jueves, 10 de septiembre de 2026

Una princesa en la universidad

Ha sido noticia digna de portadas (El País, 8/9/26) que la princesa Leonor de Borbón, hija del rey Felipe VI, inicie sus estudios universitarios y curse la carrera de Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid. En pantalones vaqueros y rodeada de alumnos y profesores (los escoltas del servicio secreto no aparecían en las imágenes), tanto la joven princesa (con su vestuario y gestos) como los artífices de organizar el evento ante la opinión pública (Gabinete de Comunicación y Protocolo de la Casa Real) parecen querer subrayar la “normalidad” de un hecho que, no obstante, mereció ser destacado en los medios de comunicación de masas, junto a titulares sobre la crisis de Ceuta, el acceso de la extrema derecha al gobierno de un estado alemán o la última novedad en la instrucción judicial contra el expresidente Zapatero.

Como si fuera una alumna más, aunque heredera a portar sobre su cabeza la corona del reino de España, la princesa (parece que narramos un cuento de hadas) iniciaba sus estudios universitarios. Y a pesar de su apariencia de normalidad, incluso cercana y familiar, el hecho fue destacado no solo por las revistas del corazón, sino que ocupó portadas de la prensa supuestamente seria y formal.

Pero nada en ella es normal, aunque se empeñe la Zarzuela en intentar dar esa imagen. La futura reina de España sigue al pie de la letra un detallado plan, no solo formativo sino también institucional, elaborado concienzudamente desde la Casa Real para construir su imagen pública como una figura cercana al pueblo, que comparte sus mismos retos (¡ha de estudiar, caramba!) y que se prepara para asumir cuando corresponda las altísimas responsabilidades de la Jefatura del Estado. Se instruye a quien está destinada a ser reina de España y se trata de modernizar, al mismo tiempo, a una institución monárquica que presenta más manchas que brillos.

Así, la distinguida alumna, no en vano princesa, fue recibida a las puertas de la universidad, en medio de una multitud de estudiantes, vecinos y curiosos, por el mismísimo rector de la universidad, la vicerrectora de Estudiantes y el decano de la Facultad de Ciencias Políticas. Como se hace con todos los nuevos alumnos, supongo. Pero no accedía a la universidad tras un currículo convencional como cualquier bachiller, sino después de haber cursado el Bachillerato Internacional en el UWC Atlantic College de Gales. Y tras superar, naturalmente, el proceso de selección para la admisión de estudiantes que realizaron el bachillerato en el extranjero. ¡Difícil papeleta para el comité que la evaluó!

Y es que, por si fuera poco, la princesa Leonor llegaba a la universidad después de haber pasado tres años de preparación militar en las academias del Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire y del Espacio. Por esa etapa “militar” recibirá, en julio de 2027, los reales despachos que la acreditarán como teniente del Ejército de Tierra y del Ejército del Aire, además de alférez de navío de la Armada. Ahí es nada, para sus escasos 20 años de edad. Todo muy normal.

Tan normal que los estudios que cursará en la Universidad Carlos III de Madrid, en el campus de Getafe, con una duración de cuatro años, incluyen el análisis de los sistemas políticos junto a materias como Derecho, Economía, Historia y Relaciones Internacionales, entre otras. Unos estudios en los que deberá analizar cómo se organiza el poder, cómo se legitima y cómo se somete al control democrático. Es decir, la princesa se estudiará a sí misma para conocer y legitimar la institución monárquica, ese arcaísmo que ella representa y que encarnará en un futuro inmediato, integrado en un Estado democrático. Pero algo se ha avanzado. Al menos, ya no se considera a los soberanos como representantes de los dioses para gobernar, pero siguen sin ser elegidos por sus representados. ¿Cómo se lo explicarán?

Y para que no haya distingos, la propia princesa ha dejado de manifiesto no querer trato diferencial en una universidad, mira qué casualidad, que lleva el nombre de uno de sus antepasados dinásticos del linaje de los Borbones. Algo así como una universidad bautizada con el nombre de su tatarabuelo, el rey del despotismo ilustrado. También muy normal.

Sin embargo, lo único que no es normal es que, en pleno siglo XXI, sigamos considerando a determinadas personas y sus familias como seres que, por nacimiento, pertenecen a ámbitos superiores e inaccesibles para el resto de los mortales -por ser reyes, princesas, infantas y demás cohorte real-, cuya función social no está sujeta a control ni mucho menos a elección, como corresponde en una democracia.

Por eso, la princesa jamás podrá ser un alumno más, lo que explica la cobertura mediática que ha generado su ingreso en la universidad. Aparte de compaginar su asistencia a clases con sus actividades institucionales (audiencias, visitas, inauguraciones, viajes, discursos, etc.), su exclusiva formación se adecuará a las exigencias de la forma de gobierno que representa, muy alejadas de cualquier consideración de “normalidad”.

Porque ella no va a la universidad para aprender y poder ganarse la vida en lo que desee, sino para “adornar” el trabajo que ya tiene asignado desde que nació con apariencias de “normalidad” y ejemplaridad. Una forma de justificar sus privilegios hereditarios, como primogénita de la familia Borbón -la única línea sucesoria de una monárquica jamás refrendada-, a pesar de que sea la forma de gobierno en España, impuesta después de una larga dictadura, desde que en 1978 se aprobó la Constitución.

Así pues, que una princesa vaya a la universidad no supone que la monarquía parlamentaria española, como forma de gobierno, sea cercana y más “normal” que la legitimidad democrática de un Jefe del Estado elegido en las urnas. Y no lo es porque, a pesar de todas estas modernidades cosméticas, la monarquía es para buena parte de la población española una imposición histórica que “chirría” en una sociedad que ha evolucionado y demanda gobernantes sometidos al control democrático y la rendición de cuentas, sin impunidades ni inviolabilidades legales que blinden sus desmanes penales y conductas inmorales. 

viernes, 4 de septiembre de 2026

Ceuta como munición

Se celebraron, el pasado día 2, manifestaciones en la mayoría de las provincias españolas que exigían en pancartas y a viva voz que “Ceuta no se vende, se defiende”. Fueron convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias, entidad controlada por el Partido Popular, y sirvieron, principalmente, para confrontar y criticar al Gobierno, al que tachan de traidor y de no hacer nada por la ciudad “invadida” del norte de África.

Ninguno de los manifestantes ni de las ciudades que organizaron dichas manifestaciones ofrecieron propuestas para materializar esa ayuda que reclamaban para la ciudad autónoma, que sufrió el 30 y 31 de julio una entrada masiva e ilegal de más de 72.000 inmigrantes procedentes de Marruecos, con quien hace frontera. Es más, en el colmo de la contradicción, todos los municipios y provincias gobernados por el PP, tanto en solitario como coaligados con la ultraderecha de Vox, se niegan acoger a los inmigrantes menores de edad no acompañados, especialmente vulnerables, y más aún si son niñas, hasta que puedan ser repatriados con todas las garantías y seguridad que exige la ley, lo que aliviaría, sin duda, la presión que desborda las capacidades de recepción de inmigrantes que soporta Ceuta.

Lo que resulta todavía más grotesco es que los eslóganes y gritos que se vertieron en esas manifestaciones reproducían los insultos y descalificativos que la derecha y los ultras fascistas suelen emplear para atacar al presidente del Gobierno y a las instituciones que no actúan según sus criterios ideológicos. Así, arremetieron con exabruptos y calumnias contra Pedro Sánchez, agredieron a periodistas de medios considerados “manipuladores”, como la televisión pública TVE, o lanzaron cánticos y amenazas contra onegés y hasta contra Cáritas por, precisamente, ayudar y paliar de alguna manera las necesidades de las personas -no se olvide: son personas- que malviven a la intemperie -inmigrantes o no- en las calles y playas de la plaza española en la península tingitana de África.

En la que se celebró en Madrid, el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, arengó a los manifestantes diciendo que “una ciudad española ha sido invadida, ocupada, y lamentablemente con el conocimiento del Gobierno de España”. Al mismo tiempo, el líder de Vox, Santiago Abascal, arremetió contra el presidente del Gobierno, al que tildó de “psicópata peligroso” que está “al servicio, como lacayo, del régimen de Marruecos”. Lo acusó, sin más, de traidor.

Si los responsables de los partidos convocantes, por controlar a la entidad que formaliza la convocatoria, se expresan con tal nivel de agresividad, los manifestantes que responden emocionalmente a tales estímulos acaban asumiendo y vociferando las consignas racistas y de odio que aquellos promueven, lo que alimenta un clima de inusitada crispación social y polarización que es difícil de apaciguar.

Bajo un mar de banderas rojigualdas y cánticos ofensivos, miles de ciudadanos se echaron a la calle por todo el país en demanda, presuntamente, de ayuda y en defensa de Ceuta. Fue fácil movilizarlos. Y constituyó todo un éxito para los intereses de las derechas españolas, obsesionadas en derribar al Gobierno desde el mismo instante en que su presidente logró la investidura del Congreso de los Diputados. Un Gobierno que, en esta ocasión, acumulaba motivos para el reproche a causa de la tardanza en gestionar la explosiva situación de la plaza española, en no identificar con prontitud la extraordinaria dimensión de los acontecimientos ceutíes y en no ofrecer una información suficiente y creíble sobre las causas y los responsables de aquella crisis. Parecía más empeñado en defender las relaciones con Marruecos.

Sin embargo, se erró con la excusa. Porque las ayudas, aunque tarde, han estado llegado en forma de cuantiosas sumas económicas (para el Gobierno local, fondos al empleo, etc.), medios materiales (tiendas de campaña, aseos desmontables, mantas, medicamentos, vacunas, etc.) y recursos humanos (policías, soldados, médicos y algunos jueces). No se podía decir, por tanto, que Ceuta se había abandonado, que no se le había prestado ayuda ni que tampoco, por supuesto, no se defendiese. El lema que presidía las manifestaciones era, simplemente, una manipulación que mentía al ciudadano. Su propósito era otro y quedó meridianamente claro.

Incluso, hasta el informe policial que apareció de manera oportuna para abundar en la supuesta negligencia del Gobierno ha resultado ser eso, un extraño escrito que desinforma más que informa, que conjetura más que asegura, que apunta pero no acusa expresamente. Se trata del “famoso” informe policial que sugiere la responsabilidad de Marruecos en la entrada masiva de inmigrantes a Ceuta, por no contenerlos e incluso “guiarlos”. En un gratuito alarde especulativo, sin pruebas ni hechos verificables, el informe no alerta de lo que iba a suceder, sino que se limita a describir lo que estaba sucediendo a partir de lo que se publicaba en las redes sociales, sin datos de primera mano o aportados por agentes propios.

Es un informe elaborado por la Comisaría General de Extranjería y Fronteras, que se remitió a la Audiencia Nacional, a instancias del juzgado que instruye el caso sobre si se había producido “una acción concertada o dirigida por alguna organización o grupo criminal”. Un caso abierto a raíz de una denuncia presentada, el mismo 31 de julio, por el “antipartido” Iustitia Europa, una formación que propugna las deportaciones masivas y el despliegue del Ejército y la Armada para blindar las fronteras.

Lo curioso es que, por orden expresa de la jueza que lleva el caso, la existencia del informe no fue comunicada a los mandos superiores del cuerpo policial ni al director general de la Policía. Por consiguiente, tampoco el ministro del Interior ni el Gobierno conocían su existencia, a pesar de que, basándose en valoraciones y conjeturas y no en ninguna prueba material, el informe sugería, sin afirmarlo abiertamente, que el Gobierno de Marruecos fue en última instancia el responsable de la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta.

Esa milagrosa aparición de un informe secreto en el curso de las manifestaciones sirvió, sin más, para acusar al Gobierno de conocer y no hacer nada por impedir la “invasión” de Ceuta. Y motivaron las soflamas de que “Ceuta se defiende, no se vende”, que tan buena cogida tuvieron entre los manifestantes, y que servían para relacionar “la ayuda a Ceuta” con la convocatoria de unas elecciones anticipadas que posibilitaran un cambio de Gobierno, sin explicitar qué medidas alternativas, distintas a las impulsadas por el actual, adoptaría un Ejecutivo de distinto color.

Es decir, ¿cómo un Gobierno de derechas, coaligado con la extrema derecha, abordaría una crisis semejante? Fue lo que preguntó en el Congreso el presidente del Gobierno durante el pleno extraordinario que debatió la cuestión. ¿Cuál sería la firmeza que ordenaría emplear un Gobierno antinmigrante ante una avalancha de civiles desarmados e indefensos que fuerzan su entrada ilegal por la frontera?

Valorando que las fuerzas de seguridad españolas “supieron responder con humanidad” y no provocar una tragedia mayor, pues murieron ahogadas 141 personas al intentar llegar a Ceuta, el presidente preguntó al líder de la oposición: ¿qué habría hecho usted diferente? ¿Habría ordenado a la policía que disparara a la población civil? ¿Matar a cientos, quizá miles de jóvenes, para gestionar la frontera?

No tuvieron respuesta, como tampoco se ofrecieron propuestas a los manifestantes de las movilizaciones en ayuda de Ceuta. Quizá no las había o no fueran tan simples o fáciles como las que exigían las pancartas. Lo único claro es que la crisis migratoria de Ceuta ha sido utilizada como munición para desgastar al Gobierno, tal vez como último cartucho que las derechas disponen para obligarlo a tirar la toalla y convocar elecciones anticipadas.

Es posible que nunca sepamos la verdad de la implicación de Marruecos por esa actitud permisiva de no impedir el asalto multitudinario a la frontera española, ni de la contribución que han tenido EE.UU e Israel en crear el ambiente de bulos y mentiras que empujaron a miles de marroquíes a pensar que las puertas de Europa se abrían para ellos.

En cualquier caso, las relaciones con Marruecos deberán ser distintas a las mantenidas hasta ahora y que, en función de las investigaciones de inteligencia en marcha, habrán de replantearse de forma absoluta en defensa de los intereses de España. Y que, entre tanto, ha de reforzarse la seguridad y la vigilancia de las fronteras africanas de nuestro país, que son las de Europa en su conjunto.                   

jueves, 3 de septiembre de 2026

lunes, 31 de agosto de 2026

Microrrelatos y aforismos, mi último libro

El curso empieza cargado de ilusión. Porque acaba de aparecer un nuevo libro del que soy autor. Se trata del tercero que, desde que he accedido a la feliz jubilación, he podido elaborar. Su título es Microrrelatos y aforismos: píldoras literarias y sale a la luz en plena canícula, el peor momento para dar a conocer ninguna novedad, y menos literaria. No obstante, me llena de satisfacción verlo ya impreso y a punto de comenzar su distribución, y por ese motivo adelanto su aparición aquí.

En este libro mantengo la temática que ya caracterizaba mis anteriores obras: la del género o cuento breve. Así, Microrrelatos consta de setenta y nueve historias de especial brevedad, pero de singular resonancia, y más de 50 sentencias de mi producción aforística, todas ellas escritas a lo largo de los años y guardadas en el cajón donde acumulo los folios emborronados de inútiles apuntes.

Unos y otros -relatos y aforismos- abordan las sempiternas cuestiones que preocupan al ser humano, desde el miedo, la enfermedad, el paso del tiempo, la rutina, el amor, la consciencia y hasta la muerte. Y lo hacen desde vivencias, observaciones y la imaginación de quien plasma en historias de una brevedad intencionada sus propios temores, tribulaciones, desengaños, esperanzas, sentimientos y emociones.

Se puede decir que este libro es el más personal e íntimo que he escrito, por cuanto de alguna manera expongo mi forma de pensar, mis creencias, mis obsesiones, mis inclinaciones y hasta mis fobias. También mis esperanzas, anhelos y sueños. Los que me conocen se percatarán que mis ideas y manías operan en algunos relatos. Y que los aforismos no son más que extractos de mis propios pensamientos, como corresponde a la coherencia y honestidad con que se han escrito. Y los que no me conozcan, podrán también hacerse una idea cabal de mi personalidad.

Sin embargo, no es un libro biográfico, sino una compilación de escuetas narraciones de ficción que, en muchos casos, se alimentan o surgen de la experiencia de quien las escribe, pues se sirve de ella como condimento que adereza su imaginación con una pizca de realidad.   

Además, para no ofrecer este guiso literario sin ninguna guarnición, Microrrelatos y aforismos viene acompañado por la generosa colaboración de José Alfonso Bolaños Luque, filólogo y profesor de Lengua Castellana y Literatura, un enamorado del rigor lingüístico, amante de la poesía y del rock, quien de manera desinteresada se ha encargado de prologar esta obra y preparar al lector para adentrarse en un texto destinado a ser leído despacio, saborearlo a pequeños sorbos, de modo que permanezca en la conciencia, dando vueltas en la mente, hasta mucho después de haber terminado la página.

Es muy probable -como subraya el prologuista- que el libro sorprenda, aunque esa no era su intención, dado que el juego de contrastes, paradojas y asociaciones inesperadas que utilizo en ciertos relatos, siempre de forma sugerente y cargadas de humanidad, pueden llegar a conmover, emocionar e impresionar al que se sumerja en su lectura.

Por esa razón, estoy convencido de que a una mayoría de lectores les agradará este proyecto literario que siento el honor en presentar, pues satisfará sus expectativas. Junto a los anteriores libros (Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes e Historias hospitalarias), Microrrelatos y aforismos completa una trilogía cuentística que obedece a mi interés literario y mi tendencia por la escritura. Una afición próxima a la vocación que siempre he tenido y de la que nunca he renunciado, no con intención de ganarme la vida sino para que le diera sentido y un propósito vital. De ahí que estos libros puedan considerarse como parte escrita de mí.

A todos cuantos se sientan atraídos por su lectura les debo la satisfacción de que mi empeño no haya sido en vano, que aquella afición diera frutos. Pero tanto, a los que lo lean como a los que no, debo reconocerles la deuda de gratitud que he contraídos con todos por la atención con que me siguen y el interés que prestan a estas líneas.

Microrrelatos y aforismos: píldoras literarias se puede adquirir por internet en Amazon, a través de las distribuidoras Libros cc y Azeta Libros, solicitándolo en El Corte Inglés, La Casa del Libro y Fnac, o en cualquier librería que trabaje con estas plataformas de distribución.

Confío en que les guste y disfruten de su lectura tanto, cuanto menos, como yo al escribirlo. Si así fuera, gracias. Mil gracias.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Los “éxitos” de Trump

Donald Trump, en este su segundo mandato al frente de la presidencia de Estados Unidos de América (EE.UU) durante el que iba a completar todo lo que no había podido hacer en su primer mandato, aquella misión providencial en la que había volcado todo su empeño y voluntad de triunfador, no acaba de conseguir los éxitos que soñaba. Se le está volviendo cuesta arriba una legislatura llena de sobresaltos.

Y a él, obsesionado en transmitir siempre una imagen de triunfo y de fortaleza indiscutibles -no en balde es el presidente del país más poderoso del mundo-, le irrita a rabiar no alcanzar sus metas, no conseguir sus propósitos -por disparatados que parezcan- y dar la impresión de “fracaso” en todas las iniciativas en las que se embarca. Huye como de la peste de la imagen de fracasado. Es lo que más teme. Lo saca de quicio.

Ya antes de ser presidente, cuando se dedicaba a presentar un concurso televisivo de gestión empresarial, The Apprentice, solía despedir a los perdedores con la mofa:  you´re fired (estás despedido), frase que utilizó como símbolo de su estilo directo, autoritario y taxativo.

Y ahora, como presidente, no quiere aparecer como uno de aquellos participantes que fracasaban. De ninguna manera. No tolera esa imagen ante los problemas -antiguos o nuevos creados por él- a los que se enfrenta desde que ocupa el despacho oval de la Casa Blanca. Vive obsesionado por el éxito y éste se le está resistiendo cada vez más.

Para una persona engreída, narcisista y soberbia, que premia a los que le adulan y admira a sátrapas de personalidad fuerte y decidida, los fracasos y contratiempos que está encontrando en la mayoría de sus decisiones le atormentan y amargan la existencia. Lo malo, para él, es que no es solo un trastorno psicológico, sino un problema político. Su popularidad está cayendo espectacularmente (sólo un tercio de los votantes aprueba su gestión), precisamente antes de las elecciones de medio mandato (mid term), del próximo noviembre, cuando se eligen a todos los miembros de la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado. Del resultado de esas elecciones, sobre todo si los demócratas consiguen mayoría, depende la capacidad de gestión y las iniciativas que pueda impulsar el presidente desde la Casa Blanca. Y suponer que pueda verse atado de pies y manos es, para él, una pesadilla insoportable.

Porque ya no es que la economía interna, la que afecta al bolsillo de los estadounidenses, se resienta de los bandazos de sus relaciones comerciales internacionales, del desorden mundial que ha provocado con sus erráticas y chantajistas políticas arancelarias y los conflictos que promueve con un desenlace cuestionable, sino que, incluso, sus medidas contra los inmigrantes, con arrestos arbitrarios, deportaciones a espaldas de la justicia y hasta muertos por la violencia de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, causan perplejidad y un rechazo creciente entre sus conciudadanos. Su soflama de que emprendería “la mayor deportación de la historia” ya no moviliza a seguidores crédulos, sino sólo radicales xenófobos. Los ciegos y los ingenuos se han dado cuenta de que su inhumana política migratoria no mejora la seguridad del país. Más bien, todo lo contrario: lo conduce hacia una inseguridad social y legal que, en una sociedad plural y diversa como la norteamericana, genera inestabilidad laboral y económica. Y miedo. Hijos de inmigrantes nacidos en EE.UU han dejado de ir a la escuela o la universidad por temor a ser detenidos y deportados. Esa política antinmigración solo ha servido para evidenciar la falsedad del argumento de que los inmigrantes quitaban el trabajo a los nativos, les robaban los puestos de trabajo, ya que mayoritariamente ocupaban aquellos empleos que los nativos rechazan, y siguen rechazando.

Este descontento que se extiende entre la población es un claro ejemplo del “éxito” de Trump en política interior, con la que ha conseguido que el galón de gasolina escale precios desconocidos para los norteamericanos, acostumbrados a carburantes baratos, propios de un país productor.

Y en el resto del hemisferio no le ha ido mejor. Donald Trump se ha relacionado con los países vecinos como si fueran adversarios indeseables. Ha acusado a México de narcoestado, tiene ojeriza a Cuba, ha mandado los marines a Venezuela, quiere recuperar la soberanía del Canal de Panamá, anexionarse Groenlandia e, incluso, ha cuestionado el Acuerdo comercial con Canadá y México y ha forzado su modificación, empleando para ello sus amenazas y exigencias de pleitesía habituales.

Hasta tal punto ha querido chantajear a sus socios que Canadá se ha plantado. Se ha levantado de las negociaciones, en las que se pretendía evitar una guerra comercial, advirtiendo de que no aceptaba que el presidente norteamericano convirtiera en vasallos a sus antiguos aliados. Y ha asegurado que responderá “dólar por dólar” a la coacción económica de los aranceles. Como hizo China, que le mantuvo el pulso chantajista cuando sufrió idéntica ofensiva arancelaria. Y como también hacen ahora México y Brasil para escapar del control que pretenden imponerles desde Washington. El único “éxito” de Trump en el continente -si es que eso puede considerarse un éxito- ha sido el secuestro del presidente de Venezuela para controlar la producción y comercialización del petróleo venezolano, pero sin conseguir la “democratización” del régimen, que continúa en manos de los líderes del régimen bolivariano. Otro triunfo, pues, de su doctrina “Donroe” (nombre con el que rebautiza la doctrina Monroe de dominio USA en el continente) para con sus vecinos. 

Y en el mundo, para qué hablar. En el resto del mundo sus “éxitos” son abrumadoramente inanes. Ninguna de las guerras en las que ha querido intermediar ha logrado acabar los enfrentamientos y firmar la paz. Ahí está Gaza, donde Israel sigue asesinando a civiles impunemente a diario, para demostrarlo y en la que el acuerdo para una Junta de Paz es puro espejismo. Lo mismo en Ucrania, a la que ha dejado sin armas ni apoyo para que se defienda del brutal ataque e invasión de la Rusia de Putin. Y su última bravata contra Irán, civilización a la que iba a hacer desaparecer en cuestión de semanas con misiles y bombas, lleva seis meses resistiendo y obligándole a buscar excusas para salir del avispero.

También Europa, cuyos países han sido escudo territorial, gracias a la OTAN, frente al enemigo vigilante de los irredentos “soviets”, sufre ahora la desconsideración y antipatía de un Donald Trump que, cual miserable casero, solo quiere subir la renta y gastar menos dinero por su supuesta protección. Así, en un giro doctrinal, prefiere debilitar la Alianza trasatlántica a que se le discuta sus pretensiones mercantiles por la defensa estratégica atlántica, puesto que, en virtud de esa nueva doctrina, Rusia ha dejado de ser un adversario. Únicamente España se ha resistido a incrementar su contribución a la OTAN con el argumento de que ya financia en la actualidad las necesidades de defensa que le corresponden.

Pero el hueso duro de roer para Trump es China, contra la que EE.UU disputa la hegemonía geopolítica global. Le ha aguantado el pulso de los aranceles, se le enfrenta con el desafío de la nueva carrera espacial por regresar a la luna y, ante las nuevas sanciones económicas para debilitar a Irán, las condena abiertamente y las califica de “acto de guerra”. Es decir, le discute todo y se le enfrenta en cualquier ámbito, demostrando más prudencia y seriedad de lo que cabía suponer. Hasta los coches eléctricos chinos parecen más fiables que los Tesla. Y más baratos.

Si todo esto son “éxitos” del prepotente, impulsivo y mentiroso Donald Trump, que venga Dios y lo vea. Pero que no lo suframos los parias del mundo que sobrevivimos con la energía, transformada en luz y gasolina, que nos venden unos y otros, tanto en tiempos de paz como en los de guerra. ¡Qué plan!

viernes, 21 de agosto de 2026

Llámalos por su nombre

Para poder abordar cualquier asunto de la realidad, para poder comprender lo que sucede y nos sucede, hay que primero nombrarlo, conocer con exactitud su sombre, el término más preciso que lo describe y con el que señalamos su verdadera dimensión. Porque las palabras no son inocentes: designan según la intencionalidad del que las emite. Y lo que pasa en Ceuta, con la llegada masiva e ilegal de miles de inmigrantes, sucede lo mismo. Según las palabras empleadas, nos predisponen a un significante intencionado. Estamos expuestos a subterfugios lingüísticos que intentan que aprehendamos, por la forma de nombrarlos, una determinada interpretación o aspecto manipulado de la realidad. Es lo que nos advierte Isaac Rosa con este artículo que suscribo totalmente. Por eso indico el enlace para verlo y leerlo. Valórenlo ustedes mismos. No tiene desperdicio.

https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/nombre-exacto-ceuta_129_13458292.html

jueves, 13 de agosto de 2026

El eclipse que no vi

A pesar de la insólita campaña desatada en España sobre el eclipse de sol que ayer se produjo y en la que se detallaba, con precisión de programa turístico, no solo el amplio territorio -una franja que abarca desde Galicia a Baleares- desde donde  se contemplaría el disco solar totalmente tapado por la luna, sino incluso los mejores sitios, elevados y sin obstáculos, en los que curiosos e interesados podrían ser testigos preferenciales de un hecho astronómico que hacía más de un siglo que no se producía por estas tierras, a pesar de todo ello, digo, resulta que yo no lo vi.

Y no lo vi, no porque desconociera -cosa imposible después de tanta publicidad- que iba a tener lugar un fenómeno natural, aunque esporádico, que asustaba en la antigüedad a la gente, sino porque ni quise ni cambié mis proyectos o asuntos por mirar al sol. Ni siquiera compré las imprescindibles gafas con filtros que evitan daños en la retina al que imprudentemente mira directamente el disco solar. Simplemente, no pensaba observarlo y no lo hice.

Soy, pues, de esos excéntricos que caminan con paso cambiado y no siguen los dictados consumistas que guían a la masa, pastoreada dócilmente por las modas, las redes sociales, la propaganda política o comercial, los convencionalismos, los medios de comunicación y hasta por la lotería o la ONCE. Intento ir a mi bola, aunque no siempre lo consigo.

Pero esta vez, con el eclipse, me he resistido y no he caído en las redes manipuladoras que todo lo convierten en espectáculo… para sacar beneficio. El negocio de viajes, alojamientos, gafas, restaurantes y demás complementos ha sido mayúsculo. Han hecho su agosto este agosto. Pero de mí no han obtenido ni un céntimo. Y no por ser un tacaño, que no lo soy, sino porque he creído que no mirar cómo el sol se torna oscuro, desde mi ignorancia y lego en física, supusiera que me perdería una experiencia “histórica” de la que me acabaría arrepintiendo.

No lo creo porque la experiencia de un eclipse, aun sin ser total en donde vivo, la disfruto de otra manera, percatándome de la disminución de luz, de la bajada de las temperaturas, de la alteración en la conducta de algunos animales, del regreso de las sombras y del doble atardecer al que asistí esa tarde. Y todo ello sin mirar directamente al astro rey, sino sabiendo que está ahí, siguiendo su trayectoria de este a oeste y jugando con la luna para asombro -y negocio- de los habitantes de la Tierra.

Sí, yo no vi el eclipse, y no considero que me haya perdido nada. Nada importante, quiero decir. Ni medí la corona solar, ni distinguí rastros de helio, ni me puse a buscar estrellas que el sol impide ver. Además, ya he visto otros eclipses, incluso escribí sobre ello en 1973, y las fotografías e imágenes de éste acabarán multiplicándose por todas partes, incluso por wasaps.

Y lo mejor -para quienes vivimos en estas latitudes sureñas-, tendremos nuevas ocasiones de contemplar más eclipses: el 2 de agosto de 2027 habrá otro eclipse total, y el 26 de enero de 2028, uno anular (la luna, muy alejada de la Tierra, no consigue tapar todo el disco solar).

Por todo ello, no sentía la necesidad imperiosa de reaccionar al estímulo colectivo de mirar adonde nos mandan, a pesar de que no seamos astrónomos. No tenía ganas de sumarme a la vorágine propagandística de este eclipse de sol. Total, ya habrá tiempo y forma de hacerlo con menos presión ambiental.        

lunes, 10 de agosto de 2026

La reseña de un profesor

Fue una sorpresa afortunada encontrarme con la reseña de mi libro Historias hospitalarias, Cuando las paredes hablan que hace un divulgador lingüístico y comentarista literario en su blog. No sabía que iba a hablar de una obra que trata de pacientes y trabajadores sanitarios, un mundo muy alejado del que él conoce bien, que es la docencia y el estudio de la Lengua española, como filólogo y profesor de Literatura. Es un compañero laboral de mi hija y, dado su interés por lo que escribo, ha accedido a prologar un libro posterior que pronto saldrá a la luz. Sin embargo, desconocía que reseñara Historias hospitalarias, descubriendo aspectos que ni mis colegas sanitarios han sabido captar. Su visión ajena al mundo de la sanidad adquiere, así, un valor excepcional. Por ello facilito el enlace para quienes deseen leerla y conocer su valoración. Ni qué decir tiene que se lo agradezco sinceramente. Gracias, Alfonso.   

sábado, 8 de agosto de 2026

La crisis de este verano

No vivimos para sustos. Si no es una pandemia, es un volcán que empieza a echar lava de súbito, la invasión rusa en Ucrania o un genocidio en Gaza por parte de un Israel inhumano.  Por si nos parecía poco, también asistimos al secuestro -vía militari- del presidente de un país sudamericano por un quítame allá unos pozos de petróleo y a otra guerra más, esta vez contra la antigua Persia, por el mismo motivo e idéntico autor, el energúmeno que gobierna EE.UU. Todavía más, para acabar de los nervios: tras las increíbles amenazas de anexionarse por la cara Groenlandia, Cuba y Panamá, tuvimos que soportar el uso de subidas unilaterales, increíbles y arbitrarias de aranceles como chantaje en las políticas comerciales de Trump con el resto del mundo. Solo China le mantuvo el pulso. Y, por otros motivos, también España, que se negó a incrementar su aportación a la OTAN y a ceder las bases de utilización conjunta en nuestro país para librar la guerra ilegal, desproporcionada e injustificada de USA contra Irán.

Así, pues, cuando ya creíamos que con las olas de calor -cada año más intensas y extensas- habíamos acumulado todos los motivos de insomnio, decenas de miles de subsaharianos y marroquíes entran de forma ilegal y al mogollón en Ceuta, esquivando el espigón fronterizo y echándose al mar a nado o con flotadores. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y dejaron en mal lugar a nuestro país. Se lo pusieron fácil a esos que solo necesitan cualquier excusa para proferir las más apocalípticas catástrofes y desgracias que obedecen, según ellos, al calamitoso y nefasto Gobierno que hemos votado y que hasta las próximas elecciones no piensa dejar de gobernar, aunque le cueste aprobar cualquier ley en un Parlamento fragmentado.    

La cuestión es que, para colmo de sustos, entre 70.000 y 75.000 inmigrantes (hombres y niños, mayoritariamente) cruzaron y entraron de forma ilegal el 30 de julio en la ciudad autónoma de Ceuta, en el transcurso de solo un día y colapsando absolutamente la frontera y a las fuerzas policiales encargadas de custodiarla. Una cantidad enorme de personas que desbordaron las capacidades de gestión y de acogida de una ciudad de solo 83.000 habitantes que, de un día para otro, dobló su población.

Por desgracia, más de 140 personas murieron en el intento de cruzar la frontera, contando los cuerpos aparecidos en aguas españolas y marroquíes. Fue el carísimo precio de la desesperación. Y aunque la mayoría ha regresado por donde vinieron, el problema de saturación sigue existiendo ahora en los centros de menores de Ceuta, ciudad que acoge a más de 1.000 menores inmigrantes tutelados en unas instalaciones con capacidad solo para 30. A los que se suman cerca de 1.500 que aun deambulan por las calles o se esconden para no ser repatriados. Un problema que supera todas las previsiones.

Esta situación, que solo por su volumen es inédita, ha dado pie a que la derecha y la extrema derecha culpabilicen al Gobierno, declarándolo responsable de todo, hasta de poner en peligro la integridad territorial de Europa. No obstante, Ceuta ya venía soportando una presión migratoria desde antiguo, como se repite periódicamente en Canarias y Melilla, al menos desde 2005, por su ubicación geográfica fronteriza. En 2021, sin ir más lejos, más de 5.000 personas entraron en la ciudad al relajar Marruecos sus controles como protesta por la acogida hospitalaria en nuestro país de un líder del Frente Polisario. Casi todos los años, con la llegada del buen tiempo, se suceden llegadas migratorias semejantes, bien en pateras o saltando verjas, en estas fronteras sureñas del continente europeo, si bien es verdad que no con tanta intensidad.

Sin embargo, a la derecha supuestamente civilizada que representa el Partido Popular (PP) le ha faltado tiempo para relacionar estos hechos con la reciente regularización de inmigrantes que ya vivían y trabajaban en España -proceso finalizado y que exigía unos plazos de residencia demostrada-, afirmando que creaba un “factor de atracción”. Es lo que suele calificar de “efecto llamada”. Como si fuese necesario llamar a los migrantes de la parte empobrecida del mundo para que se busquen las habichuelas en la parte próspera, separadas solo por un espigón o una valla metálica.

Y para la ultraderecha, con sus exageraciones habituales, el cruce masivo en la frontera fue, sin más, una invasión, una avalancha y una guerra, frente a lo cual hacía un llamamiento a los “españoles” para que hagan lo que se supone no hace el Gobierno: el enfrentamiento y la expulsión violenta y sin contemplaciones ni garantías. Había que “cazarlos o pescarlos” clamaba, megáfono en ristre, un desalmado dirigente ultra porque, según ellos, todos los inmigrantes, sin excepción, son delincuentes y representan un peligro para nuestra sociedad.

Pero no fueron los únicos. El populismo de derechas de Europa y Norteamérica también aprovechó para barrer para casa e irradiar su ideología racista y xenófoba. La primera ministra italiana, la radical Giorgia Meloni, se apresuró a suspender el espacio Schengen y aplicar controles fronterizos a los pasajeros no comunitarios procedentes de España. Responde con una manida estrategia emocional, común a todas las derechas, de utilizar la inmigración como recurso de movilización electoral, cuando ni sus propias iniciativas, como esos centros para solicitantes de asilo ubicados en Albania, no consiguen el respaldo legal de la justicia italiana.

Por su parte, el imprevisible y siempre bocazas Donald Trump también relacionó las imágenes fronterizas de Ceuta con lo podría pasar en su país si se deja de aplicar la política salvaje del ICE contra los inmigrantes en USA, que hasta muertos ha causado entre ciudadanos norteamericanos. Incluso Elon Musk, que no pierde ocasión para aportar su pullita, se permitió comparar la “invasión” ceutí con las espeluznantes escenas de la película de zombis Guerra Mundial Z, en su obsesión por identificar los migrantes con una enfermedad contagiosa que amenaza nuestra existencia. Qué se puede esperar de quien gusta saludar al estilo nazi.

Más aun, algunas democracias europeas que comparten el proyecto común, como Finlandia y Suecia, también cuestionaron la actuación de España al criticar que hay “países que no cumplen con su obligación de proteger las fronteras”. Entre el vocerío alarmista destaca que el Vaticano haya sido uno de los pocos Estados que ha evitado la demagogia fácil del racismo y la agitación interesada del miedo, limitándose a pedir, en cambio, atención humanitaria para los migrantes.

Y es que todo el que ha podido sacar rédito con lo sucedido en Ceuta lo ha hecho, destacando solo lo que le convenía y eludiendo lo relevante del asunto. Porque en Ceuta no se ha producido únicamente una crisis migratoria, sino un conflicto complejo en el que confluyen presiones diplomáticas, limitaciones estructurales, intereses estratégicos y polarización política. Es decir, había de todo menos lealtad institucional, honestidad intelectual y política de Estado.

Nadie se preocupó por hacer un pormenorizado análisis de los acontecimientos y del colapso humanitario sufridos en Ceuta. Las críticas se centraron en exigir mayor dureza (¿tal vez militar, con cañoneras en la costa?) en los controles fronterizos para repeler esos intentos de entrada ilegal y denunciar la incapacidad de nuestros servicios de información para detectar y prever estos movimientos. También cuestionaron que el Gobierno no exigiera responsabilidades al reino de Marruecos por no controlar a su población.

Son críticas válidas pero superficiales e interesadas, por cuanto no profundizan en el uso de los movimientos migratorios como instrumentos de presión política, interferir en decisiones económicas u obtener concesiones de otros Estados. “No buscan solo abrir un paso, sino sembrar incertidumbres, desgastar instituciones y dividir a las democracias”, señala la exministra de Exteriores Arancha González Laya en un artículo. Máxime si estas crisis se producen entre países que mantienen una delicada y ambivalente relación de vecindad por cuestiones de soberanía, tanto por las plazas españolas en el norte de África como por la descolonización y reconocimiento del Sáhara Occidental. Ambos asuntos constituyen el elefante blanco para la diplomacia española-marroquí.

A ello habría que sumar las últimas políticas de la Unión Europea (UE) que mutan hacia potenciar la seguridad presuntamente debilitada de los Estados frente a los derechos humanos, en respuesta al avance de la ultraderecha en gobiernos europeos. Gana peso el relato que supedita los derechos a la seguridad supuestamente amenazada por la inmigración. De ahí que la UE financie a Marruecos con millones de euros para la gestión de fronteras, la lucha contra las mafias de personas y el control de los flujos migratorios, y deje en segundo lugar los derechos inherentes que amparan al migrante.

Además, por si fuera poco, Marruecos se ha lineado con EE.UU. en los Acuerdos de Abraham, promovidos en 2020 durante el primer mandato de Trump, para la normalización de relaciones entre Rabat e Israel a cambio del reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, en perjuicio de la paz israelí-palestina. No es de extrañar, por tanto, que el embajador israelí ante la ONU pusiera en cuestión la soberanía española de Ceuta y la propia Casa Blanca responsabilizara de la crisis a las políticas “globalistas” y de “extrema izquierda” de España.

Es decir, cada cual arrimó el ascua a su sardina para aprovechar la situación en beneficio propio, obviando el problema real y desentendiéndose olímpicamente de quienes siempre pierden: los propios inmigrantes, algunos de los cuales pagan con su vida. Declaraciones que evidencian una instrumentalización vomitiva de la crisis y que no aportan ninguna iniciativa tendente al abordaje del problema espinoso de la frontera entre Europa y África, ninguna actuación coordinada y eficaz, ni la más simple alusión a una respuesta europea sobre su frontera exterior, más allá de la retórica contra España y de exigencia de una mayor dureza policial.

Pero si la complejidad no fuera ya mayúscula, hay que sumar al conflicto el triángulo de relaciones de España con Marruecos y Argelia, sabiendo que los dos países árabes se profesan mutua animadversión y compiten por el poder y la influencia regional en el Magreb. Estrechar relaciones con uno genera desconfianza y hasta desencuentros con el otro, incluso incumplimientos de contratos. España intenta mantener un delicado equilibrio en sus relaciones con los dos países norteafricanos, a los que califica de ”socio estratégico”, cuando se refiere a Argelia por la dependencia que tiene del gas argelino, y de “nación amiga” a Marruecos, con el que le une lazos históricos, culturales y económicos. Pero ambos países difieren, hasta romper sus relaciones diplomáticas, por su actitud sobre el Sáhara Occidental, en la que Argelia apoya al Frente Polisario y Marruecos reclama la soberanía de la antigua colonia española.

No es solo, pues, una crisis migratoria lo sucedido en Ceuta, sino una encrucijada geoestratégica con múltiples ingredientes, donde algunos utilizaron y probablemente promovieron movimientos migratorios como modo de presión, otros como arma electoral, sin que faltaran quienes corrieron para argumentar amenazas e infundir miedo y odio entre la población.

Allí confluyeron dos maneras de entender la convivencia: los que levantan muros entre países o razas y los que prefieren defender los derechos humanos, migrantes incluidos, protegiéndoles la vida y respetándoles su dignidad como personas, y también a la población ceutí. Ni los migrantes ni los ceutíes han de sufrir las consecuencias de maniobras políticas que los ignoran y desprecian, utilizándolos solo como piezas de un ajedrez geoestratégico.

No se puede ni se debe afrontar ninguna crisis migratoria renunciando a las herramientas legislativas y el ordenamiento legal con los que garantizamos, en un Estado de Derecho, los derechos y libertades de las personas, tanto nacionales como extranjeras. Y si son menores de edad, con mayor firmeza aun con el fin de evaluar circunstancias y evitar situaciones de vulnerabilidad. Es lo que se espera de un país democrático, sujeto al imperio de la ley, y civilizado como es España. Todo lo demás es charlatanería miserable y cortoplacista que no resuelve nada

miércoles, 15 de julio de 2026

¡Vacaciones!

Lo necesita el cuerpo y la mente, también la familia. Hay que parar y descansar, cambiar de aires y relajarse. Suspender temporalmente las obligaciones rutinarias del año para retomarlas después con ánimos renovados, con nuevo impulso. Incluso con ilusión. El autor de este blog y sus lectores merecen, como todos por estas fechas, un descanso, aunque sea por breve tiempo, con el que reponer fuerzas para continuar un nuevo ciclo de actividad. Durante quince días estará colgado el cartel de cerrado por vacaciones. Solo espero que las disfrutéis con las mismas ganas con que yo lo hago. ¡Hasta pronto!

martes, 14 de julio de 2026

“P´adelante”, como sea

Cierto sector del poder judicial está ejecutando aquel llamamiento genérico “el que pueda hacer, que haga” que verbalizó el expresidente José María Aznar hace unos meses. La orden se está cumpliendo a rajatabla por todos a los que iba dirigida, tanto en el ámbito político, mediático y, como vemos, también el judicial, sin que siquiera los togados guarden las formas y se preocupen en maquillar sus sentencias, ajustándolas al derecho.

Existe una cacería contra el Gobierno de coalición de Pedro Sánchez desde el primer minuto en que accedió al Poder Ejecutivo y, especialmente, desde que concedió, en 2021, el indulto a los líderes independistas catalanes encarcelados por sentencia del Tribunal Supremo, entre ellos al expresidente del Govern Oriol Junqueras, y por la Ley de Amnistía que aprobó en 2024 para la normalización institucional, política y social de Cataluña, que, según cálculos, afectará a más de trescientas personas inmersas en procesos judiciales a causa del procés.

La derecha, tanto política como judicial, no perdona la política conciliadora del Gobierno con Cataluña, ni que rebaje la consideración de delitos de sedición y rebelión a los desórdenes públicos acaecidos en aquella comunidad a causa de las manifestaciones por la independencia y el posterior referendo ilegal. La extrema violencia policial con la que se trató de impedir la consulta y la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en octubre de 2017, para “suspender” la autonomía en Cataluña, fueron las armas con las que se combatió un problema político. Hay que recordar que con aquellas medidas se disolvió el Parlament, el Govern quedó destituido y el Gobierno central asumió temporalmente la gestión de las consejerías de la Generalitat.

Por todo ello, existe una ofensiva judicial por parte de un número reducido de jueces, con el apoyo tácito o implícito de parte del colectivo, contra el Gobierno de Sánchez por motivos que solo pueden hallarse en la política, como advierte Carlos Elordi en un artículo publicado en noviembre de 2025.

Ese contexto, junto al apoyo que el Gobierno cuenta en el Congreso de partidos nacionalistas o independentistas del País Vasco y Cataluña, cuyos votos permitieron la investidura del líder del PSOE, es lo que explica la radical virulencia de la derecha contra Pedro Sánchez, a quien no le reconocen los indiscutibles éxitos alcanzados, durante sus mandatos, en el plano económico, laboral, internacional y social.

Es llamativo, si no fuera preocupante, encuadrar en esa ofensiva aquella manifestación de jueces y fiscales, con sus togas a las puertas de Palacios de Justicia, contra la ley de amnistía que entonces aun se estaba elaborando. A pesar de estar obligados a que sus opiniones políticas no influyan en el ejercicio profesional como jueces, no se recatan de exhibir su ideología y, lo que es peor, que esta impregne sus sentencias.

Tanto es así que el destino del actual Gobierno está en manos de estos jueces, algunos de los cuales se comportan con un componente de soberbia apenas disimulado y que genera desconfianza, cuando no estupefacción, en la ciudadanía. Es la que muestra el juez Juan Carlos Peinado con su instrucción prospectiva -expresamente prohibida en el proceso penal- contra la esposa del presidente del Gobierno, en su búsqueda desaforada de algún indicio delictivo que permita condenarla. Se trata de un ejemplo palmario de utilización de la justicia con fines políticos: lo que se conoce como lawfare.

Fue también el caso del diputado de Podemos Alberto Rodríguez Rodriguez, que perdió su escaño en el Congreso por una condena, en 2021, de inhabilitación que tres años después anuló en Tribunal Supremo. Para entonces, ya estaba fuera de la institución, por lo que el castigo era irreversible.

Y es también el caso del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortíz -utilizado como pieza para asediar y obligar dimitir a quien lo nombra, el presidente del Gobierno-, a quien ha condenado el Tribunal Supremo a la pena de inhabilitación por revelación de datos reservados, sin pruebas irrefutables y basado en argumentos voluntaristas y en un bulo calumnioso, que reconoció falso, su propio autor, el “Rasputín” de la líder de la derecha y presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Un acoso al Gobierno al que ese colectivo conservador de jueces y magistrados del Poder judicial se ha sumado mediante la última, que no definitiva, sentencia que condena al hermano del presidente del Gobierno, David Sánchez, por prevaricación en la plaza que consiguió para dirigir el conservatorio de música de Badajoz. Únicamente los funcionarios y la autoridad pueden cometer prevaricación en sus funciones, no los ciudadanos candidatos a cubrir una plaza. Y su hermano, Pedro Sánchez, ni siquiera era líder de su partido ni había accedido a la presidencia del Gobierno. No era nadie para influir en ninguna administración. Pero para el tribunal, el imputado cometió delito de prevaricación, aunque no haya prueba de cargo directa, aunque sí indicios de irregularidades en la creación de la plaza y en su adjudicación, algo que resuelven diariamente en nuestro país la jurisdicción contencioso-administrativa, no los tribunales penales. Pero como no puede ser condenado por prevaricación, se le condena por “colaborador necesario” por presentarse a la plaza siendo quien es, el hermano del futuro presidente del Gobierno.

Y como estos, incluido el de Mónica Oltra en Valencia, muchas otras actuaciones del conservadurismo reaccionario que aun anida en la judicatura y que no hacen ascos al uso espurio de la justicia con fines políticos. Cosa que se explica, pero no justifica, si atendemos a la procedencia de esos jueces o de sus descendientes, pues se trata de una judicatura que transitó directamente desde la dictadura a la democracia sin la debida “modernización” ni actualización al régimen democrático. De ahí la abrumadora derechización que sufre la justicia y su tendencia al lawfare, al que concurren actores del ámbito político, mediático, económico, social y hasta religioso.

La primacía de la derecha en el Poder Judicial se evidencia en cifras: de sus 5.500 jueces, solo dos fueron candidatos progresistas para 118 plazas en el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional y los 17 tribunales superiores de justicia autonómicos, según recoge el exjuez Baltasar Garzón en su libro La democracia amenazada (Planeta, 2026).

Es patente, por tanto, que asistimos a una campaña de “acoso y derribo” contra el actual Gobierno de España en la que participan individuos sumamente poderosos del mundo de la judicatura, empeñados en acabar como sea con un Gobierno al que consideran ilegítimo desde que fue nombrado por el Congreso de los Diputados. Jueces y fiscales que responden al mandato “del que pueda hacer, que haga”. Y no se paran en consideraciones legales o morales para, en connivencia con sectores de la política y los medios de comunicación, lograr sus propósitos sin esperar al resultado de las urnas. Tampoco les detiene el deterioro de las instituciones ni la desconfianza y la desafección que generan en la ciudadanía. El ambiente de crispación y polarización que provocan con sus exageraciones, denuncias y manipulaciones maniqueas favorece sus objetivos de alterar el normal desenvolvimiento político. Aunque asqueen y desmotiven al votante.

Pero si la situación es tensa y grave, no me quiero imaginar lo que podría pasar si, por malicias del destino, Pedro Sánchez vuelve a ganar las próximas elecciones, contra todo pronóstico y a pesar de la presión judicial que soporta en su entorno familiar, con su hermano y su mujer condenados. No soy capaz de pensar lo que harían estos que creen que la única España posible es la que ellos representan, que la única Patria es su patria. Dios nos coja confesados.

miércoles, 8 de julio de 2026

Una Andalucía irrespirable

Nos encaminamos hacia el verano más irrespirable que se recuerda en Andalucía, comunidad que se aprestan a gobernar la derecha “moderada” del PP de Juan Manuel Moreno Bonilla -Juanma para los “amigos”- y la extrema derecha de Vox, representada por su delegado regional Manuel Gavira, mediante un acuerdo de coalición que hará posible aquel “gobierno imposible” al que temía en campaña electoral el candidato y reelegido presidente que desea ser identificado por su apelativo coloquial, como si eso “moderara” su imagen y objetivos políticos.

Se trata del `Acuerdo de Gobierno y Estabilidad para Andalucía´, el segundo que suscribe el PP de Andalucía con Vox desde que en 2019 Moreno Bonilla se convirtiera en el primer presidente andaluz de derechas, pacto que confirma, como ha sucedido en Extremadura, Aragón y Castilla y León, la voluntad de las derechas de gobernar juntas cada vez que los votos lo permitan, obviando preventivos “cordones sanitarios” contra los ultras. Antes, al contrario, se les facilita el acceso al poder en tanto en cuando el pacto conlleva la entrada al Gobierno andaluz del candidato de Vox como vicepresidente de la Junta de Andalucía y titular de la macrocartera de Turismo, Desregulación, Justicia y Administración local. 

Todo hace presagiar, pues, un verano irrespirable, que se extenderá a lo largo de toda la legislatura que ahora se inicia, no solo por la temperatura que marquen los termómetros a causa de un cambio climático que el propio acuerdo califica de mero “fanatismo climático”, sino también por el retroceso que supondrán las 150 medidas recogidas en el citado acuerdo de gobierno, de 60 páginas, algunas de las cuales inculcan leyes en vigor o son fraudulentas por tratar materias, como la inmigración, que son competencia exclusiva del Estado.

Entre ellas, el desarrollo de la llamada “prioridad nacional” que la extrema derecha consigue imponer allí donde sus votos son imprescindibles. Una iniciativa segregacionista que excluye el acceso a prestaciones y servicios sociales a quienes no demuestren “arraigo” en Andalucía -discriminación por origen-, y que plantea, además, la supresión de ayudas, subvenciones, convenios y conciertos a ONG u otras entidades que, según el texto, contribuyan al denominado “efecto llamada” por trabajar sobre el problema de la inmigración ilegal. Prevé, incluso, “revisar” las funciones y la composición del Foro Andaluz para la Integración de las Personas de Origen Inmigrante.

Es, sin duda, la principal palanca legal contra la inmigración que obsesiona a la ultraderecha, y que se acompaña, como recoge el pacto andaluz, de acuerdos para rechazar y confrontar la política inmigratoria del Gobierno e impedir que Andalucía participe en la acogida de “menas” (menores extranjeros no acompañados) como solución a la saturación que soportan las Islas Canarias con la llegada ilegal de inmigrantes. Al mismo tiempo, se prohíbe el uso del burka y nicab en espacios públicos autonómicos (al parecer, un peligro de seguridad mayúsculo), así como dejar de impartir la lengua árabe y la cultura marroquí en los centros educativos de Andalucía.

El “moderado” Moreno Bonilla ha asumido sin rechistar, porque, según dice, lo mismo se ha firmado en “otros sitios”, tal planteamiento xenófobo que responde a prejuicios ideológicos que criminalizan la inmigración. Es su forma de “normalizar” políticas racistas a pesar de estar demostrado que la diversidad cultural no diluye ninguna identidad, sino que la enriquece, ni tampoco perjudica la convivencia, puesto que favorece la tolerancia pacífica en cualquier sociedad plural y democrática.

Otras medidas ponen en la diana los avances en la igualdad y protección de la mujer. En ese sentido, el pacto recoge que se derogará toda norma basada “en el criterio de ideología de género”, como la Ley Trans, la Ley de Lucha contra la Violencia de Género, la Ley de Igualdad entre Hombres y Mujeres y, en definitiva, todo lo que la ultraderecha califica de “ideología” feminista.

Y es que los rancios “ultras” posfascistas están convencidos de que cualquier iniciativa por equiparar en derechos a la mujer con el hombre y aquellas otras tendentes a luchar por protegerlas contra la violencia machista, no son más que rémoras de una peligrosa ideología feminista que socava la sociedad y la relación entre hombres y mujeres, tal y como ellos la entienden.

Tanto es así que hasta la existencia del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM), cuyas iniciativas sociales persiguen la defensa de esos avances en derechos de la mujer, será objeto de revisión y nueva definición, sea lo que sea lo que eso signifique, seguramente a peor, para ellas.

Quiere decirse, por tanto, que se espera a partir de verano en Andalucía un mazazo contra las políticas de solidaridad y respeto a la dignidad de hombres (inmigrantes) y mujeres (víctimas del machismo) hasta ahora vigentes. Para combatirlas, la obsesión racista y antifeminista de la extrema derecha busca insistentemente limitarlas o derogarlas, como propugna su reaccionario ideario, mediante compromisos que pacta en los gobiernos a los que accede. Y lo grave es que, cada vez que resulta necesario, la derecha “convencional” asume sin pudor tal ideario para conservar o acceder al poder, incluso compartiéndolo con Vox, como se ha evidenciado allí donde gobierna gracias al apoyo de los ultras.

Es previsible que este ambiente asfixiante se agudice todavía más conforme se vaya aplicando el resto de las medidas que recoge el citado acuerdo. Porque, aparte de las comentadas, se contempla la derogación de la Ley andaluza de Memoria Histórica, lo que obstaculizará, más si cabe, la exhumación de restos óseos de las personas asesinadas y enterradas sin identificar en fosas comunes durante la Guerra Civil, así como  el estudio y conocimiento -para evitar repetir los mismos errores- de ese pasado ignominioso que continúa influyendo en el presente, junto a la valoración crítica y rigurosa de lo que supone la restauración de la democracia en nuestro país tras las secuelas de una sangrienta dictadura de cuatro décadas. Se nos niega, así, que tengamos memoria de las páginas más negra de nuestra historia.

Asimismo, el pacto de PP y Vox cuestiona la Política Agraria Común (PAC), rechaza el acuerdo UE-Mercosur, discrepa de la condicionalidad climática, del Pacto Verde y la Agenda 2030 sobre sostenibilidad medioambiental que, en opinión de los ultras, perjudica al sector primario. Sin embargo, la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos de Andalucía (UPA) muestra sus reservas a esas medidas pactadas porque, a su entender, no afrontan los principales retos del campo andaluz y contienen planteamientos que contradicen la realidad del sector, que sufre las consecuencias del cambio climático que en ellas se cuestiona y que afectan de forma directa a las cosechas andaluzas.

Incluso, para colmo, se reducen las ayudas a la cooperación internacional y las subvenciones a las organizaciones sindicales y la patronal, imprescindibles en cualquier política de concertación social.   

En cambio, como no podía ser menos, el Acuerdo de Gobierno para Andalucía señala la promoción de nuestras más acrisoladas tradiciones, como son la tauromaquia, la caza y la pesca, tan denostadas por esos conservacionistas que se abochornan de sus raíces culturales más hondas y viriles, prometiendo la reducción de todas las tasas autonómicas relacionadas con estas actividades. Coherentemente, se eliminarán tributos ligados a cuestiones medioambientales, como los impuestos a las bolsas de plástico, las emisiones de gases contaminantes y los vertidos a aguas litorales. Todo un ataque a las políticas de sostenibilidad del Medio Ambiente y del aprovechamiento racional de los recursos naturales.

En fin, lo que este resumen pronostica es que el verano en Andalucía será cualquier cosa menos agradable y tranquilo. Muchos, los más desafortunados y débiles, sudarán la gota gorda por ese sol implacable de la falta de derechos y ayudas que genera insolación por la discriminación racial y cultural, por la desigualdad y las injusticias que privilegian a una parte -dominante, eso sí- de la población y por el rechazo, la falta de solidaridad y de empatía con que se abordan los problemas sociales que a todos nos afectan.

Si todo eso no hará de Andalucía un lugar insoportablemente irrespirable, que venga dios y lo vea

martes, 30 de junio de 2026

Tiempo de lecturas

Nos adentramos en un tiempo resplandeciente por el fulgor del cuerpo, al que el sudor hace brillar con sabor a salitre en la orilla del mar, y del alma, que hace refulgir los ojos ante las deslumbrantes páginas del libro que nos acompaña a cualquier hora en estos meses del verano, tan propicios al exilio vacacional, lejos de ataduras y obligaciones regidas por el reloj.

Es un tiempo reblandecido por las luces y las sombras de las ensoñaciones en tardes soporíferas del estío que solo el hábito de la lectura, con su ensimismada soledad, consigue aliviar y refrescar.

Un tiempo que también a este blog amodorra con el pegajoso discurrir de un verano al que ni la actualidad de lo cotidiano, con esa polarización política que no cesa, ni la inútil brisa de la prosa más literaria, cargada de hueras intenciones, podrá sustraerlo de una atención embebida por el rumor de las olas, el frescor de unas cañas de cerveza y la belleza de unos cuerpos desparramados sobre la arena o exhibiéndose cual musas luminosas en el atardecer de las terrazas.

Porque es el tiempo de la placidez contemplativa, de la pasividad sensorial y de la desidia tan reconfortante para un cuerpo y una mente fatigados por las rutinas y los delirios del resto del año. Transitamos, por tanto, el tiempo de enfrascarse en lecturas y extraviarse en utopías ensoñadoras, en fantasías de nuevas expectativas y conocimientos que satisfagan una curiosidad que, al contrario del vigor físico, se mantiene intacta con los años, cuando más experiencia y vivencias se acumulan.

Por tal motivo, estas páginas virtuales de Mirada Crepuscular espaciarán la publicación de entradas, amoldándola a la parsimonia con la que el verano impregna toda actividad lúdica o sujeta a obligaciones. Más que estar atenta a lo que pasa ahí fuera, procurará centrarse en lo que nos pasa a nosotros mismos y cómo lo asumimos. Así, por ejemplo, durante estos meses sofocantes, no hará otra cosa que dejar constancia de los libros que han deslumbrado la mirada cansina y descreída de su autor, de quien suscribe estas líneas explicativas a los improbables lectores de la bitácora.

Y es que Mirada Crepuscular también se aleja del mundanal ruido de la cotidianeidad y de los agobios insoportables del presente para buscar reposo en la sombra de la tranquilidad y el silencio sin ecos mediáticos que proporciona la distancia más emocional que física, allá donde la actualidad no es sinónimo de estar al día de lo que tratan las tertulias y recoge la prensa ni la capacidad de aprender, expandiendo el espíritu, es exclusiva de la juventud y los trepas.

Se trata de una forma, como cualquier otra, de combatir el calor de estos meses de la manera más placentera: tumbados a la bartola con un libro entre las manos. ¡Que paséis buen verano!           

lunes, 22 de junio de 2026

La prioridad del primate

La última parida de la extrema derecha es priorizar los recursos (sanidad, educación, prestaciones, etc.) a nuestros compatriotas, a los que forman parte de nuestra “tribu”, los nativos nacionales que pertenecen a nuestro grupo social. Se creen estos ultras que han descubierto el más moderno invento de convivencia en sociedad, segregando por origen a la hora de repartir los frutos obtenidos entre todos en el territorio que habitamos. Y no saben que lo que hacen es dejarse llevar por el instinto que hemos heredado de nuestros “parientes” animales que nos son más cercanos, los primates. Es decir, se dejan llevar, como los monos, por impulsos primitivos antes que por decisiones racionales. Se comportan como animales más que como seres humanos.

Y la verdad es que no es algo extraño en el comportamiento del humano, en el que se mezclan instintos innatos con respuestas elaboradas desde el análisis racional y la previsión de consecuencias. Es algo que no podemos evitar, entre otras cosas, porque, como demostró Darwin, no es que vengamos del mono, sino que somos monos, mal que nos pese. Y la actitud de la extrema derecha viene a confirmarlo, por si los terraplanistas, creacionistas y demás “ultristas” tenían dudas.

Tanto es así que hasta la especie más pacífica de homínido solo se muestra cooperativa dentro del grupo, pero intolerante y hasta agresiva frente a otros grupos. Lo que parece, a nuestros ojos, un comportamiento generoso de fraternidad tribal, como es compartir las piezas cazadas y ayudar a otras madres con sus crías, no es más que una apuesta fruto de la evolución para con el grupo, dentro del cual es posible la existencia del individuo. No se trata, pues, de solidaridad o justicia distributiva, sino simplemente de un instinto de preservación de la especie, por encima de la del individuo, para garantizar la perpetuación o continuidad de los genes. Un instinto que induce a estos animales “pacíficos” a “priorizar” sus recursos: a los nuestros de todo, para los otros, nada de nada.

Y tal comportamiento es el que anima a los impulsores de la iniciativa de la prioridad nacional: primero los nuestros a la hora de recibir ayudas, prestaciones y derechos; los demás, que allá se las compongan. Como conducta animal, no está mal y en ciertas especies está justificado como estrategia de conservación y garantía de perpetuación y continuidad. Pero como decisión política del homo sapìens, la del vertebrado, mamífero, placentario, primate, simio y humano más inteligente del planeta -como diría juan Luis Arsuaga-, es una boutade racista, una auténtica burrada irracional, se mire como se mire, incluido desde el punto de vista económico.  

Porque, aunque en la naturaleza no existe la maldad ni la bondad, ni ninguna intencionalidad moral, los seres humanos, en cambio, nos relacionamos desde premisas éticas racionales y de justicia. Regulamos nuestros instintos primarios más primitivos mediante convenciones morales, normas de urbanidad y leyes de variado ámbito que procuran que la convivencia entre humanos sea pacífica, tolerante, equitativa y justa: lo más alejada posible de los irracionales instintos animales que aun condicionan nuestra conducta. Procuramos controlar esos instintos mediante la coacción educativa y cultural que vamos asimilando desde niños y la coacción de la fuerza que impone el marco legal en el que actuamos. En vez de instintos, elaboramos leyes y normas que eviten las discriminaciones y privilegios entre los individuos que conforman nuestra sociedad, el colectivo de lo que llamamos españoles. Y, de hecho, así queda expresamente recogido en la Constitución, al declarar el marco legal que nos ampara como un Estado social y democrático de derecho. Una ley de leyes que protege al individuo de cualquier discriminación por razón de raza, sexo, creencia, color de piel o lengua. Y que considera a toda persona, independientemente de su condición y del lugar de nacimiento, poseedora del valor intrínseco e inalienable de la dignidad, que distingue a cada ser humano por el simple hecho de existir.

Diferenciar a los habitantes de España, a la hora de merecer derechos, prestaciones y ayudas, por su origen o por un “arraigo” que no se exige a los nacidos aquí, es lo más semejante a la actitud hostil y violenta de los monos con sus parientes de otros grupos. Es un reflejo de nuestra procedencia simiesca (cuyo origen es, para colmo, africana) que reproduce la prioridad del primate. Una actitud que demuestra cuán lejos están algunos de comportarse como auténticos homo sapiens.

sábado, 13 de junio de 2026

Vida extraterrestre: posible, pero improbable.

Steven Spielberg vuelve a insistir en su última película, El día de la revelación (2026), con la posibilidad de existencia de vida extraterrestre y que ésta haya visitado la Tierra o, incluso, continúe conviviendo con nosotros. No es la primera vez que este director aborda un asunto que, al parecer, le apasiona, y con el que ha elaborado filmes tan románticos como entretenidos, como Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T., el extraterrestre (1982).

Si a este “revival” cinematográfico sobre seres de otros mundos se añade la reciente iniciativa del Gobierno estadounidense de hacer público cientos de informes sobre casos de fenómenos anómalos no identificados (FANI, lo que antiguamente se conocía como OVNIS) que se mantenían clasificados como secretos en los archivos de diversas agencias gubernamentales, no cabe duda de que asistimos a un renovado interés por la posibilidad de vida extraterrestre. Un misterio que inquieta al ser humano desde tiempos inmemoriales y que nos atrae tanto como la existencia de un dios creador de todo el Universo y, por ende, del hombre o lo que se esconde más allá de la muerte.

Se trata, no obstante, de una característica exclusiva del ser autoconsciente que es el humano: hacer preguntas, interrogarse y buscar respuestas, aunque a veces se deje llevar más por la emoción y la imaginación que por la razón o inteligencia racional. De ahí que se apresure en aceptar, sin apenas cuestionarlo, que seres extraterrestres podrían haber visitado nuestro planeta en cualquier momento de la historia de la Humanidad y que, de algún modo, hayan podido integrarse en nuestras sociedades sin que sean detectados o los gobiernos nos lo estén ocultado. Es una idea que, por lo reiterada cada cierto tiempo, es bastante popular entre la población y que sirve para reinterpretar mitos o historias de pueblos antiguos.

Esa idea es la que nos induce a considerar, por ejemplo, que la lápida del rey maya Pakal de Palenque (Chiapas, México) en realidad representa, como hizo Erich von Daniken, a un astronauta dentro de una nave espacial.  O que los inmensos geoglifos del desierto de Nasca (Perú), líneas que representan animales y figuras geométricas, han sido trazados a propósito para ser vistos desde el aire. Y que unas pinturas rupestres en el desierto del Sáhara (pinturas de Tassili n´Aijer en Argelia) son humanoides con trajes y cascos, similares a los de los astronautas modernos. Incluso nos tienta a valorar el impacto de un meteorito en Tunguska, en 1908, como producto de una explosión del motor de una nave extraterrestre en mitad de Siberia (Rusia).

Es, pues, una idea muy atractiva. Tanto que, para buena parte de los estudiosos del fenómeno ovni (ufólogos) la extraterrestre sería la mejor y única hipótesis que explicaría “plenamente” (mejor que los fenómenos naturales, artefactos y tecnologías secretas en pruebas, interpretaciones erróneas o montajes deliberados) las visiones de unos objetos que escapan a las leyes físicas y de la capacidad técnica conocida. Una hipótesis o idea asumida sin meditar lo que tal eventualidad supondría desde múltiples puntos de vista, pero especialmente desde el rigor científico. Y olvidando que, obviar la ciencia para priorizar las creencias, es lo propio de las religiones y las supersticiones, no del conocimiento racional.

Para evitar caer en ese tipo de explicación fácil y cómoda, parece oportuno recalcar algunas consideraciones básicas, pero irrefutables, que cuestionan esta teoría sobre la posible, pero improbable vida extraterrestre, como haría cualquier pesimista alegre u optimista descreído al enfrentarse al interrogante de si estamos solos en el universo. Una pregunta pertinente con solo mirar al cielo estrellado.

Porque, ante tan cúmulo de estrellas, resulta lógico -simple cálculo estadístico- deducir que algunas de ellas podrían tener un planeta parecido al nuestro orbitando en su entorno. Sólo en nuestra galaxia hay más de 100.000 millones de estrellas. Y de todos los planetas posibles, un porcentaje de los mismos -por mínimo que fuese- pudiera ser habitable, orbitar en lo que se llama “zona habitable” (ni muy cerca ni muy lejos de su estrella), aunque ello no garantice la existencia de océanos, atmósfera estable, protección frente a la radiación, etc.  De todos modos, partiendo de una simple conjetura estadística, es posible aventurar que existe vida extraterrestre. Aun no se ha encontrado rastro alguno de ella, pero la posibilidad se mantiene por mera deducción matemática.

Es más, sabemos perfectamente que hay planetas orbitando muchas estrellas, como nosotros al Sol, a los que denominamos planetas extrasolares o exoplanetas. En puridad, se han descubierto unos 6.200 exoplanetas en más de 4.700 sistemas solares. Y sabemos también que la química de la vida no es exclusiva de la Tierra, puesto que sus componentes básicos (carbono, hidrógeno, helio, etc.) son comunes en los cuerpos siderales. Pero afinar en el estudio al detalle de las condiciones de cada uno de esos exoplanetas y sus atmósferas, es algo controvertido por la escasez de datos, la mayoría de los cuales son indirectos, como la detección de huellas químicas de sulfuro de dimetilo en la atmósfera del exoplaneta K2-18b, un indicador biológico similar al generado por el fitoplancton marino de la Tierra. No prueba la existencia de vida, pero es la “biofirma” más sólida detectada hasta la fecha.

Y es que la vida, como proceso evolutivo de la materia, bien podría originarse en cualquier otro mundo de los infinitos que alberga el universo. Entre otros motivos porque toda la materia que los forma, como el nuestro, está hecha de átomos. Así, todo lo que existe es una combinación átomos que obedecen o interactúan según reglas: las leyes de la naturaleza. Y esas leyes, que se pueden conocer y formular matemáticamente, explican y demuestran el origen y evolución de la vida (al menos la que conocemos aquí en la Tierra), y al afectar a lo que constituye todo lo real -los átomos-, cabe esperar que los signos de vida sean reconocibles y hasta comparables a los terráqueos. Máxime cuando la vida en la Tierra emerge en contextos increíbles, como la de esos microorganismos extremófilos que sobreviven en volcanes submarinos, ambientes hipersalinos o hielos polares; es decir, en condiciones extremas para la vida, como las del espacio. De ahí que la posibilidad de vida extraterrestre sea incontrovertible, aunque hasta la fecha no es algo demostrable. De momento, los humanos seguimos siendo la única especie solitaria tanto en la Tierra -donde no existen otras especies iguales con autoconsciencia- como en el Universo “cercano”, donde rastreamos señales de vida.

Seguramente porque el Universo es tan inmenso que, al imaginárnoslo, parece infinito. La estrella más cercana al Sol -Proxima Centauri- está a 40 billones de kilómetros de distancia; es decir, a 4,3 años-luz de nosotros, según los astrónomos. Un año-luz es la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 kilómetros por segundo. La nave más rápida que hemos lanzado al espacio -la Parker Solar Probe- se desplaza a 191 kilómetros por segundo, con lo que tardaría en llegar a Proxima Centauri unos 6.650 años.

Una presunta vida extraterrestre, necesariamente más desarrollada que la nuestra, que pudiera viajar por el cosmos para visitarnos se antoja, a la luz de estos datos, más que improbable, imposible. Y nos referimos solo al vecindario estelar local, el que “linda” con nuestro Sistema Solar. Porque si conjeturamos que podrían proceder de otras regiones remotas del Universo, la propuesta se convierte en broma para crédulos ingenuos.

Y es que, incluso suponiendo que hubiesen alcanzado tal nivel de desarrollo tecnológico que les permita viajar a la velocidad de la luz, una nave construida para ello adquiriría, según la Teoría de la Relatividad, una masa infinita (la masa aumenta con la velocidad), lo que requeriría una cantidad de energía también infinita para propulsarse. Cosa imposible, aquí y en Alfa Centauri, sin ir más lejos. Todo lo cual nos lleva a pensar, una vez más, que la vida extraterrestre puede que sea posible aunque poco probable, pero que haya podido viajar en ovnis hasta nuestro planeta resulta no solo improbable, sino disparatado, aplicando exclusivamente fundadas deducciones racionales.                 

Con todo, desde los años 60 del siglo pasado no cejamos en el empeño de buscar señales de vida inteligente en otros mundos, gracias a la radioastronomía convencional. Los proyectos más destacados de búsqueda son los del Instituto SETI (acrónimo en inglés de “Search for Extraterrestrial Intelligence”: búsqueda de inteligencia extraterrestre), de California, que emplea radiotelescopios para detectar señales en el rango de microondas, y el Breakthrough Listen, de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Pero anteriormente, en el año 1974, se envió un mensaje de radio al espacio, a través de la primera transmisión intencionada de alta frecuencia, desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) para conmemorar la remodelación de aquel radiotelescopio cuya antena ya se ha desplomado por falta de mantenimiento.

En cualquier caso, todas esas búsquedas han sido infructuosas hasta el momento, porque detectar señales de vida inteligente desde nuestro marco temporal -unos cien años- dentro del espectro de los 13.800 millones de años de historia del Universo, representa un desafío mucho más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Significa esperar el rastro de alguna señal enviada desde, por ejemplo, algún lugar de la Vía láctea -que tiene unos 100.000 años luz de diámetro-, y en la que cualquier señal emitida desde solo 1.000 años-luz de distancia conllevaría otro milenio en recibir respuesta. Se estima que la horquilla del “tiempo de respuesta” estaría entre 400 y 50.000 años, en función del espectro de búsqueda y el número de civilizaciones que creamos existe en él. Es probable que para entonces, cuando recibamos alguna respuesta, nuestra civilización haya desaparecido. Y eso, suponiendo que los “aliens” utilicen tecnologías semejantes a la nuestra.

En resumidas cuentas, Spielberg hace películas bellas y conmovedoras, pero de la ficción cinematográfica a la realidad existe una brecha inconmensurable espacio-temporal que nos aísla en este rincón de la galaxia de la posible vida extraterrestre que pudiera existir en el cosmos. Lo cual no impide que sigamos soñando con encuentros en la enésima fase y rastreando el cielo en busca de señales reveladoras que alimenten esa posibilidad, aunque sea ínfima. No intentarlo significaría que las posibilidades se reducirían al cero absoluto. Y no hay que perder la esperanza. Ersa es la razón por la que hay que mostrarse como un escéptico alegre al que no le perturban las frustraciones. Pues la vida extraterrestre es como las meigas, “no creo en ellas, pero haberlas, haylas”.