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martes, 9 de junio de 2026

Una de barquitos

Desde hace algún tiempo me sorprendo relacionando el juego juvenil de los barquitos con hechos que acontecen en mi entorno personal. Y no es que yo fuera un practicante asiduo de este entretenimiento barato y simple, que habré jugado como mucho en menos de diez ocasiones a lo largo de toda mi vida -la mayoría de ellas con mis nietas-, ni tampoco de los que perciben o viven la vejez como una etapa de pérdidas y decrepitud. Pero el dichoso jueguecito me viene a la cabeza cada vez que una nefasta noticia afecta a alguien que conozco y con el que he tenido alguna relación de cercanía física. Una curiosa combinación con el pasatiempo juvenil que mi mente relaciona con una situación vital. Cosas de la edad, supongo.

La cuestión es que, al parecer, la partida de los barquitos la disputo con la muerte, mi contrincante en este macabro juego mental. Es ella la autora que hace agua, toca o hunde las “embarcaciones” que dispongo en el tablero imaginario del que formo parte. Y, así, cada vez que fallece alguien conocido de mi entorno -amigo, vecino o familiar-, lo relaciono de inmediato con los resultados posibles del juego.

El caso es que, en corto espacio de tiempo, han fallecido dos vecinos en el edificio donde se ubica mi vivienda y, aparte de lamentarlo emocional y humanamente, no he podido evitar pensar que, con sus muertes, habían hundido dos barcos de mi tablero vital y que mi contrincante se acercaba peligrosamente a la destrucción de mi estrategia defensiva. Un pensamiento similar me había embargado anteriormente cuando asistí, en el curso de pocos años, al entierro de un compañero entrañable del trabajo, jubilado como yo, y cuando un familiar acabó de manera prematura en la tumba. Se trata de un juego mortal en el que, cuando sufro un achaque de cierta importancia, considero que me han “tocado”. Percibo esas situaciones como especie de embates mortíferos que, como los aciertos en la batalla de los barquitos, amenazan las fortalezas de mi integridad, al barco que me representa en ese damero maldito, sin que logren hundirlo… de momento.

La relación en esta etapa crepuscular de mi vida con el juego de los barquitos no es ningún desvarío senil ni una patología psiquiátrica, sino simplemente una forma de asumir banalmente el inevitable destino que a todos nos aguarda como seres vivos: la muerte.  Un destino que, a partir de determinada edad, se vislumbra mucho más cercano e insoportablemente probable. Tal vez parezca un juego macabro para quienes tienen toda la vida por delante y ni siquiera piensan en desaparecer, porque creen que la muerte es cosa que concierne a otros, a los viejos, y que con ellos no va, ya que “la muerte es, para los jóvenes, un naufragio y para los viejos, llegar a puerto”, como diría Baltasar Gracián. Pero cuando ves que tus conocidos, vecinos y familiares, con edades comprendidas en tu misma generación, van desapareciendo a tu alrededor, no puedes dejar de imaginar que integras la lista de objetivos a los que está tratando de hundir tu adversaria la muerte. Porque estás llegando, tú también, a puerto.

Entonces es mejor asumirlo como un juego más que con miedo obsesivo. Y jugarlo como un divertimento mental que apenas afecta a la conducta, salvo esos segundos en que se tarda en declarar “agua, tocado o hundido” cualquier ataque de la guadaña a tu entorno, para continuar seguidamente con las rutinas y dedicaciones diarias que colman de propósitos y contenidos la vida. Al fin y al cabo, como dijo Benedetti, “la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

No es más que una manera de restarle importancia a la certeza pesada y grave de la muerte, tratándola como un juego de estrategias simplonas en un marco que permite limitadas opciones, para que no influya de manera dominante en la capacidad de regir nuestra vida hasta el último suspiro, cuando seamos final y fatalmente hundidos. Por eso relaciono últimamente la muerte con los barquitos. Y lo hago, al menos, mientras compruebo que hacen agua, tocan o hunden cualquier “barco” de mi tablero, sin que ello impida, más bien lo contrario, que emprenda nuevos proyectos vitales. Es decir, seguir jugando en tanto en cuanto mantenga conciencia de mí mismo, ya que la muerte es la disolución de esa conciencia. O, como pensaba Borges, “la vida es una muerte que viene”. Así que tira, que te toca, ingrata.      

miércoles, 8 de abril de 2026

Matón, bocazas y mentiroso

Ya saben a quién me refiero. Con solo leer el título, cualquier persona medio informada enseguida relaciona esos adjetivos con un nombre. Sí, ese. Ese que, en su segundo mandato, está desatado, repitiendo lo que hacía en el primero, pero con más descaro, más destrozos y más soberbia, con la soberbia del inculto que está orgulloso de su ignorancia peligrosa. Y además vanidoso. Aun peor, zafio y poderoso, muy poderoso. El más poderoso del mundo. Todo eso junto es lo que define al personaje del que estamos hablando. Uno que se comporta como un matón de colegio, bocazas y mentiroso. El mismo del que está usted ahora mismo pensando, amigo lector.

Un matón que, porque está al frente de la primera potencia mundial, se cree que su país tiene derecho a imponer sus condiciones y reglas al resto del mundo, de dictar a los demás sus conveniencias, sin pararse a negociar ni pactar ninguna relación equitativa que tenga en cuenta las necesidades e intereses del resto de naciones del globo. Y lo hace por la fuerza, con amenazas, aranceles arbitrarios, sanciones unilaterales y, llegado el caso, con bombas, secuestros y asesinatos. Los ejemplos de Venezuela e Irán ilustran las opciones a las que recurre este matón.

Un matón letal que puede y hace lo que le da la gana. Máxime si se acompaña de otros de su misma calaña que, bajo la sombra protectora que él les proporciona, aprovechan para también imponer por la fuerza sus ambiciones y veleidades desquiciadas en sus respectivos ámbitos, sin importarles cometer genocidio contra un pueblo acorralado e indefenso en la mayor cárcel del mundo. O ampliar sus dominios anexionándose, naturalmente por la fuerza, de tierras soberanas de países vecinos con la excusa de poner la rayita de separación cada vez más allá para defenderse…, cuando son los demás los que deben defenderse de su constante ofensiva por ocupar todo lo que le apetece.

Es lo que hace ese palmero que usted está imaginándose, líder de un país que considera “enemigo” a niños por simplemente pertenecer al pueblo al que se le quiere arrebatar dominios ancestrales y se le está expulsando de sus tierras. Y que legisla, con alegría vergonzante, la pena de muerte por ahorcamiento -hasta un pin de una horca exhiben en las solapas para celebrarlo- para los ciudadanos de ese pueblo que sean considerados “terroristas” por no dejarse expulsar y arrebatar sus casas y parcelas.

Así las gasta el reyezuelo de un país que se considera elegido por Dios porque cree que está escrito en un libro que se tiene por sagrado que reine en aquellas tierras bíblicas… a sangre y fuego. Líder de aquellos que se consideran perseguidos y tachan a los demás de antisemitas si no les permiten hacer lo que se les ocurra por sus obsesivas y diabólicas cabezas. Derecho a defenderse, arguyen. Así son los matones: se juntan para dominar a los demás mediante los abusos y la fuerza que despliegan, protegiéndose mutuamente.

Pero, aparte de unirse a otros de su misma condición, el matón al que me refiero es bocazas. Tremendamente bocazas. Más de la mitad de su fuerza -que es inmensa- se le va por la boca. Habla y escupe insultos y vituperios contra los que se atreven a llevarle la contraria y no se amoldan a sus exigencias, al mismo tiempo que no para de proferir amenazas y presagios apocalípticos si no se satisfacen sus deseos y caprichos, si no se le rinde vasallaje.

Con el pelo dorado a su albedrío y su boquita de piñón, parecería un payaso si no fuera un lunático sumamente peligroso. Porque lo mismo advierte de querer apropiarse de Groenlandia si no se la regalan o se la venden, que de bastarse él solo para iniciar una guerra sin sentido cuando sus aliados se niegan a seguirle el juego. O cuando se batió en un duelo de aranceles con China para, al final, viendo que los chinos le mantenían o subían la apuesta, quedarse como estaba al principio. Incluso cuando dice estar pensando en abandonar la OTAN porque esa organización no apoya lo que está reglado, acordado y escriturado en sus estatutos que no puede hacer, que es iniciar una agresión en un área fuera de su área de influencia, ya que es una alianza defensiva de, por y para Europa y el Atlántico Norte. No agresiva a escala mundial.

Doblegarse ante un bocazas es perder la partida desde antes de enfrentarse a tamaño energúmeno, desaprovechando que podría retractarse, quedarse en nada, que su verborrea sea un farol, una táctica de negociación para achantar al adversario. Un fanfarrón que juega sin reglas, sin límites, sin honestidad.

Claro que nunca se sabe si va en serio o de fantasmón. Por eso hay que tener cuidado, sobre todo si se le enfrenta de manera solitaria, sin el consenso de otros que te apoyen y defiendan. Porque este matón bocazas es sumamente fuerte con los débiles, pero débil y claudicante con los fuertes. De ahí que ya empiece a ser bautizado como TACO, acrónimo con su apellido para decir que siempre se raja, se echa atrás.

Ni de Rusia ni de China ha conseguido obtener nada que esos países no hayan previsto de antemano conceder por mor de sus propios intereses. Rusia no ha transigido con la paz en Ucrania ni China se ha doblegado con los aranceles que pretendía imponerles el matón. Es más, esta última no se arredra de ser una potencia que compite por la supremacía global y no estar subordinada al orden mundial que emana del país del matón. Le echa el pulso, incluso, para volver a la Luna. Y el bocazas, chitón y a envainársela.       

Pero es que, para colmo, es mentiroso. Un mentiroso compulsivo que se inventa lo que desconoce, como buen ignorante, y afirma o asegura lo que le conviene o interesa. Ya durante su primer mandato, un periódico de Washington le computó miles de declaraciones falsas o engañosas, tantas que, durante aquella campaña, esa actitud fue descrita como “sin precedentes” en la política de su país.

No es de extrañar, pues, que él siga con mentiras, engaños y medias verdades como procedimiento útil y eficaz en su actual mandato, en el que un día dice una cosa y, al siguiente, la contraria. Una técnica de manipulación y propaganda que ni Goebbels hubiera podido imaginar hasta dónde llegaría. De cara al interior, la adoración y seguidismo de sus fieles al movimiento MAGA demuestra que con mentiras y engaños se puede alcanzar la presidencia de un país, ser el comandante en jefe de un poderosísimo ejército, aunque seas un botarate.

Y de cara al exterior, su incalificable e incomprensible comportamiento amedrenta y acojona, si tienes detrás al ejército más poderoso del mundo, a cualquier país o mandatario al que quiera humillar. Este matón bocazas es ejemplo vivo de que, en contra de lo que dicta la dignidad y la educación, con mentiras se consigue casi todo. Y ese casi todo, para él, significa hacer lo que le da la gana en su país y en el mundo entero. Y así va el mundo: sin orden ni concierto, con nuevas guerras y más abusos y atropellos. Y todo gracias a un matón, bocazas y mentiroso.

Ahora, póngale usted nombre y rostro a semejante criaturita, querido lector. Seguro que acierta.    

jueves, 26 de febrero de 2026

Sin peluches

El mundo entero se ha conmovido con un mono macaco de un zoológico japonés porque, al ser rechazado por la madre y el resto de la manada, buscó protección y consuelo emocional en un peluche de orangután que los cuidadores del parque le tiraron dentro de la jaula para que le hiciera de madre. Las imágenes del animal abrazando al muñeco de trapo desataron la sensiblería de quienes las vieron a través de los medios de comunicación y las redes sociales, hasta el extremo de convertirse en un fenómeno viral.

Algo falla en nuestros afectos cuando al mundo se le saltan las lágrimas por un macaco antes que por un niño detenido por una policía armada hasta los dientes, como sucedió en Minnesota, por el mero hecho de ser ecuatoriano e inmigrante en los Estados Unidos de América. El pequeño de EE UU, de solo cinco años de edad, no tenía un muñeco con el que buscar amparo y se hallaba quieto, sin llorar, la boca cerrada y sin apartar la vista de donde lo dirigía gente que no era su familia, manteniendo esa actitud silenciosa de quien no sabe qué va a pasar pero intuye que no será nada bueno, rígido por ese miedo que infunde algo inesperado que te supera y mostrando con todo tu cuerpo paralizado el desamparo y la vulnerabilidad en que se halla.

Acababa de ser detenido cuando salía del colegio por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante una de las redadas que esta policía está efectuando contra los inmigrantes, siguiendo instrucciones del presidente Donald Trump. Separarte de tu familia para introducirte en un vehículo policial no es algo agradable ni para un adulto. Menos para un niño.

Pero este cachorro humano no tenía un muñeco al que aferrarse y que "humanizara" una violencia que, de otra forma, no altera la sensibilidad adormecida que provoca un mundo acostumbrado a imágenes impactantes. Por eso, el pequeño Liam no se convirtió en una imagen viral, sino en una noticia que atrajo, si acaso, nuestra atención el tiempo en que otra ocupa su lugar.

Vivimos tiempos confusos y desquiciados en los que es complicado discernir lo importante de lo banal, lo real de lo artificial, lo creíble de lo manipulado. Estamos sometidos a un bombardeo continuo e intenso de información cierta, incompleta, tendenciosa y falsa, todo a la vez y mezclado, que cuesta trabajo atender nada de manera exhaustiva y, menos aun, comprender la realidad de los hechos y no lo que parece que nos cuentan. Al final, sucumbimos y nos limitamos a informarnos por titulares y dejarnos emocionar por lo espectacular.

Es por ello que nos conmueve más el monito japonés que el niño norteamericano. La orfandad del primero, generada por la violencia animal, nos resulta más lacrimógena que la del segundo, provocada por un gobernante racista y paranoico, supuestamente racional. De este modo, un mono abrazando un muñeco es más tierno, entre la multitud de imágenes, que un niño indefenso y frágil frente a un furgón policial.

Cuesta admitirlo, pero es así. De hecho, el macaco ha logrado, incluso, que desplacemos el foco de nuestra preocupación de la salvaje agresión rusa de Ucrania, una guerra que cumple cuatro años desde que Putin le dio por invadir al país vecino por cuestiones que tienen que ver más con la psiquiatría que con la geoestrategia. Ya apenas seguimos las noticias del mayor conflicto bélico en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y en el que han muerto más de 15.000 civiles ucranios inocentes -entre niños, mujeres y hombres- por vivir donde caían las bombas.

Las imágenes de las matanzas rusas que sembraban las calles de cadáveres en las ciudades que ocupaban, los edificios residenciales semidestruidos por drones y misiles, el medio millón de muertos entre ambos bandos, los cerca de seis millones de ucranios que han abandonado su país -la mayoría de ellos refugiados en Europa- o los 3,7 millones de personas que se han visto obligadas a dejar sus hogares para desplazarse a otra zona del país, nada de eso nos ha pellizcado por dentro como el mono del peluche. Es probable, incluso, que lleguemos a recordar más la anécdota del zoológico japonés que esta guerra en nuestro propio continente. Ninguna de las víctimas apareció en las noticias apretando un muñeco de peluche. Y es que somos así de sensibleros.

Es más, el famoso primate ha hecho que desviemos el interés del genocidio de Gaza, donde más de 600 gazatíes -ciudadanos inocentes y no combatientes- han muerto durante un alto el fuego que los soldados israelíes rompen cuando les place. Y que olvidemos la brutal y genocida actuación de Israel en una franja que tenía acorralada a una población palestina indefensa que pagaba con sus vidas lo que era denominado eufemísticamente de "legítima defensa". Más de 70.000 gazatíes han muerto (muchos más que civiles en Ucrania) en una "guerra" que es antes un exterminio y limpieza étnica que un enfrentamiento entre dos ejércitos. Y ni una lágrima se nos ha caído por ninguno de ellos. Durante un tiempo una Gaza devastada acaparó las portadas de periódicos y telediarios, pero ya ha desaparecido de la actualidad, de lo que consideramos relevante, de lo que nos conmueve.

Ahora nuestros sentimientos son encendidos por un monito despreciado por su manada en un zoológico y que busca consuelo en un muñeco de trapo. Y los enciende porque todos necesitamos el aprecio de los nuestros, la protección de los padres y el bienestar de los espacios seguros. Como homínidos, al fin y al cabo, nos identificamos con nuestros parientes en esos comportamientos en los que el amor y el afecto son más importantes que la nutrición, como demostró el psicólogo Harry Harlow con suu teoría del apego.

Tan impresionados quedamos con la imagen del mono y su peluche que ni siquiera nos planteamos, no las desgracias arriba señaladas que afectan a nuestra especie, sino la violencia que supone para un primate nacer en un zoológico y no en una selva, y que para huir de los suyos no tenga un árbol al que trepar y deba consolarse con un trapo que alguien le tiró para deleite de los visitantes del zoo y de los consumidores de información al peso como distracción y sin compromiso.

Algo falla cuando necesitamos un peluche para mostrar nuestros afectos.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Bienvenido, invierno

Aseguran los entendidos que hoy es el día más corto con la noche más larga del año, la jornada de menos horas de luz con la oscuridad nocturna más duradera. Desde hoy los días empiezan a alargarse hasta conseguir que el Sol y la Luna coincidan en el cielo en esos atardeceres tardíos del verano. Un fenómeno tan asombroso que los antiguos creían que tales cambios en la duración del día eran debido al capricho de dioses empeñados en confundir y atemorizar a los moradores de aquel mundo de ignorancia y tinieblas. Ahora, gracias a la experiencia y la ciencia, se sabe que todo es producto del solsticio de invierno, el punto orbital en que la posición del planeta respecto al Sol, por la inclinación de su eje, hace que el hemisferio norte reciba menos luz directa. La astronomía ofrece precisas razones para el inicio de lo que, sin necesidad de tanta sabiduría, conocemos como invierno, aunque climáticamente este ya empezara a manifestarse en el ambiente y obligara a la gente a sacar abrigos y calentadores para combatir los primeros fríos que empañan los cristales de las ventanas. Un conocimiento que satisface plenamente a la razón, pero despoja de poesía los misterios de la naturaleza. Con todo, bienvenido sea un invierno que ha alimentado, con su helado aliento, tanto las supersticiones como el saber de los hombres a través de los siglos, sin fallar nunca al ciclo de las estaciones. Hoy comienza oficialmente el invierno.       

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Época de monstruos

No he vivido época peor, salvo cuando España era una dictadura o guerras mundiales arrasaban Europa, que la actual, cuando gobiernan verdaderos sátrapas, delincuentes y asesinos como Netanyahu, Putin o Trump, los más destacados, despiadados y despreciables, verdaderos monstruos que han ascendido al poder en sus países, enfrentando y polarizando a la población y los países, ejerciendo una nefasta influencia internacional que destroza el mundo regido por normas, leyes, derechos y democracia que conocíamos. Contemplo estupefacto los acontecimientos que protagonizan estos tiranos, leo lo que provocan con sus desvergüenzas y soy testigo de las desgracias que causan, y no puedo ser indiferente con lo que está pasando. Porque me enerva y asquea ser coetáneo de semejantes bestias negras, sobre todo después de haber participado, asumiéndolos y defendiéndolos cívicamente, para que las libertades y los derechos fueran guías de mi conducta y del país, instrumentos irrenunciables con los que dejar atrás, de una vez por todas, las negruras de un pasado de intolerancias, cainismo e injusticias.

Y cuando los considerábamos erradicados definitivamente, retornan los autoritarismos fascistas, los actos de fuerza de los poderosos, las imposiciones sectarias y totalitarias, la marginación cuando no la eliminación política y hasta física del adversario u oponente de dentro y fuera de las fronteras, la falta de respeto a cuantas normas, leyes, tratados, convenios, constituciones, instituciones o gobiernos parezcan obstaculizar los intereses de los privilegiados o plutócratas, e, incluso, el desprecio absoluto a la dignidad y la vida humana, consideradas sacrificables por mor de la ambición o el beneficio. Es decir, la totalidad de “el mundo de ayer” está siendo barrido y hecho añicos por las garras de esos monstruos desaprensivos que gobiernan el planeta a su antojo y capricho.

Lo frustrante es que esto suceda después de un breve resplandor de esperanza que parecía alumbrar un mundo de progreso, tolerancia, igualdad y ansias de libertad, en el que no cabía el racismo ni el machismo cavernícola, ni los abusos a las minorías, los desfavorecidos o los distintos. Entonces un ciudadano negro podía ser presidente de EE UU. y hasta una mujer también podía aspirar a serlo. Era cuando un sarpullido democrático recorría el planeta despertando una primavera en el mundo árabe, la protesta en los jóvenes y no tan jóvenes insatisfechos del 15M de España, la ira en los hastiados de la plaza Sintagma de Atenas, el resurgir de nuevas promesas progresistas en líderes como Sanders en EE UU, Corbyn en Gran Bretaña y Mélenchon en Francia. Cuando una izquierda revitalizada y una nueva derecha civilizada brotaban en este país y combatían un bipartidismo esclerótico y corrupto. 

Pero fue solo un sueño del que salimos cuando se despertaron los amigos de la oscuridad, los chantajes y la corrupción. Los que no toleran que se pongan en juego sus privilegios ni se cuestionen sus ambiciones y egoísmos en nombre de ningún bien común e interés general. Desalmados que ya no necesitan golpes de estado ni tanques para reconducir situaciones adversas a sus intereses, sino que se valen de la democracia de la que desconfían para acceder al poder y ponerlo a su disposición y exclusivo beneficio, mediante mentiras, exageraciones, teorías conspiratorias, manipulaciones e intoxicaciones mediáticas, judiciales y políticas.

Ya lo avisó Donald Trump durante su primer mandato como presidente de EE UU, pero se ha encargado de demostrarlo en el segundo que comenzó hace casi un año. Y lo hace sin disimulos, sino con voluntad expresa de ponerlo todo boca arribas, exhibiendo un compendio de despotismo, menosprecio, soberbia e ignorancia en su conducta, desde la poltrona de la primera potencia mundial, que aterra a las almas sensibles y sensatas, puesto que actúa más por prejuicios que por motivos racionales. Como si quisiera confirmar, si acaso la conociese, aquella máxima de Marx de que los grandes hechos y personajes de la historia aparecen dos veces, pero, en su caso, invirtiendo los términos: la primera vez como farsa y la segunda como tragedia.

Porque desde el primer día ejerce con despotismo y vulgaridad. Desprecia los derechos humanos y cualquier miramiento ético cuando criminaliza la migración y la combate con redadas generalizadas para deportar sin contemplaciones incluso a hijos de esos migrantes nacidos en EE UU. No los quiere por su origen familiar. Piensa que todos los males de su país son siempre culpa del “otro” -tanto individual como colectivo, migrantes o estados-, que impide “Hacer América grande otra vez”. Así, no solo ordena a su Ejército asesinar extrajudicialmente a 87 personas -hasta la fecha- que viajaban en lanchas por aguas del Caribe y el Pacífico por supuestamente transportar una droga de la que nunca se presentan pruebas, sino que consiente que se remate a los supervivientes de un ataque después de haber hundido su embarcación, demostrando estar dispuesto a perpetrar crímenes de guerra sin estar siquiera en guerra alguna. Para él cualquier medio es válido en su repugnante populismo excluyente para insultar, humillar y criminalizar, tachándolos de basura, violadores o delincuentes. a las personas que han emigrado a Norteamérica en busca de un futuro mejor, como hicieron los que poblaron aquellas tierras, desde las originales trece colonias británicas, hasta convertirla en la nación que es hoy. Incluso como hicieron sus propios antepasados familiares.

Sus métodos, intolerables y violentos, no persiguen un supuesto bien superior, como es la lucha contra las drogas, puesto que, movido por intereses inconfesables, al mismo tiempo que inicia una escalada con Venezuela por una supuesta lucha contra el narcotráfico, presiona y consigue la puesta en libertad de un condenado a 45 años de cárcel por traficar con drogas por un tribunal estadounidense, cual es el expresidente de Honduras, del que sí quedó acreditado haber introducido 400 toneladas de cocaína en el país.

Esta es la hipocresía y catadura moral del actual presidente de EE UU. El mismo que apoya, arma y tolera la expulsión y el genocidio de los palestinos por parte de Israel; justifica y defiende la agresión rusa de Ucrania mientras humilla y marea a Zelenski, presidente del país, por no capitular ante el invasor; relega y desconfía de Europa por no plegarse servilmente a sus oscuros tejemanejes, y amenaza abiertamente a Groenlandia, Canal de Panamá y Canadá con un intervencionismo militar, si fuese necesario, por consolidar afanes imperialistas con los que sueña el plutócrata de la Casa Blanca.

Donald Trump se cree providencialmente legitimado para hacer que su país y el resto del mundo se amolden a sus exigencias. De ahí que no dude en pisotear la libertad de expresión, restringiéndola incluso en las universidades; que propague la intolerancia hacia la diversidad de género, raza y creencia; que persiga a sus oponentes o detractores, favoreciendo la polarización política, las tensiones sociales y la desconfianza hacia las instituciones no controladas por él; que destruya el multilateralismo y renegocie acuerdos y tratados unilateralmente, imponiendo aranceles arbitrarios que trastocan el comercio mundial; en definitiva, que cuestione los principios básicos del pluralismo y la legalidad internacional, poniendo en peligro la propia democracia y un orden mundial regido por reglas que obligan a todos.

Así es el personaje, prepotente y hortera hasta en pijamas, que hoy gobierna el mundo por la fuerza, que cree resolver los conflictos mundiales (aunque en realidad no resuelva ninguno, ni en Gaza ni en Tailandia) de los que saca tajada que lo enriquecen aún más, exigiendo por ello recibir el premio Nobel de la Paz. Y que elabora una Estrategia de Seguridad Nacional que hace temblar a Hispanoamérica, por una política de cañoneras, y Europa, a la que percibe como el principal adversario de EE UU, lo que justifica, a su turbio entender, sus esfuerzos por interferir en esos países y apoyar a las formaciones ultras, euroescépticas y reaccionarias del Viejo Continente. Así es como él trata a los aliados.   

Pero no es el único. Hay otros dirigentes, anteriores incluso a Trump, que hacen lo mismo y practican idéntico populismo manipulador que exacerba las pulsiones emocionales e irracionales de la gente para seducirlas con soluciones simples para arreglar de un plumazo problemas complejos. Vladimir Putin es todo un experto en ello, con menos escrúpulos, si cabe, pero mucho más inteligente y taimado. De hecho, su carisma como rocoso líder autoritario es un faro que ilumina a Trump, quien lo admira y respeta con inaudita veneración. Y no solo por su dirigencia política cuasi dictatorial, sino con mayor atracción aun por la economía oligárquica que ha implantado en Rusia, donde predomina un “capitalismo de amiguetes” con el que posiciona a sus incondicionales en las más altas instancias y empresas estratégicas. Ambos comparten ambiciones de antiguas épocas imperiales.

Este exespía de la KGB, que aun mantiene los expeditivos métodos para deshacerse de sus enemigos u oponentes que cuestionen su forma de gobernar, es todavía más peligroso y letal que Trump. Es lo que evidencia la extraña muerte en prisión del líder opositor Alexei Navalny, preso con cargos prefabricados; el asesinato de la periodista Anna Politkovskaya, que había denunciado las violaciones de los Derechos Humanos cometidas por las tropas del Kremlin en Chechenia; el asesinato del exviceprimer ministro Boris Nemtsov, cometido cerca del edificio donde Putin tiene su despacho; el envenenamiento con polonio del exespía Alexander Litvinenko, quien fallecería en Londres; y el de los disidentes rusos Sergéi Skripal y su hija Yulia, también envenenados en Reino Unido; la oportuna muerte de Ravil Maganov, presidente de la petrolera rusa Lukoil, que falleció tras caerse por una ventana del hospital donde estaba internado; las extrañas muertes, al estilo del Chicago de los gánster, de los diputados Vladimir Golovliov y Serguéi Yushenkov, tiroteados en distintas fechas en Moscú; e incluso Yevgeny Prigozhin, fundador del famoso grupo de mercenarios Wagner, que perdió la vida después de exigir más medios a Putin en un siniestro accidente aéreo cerca de Moscú; y otros muchos casos de convenientes desapariciones de opositores y críticos del mandatario ruso.

Este mismo energúmeno es el que ordenó en 2022 invadir militarmente Ucrania, después de anexionarse en 2014, también por la fuerza, la península ucrania de Crimea, estratégica para la flota rusa del Mediterráneo. Desde entonces, no para de bombardear con misiles y drones ciudades, edificios de viviendas, centrales eléctricas, hospitales, teatros, zonas densamente pobladas y cuantas instalaciones civiles y militares puedan desmoralizar a la población y castigar la resistencia de los ucranianos en defenderse. No le importó tomar una decisión unilateral y arbitraria que viola frontalmente la Carta de las Naciones Unidas, cometer un crimen de agresión, contraviniendo la legalidad internacional y el respeto a la soberanía e integridad de los estados.

Y por si fuera poco, también ha autorizado atrocidades que incluyen el secuestro, la tortura, el asesinato de civiles, las deportaciones forzadas, incluida la de niños, y el asesinato y tortura de prisioneros de guerra. Y, por supuesto, crímenes de guerra, como la masacre de Bucha, un suburbio de Kiev, donde las tropas rusas dejaron al menos 420 civiles asesinados a quemarropa, algunos con las manos atadas a la espalda, unas ejecuciones sumarias que pudieron conocerse gracias a evidencias fotográficas.   

Con tales métodos de desatada violencia militar, la Rusia de Putin ha logrado conquistar cuatro regiones del Este de Ucrania, limítrofes con la frontera que separa a ambos países: Dombás, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, cuyo control sigue en disputa y que el supuesto plan de paz de Trump considera que deberían cederse si se desea alcanzar un alto el fuego que premia, de este modo, la agresión rusa. Un plan que premia anexiones por la fuerza, dado que además del Dombás, donde en unas elecciones ganó el candidato prorruso, Zaporiyia y Jersón votaron mayoritariamente a Zelenski. Se premia lo que no se consigue con los votos.

Sin embargo, tal capitulación de Ucrania no asegura la paz, puesto que no satisface las ansias de Putin por aumentar su influencia y control sobre antiguos territorios que pertenecían a los dominios soviéticos tras el Telón de Acero. Y a tenor de las últimas palabras del mandatario ruso, la desconfianza hacia Rusia está plenamente fundada, ya que el líder ruso ha desafiado a los países europeos, afirmando que si Europa quiere combatir (ayudando a Ucrania), él está listo para hacerlo ahora mismo. Hay que creerlo capaz, cuando la invasión militar de Ucrania consiga sus objetivos, de que no parará ahí, máxime si al parecer cuenta con el respaldo y la comprensión de EE UU, desde donde advierten que en 2027 retirarán sus defensas de los países del Este de Europa.

Los monstruos, por lo que se ve, se entienden entre ellos, haciendo de este mundo un lugar en el que impera la razón de la fuerza y la ausencia de la ley, un solar lleno de escombros y ruinas, como diría Walter Benjamin, que estos desalmados han provocado con sus miserables actos de ambición y poder.

Esta cuadrilla de miserables no estaría completa sin otro impresentable déspota en tierras bíblicas, el genocida Benjamin Netanyahu, quien, aprovechando un atentado del grupo terrorista Hamás, lleva más de dos años bombardeando y destruyendo, precisamente hasta reducirla a escombros, la desafortunada y mísera Franja de Gaza, donde se apretujan poco más de dos millones de palestinos, último resquicio de lo que eran sus tierras. Una población civil e inocente que trata de sobrevivir en condiciones carcelarias a causa del asedio al que Israel la somete.

Esgrimiendo legítima defensa, Netanyahu ha desatado una guerra que ha causado la muerte de más de 70.000 palestinos, la mayoría de ellos civiles, y una crisis humanitaria en Gaza de dimensiones espeluznantes. No ha tenido empacho en atacar por tierra, mar y aire un territorio en el que los habitantes están cercados y sin posibilidad de refugio, destruyendo más del 90 por ciento de sus edificaciones e infraestructuras. Además, ha impedido toda ayuda humanitaria y la entrada de suministros básicos, utilizando el hambre de la población como método de guerra.

Tan desproporcionada y violenta ha sido esta respuesta de Israel que, más que un ejercicio de legítima defensa, lo que allí practica el Ejército judío es una intencionada destrucción física de los palestinos con la clara finalidad de vaciar el territorio para poblarlo de israelíes. Tal ha sido siempre el sueño que parece está a punto de conseguir el ínclito Netanyahu: ocupar toda Palestina para construir el Gran Israel que los sionistas ambicionan. Una limpieza étnica que afecta no solo a Gaza, sino también a Cisjordania, infiltrada por colonias de judíos muy violentos que destruyen y arrebatan a los palestinos sus tierras y posesiones, sin que las fuerzas del orden intervengan.

Es así como el mandatario israelí está ejecutando en realidad, con la guerra de Gaza, un auténtico crimen de guerra, un acto genocida a la vista de todo el mundo. Tan evidente es su intención que Sudáfrica presentó en 2023 una denuncia contra Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), el tribunal de la ONU encargado de dirimir disputas entre Estados. En su informe, la CIJ constata que las autoridades y fuerzas israelíes han cometido en Gaza cuatro de los cinco actos genocidas definidos en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, consistentes en matar, causar lesiones graves a la integridad física o mental, someter deliberadamente a condiciones de vida que acarrean la destrucción total o parcial de los palestinos, e imponer medidas destinadas a impedir la natalidad. Según la presidenta de la comisión, “es evidente que existe la intención de destruir a los palestinos de Gaza mediante actos que cumplen los criterios establecidos en la Convención sobre el Genocidio”. Y aunque la sentencia oficial tardará en conocerse, la Corte avanzó medidas cautelares que obligaban a Israel evitar cualquier acto genocida y permitir la entrada de ayuda humanitaria, cosa que Netanyahu ha obviado olímpicamente.

Por su parte, la Corte Penal Internacional, que juzga a individuos por crímenes graves cuando los Estados no pueden o no quieren hacerlo, emitió en 2024 órdenes de arresto contra Netanyahu y su exministro de defensa Yoav Gallant por crímenes de guerra y lesa humanidad en Gaza. Solo EE UU desoye estas órdenes.

Protegido e impune ante ambos tribunales, el sanguinario líder israelí ha continuado con su exterminio de la población palestina tanto en Gaza como en Cisjordania. Y es que Benjamin Netanyahu es otro de los monstruos que han convertido este mundo en un campo de batalla sin ley ni orden, y en el que los poderosos pueden agredir, chantajear e invadir otros Estados sin que se les castigue por ello. Ya se han ocupado previamente de desprestigiar y anular a los organismos internacionales que velan por el cumplimiento de la legalidad internacional, como la ONU y los tribunales internacionales arriba citados, cuya autoridad servía para impedir veleidades expansionistas, hegemonistas o imperialistas de los poderosos.

Es lamentable que, a pesar de los esfuerzos por conseguir un mundo en paz y armonía, hoy los monstruos de toda ralea campen a su antojo, rampando con ese anhelo pacifista y de progreso. Es lo que me hace sentir que nunca había vivido una época peor, en la que nos despeñamos por un abismo de caos, injusticia y fascismo. Como si camináramos hacia atrás, desde la civilización hacia la barbarie. ¡Qué asco!       

jueves, 11 de septiembre de 2025

¿Leer sirve para algo?

Biblioteca del autor
En estos tiempos en que se presume de ignorancia, se desconfía de la ciencia y su método para acceder al conocimiento, como el de las vacunas, la esfericidad del planeta o nuestro propio origen,  y cuando las redes sociales echan humo acerca de la inutilidad de la lectura para la bondad de las personas, cabría preguntarse si, efectivamente, es útil leer o, mejor, si sirve para algo. Una pregunta capciosa para todos los ignorantes, los incrédulos del rigor científico y, en definitiva, los alérgicos a los libros.

Sin embargo, se trata de una cuestión pertinente desde el mismo instante en que un referente social, como es cualquier influencer que se precie de ser experto en “crear contenidos”, afirmara en un vídeo que “leer no os hace mejores personas”. Una afirmación rotunda que cuestiona décadas de alfabetización de la población como ideal educativo y vía para la adquisición de un fundado criterio racional. Y lo hace de manera genérica, no como fruto de su personal experiencia de lector desilusionado.

Y la verdad es que la perogrullada no iba completamente desencaminada si se esperaba que la lectura hiciese buena a una persona que no es así por naturaleza. Porque leer, como personal enriquecimiento cultural, no garantiza, por sí solo y en todos los casos, la bondad de nadie, sino una visión compartida o corroborada, más allá de la propia experiencia,  de la realidad. Existen lectores que son auténticos indeseables, del mismo modo que hay quien es una excelente persona sin haber leído un libro en su vida. Lo que no cabe duda es que no es posible la existencia de personas cultas, con capacidad de superar las condiciones sociales, económicas o culturales de origen que limitan su desarrollo, sin leer. Puesto que hasta para ser autodidacta se precisa de una amplia costumbre lectora.

Y es que leer es hallar una forma de entender el mundo, verlo a través de otros ojos, de acceder a historias y personajes que de otro modo no se hubieran conocido. Es una forma de encontrarse sin proponérselo, de autoconocimiento, pues permite hallar las palabras para lo que se piensa o se siente y que no se sabía expresar. Enseña a pensar, a imaginar. También a cuestionar y ser críticos con lo que se sabe, con lo establecido. Desde ese punto de vista, la lectura nos construye, nos moldea y nos forma. Porque leer brinda más oportunidades que el analfabetismo o la ignorancia. Posibilita confrontar ideas y salir de los estrechos esquemas tribales para explorar infinitos horizontes de mundos, emociones, visiones y valores que se desconocían o nos eran ajenos.

Pero, sobre todo, leer contribuye, con su ejemplo, a la educación de los hijos, pues tener libros en casa y habituarse a estar rodeado de ellos para leerlos, por placer o por necesidad, es uno de los estímulos más poderosos para que los hijos también se aficionen a la lectura. Y para que dispongan de mayores oportunidades de formarse y elevar su nivel educativo. Para que creen su propia biblioteca con la certeza de que constituye la mejor herramienta para cultivar no solo el intelecto, sino también el espíritu. Es decir, la persona en su integridad.

Y es que leer deja huella. Aun recuerdo libros que me impresionaron cuando comenzaba a leer en mi adolescencia. Eran lecturas desordenadas que me llevaban desde Aleksandr Solzhenitsyn hasta Sigmund Freud, pasando por Desmond Morris, Hermann Hesse, Julio Verne, Teilhard de Chardin o Daniel Defoe, por citar algunos autores.

Con todo, es probable que leer no nos hará buenas personas, pero ayudará a que los buenos sean aun mejores y más sabias personas. Porque sabrán valorar que aprender y saber es mil veces mejor que ignorar y desconocer  Algo que aprendí de mi padre, del que heredé el amor a la lectura, y que me he esforzado en transmitir a mis hijos. A pesar de lo que diga un influencer convencido de que leer no nos hará mejores personas.  

lunes, 1 de septiembre de 2025

La vejez no es júbilo

No es cierto que la vejez, con la que te identifican cuando alcanzas la jubilación, sea por sí misma un período feliz, propicio al júbilo. Aunque se quieran relacionar, júbilo y jubilación no son sinónimos. Porque no es júbilo lo que se siente cuando el cese de las obligaciones profesionales y el deterioro físico que comienza a hacer mella en tu organismo te condenan al ostracismo social y al temor existencial de un horizonte biológico sin apenas futuro. Por mucho que se pretenda enmascarar, la vejez no es siquiera ese tiempo de sabiduría y virtud, como creía Cicerón.

Al contrario, es una fase en la que ni el cuerpo ni la mente funcionan con todo su vigor, acusando un declive progresivo conforme los años de frescura y agilidad van quedando atrás. Los huesos empiezan a doler, los músculos se agarrotan, las articulaciones se inflaman, los órganos fallan, la fatiga no desaparece y el cerebro, si no desvaría, confunde estímulos o muestra pereza para reaccionar, conservando recuerdos antiguos y olvidando los recientes. Aristóteles calificaba este período como de decadencia física y mental

Es mentira, pues, que la jubilación sea la edad del júbilo, al menos si eres consciente del deterioro imparable que te espera y no renuncias a guardar coherencia con lo que fuiste. La vida es una sucesión de cambios que nos hacen transitar de niño a joven, de joven a adulto y de adulto a viejo. Por eso soy lo que he sido en cada momento, ya que nunca aspiré a ser otra cosa. Y en esta última etapa, no persigo parecer ser joven ni hacer lo que hacía entonces, como tampoco creer que disfruto del momento más placentero de mi existencia.

No, la vejez no significa júbilo, aunque desafortunado aquel que no puede quejarse de llegar a viejo. Pero tampoco es, como decía Séneca, el tiempo de temer al dolor y prepararse para la muerte porque la creamos el final desfavorable e irremediable del ciclo que iniciamos al nacer. No hay que empeñarse en vivir la vejez como una fiesta jubilosa ni como una desgracia que nos aplasta con un peso insoportable.

La vejez no es júbilo. Es algo distinto que no deja de enriquecerte. Es, simplemente, la edad de sacar provecho de lo cultivado durante toda la vida: familia, amigos, conocimientos y valores, aquello  que conforma la experiencia vital de cada persona. Y es algo mejor que nos permite rendir cuentas de nosotros mismos. Depende de cada cual el saldo que obtengamos.  

lunes, 11 de agosto de 2025

La excepción del verano

Para una inmensa mayoría de la gente, el verano representa una excepción en la regla rutinaria de sus vidas. Y es que el verano se destina para tomar un descanso y romper con la actividad, remunerada o no, que se desarrolla durante el resto del año. Porque en verano es cuando esa mayoría de gente disfruta de sus merecidas vacaciones. Es cuando se confirma la excepción de la regla. Por eso, regresar de las vacaciones es para muchos dar por finalizada la estación más calurosa, aunque los calores se extiendan mucho más allá del período vacacional: desde mucho antes y hasta mucho después.

La excepcionalidad del verano contiene también la excepción de las vacaciones. Y ambas excepcionalidades, la del verano y la de las vacaciones, terminan con el retorno a la rutina anual, con la vuelta a la normalidad de las obligaciones y los compromisos con los que programamos nuestras agendas vitales. Esa inmensa mayoría de gente recupera la normalidad de sus rutinas con la firme voluntad de volver a disfrutar de otra excepción que rompa la regla de sus vidas el próximo verano.

Son excepciones que nos permiten soportar los engranajes que nos inducen a comportarnos como autómatas en nuestros quehaceres profesionales y sociales, y que determinan nuestro horario desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Excepto durante el período vacacional del verano, en el que nos olvidamos de los relojes y las imposiciones. Tomar vacaciones es, pues, muy importante para la estabilidad física y psicológica con la que debemos afrontar cada año de nuestras vidas, a pesar de que algún cínico neoliberal exprese públicamente que están sobrevaloradas.

El verano es una excepción del año y las vacaciones, la excepción del verano. ¡Benditas excepcionalidades que dan sentido a nuestras rutinarias y mediocres existencias! Quizás por ello esté ahora lamentando el haber vuelto a la normalidad. A mi rutinaria y mediocre normalidad. Y deseando tener otra oportunidad de valorar la excepción del verano. Tal vez, el próximo año.  

sábado, 12 de julio de 2025

Superman: el eterno retorno

De chico yo era adicto a los tebeos de Superman, tal vez por conocer al personaje en las viñetas dominicales del periódico que compraba mi padre y de seguirlo, hipnotizado, en unos episodios televisivos en blanco y negro que hoy a ningún niño engatusarían. Hay que tener en cuenta que el héroe de la capa roja ya venía entreteniendo a los ingenuos desde 1938, cuando el dibujante Joe Shuster y el guionista Jerry Siegel presentaron, en el primer número de la revista Action Comics, al fantástico "hombre de acero", el primer superhéroe de la historia. Y aunque soy un abuelete que peina canas, Superman es aun más viejo. De ahí mis recuerdos imborrables y la curiosidad que siento por las andanzas de un ídolo de mi infancia que volvió a la palestra gracias a la excelente interpretación cinematográfica de Christopher Reeve, el actor que protagonizó el Superman de Richard Donner, en 1978. Desde entonces, no ha dejado periódicamente de revolotear por el imaginario popular, practicando una especie de eterno retorno que actualiza y vulgariza el mito, compitiendo con denodado esfuerzo comercial con la miríada de superhéroes modernos que proceden del universo de Marvel. Pero, de entre todos ellos, sigo prefiriendo a Superman.

Por eso veré la última película, aunque reconozco que sin ningún entusiasmo y más bien por interés arqueológico. Simplemente, por ver cómo se aborda una nueva versión de la historia ficticia de un superviviente de Kripton, un planeta que se desintegró junto al sol que orbitaba, y que había sido enviado por su padre en una nave a la Tierra, siendo un bebé, para salvarlo. La cápsula se estrella en un campo de Kansas, donde los Kent, unos humildes granjeros sin descendencia, lo rescatan y crían como el hijo que nunca tuvieron, inculcándole que utilizara sus poderes para hacer el bien.

Desde antiguo, la mitología nos tiene acostumbrados a dioses parecidos, que encarnan lo bueno, lo bello y lo deseado, capaces de proezas extraordinarias con las que intervienen a menudo, para bien o para mal, en el mundo terrenal y mortal de los humanos. Superman es más sofisticado y, al mismo tiempo, el más simple arquetipo de semidios justiciero que defiende a la humanidad frente al mal que ella misma incuba en su seno, como el pérfido Lex Luthor, cuya inteligencia es tan enorme como su inmoralidad y ambición.

La última versión del mito es la película recién estrenada en los cines del director James Gunn. Al parecer, el film se aleja de los mamporros y los ruidos estruendosos para contarnos  “una historia sobre la amabilidad con la que cualquiera puede sentirse identificado”, según declaró a la revista Variety  Aun no he visto la película, pero temo que vaya a tratar al personaje, para humanizarlo, con las depresiones que contagiaron las últimas apariciones de James Bond o Batman por parte de algunos guionistas con pretensiones .de complejidad psicológica.

Lo que me atrae hoy de la historieta es ese Superman bondadoso, que representa a un inmigrante en un país que actualmente hace batidas para apresar y expulsar cuantos migrantes hayan atravesado ilegalmente sus fronteras. Me divierte pensar cómo se enfrentaría nuestro superhéroe, un inmigrante cósmico, a los desvelos de Trump por detenerlo y repatriarlo bajo amenazas que resultarían hilarantes si no fueran tan arbitrarias, inhumanas, graves e indignas. La realidad es, pues, más distópica que los cómics de Superman. Por eso sirven para desconectar y evadirse, que es lo que haré.  

jueves, 8 de mayo de 2025

Guindas de un negro porvenir

En un comentario anterior me preguntaba qué más podría pasar en nuestro país para intranquilizar aun más a los españoles. Enumeraba entonces una serie de calamidades naturales y políticas que nos abocan a un futuro de sobresaltos, puesto que, a pesar de la larga lista de lo ya soportado hasta la fecha (Dana, guerras, Filomena, erupciones volcánicas, pandemia, crisis económicas, apagón eléctrico, etc.), las cosas todavía podían ir mucho peor si no ponemos de nuestra parte para evitarlo y no destruir lo conseguido. Pero me quedé corto. Porque faltaba indicar que el cielo se nos podía caer encima. Literalmente.

Porque está previsto que caigan, no de la atmósfera sino del espacio sideral, objetos (naturales y artificiales) que podrían ocasionar grandes destrozos y poner en peligro la vida de mucha gente, dependiendo donde acaben estrellándose. Ya no son fenómenos climáticos que nos congelan, achicharran o ahogan con sus arrebatos de ira, ni lava de volcanes que sepulta campos y ciudades dejándolos petrificados, tampoco la ineptitud o mediocridad de políticos incapaces de prever y gestionar catástrofes incluso pronosticadas de antemano, sino enormes y pesados objetos pétreos o metálicos que se precipitarán sin control sobre algún punto del globo, destrozando lo que encuentren.

Uno de esos objetos es un peñasco de 90 metros de diámetro que vaga silente y casi invisible por el Sistema Solar. Hace algún tiempo hablé de él aquí, puesto que su probabilidad no anula la posibilidad de que acabe chocando contra nosotros, allá por el año 2032, según cálculos precisos de los astrónomos. Las órbitas que describe lo acercan progresivamente a nuestro planeta hasta el punto de poder "tropezar" con él. Y dependiendo donde lo haga, sobre todo si es sobre zonas urbanas, podría causar una devastación equivalente a la explosión de mil toneladas de dinamita o, lo que es lo mismo, a una bomba nuclear pequeña capaz de arrasar una ciudad entera. Lo dicho: algo improbable pero no imposible, pero que nos mantiene sobre ascuas por la inseguridad que infunde. Y una guinda más que ensombrece un futuro inquietante.

Pero hay otra. Se trata de un viejo artefacto soviético que ha permanecido en órbita durante más de medio siglo. Un cacharro que está a punto de realizar un reingreso descontrolado en la atmósfera dentro de pocos días, sin que todavía se sepa -cuando escribo estas líneas- dónde acabará cayendo. Es la cápsula Kosmos 482 (nombre preliminar) que se lanzó hacia Venus en marzo de 1972, cinco días después de su gemela, Venera 8 (nombre oficial por resultar una misión exitosa).

Sin embargo, la Kosmos no tuvo suerte. El encendido de la última etapa de su cohete, que debía empujarla en dirección a Venus, duró la mitad del tiempo previsto y la sonda quedó atrapada en una órbita terrestre elíptica, con un apogeo de 9.000 kilómetros de distancia, pero un perigeo muy bajo que la hacía rozar levemente con las capas altas de la atmósfera cada vez que se acercaba a la Tierra. Con los años, la fricción con la atmósfera hizo que la nave fuera descendiendo hasta una altura de unos 150 kilómetros, lo que provocará su caída inminente.

¿Y qué es lo que caerá? Pues la cápsula que debía posarse en Venus, una esfera de unos 600 kilos de peso, fabricada para resistir las temperaturas y presiones de aquel planeta. Por eso es probable que no se destroce ni desintegre al atravesar la atmósfera y caiga como un meteorito a unos 250 kilómetros por hora. Con su peso y esa velocidad, el impacto podría provocar serios daños, sobre todo si es sobre una región poblada. Pero hasta poco antes de la reentrada no se puede calcular con exactitud el lugar de caída. Lo que se sabe es que sucederá entre las latitudes 53 norte y 53 sur; esto es, una franja que recorre Europa, Asia, América y parte de África, aunque las probabilidades se inclinan por que lo haga en el mar o zonas desérticas*. ¡Ojalá!

Como sea, lo que nos faltaba eran esas dos guindas celestiales para enturbiar aun más el inquieto porvenir que nos acecha. Porque, cuando no son catástrofes naturales y desastres políticos, son bólidos siderales los que nos caen encima e impiden que vivamos tranquilos, confiados y en paz en este rincón privilegiado de la Tierra. ¡Vaya siglo llevamos! ¿Qué otra cosa podría pasar?

Menos mal que ya tenemos nuevo papa que pastoree la grey de fieles católicos, para sosiego de millones de personas atribuladas por esta vida y la del más allá. 

Actualización:

*Al final, la sonda ha caído en aguas del Océano Índico, al oeste de Yakarta (Indonesia), a las 6:24 GMT (8:24 hora peninsular española) de hoy sábado, sin ocasionar ningún daño, según Roscosmos, la agencia espacial rusa. 

sábado, 3 de mayo de 2025

¿Qué más puede pasar?

No se puede decir que lo que llevamos del siglo XXI haya sido, precisamente, tranquilo y llano. Que sus primeros 25 años fuesen monótonos y sosegados. A lo mejor, eso era lo que deseábamos tras un siglo XX traumático, en el que se produjeron dos guerras mundiales, una guerra civil en España y muchas otras desgracias que los más viejos conservan frescas en su memoria. Lo cierto es que esta nueva centuria nos está sorprendiendo con sobresaltos y traumas tan inesperados como variados. Tanto que, en el primer cuarto del siglo, se han sucedido acontecimientos inimaginables que han zarandeados violentamente nuestras confiadas y entretenidas existencias. Cinco lustros en los que hemos asistido a continuas crisis migratorias, un genocidio cometido a plena luz del día a orillas del Mediterráneo oriental, una guerra imperialista ante las mismas puertas del Este de Europa, una crisis inflacionaria que disparó los precios a cotas jamás vistas, una pandemia mundial que nos mantuvo encerrados y aislados durante meses, diversas crisis climáticas que, o bien cubrieron de nieve media España, o bien inundaron de agua y fango a una parte de la otra, destrozando bienes y segando la vida de centenares de personas en el Levante español. Por ver, hasta vimos la erupción de un volcán que sepultó bajo cenizas a una isla y, por si fuera poco, sufrimos un masivo apagón eléctrico que dejó a oscuras y paralizó toda la península, Portugal incluido, dejándola sin luz, sin comunicación ni transportes. ¿Qué más puede pasar?

No se puede decir, aunque resulte repetitivo, que estos cinco lustros no nos hayan inmunizado contra todo lo que cabría esperar por parte de la naturaleza (catástrofes naturales) o de nosotros mismos (guerras y crisis económicas o políticas) por el número de desgracias padecidas. Un primer cuarto de siglo tan agitado y convulso que tal parece intencionado para acostumbrarnos a esperar golpes venideros aun más duros y de magnitud global, como podría ser un desequilibrio mundial de nuestra gobernanza basada, hasta ahora, en leyes y acuerdos que eran consensuados y respetados.

Y es que, si a todo lo anterior, sumamos personajes como Putin, Milei. Netanyahu o Trump, entre otros, el panorama no puede resultar más sombrío. Ellos solos, ya de por sí, representan  la inquietante perspectiva del poder del más fuerte, la expresión de la voluntad más intempestiva y sectaria, el desprecio al débil o diferente, la preponderancia del interés particular monopolista, el cuestionamiento y la desobediencia a los organismos regulatorios internacionales, la inutilidad de la ONU, la UNESCO, la OMS, del FMI, la FAO, etc. En definitiva, una deriva de tal calibre que hasta un informe reciente de Amnistía Internacional lo considera alarmante, puesto que aboca al mundo a balancearse al borde de un precipicio liberticida, autoritario y xenófobo en relación con los derechos humanos, lo que nos conduce “a pasos agigantados hacia una época brutal, donde el poder militar y económico prevalece sobre los derechos humanos y la diplomacia”.

Parece, por tanto, que estos últimos veinticinco años quisieran recordarnos con cada tragedia que nada hay seguro y estable, que nuestras confianzas y certezas son inválidas para unos tiempos, como los actuales, tan volátiles, caracterizados por lo imprevisto y disruptivo. Una época en que hasta la democracia es instrumentalizada o pisoteada por líderes populistas y partidos radicales que recurren al miedo y a las inseguridades que ellos mismos propalan y exageran, mediante mensajes catastrofistas, para confundir y atraer la confianza de la gente asustada y sin criterio. Un cuarto de siglo, en fin, que nos induce a esperar lo peor para transigir con lo malo; esto es, con menos libertad bajo promesa de más seguridad y con menos derechos como condición para “proteger” lo “nuestro”. Nos disuaden de que la libertad y los derechos son frágiles y transitorios, no conquistas permanentes.

Qué más puede pasar, nos preguntamos con preocupación. Y advertimos, con aun más preocupación, que puede pasar que demos por bueno gobiernos reaccionarios que ignoran el interés público, las libertades constitucionales y los derechos que asisten a todos, incluidas las minorías, sin distinción ni exclusiones. Que radicales antidemocráticos e intolerantes accedan al poder, como hizo Hitler en 1933,  gracias a la generosidad de una democracia que les abre las puertas para que repitan estragos ya vividos con el fascismo y el comunismo en el pasado. Que claudiquemos, como mal menor, ante el dogmatismo y las imposiciones arbitrarias, que nos resignemos a los privilegios de unos pocos frente al atropello de la mayoría y que aceptemos una cultura y una sociedad ahormadas por la censura y el pensamiento único, el que dicta el poderoso en defensa de sus intereses, como hace Trump con universidades y medios de comunicación que no acatan sus mentiras, manipulaciones y mezquindad.

Aparte de reiteradas catástrofes naturales (sequías, lluvias torrenciales, olas de frío o de calor, aumento del nivel del mar, erupciones volcánicas, terremotos, etc.), causadas por los efectos de un cambio climático que no hemos querido combatir aunque sabíamos cómo frenarlo, lo que puede pasar es también la emergencia de un futuro aterrador e inmanejable, provocado por inercias ideológicas que, pudiéndolas evitar, no quisimos hacerlo a causa de nuestra ceguera o comodidad. Una actitud tan irresponsable que explica que a posteriori nos preguntemos cómo fue posible, sin que asumamos nuestra responsabilidad.

Porque es sumamente fácil imaginar cómo actuarían los fanáticos de la exclusión y el sectarismo ante los problemas que este cuarto de siglo nos ha deparado. Es fácil imaginarlo con solo comparar lo que hicieron gobiernos que ignoran a los desfavorecidos y solo velan por los suyos y los poderosos, como hizo Rajoy al rescatar los bancos, recortar prestaciones o implantar copagos en la sanidad durante una crisis financiera en su mandato, dejando en la estacada a la población humilde y trabajadora. Es fácil imaginarlo por cómo se posicionan líderes iluminados a favor de sus intereses o privilegios en perjuicio del interés general, como hace Aznar defendiendo a compañías nucleares antes incluso que se conozca la causa de un fallo masivo eléctrico.

 Es fácil imaginar ese oscuro panorama por cómo gestionaron problemas graves gobiernos que anteponen la defensa del capital al interés colectivo, como cuando los atentados terroristas de Atocha, la tragedia del Yak-42 o esa guerra ilegal en la que nos involucraron, sin el respaldo de la ONU, mediante mentiras, manipulaciones y tergiversaciones absurdas e insultantes de las que no se arrepìenten.

¿Qué más puede pasar? Lo último que puede pasar es que renunciemos a la responsabilidad que nos corresponde como generación, que es evitar que el mundo que entreguemos a nuestros hijos sea peor que el que heredamos de nuestros padres. Que no seamos capaces, no ya de rehacerlo y mejorarlo, sino de impedir que se desmorone o destruya.

Puede pasar de todo por, simplemente, dejadez y despreocupación de quienes no sabemos valorar lo bueno que tenemos la suerte de disfrutar. Y de preservarlo.       

sábado, 26 de abril de 2025

Atrás y desintegrado

A Manolo Rodríguez, q.e.p.d.

Los recuerdos son imágenes congeladas en la memoria. Así recordamos hechos, personas y vivencias pasadas, cual fotogramas, mientras no se extravíen entre los pliegues del olvido. Y esas imágenes que de vez en cuando afloran a nuestra memoria no sufren los estragos del envejecimiento, pues el tiempo solo afecta al que recuerda. Por lo común, nos asombra encontrar cosas y personas que no son como los recordamos. Porque nuestros recuerdos no cambian, pero lo recordado sí envejece y cambia. Incluso, desaparece. A veces, y cada vez con más frecuencia, un fallecimiento nos obliga recordar a alguien, lo que desintegra un trozo de aquella imagen mental del tiempo compartido en el pasado, en el transcurso de nuestras existencias. Un recuerdo que ha ido quedándose atrás y que entonces retorna fracturado, como si fuera desintegrándose. Eso produce una extraña sensación de supervivencia y orfandad en quien recuerda porque muestra el destino próximo de lo que inevitablemente está condenado a desaparecer. Y, lo que es peor, a no dejar rastro. De ahí que nos esforcemos por conservar recuerdos de lo vivido. Porque todos sobrevivimos en el recuerdo de los demás, en quienes nos recuerden. Es el pensamiento que me embargó durante el breve encuentro con unos compañeros del trabajo para dar el pésame por otro amigo que muere. Vamos quedándonos atrás y desintegrándonos.

viernes, 11 de abril de 2025

Un mundo incomprensible

Me siento sobrepasado últimamente, como desnortado por la actualidad. No acierto a comprender los tiempos en que vivimos y soy incapaz de analizar esta realidad acelerada y disruptiva que nos aturde con unos valores y normas que no son los acostumbrados de una época anterior, a la que yo pertenecía, que está extinguiéndose, abocada fatalmente a la descomposición. Aquel mundo, el de ayer que yo conocía, está desapareciendo, dejando paso a otro que es muy distinto, pues, en vez de avanzar, sufre una regresión que destruye lo construido en ámbitos como la  justicia, la igualdad, la tolerancia y los derechos. Ni las fronteras de los países son ya seguras como antaño, cuando la soberanía e independencia de los Estados era  una regla internacional inviolable. Hasta la vida humana, un bien supremo salvaguardado por todas las convenciones y leyes, incluso en períodos de guerra, cuando los ataques a civiles eran perseguidos y castigados como crímenes de guerra o de lesa humanidad, es considerada algo sacrificable y, si acaso, un daño colateral.

Ahora, no. Ahora se invaden países y se bombardea a la población sin que representen ninguna agresión u amenaza que justifique el empleo desmesurado de la fuerza. Y se hace a la vista de todo el mundo, con total descaro y desfachatez, violando cuantas leyes y tratados impedían tales atropellos. Ucrania y Gaza son lugares en los que, ahora mismo, la gente muere por motivos espurios que nada tienen que ver ni con supuestos de seguridad ni por constituir peligro alguno para nadie, tampoco para sus agresores. Simplemente, son víctimas de los afanes expansionistas de los lunáticos que asientan sus posaderas tanto en el Kremlin de Rusia como en el Kiryat de Israel. Desde sus poltronas, esos iluminados sueñan con la Gran Rusia de las repúblicas soviéticas y el Gran Israel del pueblo elegido que solo existió en las leyendas de la Biblia. Y se emplean a ello a cualquier precio.

Ambas guerras, donde el enemigo son hombres, mujeres y niños desarmados, desprotegidos e inocentes, han trastocado un mundo basado en confianzas y certezas, el civilizado y regido  por leyes y normas, para reemplazarlo por otro de salvajismos, odios y venganzas, en el que la ley del más fuerte es lo que impera, como en el pasado de imperios y reinos feudales  Así, Putin ordena lanzar misiles y drones-bombas contra edificios de viviendas, centrales eléctricas o teatros de distintas ciudades de Ucrania con la finalidad de descuartizar el país y quedarse con parte del territorio limítrofe con Rusia. Y Netanyahu arrasa Gaza sin piedad, como si todos los gazatíes fuesen terroristas, con la firme voluntad de expulsar a su población y anexionarse toda la Franja para convertirla, en palabras de Trump, en un resort para judíos adinerados. Y todo ello en pleno siglo XXI y con el silencio de la comunidad internacional, incapaz de frenar tales animaladas. Si así es el mundo al que nos dirigimos, prefiero bajarme.

Entre otras cosas porque, si no fuera bastante, otro energúmeno reaccionario, de aspecto anaranjado, escala a la cúspide de la primera potencia mundial para alborotarlo todo y arrodillarlo a su servicio, sin respetar leyes de comercio, acuerdos internacionales o convenios humanitarios. Ni los Derechos Humanos ni la Globalización económica frenan los pisotones del paquidermo norteamericano en la cacharrería planetaria por materializar la nostalgia de “hacer grande América otra vez”. Está convencido de ser un líder mesiánico que, con experiencia empresarial de constructor de rascacielos y casinos y sus habilidades para mentir y manipular, puede doblegar al resto de países para que se sometan a las conveniencias aislacionistas de EE. UU., ignorando que USA ha sido grande cuando se dedicaba a tejer un tapiz de relaciones multilaterales, basadas en consensos, normas, leyes, cooperación y el respeto, al menos formal, a las democracias de cualquier Estado. Era cuando se consideraba a los EE.UU. el faro del mundo que alumbraba a los países occidentales. Pero con Donald Trump en la Casa Blanca, USA se parece más al precipicio que hay que evitar, pues con sus imposiciones arancelarias, las expulsiones de inmigrantes como si fueran delincuentes, las censuras, represiones y limitaciones a la libertad de expresión en la cultura y la ciencia, sus ambiciones imperialistas sobre países vecinos, su negacionismo climático y sus ataques a la sostenibilidad medioambiental, su rechazo a todo lo que recuerde el pensamiento woke,  las denuncias y encarcelamientos a los que disienten y protestan, el cierre arbitrario de instituciones estatales y el despido masivo de funcionarios, con todo ello lo único que está consiguiendo es hacer América más antipática y pobre que nunca. Hasta los magnates que apoyaron al ínclito mandatario están volviéndose contra él, al descubrir a un irresponsable que actúa por impulsos viscerales, sin ningún plan elaborado racionalmente ni nada que se le parezca.

Incluso sus promesas pacifistas, aquellas con las que humilló al presidente de un país invadido ilegalmente, solo han servido para evidenciar su catadura moral, su altura intelectual y la estulticia de un engreído. Prometió resolver los conflictos en menos de 24 horas con una simple llamada de teléfono, y no lo ha logrado. Ucrania continúa en guerra por la integridad y soberanía de su territorio y su dignidad como pueblo, y la tregua en Palestina ha sido rota por un descontrolado Israel que ataca con renovada furia a una acosada población indefensa, cometiendo atrocidad tras atrocidad. Ninguno de los 56 conflictos activos en el mundo puede resolverse de un plumazo. Menos aun con la chulería de un bocazas. En definitiva, el mundo con Trump es más peligroso e impredecible que nunca, donde los matones abusan de los débiles sin disimulo y total impunidad. Para alguien desubicado como yo, es motivo más que sobrado para apearse de él, antes que salte por los aires.

Y, para colmo, en nuestro país seguimos sin entendernos, practicando aquello tan nuestro de comunicarnos a garrotazos (políticos, judiciales o mediáticos), sin aprender nunca de los errores. Cuanta más experiencia acumulamos de vivir en democracia, peor la practicamos. Somos incapaces de respetar a las minorías y a los distintos (de pensamiento, palabra u obra). Se nos llena la boca de libertad, igualdad y tolerancia, pero nos revienta que alguien discrepe de nuestras creencias, costumbres y opiniones. Hasta disponemos de “torquemadas” leguleyos que condenan al fuego del banquillo las opiniones, viñetas, artículos, canciones, chistes, obras de teatro, ensayos y demás manifestaciones que consideren que ofenden supuestos sentimientos religiosos, cual talibanes cristianos. Son fanáticos que no admiten la aconfesionalidad del Estado y pretenden seguir tutelando la moral de la ciudadanía para que no se aparte del rebaño, como en tiempos del nacionalcatolicismo.      

No sé por qué, pero somos reacios a valorar lo que tenemos porque aspiramos a alcanzar lo que envidiamos o percibimos como mejor o exclusivo, como buenos individualistas egoístas. Es por ello que lo público nos parece vulgar y lo privado, un privilegio elitista. Nos gusta fardar de colegios privados para nuestros hijos o de seguros sanitarios antes que de una educación o una sanidad públicas y accesibles para todos, sin condición.

Y eso, a pesar de que hace relativamente poco fuimos castigados por una pandemia que, si no fuera por lo público, en cuanto a gestión epidemiológica, la vacunación masiva y el tratamiento en hospitales, habríamos salido peor parados. Como esos 7.291 ancianos de Madrid que murieron solos, incomunicados de sus familiares y sin asistencia médica en sus asilos por obra y gracia de una normativa del Gobierno regional que prohibió su traslado a hospitales, aunque estuvieran infectados de la covid o se complicaran sus enfermedades crónicas. Un protocolo vergonzante que solo se aplicó en Madrid, haciéndola liderar el ranking europeo de mortandad por la pandemia, sin que nadie asuma responsabilidades ni pida disculpas.

Es por esto, y muchas otras cosas, que el mundo me parece incomprensible, inhumano e hipócrita, porque cuando aplaudíamos desde los balcones durante el confinamiento a los sanitarios que no dejaron de hacer su trabajo, condenamos a morir sin atención médica a los más vulnerables, a los que aquella orden trataba como un estorbo porque suponían una carga o gasto, a esos ancianos madrileños recluidos en asilos a espera de la muerte.

Y porque entonces asegurábamos salir de la pandemia más unidos que nunca, trabajar colectivamente por un futuro mejor que preste atención a lo que de verdad importa: las personas (nosotros y los otros), y lo primero que hicimos fue volvernos más individualistas, descerebrados negacionistas, necios antidemócratas y deliberadamente insolidarios que se dejan idiotizar por brujos populistas que irradian sus conjuros a través de las redes sociales, mediante un relato nostálgico y profundamente reaccionario sobre una España idealizada que jamás existió. Y lo aceptamos porque es más cómodo echar las culpas a los demás que asumir la responsabilidad de nuestros males.

Ahora, en este mundo “moderno” tan veloz y “light”, somos fácilmente manipulables y tremendamente crédulos, cual niños ingenuos e inocentes, a causa de la desigualdad económica, la desconfianza en las instituciones y una polarización política que contribuye a crear imágenes sesgadas, estereotipadas y hasta falseadas de la realidad, lo que socava la calidad democrática del país. No es de extrañar, por tanto, que no sepamos detectar verdaderas `boutades´, como las del arzobispo de Oviedo, que consideraba, en un artículo destacado en ABC, que la enorme cruz del Valle de los Caídos era un símbolo exento de toda ideología, cuando en realidad es la enseña de un lugar elegido por un dictador para enterrar a sus muertos mártires de la Cruzada, según decreto del mismísimo Franco.

Si tal mendacidad con nuestra historia reciente ni se rebate y sirve, encima, de munición para la confrontación, es que hemos perdido todo juicio crítico. Y que este mundo de mentiras y engaños es lo que realmente merecemos, por volubles y maleables. Pero a mí no me gusta en absoluto porque me hace sentir desplazado. Así que, lo siento, prefiero bajarme en la próxima. 

martes, 4 de febrero de 2025

Soy mis recuerdos

Si se piensa bien, eres lo que recuerdas. Tu consciencia o tu identidad está hecha de los recuerdos que conservas de ti mismo y de los trozos de vida que puedes rememorar como pasajes brumosos de tu historia. No eres otra cosa que fogonazos de memoria, sin más sustancia que la de unos fotogramas imaginarios ubicados en el espacio y el tiempo de tu existencia. Si desaparece la memoria, desaparecerías  con ella hasta el punto de que no te conocerías. Ni te acordarías de nada ni de nadie. Porque desaparecerían tus recuerdos, se perdería el archivo de lo que fuiste y de lo que crees que eres. Es, justamente, el síntoma más terrible de esas enfermedades cerebrales que afectan a la memoria, como el Alzheimer o la demencia senil, que te hacen vagar por recuerdos troceados sin relación ni con el tiempo ni el espacio, por lo que apenas significan nada, salvo un nombre, una melodía, un sabor o un estremecimiento sin que sepas por qué.

De ahí que, pensándolo bien, me considere que soy solo lo que recuerdo. Aquellas imágenes  difusas de mi niñez, la mano del abuelo que una vez me llevó de paseo, un río que abrazaba al pueblo, las sombras sin rostro de mis padres, cuya vejez no llegué ver,  el recuerdo remoto de los estudios que cursé, sin proponérmelo, para formarme, algunos compañeros de trabajo que han quedado ocultos tras la niebla del olvido, la joven muchacha que perseguía en mi adolescencia detrás de su fresca hermosura y que desde entonces me acompaña y con la que tuve mis hijos, los escasos momentos que no me perdí del crecimiento de los niños, los agobios y desdichas que padecimos para criarlos hasta que por fin pudieron emanciparse, la inusitada presencia de unos nietos que reavivan aquellos recuerdos de su niñez…

En fin, recuerdos y vivencias que se acumulan con el tiempo y con los que damos forma a nuestra consciencia e identidad. Recuerdos que nos permiten ser lo que somos y definir o moldear nuestra existencia individual para distinguirnos de los demás y de lo que nos rodea. Un misterio producto de los chispazos de la mente que, sin embargo, nos hace humanos, más allá de la cáscara biológica que habitamos. Es, pues, lo que somos: recuerdos, y es lo que dejamos.

jueves, 2 de enero de 2025

El día después

El día después del champán, las uvas, el confeti y los abrazos no es un año nuevo, sino otro día más, semejante al anterior, pero con resaca. No sucede ningún milagro y nada cambia de forma relevante salvo los precios, que experimentan una subida reglada que se suma a las producidas durante todo el año anterior por uno u otro motivo, aunque ninguno tenga que ver con encarecimientos en la cadena productiva y sí con expectativas de negocio fruto de contingencias arbitrarias. Ni siquiera la edad de nadie sufre alteración alguna que no se haya reflejado cada día en el continuo envejecimiento por oxidación de la materia, ni los buenos propósitos expresados por efecto de una euforia festivo-etílica tienen más consistencia que el humo dispersado por el aire.

De hecho, el día después es tan monótono, aunque paralice en parte la rutina laboral, que resulta aburrido y hay que darle un contenido que lo signifique, aunque resulte trivial. De ahí la etiqueta llena de brillo con que catalogamos al día después como de nuevo año, contabilizado, desde hace apenas dos mil años, a partir de un determinado punto de la órbita de un planeta que lleva más de cuatro mil millones de años girando alrededor del Sol. Si algo tan banal motiva tanta euforia no es por lo preciso y determinante de la medición, sino por la propensión psicológica de la especie humana a la superstición y las creencias de su fértil imaginación. Ningún otro animal modifica su conducta por un hecho tan subjetivo que no captan sus sentidos ni procede de su medio ambiente, sino de una elaboración simbólica de la mente humana.

Es verdad que la lógica mercantilista de las sociedades actuales ritualiza cualquier nimiedad susceptible de generar grandes beneficios económicos, como acostumbra con cualquier fecha tradicionalmente festiva del calendario. Incluso inventa nuevas fechas para generar mayores ganancias, como esos “viernes negros” de consumo desbocado. De ahí que el día después no pueda escapar de esa tendencia tan rentable. Celebrar la llegada del día después es tan inevitable, por la presión social del mercado, como vestir tal y como exige la moda de cada época, so pena de distinguirte como el hereje estrafalario del rebaño.

Aun así, el día después es tan insulso e irrelevante que todo sigue igual, con los mismos problemas que arrastramos de los precedentes e idénticas posibilidades de subvertir ninguna situación o circunstancia. Es más, incluso es harto probable que las cosas empeoren aun más y los ánimos de enmienda flaqueen nada más se apague la euforia de la jornada.. Y es que el día después es solo eso: otro día que nada se diferencia del anterior ni nada lo destacará del próximo, a menos que lo importante sea que simplemente es un día más para el que sueña con vivir muchos otros. En tal caso, no hacen falta ni tantos petardos ni tantas comilonas. Sería suficiente con tener a los seres queridos cerca no solo el día después, sino cualquier otro del año en que el Sol salga por el Este y se esconda por el Oeste. Justamente, de lo que el resto de animales se vale para organizar sus vidas. ¿O acaso usted es distinto al de ayer tras todas las felicitaciones que ha dado y recibido? Por si acaso, ahí tiene una más: ¡feliz día!.