Existe una cacería contra el Gobierno de coalición de Pedro
Sánchez desde el primer minuto en que accedió al Poder Ejecutivo y,
especialmente, desde que concedió, en 2021, el indulto a los líderes
independistas catalanes encarcelados por sentencia del Tribunal Supremo, entre
ellos al expresidente del Govern Oriol Junqueras, y por la Ley de Amnistía que
aprobó en 2024 para la normalización institucional, política y social de
Cataluña, que, según cálculos, afectará a más de trescientas personas inmersas
en procesos judiciales a causa del procés.
La derecha, tanto política como judicial, no perdona la
política conciliadora del Gobierno con Cataluña, ni que rebaje la consideración
de delitos de sedición y rebelión a los desórdenes públicos acaecidos en
aquella comunidad a causa de las manifestaciones por la independencia y el
posterior referendo ilegal. La extrema violencia policial con la que se trató
de impedir la consulta y la aplicación del artículo 155 de la Constitución, en
octubre de 2017, para “suspender” la autonomía en Cataluña, fueron las armas
con las que se combatió un problema político. Hay que recordar que con aquellas
medidas se disolvió el Parlament, el Govern quedó destituido y el
Gobierno central asumió temporalmente la gestión de las consejerías de la Generalitat.
Por todo ello, existe una ofensiva judicial por parte de un
número reducido de jueces, con el apoyo tácito o implícito de parte del
colectivo, contra el Gobierno de Sánchez por motivos que solo pueden hallarse
en la política, como advierte Carlos Elordi en un artículo publicado en
noviembre de 2025.
Ese contexto, junto al apoyo que el Gobierno cuenta en el
Congreso de partidos nacionalistas o independentistas del País Vasco y
Cataluña, cuyos votos permitieron la investidura del líder del PSOE, es lo que
explica la radical virulencia de la derecha contra Pedro Sánchez, a quien no le
reconocen los indiscutibles éxitos alcanzados, durante sus mandatos, en el
plano económico, laboral, internacional y social.
Es llamativo, si no fuera preocupante, encuadrar en esa
ofensiva aquella manifestación de jueces y fiscales, con sus togas a las
puertas de Palacios de Justicia, contra la ley de amnistía que entonces aun se estaba
elaborando. A pesar de estar obligados a que sus opiniones políticas no
influyan en el ejercicio profesional como jueces, no se recatan de exhibir su
ideología y, lo que es peor, que esta impregne sus sentencias.
Tanto es así que el destino del actual Gobierno está en
manos de estos jueces, algunos de los cuales se comportan con un componente de
soberbia apenas disimulado y que genera desconfianza, cuando no estupefacción, en
la ciudadanía. Es la que muestra el juez Juan Carlos Peinado con su instrucción
prospectiva -expresamente prohibida en el proceso penal- contra la esposa del
presidente del Gobierno, en su búsqueda desaforada de algún indicio delictivo
que permita condenarla. Se trata de un ejemplo palmario de utilización de la
justicia con fines políticos: lo que se conoce como lawfare.
Fue también el caso del diputado de Podemos Alberto
Rodríguez Rodriguez, que perdió su escaño en el Congreso por una condena, en
2021, de inhabilitación que tres años después anuló en Tribunal Supremo. Para
entonces, ya estaba fuera de la institución, por lo que el castigo era
irreversible.
Y es también el caso del fiscal general del Estado, Álvaro García
Ortíz, utilizado como pieza para asediar y obligar dimitir a quien lo nombra,
el presidente del Gobierno, a quien ha condenado el Tribunal Supremo a la pena
de inhabilitación por revelación de datos reservados, sin pruebas irrefutables
y basado en argumentos voluntaristas y en un bulo calumnioso, que reconoció
falso, su propio autor, el “Rasputín” de la líder de la derecha y presidenta de
la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
Y como estos, muchas otras actuaciones del conservadurismo
reaccionario que aun anida en la judicatura y que no hace ascos al uso espurio
de la justicia con fines políticos. Cosa que e explica, pero no se justifica,
si atendemos a la procedencia de esos jueces o de sus descendientes. Una
judicatura que transitó directamente desde la dictadura a la democracia sin la
debida “modernización” ni actualización al régimen democrático. Es lo que
explica la derechización que sufre la justicia y su tendencia al lawfare,
al que concurren otros actores del ámbito político, mediático, económico, social
y hasta religioso.
La primacía de la derecha en el Poder Judicial se deduce de
sus cifras: de sus 5.500 jueces, solo dos fueron candidatos progresistas para 118
plazas en el Tribunal Supremo, la Audiencia Nacional y los 17 tribunales
superiores de justicia autonómicos, según recoge Baltasar Garzón en su libro La
democracia amenazada.
Es patente, pues, que hay una campaña de “acoso y derribo”
al actual Gobierno de España en la que participan individuos sumamente
poderosos del mundo de la judicatura empeñados en acabar como sea con un Gobierno
al que consideran ilegítimo desde que salió nombrado por el Congreso de los
Diputados. Jueces y fiscales que responden al mandato “del que pueda hacer, que
haga”. Y no se paran en consideraciones legales o morales para, en connivencia
con sectores de la política y los medios de comunicación, lograr sus propósitos
sin esperar al resultado de las urnas. Tampoco les detiene el deterioro de las
instituciones ni la desconfianza y la desafección que generan en la ciudadanía.
El ambiente de crispación y polarización que provocan con sus exageraciones,
denuncias y manipulaciones maniqueas favorece sus objetivos de alterar el
normal desenvolvimiento político. Aunque asqueen y desmotiven al votante.
Pero si la situación es tensa y grave, no me quiero imaginar
lo que podría pasar si, por malicias del destino, Pedro Sánchez vuelve a ganar
las próximas elecciones, contra todo pronóstico y a pesar de la presión
judicial que soporta en su entorno familiar, con su hermano y su mujer
condenados. No soy capaz de pensar lo que harían estos que creen que la única
España posible es la que ellos representan, que la única Patria es su patria.
Dios nos coja confesados.


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