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viernes, 6 de febrero de 2026

Culpa divina

Es lo que tiene la burocracia divina. Su respuesta habitual es el silencio administrativo, pero cuando responde lo hace tarde y, en ocasiones, de manera exagerada. Como estas lluvias que una sucesión ininterrumpida de borrascas ha derramado sin cesar hasta inundar medio país. No hay otra explicación para los negacionistas del cambio climático. Más que de las certezas científicas, harto comprobadas, los seguidores de supersticiones indemostrables se fían antes de las creencias sobrenaturales o conspiranoicas. Les parecen más plausibles y confortables.

Por eso, tras meses sacando en procesión imágenes religiosas en rogativas por lluvias (ad pretendam pluviam) durante la sequía pluviométrica de 2021 -que duró tres años y secó los pantanos de Cataluña, obligó a restricciones en el consumo de agua en muchas localidades de Andalucía y propició el verano más catastrófico en cuanto a incendios forestales- la respuesta de los dioses ha sido la de concedernos la gracia líquida hasta casi ahogarnos. Es decir, tarde y exagerada.  Parece que la explicación religiosa es más asimilable que las científicas sobre un cambio del clima acelerado por la actividad humana y las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, la respuesta divina no obliga a corregir comportamientos ni sistemas productivos, sean individuales como industriales o económicos, para que resulten sostenibles con el medio ambiente y permitan reducir o enlentecer esa alteración climática. 

Es lo que sucedió la última vez. Desde 2021 España sufría la enésima sequía hídrica que hizo que zonas de Cataluña y Andalucía, entre otras, implementaran medidas restrictivas en el gasto de agua, prohibiendo, por ejemplo, el llenado de piscinas privadas y los riegos de zonas verdes, aparte de limitar el consumo humano a un volumen determinado por habitante y día inferior al normal, reducir la presión del agua en la red de abastecimiento urbano en determinados tramos horarios e, incluso, cortar completamente el suministro.

En situaciones así solemos implorar la ayuda celestial. Es lo que hemos hecho desde 1333, cuando nos dio con practicar ritos en demanda de una intercesión divina para cambiar la meteorología a favor de nuestros intereses y conveniencias. Y en 2023, agobiados, asfixiados y sedientos por la sequía, no iba a ser menos. Por todo el país se hicieron procesiones rogativas, desde Navarra a Jaén, ante la falta de precipitaciones. Y estas han sido atendidas ahora, entre 2025 y 2026, hasta el extremo de rebosar pantanos, desbordar ríos e inundar campos y ciudades. Medio país encharcado hasta las cejas por culpa de la divina providencia, tan ciega como torpe.

Porque hacer un uso más responsable del agua, modificar el modelo productivo para que sea acorde con el agua disponible y que la explotación de nuestros recursos sea sostenible y respetuosa con el medio ambiente no nos parece lo más apropiado para preservar y garantizar la disposición del agua que necesitamos. Preferimos las rogativas milagrosas a dejar de construir hoteles y piscinas, a levantar campos de golf por doquier, a transformar cada vez más hectáreas de la vieja agricultura de secano en regadío, a asfaltar en campo, a la comodidad y dependencia de fuentes de energía derrochadoras de agua como la electricidad, etc.

Y, como niños, afrontamos los problemas mediante respuestas fáciles y actitudes no comprometidas. Negamos la evidencia científica aduciendo que siempre ha hecho calor o llovido torrencialmente, sin atender que las olas de calor son cada año más intensas y prolongadas y que las precipitaciones se hacen más violentas y puntuales. Rechazamos que seamos causa de un calentamiento global que acelera el cambio climático. Pero cuando surgen las consecuencias, nos refugiamos en creencias que nos libran de responsabilidad y nos socorren de nuestra incompetencia y dejadez. Entonces clamamos al cielo para que nos ayude y al Estado para que nos indemnice como damnificados.

Pero cuando la divinidad responde a su manera, divinamente arbitraria, lo atribuimos a lo inescrutable de sus designios. Nunca es culpa nuestra. Es culpa divina. ¿No hemos rogado agua? Pues ahí la llevas. Déjala correr y no la almacenes. Ya volveremos a hacer rogativas la próxima vez. Y si todo falla, la culpa es de Pedro Sánchez. 

domingo, 14 de noviembre de 2021

El fracaso de Glasgow

La cumbre de la ONU sobre el cambio climático celebrada en la ciudad inglesa de Glasgow no pasará a los anales de la lucha medioambiental, como sucedió con el Acuerdo de París. Sí en ésta se fijaron metas ambiciosas para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero, en aquella de la pérfida Albión sólo se acordaron propuestas pragmáticas no vinculantes para que cada país haga lo que pueda a la hora de emprender la vía de la descarbonización en sus fuentes energéticas. Glasgow apela al voluntarismo y París asumía objetivos concretos obligatorios. A este paso, difícilmente se avanzará gran cosa en frenar el progresivo incremento de la temperatura atmosférica, acelerado por la actividad humana, que ya provoca alteraciones climáticas severas, perjudiciales para el planeta y quienes lo habitan. Lo de Glasgow es, sin duda, un fracaso sin paliativos a la hora de tomar medidas firmes y válidas contra el calentamiento global, se pinte como se pinte el dificultoso balance final. Las futuras generaciones nos reprocharán, con toda justicia, que apenas hayamos hecho nada por impedir la hecatombe climática pronosticada que le dejaremos en herencia por avaricias y egoísmos de unos y otros países.