domingo, 11 de enero de 2026

Los Bécquer, una familia de artistas

Todo el mundo conoce a Gustavo Adolfo Bécquer, poeta romántico que hizo suspirar a cuantos han leído sus rimas en cualquier momento de sus vidas. Son bastante menos lo que saben quién era Valeriano Bécquer, hermano pintor del poeta y autor del famoso retrato de Gustavo Adolfo que ha servido para ilustrar todos los poemarios que se han editado de su obra.

Sin embargo, ellos no son los únicos con el apellido Bécquer de una saga familiar en la que la inspiración artística animaba a casi todos sus componentes. El padre y un tío también contribuyeron a forjar el legado de una dinastía de artistas pictóricos que retrataron la España del Siglo XIX y que culminó con la poderosa figura del poeta.

Una familia de ascendencia noble y abundante fortuna, oriunda de Flandes, que se estableció en Sevilla a finales del Siglo XVI, alcanzando una sólida notoriedad en la ciudad. A mediados del XVIII, los descendientes luchaban por conservar su pasada posición, motivo por el que mantuvieron el apellido Bécquer. Uno de ellos perteneció a la Real Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla y a la Real Academia de San Fernando de Madrid, sobresaliendo como grabador. Es el probable maestro de José, que contrajo matrimonio con Joaquina Bastida, teniendo ocho hijos, entre ellos Valeriano y Gustado Adolfo Bécquer. Al morir los padres todavía jóvenes, Joaquín, primo de José, se hizo cargo de la formación artística de los hermanos. De ahí surgió esa saga de pintores que dominó el panorama artístico del Siglo XIX de Sevilla. Y cuyo legado puede contemplarse en la muestra que exhibe en el Museo de Bellas Artes de Sevilla sobre Los Bécquer, un linaje de artistas, una exposición que reúne hasta el 15 de marzo más de 150 piezas, entre óleos, dibujos, acuarelas, litografías y libros, de una familia pionera de la pintura costumbrista.

Todos ellos contribuyeron a definir la cultura del romanticismo andaluz y, predominantemente, sevillano. José, Joaquín y Valeriano -padre, tío y hermano- lo hicieron a través de la pintura, mientras Gustavo Adolfo lo materializó mediante la poesía, a pesar de ser también hábil con el dibujo. De hecho, Gustavo Adolfo Bécquer no dejó de dibujar. Dibujaba en hojas sueltas y en cartas, garabateaba cuadernos y álbumes, incluso en sus manuscritos, adornando sus poemas.

Esta dinastía de pintores documentó la España del XIX, pues no se dedicaron, como era costumbre, a la pintura religiosa, que era la más importante y rentable. Y es que, después de la invasión francesa y tras la Desamortización de Mendizábal, los conventos dejaron de encargar lienzos y los pintores quedaron prácticamente sin trabajo.

José Domínguez Bécquer exploró la pintura costumbrista, que era demandada por los viajeros extranjeros por su tipismo y exotismo. Ese gusto por lo español se puso de moda y José Bécquer lo explotó, utilizando una técnica por entonces novedosa, la litografía, lo que le dio mucha fama, pues sus estampas recorrieron Europa.

Joaquín Bécquer acercó el costumbrismo a una pintura más académica. Y Valeriano dotó esa pintura costumbrista de un realismo casi etnográfico. Entre todos sentaron las bases de la reivindicación artística de las formas de expresión populares andaluzas. Conformaron una dinastía pictórica que documentó la España del Siglo XIX, durante el reinado de Isabel II y el establecimiento en Sevilla de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.

Joaquín fue el más longevo y célebre, llegando a ser un pintor importante en su época, en parte, por sus excelentes relaciones tanto con la reina como con los duques de Montpensier. Fue conservador del Alcázar y pintor de cámara del duque.

Gustavo Adolfo se formó como pintor junto a su hermano Valeriano en el taller de su tío Joaquín. Y ambos compartieron viajes, anhelos y penurias, hasta el punto de que el autor de Rimas afirmase: “Él dibujaba mis versos y yo versificaba sus cuadros”.

En otoño de 1870 fallecería en Madrid el joven pintor y tres meses más tarde lo haría, con tan solo 34 años, el poeta. En 1913 los restos de ambos artistas se trasladarían a Sevilla, a la capilla de la universidad, en cuya cripta están enterrados, ahora bajo la iglesia de la Anunciación, donde se encuentra el Panteón de los Sevillanos Ilustres. Se cumplía, así, un secreto becqueriano revelado en la tercera carta de Desde mi celda: “Soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndole al brillante catálogo de sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un término a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis”

Así fue cómo se extinguió uno de los linajes artistas más destacados de la España del Siglo XIX.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Este blog admite y agradece los comentarios de los lectores, pero serán sometidos a moderación para evitar insultos, palabras soeces y falta de respeto. Gracias.