Por eso, tras meses sacando en procesión imágenes religiosas
en rogativas por lluvias (ad pretendam pluviam) durante la sequía
pluviométrica de 2021 -que duró tres años y secó los pantanos de Cataluña,
obligó a restricciones en el consumo de agua en muchas localidades de Andalucía
y propició el verano más catastrófico en cuanto a incendios forestales- la respuesta
de los dioses ha sido la de concedernos la gracia líquida hasta casi ahogarnos.
Es decir, tarde y exagerada. Parece que
la explicación religiosa es más asimilable que las científicas sobre un cambio
del clima acelerado por la actividad humana y las emisiones de gases de efecto
invernadero. Además, la respuesta divina no obliga a corregir comportamientos
ni sistemas productivos, sean individuales como industriales o económicos, para que
resulten sostenibles con el medio ambiente y permitan reducir o enlentecer esa
alteración climática.
Es lo que sucedió la última vez. Desde 2021 España sufría la
enésima sequía hídrica que hizo que zonas de Cataluña y Andalucía, entre otras,
implementaran medidas restrictivas en el gasto de agua, prohibiendo, por
ejemplo, el llenado de piscinas privadas y los riegos de zonas verdes, aparte
de limitar el consumo humano a un volumen determinado por habitante y día
inferior al normal, reducir la presión del agua en la red de abastecimiento
urbano en determinados tramos horarios e, incluso, cortar completamente el
suministro.
Porque hacer un uso más responsable del agua, modificar el
modelo productivo para que sea acorde con el agua disponible y que la
explotación de nuestros recursos sea sostenible y respetuosa con el medio
ambiente no nos parece lo más apropiado para preservar y garantizar la
disposición del agua que necesitamos. Preferimos las rogativas milagrosas a
dejar de construir hoteles y piscinas, a levantar campos de golf por doquier, a
transformar cada vez más hectáreas de la vieja agricultura de secano en regadío,
a asfaltar en campo, a la comodidad y dependencia de fuentes de energía
derrochadoras de agua como la electricidad, etc.
Y, como niños, afrontamos los problemas mediante respuestas
fáciles y actitudes no comprometidas. Negamos la evidencia científica aduciendo que siempre ha hecho calor o llovido
torrencialmente, sin atender que las olas de calor son cada año más intensas y
prolongadas y que las precipitaciones se hacen más violentas y puntuales.
Rechazamos que seamos causa de un calentamiento global que acelera el cambio
climático. Pero cuando surgen las consecuencias, nos refugiamos en creencias
que nos libran de responsabilidad y nos socorren de nuestra incompetencia y dejadez.
Entonces clamamos al cielo para que nos ayude y al Estado para que nos
indemnice como damnificados.
Pero cuando la divinidad responde a su manera, divinamente
arbitraria, lo atribuimos a lo inescrutable de sus designios. Nunca es culpa
nuestra. Es culpa divina. ¿No hemos rogado agua? Pues ahí la llevas. Déjala
correr y no la almacenes. Ya volveremos a hacer rogativas la próxima vez. Y si
todo falla, la culpa es de Pedro Sánchez.


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