta provocan más confusión y desconfianza que certidumbres y seguridad. Nos mantienen en vilo a la espera de alguna “verdad” que no sea discutida, que no cause recelo y no sirva para la confrontación y la polarización de la sociedad. Llevamos en esta situación de desconcierto y desesperanza demasiado tiempo, aunque últimamente con mayor intensidad que nunca.

Es cierto que vivimos unos tiempos de excepcionalidad por causa de una pandemia que jamás antes en nuestra historia reciente habíamos conocido. Pero, en vez de permanecer unidos en la lucha contra ese enemigo invisible y letal (más de un millón de contagios y 50 mil muertos), siguiendo las directrices de gobiernos que recaban el asesoramiento de expertos y de la ciencia, nos dedicamos a utilizar el problema, que afecta a la salud de toda la población y a la economía del país en su conjunto, para exhibir nuestras diferencias, cuestionar las iniciativas y desobedecer las recomendaciones con las que no estamos de acuerdo. Todo lo cual provoca tal estado de ansiedad e incredulidad que la gente se vuelve insegura y desconfiada. No sabe a quién creer ni qué hacer sin tener la sensación de que la están engañando o que, por lo menos, no le cuentan toda la verdad. Los mal pensados -¿acaso equivocados?- consideran, incluso, que están siendo utilizados con fines torticeros de intencionalidad política.

Y es que, entre las directrices de unos y las contramedidas de otros, el espectáculo que ofrece esta confrontación entre administraciones es, cuando menos, de asombro. La vergüenza y el desconcierto que generan la discusión y el incumplimiento de normas adoptadas para frenar las altísimas tasas de transmisión en determinados territorios es inaudito. Si no fuera porque lo que está en juego es la salud, cuando no la vida, de los ciudadanos, sería para refugiarse en la desafección y la indiferencia de quienes parecen buscar sólo un provecho partidista del mayor reto que afronta la salud pública en nuestro país. Por eso resulta increíble que la comunidad de Madrid, la que mayor índice de contagios por cada cien mil habitantes ha registrado hasta hace poco, consiga ahora una súbita mejoría que hace descender sus cifras de manera espectacular, a pesar de que los negocios de hostelería no han seguido las indicaciones sanitarias que con mayor rigor acatan las demás comunidades. ¿Acaso los expertos que asesoran al gobierno regional disponen de mayor y mejor información que los de la OMS, el resto de Europa y el Ministerio de Sanidad? Es desconcertante.

Como también es desconcertante que la regulación legal de la educación en España siga siendo materia de enfrentamiento ideológico, nunca objeto de un consenso estatal para fijar definitivamente la mejor educación de niños y jóvenes, a fin de garantizar una óptima preparación a la generación que deberá sustituirnos, de la que dependerá el futuro de nuestro país. Pues no, cada cambio de color en el Ejecutivo supone una nueva ley de educación, y para peor. Ya el principal partido de la oposición ha anunciado que, cuando acceda al gobierno, revocará la ley que acaba de aprobar el Parlamento. Así no hay manera ni formación ni progreso. Seguiremos siendo un país de servicios que desperdicia su talento en servir copas, hacer camas y pegar ladrillos, sin interés por la ciencia, la investigación, los idiomas y el emprendimiento. Tal vez sea lo que se proponen los que diseñan los planes educativos, para que los futuros votantes no se interesen por exigir responsabilidades. Causa pavor.

Casi tanto como la diatriba generada para aprobar unos presupuestos que son imprescindibles para la gobernanza y la gestión de nuestro país. No importa que llevemos tres años con unas cuentas prorrogadas que ya no son válidas para afrontar los retos, máxime en una situación de excepcionalidad como la que estamos sufriendo, a que nos enfrentamos hoy y cara a los próximos años. Nos jugamos nuestro papel como nación en Europa y en el mundo. Pero no disponemos de estadistas con capacidad de actuar de cara al futuro, sino de politiquillos que ejercen en función de sus intereses del presente, incapaces de subordinar sus avaricias al interés general. Y lo peor es que no se vislumbra a nadie en el ruedo político con semejante generosidad y altura de miras. Porque si los que hay no defienden siquiera, sin maniqueísmos, el sacrosanto derecho a la salud de todos en plena amenaza de un patógeno sumamente contagioso, todavía menos hallaremos que velen por la viabilidad presupuestaria del país y el respeto a la democracia y sus instituciones. Escasean políticos que sean honestos con los ciudadanos a los que dicen representar. Tal es la razón por la que ningún partido se presta a priorizar los puntos de acuerdo, en pos de un bien superior, en vez de parapetarse tras vetos que magnifican los de desacuerdo. Exigen todo o nada, y así no hay manera de construir ni avanzar. Así no se hace país, por muy patriota que uno se declare. Es desconcertante.

Pero el mayor desconcierto lo provoca el atrincheramiento de Donald Trump en la Casa Blanca, quien se niega reconocer su derrota electoral. Lo increíble es que, como excusa, esgrime un supuesto fraude electoral y trampas en las votaciones, como si USA fuera un república bananera. Ninguna de sus graves acusaciones se basa en pruebas fehacientes, a pesar de que un ejército de abogados a su servicio presente impugnaciones en aquellos estados cuyos votos podrían revertir un resultado que le es adverso. Ni en Michigan, Georgia, Nevada, Arizona, Wisconsin y Pensilvania ha logrado que el recuento de votos le proporcione la victoria que le ha sido negada. En ese último estado, el juez federal que ha fallado contra sus alegaciones, a pesar de ser republicano, no ha podido evitar señalar en su escrito que éstas se basaban en “argumentos legales torcidos sin mérito y acusaciones especulativas” para construir un argumentario que es “como el monstruo de Frankenstein”. Mientras tanto, Trump no ceja en destruir la confianza en la democracia norteamericana y el prestigio de sus instituciones, insinuando todo tipo de manipulaciones, fraudes y trampas que le arrebatan su victoria. No liga su permanencia en el cargo al número de votos, a la voluntad popular, sino a su intuición y al engreimiento patológico que padece. Por ello saldrá de la Casa Blanca tal como gobernó: con soberbia, desconsideración, infantilismo, intolerancia y mediocridad intelectual. Deja una sociedad polarizada, dividida, más desigual y abandonada a su suerte frente a una crisis sanitaria que ha causado más muertes que la guerra de Vietnam. Si desconcertante fue su elección, mayor lo es su salida del poder. Aunque sabiendo las causas que tiene pendiente con la Justicia, no es de extrañar que se aferre con los dientes a un cargo que le proporciona inmunidad.

La actualidad, pues, se empeña en ofrecernos un panorama que provoca una fuerte sensación de desconcierto. Lo cual es muy preocupante y da miedo.           

martes, 10 de noviembre de 2020

Lo bueno y malo de lo cotidiano

Los días transcurren como la vida, con momentos buenos y momentos malos, aunque la mayoría sean grises, inocuos y vacíos, que no dejan ningún recuerdo malo ni bueno. Pero a veces amanecen días que son una explosión de lo bueno y lo malo, todo a la vez, como el de ayer. Ayer celebrábamos la victoria en EE UU del candidato demócrata Joe Biden, quien ya anuncia sus primeras medidas cuando asuma la presidencia: volver al acuerdo de París contra el cambio climático, revisar las políticas de Trump contra la inmigración ilegal (el acto, no la persona, porque quien no tiene “papeles” no es ilegal sino una persona con todos sus derechos), recuperar el diálogo multilateral y gobernar para todos los norteamericanos (lo que significa para todo el mundo), sin el sectarismo (ni los aranceles) del infame presidente maníaco, que se niega aceptar su derrota, creyéndose un iluminado. Todo esto es bueno: supone un soplo de sensatez.

También es bueno que los herederos consanguíneos del sanguinario dictador Francisco Franco se vean obligados por la Justicia a abandonar el palacete del pazo de Meirás, en Galicia, de donde era oriundo. Aquella propiedad, fruto de un chantaje económico al pueblo tras la Guerra Civil para obsequiar al general sublevado, pertenece a Patrimonio Nacional, es decir, al Estado, es decir, a todos los españoles. Pero como pretendían apropiarse de las obras de arte saqueadas que ocultaba en su interior, extraídas de hasta la Catedral de Santiago de Compostela, la Justicia, otra vez, ha tenido que paralizar la mudanza hasta que se elabore el inventario de tales bienes y se esclarezca la propiedad de cada objeto. Es otra noticia buena: impedir que los saqueadores sigan apropiándose de lo ajeno, ese auténtico botín de guerra y de una postguerra de cuarenta años. Seguían considerando que la “finca” (España) era del abuelo.

Y como no hay dos sin tres, también ha venido a sumar como positivo que la multinacional farmacéutica Pfizer anunciase que las pruebas de la vacuna contra la Covid-19 que está elaborando, y que se encuentra en la última fase de ensayos, ofrecen datos sumamente esperanzadores. La inmunidad que induce la vacuna es de un noventa por ciento, tras administrarse dos dosis en el plazo de 21 días. Y anuncia que, si consigue la homologación de las autoridades de Sanidad, para finales de año estará en condiciones de fabricar millones de unidades de una vacuna capaz de combatir la pandemia. Para una población confinada al borde de la desesperación, esta noticia es recibida como una luz al final de esta pesadilla. Tanta ha sido la alegría general que la Bolsa de Valores española subió más de un ocho por ciento, sobre todo en acciones de empresas relacionadas con el turismo, como las del transporte aéreo y el sector hotelero. Otro buen dato, sin duda, aunque para unos signifique pingues beneficios y para otros, mejores expectativas de vida. Hay que alegrarse, en todo caso. Nada es gratis. Tampoco vivir.

Pero lo bueno se alternó con lo malo. Esa tenue esperanza por una futura vacuna no ocultó que la segunda oleada de la pandemia está provocando que los contagios y las muertes vuelvan a multiplicarse de manera incontrolada. Los registros diarios del avance de la enfermedad no dejan de crecer, poniendo a los hospitales en una situación límite, cercana al colapso de sus unidades de cuidados intensivos. Y, otra vez, son los mayores, los ancianos residentes en asilos, los que pagan el peor precio: pierden la vida no sólo a causa de un virus para ellos letal, sino por la falta de medidas eficaces para mantenerlo a raya en espacios donde la vulnerabilidad de las personas es un peligro de sobra conocido. ¿Qué se ha hecho desde marzo, cuando se reconoció el azote del coronavirus, hasta hoy? Lo que se ha hecho ha sido insuficiente y mal coordinado, útil sólo para la confrontación política, no para reforzar la salud pública. Es cierto que ya no faltan respiradores ni equipos de protección y mascarillas, pero seguimos sin la dotación en recursos humanos necesaria en hospitales y centros de atención primaria, sin los rastreadores precisos para delimitar la cadena de contagios y supervisar el seguimiento de los enfermos que deben guardar cuarentena en sus domicilios, etc. Tampoco se han contratado los maestros adicionales que se requieren para rebajar el aforo de aulas en escuelas y universidades. Se ha hecho, en definitiva, lo fácil: ordenar confinamientos, procurando perjudicar lo menos posible la actividad económica, y se ha elaborado un discurso propagandístico de cara a la población. El resultado de tanta vacuidad implementada se puede comprobar en las residencias de ancianos. La muerte se pasea ufana por sus pasillos. Es el contrapunto negro que acompaña la cotidianeidad de nuestros días.

Y es tan malo como esa lacra que parece estar incrustada de manera indeleble en nuestra sociedad: la de la violencia machista. Un nuevo asesinato, cometido en Gerona, acabó ayer con la vida de una mujer de 49 años (otra más: ¿se enterará la ultraderecha de que no se trata de violencia doméstica, con víctimas de ambos sexos?) de manos de su pareja, ambos de nacionalidad belga. Son ya 38 las mujeres asesinadas en España en lo que va de año por sus parejas o exparejas, lo que eleva a más de mil el número de víctimas mortales, todas de sexo femenino, desde que comenzara la contabilidad oficial de esta violencia, a partir de 2008. Un cómputo superior al de víctimas del terrorismo etarra, pero que no acaba de ser percibido con la misma magnitud y gravedad. Vox, las siglas de los negacionistas ultras, cree que se trata sólo de una campaña ideológica promovida por el feminismo radical, del mismo modo que la memoria histórica es fruto del rencor de los vencidos. ¿Cuánto dolor y odio gratuitos hay que seguir soportando en este país? ¿Cuándo la tolerancia, el respeto, la dignidad y la justicia se convertirán en valores preponderantes de nuestra forma de convivencia?

Es insufrible que lo malo acompañe inseparablemente a lo bueno en lo cotidiano. Lo primero no nos deja disfrutar de lo segundo, amargándonos los días con el desasosiego y la frustración que nos provoca. E impide que la esperanza y la confianza en el futuro resplandezcan de manera absoluta. Es un reto que hay que superar. Y una forma de hacerlo es asumiendo que lo bueno y lo malo conforman la realidad que nos ha tocado vivir. Hay que ser conscientes de ello.