No es de extrañar, por tanto, que el sábado pasado el
presidente Donald Trump fuera objeto del tercer intento frustrado de asesinato.
Ya es tener suerte. Y es que no se entiende la historia de ese país sin la
violencia que la acompaña desde su fundación. Otros, antes que él, engrosan la
lista de cuatro mandatarios estadounidenses asesinados mientras ejercían el
cargo a manos de descontentos que recurrieron a la violencia homicida. Y otros
tantos fueron atacados tras abandonar el cargo, de los que no todos resultaron
ilesos. Alguno llegó a fallecer a consecuencia de las heridas ocasionadas en el
atentado.
Desde Abraham Lincoln -el primer presidente asesinado, en
1865- hasta John F. Kennedy -asesinado en 1963-, cuatro presidentes han muerto por
causas no naturales, sino a manos de la violencia (incluyendo a James A.
Garfield, en 1881, y William McKinley, en 1901). Otros han salido ilesos de los
atentados que se cometieron contra ellos. El primero en padecer un intento frustrado
de asesinato fue Andrew Jackson, en 1835. Le siguieron Theodore Roosevelt, en
1912; Gerald Ford, que sufrió dos intentonas por asesinarle, ambos en 1975, y
Ronald Reagan, en 1981, durante el ejercicio de su mandato y, precisamente,
delante del mismo hotel donde han atentado contra Trump. A ellos hay que añadir
a George Bush, al que le lanzaron una granada, en el año 2005, que no explotó
debido a un fallo del detonador y que pasó desapercibida por el propio Bush y
su equipo tras golpear en alguien de la multitud y no alcanzar su objetivo.
No cabe duda de que el inquilino de la Casa Blanca atrae a
los pistoleros que intentan asesinarlo, pues en todos los casos se utilizó un
arma de fuego. También contra Gerard Ford, al que una mujer, también pistolera,
fue la que intentó perpetrar el asesinato en dos ocasiones distintas en breve
plazo de tiempo.
Es de sobra conocido el asesinato del reverendo Martin Luther
King, líder por la igualdad racial y los derechos civiles, asesinado en 1968
mientras saludaba a sus seguidores desde el balcón de un motel. Otro líder religioso defensor de los derechos
humanos, Malcolm Little, más conocido como Malcolm X, sería asesinado
anteriormente, en 1965, por sus ideas contra el supremacismo blanco. Cinco años
después del asesinato de su hermano presidente, otro pistolero acabó con la vida
de Robert F. Kennedy, senador por Nueva York, en 1968.
Con estos antecedentes es fácil caer en la tentación de percibir
como normal el reguero de violencia que deja el pueblo norteamericano a lo
largo de su historia. Máxime si, en la actualidad, desde 2021, el país ha
registrado cinco asesinatos e intentos de asesinato de figuras políticas, una
cifra insólita, solo comparable con la relación citada más arriba, de mediados
del siglo pasado.
El año pasado, el activista conservador Charlie Kirk,
miembro del grupo MAGA, fue blanco de un tiroteo mortal durante un acto en la
Universidad de Utah Valley. En 2025, una congresista demócrata en Minnesota,
Melissa Hortman, murió tiroteada junto a su marido. Horas antes, el senador
John Hoffman fue víctima de un intento de asesinato junto a su esposa. En 2024,
se declaró un incendio en la residencia del gobernador demócrata de Pensilvania,
Josh Shapiro, cuando este se encontraba en su interior con su familia. Años antes,
intentaron atacar a la expresidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi
y, al no encontrarla en su domicilio, hirieron a su marido con un martillo.
El propio Donald Trump fue víctima, en 2024, de un intento
frustrado de asesinato, durante un mitin en Pensilvania, en el que una bala disparada
por un francotirador le rozó la oreja. Dos meses más tarde, se registró un
tiroteo en su club de golf, en Florida, que la policía investigó como otro
intento de asesinato. Y el del sábado pasado, en un hotel de Washington, sería
el tercer atentado frustrado que sufre el actual presidente norteamericano en
menos de dos años.
Si a ello añadimos una polarización política extrema
prolongada y una crispación social fomentada, en muchos casos, desde ámbitos
gubernamentales, que exacerba la confrontación violenta e irracional en el
espacio político, no resulta extraño que las consecuencias sean el deterioro de
la convivencia y el recurso a comportamiento violentos, incluso homicidas, en
la sociedad de EE.UU., acostumbrada, por lo que se ve, a resolver sus
discrepancias como en el Viejo Oeste, a tiro limpio.
La persistencia de estos hechos evidencia que la “wild
América”, lejos de ser algo de un pasado de vaqueros y bandidos, es una amenaza
que continúa latente para la democracia y la convivencia no solo de EE.UU.,
sino del mundo entero por el efecto amplificador de los medios globales y la
influencia mundial de la política norteamericana.



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