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domingo, 11 de enero de 2026

Los Bécquer, una familia de artistas

Todo el mundo conoce a Gustavo Adolfo Bécquer, poeta romántico que hizo suspirar a cuantos han leído sus rimas en cualquier momento de sus vidas. Son bastante menos lo que saben quién era Valeriano Bécquer, hermano pintor del poeta y autor del famoso retrato de Gustavo Adolfo que ha servido para ilustrar todos los poemarios que se han editado de su obra.

Sin embargo, ellos no son los únicos con el apellido Bécquer de una saga familiar en la que la inspiración artística animaba a casi todos sus componentes. El padre y un tío también contribuyeron a forjar el legado de una dinastía de artistas pictóricos que retrataron la España del Siglo XIX y que culminó con la poderosa figura del poeta.

Una familia de ascendencia noble y abundante fortuna, oriunda de Flandes, que se estableció en Sevilla a finales del Siglo XVI, alcanzando una sólida notoriedad en la ciudad. A mediados del XVIII, los descendientes luchaban por conservar su pasada posición, motivo por el que mantuvieron el apellido Bécquer. Uno de ellos perteneció a la Real Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla y a la Real Academia de San Fernando de Madrid, sobresaliendo como grabador. Es el probable maestro de José, que contrajo matrimonio con Joaquina Bastida, teniendo ocho hijos, entre ellos Valeriano y Gustado Adolfo Bécquer. Al morir los padres todavía jóvenes, Joaquín, primo de José, se hizo cargo de la formación artística de los hermanos. De ahí surgió esa saga de pintores que dominó el panorama artístico del Siglo XIX de Sevilla. Y cuyo legado puede contemplarse en la muestra que exhibe en el Museo de Bellas Artes de Sevilla sobre Los Bécquer, un linaje de artistas, una exposición que reúne hasta el 15 de marzo más de 150 piezas, entre óleos, dibujos, acuarelas, litografías y libros, de una familia pionera de la pintura costumbrista.

Todos ellos contribuyeron a definir la cultura del romanticismo andaluz y, predominantemente, sevillano. José, Joaquín y Valeriano -padre, tío y hermano- lo hicieron a través de la pintura, mientras Gustavo Adolfo lo materializó mediante la poesía, a pesar de ser también hábil con el dibujo. De hecho, Gustavo Adolfo Bécquer no dejó de dibujar. Dibujaba en hojas sueltas y en cartas, garabateaba cuadernos y álbumes, incluso en sus manuscritos, adornando sus poemas.

Esta dinastía de pintores documentó la España del XIX, pues no se dedicaron, como era costumbre, a la pintura religiosa, que era la más importante y rentable. Y es que, después de la invasión francesa y tras la Desamortización de Mendizábal, los conventos dejaron de encargar lienzos y los pintores quedaron prácticamente sin trabajo.

José Domínguez Bécquer exploró la pintura costumbrista, que era demandada por los viajeros extranjeros por su tipismo y exotismo. Ese gusto por lo español se puso de moda y José Bécquer lo explotó, utilizando una técnica por entonces novedosa, la litografía, lo que le dio mucha fama, pues sus estampas recorrieron Europa.

Joaquín Bécquer acercó el costumbrismo a una pintura más académica. Y Valeriano dotó esa pintura costumbrista de un realismo casi etnográfico. Entre todos sentaron las bases de la reivindicación artística de las formas de expresión populares andaluzas. Conformaron una dinastía pictórica que documentó la España del Siglo XIX, durante el reinado de Isabel II y el establecimiento en Sevilla de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.

Joaquín fue el más longevo y célebre, llegando a ser un pintor importante en su época, en parte, por sus excelentes relaciones tanto con la reina como con los duques de Montpensier. Fue conservador del Alcázar y pintor de cámara del duque.

Gustavo Adolfo se formó como pintor junto a su hermano Valeriano en el taller de su tío Joaquín. Y ambos compartieron viajes, anhelos y penurias, hasta el punto de que el autor de Rimas afirmase: “Él dibujaba mis versos y yo versificaba sus cuadros”.

En otoño de 1870 fallecería en Madrid el joven pintor y tres meses más tarde lo haría, con tan solo 34 años, el poeta. En 1913 los restos de ambos artistas se trasladarían a Sevilla, a la capilla de la universidad, en cuya cripta están enterrados, ahora bajo la iglesia de la Anunciación, donde se encuentra el Panteón de los Sevillanos Ilustres. Se cumplía, así, un secreto becqueriano revelado en la tercera carta de Desde mi celda: “Soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndole al brillante catálogo de sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un término a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis”

Así fue cómo se extinguió uno de los linajes artistas más destacados de la España del Siglo XIX.  

domingo, 19 de octubre de 2025

Panteón de los Sevillanos Ilustres

Si se comparara con la Cripta Imperial de los Habsburgo, bajo la Iglesia de los Capuchinos de Viena, donde descansan eternamente, entre otros, 12 emperadores y 18 emperatrices, el Panteón de los Sevillanos Ilustres, ubicado también en los sótanos de una iglesia, la de la Anunciación de Sevilla, llamaría la atención por lo reducido de su espacio y la sencillez diáfana en su concepción y contenido, sin la suntuosidad barroca del mortuorio vienés. Pero esa modestia no sería demérito para el panteón sevillano, sino muestra de su refinamiento conceptual y ornamental. Porque carece de alardes funerarios que intenten impregnar la muerte de los afanes clasistas de los privilegiados vivos… allí enterrados. No hay carrozas cargadas de símbolos pretenciosos ni calaveras que acompañen al más allá a majestades y aristócratas. En la cripta de la Anunciación solo se hallan lápidas, algún motivo funerario y un par de sarcófagos con réplicas de esculturas yacentes. Y poco más.

Y es que en el Panteón de los Sevillanos Ilustres -una cripta con planta de cruz latina, bóveda de cañón, revertida con granito gris en las paredes y de un salpicado rosa en el suelo, a la que se accede por la facultad de Bellas Artes a través de una portada renacentista de Hernán Ruiz II- no descansan emperadores ni reyes, sino los restos de personas que han sido parte de la historia de la ciudad, tanto del ámbito de la cultura como del arte, lo militar, la política y algún noble. Personajes poderosos no por su riqueza, sino por su sabiduría y los desprendidos propósitos que guiaron sus vidas.

La historia de la propia cripta es curiosa. Tras la expulsión de los jesuitas por Carlos III en 1767, el ilustrado Pablo de Olavide solicita al monarca la concesión de la Casa Profesa de la compañía y el Templo de la Anunciación para crear una nueva universidad. Así, la antigua Casa Profesa se convierte en la sede de la Universidad Literaria, origen de la Universidad Hispalense, y la iglesia de la Anunciación se dedica a la celebración de actos académicos y religiosos.

Cerca de un siglo más tarde, en 1836, un deán de la Catedral propone a la Universidad el rescate de monumentos y motivos funerarios de los templos y conventos saqueados por las tropas francesas, posteriormente desamortizados, que se trasladan al reformado Templo de la Anunciación, junto a otros enterramientos sucedidos con posterioridad. Finalmente, en la década de los setenta del siglo XX, el director general de Bellas Artes del régimen franquista, Florentino Pérez Embid, promueve obras de restauración, limpieza y transformación de la cripta de los jesuitas para convertirla en el actual Panteón de los Sevillanos Ilustres, lugar al que se trasladan los restos y motivos funerarios de la Iglesia de la Anunciación. Desde entonces es un lugar frío, gris y silencioso, prácticamente desconocido para el nativo o visitante de la ciudad, donde se puede rememorar algunas de las páginas de la historia de Sevilla, personificada en los nombres de sus más ilustres representantes.

Así, nada más entrar en el recinto nos topamos con unas lápidas conmemorativas, encabezadas por el escudo heráldico familiar, de Pedro Ponce de León, su esposa y otros miembros de la familia del siglo XVI, cuyos restos proceden del convento de San Agustín, donde había sido enterrado. Era un ricohombre castellano que había prestado apoyo a los Trastámara durante la primera guerra civil castellana, destacando su participación en la conquista del reino nazarí.

En la pared de al lado, se halla adosado al muro un bajorrelieve en bronce de Francisco Duarte de Mendicoa y su esposa Catalina de Alcocer. Duarte de Mendicoa era un militar navarro, fiel al emperador Carlos I de España, que fue destinado a Sevilla como Proveedor General de las Armadas y Ejércitos.

Y entre ambos, sobre el suelo, los sarcófagos de Lorenzo Suárez de Figueroa, maestre de la Orden de Santiago y fundador del convento de Santiago de la Espada, y Benito Arias Montano, humanista extremeño que destacó en filología semítica, griega y latina, además de filosofía, teología, poesía, medicina, matemáticas, biología y física. Fue capellán y consejero del rey Felipe II. En 1584 renunció a todos sus cargos y se retiró en Sevilla, donde fue prior del Templo de Santiago de la Espada, hasta su muerte en 1598.

Más adelante también se encuentran las lápidas de los sepulcros de los marqueses Jerónimo Girón de Moctezuma y Ahumada y Salcedo, de Antonio Desmaisieres Flores Rasoir y Peán, de Manuela Fernández de Santillana y del conde Luis José Sartorius y Tapia.

De grandes dimensiones es el motivo funerario de Federico Sánchez Bedoya, militar y político conservador de la segunda mitad del siglo XIX, y su esposa, Regla Manjón, condesa de Lebrija, interesada en el arte y la arqueología, en cuya casa palacio de la calle Cuna reunió esculturas, ánforas, columnas y mosaicos romanos, además de una amplia biblioteca, una apreciable pinacoteca y valioso mobiliario.

El historiador José Gestoso tiene su espacio en un monumento funerario en el que también hay rectores de la Universidad como Antonio Martín Villa o Mota Salado, y otros historiadores como José Amador de los Ríos, nacido en Baena y discípulo de Alberto Lista, que destacó como poeta, historiador y catedrático de Literatura. También están Jorge Díez, catedrático de Filosofía de apreciada labor docente, Nicolás María Rivero, licenciado en Medicina, diputado, ministro de Gobernación y presidente del Congreso durante el breve reinado de Amadeo de Saboya, y Antonio Lecha-Marzo, pionero en España de la Medicina Legal.

José María Izquierdo, poeta, ensayista, profesor, periodista y activo ateneísta, padre de la Cabalgata de Reyes Magos de la ciudad, está enterrado en el Panteón, al igual que Francisco Mateos Gago, catedrático de Teología de la Universidad de Sevilla y fundador de la Academia Sevilla de Estudios Arqueológicos.  

Pero puede que sea el del poeta Gustavo Adolfo Bécquer el motivo funerario que más atraiga la atención del visitante, cuyos restos se guardan en el Panteón junto a los de su hermano Valeriano, pintor, quien realizo el lienzo con la imagen más popular del poeta. Sobre la lápida que los conmemora, se alza una escultura neogótica de un ángel que porta en su mano izquierda un libro cerrado, en cuyo lomo puede leerse “Rimas” -en alusión a la obra del poeta-, y en la derecha, un escudo, y que apoya los pies sobre un pedestal adornado con volutas vegetales y evocadoras golondrinas. Allí solían dejar los visitantes trocitos de papel con poemas, pensamientos o dedicatorias que ahora se depositan en una urna.

Frente a este monumento se halla la lápida del escritor, sacerdote, matemático, poeta y periodista Alberto Lista y la del también eclesiástico ilustrado Félix Reinoso, animadores de tertulias y miembros con Blanco White y Manuel María Arjona de la Academia Sevilla de las Letras Humanas. Existe también una pequeña placa que conmemora a Rodrigo Caro, insigne utrerano, cuyos restos fueron traídos desde el Convento de San Miguel, un hombre de gran cultura que, a sus cualidades como historiador, biógrafo y anticuario, sumó la de poeta.  

Por último, otro de los moradores más conocidos de la cripta es “Fernán Caballero”, pseudónimo de la novelista Cecilia Bölh de Faber, hija del hispanista y comerciante Juan Nicolás de Faber y de Frasquita Larrea. Nacida en Suiza, educada en Alemania y Cádiz, vivió y murió en Sevilla, “Fernán Caballero” es autora de “La Gaviota”, su obra más conocida, una visión realista de la sociedad española y crítica de los folletines sensacionalistas. Sus restos fueron trasladados al Panteón desde el cementerio de San Fernando de Sevilla en 1999.

Dice la leyenda que empleados de la Facultad de Bellas Artes aseguran haber visto y sentido por las noches la figura blanquecina de “Fernán Caballero”, a la que se refieren, con un poco de humor sevillano, como “la Cesi”.

Incluso por estas expectativas fantasmales es aconsejable la visita al Panteón de los Sevillanos Ilustres o, si no, por las lecciones de vida e historia que nos dan a conocer quienes allí descansan por los siglos de los siglos.      

sábado, 30 de agosto de 2025

La imprenta y los Cromberger


A mi hijo Dani, impresor

Aquel “ingenioso descubrimiento de imprimir y formar letras sin hacer uso de la pluma”, como se describió al copista mecánico inventado en Alemania, en 1450, por Johannes Gutenberg (1398-1468), no tardaría en llegar a España, a finales del siglo XV, en su rápida expansión por Europa. Y es que la imprenta de tipos móviles metálicos, basada en la impresión sobre papel mediante la transferencia de tinta por medio de caracteres móviles, fue uno de los inventos de mayor repercusión para la evolución de las comunicaciones y, por ende, para la humanidad. De hecho, el invento supuso una transformación radical en la forma de producción de libros, periódicos  y otros impresos, a partir de la aparición en Maguncia (Alemania), hacia 1456, del texto de una Biblia que no había sido copiado en ningún scriptorium, sino elaborado en un taller de imprenta.

Hasta entonces, la forma mayoritaria de elaborar libros era a mano, que luego se difundían a través de copias manuscritas de monjes y frailes. También existían, desde un siglo antes, los primitivos libros xilográficos, como la Biblia pauperum, que se realizaban mediante planchas de madera grabadas en relieve con gran protagonismo de la imagen frente a breves textos explicativos. Es decir, hasta el siglo XV, eran los monjes quienes transmitían el conocimiento, constituyendo las únicas fuentes escritas de peso en la sociedad, lo que otorgaba un extraordinario poder sobre los conocimientos a la iglesia católica, que aprovechaba para ejercer un papel de censor y control sobre los temas que la población, mayoritariamente analfabeta, podía saber, hablar o ignorar.    

Gracias a la imprenta, los amanuenses -copitas manuales de libros- fueron sustituidos por un artilugio que permitía la multiplicación mecánica de los textos de manera pulcra, exacta y prácticamente ilimitada, lo que facilitó el acceso a un público ávido de textos y conocimientos que posibilitaría un cambio trascendental en la historia de la cultura occidental, algo que guardaban celosamente los poderes  establecidos (Iglesia y monarquías) durante los diez siglos de la Edad Media.

Fue así como los tipos móviles (letras), la prensa que los presionaba contra el papel y las tintas conformarían los rudimentos de un taller de imprenta donde comenzaron a imprimiese libros y todo tipo de productos impresos, desarrollando un comercio que en la península ibérica descansaba, hasta entonces, en las importaciones desde otros países de Europa y, en su mayoría, escritos en latín. La creciente demanda de libros y otros textos menores (cartillas, almanaques, bulas, etc.) en lengua vernácula, junto a la facilidad técnica de reproducción en grandes cantidades, hizo que la imprenta “brotara” por todos los rincones del continente, desde Centroeuropa hasta lugares como Venecia, Roma, Basilea y, por supuesto, España.

Al principio, los principales centros impresores radicaban en Flandes, como Lovaina y Deventer, pero sería Amberes, iniciado el siglo XVI, la que, conforme crecía como centro  comercial europeo, desarrollaría una importante industria del libro con la que atendía no solo las demandas propias, sino también las procedentes de otros países, por lo que incluía en su producción obras en castellano. De hecho, Amberes llegó a ser la ciudad fuera de España en la que se editó el mayor número de obras en castellano en el siglo XVI. 

Aquellos libros impresos durante el período inicial de la imprenta (hasta 1501) se denominan incunables, por estar realizados en la “cuna” de la imprenta. Son obras que presentan grandes similitudes con las manuscritas de la época, a las que emulan, pues carecen  de portada, suelen disponer el texto a dos columnas e idéntico tipo de letra y espacios para la decoración. Posteriormente, los libros adoptarían características propias, que se desarrollaron plenamente en el siglo XVI, en forma de portada, índice, paginación, marca de impresor y otros elementos que encontramos en la actualidad en cualquier libro.

La imprenta en España

La imprenta apareció en España alrededor del año de 1470 de la mano de impresores extranjeros (con frecuencia de origen alemán) que trajeron pequeños talleres con los que, obviamente, tenían una producción reducida, vinculada en su mayor parte a las instituciones religiosas. El primer libro impreso en España del que se tiene noticia fue El sinodal de Aguilafuente (actas de un sínodo celebrado en la iglesia de Santa María de Aguilafuente), realizado en Segovia, en 1472, por el alemán Juan Párix de Heidelberg, por encargo del obispo Juan Arias Dávila (1436-1497) para recordar a los clérigos sus obligaciones.

El libro consta de cuarenta y ocho hojas impresas y catorce en blanco, al final, para poder añadir disposiciones posteriores. Carece de portada, comienza con el índice y presenta espacios en blanco para las iniciales. Destaca por su pequeño formato a Cuatro (235x175mm) y solo se conserva un ejemplar en el mundo en la Catedral de Segovia.

El obispo Arias Dávila, humanista y reformista, mecenas de las artes y las letras, llevado por su afición a los libros y por conocer el nuevo sistema de elaboración de incunables inventado por Gutenberg, es considerado el introductor de la imprenta en España. A instancias suyas, el tipógrafo alemán instaló su taller en Segovia, siendo el primer impresor que trabajó en España.

Siguiendo este ejemplo, otras ciudades también dispusieron de imprentas, como Zaragoza o Barcelona, en torno a 1475. Al final del siglo XV había en España unas treinta imprentas en distintas ciudades y municipios, tales como Valencia, Sevilla, Salamanca, Burgos, Toledo, Zamora, Murcia, Granada, etc. Los Reyes Católicos, advirtiendo la utilidad propagandística del libro impreso, favorecieron el nuevo arte, impulsando el establecimiento de impresores en Castilla y eximiendo a los libros del pago de impuestos a partir de  1482.

Sevilla

No tardaría mucho, por tanto, en llegar la imprenta a Sevilla, donde la obra Repertorium (un compendio de derecho canónico), del jurista Alonso Díaz de Montalvo, es considerada el primer libro impreso en la ciudad, en 1477. Pese a la tendencia general descrita,  lo cierto es que los primeros impresores documentados en Sevilla fueron los españoles Antonio Martínez, Bartolomé Segura y Alfonso del Puerto, entre otros, que comenzaron actuando como una sociedad. Imprimían fundamentalmente bulas e indulgencias, datadas entre los años 1472 y 1473, pero entre sus obras destaca las Introductiones latinae de Lebrija, en 1481. Durante la época incunable, la mayoría de los libros impresos en la ciudad sería de temática religiosa y en castellano, lo que satisfacía la demanda local.

No obstante, también se asentaron en Sevilla impresores extranjeros, como los cuatro socios que se hicieron llamar en los colofones de sus obras los “Compañeros alemanes”: Pablo de Colonia, Juan Pegnitzer, Magno Herbst y Tomás Glockner, en torno a 1490. Ese mismo año, atendiendo la llamada de los Reyes Católicos, también se les une el alemán Meinardo Ungunt y el polaco Estanislao Polono, pero la sociedad comienza pronto a dividirse y para 1499 solo quedan dos socios. Se les atribuye, en total, unas sesenta ediciones de diversa índole, como las Vidas de Plutarco, la Crónica del Cid y la Introductio circa missam, de Rodrigo de Santaella.

Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo Sevilla era la ciudad más próspera y poblada de Castilla, un importante núcleo comercial y sede de relevantes instituciones religiosas, educativas y marítimas, como la Casa de la Contratación, órgano monárquico del que dependían los negocios y la navegación con las Indias. No es de extrañar, pues, que a inicios del Quinientos la imprenta fuera un invento arraigado en la ciudad.

Los Cromberger

De entre todas, sería la de la familia Cromberger, afincada en Sevilla,  la imprenta española más importante de la primera mitad del siglo XVI, de la que se conocen cerca de seiscientas ediciones con su sello, cifra asombrosa para una empresa tipográfica de la época. Junto a las demás, convirtieron Sevilla en el centro más importante de producción y comercio de libros de la península ibérica. La relevancia histórica de la Imprenta Cromberger viene determinada por ser el taller tipográfico más prolífico de la época y por establecer en México la primera imprenta que conoció el Nuevo  Mundo.

La saga de los Cromberger, tres generaciones de impresores, editores y libreros, se inicia con Jacobo Cromberger, oriundo de Nuremberg (Alemania), que se afinca en Sevilla a principios del siglo XVI y trabaja en el taller de Meinardo Ungunt. Cuando fallece su patrón, contrae matrimonio con la viuda y se hace cargo del negocio, combinando la producción de obras breves con otras más importantes, como son los libros litúrgicos encargados por contrato y con pago garantizado. Combatía, así, el riesgo de ruina que corre este tipo de negocio que invierte en maquinaria, papel y personal con perspectivas de venta de la producción o… por la persecución religiosa de obras prohibidas. En cualquier caso, de su imprenta salen desde obras erasmistas hasta libros de caballerías, imprimiendo ediciones  de Amadís de Gaula y Amadís de Grecia, entre otras. Consigue así estimular una demanda con obras de ficción cuyo modelo de presentación sería imitado por otras imprentas españolas y hasta extranjeras.  Y convierte su taller en la imprenta más importante de la primera mitad del siglo XVI, hecho contrastado por inventarios de su almacén, realizados en 1528 y 1549, que registran casi siete mil ejemplares de libros de caballerías impresos en folio, y otros casi diez mil de otras obras caballerescas.

El libro más antiguo que se conoce de la imprenta Cromberger  es In Magistri Petri Hispani Logicam Indagatia, de 1503. Desde entonces, durante toda la carrera de Jacobo y sus sucesores, alrededor de dos tercios de los libros impresos en Sevilla salieron de su imprenta, lo que se sabe porque la mayoría de ellos llevaba su marca “I.C” con una cruz en la parte superior de una esfera dividida (Ver fotografía de la placa indicativa de la ubicación de la imprenta).

De sus tres hijos, Francisco –el mayor, fallecido a edad temprana-, Catalina y Juan, este último heredaría la imprenta, continuando no solo con el taller familiar y produciendo obras de mayor calidad, sino ampliando el negocio a otros lugares de España, Portugal y, particularmente, América.  Juan consiguió el monopolio para la exportación de libros y cartillas a la Nueva España, para lo que envió a México, en 1539, a su operario, el cajista italiano Giovanni Paoli (conocido como Juan Pablos), con el material necesario para establecer la que sería la primera imprenta que funcionaría en el Nuevo Mundo. El taller se instaló en la casa que poseía el obispo de México, fray Juan de Zumárraga, cerca del Zócalo, en el centro de la ciudad. Y allí se imprimió el Manual de Adultos, de 1540, considerado el primer libro americano.

Los Cromberger editaron muchos de los títulos que circularon con más frecuencia en las Indias: ediciones litúrgicas, libros de horas, obras de devoción, escritos de los Padres de la Iglesia en castellano, algunas obras de Nebrija, tratados de medicina, crónicas, escritos de Erasmo y también libros de entretenimiento, como son romances y coplas, y de ficción caballeresca, todas ellas populares en la península ibérica.

En recompensa por haber invertido en México, el Emperador de España le concede a Juan Cromberger el monopolio tanto sobre la imprenta en la Nueva España como sobre la exportación de libros hacia allí. Un monopolio a la exportación que se prorrogaba anualmente, por lo que, en 1543, coincidiendo con el auge de Medina del Campo como centro del comercio del libro que hasta entonces Sevilla había acaparado, los mercaderes de Castilla comenzaron a exportar a América.

Tipógrafo tan distinguido como su padre, Juan Cromberger murió en 1540, dejando nueve hijos. Pero como el mayor era todavía demasiado joven para tomar las riendas del taller, sería su madre enviudada, Brígida Maldonado,  la que asumiría el control del negocio. Era una mujer fuerte e inteligente que, durante los cinco años que regentó la imprenta, mostró una actitud innovadora y muy emprendedora, negociando  una renovación del monopolio cromberguiano sobre la exportación de libros a Nueva España y la impresión de libros en aquella colonia.

Pero ésta es otra historia de la que se hizo eco el Archivo Histórico de Sevilla al exponer en una muestra temporal protocolos notariales que revelan la figura de esta empresaria visionaria, considerada la primera mujer al frente de una imprenta en Andalucía.

La fama e importante producción de la imprenta Cromberger permitieron que sus ediciones llegaran a todo tipo de lectores, tanto humildes como ricos, y a las manos de coleccionistas, como Hernando Colón, hijo del Almirante, e incluso a las de Miguel de Cervantes, quien leería, años después, libros de caballerías en ediciones cromberguianas que, sin duda, contribuyeron a que Don Quijote se materializase en una novela.

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Bibliografía:

Clive Griffin, Los Cromberger y su imprenta, Revista Andalucía en la historia nº 40, abril 2013.

Amelia Bulnes, El triste vaso de Brígida Maldonado, artículo de El País, 26 agosto 2025.

Joaquín Hazañas y la Rúa, La imprenta en Sevilla, ensayo de una historia de la tipografía sevillana. Imprenta de la Revista de Tribunales, 1982.

domingo, 4 de agosto de 2024

Sevilla y agosto

El sol pega fuerte. Es lo normal en agosto por estas latitudes del sur de España. Lo sorprendente es que hiciera fresco. Lo habitual son días infernales y noches tropicales en las que no corre ni una brizna de aire, un aire recalentado que permanece sin renovarse en el interior de unas viviendas castigadas por el calor. La única manera de combatirlo es manteniéndolas a la sombra durante todo el día, con las persianas bajadas y las ventanas cerradas. E intentar que los ventiladores sirvan para aliviar el bochorno de unas estancias en las que no te libras de sudar al mínimo esfuerzo. O mantener el aire acondicionado encendido si el sofoco es insoportable y no te importa el recibo de la luz a final de mes. A veces, como un milagro que se apiada de los que sufren este infierno, las noches parecen bendecidas por una brisa fresca que te permite descansar con las ventanas abiertas, procurando que el aire circule entre las habitaciones. Entonces sueñas a pierna suelta mientras las estrellas parpadean en el cielo oscuro, Y crees que el verano está próximo a acabar. Hasta que al día siguiente vuelve a apretar el calor. Se trataba solo de un respiro con el que soportar la estación más inclemente del año, al menos por estas fechas en estas tierras. Así es agosto en Sevilla, una maravilla para las chicharras y los frioleros. Aunque tiene su encanto, no crean. Es cuestión de saber combatir tanto calor y no desesperarse. El otoño acabará sustituyendo al verano y se podrá respirar sin tener que abrir la boca. Paciencia.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Sevilla a vista de pájaro

Volar es lo más parecido a la plena libertad. Al ser imposible elevar los pies del suelo, las atalayas siempre han supuesto un remedo de ese deseo de surcar los aires. Otear el horizonte desde lo alto, ya sea desde un monte, una construcción o un avión, nos maravilla y despierta esas ganas de volar, libres y sin ataduras, como los pájaros. Tal es la impresión que causa contemplar desde la cúspide de la Torre de Sevilla la ciudad que se extiende, en 360 grados, entono a la misma, hasta donde la vista alcanza. Impresiona la panorámica espectacular de una urbe que reconocemos a trozos, como teselas de un puzle, y que desde allí se nos presenta en su totalidad, como la dibujan los mapas. Aparte de la altura del mirador, que convierte en miniaturas las calles y las personas, nos deja boquiabiertos la deslumbrante belleza de un caserío predominantemente blanco plagado de torres, cúpulas y monumentos, ceñido por el cinturón de un deslumbrante río domesticado, engalanado con puentes y embarcaciones. La histórica torre de la Giralda, empequeñecida en lontananza, sobresale a duras penas entre los tejados de las collaciones, luciendo sus piedras con humildad de siglos. Volar sobre Sevilla y quedar acogotados por su indescriptible y desparramada belleza, es lo que se siente al escalar el pináculo que emerge en la Isla de la Cartuja. Una experiencia que todo amante de la ciudad debería disfrutar si desea acariciar con la mirada la piel entera de su obsesión. Yo bajé de Torre Sevilla más enamorado aún de esta ciudad hermosa.






miércoles, 3 de noviembre de 2021

Contra el coche

Que existe una política activa contra el automóvil en ciudades como Sevilla es de sobra conocido por cualquier ciudadano que haya osado adquirir un vehículo a motor para su uso particular. El coche todavía no es un artículo ilegal, pero ya es perseguido, restringido y sancionado como si fuera una droga, a pesar de los pingües beneficios que reporta a las arcas municipales. El Impuesto de Circulación, que todo vehículo ha de pagar religiosamente para poder transitar las calles, y el de Bienes Inmuebles (IBI), que grava las supuestas plusvalías que cada año genera una vivienda, son las mayores fuentes de ingresos de los ayuntamientos en cualquier pueblo o ciudad. Pero si finalmente comulgas con ese afán de expulsar el coche de las ciudades y te resistes a comprar uno, convirtiéndote en un eremita urbano, inmediatamente la industria del motor y el Gobierno comienzan a lanzar advertencias lastimeras sobre el descenso de producción en la industria automovilística y de las consecuencias que ello acarrea al volumen ingente de trabajadores que depende, directa o indirectamente, del sector. Al parecer, la solución pasa por comprar coche y dejarlo aparcado para no contaminar ni saturar la circulación, sustituyendo el vehículo privado por el transporte público para trayectos urbanos y metropolitanos. O, al menos, eso es lo que se deduce de unas medidas cada vez más coercitivas y hasta irracionales contra el automóvil.

Si no, observen la fotografía que ilustra este comentario. Toda una zona de aparcamientos, de más de ciento cincuenta metros de longitud, que era utilizada por los propietarios de las viviendas lindantes y los clientes de los comercios frente a ella, ha sido suprimida de la noche a la mañana, sin contemplaciones. La que existía en la acera opuesta, ya había sido anulada por la construcción de un carril para bicicletas. Se trata de una avenida importante, una vía radial que sale de la ciudad en dirección noreste, razón por la que se llama Carretera de Carmona. Por lo que se ve, ya no se trata sólo de prohibir circular, como si fuera un delito, sino también de aparcar, cosa al parecer tan grave o más que la primera. Echándole buena fe para asumir que no se deba circular, no se comprende por qué no se puede aparcar.

Es cierto que cada vez hay más coches mientras las calles y avenidas siguen siendo las mismas, salvo en áreas nuevas de crecimiento urbano en la periferia. La excusa medioambiental y la densidad del tráfico sirven para perpetrar estos despropósitos a la hora de presumir sensibilidad ecológica en municipios presuntamente “verdes”, pero sin que merme la recaudación fiscal. La idea es acabar con el coche en las ciudades, sin que se deje de comprarlos, de manera que sólo taxis, autobuses, motocicletas, bicicletas y patinetes conformen el parque motorizado de las urbes modernas. Y si usted no tiene garaje para su coche, vaya a buscarse la vida a otra calle, y continúe pagando su “sellito” del coche.

La situación, para más “inri”, sería de risa si no fuera porque a los “iluminados” de la iniciativa se les ha escapado las consecuencias de extrema peligrosidad que se podrían derivar. En su fanatismo por impedir cualquier posibilidad de aparcar, instalando marmolillos de hierro atornillados a la calzada, también están obstaculizando el acceso de ambulancias o bomberos a las viviendas o comercios de la calle que precisen de su intervención urgente. Además, se imposibilita, incluso, detener el vehículo para que se bajen quienes deban acudir a un Centro de Salud ubicado a pocos metros de esta zona de aparcamientos anulados. Si esta medida ha rendido algún beneficio a la circulación, cosa que se desconoce, ha sido a costa de provocar problemas y perjuicios mayores a los vecinos y viandantes de la zona. Sevilla aspiraba a ser la ciudad de las personas, pero no cuenta con ellas ni con sus necesidades de movilidad. Un hábitat sostenible no se consigue sólo con prohibiciones y sanciones que criminalizan al coche, sino concienciando sobre la preservación del medio ambiente y facilitando la transición a un modo más sostenible de nuestro estilo de vida, que, por cierto, nos ha sido impuesto. Y, de momento, sólo se ha optado por las multas y la demagogia.