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sábado, 13 de junio de 2026

Vida extraterrestre: posible, pero improbable.

Steven Spielberg vuelve a insistir en su última película, El día de la revelación (2026), con la posibilidad de existencia de vida extraterrestre y que ésta haya visitado la Tierra o, incluso, continúe conviviendo con nosotros. No es la primera vez que este director aborda un asunto que, al parecer, le apasiona, y con el que ha elaborado filmes tan románticos como entretenidos, como Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T., el extraterrestre (1982).

Si a este “revival” cinematográfico sobre seres de otros mundos se añade la reciente iniciativa del Gobierno estadounidense de hacer público cientos de informes sobre casos de fenómenos anómalos no identificados (FANI, lo que antiguamente se conocía como OVNIS) que se mantenían clasificados como secretos en los archivos de diversas agencias gubernamentales, no cabe duda de que asistimos a un renovado interés por la posibilidad de vida extraterrestre. Un misterio que inquieta al ser humano desde tiempos inmemoriales y que nos atrae tanto como la existencia de un dios creador de todo el Universo y, por ende, del hombre o lo que se esconde más allá de la muerte.

Se trata, no obstante, de una característica exclusiva del ser autoconsciente que es el humano: hacer preguntas, interrogarse y buscar respuestas, aunque a veces se deje llevar más por la emoción y la imaginación que por la razón o inteligencia racional. De ahí que se apresure en aceptar, sin apenas cuestionarlo, que seres extraterrestres podrían haber visitado nuestro planeta en cualquier momento de la historia de la Humanidad y que, de algún modo, hayan podido integrarse en nuestras sociedades sin que sean detectados o los gobiernos nos lo estén ocultado. Es una idea que, por lo reiterada cada cierto tiempo, es bastante popular entre la población y que sirve para reinterpretar mitos o historias de pueblos antiguos.

Esa idea es la que nos induce a considerar, por ejemplo, que la lápida del rey maya Pakal de Palenque (Chiapas, México) en realidad representa, como hizo Erich von Daniken, a un astronauta dentro de una nave espacial.  O que los inmensos geoglifos del desierto de Nasca (Perú), líneas que representan animales y figuras geométricas, han sido trazados a propósito para ser vistos desde el aire. Y que unas pinturas rupestres en el desierto del Sáhara (pinturas de Tassili n´Aijer en Argelia) son humanoides con trajes y cascos, similares a los de los astronautas modernos. Incluso nos tienta a valorar el impacto de un meteorito en Tunguska, en 1908, como producto de una explosión del motor de una nave extraterrestre en mitad de Siberia (Rusia).

Es, pues, una idea muy atractiva. Tanto que, para buena parte de los estudiosos del fenómeno ovni (ufólogos) la extraterrestre sería la mejor y única hipótesis que explicaría “plenamente” (mejor que los fenómenos naturales, artefactos y tecnologías secretas en pruebas, interpretaciones erróneas o montajes deliberados) las visiones de unos objetos que escapan a las leyes físicas y de la capacidad técnica conocida. Una hipótesis o idea asumida sin meditar lo que tal eventualidad supondría desde múltiples puntos de vista, pero especialmente desde el rigor científico. Y olvidando que, obviar la ciencia para priorizar las creencias, es lo propio de las religiones y las supersticiones, no del conocimiento racional.

Para evitar caer en ese tipo de explicación fácil y cómoda, parece oportuno recalcar algunas consideraciones básicas, pero irrefutables, que cuestionan esta teoría sobre la posible, pero improbable vida extraterrestre, como haría cualquier pesimista alegre u optimista descreído al enfrentarse al interrogante de si estamos solos en el universo. Una pregunta pertinente con solo mirar al cielo estrellado.

Porque, ante tan cúmulo de estrellas, resulta lógico -simple cálculo estadístico- deducir que algunas de ellas podrían tener un planeta parecido al nuestro orbitando en su entorno. Sólo en nuestra galaxia hay más de 100.000 millones de estrellas. Y de todos los planetas posibles, un porcentaje de los mismos -por mínimo que fuese- pudiera ser habitable, orbitar en lo que se llama “zona habitable” (ni muy cerca ni muy lejos de su estrella), aunque ello no garantice la existencia de océanos, atmósfera estable, protección frente a la radiación, etc.  De todos modos, partiendo de una simple conjetura estadística, es posible aventurar que existe vida extraterrestre. Aun no se ha encontrado rastro alguno de ella, pero la posibilidad se mantiene por mera deducción matemática.

Es más, sabemos perfectamente que hay planetas orbitando muchas estrellas, como nosotros al Sol, a los que denominamos planetas extrasolares o exoplanetas. En puridad, se han descubierto unos 6.200 exoplanetas en más de 4.700 sistemas solares. Y sabemos también que la química de la vida no es exclusiva de la Tierra, puesto que sus componentes básicos (carbono, hidrógeno, helio, etc.) son comunes en los cuerpos siderales. Pero afinar en el estudio al detalle de las condiciones de cada uno de esos exoplanetas y sus atmósferas, es algo controvertido por la escasez de datos, la mayoría de los cuales son indirectos, como la detección de huellas químicas de sulfuro de dimetilo en la atmósfera del exoplaneta K2-18b, un indicador biológico similar al generado por el fitoplancton marino de la Tierra. No prueba la existencia de vida, pero es la “biofirma” más sólida detectada hasta la fecha.

Y es que la vida, como proceso evolutivo de la materia, bien podría originarse en cualquier otro mundo de los infinitos que alberga el universo. Entre otros motivos porque toda la materia que los forma, como el nuestro, está hecha de átomos. Así, todo lo que existe es una combinación átomos que obedecen o interactúan según reglas: las leyes de la naturaleza. Y esas leyes, que se pueden conocer y formular matemáticamente, explican y demuestran el origen y evolución de la vida (al menos la que conocemos aquí en la Tierra), y al afectar a lo que constituye todo lo real -los átomos-, cabe esperar que los signos de vida sean reconocibles y hasta comparables a los terráqueos. Máxime cuando la vida en la Tierra emerge en contextos increíbles, como la de esos microorganismos extremófilos que sobreviven en volcanes submarinos, ambientes hipersalinos o hielos polares; es decir, en condiciones extremas para la vida, como las del espacio. De ahí que la posibilidad de vida extraterrestre sea incontrovertible, aunque hasta la fecha no es algo demostrable. De momento, los humanos seguimos siendo la única especie solitaria tanto en la Tierra -donde no existen otras especies iguales con autoconsciencia- como en el Universo “cercano”, donde rastreamos señales de vida.

Seguramente porque el Universo es tan inmenso que, al imaginárnoslo, parece infinito. La estrella más cercana al Sol -Proxima Centauri- está a 40 billones de kilómetros de distancia; es decir, a 4,3 años-luz de nosotros, según los astrónomos. Un año-luz es la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 kilómetros por segundo. La nave más rápida que hemos lanzado al espacio -la Parker Solar Probe- se desplaza a 191 kilómetros por segundo, con lo que tardaría en llegar a Proxima Centauri unos 6.650 años.

Una presunta vida extraterrestre, necesariamente más desarrollada que la nuestra, que pudiera viajar por el cosmos para visitarnos se antoja, a la luz de estos datos, más que improbable, imposible. Y nos referimos solo al vecindario estelar local, el que “linda” con nuestro Sistema Solar. Porque si conjeturamos que podrían proceder de otras regiones remotas del Universo, la propuesta se convierte en broma para crédulos ingenuos.

Y es que, incluso suponiendo que hubiesen alcanzado tal nivel de desarrollo tecnológico que les permita viajar a la velocidad de la luz, una nave construida para ello adquiriría, según la Teoría de la Relatividad, una masa infinita (la masa aumenta con la velocidad), lo que requeriría una cantidad de energía también infinita para propulsarse. Cosa imposible, aquí y en Alfa Centauri, sin ir más lejos. Todo lo cual nos lleva a pensar, una vez más, que la vida extraterrestre puede que sea posible aunque poco probable, pero que haya podido viajar en ovnis hasta nuestro planeta resulta no solo improbable, sino disparatado, aplicando exclusivamente fundadas deducciones racionales.                 

Con todo, desde los años 60 del siglo pasado no cejamos en el empeño de buscar señales de vida inteligente en otros mundos, gracias a la radioastronomía convencional. Los proyectos más destacados de búsqueda son los del Instituto SETI (acrónimo en inglés de “Search for Extraterrestrial Intelligence”: búsqueda de inteligencia extraterrestre), de California, que emplea radiotelescopios para detectar señales en el rango de microondas, y el Breakthrough Listen, de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Pero anteriormente, en el año 1974, se envió un mensaje de radio al espacio, a través de la primera transmisión intencionada de alta frecuencia, desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) para conmemorar la remodelación de aquel radiotelescopio cuya antena ya se ha desplomado por falta de mantenimiento.

En cualquier caso, todas esas búsquedas han sido infructuosas hasta el momento, porque detectar señales de vida inteligente desde nuestro marco temporal -unos cien años- dentro del espectro de los 13.800 millones de años de historia del Universo, representa un desafío mucho más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Significa esperar el rastro de alguna señal enviada desde, por ejemplo, algún lugar de la Vía láctea -que tiene unos 100.000 años luz de diámetro-, y en la que cualquier señal emitida desde solo 1.000 años-luz de distancia conllevaría otro milenio en recibir respuesta. Se estima que la horquilla del “tiempo de respuesta” estaría entre 400 y 50.000 años, en función del espectro de búsqueda y el número de civilizaciones que creamos existe en él. Es probable que para entonces, cuando recibamos alguna respuesta, nuestra civilización haya desaparecido. Y eso, suponiendo que los “aliens” utilicen tecnologías semejantes a la nuestra.

En resumidas cuentas, Spielberg hace películas bellas y conmovedoras, pero de la ficción cinematográfica a la realidad existe una brecha inconmensurable espacio-temporal que nos aísla en este rincón de la galaxia de la posible vida extraterrestre que pudiera existir en el cosmos. Lo cual no impide que sigamos soñando con encuentros en la enésima fase y rastreando el cielo en busca de señales reveladoras que alimenten esa posibilidad, aunque sea ínfima. No intentarlo significaría que las posibilidades se reducirían al cero absoluto. Y no hay que perder la esperanza. Ersa es la razón por la que hay que mostrarse como un escéptico alegre al que no le perturban las frustraciones. Pues la vida extraterrestre es como las meigas, “no creo en ellas, pero haberlas, haylas”.

lunes, 14 de julio de 2025

El thriller de los ovnis

Se ha publicado recientemente un libro que no dejará indiferente a ningún ufólogo, aunque la obra no trate principalmente de ufología, la “ciencia” que estudia los objetos voladores no identificados (ovnis). Unos la leerán con simpatía y agrado; otros, con insatisfacción o rechazo por el retrato con el que describe a esos investigadores de lo desconocido. Pero ninguno, como digo, dejará sin leer el libro, como tampoco hará cualquier lector. El título es bastante explícito: “Ovni 78”, de Wu Ming. Se acaba de publicar -su primera edición es de mayo de este año- por la editorial Anagrama. Pero no es un libro de ovnis. O, mejor dicho, no solo es de ovnis.

Se trata de una novela que mezcla hechos históricos con otros de ficción, acaecidos en la Italia de finales de los 70 del siglo pasado, con los que se elabora una trama en la que el secuestro y asesinato de Aldo Moro, la plaga de la droga que asola a una juventud desencantada con el orden económico y social, el aumento de avistamientos ovnis en aquellos años y un famoso autor de superventas sobre arqueología alienígena o teorías paleocosmonáuticas, entre otros asuntos, sirven para reflejar mediante una narración brillante una época convulsa.

En las páginas del libro aparecen referencias a GIUCAT, un grupo de ufólogos de Turín, la Clipeología, término que designaba el estudio de avistamientos ovnis a lo largo de la historia, Allen J. Rynek, ufólogo norteamericano, la película Encuentros en la tercera fase de Spielberg, el monte Quarzerone y sus misterios, la desaparición de dos excursionistas boy scouts, el terrorismo de las Brigadas Rojas, una antropóloga de la nueva izquierda y hasta un traficante de discos clandestinos. Y todo ello, en algunos capítulos, escrito de manera que recuerda  los informes de los investigadores de ovnis, con ese empeño en clasificar, pormenorizar y exponer unos hechos incomprensibles.

Lo que se consigue, al final, no es una historia disparatada, sino el retrato de una época en la que los ovnis constituyeron uno de sus componentes más representativos y que permitían eludir y evadirse de la vorágine de una realidad asfixiante y, a veces, terrorífica.

Se trata, pues, de una curiosa novela, vasta y coral, que ejemplifica  el modelo narrativo (objetos narrativos no identificados) de Wu Ming, un colectivo boloñés de escritores, que sin duda asombrará, en el buen sentido del término, a los ufólogos, en particular, y a cualquier lector, en general. En mi caso, me distrajo gratamente y no pude evitar sonreír en algunos capítulos que me refrescaron experiencias vividas. Por eso la recomiendo.

martes, 17 de septiembre de 2024

Los OVNIs de finales del franquismo

Que los ovnis constituyen un fenómeno sociológico durante las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado en España, nadie lo niega, menos si, como en mi caso, no solo se ha sido testigo, sino partícipe activo de aquella “movida”. Eran tiempos en que aparecían con relativa frecuencia noticias en la prensa relacionadas con avistamientos de extrañas luces en el cielo que desafiaban toda lógica y las leyes físicas. Hasta medios de presunto rigor y seriedad periodística, como ABC, no pudieron evitar informar acerca de supuestas naves de origen desconocido sobrevolando campos o ciudades, y dedicaron un generoso espacio en sus páginas para tratar un tema que era de “candente actualidad”, como se diría hoy, y, por tanto, informativamente rentable. Por ello, no les parecía estrambótico encargar y publicar una serie de entrevistas a investigadores y representantes conocidos en aquel entonces del denominado  fenómeno ovni. Un fenómeno que surgió de súbito y mantuvo su interés durante muchos años, justamente cuando la sociedad española avistaba el final de una dictadura y sus prohibiciones comenzaban a relajarse, augurando la inminente bocanada fresca de  las libertades sociales, morales y políticas. Tal vez una cosa nada tenía  que ver con la otra, o quizás sí. Lo que es seguro es que con los años, y con la edad, todo se percibe de distinta manera, se contextualiza con menos apriorismos, sin los impulsos e impaciencias que caracterizan a los contemporáneos, sobre todo si son jóvenes, de cualquier emergencia, ya sea hormonal o sociológica.

Y es, precisamente, desde esa perspectiva con la que una exposición trata de ilustrar la incidencia del fenómeno ovni en la España que transitaba, en aquellos años, del final del franquismo a la restauración de la democracia. Nos referimos a la exposición fotográfica que acaba de inaugurarse en el Centro Andaluz de la Fotografía (CAF) de Almería, bajo el título de Spanish Files, que sugiere que se rescatan los "expedientes X" del posfranquismo y albores de la democracia. La muestra, obra del fotógrafo José Luis Carrillo (Alicante, 1977), persigue brindar un interesante recorrido fotográfico y documental de la España de aquellos años, cuando los casos de avistamientos y encuentros con ovnis abundaban por toda la geografía del país y todo tipo de incidentes extraños eran reportados, vividos por testigos de toda condición, y documentados y catalogados por una miríada de entusiastas investigadores obsesionados con el denominado fenómeno ovni. Así nació la ufología, una “ciencia” que trataba de entender y estudiar un fenómeno que escapaba del análisis científico, pero que, sin embargo, generó la eclosión de investigadores, metodologías, asociaciones, casuísticas, conferencias, informes, boletines, revistas, libros, programas radiofónicos, películas y series de televisión que, durante décadas, contribuyeron a la “popularidad” de los platillos volantes, como se conocía vulgarmente a los objetos voladores no identificados y su acrónimo ovni. Tal sarpullido social es el objeto de Spanish files, una exposición que es fruto de cuatro años de trabajo de su autor, el fotógrafo José Luis Carrillo.

Pero, en vez de fijar el foco en el denominado fenómeno ovni, la muestra se centra en la mirada de testigos e investigadores, en las personas a las que el fenómeno ha impactado de alguna manera y les ha cambiado la vida para siempre. Busca retratar un tiempo y una generación de personas que se vieron influidos por esas extrañas apariciones hasta el punto de generarles no solo curiosidad, sino también inquietudes, motivaciones y anhelos. Y para ello, la exposición combina la fotografía de creación contemporánea con la relectura de archivos a fin de comprender como los platillos volantes se convirtieron en una nueva mitología del imaginario colectivo.

Al fotógrafo, como reconoce en una entrevista en el digital elDiario.es, le empezó a interesar sobre todo la parte humana de todo aquello, poniendo el foco en lo sociológico y antropológico de aquella fiebre ufológica. Y descubre que las primeras personas que, durante la Transición, mostraron curiosidad por el fenómeno no eran chiflados, sino “verdaderos intelectuales, literatos y científicos (que) encontraron en el tema de los ovnis un lugar en el que abrirse”. Además, entre los testigos de los avistamientos y encuentros “había gente de lo más normal y corriente, con estudios y formación, junto a otros con algún trastorno psicológico”, determinando que la comunidad de contactados no hiciera distingos entre estratos sociales o niveles educativos. Tanta atracción e interés despertaban estos fenómenos que, sin necesidad de redes sociales, muchos aficionados y curiosos organizaban quedadas ufológicas donde se suponía podrían darse avistamientos o se reunían en lugares en los que ya se había producido algún caso.    

La idea de que los extraterrestres pudieran visitarnos solo era combatida por  escépticos acérrimos o descreídos con una teoría que consideraban fruto de la fantasía. Es preciso recordar que los finales del franquismo eran años de tensión social e incertidumbre, caracterizados por el temor a un posible retorno a lo ocurrido antes de la Guerra Civil, como sucedió en EE.UU. al final de la Guerra Fría. Desde ese contexto, es posible hacer una lectura psicológica del fenómeno, como hace Carl Gustav Jung en su libro “De cosas que se ven en el cielo”. E, incluso, podría extraerse una interpretación religiosa, en la que, lo que antes eran ángeles, ahora son los extraterrestres, puesto que el ser humano sigue con la necesidad de creer e indagar en lo desconocido. Y el fenómeno ovni permite toda una amplia gama de lecturas, algunas de las cuales guardan consonancia con lo religioso a través de mensajes o discursos mesiánicos centrados en la necesidad de amor e igualdad,

Toda esa influencia del fenómeno ovni en la España y en la generación de aquellos años, desde un punto de vista social o, si lo prefieren, cultural  y antropológico, es lo que pretende mostrar con sus fotografías y documentos la exposición de Spanish Files, que se exhibe en Almería hasta el 24 de noviembre. A buen seguro, los ufólogos no se la perderán.

miércoles, 21 de febrero de 2024

OVNI en la Guerra Civil

Otra vez me veo en la necesidad de hablar de platillos volantes. Era en lo que me entretenía cuando apenas inauguraba la veintena de años. Y nuevamente lo hago por la interpelación de un viejo amigo, recalcitrante ufólogo que no abandona aquella juvenil pasión, José Antonio Galán, quien me obliga a recordar un pasado que creía superado. Todo viene a cuento porque hace más de cincuenta años -¡toda una vida!- realicé una entrevista y elaboré un informe sobre un supuesto  avistamiento OVNI, acaecido durante la Guerra Civil española,  que vio la luz en el Boletín Informativo Andaluz  (Nº 3, año 1972, págs. 10 a 12), un órgano de divulgación que nació de la iniciativa entre la RNC y ADIASA, grupos ufológicos sevillanos, junto a otros investigadores andaluces, que yo coordinaba y editaba por los años 70 del siglo pasado.

José Antonio me recaba ahora datos porque por el año en que ocurrió el caso resulta un precedente aun más antiguo que la fecha con la que suele datarse el origen histórico del  fenómeno ovni: 1947, año en el que el piloto estadounidense Kenneth Arnold informó del primer avistamiento de unos objetos no identificados, planos y brillantes, volando a gran velocidad en el cielo. Mi persistente amigo ufólogo reclama que haga memoria.

Pero lo que recuerdo es que entrevisté al testigo en su domicilio, confeccioné el dibujo del objeto a partir de los bocetos que me hizo y redacté el artículo que finalmente publiqué en el citado boletín (ver abajo). Después, continué con mis actividades como presidente de ADIASA sin prestarle mayor atención, dado lo antiguo del caso (1938), incluso en aquella época. Y acabó acumulando polvo en los archivos de la asociación. Se trataba de un hecho que no se sabe bien por qué se conoció en unos tiempos (finales de la dictadura impuesta en España por el bando vencedor de una guerra) en los que era prudente no profundizar demasiado sobre sucesos acaecidos en plena  Guerra Civil.

Lo que sigue lo conté en otra ocasión en esta misma bitácora. Pocos años después de abordar la investigación del caso disolví ADIASA, perdí interés por la ufología y seguí con mi vida por derroteros más ortodoxos de ganarse la vida, hasta lograr la satisfacción de disfrutar del tiempo de júbilo, propio de los pensionistas. Hasta que hace unas semanas recibí un correo electrónico de mi amigo que resucitaba aquellos hechos. Le contesto lo que acabo de exponer más arriba porque no dispongo de más documentación que los recuerdos de mi memoria. Pero, picado por la curiosidad, compruebo que todo lo que se puede descubrir en internet acerca de aquel suceso no son más que meras reproducciones periodísticas de mi informe original.

Reconozco que el caso, en sí, era interesante. Y el testigo, francamente abierto a contar su visión. También debo confesar que ignoro cómo tuve conocimiento de él ni quién me facilitó su dirección, que, por casualidad, correspondía a un edificio de la misma manzana en la que yo vivía con mis padres. Recuerdo que cuando me cruzaba con él, antes de conocerlo, resultaba un hombre serio, más bien seco, que llamaba la atención por tener una pierna de madera. Después de entrevistarlo, su trato fue cortés cada vez que nos saludábamos. Y que era mayor que yo, no puedo calcular cuánto, y que dejé de verlo al mudarme de vivienda. Nunca más supe de él.

La impresión que conservo es que la especie de “rueda de carro” que el testigo vio volando cuando su batallón defendía un cerro durante la Guerra Civil no parecía ser fruto de ninguna patraña, sino más bien del relato sincero y veraz de quien por fin puede contar un secreto. Sus descripciones de aquello desconocido se basaban en comparaciones con cosas conocidas. Pero poco más. El resto de la historia es lo que queda reflejado en el artículo que, para mi sorpresa, vuelvo a leer gracias a mi amigo ufólogo.

Aunque se puede añadir que, valorado desde la actualidad, aprecio con pesar que podría haber profundizado más en la investigación, recabar más datos y acopiar testimonios y registros documentales que hubieran servido para completarlo y dotarlo de mayor rigor. Pero aquella investigación, cuya repercusión hasta hoy ignoraba, se realizó hace más de 50 años y quien la llevó a cabo no era más que un joven estudiante con ínfulas de detective cósmico. Pero, a pesar de la tardanza aunque con más facilidades para documentarse, bien podría actualizarse con el apunte histórico y geográfico del contexto en que se produjeron los hechos.

Porque el testigo, que por la prudencia referida anteriormente quiso guardar el anonimato y no consentir  que se publicara su nombre, era un soldado que combatía en plena Guerra Civil en el  frente de Granada. Concretamente, en el Peñón de la Mata, una elevación de 1669 metros de altitud que domina la vega granadina y a cuyo pie se halla el pueblo de Cogollos-Vega.  Ese pico fue objeto de ataques por ambos bandos para controlar tan estratégica posición. Los sublevados lo toman el 1 de julio de 1937, y el 5 de febrero de 1938 lo recuperan los republicanos., la misma fecha en la que el testigo afirma haber visualizado un extraño objeto volador en forma de “rueda de carro de cañón”.  ¿A qué bando pertenecía el testigo? No me atreví a preguntárselo.

Lo que sí sé es que, como en toda contienda fratricida como nuestra Guerra Civil, muchos de los que se enfrentan son simples ciudadanos que combaten por pertenecer al territorio ocupado por los bandos beligerantes. Es decir, simples vecinos y hasta familiares empujados a ser enemigos en una guerra que ni siquiera comprenden. Tal fue el contexto en el que se pudo observar un OVNI sobrevolando la cabeza de un soldado, en 1938, en una montaña en Granada. Un caso que parece interesar a quienes investigan en la actualidad el fenómeno OVNI. Y que me hace desempolvar un pasado en el que yo también participaba de esas investigaciones con idéntica y enriquecedora pasión.

Actualización (22/02/24): El artículo aludido en esta entrada.









viernes, 15 de septiembre de 2023

Los OVNI y la NASA

Cuando parecía olvidado el llamado, en mis tiempos, “fenómeno ovni”, gracias a los avances científicos y astronómicos que se disponen en la actualidad, ahora resulta que es motivo de especial interés nada menos que por la NASA, la agencia norteamericana del espacio y de la tecnología astronáutica. No es que la reputada institución astronáutica se alinee, como la mayoría de los ufólogos (estudiosos de los UFO, ovni en inglés), con los simpatizantes de la teoría extraterrestre de unos fenómenos que no parecen verse afectados por las leyes de la física, sino que pretende estudiarlos desde una perspectiva científica que posibilite hallar una explicación racional y demostrable a los mismos. En teoría, el mismo objetivo que perseguían todos los estudiosos de los “platillos volantes”, antes de que algunos de ellos –como fue mi caso- abandonaran frustrados el empeño, en gran medida por la negativa de las autoridades, de todas ellas, de abordar el problema con un mínimo de rigor e interés y de compartir información e investigaciones. Así ha sido hasta hoy, en que la misma NASA, nada menos, ha decidido crear un equipo de expertos para estudiar lo que ahora se denomina FANI.

Bajo este contexto, ha tenido enorme repercusión mediática, y especialmente entre los citados ufólogos, la publicación de un informe de un comité de la NASA sobre los UAP (Unidentified Anomalous Phenomena o Fenómenos Anómalos No Identificados, es decir, los FANI). Y ha tenido esa enorme repercusión por proceder de la agencia que lo patrocina, la NASA, puesto que la creación de tal comité de expertos parece respaldar las sospechas de los infatigables estudiosos de los ufos: que existe “algo que flota en el mundo” y es uno de los mayores misterios del planeta. La mera existencia de dicho comité alimentará, sin duda, el decaído interés que despiertan hoy en día los ovnis.

Porque no es mala cosa que se tomen en serio estos fenómenos (UFO o FANI) que, de manera recurrente y confiemos en que no intencionada, emergen a la actualidad informativa y atraen la atención pública. Aunque la mayor parte de los hechos o casos que lo componen puedan explicarse como fenómenos naturales o frutos de una actividad humana (experimentos, artefactos, etc.) todavía secreta para el público, parece conveniente que el residuo que carece de explicación posible merezca la atención y la dedicación de los más reputados expertos científicos en las materias concernidas y no en manos de voluntariosos profanos carentes de medios, capacidad y apoyos.

En cualquier caso, curándose en salud, el informe de la NASA concluye que “la ausencia de observaciones consistentes, detalladas y contrastadas significa que actualmente no tenemos datos necesarios para llegar a conclusiones científicas definitivas sobre los FANI”.  Y que “en este momento, no hay motivos para concluir que los informes existentes sobre FANI tengan un origen extraterrestre”. Como si de una maldición se tratase, siempre se obtiene el mismo resultado. Esto es, que de la repercusión inicial se desemboca en la ineludible y reiterada frustración del “no sabemos”.

Y para ese viaje no se necesitaban las alforjas de la NASA. ¿Tantos expertos respaldados por la mayor agencia espacial del mundo para eso? Acabamos como siempre: no sabemos la causa de unos fenómenos cuya existencia es percibida por todo tipo de personas, pero que apenas es registrada por la miríada de sensores que controlan la atmósfera y vigilan desde el espacio. Muchos avistamientos y testimonios de cabreros, automovilistas y algunos pilotos entre una larga lista de testigos de diversa y variada condición, pero ningún registro indiscutible de cuantos radares controlan el espacio aéreo del mundo, de las estaciones de vigilancia aérea civiles y militares que cubren el territorio de los países, de los telescopios astronómicos de observatorios oficiales o de aficionados, ni de las cámaras de los miles de satélites artificiales que continuamente mapean de distintas maneras la superficie de la Tierra y que detectan cualquier misil que acabe de emprender el vuelo en cualquier lugar del globo.

Si la poderosa agencia astronáutica, que se supone puede disponer de los recursos y acceder a todas esas fuentes de información y recogida sistemática de datos sobre estos “fenómenos anómalos no identificados”, solo es capaz de concluir que “no se tienen datos para llegar a conclusiones científicas sobre los FANI”, apaga y vámonos. A esa conclusión llegó hace décadas ADIASA, una asociación ufológica de adolescentes sevillanos,  y fue la razón de su disolución. Eso sí, el informe del comité de la NASA está bellamente editado. Se nota que cuentan con financiación suficiente. Algo es algo.    

lunes, 30 de enero de 2023

ADIASA, una aventura apasionante

Un artículo, solicitado por un antiguo y querido amigo, que publiqué en este blog en agosto pasado, ha sido reproducido por la revista El ojo crítico, medio digital e impreso dedicado a la divulgación e investigación de fenómenos sobre los que la ciencia no halla explicación, como son la experiencia paranormal, los OVNI, la parapsicología y otros.

El número 95 de dicha revista, aparecido en noviembre pasado, recogió en sus páginas el comentario que redacté a instancias de ese amigo acerca de ADIASA Y LA HISTORIA DE LA UFOLOGÍA, en el que intenté hacer un recordatorio de lo que significó aquella inolvidable experiencia  de juventud, cuando estábamos volcados en el estudio de los denominados popularmente “platillos volantes”.

Como fundador y presidente de ADIASA, grupo dedicado al fenómeno OVNI, aparte de anécdotas, acopio de casos, intercambios de información, trabajos de campo y análisis e investigación interdisciplinar de lo que parecía escapar del conocimiento científico, solo puedo asegurar, a estas alturas, que aquella “aventura” adolescente fue muy gratificante y enriquecedora para mí como persona y verdaderamente provechosa en mi formación. Y que, transcurrido tanto tiempo, aún me embargan sentimientos de gratitud hacia las personas y amigos que me acompañaron, apoyaron y colaboraron para que ADIASA  consiguiese ser uno de los grupos de referencia del panorama ufológico de la época. Por eso hoy, al traer a la memoria aquel pasado, quiero agradecer a El ojo crítico, una revista que cumple 30 años en la palestra dirigida por Manuel Carballal, que haya tenido a bien acoger mi comentario, un comentario que José Antonio Galán, con su ingente archivo documental, hizo que aflorara de mis recuerdos con mayor nitidez. Gracias, pues, a ambos.    

martes, 9 de agosto de 2022

¿Existe la Ufología? Mi experiencia.

Detrás de esta pregunta hay mucha retranca, lo reconozco. Empezaré, por tanto, expresando mi convencimiento de que la ufología no existe como disciplina científica académica, por mucho que los que así lo creen dediquen buena parte de su tiempo libre a la investigación ufológica. Quiero decir que existen ufólogos, pero no ufología como ciencia empírica. Yo mismo fui ufólogo en mis años juveniles hasta que imperativos vitales más acuciantes me desinflaron el interés. También porque percibí que aquellas “investigaciones” ufológicas terminaban siempre en un callejón sin salida, sin más “solución” que el acopio de una casuística de la que no se lograba extraer ningún resultado o “descubrimiento” científico válido, verificable e irrefutable, sino meras sospechas, intuiciones e hipótesis más emocionales que racionales. En realidad, tal vez fuera que al hacerse uno mayor se pierde frescura inocente en la mirada y la mente y nos convertimos en escépticos y cuadriculados cascarrabias. Por lo que fuese, hace décadas que abandoné aquella afición a la ufología, a pesar de la dedicación que le mostré al empeño y de los esfuerzos sinceros por acometerla desde una metodología lo más empírica que pude o supe. Yo era un ufólogo descreído, adscrito a la banda de los incrédulos con la teoría extraterrestre, aún cuando en ufología siempre te topas con un número residual de casos a los que no hallas explicación posible con los conocimientos disponibles.

He de precisar, para los no entendidos, que la ufología es el estudio de los “objetos voladores no identificados”, es decir, los “ovnis” o platillos volantes, como eran conocidos popularmente. UFO (Unidentified Flaying Objects) es la abreviatura de OVNI en inglés, raíz con la que se construye el anglicismo ufología, que designa a la disciplina o campo de estudio, y ufólogo, al experto o estudioso de ufología. Estamos hablando, pues, de una inquietud, una “ciencia” o un campo de investigación que está más allá de lo convencional y reglado, y que se adentra en una zona especulativa sumamente atrayente que nos lleva a buscar pruebas, ninguna de ellas contundente a día de hoy, sobre la existencia de huellas, artefactos, visiones o contactos que, por eliminación, suponemos de una improbable procedencia extraterrestre.    

Pues bien, atraído por las noticias frecuentes sobre apariciones de misteriosas luces en el cielo y otros hechos similares que ocupaban espacio en los periódicos, fundé junto a otros amigos adolescentes una asociación para el estudio de estos fenómenos, a finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, denominada ADIASA. Aquel acrónimo oficialmente significaba Asociación De Investigadores Aficionados Sobre Astronomía, aunque en realidad surgió de las iniciales de los nombres de quienes se divertían con inventar posibles agencias de investigación mientras mataban el tiempo libre entre clases. Debido a la intensidad con que me embarqué en la iniciativa, ADIASA rebasó las vallas del instituto y se expandió por todo el país. Pronto consiguió aglutinar investigadores locales, colaboradores ocasionales y socios diseminados por la península ibérica. Se convirtió en un grupo más de los que poblaban el universo de la ufología en España y parte del extranjero. Nada de ello hubiera sido posible sin la ayuda de Enrique Campos Muñoz, quien desde el primer momento estuvo junto a mí trabajando infatigablemente en el proyecto. De esos tiempos iniciales nace también mi amistad con José Antonio Galán Vázquez, continuador impertérrito de aquel ímpetu juvenil por la ufología y que ahora me reclama estas notas crepusculares.

Es evidente que la ufología, como ámbito del saber sobre una realidad para distinguirla y entenderla, nace por la proliferación de casos sobre visiones de luces u objetos extraños que se comportan desafiando las leyes de la física en muchas partes del mundo. Denuncias sobre artefactos que vuelan a velocidades increíbles o se mantienen estáticos en el firmamento, e incluso que aterrizan, emiten zumbidos misteriosos y vuelven a elevarse vertiginosamente, dejando a veces alguna huella o quemadura en el suelo. Se parte de la premisa de que, en un universo abarrotado de estrellas, un número incalculable de ellas contarán con sistemas planetarios orbitando a su alrededor, como nuestro Sistema Solar. Y que lo más probable es que muchos de ellos alberguen vida, incluso vida inteligente. Sobre esas dos certezas se cimenta la ufología, la “no ciencia” que es fuente de obsesión para los ufólogos. Creen, como yo lo creí, que hay “algo que flota sobre el mundo”, pero no saben lo qué es y, menos aún, de dónde procede o qué o quién lo causa. Y la hipótesis más generalizada entre los ufólogos es que son vehículos, tripulados o no, de origen extraterrestre. Parece la explicación más plausible, pero es una posibilidad remota, ínfima, que tiene mucho de antropocentrismo cósmico. Pensar que vienen a explorarnos artefactos extraterrestres que tardan en viajes intergalácticos cientos y millones de años, a velocidad de la luz, es elaborar un relato de ciencia ficción, cuando no somos, como planeta, ni el centro del Sistema Solar, ni de la Vía Láctea, ni del Universo, ni, por supuesto, de la creación, como recuerda el divulgador científico Javier Sampedro en un artículo reciente (El primer contacto).

ADIASA, después de una fugaz pero intensa singladura, murió cuando me convencí de llegar a ese “callejón sin salida” al que me refería al principio. O seguíamos acumulando y archivando casuística o reconocíamos que no había nada más que hacer. Reconozco que fue bonito y estimulante mientras duró. Porque ADIASA contribuyó en buena medida, a principios de los 70, a consolidar y aglutinar lo que se denominó como Ufología Andaluza, a la creación del Archivo Regional Andaluz y se responsabilizó de la edición y difusión del Boletín Informativo Andaluz, apoyando la iniciativa de la RNC (Red Nacional de Corresponsales) y de otros investigadores en esta especie de Renacimiento de la ufología andaluza, en general, y de la sevillana en particular. También participó y organizó alguna de las “reuniones regionales para la investigación del fenómeno OVNI” que comenzaron a celebrarse por aquel tiempo. E, incluso, colaboramos en la organización, bajo la dirección de Rafael Llamas Cadaval, de un evento público de enorme repercusión mediática en la Sevilla de 1973: un ciclo de conferencias titulado “Difícil problemática a tener en cuenta”, una “problemática” que progresivamente iba extendiéndose hacia lo esotérico, la mística heterodoxa, las psicofonías, los fenómenos paranormales, la psicocirugía, etc.

Aquello dio la puntilla a ADIASA puesto que suponía, a mi entender, suspender la incredulidad para amoldarnos a una realidad fantástica en la que los OVNIS eran un componente más. Rompimos con todos, dejamos de publicar el Boletín Informativo Andaluz y, al poco tiempo, nos disolvimos como grupo organizado. Yo me volqué en completar mis estudios, conseguí una plaza de funcionario en el Servicio Andaluz de Salud, me casé, tuve hijos y luego nietos, acabé otra licenciatura distinta por vocación y me sumergí en la lectura (ensayo, poesía y filosofía, fundamentalmente) y en la escritura de literatura de ficción, que me ha permitido publicar un libro de cuentos. Nada de ello me ha impedido seguir leyendo lo que cae en mis manos sobre ufología, pero sin la absorbente pasión antigua. Quizás entonces éramos inmaduros o juveniles aprendices de investigador de una ciencia inexistente.

Pero de una cosa sí estoy seguro, y es que la ufología me ha enseñado una forma crítica de ver el mundo y cuestionar lo que damos por sentado, y que ADIASA me brindó un bagaje sumamente enriquecedor para mi desarrollo personal y profesional. Sin la ufología, si es que existe, yo no hubiera logrado la mitad de lo que he conseguido ni llegado a este punto de una crónica que a muchos ufólogos podrá sorprender, viniendo de quien viene. Pido disculpas por anticipado.