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sábado, 25 de mayo de 2024

Aquelarre ultra

Goya no lo pudo representar mejor. La reunión de brujos modernos –y brujas-, absortos en su ritual del pasado domingo día 19, en la antigua plaza de toros de Vistalegre de Madrid, ante la figura del último macho cabrío al que veneran –o león, como gusta compararse-, es lo más parecido al óleo El Aquelarre del genial pintor de Fuendetodos. Poniéndole rostros actuales, las figuras y actitudes que recoge el cuadro de Francisco de Goya  bien podrían ilustrar “lo sublime terrible” del evento que convocó Vox para mostrar a los incrédulos mortales el poder hipnótico que poseen los adoradores de la ultraderecha antidemocrática en esta parte occidental del mundo. Allí consumaron los brujos contemporáneos, bajo los focos de un estadio -en vez de bajo la luna en un prado-, su ritual de hechizos y hachazos verbales, embelesados con el oficiante que figuró como protagonista, Javier Milei, el último bufón aventajado del gran satán de cabellos de oro, boca mentirosa y estafador empedernido, conocido como Trump, quien prepara su retorno triunfal en cuanto devore a la justicia de su país como hizo con la convivencia y está a punto de hacer con la democracia norteamericana.

Y es que a la brujería ultra no se le puede negar el poder de atracción y encanto que despierta entre la población crédula e ignorante, decepcionada por la lentitud, cuando no el incumplimiento, de tantas promesas electorales. Hartos de que la realidad no consiga mejorar su situación y condiciones de vida, los incautos acaban creyendo que las brujas –y brujos- con sus escobas podrán barrer los obstáculos que impiden que se satisfagan sus demandas de prosperidad y bienestar. Caen –podemos caer- atrapados por el fascismo del que nos prevenía Bertrand Russell cuando señaló que “Primero, fascinan a los tontos. Luego, amordazan a los inteligentes”. Porque eso es, exactamente, lo que persiguen estos practicantes de brujería: poder extender sus hechizos y pócimas mágicas por doquier. Con tal finalidad se organizó el aquelarre de Madrid que congregó a los brujos ultras más destacados del momento. Están prestos a sodomizar Europa el próximo 9 de junio si consiguen, entre todos, convertirse en la tercera fuerza del Europarlamento. Las derechas ya están dispuestas a gobernar con ellos, como acaban de reconocer Ursula Von der Leyen y Alberto Núñez Feijóo, sin escrúpulos por blanquear a unos ultras que solo buscan entrar en las instituciones europeas para aniquilar el proyecto europeo o, al menos, bloquearlo.

Por ello, alrededor del despeinado cabrito -o león- argentino, en la bacanal de ultrajes a la verdad y al respeto se juntaron los nuevos discípulos de la brujería que hoy encandilan a una legión de hechizados seguidores. Fueron convocados por Abascal, el taumaturgo que asusta por nuestros lares, a un mes justo de las elecciones europeas a fin de unir fuerzas, mensajes y estrategias, consiguiendo la participación de las nigromantes de Francia e Italia, Le Pen y Meloni, los adivinos de Polonia y Hungría, Morawieck y Orban, los embaucadores de Chile e Israel, el pinochetista Kast y el sionista Chikli, además del novísimo brujo de Portugal, André Ventura.

Todos ellos, juntos y revueltos, participaron en una orgía de insultos, mentiras y espumarajos de odio que alegraban el oído de cuantos desdeñan la justicia social, la lucha contra el cambio climático, el feminismo, la igualdad de oportunidades, el papel regulador del Estado, la solidaridad y las libertades. Y todos tan estrafalarios, exagerados y manipuladores como sus predecesores en pasados rituales de idéntica extravagancia, como fueron Trump, Bolsonaro, Salvini y  otros estrambóticos personajes que cultivan la brujería.

Sin despeinarse ni un pelo (es un decir), los brujos del aquelarre madrileño enarbolaron la bandera del “patriotismo” y la lucha por la “libertad” para posicionarse en contra de la Agenda 2030 o la inmigración, en especial la islámica y musulmana, en su cruzada por “recuperar el control de nuestras vidas”. Y no dejaron de aludir a la familia, la cristiandad, la tradición y a la sacrosanta propiedad privada, palabras fetiches de sus pociones mágicas, al tiempo que advertían de que “abrir la puerta al socialismo es invitar a la muerte”. Como era de esperar, se mostraron fieles a las mañas con las que los brujos pretenden inocularnos la xenofobia, el miedo al “otro”, el supremacismo blanco, el patriarcado, la misoginia, el neoliberalismo radical y demás obsesiones de la ultraderecha del viejo y nuevo continente. No dejaron de despotricar también, cómo no, contra el aborto, las medidas contra la violencia machista, los derechos de las personas LGTBI, los sindicatos, la igualdad entre hombres y mujeres, las leyes que regulan el mercado, las ayudas a parados y desfavorecidos, la cultura para todos y sin censuras, el Estado autonómico y la Unión Europea como proyectos políticos de integración de las particulares nacionales y continentales.

Y fueron faltones y maleducados, como suelen los brujos cuando sucumben al éxtasis en sus aquelarres, insultando en esta ocasión al presidente del Gobierno del país anfitrión, a quien el gran macho cabrío calificó como “calaña de gente atornillada al poder, aun cuando tenga la mujer corrupta, se ensucia y se tome cinco días para pensarlo”. Se comportó, pues, como un fanático hasta para insultar, como ya hiciera en campaña electoral contra el mismísimo Papa de Roma, al que tachó de “imbécil” y de “representante del maligno en la Tierra”. Es decir, hizo lo que sabe, que no es más que exhibir el característico estilo de oratoria paranoica de un anarcocapitalista iluminado y desaprensivo, al que no se le conoce ningún currículo académico o de gestión. Y que no vacila en cargar contra los trabajadores y la democracia con tal de imponer el ideario reaccionario de la ultraderecha: el anti-Estado o, lo que es lo mismo, el Capitalismo sin Estado, cuando eso es una entelequia que ningún economista discute, excepto estos brujos, cuya agenda común es un Estado sin gastos. De ahí que propongan desmantelar el Estado del bienestar, quitar “paguitas”, reducir al mínimo la fiscalidad (especialmente para ricos y empresas) puesto que “los impuestos son un robo”, eliminar derechos sociales e individuales, implantar la censura y poner límites a las libertades, moldear una sociedad homogénea de “puros” raciales, sin pluralidad ni diversidad, cerrada a los inmigrantes, desentenderse de las pensiones y demás prestaciones estatales, etc. En definitiva, un Estado reducido y escuálido, limitado solo a funciones de seguridad y defensa.

Eso es a lo que conduce la soflama a la “libertad” que añoran los brujos de la ultraderecha sin complejos: a un Estado en el que campee por sus respetos, sin freno ni regulación, el capitalismo más desalmado. Por eso no hablan de educación, sanidad, pensiones, igualdad, becas, paridad, dependencia, etc. Para ellos, esas preocupaciones significan, simplemente, gastos inútiles promovidos por “la izquierda hegemónica” o socialista, contra la que se han conjurado  combatir con denuedo.

 Y con tal fin celebraron en Madrid su aquelarre más vistoso y sonoro, hasta la fecha, como si estuvieran brindando al grito de ¡viva la brujería! Lo dicho: Goya no pudo representarlos mejor.     

jueves, 16 de mayo de 2024

¿Una ultraderecha independentista?

Pues sí. En las pasadas elecciones catalanas del 12 de mayo, un partido ultraderechista e independentista ha obtenido dos diputados en el Parlament (uno por Gerona y otro por Lérida), haciendo que Cataluña sea la primera –y, por ahora, única- Comunidad Autónoma que alberga dos partidos de extrema derecha: Vox y Alianza Catalana (AC). Todo un síntoma de los confusos tiempos que corren.

¿Y cómo se come eso de un partido ultra y separatista al mismo tiempo? Pues siendo doblemente ultra: ultraconservador y ultraindependentista. Más o menos el mismo caldo, pero dos tazas, por si querías más extremismo. Y funciona. Tanto que AC, liderado por la alcaldesa de Ripoll, ha obtenido representación en la cámara catalana, compartiendo escaños con los ultraderechistas de Vox, la derecha sin complejos del Partido Popular, los socialistas del PSC, los derechistas separatistas de Junts, los republicanos independentistas de ERC y los soberanistas anticapitalistas de la CUP. Un buen mosaico de la complejidad ideológica que bulle en la sociedad catalana. Hasta el extremo de albergar dos partidos fascistas de ultraderecha (españolista uno e independentista otro) y dos partidos de derechas (nacional uno y autonómico separatista otro). Un lío.

Pero todo tiene su porqué. Toda esta amplia, opuesta y hasta duplicada oferta obedece a insatisfacciones, miedos y desconfianzas que sienten los ciudadanos en un contexto determinado de su convivencia en sociedad. Es decir, cuando el sistema y las instituciones no satisfacen las expectativas (subjetivas) de la gente, cuando los problemas y las amenazas se perciben como inminentes y especialmente graves (sea cierto o no) y cuando la política y los partidos producen (objetivamente) desafección y recelo en los votantes. En esos momentos y de tales situaciones surgen los populismos y  extremismos de uno y otro signo, atrayendo a los insatisfechos, miedosos y desconfiados gracias a mensajes emocionales y promesas de soluciones simples e inmediatas a problemas complejos que es complicado resolver de un plumazo. Se trata de un fenómeno global que afecta a las democracias de los países desarrollados o en vías de desarrollo, donde se vive relativamente bien pero el futuro se antoja preñado de nubarrones. En los demás, en aquellos en los que la democracia  y las libertades son todavía un mero sueño, la gente no se atreve o no puede buscar más alternativa que la oficial.

Por eso, para entender la aparición de Alianza Catalana, tan ultra y tan separatista, hay que saber que la formación cuenta con el grueso de seguidores en la comarca del Ripollés, y está liderada por la alcaldesa de Ripoll, localidad de donde procedían los autores de los atentados islamistas de Las Ramblas de Barcelona en 2017. La alcaldía de Gerona estuvo presidida, antes de saltar a la Generalitat, por Carles Puigdemont, aquel que proclamó durante unos segundos la República en Catalunya antes de huir a Bruselas, dejando aquí el enredo y la frustración del “procés”. Son circunstancias que explican el carácter independentista y xenófobo (en especial, contra los musulmanes) de la nueva formación, que explota esas emociones y esos miedos a la sustitución demográfica y a la inseguridad en sus mensajes, al tiempo que tacha de “traidores” a Junts, ERC y la CUP por no haber resuelto el problema de la independencia y el terrorismo islamista con la presteza con que Alianza Catalana lo haría. Con quebrantamiento de la legalidad constitucional, teorías `conspiranoicas´ y soflamas antiinmigración. Así de fácil. Y va la gente y le vota. Como a Vox a escala estatal. 

Lo malo de estos mensajes racistas, sectarios e intolerantes de la ultraderecha es que son asumidos por la derecha conservadora –la civilizada, en teoría- con tal de no perder votos e impedir que sus simpatizantes la sustituyan por esas formaciones ultras, más atractivas por la beligerancia y la radicalidad de sus propuestas. Y es malo porque, al final, la derecha convencional acaba compartiendo el pensamiento y aceptando los diagnósticos sociales y políticos de la ultraderecha a la hora de analizar los problemas y actuar en la sociedad.

Es, justamente, lo que le está pasando al Partido Popular (PP) en su competición por el electorado con Vox:  ya son prácticamente indiferenciables, como se desprende de ese exabrupto de su presidente, Alberto Núñez Feijóo, precisamente durante la campaña catalana: “…pido el voto a los que no admiten que la inmigración ilegal se deje en nuestras casas, ocupando nuestros domicilios y nosotros no pudiendo entrar en nuestra propiedades”. Si a la ultraderecha se le recrimina, entre otras cosas, que criminalice la inmigración, ¿cuál es la diferencia con la civilizada derecha del PP? ¿O con la ultra-ultraderecha separatista de AC? Nada, apenas un matiz que depende del lugar del que se irradie el odio al diferente.

Ahora Cataluña dispone de doble ración ultra, ya que cuenta con dos partidos de ultraderecha (Vox y AC) y dos partidos de derechas (PP y Junts), que satisfacen la sensibilidad del conservador más quisquilloso. Todo un récord. Y un doble peligro: el de contaminarse con el discurso retrógrado de la derecha radical y fascista si, como hace el PP con Vox, se asumen sus postulados y se le permite acceder a instituciones y gobiernos, minimizando u olvidando que cuando el fascismo conquistó el poder en Europa en la primera mitad del siglo pasado, lo que sembró fue odio, injusticias, desigualdad, pérdida de libertades y terror.

Porque para la ultraderecha siempre existen colectivos de los que desconfiar y cargar con todas las culpas de nuestros males. En Cataluña funcionó el temor a los inmigrantes, a quienes se los relaciona con los problemas de la vivienda, del empleo, la inseguridad e, incluso, el terrorismo. Le funcionó a AC, pero también al PP, cuyo candidato, Alejandro Fernández, no tuvo empacho de asegurar, advirtiendo sobre la inmigración: “…que Cataluña tiene los índices de criminalidad, de robos y de hurtos y de reincidencia de los más altos de España”. Eso sí, ambas formaciones se cuidaron de callar que, gracias a la inmigración, el campo, los servicios, la natalidad y la Seguridad Social encuentran trabajadores y cotizantes que contribuyen al crecimiento de la economía, al sostenimiento de las pensiones y al relevo generacional. Y que, en puridad estadística, la criminalidad del país está generada sobre todo por delincuentes nacionales, siendo residual la protagonizada por extranjeros en situación legal o ilegal.

Allí donde se empieza odiando a los inmigrantes, luego a los colectivos LGTBi y más tarde al feminismo, se acaba, finalmente, condenando al vecino que piensa diferente. Y si, encima, eres ultra-independentista, reniegas de cualquiera que no sea de tu pueblo o región, intentando convencer a tus seguidores de que con la independencia conseguirían vivir, aislados del resto del país y de Europa, en una arcadia de pureza, prosperidad y felicidad. De este modo ha conseguido dos diputados en Cataluña el último partido ultra que germina en España. Lo que sumado a los que ya se sientan en parlamentos, instituciones  y gobiernos autonómicos de las demás formaciones de ultraderecha y de derecha extrema del país, ¿no creen que corremos peligro de caer, otra vez, en las fauces del totalitarismo más aciago en nuestro país? ¿No les resulta inquietante? Es para pensárselo.   

domingo, 4 de febrero de 2024

La Vox de su Amo

La ultraderecha, con cualquiera de sus caretas, no puede disimular sus genes fascistas tanto en su ideario como en su liderazgo. Tiende, tarde o temprano, al autoritarismo indiscutible de su máximo dirigente, considerado prácticamente como un caudillo no solo ideológico sino también orgánico. Y con derecho a exigir a sus acólitos una fidelidad ciega, cuasi religiosa. Es imposible conocer a ninguna formación ultraderechista sin que de manera inmediata la identifiquemos con su líder carismático, al que es imposible ignorar. Es más, tenemos noticia de tales grupos o partidos porque conocemos sus dirigentes y lo que proponen, incluso hasta los argumentos falaces, por simplistas, que propagan como solución a todos los males de nuestras sociedades.

El ideario de estas formaciones radicales de derecha es aquel que sus máximos dirigentes han expresado desde cualquier tribuna que se ha puesto a tiro. La ultraderecha es reconocida por la imagen de su careta en cada lugar. Los republicanos más ultraconservadores exhiben la efigie de Trump, quien está decidido regresar a la Casa Blanca para vengar la derrota anterior, jamás reconocida por él y, por seguidismo irracional, los suyos. La Liga del Norte italiana adopta el perfil de Salvini y Fratelli d´Italia, el de Meloni, juntos en el Gobierno con la Liga del Norte de Berlusconi, recién fallecido. Viktor Orban aglutina a los ultras de Hungría, renuentes a Europa y a la separación de poderes. La ultraderecha polaca, que se enmascara tras las siglas de Ley y Justicia (¡Qué bonito si fuera verdad!), habla por boca de su líder Morawieckir de limpiar su país de LGTBI y de erradicar el aborto. En Francia, la ultraderecha tiene semblante de mujer, Marine Le Pen, hija del fundador de Agrupación Nacional, antes Frente Nacional, que dirige por herencia. Y en España, por no hacer demasiado extensa esta relación, el ultranacionalismo neofascista está pastoreado por Santiago Abascal, un personaje cuyo único mérito político y laboral es haber sido durante toda su vida exmilitante del Partido Popular hasta que, junto a otros exmiembros de dicho partido, fundaron esa rama escindida del conservadurismo patrio que bautizaron con el nombre de Vox.

Y de Vox se sabe eso: que lo lidera Abascal sin saber por qué ni cómo. Sabemos del partido lo que sabemos de Abascal. Que está en contra del Estado de las Autonomías, que criminaliza la emigración, a la que acusa de la mayoría de los delitos que se cometen en España y de “robar” el trabajo a los españoles. También que despotrica del feminismo, al que tacha de ideología feminazi, de los derechos de los homosexuales y LGTBI y que niega la violencia machista porque, según él, los asesinos son tantos hombres como mujeres en lo que describe con el eufemismo de violencia intrafamiliar. Su partido, como buen partido ultra, lucha “contra la corrección política asfixiante”, defiende la propiedad privada (¡faltaría más!) y un Estado cada vez más delgado que no otorgue “paguitas” a los parados, a los desfavorecidos u orillados social y económicamente. Flaco para los pobres, pero, en cambio, generoso a la hora de subvencionar las corridas de toros y a la iglesia, católica por supuesto. Y para rebajar impuestos a los ricos. Se proclama, en fin, defensor de España, la familia y la vida, pero no acepta otras ideas de España, familia y vida tan legítimas como la suya, aunque distintas. No esconde su odio visceral al comunismo  y los independentistas. De buena gana, si gobernara, prohibiría que esas opciones ideológicas pudieran constituirse en partidos políticos, declarándolos ilegales. Y por eso, no admite un gobierno socialista, aunque haya sido elegido e investido por el Congreso de los Diputados, como establece la democracia de nuestro país y la Constitución.  No ve en ello contradicción alguna con declararse constitucionalista, junto al tronco del que brota y parasita, el PP, creyendo que ambos son los únicos cualificados, aunque la incumplan con su ideario –Vox- o sus bloqueos –PP, que impide renovar el CGPJ- para expender certificados de constitucionalidad al resto de formaciones políticas del arco parlamentario.

En cualquier caso, la ultraderecha española no es un fenómeno nuevo o moderno, como otros populismos. Tiene sus raíces y un claro linaje. La historia reciente fija sus orígenes en el franquismo, la dictadura militar apoyada por los más rancios epígonos de la Falange y de los ultraconservadores fanáticos, bendecidos por el nacionalcatolicismo –católico, por supuesto-, los latifundistas y monopolistas y los uniformados que traicionaron la legalidad republicana. La vieja Falange Española y de la Jons, partido fascista, se visualizaba con la figura de su presidente, José Antonio Primo de Rivera. Y el franquismo, como movimiento, derivaba de la del general golpista que le dio nombre, Francisco Franco, dictador por la gracia de Dios. Los ultras más recalcitrantes de aquel franquismo se ahuecaron bajo las alas de Blas Piñal, fundador de Fuerza Nueva, contrario a la democracia y las libertades. Y todos ellos, muerto el dictador y restaurada la democracia, buscaron cobijo en Alianza Popular, el partido fundado durante la Transición por antiguos jerarcas del franquismo, como su líder Manuel Fraga y sus “siete magníficos”.

Con esos mimbres está tejido Vox, el actual partido de Santiago Abascal. En un resumen apresurado, se puede decir que aquella Alianza Popular mutó a Partido Popular, dirigido por José María Aznar “sin tutelas ni tutías”, que lo aupó al poder durante ocho años imponiendo una dura economía neoliberal. Aznar nombraría sucesor a  Mariano Rajoy, que lo heredó en el poder y, a causa de la corrupción interna, lo dejó en la oposición al perder una moción de censura. Tras un experimento insólito, Pablo Casado, elegido en las únicas primarias celebradas en el partido, tomaría las riendas hasta que fue defenestrado por una baronesa autonómica, con más colmillos y menos escrúpulos que él, y obligaría a sustituirlo por Alberto Feijóo, otro barón regional, esta vez  por Galicia, donde solía consolidar liderazgo por mayorías absolutas.

El caso es que Santiago Abascal abandonaría el Partido Popular en 2014 para fundar Vox, junto a Alejo Vidal-Quadras y otros exdirigentes populares. Desde entonces continúa controlando su partido con mano dura e inevitables tics autoritarios hacia posiciones cada vez más radicales de extrema derecha. Ejerce un hiperliderazgo personalista que emula el caudillismo cesarista (valga la redundancia) que no consiente disenso interno alguno. Pero no hace más que exportar a nuestro país una versión del neofascismo que Trump representa en Estados Unidos y que irradia al mundo, gracias a la mano invisible de Steve Bannon, el principal ideólogo y estratega que posibilitó su llegada a la Casa Blanca. Según Chomsky, la extrema derecha europea y Trump están ligados enormemente, pues se siente identificada con sus modos y maneras. El ejemplo norteamericano es  seguido por las demás formaciones ultras en sus campañas, basadas en un populismo ramplón, el racismo visceral y un enaltecimiento del nacionalismo identitario, junto a el antiabortismo, el antifeminismo y el abuso de las fake news o de burdas mentiras que explayan sin complejos. Es decir, su acción se basa en lo que Umberto Eco describió como “totalitarismo confuso” del fascismo moderno: el culto a la tradición, el miedo a la diferencia, el populismo y el machismo.

Y cierta dosis de suerte, junto a desmemoria ciudadana y oportunismo político. Abascal manejaría su grupo en la irrelevancia si Trump no hubiera  accedido a la presidencia de EE.UU., impulsando una oleada ultraderechista por el planeta, y si, en 2018, el PP de Andalucía no hubiera otorgado a Vox el privilegio de ser socio parlamentario del gobierno. Era la primera vez que la ultraderecha era blanqueada en España, único país de Europa donde permanecía fuera de las instituciones del poder. Y desde entonces, no ha hecho más que aumentar su influencia gracias a la dependencia del PP de sus votos y apoyo. Tanto que su líder, ya de por sí autoritario, no hace más que asegurarse un liderazgo intocable purgando cualquier crítica y todo crítico en su formación. La larga y silenciada lista de defenestrados empieza por el co-fundador Vidal-Quadras y termina, por ahora, con Macarena Olona, tras su fracaso en las elecciones andaluzas de 2022, e Iván Espinosa de los Monteros, que dio portazo argumentando “motivos familiares”. Expulsiones y abandonos que se suceden en un goteo continuo que Abascal considera pura ciencia ficción de los medios de comunicación, a pesar de que su grupo parlamentario haya desaparecido en Baleares, donde cinco de sus siete diputados han echado a los otros dos, mientras la dirección de Abascal ordenaba expulsar a esos cinco que no se plegaban a sus dictados. Y es que en Vox sólo se escucha la voz de su amo.

No es extraño, pues, que Abascal, como buen caudillo, sólo pueda ser “elegido” por aclamación, como sucedió en la última asamblea, celebrada el pasado 27 de enero, en la que renovó su cargo sin la existencia de candidaturas rivales y sin votación de la militancia. Para ello procuró que una Asamblea General Extraordinaria, que él mismo convocó por sorpresa después de las vacaciones de Navidad, se desarrollara como mero trámite, cuya duración no sobrepasó los 15 minutos, y en la que estaba vetada la prensa que considera incómoda o de izquierdas. Nada de preguntas, nada de votaciones, nada de crítica ni de críticos. Los procedimientos internos  democráticos en Vox son tan extraños como la contabilidad transparente de sus cuentas. Así es ese partido nuestro de extrema derecha: la Vox de su amo.