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domingo, 15 de marzo de 2026

Huérfanos de pensadores

El mundo hoy pierde uno de sus pensadores más influyentes y que más ha contribuido a fortalecer la democracia basada en la razón comunicativa: Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán que elaboró la teoría de la democracia comunicativa, una noción de la deliberación pública, más allá de las instituciones, como centro del pensamiento y la función democráticos. Sin ese poder comunicativo, cuya legitimidad se basa en la fuerza del mejor argumento y no en la imposición, el dominio o el poder, no es posible la democracia deliberativa moderna. 

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas tuvo una niñez y una juventud marcadas por el nazismo. Su padre fue gerente de la Cámara de Industria y Comercio de la ciudad y simpatizante del NSDAP, el partido nazi, del que llegó a ser consejero de economía de la sede local. El mismo Habermas ingresaría como miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo que parecía obligatorio a los de su generación. Tras la derrota del nazismo, Habermas descubre el marxismo y, receloso del comunismo, evoluciona hacia la socialdemocracia, capaz de alcanzar consensos políticos, y hacia un humanismo intelectual que le permitiría abordar todos los asuntos o preocupaciones relevantes de la filosofía y las ciencias sociales. Entre ellos, la necesidad de desarrollar un enfoque nuevo de la razón dirigido al entendimiento entre sujetos, a un uso público de la razón por el que la sociedad se pone de acuerdo consigo misma y se ilustra a sí misma sobre su voluntad política, formando parte de una esfera pública no institucional que modifica sus actitudes por medio de argumentos.

Jürgen Habermas formó parte de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, junto a Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y Max Horkheimer, pensadores que partían de la lectura de Hegel, de Marx y de Freud para concluir que la razón podría ser una promesa de emancipación. En ese sentido, Habermas fue más allá y, haciendo una revisión radical de la Teoría Crítica, la transformó en su famosa Teoría de la Comunicación, en la que propone una racionalidad no instrumental, distinta a la del mercado o la burocracia, que en lugar de imponer escucha y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento, no en el poder de quien habla: en la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.

Se trata de una síntesis que amplía distintos plexos de investigación filosófica y de teoría social con los que Habermas llevada trabajando durante años, partiendo de la base de que no hay ningún acceso a la realidad que no esté mediado lingüísticamente; es decir, que la realidad solo existe en dependencia del lenguaje, pues los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Y solo podemos explorar el mundo con esa forma de racionalidad que es el lenguaje.

Desde ese principio, Habermas concibió una teoría normativa de la democracia deliberativa en la que, si no se puede ejercer ese poder comunicativo, sin esa capacidad de entendimiento entre sujetos sin coacción y sin restricciones, la democracia es imposible. Esa razón, basada en el mejor argumento, surge de la voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos, una realización intersubjetiva sobre la base de un entendimiento mutuo y de un acuerdo recíproco sobre los hechos, las normas y las vivencias.        

Su proyecto de democracia basado en la razón parece hoy más necesario que nunca, justamente cuando se pone en duda su validez como sistema menos malo de convivencia y de gobierno. Habermas creía en el poder de la comunicación y en la necesidad de que los ciudadanos, lejos de limitarse a votar cada cuatro años, participen en la esfera pública, aporten sus puntos de vista y abran debates sobre los asuntos que les preocupan o interesan para que, argumentativamente y sin coacción ni restricciones, acuerden el modelo de convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.  

Jürgen Habermas, el filósofo de la razón comunicativa, además de tener una enorme repercusión académica, tuvo una gran influencia como intelectual público. Participaba de la función de vigilancia que tiene la crítica pública y que él ejercía, como intelectual, con destacada intensidad. Intervino sin descanso en la discusión pública, sin esquivar la polémica. De hecho, abogó por defender Ucrania frente a la invasión rusa, cuestionó la intervención en Irak y, incluso, abordó el papel de las religiones en un mundo pos-secular.

Como escribí en otra ocasión, fue un filósofo de la modernidad que actuaba, además, como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban.  

Entre sus obras destacan La transformación estructural de la esfera pública (1962), Historia y crítica de la opinión pública (1962), Discurso filosófico de la modernidad (1985), su famosa Teoría de la acción comunicativa (1981) y su impresionante Una historia de la filosofía (2019). Y sobre él, habría que señalar  Jürgen Habermas, una biografía, de Stefan Müller Doohma (Trotta, 2020), del que extraigo datos para este artículo.     

Este pensador racionalista, pragmático, universalista kantiano, pos-marxista, liberal y republicano, fue en realidad un humanista y ferviente demócrata que, desde la filosofía política, se interesó por la filosofía del lenguaje, la ética, la epistemología y la sociología. Recibió abundantes premios, como el Gottfried Wilhelm Leibniz, considerado la máxima distinción en el ámbito académico de Alemania, y el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, en 2003.

Con su muerte perdemos uno de los pensadores más importante del siglo XX y un guía imprescindible que orientaba la conducta ética y política de nuestro tiempo.  

sábado, 26 de abril de 2025

Atrás y desintegrado

A Manolo Rodríguez, q.e.p.d.

Los recuerdos son imágenes congeladas en la memoria. Así recordamos hechos, personas y vivencias pasadas, cual fotogramas, mientras no se extravíen entre los pliegues del olvido. Y esas imágenes que de vez en cuando afloran a nuestra memoria no sufren los estragos del envejecimiento, pues el tiempo solo afecta al que recuerda. Por lo común, nos asombra encontrar cosas y personas que no son como los recordamos. Porque nuestros recuerdos no cambian, pero lo recordado sí envejece y cambia. Incluso, desaparece. A veces, y cada vez con más frecuencia, un fallecimiento nos obliga recordar a alguien, lo que desintegra un trozo de aquella imagen mental del tiempo compartido en el pasado, en el transcurso de nuestras existencias. Un recuerdo que ha ido quedándose atrás y que entonces retorna fracturado, como si fuera desintegrándose. Eso produce una extraña sensación de supervivencia y orfandad en quien recuerda porque muestra el destino próximo de lo que inevitablemente está condenado a desaparecer. Y, lo que es peor, a no dejar rastro. De ahí que nos esforcemos por conservar recuerdos de lo vivido. Porque todos sobrevivimos en el recuerdo de los demás, en quienes nos recuerden. Es el pensamiento que me embargó durante el breve encuentro con unos compañeros del trabajo para dar el pésame por otro amigo que muere. Vamos quedándonos atrás y desintegrándonos.

miércoles, 10 de abril de 2024

Muere el padre de la partícula de Dios

No es que haya muerto Dios, pero casi. Un casi que esgrimen los físicos y científicos que exploran, de forma empírica y racional, la realidad en busca de lo que la constituye, sin embarcarse por atajos que generan consuelo a nuestra orfandad existencial con supersticiones o creencias trascendentes. Nada más fácil y cómodo que un chamán o una religión para explicar lo desconocido. Lo difícil es descubrir causas y leyes que demuestran y den respuestas objetivas, de manera científicamente verificable, a las grandes preguntas que el ser humano lleva haciéndose desde hace miles de años: qué somos y dónde estamos o, lo que es lo mismo, de qué está hecho el ser y la naturaleza, incluyendo ese vasto universo que todo lo abarca.

Y un científico así, que se hacía preguntas que dieran respuesta a lo que se ignora, era Peter Higgs, un físico británico, nacido en Newcastle upon Tyna, que dedicó su vida a la investigación y la enseñanza. Fue el que sugirió la existencia de un tipo de partícula que explicaría el origen de la masa en las partículas elementales, anticipando el descubrimiento de la famosa `partícula de Dios´, el bosón de Higgs, un hallazgo que roza los límites de Dios en la comprensión del mundo existente. El pasado 8 de abril, Higgs falleció en su casa de Edimburgo a los 94 años de edad, tras una breve enfermedad. Moría el padre de la partícula de Dios.

Higgs y su colega belga Francois Englert preconizaron por primera vez, en 1964, la existencia de un tipo de partícula que explicaría el mecanismo por el cual se origina la masa en las partículas elementales subatómicas, mecanismo que se conoce como el “campo de Higgs” y que requiere la existencia de una partícula que lo componga, llamada “bosón” de Higgs”. Para adivinar la importancia de esta propuesta de Higgs, bastaría con saber que si un electrón no tuviera masa no habría átomos. Y sin átomos no habría química ni tampoco biología. Es decir, nada existiría: no estaríamos aquí.

La teoría de Higgs dio lugar, a partir de 2008, a varios experimentos que buscaban comprobar la existencia de esa partícula tan escurridiza. Pero no sería hasta 2012, gracias a los experimentos desarrollados con el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) de la European Organitation for Nuclear Research (CERN), ubicados en Suiza, cuando se consiguió descubrir la existencia de una partícula tan extraordinaria. Fue posible porque el LHC permite colisionar protones a velocidades cercanas a las de la luz que dan por resultado nuevas partículas. Y, entre ellas, el buscado bosón de Higgs.

Confirmada con este experimento la predicción que habían formulado Higgs y Englert en 1964, la Academia sueca les concedió en 2013 el Premio Nobel de Física a ambos científicos, cuya labor abriría las puertas para profundizar en la investigación de aspectos desconocidos del universo, como la energía y materia oscura, que constituyen el 95 por ciento del mismo.  Un año más tarde, en 2013, Peter Higgs,Francois Englert y el laboratorio europeo CERN fueron galardonados en España con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica.

La partícula prevista por ambos físicos constituye la última pieza que completa el Modelo Estándar de la Física de Partículas que sustenta la comprensión científica del universo, al describir todo lo que se sabe de las partículas que lo componen y cómo actúan entre ellas.  “Incluso cuando el universo parece vacío, este campo está ahí”, como adujo la Academia Sueca en la entrega del premio.

Se refería al campo de Higgs, formado por innumerables bosones, que impregna todo el universo, lo permea todo, de tal manera que las partículas elementales que interactúan con él adquieren masa, mientras las que no interactúan con él no la tienen. Es decir, la masa de las partículas estaría causada por una “fricción” con el campo de Higgs, por lo que partículas que tienen mayor fricción con el campo adquieren mayor masa.

La Física de las Partículas contempla hoy dos tipos de partículas subatómicas: fermioles y bosones. Los fermioles componen la materia, como el electrón, el protón y el neutrón, mientras los bosones portan fuerzas o interacciones, como el fotón, el gluón y otros bosones, responsables de las fuerzas electromagnética (fotón), nuclear fuerte (gluón) y nuclear débil (bosones W y Z) . La interacción de unas y otras explicaría muchos aspectos de la estructura microscópica y macroscópica de la materia. De ahí que la investigación en relación al bosón de Higgs continúa imparable, en especial en relación a las propiedades del mismo, lo que requerirá, sin duda, mucho tiempo y datos. Sin atajos acomodaticios.

Y todo ello gracias a la paciencia e inteligencia de un físico teórico que no necesitaba a Dios para intentar comprender el mundo y a nosotros mismos. Por eso la ciencia lamenta su muerte y le profesa enorme admiración y respeto. Y el homenaje de este humilde artículo. Descanse en paz.

jueves, 8 de junio de 2023

Mi cuñado Alberto

Alberto Guerra con su grupo Q
Ha muerto mi cuñado Alberto, arrollado por un mal que sólo necesitó cuatro meses para acabar inmisericordemente con la vida de una persona especial en mi vida. No sólo era el hermano de mi esposa, sino que fue el primer Alberto que pasó a formar parte de mi existencia. Su nombre, por lo que significaba de buena persona, tenaz, leal y cariñosa, lo han heredado su hijo mayor, uno de mis hijos y el hijo de éste, mi nieto.  Cuatro albertos que siempre remitirán a su memoria, a su imagen y a la nobleza de su forma de ser para quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y tratarlo. Ese es parte del legado que nos deja.

Siempre lo admiré por la determinación con que perseguía sus sueños: la música, pero no a cualquier precio. Fue pianista en grupos y orquestas hasta que esa actividad que tanto anhelaba supuso sacrificios, no para él –dispuesto a hacerlos-, sino para la familia que formó junto a su mujer y sus dos hijos, para los que representaba el pilar de la seguridad y un modelo del que se sentían orgullosos. Nunca dejó a acariciar un teclado, pero la estabilidad que permitía afinar pianos y trabajar en una empresa que facilitaba estos instrumentos a los organizadores de espectáculos, suplió de forma regular su devoción al pentagrama.

En buena medida, mis gustos musicales estuvieron estimulados por él, dándome a conocer grupos rockeros que escapaban de mis primeras aficiones poperas. King Crimson, Uriah Heep, Yes, Jetrhro Tull o Eric Clapton, entre  otros muchos, son discos que conservo en casa, guardados como oro en paño y que me deleito en escuchar con relativa frecuencia, gracias a que me los dio a conocer cada vez que hablábamos de música.

Jamás alzaba la voz ni se enfrentaba con nadie, pero tenía las ideas muy claras sobre sus aficiones y sobre lo que debía hacer en la vida: ser un trabajador honesto e infatigable y un padre ejemplar que anteponía su familia incluso a lo que más amaba, la música. Pero el mal siempre acecha a la buena gente, a las personas nobles y abnegadas, con las que se ensaña sin piedad. Ni siquiera le dejó alcanzar una justa y merecida jubilación para descansar tras tantas obligaciones y sortear tantas renuncias. Con sólo 66 años, Alberto, mi primer Alberto, nos dejó sin pronunciar jamás ninguna queja y minimizando cualquier problema. Estoy convencido de que era consciente de la gravedad de su enfermedad, la única que yo le conocí en toda su vida, pero a la que se enfrentaba diciendo que no era nada, restándole importancia. El vacío que deja en todos, familia y amigos, es insondable. Un vacío doloroso e inconsolable. Se quedaron pendientes tardes prometidas de jam session y de verlo acompañar a su hijo guitarrista y otro amigo común baterista en un escenario. Descansa en paz, cuñado, hermano, tío, amigo.

viernes, 27 de mayo de 2022

¡Qué putada, Antonio!

La muerte es inevitable, y la mayoría de las veces es inoportuna, no se espera. Siempre nos aguarda, aunque nos pasemos toda la vida ignorándola, como si no existiera. Nos sorprende cuando llega, arrebatándonos lo que sólo ella dota de sentido: la vida. Cuando se presenta sin avisar, trunca proyectos y expectativas que creíamos tener tiempo de emprender, sin considerar que mañana es sólo una posibilidad remota que no estamos en condiciones de garantizar. La muerte es esa puerta imprevista que oculta lo que hay detrás y tras la que desaparecemos en la nada como si no hubiésemos nacido. A todos coge desprevenidos y sólo unos cuantos la desean, hartos de estar muertos en vida. Es un misterio que acompaña al ser, el destino inexorable de lo viviente a cualquier escala y en todo tiempo y lugar. Pero la muerte no es el fin para los seres humanos, a quienes la evolución natural les confirió una capacidad racional y los distinguió de inteligencia. Gracias a la razón, los humanos trascienden la muerte con los frutos de su intelecto, con las obras de su raciocinio y con el ejemplo de sus vidas y sus conocimientos. Así, dejan un legado de cultura que enriquece a sus coetáneos y a las generaciones venideras. Por eso, aunque morir es siempre una putada, algunos sobreviven a la muerte y se vuelven inmortales, a los que siempre sentiremos a nuestro lado cada vez que recuperamos su memoria y nos dejamos bendecir con lo que dejaron para nosotros, su herencia artística y cultural. Como la que nos legó Antonio López Hidalgo en sus libros y sus artículos, la que siempre podemos rescatar para oír su voz, apreciar su talento y recordar, con infinita tristeza, la profundidad celeste de su mirada transparente. ¡Qué putada, Antonio!