sábado, 13 de junio de 2026

Vida extraterrestre: posible, pero improbable.

Steven Spielberg vuelve a insistir en su última película, El día de la revelación (2026), con la posibilidad de existencia de vida extraterrestre y que ésta haya visitado la Tierra o, incluso, continúe conviviendo con nosotros. No es la primera vez que este director aborda un asunto que, al parecer, le apasiona, y con el que ha elaborado filmes tan románticos como entretenidos, como Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T., el extraterrestre (1982).

Si a este “revival” cinematográfico sobre seres de otros mundos se añade la reciente iniciativa del Gobierno estadounidense de hacer público cientos de informes sobre casos de fenómenos anómalos no identificados (FANI, lo que antiguamente se conocía como OVNIS) que se mantenían clasificados como secretos en los archivos de diversas agencias gubernamentales, no cabe duda de que asistimos a un renovado interés por la posibilidad de vida extraterrestre. Un misterio que inquieta al ser humano desde tiempos inmemoriales y que nos atrae tanto como la existencia de un dios creador de todo el Universo y, por ende, del hombre o lo que se esconde más allá de la muerte.

Se trata, no obstante, de una característica exclusiva del ser autoconsciente que es el humano: hacer preguntas, interrogarse y buscar respuestas, aunque a veces se deje llevar más por la emoción y la imaginación que por la razón o inteligencia racional. De ahí que se apresure en aceptar, sin apenas cuestionarlo, que seres extraterrestres podrían haber visitado nuestro planeta en cualquier momento de la historia de la Humanidad y que, de algún modo, hayan podido integrarse en nuestras sociedades sin que sean detectados o los gobiernos nos lo estén ocultado. Es una idea que, por lo reiterada cada cierto tiempo, es bastante popular entre la población y que sirve para reinterpretar mitos o historias de pueblos antiguos.

Esa idea es la que nos induce a considerar, por ejemplo, que la lápida del rey maya Pakal de Palenque (Chiapas, México) en realidad representa, como hizo Erich von Daniken, a un astronauta dentro de una nave espacial.  O que los inmensos geoglifos del desierto de Nasca (Perú), líneas que representan animales y figuras geométricas, han sido trazados a propósito para ser vistos desde el aire. Y que unas pinturas rupestres en el desierto del Sáhara (pinturas de Tassili n´Aijer en Argelia) son humanoides con trajes y cascos, similares a los de los astronautas modernos. Incluso nos tienta a valorar el impacto de un meteorito en Tunguska, en 1908, como producto de una explosión del motor de una nave extraterrestre en mitad de Siberia (Rusia).

Es, pues, una idea muy atractiva. Tanto que, para buena parte de los estudiosos del fenómeno ovni (ufólogos) la extraterrestre sería la mejor y única hipótesis que explicaría “plenamente” (mejor que los fenómenos naturales, artefactos y tecnologías secretas en pruebas, interpretaciones erróneas o montajes deliberados) las visiones de unos objetos que escapan a las leyes físicas y de la capacidad técnica conocida. Una hipótesis o idea asumida sin meditar lo que tal eventualidad supondría desde múltiples puntos de vista, pero especialmente desde el rigor científico. Y olvidando que, obviar la ciencia para priorizar las creencias, es lo propio de las religiones y las supersticiones, no del conocimiento racional.

Para evitar caer en ese tipo de explicación fácil y cómoda, parece oportuno recalcar algunas consideraciones básicas, pero irrefutables, que cuestionan esta teoría sobre la posible, pero improbable vida extraterrestre, como haría cualquier pesimista alegre u optimista descreído al enfrentarse al interrogante de si estamos solos en el universo. Una pregunta pertinente con solo mirar al cielo estrellado.

Porque, ante tan cúmulo de estrellas, resulta lógico -simple cálculo estadístico- deducir que algunas de ellas podrían tener un planeta parecido al nuestro orbitando en su entorno. Sólo en nuestra galaxia hay más de 100.000 millones de estrellas. Y de todos los planetas posibles, un porcentaje de los mismos -por mínimo que fuese- pudiera ser habitable, orbitar en lo que se llama “zona habitable” (ni muy cerca ni muy lejos de su estrella), aunque ello no garantice la existencia de océanos, atmósfera estable, protección frente a la radiación, etc.  De todos modos, partiendo de una simple conjetura estadística, es posible aventurar que existe vida extraterrestre. Aun no se ha encontrado rastro alguno de ella, pero la posibilidad se mantiene por mera deducción matemática.

Es más, sabemos perfectamente que hay planetas orbitando muchas estrellas, como nosotros al Sol, a los que denominamos planetas extrasolares o exoplanetas. En puridad, se han descubierto unos 6.200 exoplanetas en más de 4.700 sistemas solares. Y sabemos también que la química de la vida no es exclusiva de la Tierra, puesto que sus componentes básicos (carbono, hidrógeno, helio, etc.) son comunes en los cuerpos siderales. Pero afinar en el estudio al detalle de las condiciones de cada uno de esos exoplanetas y sus atmósferas, es algo controvertido por la escasez de datos, la mayoría de los cuales son indirectos, como la detección de huellas químicas de sulfuro de dimetilo en la atmósfera del exoplaneta K2-18b, un indicador biológico similar al generado por el fitoplancton marino de la Tierra. No prueba la existencia de vida, pero es la “biofirma” más sólida detectada hasta la fecha.

Y es que la vida, como proceso evolutivo de la materia, bien podría originarse en cualquier otro mundo de los infinitos que alberga el universo. Entre otros motivos porque toda la materia que los forma, como el nuestro, está hecha de átomos. Así, todo lo que existe es una combinación átomos que obedecen o interactúan según reglas: las leyes de la naturaleza. Y esas leyes, que se pueden conocer y formular matemáticamente, explican y demuestran el origen y evolución de la vida (al menos la que conocemos aquí en la Tierra), y al afectar a lo que constituye todo lo real -los átomos-, cabe esperar que los signos de vida sean reconocibles y hasta comparables a los terráqueos. Máxime cuando la vida en la Tierra emerge en contextos increíbles, como la de esos microorganismos extremófilos que sobreviven en volcanes submarinos, ambientes hipersalinos o hielos polares; es decir, en condiciones extremas para la vida, como las del espacio. De ahí que la posibilidad de vida extraterrestre sea incontrovertible, aunque hasta la fecha no es algo demostrable. De momento, los humanos seguimos siendo la única especie solitaria tanto en la Tierra -donde no existen otras especies iguales con autoconsciencia- como en el Universo “cercano”, donde rastreamos señales de vida.

Seguramente porque el Universo es tan inmenso que, al imaginárnoslo, parece infinito. La estrella más cercana al Sol -Proxima Centauri- está a 40 billones de kilómetros de distancia; es decir, a 4,3 años-luz de nosotros, según los astrónomos. Un año-luz es la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 kilómetros por segundo. La nave más rápida que hemos lanzado al espacio -la Parker Solar Probe- se desplaza a 191 kilómetros por segundo, con lo que tardaría en llegar a Proxima Centauri unos 6.650 años.

Una presunta vida extraterrestre, necesariamente más desarrollada que la nuestra, que pudiera viajar por el cosmos para visitarnos se antoja, a la luz de estos datos, más que improbable, imposible. Y nos referimos solo al vecindario estelar local, el que “linda” con nuestro Sistema Solar. Porque si conjeturamos que podrían proceder de otras regiones remotas del Universo, la propuesta se convierte en broma para crédulos ingenuos.

Y es que, incluso suponiendo que hubiesen alcanzado tal nivel de desarrollo tecnológico que les permita viajar a la velocidad de la luz, una nave construida para ello adquiriría, según la Teoría de la Relatividad, una masa infinita (la masa aumenta con la velocidad), lo que requeriría una cantidad de energía también infinita para propulsarse. Cosa imposible, aquí y en Alfa Centauri, sin ir más lejos. Todo lo cual nos lleva a pensar, una vez más, que la vida extraterrestre puede que sea posible aunque poco probable, pero que haya podido viajar en ovnis hasta nuestro planeta resulta no solo improbable, sino disparatado, aplicando exclusivamente fundadas deducciones racionales.                 

Con todo, desde los años 60 del siglo pasado no cejamos en el empeño de buscar señales de vida inteligente en otros mundos, gracias a la radioastronomía convencional. Los proyectos más destacados de búsqueda son los del Instituto SETI (acrónimo en inglés de “Search for Extraterrestrial Intelligence”: búsqueda de inteligencia extraterrestre), de California, que emplea radiotelescopios para detectar señales en el rango de microondas, y el Breakthrough Listen, de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Pero anteriormente, en el año 1974, se envió un mensaje de radio al espacio, a través de la primera transmisión intencionada de alta frecuencia, desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) para conmemorar la remodelación de aquel radiotelescopio cuya antena ya se ha desplomado por falta de mantenimiento.

En cualquier caso, todas esas búsquedas han sido infructuosas hasta el momento, porque detectar señales de vida inteligente desde nuestro marco temporal -unos cien años- dentro del espectro de los 13.800 millones de años de historia del Universo, representa un desafío mucho más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Significa esperar el rastro de alguna señal enviada desde, por ejemplo, algún lugar de la Vía láctea -que tiene unos 100.000 años luz de diámetro-, y en la que cualquier señal emitida desde solo 1.000 años-luz de distancia conllevaría otro milenio en recibir respuesta. Se estima que la horquilla del “tiempo de respuesta” estaría entre 400 y 50.000 años, en función del espectro de búsqueda y el número de civilizaciones que creamos existe en él. Es probable que para entonces, cuando recibamos alguna respuesta, nuestra civilización haya desaparecido. Y eso, suponiendo que los “aliens” utilicen tecnologías semejantes a la nuestra.

En resumidas cuentas, Spielberg hace películas bellas y conmovedoras, pero de la ficción cinematográfica a la realidad existe una brecha inconmensurable espacio-temporal que nos aísla en este rincón de la galaxia de la posible vida extraterrestre que pudiera existir en el cosmos. Lo cual no impide que sigamos soñando con encuentros en la enésima fase y rastreando el cielo en busca de señales reveladoras que alimenten esa posibilidad, aunque sea ínfima. No intentarlo significaría que las posibilidades se reducirían al cero absoluto. Y no hay que perder la esperanza. Ersa es la razón por la que hay que mostrarse como un escéptico alegre al que no le perturban las frustraciones. Pues la vida extraterrestre es como las meigas, “no creo en ellas, pero haberlas, haylas”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Este blog admite y agradece los comentarios de los lectores, pero serán sometidos a moderación para evitar insultos, palabras soeces y falta de respeto. Gracias.