Mostrando entradas con la etiqueta EE UU. Donald Trump. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EE UU. Donald Trump. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de agosto de 2026

Los “éxitos” de Trump

Donald Trump, en este su segundo mandato al frente de la presidencia de Estados Unidos de América (EE.UU) durante el que iba a completar todo lo que no había podido hacer en su primer mandato, aquella misión providencial en la que había volcado todo su empeño y voluntad de triunfador, no acaba de conseguir los éxitos que soñaba. Se le está volviendo cuesta arriba una legislatura llena de sobresaltos.

Y a él, obsesionado en transmitir siempre una imagen de triunfo y de fortaleza indiscutibles -no en balde es el presidente del país más poderoso del mundo-, le irrita a rabiar no alcanzar sus metas, no conseguir sus propósitos -por disparatados que parezcan- y dar la impresión de “fracaso” en todas las iniciativas en las que se embarca. Huye como de la peste de la imagen de fracasado. Es lo que más teme. Lo saca de quicio.

Ya antes de ser presidente, cuando se dedicaba a presentar un concurso televisivo de gestión empresarial, The Apprentice, solía despedir a los perdedores con la mofa:  you´re fired (estás despedido), frase que utilizó como símbolo de su estilo directo, autoritario y taxativo.

Y ahora, como presidente, no quiere aparecer como uno de aquellos participantes que fracasaban. De ninguna manera. No tolera esa imagen ante los problemas -antiguos o nuevos creados por él- a los que se enfrenta desde que ocupa el despacho oval de la Casa Blanca. Vive obsesionado por el éxito y éste se le está resistiendo cada vez más.

Para una persona engreída, narcisista y soberbia, que premia a los que le adulan y admira a sátrapas de personalidad fuerte y decidida, los fracasos y contratiempos que está encontrando en la mayoría de sus decisiones le atormentan y amargan la existencia. Lo malo, para él, es que no es solo un trastorno psicológico, sino un problema político. Su popularidad está cayendo espectacularmente (sólo un tercio de los votantes aprueba su gestión), precisamente antes de las elecciones de medio mandato (mid term), del próximo noviembre, cuando se eligen a todos los miembros de la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado. Del resultado de esas elecciones, sobre todo si los demócratas consiguen mayoría, depende la capacidad de gestión y las iniciativas que pueda impulsar el presidente desde la Casa Blanca. Y suponer que pueda verse atado de pies y manos es, para él, una pesadilla insoportable.

Porque ya no es que la economía interna, la que afecta al bolsillo de los estadounidenses, se resienta de los bandazos de sus relaciones comerciales internacionales, del desorden mundial que ha provocado con sus erráticas y chantajistas políticas arancelarias y los conflictos que promueve con un desenlace cuestionable, sino que, incluso, sus medidas contra los inmigrantes, con arrestos arbitrarios, deportaciones a espaldas de la justicia y hasta muertos por la violencia de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, causan perplejidad y un rechazo creciente entre sus conciudadanos. Su soflama de que emprendería “la mayor deportación de la historia” ya no moviliza a seguidores crédulos, sino sólo radicales xenófobos. Los ciegos y los ingenuos se han dado cuenta de que su inhumana política migratoria no mejora la seguridad del país. Más bien, todo lo contrario: lo conduce hacia una inseguridad social y legal que, en una sociedad plural y diversa como la norteamericana, genera inestabilidad laboral y económica. Y miedo. Hijos de inmigrantes nacidos en EE.UU han dejado de ir a la escuela o la universidad por temor a ser detenidos y deportados. Esa política antinmigración solo ha servido para evidenciar la falsedad del argumento de que los inmigrantes quitaban el trabajo a los nativos, les robaban los puestos de trabajo, ya que mayoritariamente ocupaban aquellos empleos que los nativos rechazan, y siguen rechazando.

Este descontento que se extiende entre la población es un claro ejemplo del “éxito” de Trump en política interior, con la que ha conseguido que el galón de gasolina escale precios desconocidos para los norteamericanos, acostumbrados a carburantes baratos, propios de un país productor.

Y en el resto del hemisferio no le ha ido mejor. Donald Trump se ha relacionado con los países vecinos como si fueran adversarios indeseables. Ha acusado a México de narcoestado, tiene ojeriza a Cuba, ha mandado los marines a Venezuela, quiere recuperar la soberanía del Canal de Panamá, anexionarse Groenlandia e, incluso, ha cuestionado el Acuerdo comercial con Canadá y México y ha forzado su modificación, empleando para ello sus amenazas y exigencias de pleitesía habituales.

Hasta tal punto ha querido chantajear a sus socios que Canadá se ha plantado. Se ha levantado de las negociaciones, en las que se pretendía evitar una guerra comercial, advirtiendo de que no aceptaba que el presidente norteamericano convirtiera en vasallos a sus antiguos aliados. Y ha asegurado que responderá “dólar por dólar” a la coacción económica de los aranceles. Como hizo China, que le mantuvo el pulso chantajista cuando sufrió idéntica ofensiva arancelaria. Y como también hacen ahora México y Brasil para escapar del control que pretenden imponerles desde Washington. El único “éxito” de Trump en el continente -si es que eso puede considerarse un éxito- ha sido el secuestro del presidente de Venezuela para controlar la producción y comercialización del petróleo venezolano, pero sin conseguir la “democratización” del régimen, que continúa en manos de los líderes del régimen bolivariano. Otro triunfo, pues, de su doctrina “Donroe” (nombre con el que rebautiza la doctrina Monroe de dominio USA en el continente) para con sus vecinos. 

Y en el mundo, para qué hablar. En el resto del mundo sus “éxitos” son abrumadoramente inanes. Ninguna de las guerras en las que ha querido intermediar ha logrado acabar los enfrentamientos y firmar la paz. Ahí está Gaza, donde Israel sigue asesinando a civiles impunemente a diario, para demostrarlo y en la que el acuerdo para una Junta de Paz es puro espejismo. Lo mismo en Ucrania, a la que ha dejado sin armas ni apoyo para que se defienda del brutal ataque e invasión de la Rusia de Putin. Y su última bravata contra Irán, civilización a la que iba a hacer desaparecer en cuestión de semanas con misiles y bombas, lleva seis meses resistiendo y obligándole a buscar excusas para salir del avispero.

También Europa, cuyos países han sido escudo territorial, gracias a la OTAN, frente al enemigo vigilante de los irredentos “soviets”, sufre ahora la desconsideración y antipatía de un Donald Trump que, cual miserable casero, solo quiere subir la renta y gastar menos dinero por su supuesta protección. Así, en un giro doctrinal, prefiere debilitar la Alianza trasatlántica a que se le discuta sus pretensiones mercantiles por la defensa estratégica atlántica, puesto que, en virtud de esa nueva doctrina, Rusia ha dejado de ser un adversario. Únicamente España se ha resistido a incrementar su contribución a la OTAN con el argumento de que ya financia en la actualidad las necesidades de defensa que le corresponden.

Pero el hueso duro de roer para Trump es China, contra la que EE.UU disputa la hegemonía geopolítica global. Le ha aguantado el pulso de los aranceles, se le enfrenta con el desafío de la nueva carrera espacial por regresar a la luna y, ante las nuevas sanciones económicas para debilitar a Irán, las condena abiertamente y las califica de “acto de guerra”. Es decir, le discute todo y se le enfrenta en cualquier ámbito, demostrando más prudencia y seriedad de lo que cabía suponer. Hasta los coches eléctricos chinos parecen más fiables que los Tesla. Y más baratos.

Si todo esto son “éxitos” del prepotente, impulsivo y mentiroso Donald Trump, que venga Dios y lo vea. Pero que no lo suframos los parias del mundo que sobrevivimos con la energía, transformada en luz y gasolina, que nos venden unos y otros, tanto en tiempos de paz como en los de guerra. ¡Qué plan!

sábado, 22 de marzo de 2025

La “pax” de Trump

Llegó el emperador e impuso su paz en Ucrania, como Roma imponía “pax” en los territorios conquistados. Igual que Augusto ejercía su control sobre las provincias romanas, Trump también aplica su imperium maius o autoridad suprema para forzar una paz en Ucrania que le permita emplear su atención y fuerzas en otros frentes, como el de China. Pero del mismo modo que la de Augusto, la paz de Trump traerá una relativa tranquilidad durante un tiempo más o menos largo, pero a un alto precio.

Y es que el presidente norteamericano puede obligar al presidente ucraniano Volodimir Zelensky a aceptar la paz que le ofrece, bajo la amenaza de cortarle toda ayuda armamentística y la información de inteligencia  militar, en especial la de los satélites espías, a cambio de un endeble y limitado alto el fuego que favorece al atacante, el invasor ruso. Y lo puede hacer porque esa ayuda con la que Trump chantajea a Ucrania no puede ser reemplazada por Europa ni a corto ni a medio plazo, por mucho que se empeñe la Unión Europea en rearmarse para asumir, sin ayuda de EE UU, la seguridad continental.

Con Donald Trump en la Casa Blanca y su “comprensión” de las razones rusas para atacar Ucrania, el fin de la guerra estaba decidido. Era cuestión de poner en marcha el mecanismo poco diplomático –incluida la encerrona humillante al presidente ucraniano en el mismísimo Despacho Oval- para forzar la rendición de Ucrania, mediante una simple llamada telefónica al presidente de la federación Rusa, Vladimir Putin. Una llamada para un acuerdo de paz acordado entre el invasor y los norteamericanos, sin tener en cuenta ni a Europa ni a Ucrania, quienes, como partes afectadas, deberían, al menos, haber sido consultados si, acaso, por cortesía. Pero las opiniones de Ucrania y Europa hubieran sido requeridas si la finalidad de las negociaciones fuese un verdadero plan de paz coherente, justo y duradero. Y no era el caso. Por eso  se las excluye y trata como convidados de piedra. Y es que solo negocian –y se reparten el pastel- el emperador yanqui y el “amigo” considerado “primus inter pares”.

No hay que esperar, por tanto, un gran acuerdo de paz, digno de tal nombre, de esas conversaciones, sino algo parecido a una rendición escasamente maquillada con alusiones a la paz, la seguridad y el respeto a los intereses estratégicos de las partes concernidas, que no son otras que EE UU y Rusia. Así de claro.

Ignorar la realidad, aun siendo injusta, es errar en las soluciones, por mucho que sufra Ucrania una violenta invasión militar por parte de Rusia desde hace tres años. Aunque ello constituya una flagrante violación del derecho internacional y de la carta de Naciones Unidas de consecuencias, hasta la fecha, catastróficas, con centenares de miles de soldados muertos entre ambos bandos, miles de civiles asesinados o desplazados, infraestructuras básicas destrozadas y una enorme amenaza para la paz y la seguridad de toda Europa. Una violación de las normas, las leyes y el derecho internacional tan descarada como la que se perpetra simultáneamente en Gaza.

No es de extrañar, por tanto, que, contraviniendo también los acuerdos y normas establecidos, Donald Trump imponga un plan de paz que atiende solo las razones rusas y hace caso omiso al derecho de Ucrania, como cualquier estado, a su soberanía e integridad territorial. Justamente los objetivos declarados por Putin para declarar la guerra: impedir una Ucrania democrática,  libre, soberana e integrada en Europa y bajo el paraguas de la OTAN. Tales fueron las causas fundamentales de un conflicto por el que Putin siempre ha mirado con hostilidad a Ucrania, sobre todo a partir del levantamiento de Maidán y la expulsión del presidente prorruso Yanukóvich. Y las que había expuesto por carta, subrayándolas como condiciones inasumibles, al Gobierno de EE UU y a la Alianza Atlántica, sin que fueran tomadas en cuenta. Si se compara objetivamente, se parece mucho a los motivos por los que EE UU no permite una Cuba soberana a pocas millas de Miami y a la que lleva boicoteando su economía desde que la percibió alineada con el viejo enemigo comunista. Siendo, además, agredida e infructuosamente invadida, como acredita la existencia de Guantánamo, esa base-cárcel yanqui en la isla que avergüenza a todo demócrata. Un paralelismo curioso sobre el comportamiento de ambas potencias en sus zonas de influencia.

Y es que entre matones se entienden. Por eso el magnate norteamericano negocia, por un lado, con el agresor y excluye a la víctima agredida y desprecia olímpicamente, por el otro, la seguridad del continente. Simplemente, porque solo le interesa el reparto territorial de las respectivas áreas de influencia y la obtención, encima, de beneficio económico mutuo: tierras raras para uno, centrales de energía para el otro. Así, comparten tácticas y objetivos. En esta ocasión, ambos tratan de impedir que Europa se convierta en una potencia que rivalice con EE UU y Rusia, al menos, económicamente, a nivel mundial.

De ahí que difícilmente la “pax” trumpana pueda ser justa, coherente y verdadera, aunque acabe con la guerra y traiga el silencio de las armas y las bombas. Tampoco significará una garantía para la seguridad y tranquilidad de Europa, que seguirá permanentemente amenazada por las ambiciones geoestratégicas tanto de Rusia como de EE UU. Y, a partir de ahora, sin la confianza que confería ser parte de la estructura defensiva de una OTAN incapacitada para cumplir con sus obligaciones, hasta verse paralizada por un dilema existencial, como el que se presentaría si EE UU invade y arrebata, como ha prometido Trump, Groenlandia, un territorio perteneciente a Dinamarca, país europeo miembro de la Alianza Atlántica.

Lo único positivo de esta situación quizás sea comprender al fin, a nivel continental, que la alternativa para contrarrestar todas estas amenazas sería una Europa más fuerte, unida e integrada políticamente, y con una acción exterior y una defensa común propia, autónoma y suficiente. Es decir, la única alternativa es más Europa, pero más unida.

Mientras tanto, como en tiempos de Augusto, reinará con el nuevo emperador de Washington la paz y el fin de las hostilidades en estos dominios de su imperio, gracias a un acuerdo inmoral que no respeta la dignidad de una víctima agredida salvajemente.

Pero confiemos en que, tras un período de paz, no suceda lo que pasó con la desaparición de Augusto: el comienzo del fin del imperio romano por unos bárbaros hartos de tanta “pax” impuesta. Es difícil prever el devenir de la historia ni aun conociendo a sus protagonistas.

jueves, 7 de enero de 2021

Adiós, míster Trump.

La era Trump ha durado, afortunadamente, sólo cuatro años. El impresentable presidente de EE UU abandonará la Casa Blanca el próximo 20 de enero, cediendo a duras penas el sillón del Despacho Oval a Joe Biden, el ganador de unas elecciones que Donald Trump se ha resistido reconocer para dedicarse a elaborar artimañas legales e ilegales con las que retener el poder y alterar el resultado de las urnas.

Su última maniobra, que puede costarle consecuencias penales, ha sido lanzar a sus huestes al asalto del Capitolio, donde se han producido cuatro muertes y diversos heridos durante el enfrentamiento de la turba con la policía. Si tal hecho hubiera acontecido en Venezuela, la instigación de Trump a los desórdenes ya habría recibido las más enérgicas repulsas políticas, diplomáticas y hasta económicas, mediante el bloqueo comercial a un régimen que habría sido calificado de dictadura bananera.

El vergonzoso comportamiento de Trump en sus finales horas presidenciales puede reportarle consecuencias judiciales, si se demuestra su participación, como instigador y autor moral, en un suceso que los norteamericanos jamás hubieran imaginado: el cuestionamiento de su sistema democrático y la destrucción o desobediencia a sus instituciones, todo ello impulsado desde la propia Casa Blanca. Nunca antes un presidente norteamericano había hecho tanto daño a su país, dividiendo a la población y buscando el enfrentamiento y la crispación social, como el bochornoso Donald Trump.

Ojalá se refugie en sus torres hoteleras de decoración hortera de nuevo rico y se dedique, hasta el fin de sus días, a sus negocios y chanchullos empresariales, en los que las trampas, sus modales y su mediocridad le bastan para enriquecerse. Y que deje que el país sea dirigido por personas más capacitadas y decentes. Su patochada en la política ha durado demasiado tiempo, algo insoportable, no sólo para EE UU, sino para el resto del mundo. Adiós, míster Trump.