miércoles, 15 de julio de 2026

¡Vacaciones!

Lo necesita el cuerpo y la mente, también la familia. Hay que parar y descansar, cambiar de aires y relajarse. Suspender temporalmente las obligaciones rutinarias del año para retomarlas después con ánimos renovados, con nuevo impulso. Incluso con ilusión. El autor de este blog y sus lectores merecen, como todos por estas fechas, un descanso, aunque sea por breve tiempo, con el que reponer fuerzas para continuar un nuevo ciclo de actividad. Durante quince días estará colgado el cartel de cerrado por vacaciones. Solo espero que las disfrutéis con las mismas ganas con que yo lo hago. ¡Hasta pronto!

martes, 14 de julio de 2026

“P´adelante”, como sea

Cierto sector del poder judicial está ejecutando aquel llamamiento genérico “el que pueda hacer, que haga” que verbalizó el expresidente José María Aznar hace unos meses. La orden se está cumpliendo a rajatabla por todos a los que iba dirigida, tanto en el ámbito político, mediático y, como vemos, también el judicial, sin que siquiera los togados guarden las formas y se preocupen en maquillar sus sentencias, ajustándolas al derecho.

Existe una cacería contra el Gobierno de coalición de Pedro Sánchez desde el primer minuto en que accedió al Poder Ejecutivo y, especialmente, desde que concedió, en 2021, el indulto a los líderes independistas catalanes encarcelados por sentencia del Tribunal Supremo, entre ellos al expresidente del Govern Oriol Junqueras, y por la Ley de Amnistía que aprobó en 2024 para la normalización institucional, política y social de Cataluña, que, según cálculos, afectará a más de trescientas personas inmersas en procesos judiciales a causa del procés.

La derecha, tanto política como judicial, no perdona la política conciliadora del Gobierno con Cataluña, ni que rebaje la consideración de delitos de sedición y rebelión a los desórdenes públicos acaecidos en aquella comunidad a causa de las manifestaciones por la independencia y el posterior referendo ilegal. La extrema violencia policial con la que se trató de impedir la consulta y la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en octubre de 2017, para “suspender” la autonomía en Cataluña, fueron las armas con las que se combatió un problema político. Hay que recordar que con aquellas medidas se disolvió el Parlament, el Govern quedó destituido y el Gobierno central asumió temporalmente la gestión de las consejerías de la Generalitat.

Por todo ello, existe una ofensiva judicial por parte de un número reducido de jueces, con el apoyo tácito o implícito de parte del colectivo, contra el Gobierno de Sánchez por motivos que solo pueden hallarse en la política, como advierte Carlos Elordi en un artículo publicado en noviembre de 2025.

Ese contexto, junto al apoyo que el Gobierno cuenta en el Congreso de partidos nacionalistas o independentistas del País Vasco y Cataluña, cuyos votos permitieron la investidura del líder del PSOE, es lo que explica la radical virulencia de la derecha contra Pedro Sánchez, a quien no le reconocen los indiscutibles éxitos alcanzados, durante sus mandatos, en el plano económico, laboral, internacional y social.

Es llamativo, si no fuera preocupante, encuadrar en esa ofensiva aquella manifestación de jueces y fiscales, con sus togas a las puertas de Palacios de Justicia, contra la ley de amnistía que entonces aun se estaba elaborando. A pesar de estar obligados a que sus opiniones políticas no influyan en el ejercicio profesional como jueces, no se recatan de exhibir su ideología y, lo que es peor, que esta impregne sus sentencias.

Tanto es así que el destino del actual Gobierno está en manos de estos jueces, algunos de los cuales se comportan con un componente de soberbia apenas disimulado y que genera desconfianza, cuando no estupefacción, en la ciudadanía. Es la que muestra el juez Juan Carlos Peinado con su instrucción prospectiva -expresamente prohibida en el proceso penal- contra la esposa del presidente del Gobierno, en su búsqueda desaforada de algún indicio delictivo que permita condenarla. Se trata de un ejemplo palmario de utilización de la justicia con fines políticos: lo que se conoce como lawfare.

Fue también el caso del diputado de Podemos Alberto Rodríguez Rodriguez, que perdió su escaño en el Congreso por una condena, en 2021, de inhabilitación que tres años después anuló en Tribunal Supremo. Para entonces, ya estaba fuera de la institución, por lo que el castigo era irreversible.

Y es también el caso del fiscal general del Estado, Álvaro García Ortíz -utilizado como pieza para asediar y obligar dimitir a quien lo nombra, el presidente del Gobierno-, a quien ha condenado el Tribunal Supremo a la pena de inhabilitación por revelación de datos reservados, sin pruebas irrefutables y basado en argumentos voluntaristas y en un bulo calumnioso, que reconoció falso, su propio autor, el “Rasputín” de la líder de la derecha y presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

Un acoso al Gobierno al que ese colectivo conservador de jueces y magistrados del Poder judicial se ha sumado mediante la última, que no definitiva, sentencia que condena al hermano del presidente del Gobierno, David Sánchez, por prevaricación en la plaza que consiguió para dirigir el conservatorio de música de Badajoz. Únicamente los funcionarios y la autoridad pueden cometer prevaricación en sus funciones, no los ciudadanos candidatos a cubrir una plaza. Y su hermano, Pedro Sánchez, ni siquiera era líder de su partido ni había accedido a la presidencia del Gobierno. No era nadie para influir en ninguna administración. Pero para el tribunal, el imputado cometió delito de prevaricación, aunque no haya prueba de cargo directa, aunque sí indicios de irregularidades en la creación de la plaza y en su adjudicación, algo que resuelven diariamente en nuestro país la jurisdicción contencioso-administrativa, no los tribunales penales. Pero como no puede ser condenado por prevaricación, se le condena por “colaborador necesario” por presentarse a la plaza siendo quien es, el hermano del futuro presidente del Gobierno.

Y como estos, incluido el de Mónica Oltra en Valencia, muchas otras actuaciones del conservadurismo reaccionario que aun anida en la judicatura y que no hacen ascos al uso espurio de la justicia con fines políticos. Cosa que se explica, pero no justifica, si atendemos a la procedencia de esos jueces o de sus descendientes, pues se trata de una judicatura que transitó directamente desde la dictadura a la democracia sin la debida “modernización” ni actualización al régimen democrático. De ahí la abrumadora derechización que sufre la justicia y su tendencia al lawfare, al que concurren actores del ámbito político, mediático, económico, social y hasta religioso.

La primacía de la derecha en el Poder Judicial se evidencia en cifras: de sus 5.500 jueces, solo dos fueron candidatos progresistas para 118 plazas en el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional y los 17 tribunales superiores de justicia autonómicos, según recoge el exjuez Baltasar Garzón en su libro La democracia amenazada (Planeta, 2026).

Es patente, por tanto, que asistimos a una campaña de “acoso y derribo” contra el actual Gobierno de España en la que participan individuos sumamente poderosos del mundo de la judicatura, empeñados en acabar como sea con un Gobierno al que consideran ilegítimo desde que fue nombrado por el Congreso de los Diputados. Jueces y fiscales que responden al mandato “del que pueda hacer, que haga”. Y no se paran en consideraciones legales o morales para, en connivencia con sectores de la política y los medios de comunicación, lograr sus propósitos sin esperar al resultado de las urnas. Tampoco les detiene el deterioro de las instituciones ni la desconfianza y la desafección que generan en la ciudadanía. El ambiente de crispación y polarización que provocan con sus exageraciones, denuncias y manipulaciones maniqueas favorece sus objetivos de alterar el normal desenvolvimiento político. Aunque asqueen y desmotiven al votante.

Pero si la situación es tensa y grave, no me quiero imaginar lo que podría pasar si, por malicias del destino, Pedro Sánchez vuelve a ganar las próximas elecciones, contra todo pronóstico y a pesar de la presión judicial que soporta en su entorno familiar, con su hermano y su mujer condenados. No soy capaz de pensar lo que harían estos que creen que la única España posible es la que ellos representan, que la única Patria es su patria. Dios nos coja confesados.

miércoles, 8 de julio de 2026

Una Andalucía irrespirable

Nos encaminamos hacia el verano más irrespirable que se recuerda en Andalucía, comunidad que se aprestan a gobernar la derecha “moderada” del PP de Juan Manuel Moreno Bonilla -Juanma para los “amigos”- y la extrema derecha de Vox, representada por su delegado regional Manuel Gavira, mediante un acuerdo de coalición que hará posible aquel “gobierno imposible” al que temía en campaña electoral el candidato y reelegido presidente que desea ser identificado por su apelativo coloquial, como si eso “moderara” su imagen y objetivos políticos.

Se trata del `Acuerdo de Gobierno y Estabilidad para Andalucía´, el segundo que suscribe el PP de Andalucía con Vox desde que en 2019 Moreno Bonilla se convirtiera en el primer presidente andaluz de derechas, pacto que confirma, como ha sucedido en Extremadura, Aragón y Castilla y León, la voluntad de las derechas de gobernar juntas cada vez que los votos lo permitan, obviando preventivos “cordones sanitarios” contra los ultras. Antes, al contrario, se les facilita el acceso al poder en tanto en cuando el pacto conlleva la entrada al Gobierno andaluz del candidato de Vox como vicepresidente de la Junta de Andalucía y titular de la macrocartera de Turismo, Desregulación, Justicia y Administración local. 

Todo hace presagiar, pues, un verano irrespirable, que se extenderá a lo largo de toda la legislatura que ahora se inicia, no solo por la temperatura que marquen los termómetros a causa de un cambio climático que el propio acuerdo califica de mero “fanatismo climático”, sino también por el retroceso que supondrán las 150 medidas recogidas en el citado acuerdo de gobierno, de 60 páginas, algunas de las cuales inculcan leyes en vigor o son fraudulentas por tratar materias, como la inmigración, que son competencia exclusiva del Estado.

Entre ellas, el desarrollo de la llamada “prioridad nacional” que la extrema derecha consigue imponer allí donde sus votos son imprescindibles. Una iniciativa segregacionista que excluye el acceso a prestaciones y servicios sociales a quienes no demuestren “arraigo” en Andalucía -discriminación por origen-, y que plantea, además, la supresión de ayudas, subvenciones, convenios y conciertos a ONG u otras entidades que, según el texto, contribuyan al denominado “efecto llamada” por trabajar sobre el problema de la inmigración ilegal. Prevé, incluso, “revisar” las funciones y la composición del Foro Andaluz para la Integración de las Personas de Origen Inmigrante.

Es, sin duda, la principal palanca legal contra la inmigración que obsesiona a la ultraderecha, y que se acompaña, como recoge el pacto andaluz, de acuerdos para rechazar y confrontar la política inmigratoria del Gobierno e impedir que Andalucía participe en la acogida de “menas” (menores extranjeros no acompañados) como solución a la saturación que soportan las Islas Canarias con la llegada ilegal de inmigrantes. Al mismo tiempo, se prohíbe el uso del burka y nicab en espacios públicos autonómicos (al parecer, un peligro de seguridad mayúsculo), así como dejar de impartir la lengua árabe y la cultura marroquí en los centros educativos de Andalucía.

El “moderado” Moreno Bonilla ha asumido sin rechistar, porque, según dice, lo mismo se ha firmado en “otros sitios”, tal planteamiento xenófobo que responde a prejuicios ideológicos que criminalizan la inmigración. Es su forma de “normalizar” políticas racistas a pesar de estar demostrado que la diversidad cultural no diluye ninguna identidad, sino que la enriquece, ni tampoco perjudica la convivencia, puesto que favorece la tolerancia pacífica en cualquier sociedad plural y democrática.

Otras medidas ponen en la diana los avances en la igualdad y protección de la mujer. En ese sentido, el pacto recoge que se derogará toda norma basada “en el criterio de ideología de género”, como la Ley Trans, la Ley de Lucha contra la Violencia de Género, la Ley de Igualdad entre Hombres y Mujeres y, en definitiva, todo lo que la ultraderecha califica de “ideología” feminista.

Y es que los rancios “ultras” posfascistas están convencidos de que cualquier iniciativa por equiparar en derechos a la mujer con el hombre y aquellas otras tendentes a luchar por protegerlas contra la violencia machista, no son más que rémoras de una peligrosa ideología feminista que socava la sociedad y la relación entre hombres y mujeres, tal y como ellos la entienden.

Tanto es así que hasta la existencia del Instituto Andaluz de la Mujer (IAM), cuyas iniciativas sociales persiguen la defensa de esos avances en derechos de la mujer, será objeto de revisión y nueva definición, sea lo que sea lo que eso signifique, seguramente a peor, para ellas.

Quiere decirse, por tanto, que se espera a partir de verano en Andalucía un mazazo contra las políticas de solidaridad y respeto a la dignidad de hombres (inmigrantes) y mujeres (víctimas del machismo) hasta ahora vigentes. Para combatirlas, la obsesión racista y antifeminista de la extrema derecha busca insistentemente limitarlas o derogarlas, como propugna su reaccionario ideario, mediante compromisos que pacta en los gobiernos a los que accede. Y lo grave es que, cada vez que resulta necesario, la derecha “convencional” asume sin pudor tal ideario para conservar o acceder al poder, incluso compartiéndolo con Vox, como se ha evidenciado allí donde gobierna gracias al apoyo de los ultras.

Es previsible que este ambiente asfixiante se agudice todavía más conforme se vaya aplicando el resto de las medidas que recoge el citado acuerdo. Porque, aparte de las comentadas, se contempla la derogación de la Ley andaluza de Memoria Histórica, lo que obstaculizará, más si cabe, la exhumación de restos óseos de las personas asesinadas y enterradas sin identificar en fosas comunes durante la Guerra Civil, así como  el estudio y conocimiento -para evitar repetir los mismos errores- de ese pasado ignominioso que continúa influyendo en el presente, junto a la valoración crítica y rigurosa de lo que supone la restauración de la democracia en nuestro país tras las secuelas de una sangrienta dictadura de cuatro décadas. Se nos niega, así, que tengamos memoria de las páginas más negra de nuestra historia.

Asimismo, el pacto de PP y Vox cuestiona la Política Agraria Común (PAC), rechaza el acuerdo UE-Mercosur, discrepa de la condicionalidad climática, del Pacto Verde y la Agenda 2030 sobre sostenibilidad medioambiental que, en opinión de los ultras, perjudica al sector primario. Sin embargo, la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos de Andalucía (UPA) muestra sus reservas a esas medidas pactadas porque, a su entender, no afrontan los principales retos del campo andaluz y contienen planteamientos que contradicen la realidad del sector, que sufre las consecuencias del cambio climático que en ellas se cuestiona y que afectan de forma directa a las cosechas andaluzas.

Incluso, para colmo, se reducen las ayudas a la cooperación internacional y las subvenciones a las organizaciones sindicales y la patronal, imprescindibles en cualquier política de concertación social.   

En cambio, como no podía ser menos, el Acuerdo de Gobierno para Andalucía señala la promoción de nuestras más acrisoladas tradiciones, como son la tauromaquia, la caza y la pesca, tan denostadas por esos conservacionistas que se abochornan de sus raíces culturales más hondas y viriles, prometiendo la reducción de todas las tasas autonómicas relacionadas con estas actividades. Coherentemente, se eliminarán tributos ligados a cuestiones medioambientales, como los impuestos a las bolsas de plástico, las emisiones de gases contaminantes y los vertidos a aguas litorales. Todo un ataque a las políticas de sostenibilidad del Medio Ambiente y del aprovechamiento racional de los recursos naturales.

En fin, lo que este resumen pronostica es que el verano en Andalucía será cualquier cosa menos agradable y tranquilo. Muchos, los más desafortunados y débiles, sudarán la gota gorda por ese sol implacable de la falta de derechos y ayudas que genera insolación por la discriminación racial y cultural, por la desigualdad y las injusticias que privilegian a una parte -dominante, eso sí- de la población y por el rechazo, la falta de solidaridad y de empatía con que se abordan los problemas sociales que a todos nos afectan.

Si todo eso no hará de Andalucía un lugar insoportablemente irrespirable, que venga dios y lo vea

martes, 30 de junio de 2026

Tiempo de lecturas

Nos adentramos en un tiempo resplandeciente por el fulgor del cuerpo, al que el sudor hace brillar con sabor a salitre en la orilla del mar, y del alma, que hace refulgir los ojos ante las deslumbrantes páginas del libro que nos acompaña a cualquier hora en estos meses del verano, tan propicios al exilio vacacional, lejos de ataduras y obligaciones regidas por el reloj.

Es un tiempo reblandecido por las luces y las sombras de las ensoñaciones en tardes soporíferas del estío que solo el hábito de la lectura, con su ensimismada soledad, consigue aliviar y refrescar.

Un tiempo que también a este blog amodorra con el pegajoso discurrir de un verano al que ni la actualidad de lo cotidiano, con esa polarización política que no cesa, ni la inútil brisa de la prosa más literaria, cargada de hueras intenciones, podrá sustraerlo de una atención embebida por el rumor de las olas, el frescor de unas cañas de cerveza y la belleza de unos cuerpos desparramados sobre la arena o exhibiéndose cual musas luminosas en el atardecer de las terrazas.

Porque es el tiempo de la placidez contemplativa, de la pasividad sensorial y de la desidia tan reconfortante para un cuerpo y una mente fatigados por las rutinas y los delirios del resto del año. Transitamos, por tanto, el tiempo de enfrascarse en lecturas y extraviarse en utopías ensoñadoras, en fantasías de nuevas expectativas y conocimientos que satisfagan una curiosidad que, al contrario del vigor físico, se mantiene intacta con los años, cuando más experiencia y vivencias se acumulan.

Por tal motivo, estas páginas virtuales de Mirada Crepuscular espaciarán la publicación de entradas, amoldándola a la parsimonia con la que el verano impregna toda actividad lúdica o sujeta a obligaciones. Más que estar atenta a lo que pasa ahí fuera, procurará centrarse en lo que nos pasa a nosotros mismos y cómo lo asumimos. Así, por ejemplo, durante estos meses sofocantes, no hará otra cosa que dejar constancia de los libros que han deslumbrado la mirada cansina y descreída de su autor, de quien suscribe estas líneas explicativas a los improbables lectores de la bitácora.

Y es que Mirada Crepuscular también se aleja del mundanal ruido de la cotidianeidad y de los agobios insoportables del presente para buscar reposo en la sombra de la tranquilidad y el silencio sin ecos mediáticos que proporciona la distancia más emocional que física, allá donde la actualidad no es sinónimo de estar al día de lo que tratan las tertulias y recoge la prensa ni la capacidad de aprender, expandiendo el espíritu, es exclusiva de la juventud y los trepas.

Se trata de una forma, como cualquier otra, de combatir el calor de estos meses de la manera más placentera: tumbados a la bartola con un libro entre las manos. ¡Que paséis buen verano!           

lunes, 22 de junio de 2026

La prioridad del primate

La última parida de la extrema derecha es priorizar los recursos (sanidad, educación, prestaciones, etc.) a nuestros compatriotas, a los que forman parte de nuestra “tribu”, los nativos nacionales que pertenecen a nuestro grupo social. Se creen estos ultras que han descubierto el más moderno invento de convivencia en sociedad, segregando por origen a la hora de repartir los frutos obtenidos entre todos en el territorio que habitamos. Y no saben que lo que hacen es dejarse llevar por el instinto que hemos heredado de nuestros “parientes” animales que nos son más cercanos, los primates. Es decir, se dejan llevar, como los monos, por impulsos primitivos antes que por decisiones racionales. Se comportan como animales más que como seres humanos.

Y la verdad es que no es algo extraño en el comportamiento del humano, en el que se mezclan instintos innatos con respuestas elaboradas desde el análisis racional y la previsión de consecuencias. Es algo que no podemos evitar, entre otras cosas, porque, como demostró Darwin, no es que vengamos del mono, sino que somos monos, mal que nos pese. Y la actitud de la extrema derecha viene a confirmarlo, por si los terraplanistas, creacionistas y demás “ultristas” tenían dudas.

Tanto es así que hasta la especie más pacífica de homínido solo se muestra cooperativa dentro del grupo, pero intolerante y hasta agresiva frente a otros grupos. Lo que parece, a nuestros ojos, un comportamiento generoso de fraternidad tribal, como es compartir las piezas cazadas y ayudar a otras madres con sus crías, no es más que una apuesta fruto de la evolución para con el grupo, dentro del cual es posible la existencia del individuo. No se trata, pues, de solidaridad o justicia distributiva, sino simplemente de un instinto de preservación de la especie, por encima de la del individuo, para garantizar la perpetuación o continuidad de los genes. Un instinto que induce a estos animales “pacíficos” a “priorizar” sus recursos: a los nuestros de todo, para los otros, nada de nada.

Y tal comportamiento es el que anima a los impulsores de la iniciativa de la prioridad nacional: primero los nuestros a la hora de recibir ayudas, prestaciones y derechos; los demás, que allá se las compongan. Como conducta animal, no está mal y en ciertas especies está justificado como estrategia de conservación y garantía de perpetuación y continuidad. Pero como decisión política del homo sapìens, la del vertebrado, mamífero, placentario, primate, simio y humano más inteligente del planeta -como diría juan Luis Arsuaga-, es una boutade racista, una auténtica burrada irracional, se mire como se mire, incluido desde el punto de vista económico.  

Porque, aunque en la naturaleza no existe la maldad ni la bondad, ni ninguna intencionalidad moral, los seres humanos, en cambio, nos relacionamos desde premisas éticas racionales y de justicia. Regulamos nuestros instintos primarios más primitivos mediante convenciones morales, normas de urbanidad y leyes de variado ámbito que procuran que la convivencia entre humanos sea pacífica, tolerante, equitativa y justa: lo más alejada posible de los irracionales instintos animales que aun condicionan nuestra conducta. Procuramos controlar esos instintos mediante la coacción educativa y cultural que vamos asimilando desde niños y la coacción de la fuerza que impone el marco legal en el que actuamos. En vez de instintos, elaboramos leyes y normas que eviten las discriminaciones y privilegios entre los individuos que conforman nuestra sociedad, el colectivo de lo que llamamos españoles. Y, de hecho, así queda expresamente recogido en la Constitución, al declarar el marco legal que nos ampara como un Estado social y democrático de derecho. Una ley de leyes que protege al individuo de cualquier discriminación por razón de raza, sexo, creencia, color de piel o lengua. Y que considera a toda persona, independientemente de su condición y del lugar de nacimiento, poseedora del valor intrínseco e inalienable de la dignidad, que distingue a cada ser humano por el simple hecho de existir.

Diferenciar a los habitantes de España, a la hora de merecer derechos, prestaciones y ayudas, por su origen o por un “arraigo” que no se exige a los nacidos aquí, es lo más semejante a la actitud hostil y violenta de los monos con sus parientes de otros grupos. Es un reflejo de nuestra procedencia simiesca (cuyo origen es, para colmo, africana) que reproduce la prioridad del primate. Una actitud que demuestra cuán lejos están algunos de comportarse como auténticos homo sapiens.

sábado, 13 de junio de 2026

Vida extraterrestre: posible, pero improbable.

Steven Spielberg vuelve a insistir en su última película, El día de la revelación (2026), con la posibilidad de existencia de vida extraterrestre y que ésta haya visitado la Tierra o, incluso, continúe conviviendo con nosotros. No es la primera vez que este director aborda un asunto que, al parecer, le apasiona, y con el que ha elaborado filmes tan románticos como entretenidos, como Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T., el extraterrestre (1982).

Si a este “revival” cinematográfico sobre seres de otros mundos se añade la reciente iniciativa del Gobierno estadounidense de hacer público cientos de informes sobre casos de fenómenos anómalos no identificados (FANI, lo que antiguamente se conocía como OVNIS) que se mantenían clasificados como secretos en los archivos de diversas agencias gubernamentales, no cabe duda de que asistimos a un renovado interés por la posibilidad de vida extraterrestre. Un misterio que inquieta al ser humano desde tiempos inmemoriales y que nos atrae tanto como la existencia de un dios creador de todo el Universo y, por ende, del hombre o lo que se esconde más allá de la muerte.

Se trata, no obstante, de una característica exclusiva del ser autoconsciente que es el humano: hacer preguntas, interrogarse y buscar respuestas, aunque a veces se deje llevar más por la emoción y la imaginación que por la razón o inteligencia racional. De ahí que se apresure en aceptar, sin apenas cuestionarlo, que seres extraterrestres podrían haber visitado nuestro planeta en cualquier momento de la historia de la Humanidad y que, de algún modo, hayan podido integrarse en nuestras sociedades sin que sean detectados o los gobiernos nos lo estén ocultado. Es una idea que, por lo reiterada cada cierto tiempo, es bastante popular entre la población y que sirve para reinterpretar mitos o historias de pueblos antiguos.

Esa idea es la que nos induce a considerar, por ejemplo, que la lápida del rey maya Pakal de Palenque (Chiapas, México) en realidad representa, como hizo Erich von Daniken, a un astronauta dentro de una nave espacial.  O que los inmensos geoglifos del desierto de Nasca (Perú), líneas que representan animales y figuras geométricas, han sido trazados a propósito para ser vistos desde el aire. Y que unas pinturas rupestres en el desierto del Sáhara (pinturas de Tassili n´Aijer en Argelia) son humanoides con trajes y cascos, similares a los de los astronautas modernos. Incluso nos tienta a valorar el impacto de un meteorito en Tunguska, en 1908, como producto de una explosión del motor de una nave extraterrestre en mitad de Siberia (Rusia).

Es, pues, una idea muy atractiva. Tanto que, para buena parte de los estudiosos del fenómeno ovni (ufólogos) la extraterrestre sería la mejor y única hipótesis que explicaría “plenamente” (mejor que los fenómenos naturales, artefactos y tecnologías secretas en pruebas, interpretaciones erróneas o montajes deliberados) las visiones de unos objetos que escapan a las leyes físicas y de la capacidad técnica conocida. Una hipótesis o idea asumida sin meditar lo que tal eventualidad supondría desde múltiples puntos de vista, pero especialmente desde el rigor científico. Y olvidando que, obviar la ciencia para priorizar las creencias, es lo propio de las religiones y las supersticiones, no del conocimiento racional.

Para evitar caer en ese tipo de explicación fácil y cómoda, parece oportuno recalcar algunas consideraciones básicas, pero irrefutables, que cuestionan esta teoría sobre la posible, pero improbable vida extraterrestre, como haría cualquier pesimista alegre u optimista descreído al enfrentarse al interrogante de si estamos solos en el universo. Una pregunta pertinente con solo mirar al cielo estrellado.

Porque, ante tan cúmulo de estrellas, resulta lógico -simple cálculo estadístico- deducir que algunas de ellas podrían tener un planeta parecido al nuestro orbitando en su entorno. Sólo en nuestra galaxia hay más de 100.000 millones de estrellas. Y de todos los planetas posibles, un porcentaje de los mismos -por mínimo que fuese- pudiera ser habitable, orbitar en lo que se llama “zona habitable” (ni muy cerca ni muy lejos de su estrella), aunque ello no garantice la existencia de océanos, atmósfera estable, protección frente a la radiación, etc.  De todos modos, partiendo de una simple conjetura estadística, es posible aventurar que existe vida extraterrestre. Aun no se ha encontrado rastro alguno de ella, pero la posibilidad se mantiene por mera deducción matemática.

Es más, sabemos perfectamente que hay planetas orbitando muchas estrellas, como nosotros al Sol, a los que denominamos planetas extrasolares o exoplanetas. En puridad, se han descubierto unos 6.200 exoplanetas en más de 4.700 sistemas solares. Y sabemos también que la química de la vida no es exclusiva de la Tierra, puesto que sus componentes básicos (carbono, hidrógeno, helio, etc.) son comunes en los cuerpos siderales. Pero afinar en el estudio al detalle de las condiciones de cada uno de esos exoplanetas y sus atmósferas, es algo controvertido por la escasez de datos, la mayoría de los cuales son indirectos, como la detección de huellas químicas de sulfuro de dimetilo en la atmósfera del exoplaneta K2-18b, un indicador biológico similar al generado por el fitoplancton marino de la Tierra. No prueba la existencia de vida, pero es la “biofirma” más sólida detectada hasta la fecha.

Y es que la vida, como proceso evolutivo de la materia, bien podría originarse en cualquier otro mundo de los infinitos que alberga el universo. Entre otros motivos porque toda la materia que los forma, como el nuestro, está hecha de átomos. Así, todo lo que existe es una combinación átomos que obedecen o interactúan según reglas: las leyes de la naturaleza. Y esas leyes, que se pueden conocer y formular matemáticamente, explican y demuestran el origen y evolución de la vida (al menos la que conocemos aquí en la Tierra), y al afectar a lo que constituye todo lo real -los átomos-, cabe esperar que los signos de vida sean reconocibles y hasta comparables a los terráqueos. Máxime cuando la vida en la Tierra emerge en contextos increíbles, como la de esos microorganismos extremófilos que sobreviven en volcanes submarinos, ambientes hipersalinos o hielos polares; es decir, en condiciones extremas para la vida, como las del espacio. De ahí que la posibilidad de vida extraterrestre sea incontrovertible, aunque hasta la fecha no es algo demostrable. De momento, los humanos seguimos siendo la única especie solitaria tanto en la Tierra -donde no existen otras especies iguales con autoconsciencia- como en el Universo “cercano”, donde rastreamos señales de vida.

Seguramente porque el Universo es tan inmenso que, al imaginárnoslo, parece infinito. La estrella más cercana al Sol -Proxima Centauri- está a 40 billones de kilómetros de distancia; es decir, a 4,3 años-luz de nosotros, según los astrónomos. Un año-luz es la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 kilómetros por segundo. La nave más rápida que hemos lanzado al espacio -la Parker Solar Probe- se desplaza a 191 kilómetros por segundo, con lo que tardaría en llegar a Proxima Centauri unos 6.650 años.

Una presunta vida extraterrestre, necesariamente más desarrollada que la nuestra, que pudiera viajar por el cosmos para visitarnos se antoja, a la luz de estos datos, más que improbable, imposible. Y nos referimos solo al vecindario estelar local, el que “linda” con nuestro Sistema Solar. Porque si conjeturamos que podrían proceder de otras regiones remotas del Universo, la propuesta se convierte en broma para crédulos ingenuos.

Y es que, incluso suponiendo que hubiesen alcanzado tal nivel de desarrollo tecnológico que les permita viajar a la velocidad de la luz, una nave construida para ello adquiriría, según la Teoría de la Relatividad, una masa infinita (la masa aumenta con la velocidad), lo que requeriría una cantidad de energía también infinita para propulsarse. Cosa imposible, aquí y en Alfa Centauri, sin ir más lejos. Todo lo cual nos lleva a pensar, una vez más, que la vida extraterrestre puede que sea posible aunque poco probable, pero que haya podido viajar en ovnis hasta nuestro planeta resulta no solo improbable, sino disparatado, aplicando exclusivamente fundadas deducciones racionales.                 

Con todo, desde los años 60 del siglo pasado no cejamos en el empeño de buscar señales de vida inteligente en otros mundos, gracias a la radioastronomía convencional. Los proyectos más destacados de búsqueda son los del Instituto SETI (acrónimo en inglés de “Search for Extraterrestrial Intelligence”: búsqueda de inteligencia extraterrestre), de California, que emplea radiotelescopios para detectar señales en el rango de microondas, y el Breakthrough Listen, de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Pero anteriormente, en el año 1974, se envió un mensaje de radio al espacio, a través de la primera transmisión intencionada de alta frecuencia, desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) para conmemorar la remodelación de aquel radiotelescopio cuya antena ya se ha desplomado por falta de mantenimiento.

En cualquier caso, todas esas búsquedas han sido infructuosas hasta el momento, porque detectar señales de vida inteligente desde nuestro marco temporal -unos cien años- dentro del espectro de los 13.800 millones de años de historia del Universo, representa un desafío mucho más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Significa esperar el rastro de alguna señal enviada desde, por ejemplo, algún lugar de la Vía láctea -que tiene unos 100.000 años luz de diámetro-, y en la que cualquier señal emitida desde solo 1.000 años-luz de distancia conllevaría otro milenio en recibir respuesta. Se estima que la horquilla del “tiempo de respuesta” estaría entre 400 y 50.000 años, en función del espectro de búsqueda y el número de civilizaciones que creamos existe en él. Es probable que para entonces, cuando recibamos alguna respuesta, nuestra civilización haya desaparecido. Y eso, suponiendo que los “aliens” utilicen tecnologías semejantes a la nuestra.

En resumidas cuentas, Spielberg hace películas bellas y conmovedoras, pero de la ficción cinematográfica a la realidad existe una brecha inconmensurable espacio-temporal que nos aísla en este rincón de la galaxia de la posible vida extraterrestre que pudiera existir en el cosmos. Lo cual no impide que sigamos soñando con encuentros en la enésima fase y rastreando el cielo en busca de señales reveladoras que alimenten esa posibilidad, aunque sea ínfima. No intentarlo significaría que las posibilidades se reducirían al cero absoluto. Y no hay que perder la esperanza. Ersa es la razón por la que hay que mostrarse como un escéptico alegre al que no le perturban las frustraciones. Pues la vida extraterrestre es como las meigas, “no creo en ellas, pero haberlas, haylas”.

martes, 9 de junio de 2026

Una de barquitos

Desde hace algún tiempo me sorprendo relacionando el juego juvenil de los barquitos con hechos que acontecen en mi entorno personal. Y no es que yo fuera un practicante asiduo de este entretenimiento barato y simple, que habré jugado como mucho en menos de diez ocasiones a lo largo de toda mi vida -la mayoría de ellas con mis nietas-, ni tampoco de los que perciben o viven la vejez como una etapa de pérdidas y decrepitud. Pero el dichoso jueguecito me viene a la cabeza cada vez que una nefasta noticia afecta a alguien que conozco y con el que he tenido alguna relación de cercanía física. Una curiosa combinación con el pasatiempo juvenil que mi mente relaciona con una situación vital. Cosas de la edad, supongo.

La cuestión es que, al parecer, la partida de los barquitos la disputo con la muerte, mi contrincante en este macabro juego mental. Es ella la autora que hace agua, toca o hunde las “embarcaciones” que dispongo en el tablero imaginario del que formo parte. Y, así, cada vez que fallece alguien conocido de mi entorno -amigo, vecino o familiar-, lo relaciono de inmediato con los resultados posibles del juego.

El caso es que, en corto espacio de tiempo, han fallecido dos vecinos en el edificio donde se ubica mi vivienda y, aparte de lamentarlo emocional y humanamente, no he podido evitar pensar que, con sus muertes, habían hundido dos barcos de mi tablero vital y que mi contrincante se acercaba peligrosamente a la destrucción de mi estrategia defensiva. Un pensamiento similar me había embargado anteriormente cuando asistí, en el curso de pocos años, al entierro de un compañero entrañable del trabajo, jubilado como yo, y cuando un familiar acabó de manera prematura en la tumba. Se trata de un juego mortal en el que, cuando sufro un achaque de cierta importancia, considero que me han “tocado”. Percibo esas situaciones como especie de embates mortíferos que, como los aciertos en la batalla de los barquitos, amenazan las fortalezas de mi integridad, al barco que me representa en ese damero maldito, sin que logren hundirlo… de momento.

La relación en esta etapa crepuscular de mi vida con el juego de los barquitos no es ningún desvarío senil ni una patología psiquiátrica, sino simplemente una forma de asumir banalmente el inevitable destino que a todos nos aguarda como seres vivos: la muerte.  Un destino que, a partir de determinada edad, se vislumbra mucho más cercano e insoportablemente probable. Tal vez parezca un juego macabro para quienes tienen toda la vida por delante y ni siquiera piensan en desaparecer, porque creen que la muerte es cosa que concierne a otros, a los viejos, y que con ellos no va, ya que “la muerte es, para los jóvenes, un naufragio y para los viejos, llegar a puerto”, como diría Baltasar Gracián. Pero cuando ves que tus conocidos, vecinos y familiares, con edades comprendidas en tu misma generación, van desapareciendo a tu alrededor, no puedes dejar de imaginar que integras la lista de objetivos a los que está tratando de hundir tu adversaria la muerte. Porque estás llegando, tú también, a puerto.

Entonces es mejor asumirlo como un juego más que con miedo obsesivo. Y jugarlo como un divertimento mental que apenas afecta a la conducta, salvo esos segundos en que se tarda en declarar “agua, tocado o hundido” cualquier ataque de la guadaña a tu entorno, para continuar seguidamente con las rutinas y dedicaciones diarias que colman de propósitos y contenidos la vida. Al fin y al cabo, como dijo Benedetti, “la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

No es más que una manera de restarle importancia a la certeza pesada y grave de la muerte, tratándola como un juego de estrategias simplonas en un marco que permite limitadas opciones, para que no influya de manera dominante en la capacidad de regir nuestra vida hasta el último suspiro, cuando seamos final y fatalmente hundidos. Por eso relaciono últimamente la muerte con los barquitos. Y lo hago, al menos, mientras compruebo que hacen agua, tocan o hunden cualquier “barco” de mi tablero, sin que ello impida, más bien lo contrario, que emprenda nuevos proyectos vitales. Es decir, seguir jugando en tanto en cuanto mantenga conciencia de mí mismo, ya que la muerte es la disolución de esa conciencia. O, como pensaba Borges, “la vida es una muerte que viene”. Así que tira, que te toca, ingrata.      

lunes, 1 de junio de 2026

No todo vale

Resulta que los votos no son la única manera de tumbar a un gobierno cuando sus adversarios están decididos a desalojarlo del poder sin aguardar al veredicto de las urnas. El respeto a los procedimientos democráticos que los ciudadanos consideraban sagrados no siempre se cumple por los impacientes dispuestos al “todo vale” con tal de acceder al poder, por quienes se valen de atajos mediáticos, judiciales, policiales y de manipulación política para conseguir desgastar y obligar a renunciar a un gobierno, sea de mayoría absoluta o minoritario con apoyos parlamentarios, surgido de unas elecciones.

La lealtad política, institucional y democrática brilla por su ausencia cada vez que se recurren a tales métodos espurios de ejercer oposición. Y en España, desde hace tiempo, esta deslealtad irrespetuosa e irresponsable viene empleándose para desbancar al Gobierno desde que, en 2018, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), liderado por Pedro Sánchez, presentó una moción de censura al Gobierno conservador del Partido Popular (PP), presidido por Mariano Rajoy, que fue apoyada por la mayoría del Congreso de los Diputados, siendo la primera moción que tiene éxito desde la restauración de la democracia en España.

Aquella moción victoriosa venía motivada porque el PP, a tenor de las investigaciones del llamado caso Gürtel, mantenía una estructura de contabilidad “paralela” (caja B) de financiación ilegal, con la que también retribuía a altos dirigentes de la organización (entre otros, figuran apuntes a “M.Rajoy” en dicha contabilidad), mediante un sistema genuino y efectivo de corrupción institucional a través de la manipulación de la contratación pública central, autonómica y local, según sentencia de la Audiencia Nacional. Es decir, se debió a la corrupción del PP confirmada por sentencia judicial. Y se justificó, como señaló Sánchez en el debate, porque “la corrupción destruye la fe en las instituciones, y más aun en la política, cuando no hay una reacción firme desde el terreno de la ejemplaridad”. 

Se inicia, entonces, una campaña por deslegitimar, con razones o sin ellas, al nuevo Gobierno por parte del partido que fue desalojado abruptamente del poder, en 2018, mediante aquella moción que permitió a Sánchez ser presidente de Gobierno. El socialista se convertía, de este modo, no solo en el primer presidente que resulta investido gracias a una moción de censura, sino además en el primero que lo consigue sin ser diputado desde que existe la democracia de 1977, pues había renunciado al acta de diputado en 2016 para no compartir la decisión de “abstención técnica” que su partido había adoptado para facilitar la investidura de Rajoy. También sería el primer presidente español que domina el idioma inglés. Muchas, quizá demasiadas, novedades para el “presidencialismo” español.

Hay que recordar que el PP había ganado por mayoría simple las elecciones de 2016 y Mariano Rajoy, tras cuatro meses de negociaciones, fue investido con los apoyos de Ciudadanos y otras formaciones de la derecha, más la abstención del PSOE, en una segunda sesión de investidura. Ese gobierno conservador duró hasta 2018, cuando le fue retirada la confianza del Congreso con la cuarta moción de censura registrada en la historia de la democracia y la segunda de la XII legislatura, una de Podemos y otra del PSOE, ambas contra Mariano Rajoy.

Y con su final se ponía en marcha una campaña de desprestigio y desgaste que Rajoy exhibió ausentándose de su escaño para no reconocer con su presencia la legitimidad del Gobierno de Pedro Sánchez, legitimidad avalada por los votos del Congreso. Rajoy abandonó su escaño durante horas, ofreciendo aquella imagen del bolso de la vicepresidenta ocupando su lugar, mientras se debatía la moción y jamás volvió a sentarse en él como expresidente. Se limitó asistir dos minutos durante la segunda sesión del debate de la moción para ser el primero en felicitar al nuevo presidente, al que se acercó corriendo a estrechar la mano antes de desaparecer del hemiciclo. Fue un escueto acto de cortesía parlamentaria. Desde ese momento empezaron en el PP las acusaciones de que “el Gobierno de Sánchez es ilegítimo y se lo debe a los populistas, los viejos amigos de ETA y los enemigos de España”.

Se iniciaba, así, la campaña de “acoso y derribo” al Gobierno socialista, antes incluso de que el expresidente José María Aznar, que ejerce de oráculo del PP, solicitara aquello de que “el que pueda hacer que haga”, frase con la que llamaba a un ataque por cualquier medio contra el Gobierno con las armas que cada cual tenga (mediáticas, judiciales, policiales y políticas). Y es que, para él y los suyos, el presidente Pedro Sánchez representa “un peligro para la democracia”. Y no han parado en el empeño por todos los medios posibles (legales, alegales e ilegales) para tumbar al Gobierno. La derecha, históricamente, siempre ha tenido muy mal perder porque tiene un sentido patrimonialista del poder y considera que le pertenece por “la gracia de Dios”. Piensan que lo normal es que ellos gobiernen, y lo anormal y peligroso sería que lo haga la izquierda.

Así se ha comportado siempre la derecha de este país. Las malas artes, la mezquindad, la mentira y la marrullería han sido herramientas usuales de la derecha a la hora de enfrentarse con el adversario político. Ejemplo palmario fue la acusación de fraude de unas elecciones, en 1993, que tachó de "pucherazo". También en Andalucía, donde Javier Arenas no consiguió, pese a ganar en votos, la presidencia de la Junta. Acariciaba su sueño dorado después de intentarlo como cabeza de lista en múltiples ocasiones. Incluso la CEOE, que apoyó a sus cuates andaluces (CEA), diseñó un cartel que reproducía la imagen de una manzana y un gusano para aquellas elecciones andaluzas. Como se ve, la derecha, tanto política como económica o mediática, suele jugar sucio. 

Y lo sigue haciendo. “Acabar con el Gobierno con todos los medios a nuestro alcance hasta echar a Pedro Sánchez” es la consigna textual para todas sus iniciativas, aunque sin aclarar si han de ser también ilegales, alegales e inmorales, como las que se están produciendo actualmente a través de acusaciones falsas, bulos, información tendenciosa y zafias mentiras sobre Pedro Sánchez, su familia y el Gobierno. No importa: el fin justifica los medios. Y en esas estamos.

De hecho, ya no es solo el partido derrotado el que ejecuta en solitario un plan de acoso que le permita recuperar el poder sin esperar al veredicto de las urnas. Son también todos sus satélites afines los que están confabulados en acabar con el Gobierno socialista. Fundaciones y pseudosindicatos de extrema derecha ejercen la “acción popular” en procesos judiciales contra el Gobierno, su presidente, su familia u otras personalidades ligadas al mismo.

Es lo que se deduce de quienes han conseguido sentar en el banquillo al hermano del presidente por presunto tráfico de influencias y prevaricación, gracias a las acusaciones de Manos Limpias, Hazte Oír, Abogados Cristianos, Vox, Liberum, Iustitia Europea y PP. Toda una camarilla de entidades de marcado cariz ultraderechista que se apuntan a cualquier proceso que pueda deteriorar la confianza en el Gobierno y su credibilidad.

Los mismos que se han juramentado para encausar judicialmente a Begoña Gómez, la esposa del presidente, mediante recortes de prensa de escaso rigor, pero que han servido para que un juez emprenda una instrucción prospectiva sin elementos indiciarios y hasta con un informe en contra de la policía judicial que no halló pruebas de ilicitud en sus cuentas bancarias. Y todo por seguir ejerciendo su trabajo en una Universidad madrileña, como hacía antes de que su marido fuera presidente de Gobierno.

Tan bajo ha llegado ese afán por desprestigiar al mandatario socialista que se intentó construir un falso escándalo por el negocio de saunas que su suegro regentaba y que, según sentencia de la Audiencia Nacional en 2024, era una “actividad privada lícita”. Sin embargo, ello no impidió que el líder del PP preguntara al presidente de Gobierno, en una intervención parlamentaria de hace poco, “¿de qué prostíbulos ha vivido usted?”. Una muestra más del todo vale, hasta la infamia. 

Y es que, desde 2018 hasta hoy, una retahíla de casos judiciales acosa al Gobierno y obstaculiza e, incluso, paraliza su normal desenvolvimiento. Unos fundados y otros, no tanto. En ocho años de mandato socialista, ocho causas se han sumado contra el Ejecutivo, prácticamente a una por año, y una detrás de otra. Son las siguientes:  Casos hermano, esposa, suegro, Cerdán, Leire, Ábalos, Fiscal general y, por último, Zapatero. Para un Gobierno que nació con voluntad de erradicar la corrupción, ya que con ese motivo reemplazó a otro gobierno acusado y condenado por corrupción, parecen demasiados los casos de presunta corrupción que brotan a su alrededor, y todos ellos denunciados por sus adversarios de la derecha. No obstante, sea casualidad o no, de todos ellos deberá defenderse el Gobierno, rendir cuentas y aclarar su actuación en cada caso.

Es lo que exige la ciudadanía y lo que conviene a un sistema democrático, a pesar de que la coincidencia de todos ellos contra el Gobierno en tan breve plazo de tiempo resulte, cuando menos, sospechosa. Son explicaciones más que necesarias para evitar la desconfianza de unos ciudadanos saturados por tantos casos de corrupción que resultan ya indistinguibles: Ábalos/Koldo, Bárcenas, David Sánchez, Gürtel, Begoña Gómez, Leire, Kitchen, Plus Ultra, Cerdán, Zapatero, Aldama, Dana, Adamuz, Montoro, etc. Explicaciones imprescindibles para evitar aquello de lo que prevenía Hannah Arendt: que el individuo más conveniente para un régimen totalitario es el que no distingue la realidad de la ficción. Aclaraciones, por tanto, ineludibles que ayuden a no confundir la realidad con la ficción y no caer presa fácil de manipuladores y demagogos.

Porque la desolación y la desafección del electorado es una carcoma para la democracia. La desconfianza ciudadana en sus dirigentes abona la abstención y desnaturaliza con la ineficacia el sistema democrático. Sólo con transparencia e información, veraz y precisa, se puede combatir y contrarrestar cualquier campaña de acoso y derribo, aunque sea infundada, pero más aun si presenta motivos plausibles o indiciarios.

Es muy probable que asistamos a un cambio de ciclo político, pero este ha de producirse en las urnas y con el voto de los ciudadanos, no a causa de la desinformación, los bulos, las argucias judiciales, la presión mediática y demás artimañas políticas con las que se intenta ganar lo que no se consigue en unas elecciones. En definitiva, sin votos, no todo vale, aunque algunos crean lo contrario y hasta estén confiados en ello. Entre otras cosas, porque les sirve para que estemos hablando de cuestiones judiciales, sin que todavía exista ninguna sentencia, en vez de la acción del Gobierno y de las iniciativas legislativas que ha impulsado en beneficio de la mayoría de la población. Les sirve porque desvía nuestra atención de lo que en realidad nos interesa: salario mínimo, educación, sanidad, empleo, vivienda, pensiones, becas, igualdad, libertades, sostenibilidad, medio ambiente, dependencia, etc. ¡Mira que hay cosas de las hablar!   

lunes, 25 de mayo de 2026

Oporto, más que vinos y puentes

Tenía una espinita clavada con Oporto y por fin me la he quitado. He podido satisfacer el deseo de conocer esta ciudad portuguesa, ribereña del Duero en su desembocadura en el Atlántico. Y la impresión no ha podido ser más grata. Me gustó la ciudad, a pesar de sus cuestas, como me entusiasman los lugares que perviven sin renegar de su pasado mientras luchan por construir un futuro de esperanza y prosperidad.

Es lo que refleja Oporto al visitante: su historia medieval, los signos de decadencia tras la pérdida de las colonias portuguesas y la negra dictadura, y el entusiasmo con que encara un presente de modernidad y progreso. De ahí que Oporto ofrezca mucho más que sus famosos vinos dulzones y las bellas postales de sus puentes impresionantes. Ofrece el tesón por seguir siendo lo que fue sin dejar de evolucionar hacia una ciudad más cómoda y mejor para sus habitantes y, por qué no, para los foráneos que se ven atraídos por sus indudables encantos y su barroca belleza.

Porque lo primero que sorprende a quien no la conoce son sus muros, escondidos tras las edificaciones, que la protegieron en su enclave elevado de los embates de la naturaleza, como el tsunami que arrasó Lisboa tras el terremoto de 1755, donde las aguas y los derrumbes causaron entre 60.000 y 100.000 víctimas mortales. Gracias a esos muros y una falla submarina que frenó la propagación de las ondas sísmicas hacia el norte, el terremoto apenas tuvo impacto en Oporto, a pesar de que se sintió con intensidad. Solo se produjeron superficiales daños materiales, que no llegaron a provocar colapsos en las construcciones ni muertes entre la población. El estuario del río Duero amortiguó la fuerza del mar, evitando que la gran ola alcanzara el centro de la ciudad.

Esa situación elevada, con murallas para impedir las invasiones de suevos y alanos, ya había sido prevista desde los antiguos asentamientos de griegos y romanos, que denominaron Cale al lugar donde un rey suevo de Galicia fortificó un castillo que albergaba viviendas en su interior.  En la base de esa colina se situaba el Portus Cale (Puerto de Cale), origen del topónimo Portugal.

Para los romanos, esa aldea era una parada obligada en la ruta entre Braga y Lisboa. Posteriormente sería tomada por los visigodos hasta que los árabes la conquistaron en el año 716. Con la reconquista, la plaza pasó a manos del rey Alfonso I de Asturias. En 1096, el rey Alfonso VI de León casó a su hija Teresa con Enrique de Borgoña, concediéndole el Condado Portulacense, con capital en Oporto, dependiente del reino de Galicia, que pertenecía, a su vez, al reino de León. Dicho condado se extendía desde el río Miño hasta el Duero. Un hijo de este matrimonio sería el primer rey independiente de Portugal, Alfonso Henríques. Entre tanto, en 1123, se fundó oficialmente la ciudad de Oporto.

Con esos datos básicos, es fácil dejarse llevar por sus callejuelas empedradas, plazas y miradores para admirar el legado cultural y monumental de la ciudad. Y se comprende que la Unesco declarara, en 1996, Patrimonio de la Humanidad a todo su centro histórico. Una ciudad que desde antiguo mantuvo una cierta rivalidad con Lisboa, pues en ella se asentaron comerciantes ingleses de vino que la dotaron, con sus bodegas e industrias subsidiarias, de una indudable pujanza fabril. Un refrán dice que “Lisboa se divierte, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja”. Puede que no sea exacto, pero algo de verdad encierra, cuando menos un sentimiento compartido.

Y esa historia se aprecia también en la Estación de Tren de Säo Bento, en cuyo vestíbulo más de 20.000 azulejos bitonos, azules y blancos, representan hazañas históricas, como la conquista de Ceuta. Hasta la decoración del techo sirve para señalar los límites entre los ríos Miño y Duero del antiguo Condado que dieron origen a Portugal.

Muy cerca de la Estación se halla otro de los edificios más antiguos y señeros de Oporto; la Catedral, conocida como la Sé, ubicada en lo alto de una colina. Su construcción se remonta al siglo XII y combina el románico original con modificaciones en gótico y barroco. Es un buen enclave para otear la ciudad y el cauce del río.

Tampoco hay que dejar de ver, en un recorrido por el centro de la ciudad, la afilada Torre de los Clérigos, de 76 metros de altura, desde donde pueden verse unas vistas panorámicas que abarcan toda la ciudad, el río Duero y la vecina localidad de Vila Nova de Gaia, siempre y cuando se esté en disposición de subir los 240 escalones que dan acceso a la cúspide.

Y para despedirnos de la zona alta, merece la pena acercarse a la parte moderna y de expansión de la ciudad para contemplar, en el extremo superior de la Avenida de los Aliados, el Ayuntamiento de Oporto, un edificio con fachada de granito y mármol, de estilo neoclásico e imagen impresionante. Toda la avenida, cuyo bulevar conecta la Plaza de la Libertad con el Ayuntamiento, representa el corazón neurálgico de Oporto, y el amplio paseo peatonal central está diseñado con jardines y fuentes.

Sin embargo, donde bulle la diversión, la gastronomía y las riadas de turistas es en la zona baja, la famosa ribera o barrio de la Ribeira, la parte baja donde Oporto se deja acariciar por el Duero. Es la zona más fotografiada de la ciudad y en la que se hallan innumerables bares y restaurantes, amén de puestos de souvenir y recuerdos. Desde cualquier punto de su largo paseo, que se extiende desde el Puente de Arrábida hasta el Puente Don Luís I (obra de un discípulo de Gustave Eiffel), los visitantes compiten por capturar en sus móviles las maravillosas imágenes de la cara más conocida de Oporto, la de sus puentes. Es también el lugar donde se pueden contratar paseos en barco (los típicos rabelos, que servían antiguamente para transportar barriles de vino desde los viñedos hasta las bodegas) que recorren el Duero, atravesando por debajo de sus seis puentes -cada uno con su historia-, y que te permiten desembarcar en la orilla opuesta, en el municipio de Vila Nova de Gaia, donde se concentran las bodegas del apreciado y peligroso (por su alta graduación alcohólica para lo apetitoso que es) vino Oporto.

Y desde allí, al atardecer, puede uno completar la visita extasiándose con la puesta del Sol sobre Oporto, una ciudad que es mucho más que sus vinos y sus puentes.                

lunes, 18 de mayo de 2026

El lío de Andalucía

Juanma Moreno, como quiere que le llamen, se ha metido en un lío que le avinagra su indiscutible y robusta victoria en las elecciones autonómicas de Andalucía, dejándole un desagradable sabor de boca. Porque, como anunciaban todos los pronósticos, Juan Manuel Moreno Bonilla, candidato conservador y actual presidente de Andalucía, ha revalidado el cargo y continuará sentándose en el Palacio de San Termo, sede de la Junta de Andalucía, pero sin haber conseguido la ansiada mayoría absoluta que le permitiera gobernar en solitario.

Ese era su mayor reto, el propósito sobre el que basó toda su campaña electoral, llegando a calificar de lío cualquier otra posibilidad (en realidad, la única a la que se enfrentaba: tener que necesitar apoyos para gobernar). Y, en ese sentido, su triunfo le sabe a derrota porque no lo ha conseguido. Por poco, pero no logró la mayoría absoluta, quedándose solo a dos escaños de conseguirlo. Así, él solo se ha metido en el lío que tanto temía. Su dilema, el lio de Juanma, consistía en tener que recabar los apoyos de la ultraderecha para gobernar, con lo que ello supone, y ha fracasado en el empeño. Va a necesitar a Vox para asegurar su investidura y formar gobierno.

Todo un desastre para el Partido Popular, que se ha visto abocado a esa dependencia en todas las elecciones realizadas hasta la fecha (Extremadura, Castilla y León y Aragón) y que, con ésta de Andalucía, evidencia lo que, en caso de elecciones generales, podría suceder en España: que gobernase con la ultraderecha. Esa percepción de que sólo en unión con los ultras se podría derrotar al Gobierno socialista del PSOE, coaligado con Sumar, más que fortalecer la alternativa al sanchismo, robustece a los socialistas en unas elecciones generales.

De ahí el temor de Juan Manuel Moreno Bonilla por ver también ligado su mandato con la ultraderecha de Vox, el ejemplo definitivo de lo que cabe esperar en una futura convocatoria electoral de carácter general. Y no por miedo a los ultras, sino porque restan votos a la propuesta conservadora.

Aunque peor está el PSOE, que sigue cavando su tumba en lo que era su feudo electoral. Si ya había llegado a su suelo, del que creía no poder descender más, con estas elecciones ha obtenido el peor resultado histórico en Andalucía, perdiendo aun dos escaños por el camino. Una derrota amarga para un partido que fue hegemónico durante décadas y que mantuvo el poder en la Junta de Andalucía durante 36 años. Ni la todopoderosa exvicepresidenta del Gobierno y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, ha logrado frenar el descalabro de los socialistas, pendientes aún de pasar página de los escándalos que empañaron sus gobiernos y de presentar un candidato regional que trabaje el territorio e insufle ilusión y confianza al votante socialista.

Las izquierdas alternativas al PSOE, divididas como siempre, no son suficientes para construir un bloque ideológico que equilibre al de la derecha. Restan más que sumar, puesto que se reparten entre ellas el voto de una izquierda huérfana de representación sólida y determinante en el Parlamento de Andalucía.

El enésimo invento de los comunistas (IU), agrupados ahora con Sumar y lo que queda de Podemos bajo el liderazgo de Antonio Maíllo en Por Andalucía, no arranca más escaños que los cinco que ya tenía, viéndose superada por la izquierda soberanista y anticapitalista de Adelante Andalucía, dirigida por José Ignacio García, que suma seis escaños a los dos que tenía en el Parlamento de Andalucía. En su conjunto, renuevan caras, pero mantienen estrategias y fórmulas que apenas atraen a la gente dispuesta a luchar por un mundo mejor y modificar las estructuras económicas que perjudican a los más desfavorecidos.

En fin, con un Parlamento de 109 escaños, en el que el Partido Popular consiguió 53, el PSOE 28, Vox 15, Adelante Andalucía 8 y Por Andalucía 5, el futuro de Andalucía continúa marcado por gobiernos de la derecha que impondrán sus políticas liberales en lo económico y conservadoras en lo social, cultural y moral. Es lo que hemos elegido y será lo que nos merecemos.      

jueves, 7 de mayo de 2026

Lo que nos jugamos el 17 de mayo

Nada a lo que nos expongamos el próximo 17, con las elecciones en Andalucía, será nuevo. Los proyectos o programas de las formaciones en liza son de sobra conocidos, tanto por su literalidad como por su materialización no solo en el pasado, sino por lo acordado e impulsado en el presente. Sabemos, por tanto, lo que nos aguarda tras los resultados de estos comicios en los que nos jugamos la Andalucía en la que nos gustaría vivir.

Porque la disyuntiva es clara: o un gobierno conservador de derechas, en solitario o en coalición, liderado por el Partido Popular (PP), o uno progresista de izquierdas en coalición, encabezado por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). No hay más opciones, sin que ninguna de ellas represente el “lío” del que nos advierte ladinamente el candidato popular y actual presidente de la Junta, Juan Manuel Moreno Bonilla, con el fin de aglutinar el voto en sus siglas para conseguir la mayoría absoluta.

Y es que, con él como favorito en los sondeos, es fácil predecir las iniciativas que impulsaría un Gobierno andaluz bajo su batuta, tanto si lo hace en solitario como en compañía de la ultraderecha, representada por Vox. Ya dio muestras en su primer mandato de su capacidad para sumar los votos de todas las derechas que permitieron el refrendo parlamentario a su investidura.

Aunque ahora haga ascos a firmar acuerdos con Vox, ya lo hizo cuando ganó las elecciones de 2018 y formó coalición de gobierno con Ciudadanos. Pero sin el apoyo parlamentario suscrito con Vox, no hubiera sumado los votos necesarios para ser presidente de la Junta de Andalucía. Posibilitaba así que, por primera vez, se produjera la alternancia política en Andalucía, gobernada durante 36 años por el PSOE, pero también el acceso de la ultraderecha a las instituciones y que pudiera ejercer su influencia en los ejecutivos que precisan de su apoyo.

Fue la primera vez, en efecto, que, en España, la extrema derecha conseguía influir en las políticas de los gobiernos del Partido Popular. Una “novedad” que se inició en Andalucía de la mano de Moreno Bonilla. Y lo hizo sin despeinarse y con la sonrisa con la que desde entonces intenta aparentar ser amable, moderado, simpático y fiable.

Y si ya entonces no tuvo reparos en firmar un pacto por escrito con Ciudadanos y Vox, hoy también lo suscribiría desde el primer minuto en que se conozca el resultado electoral, si fuera necesario y salieran las cuentas. Además, por si hubiera dudas, es justamente lo que está haciendo su formación en todos los lugares en que ha necesitado el apoyo de la ultraderecha para formar gobierno.

En Andalucía no será, pues, diferente la estrategia de pactos del PP del que forma parte Moreno Bonilla. Y asumirá, llegado el caso, todas las políticas que le imponga su socio de extrema derecha, como han hecho los gobiernos del PP en Extremadura, Aragón, Castilla y león, Valencia y Murcia. Es decir, criminalizar al inmigrante, cuestionar la violencia machista, negar el cambio climático, aumentar la desigualdad social con el nuevo reclamo de “prioridad nacional”, adelgazar y deteriorar los servicios públicos (sanidad y educación, fundamentalmente) en beneficio de la iniciativa privada y, en definitiva, imponer progresivamente un modelo neoliberal de sociedad que abandona a los más desfavorecidos o necesitados a su suerte.

Aunque lo temamos, es lo que sabemos que hará si, como en aquellas comunidades, necesitara a Vox para gobernar. Pero lo que calla es que lo haría de cualquier forma porque su ideario es coincidente con el de la extrema derecha y solo se diferencian en la gradación a la hora de aplicarlo.

De ahí que un gobierno en solitario del PP en Andalucía no ofrezca ninguna posibilidad de políticas distintas a las que implementaría en coalición con la extrema derecha, salvo en su inmediata contundencia y sin la máscara de la hipocresía.

El de Moreno Bonilla sería semejante, en su ejecutoria y objetivos, al gobierno de Ayuso en Madrid, donde se aplican recortes a la sanidad pública mientras se aprueba la creación de nuevos hospitales privados y se concierta con ellos la prestación de los servicios más rentables. Y donde se ahoga a universidades y colegios al reducirles la financiación, aparte de otras medidas de igual talante.

O al del gobierno de Valencia, que inauguró el modelo fracasado de la privatización de hospitales, con el de Alzira en 1999, como sistema de colaboración público-privada, que aumentó la deuda y empeoró la asistencia sanitaria.

Y es que el programa que comparten todos ellos es el mismo: el del Partido Popular, cuyo objetivo ideológico es la implantación de una sociedad regida por el neoliberalismo económico, el libre mercado y la libertad individual (para sufragarse sus propias necesidades), sin que el estado regule o intervenga en nada, ni siquiera en defensa de los más débiles, los que carecen de oportunidades.

Su mantra es la reducción de impuestos, que beneficia fundamentalmente a los más pudientes, y la eliminación de “gastos” de la Administración, que perjudica a los que no pueden costearse ni la salud, ni la educación, ni la vivienda, ni la dependencia, ni el desempleo, ni la seguridad, ni la cultura, aparte de otras muchas carencias. Y la defensa a ultranza de los valores tradicionales de España, como la familia, el matrimonio heterosexual, la religión católica, la lengua castellana y la unidad homogénea de España, lo que lo enfrenta a la diversidad cultural y social del país, a las lenguas que se hablan en determinadas comunidades autónomas (euskera, gallego y catalán), a la libertad sexual y religiosa y, en definitiva, a la pluralidad de la sociedad española y el respeto al diferente.

Unas políticas que tienen consecuencias para los ciudadanos, a veces letales. No es casual que haya sido en Madrid donde se registró la mayor mortalidad en las residencias de ancianos por la pandemia de la Covid-19 en 2020. 7.291 ancianos murieron sin asistencia médica porque el protocolo que estableció la Comunidad impedía trasladarlos a los hospitales, excepto los que tuvieran un seguro médico con clínicas privadas. Al parecer, los viejos pobres podrían colapsar unos hospitales públicos, ya de por sí desbordados, no solo por la pandemia, sino por los recortes que sufrieron con las políticas que desmantelan la sanidad pública.     

Con idénticas medidas restrictivas, junto a la incapacidad para gestionar una crisis, en la Valencia gobernada por el PP murieron 238 personas a causa de una dana que provocó las peores riadas de la historia de este país. Se priorizó confrontar con el Gobierno a procurar la actuación coordinada entre las distintas administraciones para hacer frente a la catástrofe. Por eso, no es casualidad que estos desastres golpeen con mayor intensidad en territorios que regatean recursos a los servicios públicos.  

Es lo que sucedió en Castilla y León y Galicia, en el verano de 2025, donde la falta de recursos y de inversiones en la prevención de incendios forestales facilitó que se registren en esas comunidades una oleada de incendios histórica en Europa, con más de 403.000 hectáreas quemadas. La alta temporalidad con que se contratan los agentes forestales, con un modelo laboral precario, la externalización del servicio y el abandono de las zonas rurales, a causa de políticas de reducción del gasto, hicieron posible la voracidad inaudita de esos incendios.

Y es lo explica que en Andalucía más de 2.317 mujeres (4.000 según otros cálculos) estén afectadas por los fallos en el cribado de cáncer de mama y el consiguiente retraso en los diagnósticos. El servicio de radiodiagnóstico del mayor hospital de la comunidad no daba para más -a pesar de haberlo denunciado a la consejería de Salud en repetidas ocasiones-, dado la reducción de personal al que se vio sometido por unas políticas que recortan recursos a la sanidad pública. Según la asociación AMAMA, al menos cuatro mujeres han muerto y decenas de ellas han desarrollado tumores debido a tales retrasos en el diagnóstico y falta de tratamiento.   

No hay que ser, pues, ningún adivino para saber a lo que nos exponemos a partir del próximo 17 de mayo. Y la única manera de afrontarlo es con nuestro voto, si votamos con la cabeza en vez de con las emociones, a las que tanto apelan los partidos en liza. Nunca antes había sido tan decisivo. Nos jugamos la Andalucía que anhelamos, ni más ni menos.  

sábado, 2 de mayo de 2026

Cumpleaños feliz de Averroes

No todos los años se puede celebrar el 900º aniversario del nacimiento de un personaje ilustre de la historia. Pero el pasado abril tuvimos ocasión de hacerlo. Se cumplía ese mes el noningentésimo aniversario del nacimiento, en la Córdoba andalusí de 1126, de Abu Al-Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rushd, más conocido como Averroes, un pensador erudito al que muchos consideran el mayor representante del racionalismo islámico, pues subordinaba la fe a la razón.

Nueve siglos que no apagan la luz de quien contribuyó a alumbrar el devenir del desarrollo cultural de Occidente, ya que su defensa de la razón frente a la fe religiosa lo convierte en una figura clave de la evolución del pensamiento occidental y un precursor de la modernidad intelectual. Y un puente entre el saber clásico (fue un lector y traductor de Aristóteles) y el mundo latino medieval, hasta el punto de ser considerado un referente de autoridad en la Edad Media e, incluso, el Renacimiento.

Jurista, filósofo, médico, matemático y astrónomo, Averroes provenía de una notable familia de cadís (funcionario judicial islámico, con competencias civiles, judiciales y religiosas, encargado de administrar justicia basándose en la ley religiosa o sharía), como su abuelo y su padre, a quienes sucedería en el cargo. Sus antepasados eran muladíes, descendientes de hispano-visigodos convertidos al islam. Su abuelo (1058-1126), llamado al-Yidd (el abuelo), fue cadí mayor de Córdoba y autor de famosas obras de jurisprudencia. Igual que su padre, del que apenas se conoce su existencia.

Este linaje no solo le otorgó posición, sino también una responsabilidad hacia el estudio y el conocimiento. De ahí que recibiera, en el seno de esa familia, una educación coránica que completaría con la jurídica y más tarde la médica. Esta formación abarcaría conocimientos de teología y del derecho, además de medicina y filosofía. Su erudición extendió su figura más allá de las fronteras de Al-Ándalus, gracias a obras, como el Libro sobre las generalidades de la Medicina, referente en todas las universidades de Europa, y otras de filosofía que dejaron profunda huella en la historia de los hombres, al armonizar el rigor de la lógica con la profundidad de la fe, dos formas de conocimiento que, según él, se complementan, pues no implica que existan verdades diferentes.

La tesis de su pensamiento se basaba en que “la verdad no se opone a la verdad”. Así defiende la armonía entre la revelación religiosa y la razón filosófica. Y es que, para Averroes, la razón es la mejor vía para comprender el sentido profundo y alegórico de las escrituras. De este modo, al afirmar la unidad de la verdad, hizo de la filosofía un saber autónomo, independiente de la teología y la religión. Al mismo tiempo, con ello buscó desactivar el fanatismo y los fundamentalismos que suelen afectar a las religiones, incluso en su tiempo. Desde este punto de vista, Averroes representa la capacidad del conocimiento para tender puentes, para la defensa de la razón y el valor del diálogo entre culturas. Y esa defensa de la razón -la ratio- frente a la fe -la fides- lo convierte no solo en una de las mentes más brillantes de la civilización andalusí, sino en una figura a reivindicar por toda sociedad que se asiente en el conocimiento, la tolerancia y el pensamiento crítico, tan necesarios hoy en día.

Córdoba, lugar de nacimiento de Averroes, rinde tributo a uno de suss pensadores más universales con un monumento que se levanta delante de la muralla histórica de la ciudad, entre las puertas de Almodóvar y de la Luna, al final de la calle Cairuán. Se trata de una escultura con pedestal, sobre el que se erige una estatua que representa a Averroes sentado y sosteniendo un libro sobre sus rodillas. El monumento, que fue realizado por Pablo Yusti Conejo en 1967 y, desde 1985, está catalogado como patrimonio histórico, sirve para honrar la memoria de este erudito andalusí cuyas obras buscaron conciliar la filosofía de Aristóteles (la razón) y la fe islámica (las creencias), dejando un legado que perdura en el tiempo hasta nuestros días.

Novecientos años es, pues, excusa suficiente para conocer a un hombre visionario cuya sombra intelectual se proyecta aun en la actualidad, ya que su vida fue testimonio de su búsqueda incansable de la verdad basada en la razón. Y del que, gracias a sus traducciones al hebreo y al latín y sus comentarios del Estagirita (fue conocido como “El Comentador” de Aristóteles), la Europa Medieval pudo conocer o redescubrir el racionalismo helénico.

Averroes mantuvo siempre su compromiso con la ciencia y el servicio público, la administración del derecho y el ejercicio de la medicina hasta que, en 1195, con la llegada de gobernantes ultraconservadores, fue sometido a un proceso por presunta impiedad, sus escritos fueron prohibidos y sus libros quemados. Fue desterrado a Lucena y acabó como médico en Marrakech (Marruecos), donde falleció en 1198.