Sin embargo, ellos no son los únicos con el apellido Bécquer
de una saga familiar en la que la inspiración artística animaba a casi todos
sus componentes. El padre y un tío también contribuyeron a forjar el legado de
una dinastía de artistas pictóricos que retrataron la España del Siglo XIX y
que culminó con la poderosa figura del poeta.
Una familia de ascendencia noble y abundante fortuna,
oriunda de Flandes, que se estableció en Sevilla a finales del Siglo XVI,
alcanzando una sólida notoriedad en la ciudad. A mediados del XVIII, los
descendientes luchaban por conservar su pasada posición, motivo por el que
mantuvieron el apellido Bécquer. Uno de ellos perteneció a la Real Escuela de
las Tres Nobles Artes de Sevilla y a la Real Academia de San Fernando de
Madrid, sobresaliendo como grabador. Es el probable maestro de José, que
contrajo matrimonio con Joaquina Bastida, teniendo ocho hijos, entre ellos
Valeriano y Gustado Adolfo Bécquer. Al morir los padres todavía jóvenes,
Joaquín, primo de José, se hizo cargo de la formación artística de los
hermanos. De ahí surgió esa saga de pintores que dominó el panorama artístico
del Siglo XIX de Sevilla. Y cuyo legado puede contemplarse en la muestra que
exhibe en el Museo de Bellas Artes de Sevilla sobre Los Bécquer, un linaje
de artistas, una exposición que reúne hasta el 15 de marzo más de 150
piezas, entre óleos, dibujos, acuarelas, litografías y libros, de una familia
pionera de la pintura costumbrista.
Esta dinastía de pintores documentó la España del XIX, pues
no se dedicaron, como era costumbre, a la pintura religiosa, que era la más
importante y rentable. Y es que, después de la invasión francesa y tras la
Desamortización de Mendizábal, los conventos dejaron de encargar lienzos y los
pintores quedaron prácticamente sin trabajo.
José Domínguez Bécquer exploró la pintura costumbrista, que
era demandada por los viajeros extranjeros por su tipismo y exotismo. Ese gusto
por lo español se puso de moda y José Bécquer lo explotó, utilizando una
técnica por entonces novedosa, la litografía, lo que le dio mucha fama, pues sus
estampas recorrieron Europa.
Joaquín Bécquer acercó el costumbrismo a una pintura más
académica. Y Valeriano dotó esa pintura costumbrista de un realismo casi etnográfico.
Entre todos sentaron las bases de la reivindicación artística de las formas de
expresión populares andaluzas. Conformaron una dinastía pictórica que documentó
la España del Siglo XIX, durante el reinado de Isabel II y el establecimiento
en Sevilla de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.
Joaquín fue el más longevo y célebre, llegando a ser un
pintor importante en su época, en parte, por sus excelentes relaciones tanto con
la reina como con los duques de Montpensier. Fue conservador del Alcázar y
pintor de cámara del duque.
En otoño de 1870 fallecería en Madrid el joven pintor y tres
meses más tarde lo haría, con tan solo 34 años, el poeta. En 1913 los restos de
ambos artistas se trasladarían a Sevilla, a la capilla de la universidad, en
cuya cripta están enterrados, ahora bajo la iglesia de la Anunciación, donde se
encuentra el Panteón de los Sevillanos Ilustres. Se cumplía, así, un secreto
becqueriano revelado en la tercera carta de Desde mi celda: “Soñaba que
la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndole al
brillante catálogo de sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un término
a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a
la orilla del Betis”
Así fue cómo se extinguió uno de los linajes artistas más
destacados de la España del Siglo XIX.



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