sábado, 1 de febrero de 2025

Mis vivencias en el Bellas Artes (y III)

Lo que sí abunda en el Museo de Bellas Artes son obras de Murillo. Tesoros del imprescindible pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682), perteneciente al barroco y figura central de la escuela sevillana, que contó con innumerables discípulos y seguidores, y cuya influencia lo ha hecho ser el pintor más conocido y mejor apreciado fuera de España. La producción artística de Murillo es amplia y se halla repartida, además del MBAS, en la Catedral, en el Hospital de la Caridad, la iglesia de Santa María la Blanca, el palacio Arzobispal, el Hospital de los Venerables, el Alcázar y, desde luego, dispersa por muchos otros museos de Europa,  donde acabaron muchas de sus obras a causa del expolio que sufrieron tras la invasión francesa.

Por su temática casi exclusivamente religiosa, para un profano como yo no son desconocidas las famosas inmaculadas de Murillo, de las que el Museo sevillano alberga algunas de las más importantes, como las iconográficas  Inmaculada Concepción del Buen Pastor y la  Inmaculada Colosal, cuadros que atraen la atención del visitante pues han sido infinitamente reproducidas hasta en cajas de polvorones, almanaques y estampitas.

Pero el lienzo que a mí me llama la atención y hace que me detenga frente a él para admirarlo con detalle es el de Santo Tomás de Villanueva dando limosna, una obra cumbre de su producción y  del que el mismo Murillo se sentía orgulloso, considerándolo “su lienzo”. Es un cuadro monumental en el que el santo ocupa el centro de la composición, en actitud caritativa repartiendo limosnas, mientras dirige la mirada hacia un grupo de mendigos y enfermos que lo rodean.  La escena está representada en el interior de una iglesia con un fondo cuya profundidad espacial está lograda por una sucesión alternativa de planos de luz y sombra.

Y entre las sombras, en la parte inferior izquierda del lienzo, aparece medio difuminada la escena  de una madre que mira con serena ternura a su hijo de corta edad, quien le muestra, lleno de alegría, las dos monedas que tiene en su mano y que acaba de recibir del santo. Pocas representaciones pictóricas de la ternura y el amor maternal han sido tan conseguidas y emotivas como ésta y que a mí me deja deslumbrado. Una imagen que parece ajena al cuadro, como si Murillo hubiera querido pintar un cuadro dentro de un cuadro, sabiendo captar una de las imágenes más bellas de la vida popular sevillana.

Y es que Murillo supo plasmar en sus obras la esencia de su tiempo y de su ciudad, no solo interpretando el sentir religioso del siglo XVII, sino mostrándolo a través de los motivos, personajes y situaciones de la vida cotidiana, como constató Diego Angula, quien fuera director del Instituto Diego Velázquez del CSIC y del Museo del Prado. “De esta forma es trasladado el tema divino al escenario de lo humano”, asegura el científico del Arte.   

No es extraño, por tanto, que este pintor de suaves tonos, la luz radiante y la devoción sencilla, creara escuela y dejara un legado que todavía despierta la admiración en quienes contemplan unas obras que ocupan un lugar destacado en el arte barroco no solo andaluz, sino también universal.

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