Si a este “revival” cinematográfico sobre seres de otros
mundos se añade la reciente iniciativa del Gobierno estadounidense de hacer
público cientos de informes sobre casos de fenómenos anómalos no identificados
(FANI, lo que antiguamente se conocía como OVNIS) que se mantenían clasificados
como secretos en los archivos de diversas agencias gubernamentales, no cabe
duda de que asistimos a un renovado interés por la posibilidad de vida
extraterrestre. Un misterio que inquieta al ser humano desde tiempos inmemoriales
y que nos atrae tanto como la existencia de un dios creador de todo el Universo
y, por ende, del hombre o lo que se esconde más allá de la muerte.
Se trata, no obstante, de una característica exclusiva del
ser autoconsciente que es el humano: hacer preguntas, interrogarse y buscar
respuestas, aunque a veces se deje llevar más por la emoción y la imaginación
que por la razón o inteligencia racional. De ahí que se apresure en aceptar,
sin apenas cuestionarlo, que seres extraterrestres podrían haber visitado
nuestro planeta en cualquier momento de la historia de la Humanidad y que, de
algún modo, hayan podido integrarse en nuestras sociedades sin que sean
detectados o los gobiernos nos lo estén ocultado. Es una idea que, por lo reiterada
cada cierto tiempo, es bastante popular entre la población y que sirve para reinterpretar
mitos o historias de pueblos antiguos.
Esa idea es la que nos induce a considerar, por ejemplo, que
la lápida del rey maya Pakal de Palenque (Chiapas, México) en realidad
representa, como hizo Erich von Daniken, a un astronauta dentro de una nave
espacial. O que los inmensos geoglifos del
desierto de Nasca (Perú), líneas que representan animales y figuras geométricas,
han sido trazados a propósito para ser vistos desde el aire. Y que unas
pinturas rupestres en el desierto del Sáhara (pinturas de Tassili n´Aijer en
Argelia) son humanoides con trajes y cascos, similares a los de los astronautas
modernos. Incluso nos tienta a valorar el impacto de un meteorito en Tunguska,
en 1908, como producto de una explosión del motor de una nave extraterrestre en
mitad de Siberia (Rusia).
Es, pues, una idea muy atractiva. Tanto que, para buena
parte de los estudiosos del fenómeno ovni (ufólogos) la extraterrestre sería la
mejor y única hipótesis que explicaría “plenamente” (mejor que los fenómenos
naturales, artefactos y tecnologías secretas en pruebas, interpretaciones
erróneas o montajes deliberados) las visiones de unos objetos que escapan a las
leyes físicas y de la capacidad técnica conocida. Una hipótesis o idea asumida
sin meditar lo que tal eventualidad supondría desde múltiples puntos de vista,
pero especialmente desde el rigor científico. Y olvidando que, obviar la
ciencia para priorizar las creencias, es lo propio de las religiones y las
supersticiones, no del conocimiento racional.
Para evitar caer en ese tipo de explicación fácil y cómoda,
parece oportuno recalcar algunas consideraciones básicas, pero irrefutables,
que cuestionan esta teoría sobre la posible, pero improbable vida
extraterrestre, como haría cualquier pesimista alegre u optimista descreído al
enfrentarse al interrogante de si estamos solos en el universo. Una pregunta
pertinente con solo mirar al cielo estrellado.
Es más, sabemos perfectamente que hay planetas orbitando
muchas estrellas, como nosotros al Sol, a los que denominamos planetas
extrasolares o exoplanetas. En puridad, se han descubierto unos 6.200
exoplanetas en más de 4.700 sistemas solares. Y sabemos también que la química
de la vida no es exclusiva de la Tierra, puesto que sus componentes básicos
(carbono, hidrógeno, helio, etc.) son comunes en los cuerpos siderales. Pero
afinar en el estudio al detalle de las condiciones de cada uno de esos
exoplanetas y sus atmósferas, es algo controvertido por la escasez de datos, la
mayoría de los cuales son indirectos, como la detección de huellas químicas de
sulfuro de dimetilo en la atmósfera del exoplaneta K2-18b, un indicador
biológico similar al generado por el fitoplancton marino de la Tierra. No
prueba la existencia de vida, pero es la “biofirma” más sólida detectada hasta
la fecha.
Y es que la vida, como proceso evolutivo de la materia, bien
podría originarse en cualquier otro mundo de los infinitos que alberga el
universo. Entre otros motivos porque toda la materia que los forma, como el
nuestro, está hecha de átomos. Así, todo lo que existe es una combinación
átomos que obedecen o interactúan según reglas: las leyes de la naturaleza. Y esas
leyes, que se pueden conocer y formular matemáticamente, explican y demuestran
el origen y evolución de la vida (al menos la que conocemos aquí en la Tierra),
y al afectar a lo que constituye todo lo real -los átomos-, cabe esperar que
los signos de vida sean reconocibles y hasta comparables a los terráqueos. Máxime
cuando la vida en la Tierra emerge en contextos increíbles, como la de esos microorganismos
extremófilos que sobreviven en volcanes submarinos, ambientes hipersalinos o
hielos polares; es decir, en condiciones extremas para la vida, como las del
espacio. De ahí que la posibilidad de vida extraterrestre sea incontrovertible,
aunque hasta la fecha no es algo demostrable. De momento, los humanos seguimos
siendo la única especie solitaria tanto en la Tierra -donde no existen otras
especies iguales con autoconsciencia- como en el Universo “cercano”, donde
rastreamos señales de vida.
Una presunta vida extraterrestre, necesariamente más
desarrollada que la nuestra, que pudiera viajar por el cosmos para visitarnos
se antoja, a la luz de estos datos, más que improbable, imposible. Y nos
referimos solo al vecindario estelar local, el que “linda” con nuestro Sistema
Solar. Porque si conjeturamos que podrían proceder de otras regiones remotas
del Universo, la propuesta se convierte en broma para crédulos ingenuos.
Y es que, incluso suponiendo que hubiesen alcanzado tal
nivel de desarrollo tecnológico que les permita viajar a la velocidad de la
luz, una nave construida para ello adquiriría, según la Teoría de la
Relatividad, una masa infinita (la masa aumenta con la velocidad), lo que
requeriría una cantidad de energía también infinita para propulsarse. Cosa
imposible, aquí y en Alfa Centauri, sin ir más lejos. Todo lo cual nos lleva a
pensar, una vez más, que la vida extraterrestre puede que sea posible aunque
poco probable, pero que haya podido viajar en ovnis hasta nuestro planeta
resulta no solo improbable, sino disparatado, aplicando exclusivamente fundadas
deducciones racionales.
Con todo, desde los años 60 del siglo pasado no cejamos en
el empeño de buscar señales de vida inteligente en otros mundos, gracias a la
radioastronomía convencional. Los proyectos más destacados de búsqueda son los
del Instituto SETI (acrónimo en inglés de “Search for Extraterrestrial
Intelligence”: búsqueda de inteligencia extraterrestre), de California, que
emplea radiotelescopios para detectar señales en el rango de microondas, y el
Breakthrough Listen, de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Pero
anteriormente, en el año 1974, se envió un mensaje de radio al espacio, a
través de la primera transmisión intencionada de alta frecuencia, desde el
radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) para conmemorar la remodelación de
aquel radiotelescopio cuya antena ya se ha desplomado por falta de
mantenimiento.
En cualquier caso, todas esas búsquedas han sido
infructuosas hasta el momento, porque detectar señales de vida inteligente
desde nuestro marco temporal -unos cien años- dentro del espectro de los 13.800
millones de años de historia del Universo, representa un desafío mucho más
difícil que encontrar una aguja en un pajar. Significa esperar el rastro de
alguna señal enviada desde, por ejemplo, algún lugar de la Vía láctea -que
tiene unos 100.000 años luz de diámetro-, y en la que cualquier señal emitida
desde solo 1.000 años-luz de distancia conllevaría otro milenio en recibir
respuesta. Se estima que la horquilla del “tiempo de respuesta” estaría entre
400 y 50.000 años, en función del espectro de búsqueda y el número de
civilizaciones que creamos existe en él. Es probable que para entonces, cuando
recibamos alguna respuesta, nuestra civilización haya desaparecido. Y eso,
suponiendo que los “aliens” utilicen tecnologías semejantes a la nuestra.
En resumidas cuentas, Spielberg hace películas bellas y
conmovedoras, pero de la ficción cinematográfica a la realidad existe una
brecha inconmensurable espacio-temporal que nos aísla en este rincón de la
galaxia de la posible vida extraterrestre que pudiera existir en el cosmos. Lo
cual no impide que sigamos soñando con encuentros en la enésima fase y
rastreando el cielo en busca de señales reveladoras que alimenten esa
posibilidad, aunque sea ínfima. No intentarlo significaría que las
posibilidades se reducirían al cero absoluto. Y no hay que perder la esperanza.
Ersa es la razón por la que hay que mostrarse como un escéptico alegre al que
no le perturban las frustraciones. Pues la vida extraterrestre es como las
meigas, “no creo en ellas, pero haberlas, haylas”.



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