lunes, 27 de abril de 2026

Wild América

La “wild América” de la política actual de Estados Unidos (EE.UU.), con su alma proclive al ajuste de cuentas y a la violencia, no deja de emular la época del Far West -la del Lejano, salvaje o viejo Oeste- en cuanto a tiroteos y asesinatos se refiere. También incluso por la existencia de forajidos y malhechores dispuestos a estafar al más pringado y desenfundar a la menor oportunidad.

No es de extrañar, por tanto, que el sábado pasado el presidente Donald Trump fuera objeto del tercer intento frustrado de asesinato. Ya es tener suerte. Y es que no se entiende la historia de ese país sin la violencia que la acompaña desde su fundación. Otros, antes que él, engrosan la lista de cuatro mandatarios estadounidenses asesinados mientras ejercían el cargo a manos de descontentos que recurrieron a la violencia homicida. Y otros tantos fueron atacados tras abandonar el cargo, de los que no todos resultaron ilesos. Alguno llegó a fallecer a consecuencia de las heridas ocasionadas en el atentado.

Desde Abraham Lincoln -el primer presidente asesinado, en 1865- hasta John F. Kennedy -asesinado en 1963-, cuatro presidentes han muerto por causas no naturales, sino a manos de la violencia (incluyendo a James A. Garfield, en 1881, y William McKinley, en 1901). Otros han salido ilesos de los atentados que se cometieron contra ellos. El primero en padecer un intento frustrado de asesinato fue Andrew Jackson, en 1835. Le siguieron Theodore Roosevelt, en 1912; Gerald Ford, que sufrió dos intentonas por asesinarle, ambos en 1975, y Ronald Reagan, en 1981, durante el ejercicio de su mandato y, precisamente, delante del mismo hotel donde han atentado contra Trump. A ellos hay que añadir a George Bush, al que le lanzaron una granada, en el año 2005, que no explotó debido a un fallo del detonador y que pasó desapercibida por el propio Bush y su equipo tras golpear en alguien de la multitud y no alcanzar su objetivo.

No cabe duda de que el inquilino de la Casa Blanca atrae a los pistoleros que intentan asesinarlo, pues en todos los casos se utilizó un arma de fuego. También contra Gerard Ford, al que una mujer, también pistolera, fue la que intentó perpetrar el asesinato en dos ocasiones distintas en breve plazo de tiempo. 

La cuestión es que en ese país las diferencias se resuelven, en casos extremos, a balazo limpio, incluyendo la discrepancia política y los deseos de cambiar la acción y hasta el titular del Gobierno. Pocos países de los considerados democráticos, desarrollados y modernos ofrecen un historial de violencia magnicida y política como EE.UU. Un historial que incluye no solo a los mandatarios del país, sino también a cargos electos estatales, personalidades relevantes y hasta agitadores políticos.

Es de sobra conocido el asesinato del reverendo Martin Luther King, líder por la igualdad racial y los derechos civiles, asesinado en 1968 mientras saludaba a sus seguidores desde el balcón de un motel.  Otro líder religioso defensor de los derechos humanos, Malcolm Little, más conocido como Malcolm X, sería asesinado anteriormente, en 1965, por sus ideas contra el supremacismo blanco. Cinco años después del asesinato de su hermano presidente, otro pistolero acabó con la vida de Robert F. Kennedy, senador por Nueva York, en 1968.

Con estos antecedentes es fácil caer en la tentación de percibir como normal el reguero de violencia que deja el pueblo norteamericano a lo largo de su historia. Máxime si, en la actualidad, desde 2021, el país ha registrado cinco asesinatos e intentos de asesinato de figuras políticas, una cifra insólita, solo comparable con la relación citada más arriba, de mediados del siglo pasado.

El año pasado, el activista conservador Charlie Kirk, miembro del grupo MAGA, fue blanco de un tiroteo mortal durante un acto en la Universidad de Utah Valley. En 2025, una congresista demócrata en Minnesota, Melissa Hortman, murió tiroteada junto a su marido. Horas antes, el senador John Hoffman fue víctima de un intento de asesinato junto a su esposa. En 2024, se declaró un incendio en la residencia del gobernador demócrata de Pensilvania, Josh Shapiro, cuando este se encontraba en su interior con su familia. Años antes, intentaron atacar a la expresidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi y, al no encontrarla en su domicilio, hirieron a su marido con un martillo.

El propio Donald Trump fue víctima, en 2024, de un intento frustrado de asesinato, durante un mitin en Pensilvania, en el que una bala disparada por un francotirador le rozó la oreja. Dos meses más tarde, se registró un tiroteo en su club de golf, en Florida, que la policía investigó como otro intento de asesinato. Y el del sábado pasado, en un hotel de Washington, sería el tercer atentado frustrado que sufre el actual presidente norteamericano en menos de dos años.

Tanta violencia explica también el asalto por los seguidores de Trump del Capitolio, en enero de 2021, con la intención de alterar el resultado electoral e impedir la alternancia democrática. Según las estadísticas, la violencia política afecta tanto a demócratas como a republicanos en un país que protege como un derecho inalienable la tenencia de millones de armas de fuego (un arsenal estimado en 400 millones), sin apenas control, en manos de cualquier persona. Resulta espeluznante que el 10,2 % de los votantes republicanos y el 8,3 % de demócratas justifiquen el uso de la violencia para lograr fines políticos, según encuesta de Chicago Projetct on Security & Threats.

Si a ello añadimos una polarización política extrema prolongada y una crispación social fomentada, en muchos casos, desde ámbitos gubernamentales, que exacerba la confrontación violenta e irracional en el espacio político, no resulta extraño que las consecuencias sean el deterioro de la convivencia y el recurso a comportamiento violentos, incluso homicidas, en la sociedad de EE.UU., acostumbrada, por lo que se ve, a resolver sus discrepancias como en el Viejo Oeste, a tiro limpio.

La persistencia de estos hechos evidencia que la “wild América”, lejos de ser algo de un pasado de vaqueros y bandidos, es una amenaza que continúa latente para la democracia y la convivencia no solo de EE.UU., sino del mundo entero por el efecto amplificador de los medios globales y la influencia mundial de la política norteamericana.

sábado, 25 de abril de 2026

¿Qué España prefieres?

Conseguimos salir de una dictadura y transitar hacia una democracia de manera más o menos pacífica y consensuada, aunque es verdad que estuvimos que esperar a la muerte en su cama del dictador. Tal vez por reacción a cuarenta años de represión y censura, disfrutamos de la democracia con una tolerancia y unas ganas de libertad que hicieron de nuestro país un ejemplo de transición ordenada y eficaz; eso sí, con excesiva tendencia al olvido.

En pocos años, pasamos de no poder ver desnudos en el cine a poder casarnos con personas del mismo sexo, si ese era nuestro deseo, y sin obligación de que el matrimonio tuviera que ser administrado, para ser legal, por la iglesia católica. Un sarampión de libertad que, afectando a las costumbres, la cultura, el ocio y la vida misma, caracterizó aquellos lustros de recién estrenada democracia, en la que hasta un alcalde se atrevía a dar la bienvenida a la movida de su ciudad, junto a una actriz con una teta al aire, con una frase que hoy sería rápidamente descalificada: “¡Rockeros, el que no esté colocao que se coloque… y al loro!”.

Más allá de la anécdota, fueron años fecundos en avances libertarios en los que se buscaba la igualdad, la justicia, la tolerancia y la diversidad. Y la reconquista de derechos. Los trabajadores empezaron a ver reconocidos derechos que les habían sido negados, como el de negociación colectiva de convenios y el reproche penal del despido arbitrario o improcedente con la restitución al puesto de trabajo o la indemnización consecuente.

La mujer alcanzaba cotas de igualdad respecto al hombre jamás soñadas y su lucha feminista conquistaba hitos impensables, como decidir sin tutelas sobre su propio cuerpo o su presencia en ámbitos y estratos laborales y sociales que les estaban vetados, además de la legalización del aborto, el divorcio y hasta castigar como delitos los abusos y agresiones sexuales. Por su parte, la educación y la atención sanitaria se extendieron a toda la población, logrando aumentar la formación y la salud de las generaciones posteriores.

Los terratenientes y latifundistas fueron perdiendo el feudalismo señoritil con derecho a pernada que gozaban con la dictadura, cuando eran amos supremos de tierras y vidas, mientras los campesinos dejaron de limosnear trabajo en la plaza del pueblo para disfrutar del derecho al paro agrícola. Casas de cultura, hogares del pensionista, centros de salud, colegios e institutos permitieron a nuestros pueblos no depender de las grandes ciudades para abrazar la modernidad y acceder a recursos y prestaciones socioculturales que no estaban a su alcance.

De considerar las vacaciones un lujo de privilegiados a los viajes del Imserso para los mayores, de no salir del terruño ni en verano a recorrer Europa sin necesidad de pasaporte ni cambio de moneda, de la bicicleta y el tren renqueante al coche con GPS incorporado y el AVE que acorta distancias y tiempo, los avances económicos y sociales se sucedieron con denuedo ilusionante.

Es verdad que se tuvo que entrar en la OTAN para integrarnos en una Comunidad Europea que, gracias a los fondos de cohesión, impulsó y contribuyó a la transformación del país, equiparándonos en infraestructuras y servicios a las modernas naciones de nuestro entorno, hasta el extremo de que ya no miramos con envidia lo extranjero, sino que nos hemos convertido en referente envidiable. Ello posibilitó que nuestros Ejércitos compartieran misiones y maniobras militares con la Organización del Tratado atlantista en su conjunto y que nuestros chuscos generales franquistas, proclives al golpismo, tuvieran que aprender idiomas, participar y colaborar en ejercicios supranacionales con mando foráneo y aceptar la supeditación de las Fuerzas Armadas al poder civil que emana de la soberanía nacional.

De esta forma, y gracias a todos esos avances que acompañaron a la evolución social, dejamos de emigrar a Francia o Alemania, principalmente, y empezamos a recibir inmigrantes de otras latitudes que nos ven como nosotros veíamos aquellos países: una posibilidad de mejora para un futuro digno. España dejó de ser un país de emigrantes (con millones de salidas hasta finales de la década de los 70 del siglo pasado) a convertirse en un receptor de inmigrantes, experimentando una notable transformación demográfica, con más de 10 millones de personas nacidas en el extranjero, un 19 % de la población, según el último censo. Datos que la sitúan por detrás de Alemania y similar a la de Países Bajos o Suecia.

Y emigrábamos por idénticos motivos que impulsan a los inmigrantes que recibimos: guerras, violencia, miseria y falta de trabajo. Ahora, marroquíes, subsaharianos y sudamericanos copan trabajos que por sus condiciones y remuneraciones nosotros esquivamos, pero que agradecimos cuando tuvimos que emigrar, posibilitando la viabilidad de sectores como la agricultura, hostelería, construcción y cuidados de mayores, además de ayudar a mitigar el envejecimiento poblacional. Según estudios, la inmigración realiza una aportación neta positiva al Estado, con una contribución económica mayor que las ayudas que perciben.

Es decir, mientras adquiríamos nuevos derechos y disfrutábamos de crecientes libertades, no nos importó el color de piel ni las creencias y costumbres de quienes hicieron de nuestro país una tabla salvadora para huir del infierno de sus países de origen. De hecho, la diversidad y la pluralidad de nuestra sociedad se vio enriquecida cultural y económicamente con la inmigración, cuyos flujos han permitido, además, el crecimiento de la población española de las últimas décadas.

Pero, al parecer, aquella ilusión democrática con la que enterramos la dictadura y la presencia en las calles de ciudadanos extranjeros que comparten con nosotros las vicisitudes del presente nos ha vuelto desmemoriados, intransigentes y racistas.

Ahora nos aburre votar cada cuatro años, pensamos que todos los partidos son corruptos, que el sistema (político) está agotado, que los derechos y libertades están asegurados para siempre y que los inmigrantes nos quitan el trabajo y acaparan las ayudas que debieran estar destinadas solo a los “nuestros”, a los nacidos aquí. Creemos que la democracia ya no es útil para gobernarnos con la autoridad y determinación que son necesarios y que la diversidad racial y cultural desnaturaliza nuestra identidad como españolitos de recia estirpe. Y ello a pesar de que los servicios y prestaciones de un Estado constitucionalmente Social, que reconoce nuevos derechos y amplía o aumenta protecciones (Estado del bienestar), no deja de crecer cada año, y que la inmigración resuelve dificultades laborales y demográficas de nuestro país.

Peor aún, en la actualidad percibimos la inmigración con prejuicios discriminatorios y actitudes xenófobas que son alimentados por formaciones políticas de índole populista, ultranacionalista o reaccionaria. Una visión sesgada por cuestiones espurias e intereses partidistas que hace hincapié, con mensajes alarmistas, en la llegada y reparto de los inmigrantes que arriban a nuestras costas en pateras (los más pobres y vulnerables de los inmigrantes) y, específicamente, en los Menores No Acompañados (MENA), consiguiendo que relacionemos peligrosamente inmigración con delincuencia, cuando tal relación no se sostiene en datos fehacientes y cuando la inmigración que llega con visado, o sin necesidad de él por acuerdo entre países, es más relevante en términos de volumen e impacto a largo plazo sobre la sociedad y la economía española.

Hemos llegado a tal punto de ceguera y sectarismo que asumimos como sensato y conveniente el término de “prioridad nacional”, en lugar del principio de igualdad, a la hora de entender los derechos y la convivencia en una sociedad democrática. Ahora pretendemos que determinados derechos y la igualdad dependan de la nacionalidad, una discriminación por origen para definir quién merece ayuda, servicios o prestaciones y a quién se los negamos y dejamos en la cuneta. Parece no importarnos que se fomente así una sociedad de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, un modelo de ciudadanía excluyente, como forma de convivencia, sin que se nos encienda una luz de alarma en el cerebro. Sin pensar que, de ahí a un Trump español que persiga inmigrantes con una desalmada policía de fronteras, va un paso. Y estamos dispuesto a darlo, por lo que parece y se acuerda en cuanto gobierna la extrema derecha.

Entre la España que fuimos y a la que estamos yendo, yo prefiero la primera. Porque, de seguir este rumbo, acabaremos en esa jaula de oro, pero jaula al fin y al cabo, a la que alude un colega columnista. Y para jaulas, ya tengo bastante en las que nos aprisionan los plutócratas y “tecnobros”, sin que nos demos cuentan, esos carceleros autoritarios semifascistas y sus compinches capitalistas que hoy dirigen el mundo a su antojo.

Me niego a levantar nuevas jaulas entre nosotros, ni para los propios (naturales) ni para los extraños (extranjeros) que creen que España es un paraíso de oportunidades, cuando todos estamos luchando por un futuro mejor, digno de personas. Yo sé qué España prefiero y deseo para mis hijos porque somos nosotros los que asumimos y decidimos nuestro futuro.

lunes, 20 de abril de 2026

Soy de los podridos

Resulta que, para algunos, la pluralidad ideológica es un mal insoportable y el adversario político, un enemigo. Solo desde esa mentalidad, se puede alegremente insultar al votante de un partido que no te agrada, tachándolo de ignorante o cosas peores. Es lo que hacen quienes disienten y combaten ideas o iniciativas de alguna formación de la que desconfían, sobre todo si gobierna, mediante insultos, descalificaciones, tergiversaciones o sencillamente mentiras y bulos.

Utilizan lo soez y la agresión verbal como instrumento para el debate político o ideológico, en vez de la confrontación de programas y propuestas para los problemas que a todos conciernen como país. Y la verdad es que es un recurso del que se valen todos los partidos o políticos en mayor o menor medida, pero son los representantes de la derecha y la extrema derecha quienes profieren de manera más constante exabruptos y ataques personales al adversario político y, lo que es peor, insultos a simpatizantes o votantes de otros partidos.    

Ejemplo de ello es la última boutade de una alta personalidad del gobierno de la Comunidad de Madrid, nada menos que el jefe de Gabinete de la presidenta madrileña, Miguel Ángel Rodríguez, alias MAR, famoso por sus insinuaciones y acusaciones insidiosas, la mayoría de ellas gratuitas y sin pruebas, aunque a veces, por esos misterios de la ceguera de la Justicia, no solo quedan impunes, sino que sirven de base para querellas y hasta para condenar al insultado o calumniado.

Tal es la especialidad a la que se ha dedicado este individuo que ocupa un despacho oficial del que emana el argumentario utilizado por su jefa, la ínclita Isabel Díaz Ayuso, cada vez que abre la boca cuando quiere cuestionar al Gobierno de la nación y, en especial al presidente del Ejecutivo, Pedro Sánchez, al que llegó a llamar hijo de p... desde la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados.

La boutade a la que me refiero ha venido servida en unos tuits en los que el veterano y polémico político ha asegurado, como si fuera vidente, que el Tribunal Constitucional absolverá al exfiscal general del Estado, en respuesta al recurso presentado por este tras ser condenado por el Tribunal Supremo por revelar datos reservados.

Pero, no contento con mostrar su desconfianza con la independencia de tan alto Tribunal, ha aprovechado que estaba inspirado para, de paso, agredir por escrito a los votantes socialistas, considerándolos como “Un tercio de españoles podrido”.  Insulto que completa, por si no había quedado claro, con otro tuit: “Un tercio de España está podrida. Apoya a Sánchez, Begoña, Ábalos, hermano de Sánchez, Cerdán, putas, corrupción, macarras, muertos porque se lo llevan…, Manipulación en RTVE, compra de medios de comunicación, compra de activistas… Un tercio de España está podrida”. Y se ha quedado tan pancho.

Personalmente, me doy por aludido. Pertenezco a ese porcentaje de población, según MAR, que vota a las izquierdas desde que se pudo hacer en este país, tras la muerte del dictador Franco. Soy, pues, del grupo de los podridos y no consiento la agresión sin defenderme, pero sin caer en aquello del “y tú más”, sino enorgulleciéndome de lo que diferencia mis valores de los que defiende el botarás Rasputín de Ayuso, es decir, del ideario de la derecha.

Y lo haré con los modos y medios con que defiendo mis convicciones: sin insultar ni desprestigiar a mis oponentes ideológicos y partidistas. Entre otras cosas, aparte de por educación, porque estoy convencido de que con diálogo y respeto todos podemos alcanzar acuerdos y lograr una convivencia social en paz y libertad en el marco de las leyes y la democracia, sin sectarismos ni imposiciones.

Cosa que este personaje insultador no puede ni sabe hacer. El modelo social y económico que postula lo pretende defender mediante mentiras, tergiversaciones, amenazas, campañas de desprestigio y bulos. Lo hace ahora y lo ha hecho siempre, como ya en otra ocasión describí. No es de extrañar, por tanto, que su última extravagancia tuitera reproduzca calificativos que suele utilizar cuando busca confrontar con adversarios políticos. Y que su elevado tono despreciativo provenga más del resentimiento y el nerviosismo que de una estrategia de polarización.

Es lo que cabe suponer puesto que, acostumbrado a mentir e insultar con impunidad, no siempre se sale con la suya, afortunadamente. Un nerviosismo que suponemos proviene del hecho de que, a principios de mayo, Miguel Ángel Rodríguez tendrá que declarar como investigado ante un juez por difundir la identidad, con nombres, apellidos y fotografías, de dos periodistas de El País que trabajaban en una información sobre la pareja de Ayuso.

Para desacreditarlos, envió un mensaje difamatorio a varios medios, añadiendo, además, que los reporteros habían intentado entrar encapuchados en el domicilio de la presidente de la Comunidad madrileña y que habían “acosado” a los vecinos e, incluso, a “niñas menores de edad, en un acoso habitual en dictaduras”.

Con ello intentaba contrarrestar lo que prefería que permaneciera oculto o, cuando menos, pasara desapercibido entre una maraña de bulos, ya que el mensaje lo difundió después de que un medio digital publicase la noticia que la pareja de Ayuso había defraudado 350.000 euros a Hacienda. Y él, como jefe de Gabinete de la novia del defraudador, tenía que salir en defensa del… presunto delincuente. Y lo hace a su modo y manera: inventándose noticias, desprestigiando a profesionales y a la profesión periodística, amenazando y coaccionando a cuantos pretendan averiguar la verdad, insultando y agrediendo oral o por escrito a todo el mundo. Es la manera de comportarse de MAR, lenguaraz y mezquino, como siempre ha sido.

Porque así defiende sus ideas este político que suele actuar bajo la sombra de algún poderoso que lo proteja y cuide. Es su estilo desde que era portavoz de Castilla y León y elaboró una lista negra de periodistas sospechosos de cuestionar al Gobierno regional; también desde la Oficina de Información del PP, en la que aparece como pagador de dinero negro a una presentadora de televisión; incluso cuando accedió a la Secretaría de Estado de Comunicación y ejerció de Portavoz del Gobierno de Aznar, desde donde amenazó al entonces dueño de Antena3; y,  ahora, desde su puesto de jefe de Gabinete de Ayuso, donde hace y deshace a su antojo para construir a una “lideresa” a su imagen y semejanza.

¿Debatir ideas, propuestas y programas? Quiá! Lo suyo es exclusivamente insultar e intoxicar. Pero yo, como aludido, no se lo voy a permitir. Porque podrido estará él. Y no porque yo lo diga, sino porque su currículo lo demuestra. Y sin necesidad de recurrir a cuantificar cuántos ladrones, malversadores, condenados, corruptos, manipuladores, acaparadores de instituciones y medios de comunicación, tramposos y macarras hay más en sus filas que entre los socialistas. No hace falta.

Pero lo grave y triste es que esas conductas y modos que MAR exhibe sin pudor se contagian a la formación que ha de representar unas ideas tan defendibles como las mías ante la tribuna de la opinión pública. Un debate de ideas que ha de hacerse sin agresividad ni imposiciones, sino con respeto mutuo y diálogo civilizado. Cosa que MAR no sabe ni hace; es más, impide que se haga.

Porque quien en realidad tiene putrefacta la boca es este señor que jamás se ha comportado con dignidad ni ha respetado las instituciones ni los cargos por los que ha pasado, causando vergüenza entre sus propios correligionarios decentes y honestos. Y, en contra de lo que él asume, no todo vale en política. Así, no. Yo no se lo consiento ni se lo voy a dejar pasar. Quede constancia.        

martes, 14 de abril de 2026

Un corrupto aclamado

Un comisionista y defraudador con privilegios (no se le puede investigar ni juzgar al estar protegido por ley como inviolable), ha aprovechado el último día de Semana Santa, el de la supuesta resurrección de Dios (una deidad conservadora, capitalista y sanguinaria de la que sátrapas, autoritarios y dictadores dicen que está siempre de su parte y lucha en su bando), para ir a una plaza de toros (donde se sacrifican animales por mera diversión) a ver la reaparición de un matador (sí, a un auténtico matarife de reses bravas), puesto que desde ese día ya no hay que guardar luto y se puede celebrar la matanza de animales como espectáculo. El asesinato de humanos, sin embargo, no ha parado ningún día de tan santa semana ni en Gaza ni en Ucrania, ni en Líbano ni en Irán, ni en tantos otros lugares. Tal parece que los toros son más sagrados que los seres humanos para algunos creyentes monoteístas. Pero eso es otro tema.

El que nos ocupa, por cercano, está protagonizado por una persona importante, pero que hasta hace poco fue aun mucho más importante (tanto, que ha sido jefe del Estado), de la que se ha acreditado haber usado dinero público con fines privados (costear viajes con fondos reservados a sus amantes), haber cobrado comisiones por tráfico de influencias y haber defraudado a Hacienda y eludido pagar impuestos (un cúmulo de chanchullos y delitos que lo obligaron a irse a otro país para esquivar el reproche público y la deshonra familiar), regresa -cosa que hace cada vez que quiere- para darse un baño de multitud no en una biblioteca o un museo, sino en una plaza de toros, en la que el público asistente lo recibe entre aplausos y vítores mientras sonaba en himno de España. Como si fuera un torero. De hecho, se fotografió con todos los matadores al final del evento, supongo que para dejar constancia gráfica para la posteridad.

Lo curioso es que, siendo un personaje de comportamiento tan indigno que hasta ha tenido que exiliarse, no hubiera sido objeto de ningún abucheo o protesta por presentarse en una plaza de toros como si fuera un héroe. Al contrario, es aclamado por esa burguesía conservadora que gusta del asesinato de animales en el circo y admira a privilegiados con fortuna que no pagan impuestos. En la plaza y recibiendo una ovación estaba, apoyado en un bastón, quien fuera símbolo de un Estado que debiera garantizar la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, excepto él, que es impune e inviolable.

Por eso sus acólitos lo acogen en loor de multitud para que haga lo que mejor sabe hacer, pegarse la buena vida con dinero de todos. No visitó ningún orfanato ni ofreció ninguna recepción oficial o institucional, sino que, antes de ir al ruedo de La Maestranza, se fue a comer a un selecto club privado con sus aduladores, entre los que se encontraban empresarios, millonarios con apellidos de rancio abolengo, regatistas, personajes y periodistas afines a la derecha y, por supuesto, toreros.

Posteriormente, por la noche acudió a una cena también privada en casa de un afamado y bigotudo periodista, conductor de un programa de radio, que ha recorrido todo el arco ideológico en sus opiniones (hay un antes y un después de haber sido víctima de un atentado terrorista) hasta acabar como un trompetero más del apocalipsis. En esa velada lo acompañaron, de manera no oficial, el presidente de la Junta de Andalucía, conocido por sus sonrisitas cínicas y el deterioro intencionado de la sanidad y los servicios públicos, y el alcalde de Sevilla, conocido también por estar en boca de todos al mantener la ciudad intransitable (a pie o en coche) por obras más cosméticas que necesarias, más por alardear en las próximas elecciones que por auténticas mejoras insoslayables.

Curiosamente, ambos políticos pertenecen al mismo partido conservador-sin-complejos que no hace ascos a gobernar con la ultra derecha antieuropea, antifeminista, antiautonómica, antisocial y sectaria. Tales anfitriones del corrupto se declaran, por si había dudas, alcanforadamente monárquicos y juancarlistas, como está mandado.      

El caso es que este personaje, amante del toreo, la buena mesa, las mujeres hermosas y gordas cuentas corrientes, no se arrepiente de nada (salvo, quizá, de la abdicación), a pesar de que su vida enfila las últimas curvas de la decrepitud senil. Y se comporta como si fuera faro de virtudes y acreedor de eternos agradecimientos, sin querer ser consciente de que acumula lo más repudiable que podría albergar un servidor público: aprovecharse de la confianza de los ciudadanos en beneficio o lucro personal. Un corrupto privilegiado que ha mantenido durante toda su vida una falta de moral clamorosa, una falta de honradez vergonzante y una falta de lealtad hacia su país, a la institución que encarna y a la población impropia de su condición como máximo representante del sistema de gobierno que conseguimos con la restauración de la democracia. 

Se trata de un corrupto privilegiado que no asume su responsabilidad y pretende seguir representando un papel del que ha sido despojado sin honores por sus propios (de)méritos y su enorme desfachatez. Y que no ha rendido cuentas, como se le exige a otros corruptos de la política que la población condena antes de que se demuestre su culpabilidad cuando sean juzgados. Su legado de corrupción y vida licenciosa es enorme, tanto que tuvo que huir de su país y abdicar de la corona para intentar exonerar a su hijo y la institución que encarna. No hacía más que seguir una tradición familiar que encadena tres generaciones seguidas de Borbones exiliados de su país. Pero, como dijeron de Alfonso XIII, no se va o lo hacen huir por ser rey sino por ladrón. Porque, como él mismo reconoce, los menores de cuarenta años lo recordarán como un comisionista, evasor, corrupto y mujeriego. 

Así es el personaje al que brindaron una ovación en una plaza de toros el Domingo de Resurrección, como si la resurrección fuera la suya y no la de la divinidad de una religión que considerad sagrada la propiedad privada, el adoctrinamiento de menores y la subordinación servil de la mujer al hombre (de ahí que no existan curas ni papas mujeres), como si estuviera siendo rehabilitado en su condición de alta dignidad del Estado, incólume a los escándalos que ha protagonizado.

Un personaje de apariencia campechana que se rodeaba de “amigos”, como Mario Conde, Javier de la Rosa y Manuel del Prado y Colón de Carvajal, que han conocido la cárcel por diferentes escándalos en los que presuntamente había participado. O incluso de familiares, como su yerno, que fue condenado por el caso Nóos, del que se absolvió a su hija infanta, esposa del condenado. Un lío que dejó la sospecha de su implicación o del conocimiento que pudiera tener de esas actividades delictivas.

Un personaje, en fin, corrupto e inmoral que, cuando España estaba al borde del rescate por problemas con la prima de riesgo y los ciudadanos soportaban estrecheces, paro y desahucios, se fue de safari a Botsuana a matar elefantes, con tan mala suerte que se cayó, se rompió la cadera y tuvo que ser intervenido de urgencia. Un accidente que evidenció su catadura moral y la existencia de una íntima “amiga” (otra más) que destapó los trapicheos de un corrupto que atesoraba empresas opacas en Panamá, cuentas en paraísos fiscales y era beneficiario de una cuenta en la banca Mirabaud de Ginebra en la que Arabia Saudí había ingresado 100 millones de dólares (más de 64 millones de euros) que el personaje quiso ocultar como una donación (regalo) a su amiga. Y al reclamarle la devolución del dinero, ella se defendió en los tribunales, aireando los trapos sucios del corrupto. Tales chanchullos motivaron una investigación fiscal en Suiza que lo obligó huir a Emiratos Árabes Unidos, país sin acuerdo de extradición con el país helvético, no sin antes abdicar como acto de “servicio a los españoles, a sus instituciones y a ti como Rey”, sin que nadie, ni siquiera su hijo rey, creyera tan nobles y altruistas intenciones.

Este es el corrupto privilegiado que ha sido recibido entre aplausos en el lugar que mejor simboliza su conducta llena de cuernos y embestidas por engordar su patrimonio particular a cualquier precio, pues se cree con derecho a ello por su cara bonita. Cara de privilegiado corrupto aclamado en una plaza de toros.  

miércoles, 8 de abril de 2026

Matón, bocazas y mentiroso

Ya saben a quién me refiero. Con solo leer el título, cualquier persona medio informada enseguida relaciona esos adjetivos con un nombre. Sí, ese. Ese que, en su segundo mandato, está desatado, repitiendo lo que hacía en el primero, pero con más descaro, más destrozos y más soberbia, con la soberbia del inculto que está orgulloso de su ignorancia peligrosa. Y además vanidoso. Aun peor, zafio y poderoso, muy poderoso. El más poderoso del mundo. Todo eso junto es lo que define al personaje del que estamos hablando. Uno que se comporta como un matón de colegio, bocazas y mentiroso. El mismo del que está usted ahora mismo pensando, amigo lector.

Un matón que, porque está al frente de la primera potencia mundial, se cree que su país tiene derecho a imponer sus condiciones y reglas al resto del mundo, de dictar a los demás sus conveniencias, sin pararse a negociar ni pactar ninguna relación equitativa que tenga en cuenta las necesidades e intereses del resto de naciones del globo. Y lo hace por la fuerza, con amenazas, aranceles arbitrarios, sanciones unilaterales y, llegado el caso, con bombas, secuestros y asesinatos. Los ejemplos de Venezuela e Irán ilustran las opciones a las que recurre este matón.

Un matón letal que puede y hace lo que le da la gana. Máxime si se acompaña de otros de su misma calaña que, bajo la sombra protectora que él les proporciona, aprovechan para también imponer por la fuerza sus ambiciones y veleidades desquiciadas en sus respectivos ámbitos, sin importarles cometer genocidio contra un pueblo acorralado e indefenso en la mayor cárcel del mundo. O ampliar sus dominios anexionándose, naturalmente por la fuerza, de tierras soberanas de países vecinos con la excusa de poner la rayita de separación cada vez más allá para defenderse…, cuando son los demás los que deben defenderse de su constante ofensiva por ocupar todo lo que le apetece.

Es lo que hace ese palmero que usted está imaginándose, líder de un país que considera “enemigo” a niños por simplemente pertenecer al pueblo al que se le quiere arrebatar dominios ancestrales y se le está expulsando de sus tierras. Y que legisla, con alegría vergonzante, la pena de muerte por ahorcamiento -hasta un pin de una horca exhiben en las solapas para celebrarlo- para los ciudadanos de ese pueblo que sean considerados “terroristas” por no dejarse expulsar y arrebatar sus casas y parcelas.

Así las gasta el reyezuelo de un país que se considera elegido por Dios porque cree que está escrito en un libro que se tiene por sagrado que reine en aquellas tierras bíblicas… a sangre y fuego. Líder de aquellos que se consideran perseguidos y tachan a los demás de antisemitas si no les permiten hacer lo que se les ocurra por sus obsesivas y diabólicas cabezas. Derecho a defenderse, arguyen. Así son los matones: se juntan para dominar a los demás mediante los abusos y la fuerza que despliegan, protegiéndose mutuamente.

Pero, aparte de unirse a otros de su misma condición, el matón al que me refiero es bocazas. Tremendamente bocazas. Más de la mitad de su fuerza -que es inmensa- se le va por la boca. Habla y escupe insultos y vituperios contra los que se atreven a llevarle la contraria y no se amoldan a sus exigencias, al mismo tiempo que no para de proferir amenazas y presagios apocalípticos si no se satisfacen sus deseos y caprichos, si no se le rinde vasallaje.

Con el pelo dorado a su albedrío y su boquita de piñón, parecería un payaso si no fuera un lunático sumamente peligroso. Porque lo mismo advierte de querer apropiarse de Groenlandia si no se la regalan o se la venden, que de bastarse él solo para iniciar una guerra sin sentido cuando sus aliados se niegan a seguirle el juego. O cuando se batió en un duelo de aranceles con China para, al final, viendo que los chinos le mantenían o subían la apuesta, quedarse como estaba al principio. Incluso cuando dice estar pensando en abandonar la OTAN porque esa organización no apoya lo que está reglado, acordado y escriturado en sus estatutos que no puede hacer, que es iniciar una agresión en un área fuera de su área de influencia, ya que es una alianza defensiva de, por y para Europa y el Atlántico Norte. No agresiva a escala mundial.

Doblegarse ante un bocazas es perder la partida desde antes de enfrentarse a tamaño energúmeno, desaprovechando que podría retractarse, quedarse en nada, que su verborrea sea un farol, una táctica de negociación para achantar al adversario. Un fanfarrón que juega sin reglas, sin límites, sin honestidad.

Claro que nunca se sabe si va en serio o de fantasmón. Por eso hay que tener cuidado, sobre todo si se le enfrenta de manera solitaria, sin el consenso de otros que te apoyen y defiendan. Porque este matón bocazas es sumamente fuerte con los débiles, pero débil y claudicante con los fuertes. De ahí que ya empiece a ser bautizado como TACO, acrónimo con su apellido para decir que siempre se raja, se echa atrás.

Ni de Rusia ni de China ha conseguido obtener nada que esos países no hayan previsto de antemano conceder por mor de sus propios intereses. Rusia no ha transigido con la paz en Ucrania ni China se ha doblegado con los aranceles que pretendía imponerles el matón. Es más, esta última no se arredra de ser una potencia que compite por la supremacía global y no estar subordinada al orden mundial que emana del país del matón. Le echa el pulso, incluso, para volver a la Luna. Y el bocazas, chitón y a envainársela.       

Pero es que, para colmo, es mentiroso. Un mentiroso compulsivo que se inventa lo que desconoce, como buen ignorante, y afirma o asegura lo que le conviene o interesa. Ya durante su primer mandato, un periódico de Washington le computó miles de declaraciones falsas o engañosas, tantas que, durante aquella campaña, esa actitud fue descrita como “sin precedentes” en la política de su país.

No es de extrañar, pues, que él siga con mentiras, engaños y medias verdades como procedimiento útil y eficaz en su actual mandato, en el que un día dice una cosa y, al siguiente, la contraria. Una técnica de manipulación y propaganda que ni Goebbels hubiera podido imaginar hasta dónde llegaría. De cara al interior, la adoración y seguidismo de sus fieles al movimiento MAGA demuestra que con mentiras y engaños se puede alcanzar la presidencia de un país, ser el comandante en jefe de un poderosísimo ejército, aunque seas un botarate.

Y de cara al exterior, su incalificable e incomprensible comportamiento amedrenta y acojona, si tienes detrás al ejército más poderoso del mundo, a cualquier país o mandatario al que quiera humillar. Este matón bocazas es ejemplo vivo de que, en contra de lo que dicta la dignidad y la educación, con mentiras se consigue casi todo. Y ese casi todo, para él, significa hacer lo que le da la gana en su país y en el mundo entero. Y así va el mundo: sin orden ni concierto, con nuevas guerras y más abusos y atropellos. Y todo gracias a un matón, bocazas y mentiroso.

Ahora, póngale usted nombre y rostro a semejante criaturita, querido lector. Seguro que acierta.    

jueves, 2 de abril de 2026

Un viaje no tan histórico

¿Descubrir América por segunda vez sería algo histórico? Lo que realmente cambió la historia fue la primera vez que los europeos descubrieron un continente en medio del océano Atlántico cuando pensaban que allí no había nada porque creían que el mundo era más pequeño y podrían ir a Asia navegando hacia el Oeste. Esa era la idea que impulsó a Cristóbal Colón descubrir América, una gesta histórica porque nunca antes se había realizado.

La NASA, en cambio, pretende que el despegue del cohete SLS que tiene como misión enviar cuatro astronautas a un viaje de ida y vuelta a la Luna, sin alunizar, sea un acontecimiento histórico… en los últimos cincuenta años, cuando al satélite ya han llegado hasta en nueve ocasiones con el Proyecto Apolo, desde 1968 hasta 1972.

Lo histórico en astronáutica fue cuando un ser humano orbitó por primera vez la Luna (Apolo 8, 1968) y puso los pies sobre ella (Apolo 11, 1969). Lo que va a hacer la Misión Artemisa II, que partió esta medianoche (hora de España) desde Cabo Cañaveral, es repetir el vuelo del Apolo 8 al cabo de cincuenta años. Y repetir lo que ya se ha hecho no es algo histórico. Es, en todo caso, ampliar una aventura que se interrumpió por cuestiones ajenas a la exploración espacial y a los objetivos científicos que deberían animarla.

No obstante, es evidente que existen avances que diferencian los programas Artemisa y Apolo. La principal de ellas es que habrá una mujer, una persona afroamericana y un ciudadano no norteamericano (canadiense) entre los astronautas de esta primera misión tripulada, como reflejo de la sociedad plural que, en teoría, existe en la actualidad.

Otra diferencia es la distancia que recorrerá la cápsula Orón de Artemis II en su viaje a la Luna, pues la órbita que describirá sobre el lado oculto será muy alejada de la superficie lunar. Es por ello que se superará el récord de distancia desde la Tierra alcanzado por un ser humano, establecido anteriormente por el Apolo 13 en 400.171 kilómetros.

También hay que destacar que la comunicación y las retransmisiones han avanzado considerablemente, como cabía esperar. Esta vez las imágenes no estarán limitadas, sino que se ofrecerá cobertura casi continua y en tiempo real, gracias a una red global, con estaciones en distintos continentes, gestionada por Jet Propulsion Laboratory (JPL), un centro tecnológico de investigación y desarrollo que opera bajo contrato con la NASA.

Otra diferencia notable es el tamaño de la nave Orión, diseñada para transportar cuatro astronautas, en vez de tres de las Apolo, y dos juegos de trajes espaciales, concebidos para distintas fases del vuelo, que proporcionarán protección vital en caso de emergencia. De hecho, el módulo Orión es un espacio altamente optimizado en el que hasta seis astronautas pueden vivir y trabajar durante semanas. Está lleno de sistemas digitales, pantallas táctiles y automatismos avanzados. Reproduce en su interior, con una atmósfera perfectamente regulada, unas condiciones similares a las de la Tierra para facilitar largas estancias. Está acoplada al módulo de servicio, construido por Airbus, donde se alojan los tanques de gases respirables, el sistema de propulsión principal y los paneles solares que abastecen de electricidad a todo el conjunto.

Y, por último, el objetivo de la misión, que no es otro que contribuir a la preparación de futuras expediciones a la Luna que explorarán regiones poco estudiadas, incluida la cara oculta y el polo sur lunar, donde se busca evidencia de hielo de agua, necesaria para cualquier proyecto de estación permanente en el satélite.

Pero más allá de las diferencias técnicas y funcionales de ambos proyectos (Apolo y Artemisa), existen similitudes especulares entre las causas y objetivos de una carrera espacial que sirven de base a todas las iniciativas astronáuticas emprendidas hasta la fecha. Y el primero de esas similitudes es la competición tecnológica entre las grandes potencias. El Apolo competía con la antigua Unión Soviética por ser los primeros en llevar un hombre a la Luna. Y Artemisa se enmarca en el enfrentamiento geoestratégico actual con China, que planea que dos astronautas chinos pisen la Luna antes de 2030. Ambos proyectos persiguen la presencia sostenida en la superficie lunar.

También existe una gran diferencia, y peor: esa carrera espacial entre potencias enfrentadas despierta la voracidad de oligarcas, como Elon Musk y Jeff Bezos, por obtener réditos económicos y de poder, que se traducen en cambios en el orden internacional del espacio que ponen en peligro la conservación del entorno y la apropiación de los recursos naturales que se descubran en la Luna. Y es que ambos oligarcas compiten en la construcción de la nave (Starship de SpaceX y Blue Moon de Blue Origin, la primera que esté lista) destinada para el descenso a la Luna, en una compleja operación de transbordo desde la nave Orion, que se encarga de llevarlos a órbita lunar y traerlos después de regreso a la Tierra.

El derecho espacial internacional, elaborado desde 1960 en el seno de la ONU, se basaba en la cooperación y el diálogo multilateral. Con Artemisa, EE.UU. ha promovido unos acuerdos (“Acuerdos Artemis”) al margen de la ONU, que legitiman la extracción de recursos espaciales sin ningún tipo de control internacional. China, como es natural, no se ha adherido a unos acuerdos dictados exclusivamente por EE.UU. El negocio queda, por tanto, al alcance de unos pocos ciudadanos multimillonarios y poderosos. Según Jorge Hernández Bernal, astrofísico en la Universidad de la Sorbona, “los ingredientes para convertir el espacio, y en particular la Luna, en el Salvaje Oeste están servidos”, como comentó en un artículo en elDiario.es.

Ha sido espectacular el lanzamiento de Artemis II, con toda la perfección técnica y estética que se le supone a una agencia, como es la NASA, que tiene experiencia sobrada en lo que es su actividad básica: la astronáutica. Impresiona contemplar ese cohete mastodóntico rugir poderoso para elevarse al espacio de manera tan perfecta. Pero no es un hecho histórico, aunque sea muy importante y llamativo. Y lo que esperamos de tales alardes tecnológicos y del regreso del hombre a la Luna es que ello contribuya a la investigación científica y, sobre todo, al beneficio de toda la humanidad y el entendimiento entre los pueblos. Y no solo para una simple competición de poderío entre potencias enfrentadas.      

domingo, 29 de marzo de 2026

Otra oportunidad perdida

Hace un año escribí este comentario sobre el cambio de hora. Y me reafirmo en lo que opinaba de una iniciativa totalmente innecesaria, contraproducente e ilógica. Léanlo, si no. 

Como años anteriores, en la madrugada del 30 de marzo se vuelve a perder una oportunidad para dejar las cosas del reloj como están. Es decir, no tocar las manecillas para adelantar una hora en todos los relojes de España y perpetrar el enésimo cambio oficial de horario en nuestro país. ¿El motivo? Suena a chiste, pero todavía se esgrime el ahorro de energía eléctrica como justificación. Y se añade que sirve para aprovechar mejor la luz natural. Serían argumentos válidos si viviéramos en latitudes del norte de Europa. Pero, ¿con el calor, qué hacemos? De eso no dicen ni pío. Tampoco de que se gasta más electricidad con el aire acondicionado que con una bombilla. ¿Dónde está, entonces, el supuesto ahorro eléctrico? No sabe, no contesta.

Lo cierto es que se cambia la hora por inercia desde la crisis del petróleo de los años 70 del siglo pasado, pero sin que ningún estudio serio avale económica y científicamente la medida. Ni siquiera las recomendaciones de la Sociedad Española del Sueño. Además, el cambio continuará vigente en España al menos hasta 2026, según Orden del PCM/186/2022, a pesar de que la Comisión Europea planteara suprimir este sistema definitivamente en 2018 y permitiera a cada estado elegir un solo horario entre el de verano o el de invierno. El único gremio que apuesta decididamente por mantener el cambio de hora y hacer que el sol nos alumbre hasta cerca de las 10 de la noche en verano es el hotelero y hostelero. Su interés particular prevalece, de este modo, al interés general de la población. Y las autoridades, tan panchas e indecisas, lo consienten.

Así pues, por mucho que protestemos, no hay marcha atrás. De hecho, desde la noche del sábado 30 de marzo al domingo 31, los relojes españoles adelantan una hora, por lo que las 2:00 se convierten en las 3:00 de la madrugada. Se adopta, así, lo que se conoce como horario de verano. Es un cambio que se produce dos veces al año, coincidiendo con el último domingo de marzo (verano) y de octubre (invierno). Este sistema se comenzó a utilizar por primera vez durante la Primera Guerra Mundial y se extendió a más países debido a la crisis energética de finales de 1973, cuando la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) redujo la producción y elevó el precio del petróleo, lo que llevó a Europa a establecer, ya con regularidad, el cambio horario en 1981.

Sin embargo, tales cambios vinieron a complicar nuestro desbarajuste horario, puesto que ya, en 1940, durante la dictadura de Franco se estableció que España adoptase el horario de Alemania, país aliado, diferencia adicional que aun se mantiene. Es decir, aunque por nuestra posición geográfica nos correspondería regirnos con el huso horario UTC+0 (Tiempo Coordinado Universal), desde aquella decisión franquista nuestro horario se regula por el huso UTC+1. Pero ahora, con el cambio de verano, adoptamos el horario correspondiente al huso UTC+2. Es lo que explica que, cuando recuperamos el horario de invierno, sigamos manteniendo una hora de diferencia con el horario de Portugal, país que comparte nuestra posición geográfica, y no Alemania. Y en verano, dos, porque nuestros vecinos no cambian la hora. Es decir, dos horas de diferencia respecto al sol, a partir de marzo, en un país meridional de Europa, el más cercano al ecuador, lindante con África, que hace que la intensa radiación solar que recibimos no disminuya hasta bien entrada la noche. ¿Supone eso, en verdad, algún ahorro en la factura energética del país? Nadie presenta datos objetivos al respecto.

Hace tiempo que se debate sobre la conveniencia de mantener un horario fijo durante todo el año, particularmente el del invierno.  Por varias razones. Por un lado, porque los beneficios energéticos no son tales o son irrisorios. Y por otro lado, porque esos cambios periódicos afectan al ritmo circadiano de muchas personas, las más vulnerables a causa de la edad, como niños y ancianos, que sufren alteraciones en sus pautas de sueño/vigilia, de alimentación y hasta hormonales. Sin embargo, esos problemas de salud en un sector nada desdeñable de la población parecen menos importantes que los beneficios económicos del sector turístico de nuestro país.

Dada su posición geográfica, España disfruta de horas de sol suficientes, incluso en invierno. De ahí la conveniencia de mantener fijo el horario de invierno. Además, atrasar el amanecer y el crepúsculo no aporta ventajas significativas más allá de prolongar la luz diurna hasta cerca de las 10 de la noche, cosa que repercute en trastornos del sueño y en desajustes de todo tipo no deseados.  

Por ello, en 2018, el Gobierno acordó la creación de una Comisión de expertos para estudiar la reforma del horario oficial, elaborar un informe al respecto y evaluar la conveniencia de mantener en España un horario fijo. Sus propuestas, tras tanto tiempo, siguen guardadas en un cajón.

Mientras tanto, continuamos jugando con las agujas del reloj para que amanezca y anochezca en función de meras conveniencias crematísticas que sólo benefician a un sector de la economía del  país, el cual, por otra parte, tampoco saldría perjudicado si se consolidara un horario oficial fijo durante todo el año. Es más, todos saldríamos ganando. Unos, en el bolsillo; otros, en salud. Seguro

lunes, 23 de marzo de 2026

Perdón por la Historia

Está de moda corregir la Historia y exigir o pedir perdón por abusos o atrocidades cometidos en el pasado, máxime si los hechos han enfrentado a pueblos que han mantenido relaciones como colonizadores y colonizados. Es el caso de la exigencia a España por parte de las autoridades de México de una disculpa pública por los abusos y atrocidades cometidos durante la conquista de América. Una exigencia que ha heredado y mantenido la actual presidenta del país, Claudia Sheinbaum, a partir de la carta que remitió su antecesor, Andrés Maniuel López Obrador, al rey Felipe VI solicitando una disculpa por la Conquista, la cual no fue respondida formalmente, generando tensiones diplomáticas.

Este debate presuntamente historicista, denominado presentismo, se produce generalmente por personas que no son historiadores y que juzgan hechos del pasado con las reglas morales del presente. Y es utilizado por algunos dirigentes para supeditar la Historia al interés político del presente. Se trata de una forma de manosear la Historia que implica un revisionismo continuo e interesado del pasado, sin ningún afán riguroso por una comprensión objetiva de hechos históricos pretéritos, tendente solo a glorificar o legitimar acciones políticas del presente.

Parece oportuno subrayar que los impulsores del presentismo no son expertos ni historiadores sino políticos o novelistas que pretenden ajustar el pasado a los estereotipos de sus interpretaciones históricas en la actualidad, sin distinguir ni el contexto ni los valores morales y legales imperantes en cada momento histórico. El historiador se limita a contar los hechos del pasado, sin opinar sobre ellos y, menos aun, juzgarlos con las normas del presente. Los presentistas, en cambio, pretenden juzgar, interpretar y valorar hechos, personajes y períodos de la historia a partir de los valores, la moral y los parámetros de hoy. Presentan una visión del pasado sesgada por una miopía del presente que los distorsiona, la mayor parte de las veces, de manera interesada. Y en menor medida, con la intención de corregir hechos del pasado en función de esquemas de sensibilidad contemporáneos, para los cuales acciones y comportamientos históricos resultan rechazables u ofensivos en la actualidad.

Con ese prisma, las matanzas cometidas por los españoles en Tenochitlán, la capital del imperio mexica, tras la llegada de Hernán Cortés, y que acabó con el poder local en apenas tres años, pueden ser interpretadas como deleznables actos de genocidio y no fruto del choque cultural y el imposible diálogo interreligioso que supuso el encuentro entre pueblos y civilizaciones tan distintos social, militar, cultural y moralmente. Máxime si se omite que, en aquella lucha, los mexicas respondieron persiguiendo a los españoles, los mataron en el camino y los ahogaron en el canal de los Toltecas, ocasionando también infinidad de muertos, según un testimonio indígena, datado en 1528, que explica lo acaecido en esa batalla.

Por eso, exigir disculpas o pedir perdón por hechos históricos del pasado, aunque sean sangrientos y dolorosos, es una manera de reescribir la historia, bien para borrar culpas o bien para enaltecer una historia con sentimientos identitarios o nacionalistas.  

La historia hay que contemplarla con el suficiente distanciamiento científico para alejar los hechos de toda valoración emitida desde parámetros del presente. De lo contrario, lo que se realiza es una versión interesada de la misma que puede inducir a derribar estatuas de Cristóbal Colón o pedir responsabilidades por sucesos pretéritos, cuando ni México era México ni aquella España imperial era el país democrático que es hoy.

No obstante, reconocer el pasado y admitir los abusos cometidos en épocas tan lejanas de la historia es una actitud que honra y dignifica al país que la toma, puesto que asume la responsabilidad del daño y pretende su reparación desde el punto de vista institucional e histórico. Es lo que hizo Alemania por el Holocausto, Francia por lo de Argelia o Canadá con la comunidad judía. Son casos excepcionales que no justifican la revisión permanente de los procesos evolutivos y las transformaciones de las sociedades humanas a lo largo de la historia. De lo contrario, estaríamos exigiendo disculpas a Italia por esclavizar y someter a Europa durante el Imperio Romano, a los árabes por la conquista de España durante la época islámica e, incluso, a Francia por la invasión napoleónica.

No se puede pretender un rediseño del pasado según los intereses del presente, atribuyendo a posteriori una identidad inventada a personajes históricos y una interpretación también convenientemente reelaborada del pasado. Y no se puede, entre otras cosas, porque tales revisiones no se acometen desde el rigor y la objetividad científica de los historiadores y, lo que es peor, porque se centran en un aspecto concreto de la historia y no en el conjunto de toda ella. Es decir, el presentismo histórico está impulsado, sin tener en cuenta las circunstancias históricas de los hechos, por deseos de explotar una “arqueología del agravio” que sirve para sustituir la historia y memoria de los pueblos por un relato oficial que conviene a los intereses políticos del presente.

Claro que se puede -y se debe- tener una visión actualizada de la historia, estudiar críticamente el pasado, pero no para corregirlo sino para aprender de sus lecciones, emular su grandeza y evitar cometer sus errores, incluso para reparar las consecuencias que todavía puedan perdurar en el presente. Una visión que permita reconocer la historia compartida y el legado cultural que enriquece tanto a España como a la América hispana. Porque comprender el pasado con honestidad y precisión histórica, es la mejor manera de construir un futuro también compartido entre pueblos con una relación de siglos y la base más firme para la convivencia y la cooperación en el presente.  

domingo, 15 de marzo de 2026

Huérfanos de pensadores

El mundo hoy pierde uno de sus pensadores más influyentes y que más ha contribuido a fortalecer la democracia basada en la razón comunicativa: Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán que elaboró la teoría de la democracia comunicativa, una noción de la deliberación pública, más allá de las instituciones, como centro del pensamiento y la función democráticos. Sin ese poder comunicativo, cuya legitimidad se basa en la fuerza del mejor argumento y no en la imposición, el dominio o el poder, no es posible la democracia deliberativa moderna. 

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas tuvo una niñez y una juventud marcadas por el nazismo. Su padre fue gerente de la Cámara de Industria y Comercio de la ciudad y simpatizante del NSDAP, el partido nazi, del que llegó a ser consejero de economía de la sede local. El mismo Habermas ingresaría como miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo que parecía obligatorio a los de su generación. Tras la derrota del nazismo, Habermas descubre el marxismo y, receloso del comunismo, evoluciona hacia la socialdemocracia, capaz de alcanzar consensos políticos, y hacia un humanismo intelectual que le permitiría abordar todos los asuntos o preocupaciones relevantes de la filosofía y las ciencias sociales. Entre ellos, la necesidad de desarrollar un enfoque nuevo de la razón dirigido al entendimiento entre sujetos, a un uso público de la razón por el que la sociedad se pone de acuerdo consigo misma y se ilustra a sí misma sobre su voluntad política, formando parte de una esfera pública no institucional que modifica sus actitudes por medio de argumentos.

Jürgen Habermas formó parte de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, junto a Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y Max Horkheimer, pensadores que partían de la lectura de Hegel, de Marx y de Freud para concluir que la razón podría ser una promesa de emancipación. En ese sentido, Habermas fue más allá y, haciendo una revisión radical de la Teoría Crítica, la transformó en su famosa Teoría de la Comunicación, en la que propone una racionalidad no instrumental, distinta a la del mercado o la burocracia, que en lugar de imponer escucha y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento, no en el poder de quien habla: en la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.

Se trata de una síntesis que amplía distintos plexos de investigación filosófica y de teoría social con los que Habermas llevada trabajando durante años, partiendo de la base de que no hay ningún acceso a la realidad que no esté mediado lingüísticamente; es decir, que la realidad solo existe en dependencia del lenguaje, pues los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Y solo podemos explorar el mundo con esa forma de racionalidad que es el lenguaje.

Desde ese principio, Habermas concibió una teoría normativa de la democracia deliberativa en la que, si no se puede ejercer ese poder comunicativo, sin esa capacidad de entendimiento entre sujetos sin coacción y sin restricciones, la democracia es imposible. Esa razón, basada en el mejor argumento, surge de la voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos, una realización intersubjetiva sobre la base de un entendimiento mutuo y de un acuerdo recíproco sobre los hechos, las normas y las vivencias.        

Su proyecto de democracia basado en la razón parece hoy más necesario que nunca, justamente cuando se pone en duda su validez como sistema menos malo de convivencia y de gobierno. Habermas creía en el poder de la comunicación y en la necesidad de que los ciudadanos, lejos de limitarse a votar cada cuatro años, participen en la esfera pública, aporten sus puntos de vista y abran debates sobre los asuntos que les preocupan o interesan para que, argumentativamente y sin coacción ni restricciones, acuerden el modelo de convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.  

Jürgen Habermas, el filósofo de la razón comunicativa, además de tener una enorme repercusión académica, tuvo una gran influencia como intelectual público. Participaba de la función de vigilancia que tiene la crítica pública y que él ejercía, como intelectual, con destacada intensidad. Intervino sin descanso en la discusión pública, sin esquivar la polémica. De hecho, abogó por defender Ucrania frente a la invasión rusa, cuestionó la intervención en Irak y, incluso, abordó el papel de las religiones en un mundo pos-secular.

Como escribí en otra ocasión, fue un filósofo de la modernidad que actuaba, además, como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban.  

Entre sus obras destacan La transformación estructural de la esfera pública (1962), Historia y crítica de la opinión pública (1962), Discurso filosófico de la modernidad (1985), su famosa Teoría de la acción comunicativa (1981) y su impresionante Una historia de la filosofía (2019). Y sobre él, habría que señalar  Jürgen Habermas, una biografía, de Stefan Müller Doohma (Trotta, 2020), del que extraigo datos para este artículo.     

Este pensador racionalista, pragmático, universalista kantiano, pos-marxista, liberal y republicano, fue en realidad un humanista y ferviente demócrata que, desde la filosofía política, se interesó por la filosofía del lenguaje, la ética, la epistemología y la sociología. Recibió abundantes premios, como el Gottfried Wilhelm Leibniz, considerado la máxima distinción en el ámbito académico de Alemania, y el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, en 2003.

Con su muerte perdemos uno de los pensadores más importante del siglo XX y un guía imprescindible que orientaba la conducta ética y política de nuestro tiempo.  

viernes, 13 de marzo de 2026

Inmovibles conspiranoicos

Con la de problemas y males que aquejan a nuestro país, sin contar los que afligen al mundo entero, algunos siguen empeñados, cual estoicos, en negar la mayor, insistir en que ETA o sus herederos siguen vigentes, por lo que se permiten pontificar sobre las calamidades que podrían ocurrirnos si no les hacemos caso, como fue perder, por ejemplo, unas elecciones generales contra todo pronóstico.

Y no lo asumen, no aceptan que la realidad les lleve la contraria, les contradiga y los orille en la marginalidad de la irrelevancia porque no saben hacer otra cosa, son incapaces de mirar más allá de lo que sus anteojeras dogmáticas enfocan, reduciéndolo todo a… ETA. El fantasma de ETA como causa de los problemas de España.

Lo más curioso es que estos charlatanes de ETA son los mismos que aún mantienen que en IRAK había armas de destrucción masiva que justificase nuestra participación en la guerra ilegal en la que nos involucraron. Y que los atentados yihadistas del 11M, contra lo probado como verdad judicial, fueron realmente obra de ETA.

Ambas trolas están, por supuesto, relacionadas y se retroalimentan. De ahí que no sea posible reconocer la falsedad de una sin al mismo tiempo reconocer la de la otra. Los que continúan sosteniendo ambos bulos no pueden hacer otra cosa más que seguir alimentando, erre que erre, esta sarta de mentiras que ya nadie se cree. Esa es la razón por la que se niegan a pedir perdón y admitir que estaban equivocados.

Y es que estos inmovilistas conspiranoicos son tercos y, como escribió Nietzsche, vuelven una y otra vez a esparcir, en una especie de eterno retorno, sus rancias ideas, sin ningún apoyo probatorio, acerca de indemostrables teorías de la conspiración que explicarían los hechos y, lo que es más importante, sus conductas y decisiones. Practicando la vieja actitud de sostenella y no enmendalla, se atreven incluso a escribir libros sobre una supuesta “verdad incómoda” que llevan años propalando en cuantas intervenciones, artículos, conferencias y entrevistas se ponen a su alcance.

Y uno de los impertérritos y contumaces inmovilistas de la conspiración es el exministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, un vasco que no puede vivir sin mantener una referencia constante a ETA, su obsesión más crónica y patológica. Un trauma que define su personalidad y su razón vital. Así, desde sus comienzos.

Puede ser comprensible, pero ello no justifica que siga mintiendo. Mayor Oreja, donostiarra de nacimiento, antes que político fue ingeniero agrónomo y pretendió ser abogado, pero dejó los estudios por ser incompatibles con su actividad política. Como buen exmarianista, se declara católico practicante -lo que no tiene nada de malo-, excepto cuando pretende imponer su creencia religiosa a toda la sociedad, lo que le lleva a combatir decisiones legítimas de la esfera civil, como es el derecho al aborto, la eutanasia y el matrimonio igualitario, derechos que califica -aunque no obligan a nadie- como “algo propio de los bolcheviques” que forma parte de las “viejas recetas de los totalitarismos que han asolado Europa”.

En sus años mozos fue secretario de las juventudes de la Asociación Católica de Propagandistas, en las que había ingresado siendo niño. De ideología democristiana, se adscribió al Partido Popular, por el que ha sido diputado en el Congreso, ministro de Interior, candidato a lendakari y eurodiputado. Lo que se dice todo un carrerón político, aunque en ninguna de sus etapas haya hecho cosas destacables en beneficio del país.    

Aparte de haber vivido el ambiente asfixiante del País Vasco más sangriento, su fijación con ETA tal vez naciera cuando fue designado, durante escasos seis meses de 1982, delegado del Gobierno en su tierra y ETA intentó asesinarlo lanzando una granada contra su despacho. Salió ileso de cachimba porque una farola desvió el artefacto.

Esa fijación se afianzaría, sin duda, con el hecho de que, como ministro de Interior, pretendió ser intransigente y desautorizó las conversaciones que su ministerio estaba manteniendo con ETA con la intermediación de Adolfo Pérez Esquivel. Pero, ante las exigencias de la organización terrorista para liberar al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, tuvo que ceder al agrupamiento de presos de ETA en prisiones del País Vasco y Navarra. Durante el secuestro, se acercaron 43 presos, 13 de ellos con delitos de sangre. Posteriormente, se acercaron más de un centenar de etarras. A partir de entonces, rechaza toda negociación con la banda terrorista y considera que cualquier otra política, incluso la que ha permitido su definitiva disolución, es errónea.  

Tras su abandono -es un decir- de la política, Mayor Oreja continúa dando la tabarra con ETA y las teorías de la conspiración, y con soflamas sobre la pérdida o crisis de valores que asola esta parte del mundo, desde su punto de vista de católico fundamentalista, naturalmente.

Pero el tema que no es capaz de quitarse de la cabeza, ni estando jubilado, es el de ETA y el atentado del 11 de marzo de 2004. Para él, pese a la investigación judicial que no halló participación de ETA ni de ningún servicio de espionaje extranjero, aquella masacre no fue obra de islamistas, sino una operación de servicios de inteligencia foráneos que se llevó a cabo con la finalidad de cambiar el rumbo de la dirección de España. Y que esos atentados le dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero sin merecerla.

Tanta es su obsesión que, tras más de dos décadas, el exministro vuelve a las andadas con sus teorías de imposible comprobación. Y retorna de la mano de un libro que, coincidiendo con el aniversario del atentado, aborda sus viejas y reiteradas teorías de la conspiración que nunca ha podido demostrar ni ofrecer indicios sólidos.        

Y lo hace en el preciso momento en que una nueva guerra, también ilegal, vuelve a desatarse en Oriente Próximo, basándose también en mentiras que a nadie convencen. Y para más inri, presenta su libro acompañado del mismo expresidente que nos involucró en la primera guerra, la de Irak, y que hoy defiende con ardor, para ser coherente con sus mentiras, la de Irán, protagonizadas ambas por idéntico agresor, EE.UU.  

Jaime Mayor Oreja fue ministro de Interior de ese José María Aznar que rebautizó a ETA como “Movimiento Vasco de Liberación” durante su primer año de Gobierno, cuando empezaron los traslados de presos al País Vasco. Y aunque Mayor Oreja ya no era ministro, ese Aznar fue el expresidente que no supo o no quiso saber que los terroristas que atentaron el 11M eran islamistas y no de ETA. Ahora ellos dos, Mayor Oreja y Aznar, son los que se sientan juntos para presentar un libelo que ni es historia ni novedosa investigación policial, sino un conjunto de bulos que pretenden mantener vigente la más sucia teoría que jamás un político, incluso tan cínico como ellos, haya sido capaz de sostener sin ruborizarse: que un atentado tan grave como el del 11M no fue obra de quienes fueron juzgados y condenados por la Justicia, sino por ignotos autores que confirmarían sus mentiras y demostrarían que sus decisiones e intuiciones fueron correctas.

La verdad es que no tienen otra forma de validar sus interpretaciones paranoides más que con la reiteración hasta la saciedad de sus mentiras. Además de tratar de influir en una ciudadanía que siente desapego y desconfianza hacia las instituciones, predispuesta a creer en explicaciones ocultas, lo que realmente mueve a estos inmovibles conspiranoicos, como parece le sucede a Jaime Mayor Oreja, es una probable autoafirmación narcisista por el supuesto prestigio de poder descifrar lo oculto, desvelar lo secreto, de creer en lo increíble y de percibir lo que nadie ve.

En definitiva, de padecer una patología psiquiátrica, cual es su obsesión enfermiza por ETA. Lo malo es que no está solo, sino que hay otros que multiplican tales bulos y hacen lo imposible por seguir alimentando explicaciones delirantes que enturbian la convivencia y erosionan la democracia. Conocerlos es inmunizarnos contra sus venenos. He ahí la razón de este artículo, por si sirve de vacuna.   

sábado, 7 de marzo de 2026

Una distopía actual

1984, la célebre novela distópica de George Orwell, renace reflejada sobre la actualidad en el documental biográfico Orwell: 2+2=5, dirigido por Raoul Peck, que se exhibe en cines. El documentalista recurre a esa novela para contar la vida y obra del escritor, intercalando escenas de las versiones cinematográficas del mundo opresivo y desolador que el autor describió con imágenes del mundo actual, dominado por tensiones geopolíticas y tentaciones autoritarias que pretenden controlar hasta lo que deben saber y pensar los ciudadanos.

De esta forma, la película acierta a mostrar lo profético que fue Orwell para visionar las atrocidades inevitables del mundo capitalista, donde los Musk, Zuckerberg, Bezos o millonarios como Trump pueden acaparar poder para monopolizar la economía global y dirigir la vida de los seres humanos.

La distopía de 1984, tan aterradora y deprimente acerca de una realidad dominada por el poder invisible de ese Gran Hermano en permanente vigilancia y de la ubicua propaganda que emite el “Partido” y su Ministerio de la Verdad con mensajes de que “la guerra es paz”, “la libertad es esclavitud” y ”la ignorancia es fuerza”, no solo nos describe un mundo siniestro y asfixiante, sino que refleja la monstruosidad de los fascismos que vuelven a resurgir en el presente, cuando los totalitarismos parecen ser capaces de brotar en cualquier parte.

George Orwell fue un escritor lúcido que buscaba de manera infatigable la verdad a través de sus novelas, sin caer en partidismos ni convencionalismos. Vivió el nazismo y fue testigo de la guerra civil española, como brigadista internacional. Fruto de esa experiencia es el libro Homenaje a Cataluña, un testimonio honesto y espeluznante sobre los crímenes de los franquistas, pero también de los comunistas y anarquistas.

La película nos permite acercarnos a la biografía del escritor y al ambiente familiar en el que creció, a los estratos bajos de una clase media que imita los modales de la clase alta a la que aspira poder acceder, en aquellos tiempos imperialistas y sin una fortuna o rentas que lo permitan, por vía del Ejército, el sacerdocio o una prestigiosa profesión liberal. Buscaban el ascenso social sin importarle las condiciones de vida de las clases bajas o la de los pueblos colonizados.

Orwell vive eso y poco a poco se va percatando de la hipocresía e injusticia social que representa. Era una persona noble que nunca quiso mentirse ni mentir a los demás. Prefirió el humanismo a la conveniencia social o ideológica. Por eso pudo escribir sobre la decencia común, convirtiéndose en brújula moral y notario de las infamias de la época que le tocó vivir.

Unos tiempos no tan distintos a los de hoy, en los que EE. UU. ejerce un liderazgo cada vez más autoritario, la guerra prende en Oriente Medio y en Ucrania, el genocidio se practica a ojos de todo el mundo en Gaza de manera impune, sin reproche alguno, y hasta se secuestra a líderes de países extranjeros por las riquezas naturales que poseen, principalmente petróleo, y que se les quiere arrebatar.

El mundo obsesivo y terrorífico de Orwell es, de alguna manera, nuestro mundo actual, su distopía es semejante a nuestra realidad cotidiana, los conceptos inquietantes de aquel mundo imaginario parecen replicarse en la actualidad, cuando la vigilancia o control del ciudadano es absoluta y pensar u opinar en libertad es motivo de un castigo que puede afectar hasta las universidades, los medios de comunicación y, por supuesto, a cualquier individuo en particular, ejerza o no un cargo público o privado en el que sea vea obligado a expresar su parecer y defender su criterio.   

Y es que, según el director del documental, “cada vez más gente afirmaría que dos más dos son cinco si se lo dice un político, un influencer o alguien en quien ellos confían. Nunca todo había sido tan fácil para los populismos”.

Se trata, pues, de una película sumamente recomendable para quienes, hayan leído las obras de Orwell o no, estén preocupados por la tendencia de unos tiempos actuales que se caracterizan por el cuestionamiento de la democracia, la falta de respeto a las instituciones, el recelo a la ciencia y el debilitamiento de derechos y libertades en nombre de una supuesta seguridad y una seudo esencia de la patria que algunos consideran perdida o en peligro a causa de la globalización, el feminismo, los fenómenos migratorios y la tolerancia al diferente.  

Es verdad que se sale del cine con el ánimo por los suelos y los pelos de punta, pero con la certeza de que es posible combatir tanta manipulación catastrófica con la verdad y claridad de criterio. Y con obras, como esta película, que ayudan a abrir los ojos. No se la pierdan.