Mostrando entradas con la etiqueta Extrema derecha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Extrema derecha. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de junio de 2026

La prioridad del primate

La última parida de la extrema derecha es priorizar los recursos (sanidad, educación, prestaciones, etc.) a nuestros compatriotas, a los que forman parte de nuestra “tribu”, los nativos nacionales que pertenecen a nuestro grupo social. Se creen estos ultras que han descubierto el más moderno invento de convivencia en sociedad, segregando por origen a la hora de repartir los frutos obtenidos entre todos en el territorio que habitamos. Y no saben que lo que hacen es dejarse llevar por el instinto que hemos heredado de nuestros “parientes” animales que nos son más cercanos, los primates. Es decir, se dejan llevar, como los monos, por impulsos primitivos antes que por decisiones racionales. Se comportan como animales más que como seres humanos.

Y la verdad es que no es algo extraño en el comportamiento del humano, en el que se mezclan instintos innatos con respuestas elaboradas desde el análisis racional y la previsión de consecuencias. Es algo que no podemos evitar, entre otras cosas, porque, como demostró Darwin, no es que vengamos del mono, sino que somos monos, mal que nos pese. Y la actitud de la extrema derecha viene a confirmarlo, por si los terraplanistas, creacionistas y demás “ultristas” tenían dudas.

Tanto es así que hasta la especie más pacífica de homínido solo se muestra cooperativa dentro del grupo, pero intolerante y hasta agresiva frente a otros grupos. Lo que parece, a nuestros ojos, un comportamiento generoso de fraternidad tribal, como es compartir las piezas cazadas y ayudar a otras madres con sus crías, no es más que una apuesta fruto de la evolución para con el grupo, dentro del cual es posible la existencia del individuo. No se trata, pues, de solidaridad o justicia distributiva, sino simplemente de un instinto de preservación de la especie, por encima de la del individuo, para garantizar la perpetuación o continuidad de los genes. Un instinto que induce a estos animales “pacíficos” a “priorizar” sus recursos: a los nuestros de todo, para los otros, nada de nada.

Y tal comportamiento es el que anima a los impulsores de la iniciativa de la prioridad nacional: primero los nuestros a la hora de recibir ayudas, prestaciones y derechos; los demás, que allá se las compongan. Como conducta animal, no está mal y en ciertas especies está justificado como estrategia de conservación y garantía de perpetuación y continuidad. Pero como decisión política del homo sapìens, la del vertebrado, mamífero, placentario, primate, simio y humano más inteligente del planeta -como diría juan Luis Arsuaga-, es una boutade racista, una auténtica burrada irracional, se mire como se mire, incluido desde el punto de vista económico.  

Porque, aunque en la naturaleza no existe la maldad ni la bondad, ni ninguna intencionalidad moral, los seres humanos, en cambio, nos relacionamos desde premisas éticas racionales y de justicia. Regulamos nuestros instintos primarios más primitivos mediante convenciones morales, normas de urbanidad y leyes de variado ámbito que procuran que la convivencia entre humanos sea pacífica, tolerante, equitativa y justa: lo más alejada posible de los irracionales instintos animales que aun condicionan nuestra conducta. Procuramos controlar esos instintos mediante la coacción educativa y cultural que vamos asimilando desde niños y la coacción de la fuerza que impone el marco legal en el que actuamos. En vez de instintos, elaboramos leyes y normas que eviten las discriminaciones y privilegios entre los individuos que conforman nuestra sociedad, el colectivo de lo que llamamos españoles. Y, de hecho, así queda expresamente recogido en la Constitución, al declarar el marco legal que nos ampara como un Estado social y democrático de derecho. Una ley de leyes que protege al individuo de cualquier discriminación por razón de raza, sexo, creencia, color de piel o lengua. Y que considera a toda persona, independientemente de su condición y del lugar de nacimiento, poseedora del valor intrínseco e inalienable de la dignidad, que distingue a cada ser humano por el simple hecho de existir.

Diferenciar a los habitantes de España, a la hora de merecer derechos, prestaciones y ayudas, por su origen o por un “arraigo” que no se exige a los nacidos aquí, es lo más semejante a la actitud hostil y violenta de los monos con sus parientes de otros grupos. Es un reflejo de nuestra procedencia simiesca (cuyo origen es, para colmo, africana) que reproduce la prioridad del primate. Una actitud que demuestra cuán lejos están algunos de comportarse como auténticos homo sapiens.

sábado, 25 de abril de 2026

¿Qué España prefieres?

Conseguimos salir de una dictadura y transitar hacia una democracia de manera más o menos pacífica y consensuada, aunque es verdad que tuvimos que esperar a la muerte en su cama del dictador. Tal vez por reacción a cuarenta años de represión y censura, disfrutamos de la democracia con una tolerancia y unas ganas de libertad que hicieron de nuestro país un ejemplo de transición ordenada y eficaz; eso sí, con excesiva tendencia al olvido.

En pocos años, pasamos de no poder ver desnudos en el cine a poder casarnos con personas del mismo sexo, si ese era nuestro deseo, y sin obligación de que el matrimonio tuviera que ser administrado, para ser legal, por la iglesia católica. Un sarampión de libertad que, afectando a las costumbres, la cultura, el ocio y la vida misma, caracterizó aquellos lustros de recién estrenada democracia, en la que hasta un alcalde se atrevía a dar la bienvenida a la movida de su ciudad, junto a una actriz con una teta al aire, con una frase que hoy sería rápidamente descalificada: “¡Rockeros, el que no esté colocao que se coloque… y al loro!”.

Más allá de la anécdota, fueron años fecundos en avances libertarios en los que se buscaba la igualdad, la justicia, la tolerancia y la diversidad. Y la reconquista de derechos. Los trabajadores empezaron a ver reconocidos derechos que les habían sido negados, como el de negociación colectiva de convenios y el reproche penal del despido arbitrario o improcedente con la restitución al puesto de trabajo o la indemnización consecuente.

La mujer alcanzaba cotas de igualdad respecto al hombre jamás soñadas y su lucha feminista conquistaba hitos impensables, como decidir sin tutelas sobre su propio cuerpo o su presencia en ámbitos y estratos laborales y sociales que les estaban vetados, además de la legalización del aborto, el divorcio y hasta castigar como delitos los abusos y agresiones sexuales. Por su parte, la educación y la atención sanitaria se extendieron a toda la población, logrando aumentar la formación y la salud de las generaciones posteriores.

Los terratenientes y latifundistas fueron perdiendo el feudalismo señoritil con derecho a pernada que gozaban con la dictadura, cuando eran amos supremos de tierras y vidas, mientras los campesinos dejaron de limosnear trabajo en la plaza del pueblo para disfrutar del derecho al paro agrícola. Casas de cultura, hogares del pensionista, centros de salud, colegios e institutos permitieron a nuestros pueblos no depender de las grandes ciudades para abrazar la modernidad y acceder a recursos y prestaciones socioculturales que no estaban a su alcance.

De considerar las vacaciones un lujo de privilegiados a los viajes del Imserso para los mayores, de no salir del terruño ni en verano a recorrer Europa sin necesidad de pasaporte ni cambio de moneda, de la bicicleta y el tren renqueante al coche con GPS incorporado y el AVE que acorta distancias y tiempo, los avances económicos y sociales se sucedieron con denuedo ilusionante.

Es verdad que se tuvo que entrar en la OTAN para integrarnos en una Comunidad Europea que, gracias a los fondos de cohesión, impulsó y contribuyó a la transformación del país, equiparándonos en infraestructuras y servicios a las modernas naciones de nuestro entorno, hasta el extremo de que ya no miramos con envidia lo extranjero, sino que nos hemos convertido en referente envidiable. Ello posibilitó que nuestros Ejércitos compartieran misiones y maniobras militares con la Organización del Tratado atlantista en su conjunto y que nuestros chuscos generales franquistas, proclives al golpismo, tuvieran que aprender idiomas, participar y colaborar en ejercicios supranacionales con mando foráneo y aceptar la supeditación de las Fuerzas Armadas al poder civil que emana de la soberanía nacional.

De esta forma, y gracias a todos esos avances que acompañaron a la evolución social, dejamos de emigrar a Francia o Alemania, principalmente, y empezamos a recibir inmigrantes de otras latitudes que nos ven como nosotros veíamos aquellos países: una posibilidad de mejora para un futuro digno. España dejó de ser un país de emigrantes (con millones de salidas hasta finales de la década de los 70 del siglo pasado) a convertirse en un receptor de inmigrantes, experimentando una notable transformación demográfica, con más de 10 millones de personas nacidas en el extranjero, un 19 % de la población, según el último censo. Datos que la sitúan por detrás de Alemania y similar a la de Países Bajos o Suecia.

Y emigrábamos por idénticos motivos que impulsan a los inmigrantes que recibimos: guerras, violencia, miseria y falta de trabajo. Ahora, marroquíes, subsaharianos y sudamericanos copan trabajos que por sus condiciones y remuneraciones nosotros esquivamos, pero que agradecimos cuando tuvimos que emigrar, posibilitando la viabilidad de sectores como la agricultura, hostelería, construcción y cuidados de mayores, además de ayudar a mitigar el envejecimiento poblacional. Según estudios, la inmigración realiza una aportación neta positiva al Estado, con una contribución económica mayor que las ayudas que perciben.

Es decir, mientras adquiríamos nuevos derechos y disfrutábamos de crecientes libertades, no nos importó el color de piel ni las creencias y costumbres de quienes hicieron de nuestro país una tabla salvadora para huir del infierno de sus países de origen. De hecho, la diversidad y la pluralidad de nuestra sociedad se vio enriquecida cultural y económicamente con la inmigración, cuyos flujos han permitido, además, el crecimiento de la población española de las últimas décadas.

Pero, al parecer, aquella ilusión democrática con la que enterramos la dictadura y la presencia en las calles de ciudadanos extranjeros que comparten con nosotros las vicisitudes del presente nos ha vuelto desmemoriados, intransigentes y racistas.

Ahora nos aburre votar cada cuatro años, pensamos que todos los partidos son corruptos, que el sistema (político) está agotado, que los derechos y libertades están asegurados para siempre y que los inmigrantes nos quitan el trabajo y acaparan las ayudas que debieran estar destinadas solo a los “nuestros”, a los nacidos aquí. Creemos que la democracia ya no es útil para gobernarnos con la autoridad y determinación que son necesarios y que la diversidad racial y cultural desnaturaliza nuestra identidad como españolitos de recia estirpe. Y ello a pesar de que los servicios y prestaciones de un Estado constitucionalmente Social, que reconoce nuevos derechos y amplía o aumenta protecciones (Estado del bienestar), no deja de crecer cada año, y que la inmigración resuelve dificultades laborales y demográficas de nuestro país.

Peor aún, en la actualidad percibimos la inmigración con prejuicios discriminatorios y actitudes xenófobas que son alimentados por formaciones políticas de índole populista, ultranacionalista o reaccionaria. Una visión sesgada por cuestiones espurias e intereses partidistas que hace hincapié, con mensajes alarmistas, en la llegada y reparto de los inmigrantes que arriban a nuestras costas en pateras (los más pobres y vulnerables de los inmigrantes) y, específicamente, en los Menores No Acompañados (MENA), consiguiendo que relacionemos peligrosamente inmigración con delincuencia, cuando tal relación no se sostiene en datos fehacientes y cuando la inmigración que llega con visado, o sin necesidad de él por acuerdo entre países, es más relevante en términos de volumen e impacto a largo plazo sobre la sociedad y la economía española.

Hemos llegado a tal punto de ceguera y sectarismo que asumimos como sensato y conveniente el término de “prioridad nacional”, en lugar del principio de igualdad, a la hora de entender los derechos y la convivencia en una sociedad democrática. Ahora pretendemos que determinados derechos y la igualdad dependan de la nacionalidad, una discriminación por origen para definir quién merece ayuda, servicios o prestaciones y a quién se los negamos y dejamos en la cuneta. Parece no importarnos que se fomente así una sociedad de ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, un modelo de ciudadanía excluyente, como forma de convivencia, sin que se nos encienda una luz de alarma en el cerebro. Sin pensar que, de ahí a un Trump español que persiga inmigrantes con una desalmada policía de fronteras, va un paso. Y estamos dispuesto a darlo, por lo que parece y se acuerda en cuanto gobierna la extrema derecha.

Entre la España que fuimos y a la que estamos yendo, yo prefiero la primera. Porque, de seguir este rumbo, acabaremos en esa jaula de oro, pero jaula al fin y al cabo, a la que alude un colega columnista. Y para jaulas, ya tengo bastante en las que nos aprisionan los plutócratas y “tecnobros”, sin que nos demos cuentan, esos carceleros autoritarios semifascistas y sus compinches capitalistas que hoy dirigen el mundo a su antojo.

Me niego a levantar nuevas jaulas entre nosotros, ni para los propios (naturales) ni para los extraños (extranjeros) que creen que España es un paraíso de oportunidades, cuando todos estamos luchando por un futuro mejor, digno de personas. Yo sé qué España prefiero y deseo para mis hijos porque somos nosotros los que asumimos y decidimos nuestro futuro.

miércoles, 10 de julio de 2024

Los espejos exteriores

Si miramos, como país, lo que sucede en el exterior, los espejos sociopolíticos que nos ayudan a  orientar el rumbo nos muestran una imagen que creíamos barrida por el vendaval populista de derechas que azota Europa: el triunfo de las fuerzas del progreso en el Reino Unido y Francia, dos territorios que lindan con nuestro recorrido histórico. Es una señal inequívoca de que, cuando las pintan calvas y la hartura ciudadana no acepta más mentiras y engaños, se puede corregir el destino al que nos quieren conducir los amigos del fascismo y la intolerancia. Esos que siempre andan defendiéndonos, sin que se lo hayamos pedido, para salvarnos de los problemas de la inmigración (¿qué problema?). del campo (¿Europa no les resulta rentable?), de las autonomías (¿el centralismo era más cercano y eficaz?), del trabajo (¿más neoliberalismo favorecería al trabajador?), del feminismo (¿reconocer la igualdad de la mujer nos hace menos hombres?) o de seguridad (¿de verdad necesitamos más soldados y policías?). La imagen que nos muestran los retrovisores es otra. Nos muestran otro rumbo.

Por un lado vemos que el Reino Unido ha dado un volantazo a la izquierda. Un cambio de sentido categórico, radical. Hartos ya de mentiras y caminos falsos que supuestamente los llevarían, por el atajo del Brexit, directamente al paraíso, los británicos han optado por lo seguro y conocido. Giraron hacia una izquierda que promete atender a los más desfavorecidos y no dejar a nadie abandonado en la cuneta, pues todos pueden compartir el vehículo del país, aunque unos viajen en primera y otros en segunda.

Después de las falacias conservadoras que acarrearon, mientras detentaron el poder, el estancamiento de los sueldos, la falta de inversión en infraestructuras básicas y el deterioro insoportable de la sanidad y la educación públicas, el Partido Laborista ha ganado las elecciones generales del pasado 4 de julio, pasando de los 202 escaños que había conseguido en la Cámara de los Comunes en 2019 a los 412 logrados ahora. Se trata de la victoria laborista más amplia desde Tony Blair en 1997.

En contrapartida, el Partido Conservador ha obtenido el peor resultado de su historia, reteniendo sólo 121 escaños de los 365 que tenía. Y es que tras las mentiras ultranacionalistas del Brexit, que provocaron el caos y el empobrecimiento en el país, los ciudadanos dijeron ¡basta!. Esta no es la ruta. Lo curioso de este resultado es que los votantes, con su monumental enfado, han castigado al Partido Conservador, la derecha moderada que hizo suyas e implementó las ideas de la extrema derecha euroescéptica británica, mientras que el líder de ésta, la que propuso el Brexit, el radical Nigel Farage, consigue representación en la Cámara con cinco escaños, tras siete intentos fallidos. Y es que no todo iban a ser rectas diáfanas en el nuevo camino emprendido.  

La tarea que debe  afrontar el nuevo Gobierno es ingente si pretende enderezar el rumbo. En primer lugar, ha de reflotar una economía que dé confianza a los mercados. Y, al parecer, es voluntad de Keir Starmer, el flamante Primer Ministro laborista, de conseguirlo, pues ha nombrado como canciller de Hacienda a Rachel Reves, una prestigiosa economista del Banco de Inglaterra.

Y en segundo lugar, deberá arreglar el estropicio del Brexit. En este sentido, Starmer promete revisar el Acuerdo de Comercio y Cooperación con la Unión Europea (UE) para mejorar sus condiciones, aunque sin precisar si intentará formar parte, otra vez, del mercado único y, más tarde, tal vez  a largo plazo, volver a ingresar en la UE como país miembro.

Pero por lo pronto, y en tercer lugar, ha cancelado el programa de deportaciones a Ruanda de los inmigrantes que arriben ilegalmente en el Reino Unido. Todo un síntoma del nuevo camino emprendido.

Por el otro lado, vemos que en Francia se ha conseguido el hito impensable de parar lo que todos los sondeos pronosticaban como inevitable: la victoria de la extrema derecha, ya prácticamente asegurada tras sus éxitos en los comicios europeos y en la primera vuelta de las elecciones legislativas anticipadas por el presidente Emmanuel Macron.  Un hito colosal logrado gracias al cordón sanitario de la izquierda y el centro-derecha moderado, que unieron sus fuerzas en el Nuevo Frente Popular, para cerrar el paso al partido de extrema derecha Reagrupamento Nacional de Marine Le Pen.  

Parecía que el rumbo que anunciaban las encuestas no se podría esquivar, pero los franceses pusieron su empeño en corregirlo. Y demostraron que, unidos y con las ideas claras, podían evitar que los partidarios de las políticas anti-inmigración, xenófobas y euroescépticas no dirigieran sus destinos. Separaron del volante a una extrema derecha que ya prácticamente lo asía con sus sectarias e intolerantes manos y la empujaron al tercer puesto del Parlamento, justamente cuando ya saboreaba su triunfo.

No se debe omitir que, para que el cordón sanitario funcionase, la dirigencia política también contribuyó a cortar por lo sano cualquier intento de pactar con los ultras, como demostraron los republicanos galos al expulsar fulminantemente a su líder por querer llegar a acuerdos antes de las elecciones con el partido de Le Pen, convencidos de que cualquier alianza con la extrema derecha acaba obligando a asumir su ideario retrógrado y excluyente.

Justo lo contrario de lo hecho aquí, donde la derecha supuestamente moderada no hace ascos a coaligarse con Vox, el partido patrio de extrema derecha, si la suma entre ambos le permite gobernar. De hecho, gobierna con los ultras en seis comunidades autónomas y más de un centenar de ayuntamientos, aceptando e implementando sus ideas sobre inmigración, violencia machista, medio ambiente, derechos del colectivo LGTBI, el feminismo, el aborto, la memoria democrática y hasta su sectaria concepción de la cultura, sin contar con la eliminación de ayudas a sindicatos,  a oenegés y a la cooperación.  Es más, incluso se presta de buena gana a conceder medallas a estrafalarios ultras extranjeros por no se sabe qué méritos y apoyar oscuras maniobras judiciales o propagandiísticas de organizaciones ultraderechistas tan ejemplares como Manos Limpias y HazteOir. 

Así pues, los espejos exteriores nos ayudan a enfilar el carril que deberíamos recorrer, para no perder el rumbo que beneficia a la mayoría, evitando que nos desviemos por engañosas indicaciones que solo conducen a destinos de extrema derecha, a esos inexistentes paraísos en los que prometen resolver los graves y complejos problemas que nos agobian con soluciones simples y drásticas. Paraísos en los que vive una sociedad uniformada de pensamiento único, aislada de su entorno, unívocamente tradicional y católica. Y en la que no se tolera la diversidad de la gente ni  la pluralidad cultural, de creencias  y de costumbres, ni por supuesto la libertad y la tolerancia. Tal es el negro horizonte que han vislumbrado y evitado en el Reino Unido y en Francia. Y el que aparece por los retrovisores de nuestro país, ese horizonte hacia el que nos pretenden guiar quienes piensan que España será pronto sometida  por aquellos que creen que el poder les pertenece por derecho propio, sea divino o de cuna, al margen del resultado de las urnas y la voluntad soberana de los españoles.

Y es que no nos creen capaces de que también nosotros podamos corregir el rumbo, confiando en lo que nos muestran los espejos retrovisores y nuestra capacidad crítica. ¡Andan listos si nos consideran inútiles para conducir!.