En pocos años, pasamos de no poder ver desnudos en el cine a
poder casarnos con personas del mismo sexo, si ese era nuestro deseo, y sin
obligación de que el matrimonio tuviera que ser administrado, para ser legal,
por la iglesia católica. Un sarampión de libertad que, afectando a las
costumbres, la cultura, el ocio y la vida misma, caracterizó aquellos lustros
de recién estrenada democracia, en la que hasta un alcalde se atrevía a dar la
bienvenida a la movida de su ciudad, junto a una actriz con una teta al aire,
con una frase que hoy sería rápidamente descalificada: “¡Rockeros, el que no
esté colocao que se coloque… y al loro!”.
Más allá de la anécdota, fueron años fecundos en avances
libertarios en los que se buscaba la igualdad, la justicia, la tolerancia y la
diversidad. Y la reconquista de derechos. Los trabajadores empezaron a ver
reconocidos derechos que les habían sido negados, como el de negociación
colectiva de convenios y el reproche penal del despido arbitrario o
improcedente con la restitución al puesto de trabajo o la indemnización
consecuente.
La mujer alcanzaba cotas de igualdad respecto al hombre
jamás soñadas y su lucha feminista conquistaba hitos impensables, como decidir
sin tutelas sobre su propio cuerpo o su presencia en ámbitos y estratos
laborales y sociales que les estaban vetados, además de la legalización del
aborto, el divorcio y hasta castigar como delitos los abusos y agresiones
sexuales. Por su parte, la educación y la atención sanitaria se extendieron a
toda la población, logrando aumentar la formación y la salud de las
generaciones posteriores.
Los terratenientes y latifundistas fueron perdiendo el
feudalismo señoritil con derecho a pernada que gozaban con la dictadura, cuando
eran amos supremos de tierras y vidas, mientras los campesinos dejaron de
limosnear trabajo en la plaza del pueblo para disfrutar del derecho al paro
agrícola. Casas de cultura, hogares del pensionista, centros de salud, colegios
e institutos permitieron a nuestros pueblos no depender de las grandes ciudades
para abrazar la modernidad y acceder a recursos y prestaciones socioculturales
que no estaban a su alcance.
De considerar las vacaciones un lujo de privilegiados a los
viajes del Imserso para los mayores, de no salir del terruño ni en verano a
recorrer Europa sin necesidad de pasaporte ni cambio de moneda, de la bicicleta
y el tren renqueante al coche con GPS incorporado y el AVE que acorta
distancias y tiempo, los avances económicos y sociales se sucedieron con
denuedo ilusionante.
Es verdad que se tuvo que entrar en la OTAN para integrarnos
en una Comunidad Europea que, gracias a los fondos de cohesión, impulsó y
contribuyó a la transformación del país, equiparándonos en infraestructuras y
servicios a las modernas naciones de nuestro entorno, hasta el extremo de que
ya no miramos con envidia lo extranjero, sino que nos hemos convertido en
referente envidiable. Ello posibilitó que nuestros Ejércitos compartieran
misiones y maniobras militares con la Organización del Tratado atlantista en su
conjunto y que nuestros chuscos generales franquistas, proclives al golpismo,
tuvieran que aprender idiomas, participar y colaborar en ejercicios
supranacionales con mando foráneo y aceptar la supeditación de las Fuerzas
Armadas al poder civil que emana de la soberanía nacional.
Y emigrábamos por idénticos motivos que impulsan a los
inmigrantes que recibimos: guerras, violencia, miseria y falta de trabajo.
Ahora, marroquíes, subsaharianos y sudamericanos copan trabajos que por sus
condiciones y remuneraciones nosotros esquivamos, pero que agradecimos cuando
tuvimos que emigrar, posibilitando la viabilidad de sectores como la
agricultura, hostelería, construcción y cuidados de mayores, además de ayudar a
mitigar el envejecimiento poblacional. Según estudios, la inmigración realiza una
aportación neta positiva al Estado, con una contribución económica mayor que
las ayudas que perciben.
Es decir, mientras adquiríamos nuevos derechos y
disfrutábamos de crecientes libertades, no nos importó el color de piel ni las
creencias y costumbres de quienes hicieron de nuestro país una tabla salvadora para
huir del infierno de sus países de origen. De hecho, la diversidad y la
pluralidad de nuestra sociedad se vio enriquecida cultural y económicamente con
la inmigración, cuyos flujos han permitido, además, el crecimiento de la
población española de las últimas décadas.
Pero, al parecer, aquella ilusión democrática con la que
enterramos la dictadura y la presencia en las calles de ciudadanos extranjeros
que comparten con nosotros las vicisitudes del presente nos han vuelto
desmemoriados, intransigentes y racistas.
Ahora nos aburre votar cada cuatro años, pensamos que todos
los partidos son corruptos, que el sistema (político) está agotado, que los
derechos y libertades están asegurados para siempre y que los inmigrantes nos
quitan el trabajo y acaparan las ayudas que debieran estar destinadas solo a
los “nuestros”, a los nacidos aquí. Creemos que la democracia ya no es útil
para gobernarnos con la autoridad y determinación que son necesarios y que la
diversidad racial y cultural desnaturaliza nuestra identidad como españolitos
de recia estirpe. Y ello a pesar de que los servicios y prestaciones de un
Estado constitucionalmente Social, que reconoce nuevos derechos y amplía o
aumenta protecciones (Estado del bienestar), no deja de crecer cada año, y que
la inmigración resuelve dificultades laborales y demográficas de nuestro país.
Hemos llegado a tal punto de ceguera y sectarismo que asumimos
como sensato y conveniente el término de “prioridad nacional”, en lugar del
principio de igualdad, a la hora de entender los derechos y la convivencia en
una sociedad democrática. Ahora pretendemos que determinados derechos y la
igualdad dependan de la nacionalidad, una discriminación por origen para
definir quién merece ayuda, servicios o prestaciones y a quién se los negamos y
dejamos en la cuneta. Parece no importarnos que se fomente así una sociedad de
ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, un modelo de ciudadanía
excluyente, como forma de convivencia, sin que se nos encienda una luz de
alarma en el cerebro. Sin pensar que, de ahí a un Trump español que persiga
inmigrantes con una desalmada policía de fronteras, va un paso. Y estamos
dispuesto a darlo, por lo que parece y se acuerda en cuanto gobierna la extrema
derecha.
Entre la España que fuimos y a la que estamos yendo, yo
prefiero la primera. Porque, de seguir este rumbo, acabaremos en esa jaula de
oro, pero jaula al fin y al cabo, a la que alude un colega columnista en estas
páginas. Y para jaulas, ya tengo bastante en las que nos aprisionan los
plutócratas y “tecnobros”, sin que nos demos cuentan, esos carceleros autoritarios
semifascistas y sus compinches capitalistas que hoy dirigen el mundo a su
antojo.
Me niego a levantar nuevas jaulas entre nosotros, ni para los
propios (naturales) ni para los extraños (extranjeros) que creen que España es
un paraíso de oportunidades, cuando todos estamos luchando por un futuro mejor,
digno de personas. Yo sé que España prefiero y deseo para mis hijos porque
somos nosotros los que asumimos y decidimos nuestro futuro.



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