Mientras se negocia infructuosamente, con el patrocinio de
los EE.UU de Trump, lo que no sería más que una rendición, nada parece indicar
que la agresión se circunscriba a esa parte del territorio ucranio y que, en
futuras ocasiones, la Rusia de Putin aspire a expandir aun más sus dominios en
Europa oriental, aquella que conformaban los regímenes comunistas de Europa del
Este, movido por sus deseos de dividir y socavar el proyecto europeo de creciente
desarrollo económico, político y social que rivaliza con el modelo ruso por la
democracia, las libertades y la pujanza comercial y de innovación que
representa. Y que ya ha atraído a las repúblicas liberadas del yugo soviético,
a pesar de que fueron parte integral de la URSS, que se han adherido a la Unión
Europea tras un proceso de transición a la democracia, como son los países
bálticos de Estonia, Letonia y Lituania. Un desgajo que también protagonizaron
países satélites que formaron parte del Bloque del Este, como Polonia, Hungría,
República Checa, Eslovaquia, Rumanía y Bulgaria, que corrieron a unirse a la UE
en cuanto pudieron.
Todo ello explica -pero no justifica- la agresión rusa a
Ucrania, alma gemela del pueblo ruso, y la animadversión de Putin al proyecto
europeo y su integración en el plan defensivo conjunto de la OTAN. Esa
transformación de la mitad oriental de Europa como parte de una UE integrada en
el bloque occidental bajo la tutela militar de USA es percibida como un agravio
insoportable por una Rusia que no acaba de aceptar la nueva situación producida
tras el derrumbe de la Unión Soviética en 1991. De ahí que Rusia, bajo el
liderazgo de Putin, se haya convertido en la mayor amenaza existencial del
Viejo Continente, en general, y de la Unión Europea, en particular.
Pero, por si fuera poco, Europa se enfrenta, además, a la
amenaza impensable e inesperada de su viejo aliado y defensor, Estados Unidos
de América, el país que no dudó en derramar su sangre para arrancar a Europa de
las garras de Hitler, y que ahora busca anexionarse, por las buenas o por las
malas, de Groenlandia, la inmensa isla ártica que pertenece a Dinamarca, es
parte de la UE y de la OTAN. Arguye el mandatario norteamericano cuestiones
geoestratégicas de seguridad nacional y percibirla como objetivo apetitoso de
sus dos enemigos a escala mundial, Rusia y China.
Los USA comandados por Donald Trump parecen dispuestos a
saltarse todas las leyes, tratados, convenios y acuerdos que dotaban al mundo
de orden y seguridad, e incluso a abandonar los antiguos lazos de fidelidad como
aliados que regían sus relaciones con las naciones bajo su influencia. De
hecho, en su afán por apoderarse de Groenlandia, a EE.UU no le importa
dinamitar su relación con la UE, atacando e invadiendo el territorio de un país
miembro, a pesar de que ello conduciría, no solo a que Europa desconfíe y se
aleje de EE.UU. como socio, sino que provoque la disolución del Tratado atlántico
que vinculaba su defensa colectiva a USA, el paraguas defensivo y disuasorio
del Continente desde la Segunda Gran Guerra.
Si ello se produjese, sería la primera vez que estas
relaciones de mutua colaboración y defensa estarían seriamente amenazadas,
debido al cambio estratégico de los EE.UU de Trump de trastocar el orden
mundial imperante, entre otras cosas porque considera que no hay más legalidad
internacional que su propia y santa voluntad.
Las razones estratégicas esgrimidas por Trump para
anexionarse Groenlandia son falaces, ya que los acuerdos con Dinamarca no
impiden a EE.UU. mantener o aumentar su presencia en la isla, donde ya cuenta
con instalaciones de alerta temprana contra misiles balísticos, operado por un
escuadrón de Alerta Espacial como parte del NORAD, que protege todo el norte de
América.
Y si la isla fuese amenazada por fuerzas enemigas, como teme
Trump, EE.UU podría tomar el control del territorio para defenderlo, como
sucedió en 1941, cuando se firmó el Acuerdo de Defensa de Groenlandia que
permitió la presencia de bases militares de EE.UU. en la isla. Y esta vez con
el apoyo de la OTAN.
Basada en la democracia y la libertad de mercado, la UE se
ha transformado en un actor global que es considerado uno de los principales de
la economía mundial. Este desarrollo y la paz en el Continente depende de un
sistema defensivo en torno a la OTAN y a la colaboración intensa con EE. UU.,
sobre la base de intereses comunes comerciales, tecnológicos, energéticos y
militares. Tanto es así que los 27 países de la UE son el principal socio
externo de EEUU, con un comercio de más de 980 mil millones de dólares anuales
y de servicios que supera los 1,7 billones de dólares. ¿Es racional poner todo
ello en juego?
Este exitoso proyecto común europeo está amenazado, desde el
Este, por la obsesión rusa de recomponer su antiguo espacio de influencia en la
Europa oriental y por su intención de obstaculizar la potencialidad económica
de la UE, con las llamadas, por ejemplo, “guerras híbridas” (ciberataques,
sabotajes, desinformación, etc.). Y desde el Noroeste ártico, por el cambio de
actitud de los EEUU de Trump, decidido a desligarse de las alianzas con la UE y
la OTAN, que considera obsoletas y poco operativas. Y para quien las viejas
reglas y la multilateralidad del antiguo orden internacional ya no le valen en
un mundo regido por el proteccionismo y la unilateralidad del más fuerte, capaz
de orillar instituciones como la ONU, la OMC, el BM, la OMS y demás organismos
regulatorios internacionales.
Queda la UE como única institución supranacional que
defiende los viejos paradigmas que han definido las relaciones internacionales
desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y cuyo modelo de sociedad, basado
en la democracia y el libre mercado y en un potente estado de bienestar que
protege a sus ciudadanos, está siendo cuestionado por autócratas y tiranos, desde el Este y Oeste, que
desearían una UE débil y dividida, compuesta por estados serviles y
vulnerables.
Tal es, actualmente, el grave problema al que se enfrenta,
con las dudas, las cautelas, la falta de recursos, sin un sistema defensivo
propio y con las divisiones entre socios con las que suele actuar, la Unión
Europea a la que pertenecemos.
Un modelo cimentado en la democracia, que ha sido la mejor
defensa contra las alternativas no democráticas y autoritarias, pero que no puede
evitar que la corrosión le afecte -como advierte Tony Judt- cuando los
ciudadanos se desentienden de ella, como demuestra el hecho de que, en las
elecciones parlamentarias de la UE celebradas en 1979, participó una media del
62 por ciento del electorado, y ahora lo hace menos del 30 por ciento.
Si a ello añadimos, para completar, la amenaza china
multifacética (económica, tecnológica, energética, etc.), no tan agresiva, pero
tampoco honesta e incluso desleal (subsidios, dumping, bajos salarios, etc.), y
cuya influencia no deja de aumentar en todos los mercados y países del mundo, el
panorama se vuelve aun más negro. Máxime cuando esa relación con un país
comunista y nada democrático puede generar tensión geopolítica y provocar una
guerra comercial con sanciones y aranceles.
En definitiva, la UE tal y como la conocemos se halla en una
delicada situación, sumida en una encrucijada vital para su continuidad y
existencia. Muchos son los frentes que debe combatir, pero especialmente el que
promueve el presidente de USA y su propósito de destruir el viejo orden
internacional para sustituirlo por un nuevo desorden mundial hecho a su medida.
Y esta vez esos acontecimientos nos afectan a todos muy directamente. Por ello,
es momento de no ser indiferentes y de actuar para que no desaparezca el estilo
de vida que disfrutamos en esta parte del mundo. Tal es el auténtico reto al
que se enfrenta la UE.



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