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viernes, 27 de diciembre de 2024

Despidámoslo en paz

Decimos adiós al año 2024, en España, con una economía que va mejor que bien, pero en que la diatriba política y la polarización social están más que mal, fatal. Este podría ser el escueto resumen de un año complicado y ruidoso, cargado de complejos problemas de nunca fácil ni rápida solución. Y de un tiempo en el que todos gritan y casi nadie escucha ni atiende a razones, argumentando sólo con eslóganes prefabricados o compartiendo bulos de cínicos o de ignorantes, reproducidos hasta la saciedad. Tan es así que las expectativas de la gente, cuando se les pregunta o las airean en la barra de un bar, parecen presentir un futuro aun más negro, como si acabáramos de salir de una guerra y nos aguardaran días de penurias y racionamientos.

A esta percepción pesimista contribuye la extrema debilidad de un gobierno dependiente en grado sumo de acuerdos a izquierda y derecha del Congreso, imposibilitado para sacar adelante ninguna iniciativa sin el beneplácito, a veces parecido al chantaje, de unos y otros socios. Un gobierno que desde el primer día nació con el estigma de ilegítimo e indigno, y al que desde entonces se le ha querido tumbar por cualquier medio sin esperar al único modo saludable en democracia: mediante las urnas y con propuestas de actuación alternativas que convenzan a los ciudadanos.

Aparte de una oposición frontal que se niega a reconocer ningún mérito, hay que añadir los frentes judiciales que acosan al Gobierno, debido a demandas por corrupción, algunas infundadas y basadas en recortes de prensa, que afectan a un exministro, rápidamente expulsado del partido, y a familiares del presidente del Ejecutivo (esposa y un hermano), acusados, a pesar de las indagaciones, sin pruebas ni indicios sólidos. Una situación, en cualquier caso, delicada en la que se entremezclan el lawfare con la instrucción sumarial rigurosa  y la propaganda política con  la intoxicación mediática. Al parecer, es el signo de los tiempos.

No resulta extraño, por tanto, que la impresión que tenga una gran parte de la población sea de franca desconfianza y amarga decepción, aun cuando la ejecutoria gubernamental pueda considerarse meritoria, con 15 leyes aprobadas este año -25 si se suman los decretos leyes convalidados (más de dos leyes al mes)-, sobre asuntos tan relevantes como la reforma de la Constitución para retirar el término “disminuido” a las personas con discapacidad. U otras de carácter social que hacen referencia a la suspensión de los desahucios hipotecarios, los subsidios de desempleo o las ayudas por la DANA, sin olvidar la ley ELA y otras.

No obstante, nadie parece estar contento de cómo le va, aunque le vaya relativamente bien, a pesar de que el número de personas con empleo marca registros históricos, los salarios recuperan poco a poco poder adquisitivo y emerge tras el horizonte la posibilidad de trabajar menos horas semanales sin que la nómina se resienta. Son pocos los que admiten la buena marcha de la economía, salvo The Economics, para quien la de España es la economía que mejor se comporta de toda la OCDE. O la propia Unión Europea, que confirma con sus estadísticas que la economía española crece más que la media.

Tampoco parece valorarse que vivamos en una sociedad más abierta y tolerante que nunca, en la que ya no nos asombra ni son delitos el aborto, la orientación sexual o los matrimonios homosexuales. Y donde el sistema educativo, aunque perfectamente mejorable, permite la escolarización obligatoria de todo niño en España, nazca donde nazca, y que el analfabetismo sea un vago recuerdo de épocas felizmente superadas.

Ni que enfermar no suponga mayor problema que el de acudir a un hospital de la sanidad pública para que sus profesionales nos atiendan con la capacidad y la preparación que envidian en otros países mucho más ricos que el nuestro.

Los escépticos mantienen esta sensación negativa aunque la inflación y los precios –incluidos los de la gasolina y la electricidad- estén bajo control, el salario mínimo vuelva a subir, las pensiones se revaloricen conforme al IPC, y continúen las ayudas –nunca suficientes ni inmediatas- a los más vulnerables y desfavorecidos de la sociedad. O, incluso, cuando se destinen ingentes cantidades en medios y recursos a los afectados por desgracias naturales imprevistas, como han sido la erupción de un volcán, unas inundaciones devastadoras o una pandemia de carácter internacional, todo ello concentrado en poco más de un lustro, sin contar los efectos económicos y comerciales de una guerra en el continente.   

Nada de lo positivo nos alegra. Al contrario, nos disponemos a despedir el año creyendo que los inmigrantes nos invaden y constituyen un grave problema porque están vinculados con la delincuencia u otros riesgos catastróficos, como se encargan de propalar los bulos xenófobos dictados por sectores conservadores y de extrema derecha. O que la burocracia de la Unión Europea, ese mercado continental al que tenemos acceso de manera prácticamente ilimitado, empobrece nuestra agricultura con sus normas y controles. Y que las paradas biológicas para no esquilmar determinadas especies, los límites de capturas y otras regulaciones similares solo sirven para que desaparezca la industria pesquera de nuestro país en beneficio de la foránea.

Esta negatividad sobre nuestras capacidades y potencialidades como país se expresa de manera recurrente cada vez que, con el final del año, enfrentamos un nuevo ciclo embargados de desánimo y pesimismo, sin pensar que el futuro será lo que queramos que sea, siempre y cuando el diagnóstico del presente no nuble o distorsione las expectativas del porvenir. Un futuro luminoso que puede estar al alcance con solo darnos cuenta de lo que tenemos y de lo que anhelamos en beneficio de todos. Y sobre todo, si asumimos el pensamiento del Kant más antropólogo cuando aventuraba aquello de que el género humano ha estado progresando siempre hacia lo mejor y así continuará en lo sucesivo, gracias al primado de la racionalidad.

Pero yo, en contra de mi optimismo, no aseguraría tanto, máxime cuando Trump –que jamás ha leído a Kant ni a ningún filósofo- vuelve por sus fueros; los palestinos siguen siendo masacrados en un genocidio prácticamente televisado; más de 11.000 inmigrantes han muerto ahogados este año tratando de llegar a nuestras costas; Putin amenaza con una guerra de misiles al resto del mundo; Miley no se desprende de su grosera motosierra, y tantos otros que convierten este planeta en un lugar inhóspito, triste y desagradable. Aun así, o precisamente por eso, apelaría, al menos, a que despidamos el año con esperanza y en paz. Con esperanza en nuestra racionalidad y en paz con nosotros mismos, pacíficos habitantes de un país tan privilegiado, en clima, recursos, culturas e ingenio, como el nuestro. No creáis que es poco pedir para el 2025.  

sábado, 23 de diciembre de 2023

Última semana

Apuramos la última semana del año, de Nochebuena a Nochevieja, con la impresión de que los años se precipitan sin remedio y apenas nos permiten diferenciar el ayer del hoy, un ayer cada vez más lejano y un presente inaprensible y raudo. Es tan veloz la carrera que los calendarios solo sirven para registrar una fugaz sucesión de meses que se acumulan desordenados en la memoria, como escombros caídos de un edificio en ruina. Años que se escurren entre los rutinarios ciclos de las estaciones y que agotan nuestra capacidad para la sorpresa  y nos instalan en el pesimismo más decepcionante, aquel que no tiene ilusión por nada y que califica cualquier novedad como más de lo mismo. Únicamente los niños son capaces de disfrutar de estas fiestas con sincera emoción, llenos de ingenuidad y libres de hipocresía, porque en sus ojos todavía brilla la alegría de las vacaciones y el misterio de los regalos.

Este año, como todos, se presta a dar relevo numérico al siguiente para que la existencia celebre una contabilidad que carece de sentido. Porque nada cambia, a pesar de las promesas y los brindis. Puede que haya, en competición absurda, más luces en las calles que nos invitan a un consumo inútil con la esperanza de no vernos orillados de la euforia mercantil que ha transformado unas fechas familiares en carnavales de ostentación y felicidad por decreto.  Todo permanece inmutable en el teatro del mundo, salvo los niños con su inocencia y nosotros, que nos hacemos viejos, un estatus que antes otorgaba respeto senatorial y que hoy te condena al aislamiento físico y psíquico de un asilo, donde no estorbes.

El mundo no cambia, en fin. Es así de tozudo. Los poderosos persisten en amasar sus fortunas y los pobres, en no dejar de soñar que les toca la lotería, ya que la suerte, siempre incierta y arbitraria, es el único consuelo. Unas guerras toman el relevo de otras para que no se detenga el gasto en munición que sostiene el próspero negocio de la muerte. Populismos con nuevo envoltorio resucitan viejos regímenes totalitarios y reaccionarios, que se presentan con el disfraz de la libertad, la raza y, otra vez, la religión. La democracia y los derechos, en cambio, van y vienen, ¡ay!, según conveniencia de las élites locales y globales dominantes. Unas élites que consienten que acudamos cada cuatro años a votar para que nos entretengamos con unas urnas cuyos votos tienen un valor desigual, como la desigualdad que todavía nos divide en favorecidos o perjudicados, en función de la cuna y el lugar donde hayamos venido al mundo. En todas partes del mundo nada cambia por más que sumemos años a la historia de la humanidad. Simplemente se adapta al nuevo dígito para que todo siga como estaba y nadie escape de su lugar en la sociedad.    

Esta última semana finaliza dando lugar al cambio convencional del año cuando arranquemos la hoja del calendario. El sol mantendrá a nuestro planeta girando alrededor de su esfera incandescente para que los días y las noches se alternen en nuestras vidas, como lleva millones de años sucediendo. Pero esta última semana será distinta, para quien así la transite, porque contribuirá, con su convencionalismo, a mostrarnos que la existencia es lo único que cambia ante la indiferencia de los días. Celebremos, por tanto, que, a pesar del vértigo de los años acumulados, podemos contarlo. Es el motivo por el que también recurro al tópico de desearles ¡felices fiestas!     

jueves, 24 de diciembre de 2020

¡Salud!

Deja la felicidad, en su sentido de compras, comilonas y reuniones, para mejor ocasión. Valora que estás sano, cuidándote y siendo precavido, para que años venideros puedas celebrar estas fiestas, si te apetece, como manda la tradición y el consumo. Haz un paréntesis con estos convencionalismos y prioriza, antes que las fiestas, tu vida y la de los tuyos. Por eso este año te deseo, mejor que felicidad, salud. Y que la disfrutes.

¡Saludables fiestas!