De ahí que, pensándolo bien, me considere que soy solo lo que recuerdo. Aquellas imágenes difusas de mi niñez, la mano del abuelo que una vez me llevó de paseo, un río que abrazaba al pueblo, las sombras sin rostro de mis padres, cuya vejez no llegué ver, el recuerdo remoto de los estudios que cursé, sin proponérmelo, para formarme, algunos compañeros de trabajo que han quedado ocultos tras la niebla del olvido, la joven muchacha que perseguía en mi adolescencia detrás de su fresca hermosura y que desde entonces me acompaña y con la que tuve mis hijos, los escasos momentos que no me perdí del crecimiento de los niños, los agobios y desdichas que padecimos para criarlos hasta que por fin pudieron emanciparse, la inusitada presencia de unos nietos que reavivan aquellos recuerdos de su niñez…
En fin, recuerdos y vivencias que se acumulan con el tiempo y con los que damos forma a nuestra consciencia e identidad. Recuerdos que nos permiten ser lo que somos y definir o moldear nuestra existencia individual para distinguirnos de los demás y de lo que nos rodea. Un misterio producto de los chispazos de la mente que, sin embargo, nos hace humanos, más allá de la cáscara biológica que habitamos. Es, pues, lo que somos: recuerdos, y es lo que dejamos.
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