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lunes, 27 de abril de 2026

Wild América

La “wild América” de la política actual de Estados Unidos (EE.UU.), con su alma proclive al ajuste de cuentas y a la violencia, no deja de emular la época del Far West -la del Lejano, salvaje o viejo Oeste- en cuanto a tiroteos y asesinatos se refiere. También incluso por la existencia de forajidos y malhechores dispuestos a estafar al más pringado y desenfundar a la menor oportunidad.

No es de extrañar, por tanto, que el sábado pasado el presidente Donald Trump fuera objeto del tercer intento frustrado de asesinato. Ya es tener suerte. Y es que no se entiende la historia de ese país sin la violencia que la acompaña desde su fundación. Otros, antes que él, engrosan la lista de cuatro mandatarios estadounidenses asesinados mientras ejercían el cargo a manos de descontentos que recurrieron a la violencia homicida. Y otros tantos fueron atacados tras abandonar el cargo, de los que no todos resultaron ilesos. Alguno llegó a fallecer a consecuencia de las heridas ocasionadas en el atentado.

Desde Abraham Lincoln -el primer presidente asesinado, en 1865- hasta John F. Kennedy -asesinado en 1963-, cuatro presidentes han muerto por causas no naturales, sino a manos de la violencia (incluyendo a James A. Garfield, en 1881, y William McKinley, en 1901). Otros han salido ilesos de los atentados que se cometieron contra ellos. El primero en padecer un intento frustrado de asesinato fue Andrew Jackson, en 1835. Le siguieron Theodore Roosevelt, en 1912; Gerald Ford, que sufrió dos intentonas por asesinarle, ambos en 1975, y Ronald Reagan, en 1981, durante el ejercicio de su mandato y, precisamente, delante del mismo hotel donde han atentado contra Trump. A ellos hay que añadir a George Bush, al que le lanzaron una granada, en el año 2005, que no explotó debido a un fallo del detonador y que pasó desapercibida por el propio Bush y su equipo tras golpear en alguien de la multitud y no alcanzar su objetivo.

No cabe duda de que el inquilino de la Casa Blanca atrae a los pistoleros que intentan asesinarlo, pues en todos los casos se utilizó un arma de fuego. También contra Gerard Ford, al que una mujer, también pistolera, fue la que intentó perpetrar el asesinato en dos ocasiones distintas en breve plazo de tiempo. 

La cuestión es que en ese país las diferencias se resuelven, en casos extremos, a balazo limpio, incluyendo la discrepancia política y los deseos de cambiar la acción y hasta el titular del Gobierno. Pocos países de los considerados democráticos, desarrollados y modernos ofrecen un historial de violencia magnicida y política como EE.UU. Un historial que incluye no solo a los mandatarios del país, sino también a cargos electos estatales, personalidades relevantes y hasta agitadores políticos.

Es de sobra conocido el asesinato del reverendo Martin Luther King, líder por la igualdad racial y los derechos civiles, asesinado en 1968 mientras saludaba a sus seguidores desde el balcón de un motel.  Otro líder religioso defensor de los derechos humanos, Malcolm Little, más conocido como Malcolm X, sería asesinado anteriormente, en 1965, por sus ideas contra el supremacismo blanco. Cinco años después del asesinato de su hermano presidente, otro pistolero acabó con la vida de Robert F. Kennedy, senador por Nueva York, en 1968.

Con estos antecedentes es fácil caer en la tentación de percibir como normal el reguero de violencia que deja el pueblo norteamericano a lo largo de su historia. Máxime si, en la actualidad, desde 2021, el país ha registrado cinco asesinatos e intentos de asesinato de figuras políticas, una cifra insólita, solo comparable con la relación citada más arriba, de mediados del siglo pasado.

El año pasado, el activista conservador Charlie Kirk, miembro del grupo MAGA, fue blanco de un tiroteo mortal durante un acto en la Universidad de Utah Valley. En 2025, una congresista demócrata en Minnesota, Melissa Hortman, murió tiroteada junto a su marido. Horas antes, el senador John Hoffman fue víctima de un intento de asesinato junto a su esposa. En 2024, se declaró un incendio en la residencia del gobernador demócrata de Pensilvania, Josh Shapiro, cuando este se encontraba en su interior con su familia. Años antes, intentaron atacar a la expresidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi y, al no encontrarla en su domicilio, hirieron a su marido con un martillo.

El propio Donald Trump fue víctima, en 2024, de un intento frustrado de asesinato, durante un mitin en Pensilvania, en el que una bala disparada por un francotirador le rozó la oreja. Dos meses más tarde, se registró un tiroteo en su club de golf, en Florida, que la policía investigó como otro intento de asesinato. Y el del sábado pasado, en un hotel de Washington, sería el tercer atentado frustrado que sufre el actual presidente norteamericano en menos de dos años.

Tanta violencia explica también el asalto por los seguidores de Trump del Capitolio, en enero de 2021, con la intención de alterar el resultado electoral e impedir la alternancia democrática. Según las estadísticas, la violencia política afecta tanto a demócratas como a republicanos en un país que protege como un derecho inalienable la tenencia de millones de armas de fuego (un arsenal estimado en 400 millones), sin apenas control, en manos de cualquier persona. Resulta espeluznante que el 10,2 % de los votantes republicanos y el 8,3 % de demócratas justifiquen el uso de la violencia para lograr fines políticos, según encuesta de Chicago Projetct on Security & Threats.

Si a ello añadimos una polarización política extrema prolongada y una crispación social fomentada, en muchos casos, desde ámbitos gubernamentales, que exacerba la confrontación violenta e irracional en el espacio político, no resulta extraño que las consecuencias sean el deterioro de la convivencia y el recurso a comportamiento violentos, incluso homicidas, en la sociedad de EE.UU., acostumbrada, por lo que se ve, a resolver sus discrepancias como en el Viejo Oeste, a tiro limpio.

La persistencia de estos hechos evidencia que la “wild América”, lejos de ser algo de un pasado de vaqueros y bandidos, es una amenaza que continúa latente para la democracia y la convivencia no solo de EE.UU., sino del mundo entero por el efecto amplificador de los medios globales y la influencia mundial de la política norteamericana.

jueves, 5 de marzo de 2026

Ojalá seamos terribles

Me incluyo en ese descalificativo porque me siento aludido con la crítica de Trump. El presidente norteamericano ha declarado, durante una comparecencia ante la prensa en la Casa Blanca junto al canciller alemán Friedrich Merz, que “Lo de España es terrible”. Y aunque soy español por decisión voluntaria y no por azar natalicio, me duelen las amenazas del mandatario yanqui a nuestro país. Y todo porque no se le puede llevar la contraria ni discrepar de sus arbitrariedades.

Donald Trump está muy enfadado con España, particularmente con el presidente Pedro Sánchez, al que acusa de ser un líder débil porque se ha atrevido a negar a EE.UU. el permiso para usar las bases militares, de soberanía española y utilización conjunta, de Morón de la Frontera (Aérea, en Sevilla) y Rota (Aeronaval, en Cádiz) para la logística y el abastecimiento de los bombarderos que atacan a Irán.

Al parecer, era la gota que colma el vaso. Esa negativa al uso de las bases españolas provocó la furia iracunda del presidente Trump, quien, si por él fuera, ordenaría inmediatamente no solo que se operara desde esas bases ignorando la prohibición del Gobierno español, sino que se paralizara “mañana, hoy mejor aun, todo lo que tenga que ver con España: embargos. Podemos hacerlo”, afirmó desafiante. Y añadió: “Y podemos imponer un 15 % de aranceles a quien queramos”, blandiendo su arma favorita de negociación hasta que el Supremo le paró los pies.

Al parecer, a Donald Trump no le cae bien Pedro Sánchez desde que le salió respondón y se negó a subir el gasto militar al 5 % del PIB, como se acordó en la Cumbre de La Haya. En aquella ocasión, Sánchez también discrepó de una decisión que, promovida por el mandatario norteamericano, habían adoptado todos los países miembros de la OTAN, menos España. Es por eso que, como argumento a esgrimir para su actual enfado, el presidente Trump recordara que “todos se mostraron entusiasmados con la idea, todos menos España, y ahora dicen que no podemos usar las bases, es terrible”. Y como hizo entonces, ha vuelto a amenazar con represalias comerciales a España. ¡Huy, qué miedo!

Y es que nuestro presidente no aprende, no sabe mostrarse servil y dócil ante el todopoderoso ególatra yanqui, acatando todas sus barbaridades. Ya antes, el Gobierno de España se había opuesto a la ilegal intervención militar ordenada por Trump en Venezuela para secuestrar “manu militari” a Nicolás Maduro, presidente del país, y conducirlo a la fuerza a una cárcel de Nueva York, donde pretenden juzgarlo, a pesar de todas las violaciones del derecho internacional cometidas en su captura.

De hecho, nuestro país lleva señalándose desde hace mucho tiempo, prácticamente desde el inicio de su mandato, plantando cara a las políticas de Donald Trump cada vez que atropella la legalidad internacional, pisotea los Derechos Humanos e ignora la Carta de la ONU, mientras destruye, con mamporros cada vez más violentos e indisimulados, el viejo orden mundial, aquel multilateralismo en las relaciones internacionales basado en consensos y reglas y regido por leyes que todos cumplían.

España ha sido crítica con los abusos y la soberbia de quienes se creen que pueden imponer su criterio e intereses simplemente porque pueden, por la fuerza. De ahí que nuestro país haya denunciado por activa y por pasiva el genocidio cometido en Gaza por un Israel envalentonado por el apoyo incondicional que le presta Trump. E incluso que haya reconocido oficialmente a Palestina como Estado independiente, con derecho a exigir el respeto de su soberanía e integridad territorial, conforme las resoluciones de la ONU.

Por eso nuestro país no deja de denunciar la brutal agresión que sufre el pueblo palestino, a quienes se les quiere desalojar de sus tierras. Son las mismas razones -el respeto a la legalidad internacional, a la soberanía de los estados y a la integridad territorial- por las que también se opone, con igual contundencia, a la ilegal y criminal invasión de Ucrania por parte de Rusia. Entre otras razones, porque los abusos hay que denunciarlos sin importar quien los cometa y sin caer en una hipócrita equidistancia.

Y porque, si no, los abusadores se envalentonan al creer que los demás consienten sus atropellos sin rechistar. Tal vez esta sea una de las razones por la que esos mismos matones se unen ahora para atacar Irán y comenzar un conflicto en Oriente Próximo que no se sabe cómo acabará. Otra vez Israel y EE.UU. juntan sus bombas para abrir fuego contra el país de los ayatolás, con la excusa de impedir que se doten de armas nucleares y liberar a su pueblo de la dictadura que lo oprimía. Es decir, otra versión de lo de las armas de destrucción masiva y la democracia. Bla, bla, bla.

Antes se coge un mentiroso que a un cojo. Calla Trump que fue él quien había hecho que su país abandonara el acuerdo firmado con Irán, bajo la presidencia de Obama, en 2015, y avalado por varias potencias internacionales, por el que Teherán garantizaba el uso exclusivamente pacífico de su programa nuclear, permitiendo la supervisión de sus instalaciones por inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Cosa que Israel no hace.

Y que, no contento con ello, en 2025 bombardeó, junto con Israel, las instalaciones nucleares más importantes de Irán, asegurando que había devastado completamente el programa nuclear iraní. ¿Dónde radica, pues, el supuesto peligro nuclear de Irán que justifica esta nueva guerra ilegal y sin autorización de la ONU?

De ahí que España insista no solo en cuestionar esa iniciativa bélica, sino incluso en negarse a colaborar con ella, prohibiendo el uso de las bases americanas en nuestro país por los bombarderos norteamericanos. Recupera, así, el grito de “no a la guerra” que ya pronunció masivamente por la también ilegal guerra de Irak en la que nos involucró un Gobierno conservador, sumiso y servil a las directrices del imperio yanqui. Entonces gobernaba un Aznar engreído, que fumaba puros y hablaba con acento de Texas, y regía en Washington un tal Bush, igual de ignorante e impulsivo que Trump.

No es ojeriza, pues, lo que Trump siente por Sánchez, es algo peor. Es animadversión y verdadera repulsión por un dirigente que osa cuestionarle sus iniciativas más importantes, incluía sus incursiones bélicas. Y es que desde España se rechazan sus medidas contra los inmigrantes, a los que acusa de todos los males que padece la sociedad norteamericana. Frente a la criminalización de la migración, el presidente español aprueba una ley de regularización de migrantes que se convierte en modelo de acogida y un ejemplo a tener en cuenta. Si Trump crea una policía dedicada a la caza y captura de emigrantes para su expulsión, Pedro Sánchez les ofrece papeles para legalizar su situación en España. Resultado: compárense los problemas de convivencia y los índices de criminalidad de un país y otro. Ni Trump ni la extrema derecha española asumen esos detalles que objetivan con datos verificables el supuesto problema migratorio.

Y cuando Donald Trump impulsa guerras ilegales, España no las apoya por considerarlas un “atropello a la legalidad internacional”, idéntica acusación que se le hace a Putin por la guerra de Ucrania, a Netanyahu por la masacre de Gaza y a Trump por la incursión en Venezuela y las amenazas anexionistas a Groenlandia. Y, aunque aparentemente es una voz que clama en el desierto, la actitud de España tiene algún peso o trascendencia en tanto en cuanto al presidente norteamericano tanto le afecta. Tal vez sea, no por pragmatismo, sino por la coherencia de muestra posición con el derecho internacional y el diálogo entre las naciones.

En todos los casos, España ha demostrado que no quiere ser cómplice de iniciativas que son contrarias a sus valores, basados en el respeto a la legalidad internacional, la paz y la coexistencia pacífica, y menos aun por miedo a represalias. Es una actitud ética, como país, digna de elogio y orgullo, aunque paguemos algunas consecuencias en el corto plazo.

Ojalá seamos más terribles en dignidad que patriotas de pulserita defensores del energúmeno que nos amenaza.

domingo, 19 de enero de 2025

Un putero y violento en la Casa Blanca

No, no son ataques calumniosos hacia el flamante inquilino de la sede del Gobierno más poderoso del mundo. Es, simplemente, una manera vulgar -para que todos lo entiendan- de describir lo que fallos judiciales e imputaciones diversas han determinado sobre el delincuente que dirigirá los destinos de Estados Unidos de América (EE UU) e influirá en gobiernos de todo el planeta a partir de esta semana.

Aparte de ser el único presidente sometido a juicio político (impeachment) dos veces,  Donald Trumo es un putero porque una sentencia lo ha condenado por pagar 130.000 dólares, durante la campaña electoral de 2016,  a una prostituta para que guardara silencio, procurando camuflar el pago. Y es violento en tanto en cuanto intentó interferir en el resultado electoral de las presidenciales de 2020, que perdió frente a Joe Biden, al promover y apoyar el asalto violento y el caos desencadenado en el Capitolio para retrasar la certificación de aquellas eleccio0nes, y también por intentar anular su derrota electoral en el estado de Georgia ese mismo año.

Por ninguno de esos y otros delitos el ínclito presidente de los EE UU pisará la cárcel ni pagará multa, pero quedará señalado como el primer delincuente convicto que se sienta en el Despacho Oval de la Casa Blanca, desde donde dirigirá los destinos de su país e influirá en los del mundo entero durante los próximos cuatro años. Con todo, no son sus antecedentes penales lo más peligroso del mandatario estadounidense, sino sus intenciones políticas, de las que su pasado es señal de lo que nos aguarda.

Y es que Trump, de 78 años de edad, accede por segunda vez a la presidencia de EE UU con afán vengativo y dispuesto completar el programa radical que no pudo cumplir en su anterior mandato. Y lo hace desde la tranquilidad que disfruta por su inmunidad ante las causas judiciales que pendían sobre su cabeza y por el apoyo social y político que respalda su ideología populista de ultraderecha. Y que cuenta, por si fuera poco, con la bendición de la oligarquía tecnológica de los ultrarricos ultraliberales.

Es decir, Trump viene con más fuerza y más posibilidades que nunca para polarizar aun más su país y acabar de desestabilizar las relaciones y el orden internacional, en función de un proteccionismo comercial, los intereses nacionalistas de su política hostil a la globalización y las ambiciones empresariales de sus socios ultraliberales. Todo ello convenientemente elaborado con un relato antisistema, bulos y conspiraciones a mogollón y las siempre eficaces raciones de racismo y xenofobia. Una narrativa mediática con la que ofrecer hechos alternativos que sustituyan a la realidad para así controlar la interpretación de las políticas gubernamentales. Vamos, lo que ya hizo en su anterior etapa en la Casa Blanca, pero ahora con el añadido imperialista de anexionarse Groenlandia (tanto si se avienen a venderla como si no), incorporar Canadá como un estado más de EE UU y recuperar el control del Canal de Panamá, todo ello mediante presiones comerciales o el uso de la fuerza, si fuera preciso. Lo dicho: viene envalentonado.

No es difícil adivinar el comportamiento de Trump como presidente putero e irascible de la primera potencia mundial con solo recordar su anterior ejecutoria desde el 1600 de la avenida Pennsylvania de Washington. Sus impulsos son igualmente irascibles e inmorales. Porque lo primero que hizo la vez anterior fue desmantelar el programa de sanidad pública conocido como Obamacare (que no pudo derogar, pero sí erosionar). También mandó construir de manera inmediata un muro físico de 3.000 kilómetros, paralelo a la frontera con México, que impidiera la inmigración irregular procedente de su vecino del sur. Y ordenó suspender la acogida de refugiados de Siria, Irak, Irán, Libia, Yemen, Sudán y Somalia, en lo que se llamó la “prohibición musulmana”, con el fin de proteger al país del terrorismo extranjero. Además, firmó sendas órdenes ejecutivas para revisar las regulaciones medioambientales restrictivas que afectaban a varios proyectos de oleoductos. Y todo esto en sus primeros diez días de gobierno. Es así de impulsivo, como buen iluminado que se cree providencial.

Tan iluminado que no dudó en despreciar a la Unión Europea, donde se teme su nueva presidencia; descalificar a la OTAN y amenazar con salirse del tratado; no respetar a la ONU, a la que considera un “club de gente que se reúne para pasárselo bien”; abandonar la UNESCO; dar portazo al Consejo de Derechos Humanos de la ONU (UNHRC); dejar de contribuir con fondos a la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA); cuestionar a la OMS por supuesta “mala gestión” de la pandemia del SAR-Cov-2;  abandonar el Acuerdo del Clima de París para no comprometerse con las reducciones de emisiones contaminantes; desvincularse del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), etc.

Si añadimos a lo anterior sus preferencias por los líderes de fuerte personalidad pero poco recomendables, como el dictador norcoreano Kim Jong-un, el presidente ruso Vladimir Putin, el genocida israelí Benjamín Netanyahu; sus simpatías por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y sus amigos Jair Bolsonaro, Georgia Meloni, Javier Milei, Viktor Orbán, Nigel Farage, Éric Zemmour, Tom Van Grieken, Mateusz Morawiecki y Santiago Abascal, rancios representantes del populismo de ultraderecha que recorre el mundo e invitados ilustres a la ceremonia de toma de posesión, poco queda por decir de lo que nos espera en el nuevo mandato de Donald Trump, salvo que Dios nos coja confesados.

Nos aguarda un mundo menos seguro, en el que no se respete el Derecho Internacional, rija una economía de aranceles a la importación, el proteccionismo más aislacionista, la desregulación que favorece al poderoso, la injusticia social y racial, la amenaza en vez de la diplomacia y el desprecio a los Derechos Humanos en nombre de la seguridad..

Que un putero y violento, además de narcisista y embustero, magnate de los negocios que se jacta “saber más” que todos esos políticos “perdedores” que no tienen “ni idea”, siente sus posaderas en la Casa Blanca no augura nada bueno a nadie, excepto a la corte de multimillonarios de las `big tech´ que lo acompaña, adula y financia, y al que su trayectoria retrata con más fidelidad que cualquier biografía y dibuja el negro panorama al que nos enfrentamos desde hoy. ¡Ojalá me equivoque!

martes, 12 de diciembre de 2023

¿Quién era Kissinger?

Hace poco, supimos la noticia del fallecimiento, en Kent (Connecticut, EE.UU) de Henry Kissinger. El hecho no apareció en los medios porque el finado tuviera una edad a la que la muerte pareciera haberle concedido varias prórrogas. Sino por quien había sido. Henry Kissinger fue un todopoderoso Secretario de Estado durante las presidencias de Richard Nixon y Gerard Ford que, en la última mitad del siglo pasado, influyó y orientó la política internacional de los Estados Unidos de América (EE UU). Era la época en que EE UU estaba detrás del golpe de Estado de Chile y arrasaba con napalm Vietnam y Camboya. También, fueron los años en que Washington hacía la vista gorda cuando Pakistán masacraba Bangladesh, matando más de 300.000 personas y empujando a 10 millones de perseguidos hacia el exilio en la India de Indira Ghandi. O apoyaba la asonada del General Suharto en Indonesia, quien permaneció en el poder hasta 1998. Se podría decir, en fin, que Kissinger era el representante y teórico de la época del imperialismo cañonero que defendía la hegemonía global de los Estados Unidos de América.

Fue un personaje en verdad belicoso y ambicioso, dotado de una inteligencia privilegiada para el maquiavelismo y los tejemanejes políticos, a los que se entregaba sin reservas morales, éticas o legales. Un auténtico Rasputín de la Casa Blanca, experto en estrategia de Guerra Fría y Realpolitik e inventor de la diplomacia itinerante, lo que lo llevaría a estar presente en todos los conflictos y salsas políticas que se cocieron en aquellos años.

Acumularía tanto poder que llegó a ser la primera persona de la historia de EE. UU. en abarcar de forma simultánea los cargos de Asesor de Seguridad Nacional (1969/1975) y Secretario de Estado –ministro de Exterior- (1973/1977) de Nixon y Ford. Sin embargo, su ambición tenía un tope insuperable: como no era norteamericano nativo, no pudo aspirar a la presidencia del país, algo vetado a las personas no nacidas en EE.UU.

Heinz Alfred Kissinger era un inmigrante alemán de origen judío que huyó de su país con su familia para escapar de la persecución nazi. Natural de Fuerth (Alemania, 1923), en 1938 recaló en EE.UU, con tan sólo 15 años de edad, donde cambió su nombre por Henry. En 1942 obtiene la nacionalidad norteamericana y se integra de lleno en la sociedad yankee, alistándose al Ejército y trabajando en el Cuerpo de Contrainteligencia. Estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard, en la que posteriormente también se dedica a la enseñanza, antes de dar el salto a la política bajo el paraguas del Partido Republicano. Obsesionado siempre con la política geoestratégica nacional, no dejó de trabajar como consultor de seguridad para diversas agencias gubernamentales, entre 1965 y 1968, durante las presidencias de Eisenhower, Kennedy y Johnson, hasta que finalmente Richard Nixon lo nombra, en 1969, Asesor de Seguridad Nacional y Secretario de Estado, en 1973.

Kissinger, por tanto, fue no sólo testigo, sino muñidor de buena parte de las políticas, con conflictos, fracasos y aciertos, de lo llegaría a denominarse el siglo estadounidense, aquel orden internacional posterior a 1945 en el que EE.UU. imponía su control y dominio cual gendarme mundial. Entre los logros más aplaudidos de Kissinger, que cambiaron las relaciones internacionales, figura la apertura a la China comunista y el reconocimiento diplomático del régimen de Mao Zedong, propiciando, así, la primera visita de un presidente norteamericano a China, que protagonizó Nixon en 1972. También se consideran un acierto sus políticas de distensión con la Unión Soviética y su reconocimiento como interlocutora de la hegemonía mundial (Conferencia de Helsinki, 1975). Además, como tercer logro, no puede obviarse su implicación en la búsqueda de la paz entre Israel y sus vecinos árabes, mediando para poner fin a la Guerra de Yom Kippur (1973). Son hechos que, vistos desde la actualidad, ofrecen un balance agridulce debido a la persistencia del conflicto Palestino-Israelí, la actitud agresiva de Rusia hacia Occidente y el enfrentamiento estratégico de China por disputar la hegemonía estadounidense. Fueron éxitos diplomáticos más bien temporales.

Y lo que es más grave de su legado, porque fue algo más controvertido que, a la postre, significó una derrota humillante de EE.UU,, fue su participación en los Acuerdos de París, junto a su homólogo Lê Dúc Tho, para poner fin a la guerra de Vietnam. Paradójicamente, gracias a esta labor recibieron ambos interlocutores el premio Nobel de la Paz, en 1973. El vietnamita tuvo la honradez de rechazar un galardón que premiaba unas negociaciones manchadas de sangre, acordes con la predisposición de Kissinger a valerse de la guerra como medio para alcanzar la paz, soslayando, cuando fuera preciso, el respeto a los derechos humanos y exhibiendo su simpatía por regímenes represivos y dictadores.

De hecho, la acción internacional de EE.UU., siguiendo los dictados y consejos de Kissinger, prosiguió con el apoyo a grupos nacionalistas violentos, en su pulso de poder con la Unión Soviética, como la Unita en Angola, los Contra en Nicaragua y toda clase de dictadores de África y Oriente Medio, según conveniencia de los intereses geoestratégicos de EE.UU., su país de adopción.      

Toda estas iniciativas y actuaciones de Kissinger, quien calificaba el Poder como “el gran afrodisíaco”, fueron materia para un libro de Christopher Hitchens, “El juicio de Henry Kissinger” (2001), en el que lo acusa de cometer, supuestamente, numerosos crímenes de guerra, por los cuales jamás se vio obligado a sentarse en el banquillo ni le provocaron remordimiento alguno.

Por el contrario, lo encumbraron a lo más alto del prestigio político y de la fama. Sus libros son todavía de obligada lectura entre los académicos de relaciones internacionales y los aspirantes al pragmatismo cínico en política, donde dio sobradas muestras de que, por lo general, la teoría y las buenas intenciones no siempre concuerdan con el ejercicio del poder.

Así era el Secretario de Estado más emblemático de EE.UU. que falleció el pasado mes de noviembre a los cien años de edad. Una edad que no le impidió realizar una última visita no oficial a China, protagonizando un encuentro con el presidente Xi Jinping de fuerte connotación simbólica, cincuenta años después de aquella con la que inauguró las relaciones entre EE. UU. y la China de Mao Zedong,  Y es que, dicen los que le conocieron, Kissinger conservaba aun, a esa edad provecta, la lucidez mental y la memoria, con la que repasaba su influyente y paradigmática trayectoria, sin que la conciencia le perturbase el ánimo. Todo un personaje.

jueves, 21 de enero de 2021

¡Estás despedido, Trump!

Joe Biden acaba de ocupar la Casa Blanca, aplicándole a Donald Trump la misma receta que el empresario, cuando actuaba como presentador del reality show “The Apprentice”, le gustaba dispensar a los perdedores de su concurso: “¡Estás despedido!”. Trump ha sido humillado donde más le duele, en su amor propio, su vanidad y su soberbia. Él, que se consideraba un triunfador nato en todo lo que se dedicara y que despreciaba a los perdedores, ha perdido la presidencia de EE UU, su más preciado trofeo, de la mano de un representante casi senil de lo que pretendía combatir con populismo y mentiras: el establishment político de Washington.

Y se ha largado sin despedirse de su sucesor, con el rabo y el orgullo entre las piernas, pero rebosante de rabia y rencor, amenazando con volver y tomarse la venganza. Toda una exhibición de la catadura moral de un ególatra patológico sin capacidad para respetar a nada ni nadie que no sea él mismo. La aventura política del tramposo magnate sin escrúpulos ha acabado como cabía esperar: sin que aceptara su derrota y provocando casi una guerra civil que sólo la solidez de la democracia norteamericana ha podido evitar.

La tarea que deja el paso de Trump es prácticamente inasumible: unificar al país, reconciliar a una sociedad dividida por los dislates de un mandatario sectario que no dudó en agitar las aguas del racismo y la violencia si le convenía, y reconciliar a los ciudadanos con la democracia y las instituciones de una nación que lidera el progreso y el mundo libre del planeta. Una tarea ingente si se le añade, además, la lucha contra la pandemia, la vuelta a los consensos y el multilateralismo político y comercial, la protección medioambiental, la igualdad social y el crecimiento económico, sin olvidar los problemas geopolíticos y de Defensa.

No serán pocos ni fáciles, pues, los retos que deberá afrontar el presidente Biden, sobre todo el de restañar las heridas causadas por el calamitoso Donald Trump. Ojalá su temple, su experiencia, su moderación y un equipo seleccionado por su competencia y valía, no por la endogamia familiar e ideológica, le permitan culminar con éxito un mandato que no ha podido comenzar con mejor pie: “Trump, you´re fired!”.

jueves, 5 de noviembre de 2020

El mal perder de un trapalero


Pendiente aun del recuento de los votos por correo en algunos estados clave para decantar la victoria, todo indica que el ganador de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de América (EE UU) será el candidato demócrata Joe Biden, la persona de más edad (78 años) que ha competido por el cargo y el que mayor número de votos ha cosechado nunca en la historia de aquel país. Y el que, sin el carisma de Barack Obama ni la agilidad dialéctica de otros contrincantes, expulsará del Despacho Oval de la Casa Blanca al imprevisible, sectario y manipulador Donald Trump, quien, como buen trapalero, busca todos los subterfugios legales o alegales para mantenerse en el cargo, insinuando incluso la probabilidad de un fraude que le arrebataría el triunfo. Es el mal perder de un trapalero, acostumbrado a mentir y hacer trampas durante toda su vida. Cree que todos hacen lo que él haría.

Lo grave de su actitud, poco respetuosa con las instituciones y los procedimientos democráticos que él está obligado salvaguardar, es la desconfianza y el deterioro que ocasiona en ellos, provocando una profunda división en el país que podría acarrear violentas consecuencias. Los infundios que propala y las simpatías que exhibe sin recato hacia los sectores “militarizados” de la extrema derecha, dispuestos “defender” con las armas a quien se presenta, cuando no convence ni gana, como víctima de los ardides de un adversario político, son sumamente peligrosos para la convivencia y la paz del país, hasta el extremo de que una guerra civil sea una opción no descartable. Esa actitud denota, además, las inclinaciones de una persona autoritaria, soberbia, nada respetuosa con la democracia, racista y sumamente impetuosa. De hecho, si se confirman los resultados electorales, Trump está a punto de ser considerado el peor presidente de EE UU, cuyo estrambótico mandato sólo pudo ser soportado durante una única legislatura. El mundo entero respirará aliviado con su marcha, salvo por los adláteres populistas que le imitan con igual desfachatez en otras naciones del planeta.

Si no fuera por tales consecuencias y lo que está en juego, resultaría hilarante la conducta de mal perder de un personaje tan trapalero, que utiliza el alto cargo que ocupa para esparcir maledicencias sobre su país y las demás naciones del mundo, con el sólo objeto de conservar el cargo y alimentar su engreimiento. Sin él, América volverá a ser el país de las oportunidades para cualquier ciudadano y el faro de la democracia y los derechos humanos para el resto del mundo. ¡Ojalá se confirmen los resultados que pronostican su fracaso!