Como si fuera una alumna más, aunque heredera a portar sobre
su cabeza la corona del reino de España, la princesa (parece que narramos un
cuento de hadas) iniciaba sus estudios universitarios. Y a pesar de su
apariencia de normalidad, incluso cercana y familiar, el hecho fue destacado no
solo por las revistas del corazón, sino que ocupó portadas de la prensa
supuestamente seria y formal.
Pero nada en ella es normal, aunque se empeñe la Zarzuela en
intentar dar esa imagen. La futura reina de España sigue al pie de la letra un
detallado plan, no solo formativo sino también institucional, elaborado
concienzudamente desde la Casa Real para construir su imagen pública como una
figura cercana al pueblo, que comparte sus mismos retos (¡ha de estudiar,
caramba!) y que se prepara para asumir cuando corresponda las altísimas
responsabilidades de la Jefatura del Estado. Se instruye a quien está destinada
a ser reina de España y se trata de modernizar, al mismo tiempo, a una
institución monárquica que presenta más manchas que brillos.
Así, la distinguida alumna, no en vano princesa, fue
recibida a las puertas de la universidad, en medio de una multitud de
estudiantes, vecinos y curiosos, por el mismísimo rector de la universidad, la
vicerrectora de Estudiantes y el decano de la Facultad de Ciencias Políticas.
Como se hace con todos los nuevos alumnos, supongo. Pero no accedía a la
universidad tras un currículo convencional como cualquier bachiller, sino
después de haber cursado el Bachillerato Internacional en el UWC Atlantic
College de Gales. Y tras superar, naturalmente, el proceso de selección para la
admisión de estudiantes que realizaron el bachillerato en el extranjero.
¡Difícil papeleta para el comité que la evaluó!
Y es que, por si fuera poco, la princesa Leonor llegaba a la
universidad después de haber pasado tres años de preparación militar en las
academias del Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire y del
Espacio. Por esa etapa “militar” recibirá, en julio de 2027, los reales
despachos que la acreditarán como teniente del Ejército de Tierra y del
Ejército del Aire, además de alférez de navío de la Armada. Ahí es nada, para
sus escasos 20 años de edad. Todo muy normal.
Tan normal que los estudios que cursará en la Universidad
Carlos III de Madrid, en el campus de Getafe, con una duración de cuatro años,
incluyen el análisis de los sistemas políticos junto a materias como Derecho,
Economía, Historia y Relaciones Internacionales, entre otras. Unos estudios en
los que deberá analizar cómo se organiza el poder, cómo se legitima y cómo se
somete al control democrático. Es decir, la princesa se estudiará a sí misma
para conocer y legitimar la institución monárquica, ese arcaísmo que ella
representa y que encarnará en un futuro inmediato, integrado en un Estado
democrático. Pero algo se ha avanzado. Al menos, ya no se considera a los
soberanos como representantes de los dioses para gobernar, pero siguen sin ser
elegidos por sus representados. ¿Cómo se lo explicarán?
Y para que no haya distingos, la propia princesa ha dejado
de manifiesto no querer trato diferencial en una universidad, mira qué
casualidad, que lleva el nombre de uno de sus antepasados dinásticos del linaje
de los Borbones. Algo así como una universidad bautizada con el nombre de su
tatarabuelo, el rey del despotismo ilustrado. También muy normal.
Sin embargo, lo único que no es normal es que, en pleno
siglo XXI, sigamos considerando a determinadas personas y sus familias como
seres que, por nacimiento, pertenecen a ámbitos superiores e inaccesibles para
el resto de los mortales -por ser reyes, princesas, infantas y demás cohorte
real-, cuya función social no está sujeta a control ni mucho menos a elección,
como corresponde en una democracia.
Por eso, la princesa jamás podrá ser un alumno más, lo que
explica la cobertura mediática que ha generado su ingreso en la universidad.
Aparte de compaginar su asistencia a clases con sus actividades institucionales
(audiencias, visitas, inauguraciones, viajes, discursos, etc.), su exclusiva
formación se adecuará a las exigencias de la forma de gobierno que representa,
muy alejadas de cualquier consideración de “normalidad”.
Porque ella no va a la universidad para aprender y poder ganarse
la vida en lo que desee, sino para “adornar” el trabajo que ya tiene asignado
desde que nació con apariencias de “normalidad” y ejemplaridad. Una forma de
justificar sus privilegios hereditarios, como primogénita de la familia Borbón
-la única línea sucesoria de una monárquica jamás refrendada-, a pesar de que
sea la forma de gobierno en España, impuesta después de una larga dictadura,
desde que en 1978 se aprobó la Constitución.
Así pues, que una princesa vaya a la universidad no supone
que la monarquía parlamentaria española, como forma de gobierno, sea cercana y más
“normal” que la legitimidad democrática de un Jefe del Estado elegido en las
urnas. Y no lo es porque, a pesar de todas estas modernidades cosméticas, la
monarquía es para buena parte de la población española una imposición histórica
que “chirría” en una sociedad que ha evolucionado y demanda gobernantes
sometidos al control democrático y la rendición de cuentas, sin impunidades ni
inviolabilidades legales que blinden sus desmanes penales y conductas inmorales.
