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miércoles, 11 de febrero de 2026

No me gusta el reggaetón, pero sí Benito

Más por la edad que por otra cosa, el reggaetón no es un estilo musical que me entusiasme. Me ha cogido muy mayor para que me atraiga ese underground latinoamericano sobre el sexo explícito, las drogas y la violencia de la calle. Para ser sincero, he de reconocer que no me gusta nada.

En primer lugar, por ese ritmo dembow, nacido en Jamaica, que suena “atún-con-pan, atún-con-pan” de manera repetitiva, de base electrónica y armonía sencilla, una especie de combinación entre el reggae, el hip hop y el rap, que me resulta monótono, aburrido. En segundo lugar, por la práctica carencia de instrumentación musical, pues deja todo el protagonismo a la parte percusiva. Y en tercer lugar, por la manera en que se canta, una especie de recitado monocorde sin apenas saltos de melodía y una vocalización gutural que apenas se entiende, que no es apta para mis oídos, poco acostumbrados a una jerga suburbana que me resulta extraña y con incipientes dificultades auditivas.

El reggaetón, originario de Puerto Rico y Panamá en la década de los 90, es un género cantado en español y centrado en las manifestaciones culturales relacionadas con el baile, la noche y el ocio. De ser algo minoritario, a partir del 2000 comenzó a tener popularidad internacional y, hoy en día, es uno de los géneros musicales más escuchados en el mundo, hasta convertirse en un competidor directo con la industria mainstream de EE UU.

Quizás por ello, los organizadores del acontecimiento deportivo estadounidense por excelencia, la Super Bowl, decidieron este año ofrecer el espectáculo que se celebra durante el descanso al artista puertorriqueño (pero de nacionalidad norteamericana, ya que Puerto Rico es un estado libre asociado de USA)) Bad Bunny (Conejito malo), una de las figuras más reconocidas del reggaetón a nivel internacional. Seguramente, les movía la intención de expandir al mundo hispano la retransmisión de una competición que ya es seguida en algunos países de Centroamérica, como México, y del Caribe. Además, no era la primera vez que artistas hispanos habían actuado durante el entretiempo de la Super Bowl, como Shakira o Jennifer López.

Sin embargo, este año la participación del cantante boricua (ciudadano norteamericano, hay que insistir) agitó las ya de por sí turbias aguas que azotan la sociedad de EE UU. Por un lado, por la política racista del presidente Donald Trump, empeñado en una cacería indiscriminada de inmigrantes en suelo norteamericano, a los que denigra, humilla y acosa, considerándolos delincuentes y peligrosos. Es tal la represión que practica que la policía de control de inmigración y aduanas, conocida como ICE, no solo ha detenido a niños de cinco años para deportarlos, sino que ha asesinado a sus propios conciudadanos por protestar contra esa violencia injustificada, como Renée Nicole Good y Alex Reffrey Pretti, ambos de 37 años y ambos norteamericanos.

Y por otro lado, porque el cantante puertorriqueño había decidido cantar sólo en español, en coherencia con la música hispana que interpreta y con su estilo, un reggaetón energético hecho para bailar y con el que hace críticas sociales y reivindicativas de su tierra. Una música que le sirve para representar la cultura puertorriqueña y denunciar las injusticias y amenazas que enfrenta la isla, como el aumento del turismo, la gentrificación, la urbanización salvaje y el daño al medio ambiente. Es más, tal es su amor a sus orígenes que organizó una gira especial en Puerto Rico, de 30 conciertos, dedicada a su gente, en la que contrató talento local, impulsó la vestimenta criolla y promovió proyectos para la comunidad, lo que dejó cerca de 400 millones de dólares de ganancia para la isla. 

Pues bien, este artista es el que aprovechó su actuación en la Super Bowl para dejar en evidencia las políticas autoritarias y racistas de la actual Administración estadounidense, convirtiéndose en símbolo de una resistencia cultural, por su orgullo hispano, frente al miedo y la represión que ejerce el trumpismo en un contexto de persecución inmisericorde del inmigrante en EE UU. Ello ha desatado la virulenta reacción del movimiento MAGA, los seguidores fanáticos de Trump, que exhibieron sus más exaltados e irracionales sentimientos, movidos por el conservadurismo radical que promueve Donald Trump, mostrándose enfadados por el uso del español y el protagonismo de personas no blancas.

Ignoran estos que se consideran yanquis puros que EE UU no tiene un idioma oficial y que el español llegó a lo que hoy es territorio norteamericano antes que el inglés y del nacimiento de USA como nación hace 250 años. 

Según Héctor Fouce, profesor de Periodismo y Nuevos Medios de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, “el mérito de Bad Bunny ha sido el de ocupar y aprovechar un espacio como la Super Bowl para dejar claro que existen más formas de imaginar EE UU y que hay otra América que está siendo deportada masivamente”.

Así lo subrayó el propio cantante cuando exhibió el lema “Juntos somos América”, impreso en el balón de fútbol americano que portaba, y cuando dijo “Dios bendiga a América”, la única frase que pronunció en inglés, tras la cual citó el nombre de todas y cada una de las naciones que conforman el continente americano.

Esa reivindicación de lo latino ante un estadio con una audiencia mayoritariamente blanca, donde estuvo acompañado de otras figuras de habla hispana, como el actor Pedro Pascual y los cantantes Ricky Martin, Candi B o Karol G., representa un desafío cultural que plantea que otra América, más rica y diversa, es posible frente al modelo de sociedad supremacista, profundamente racista con redadas a migrantes incluida, que defiende el mandatario norteamericano.

Hay que poseer convicciones muy sólidas para provocar e irritar a un todopoderoso presidente norteamericano que es temido a lo largo y ancho del mundo, ya que es capaz de secuestrar “manu militari” a dirigentes de otras naciones, asesinar sin pruebas a presuntos narcotraficantes en aguas internacionales y de crear una policía que actúa como guardia pretoriana, dispuesta a acatar sin reservas sus impulsivas y arbitrarias decisiones.

Nada más que por este valiente posicionamiento más ético que político, Benito Antonio Martínez Ocasio -el nombre real de Bad Bunny- ha conseguido que me interese por su trayectoria. Nunca he escuchado ninguna de sus canciones y, probablemente, seguiré sin incluirlas en mis preferencias, pero su actitud y compromiso con su lengua y las tradiciones hispanas, precisamente en estos momentos en que EE UU se precipita por el barranco de la violencia contra la diversidad, la tolerancia y la convivencia multirracial, hace que Bad Bunny se convierta en mi ídolo del reggaetón, como Bruce Springsteen lo es del rock por lo mismo, por su respuesta ante los excesos policiales en Minneapolis.

Y luego dicen que la música te aísla de los problemas de la realidad.             

viernes, 23 de enero de 2026

Una Junta ¿de qué?

El plan de paz para Gaza que impuso Donald Trump contempla que tras el alto el fuego, alcanzado el pasado octubre, debería dar comienzo una segunda fase en la que Hamás procedería a desarmarse completamente (cosa improbable), se retirarían las fuerzas israelíes que ocuparon y devastaron la Franja (aun siguen matando gente), se desplegaría una fuerza internacional que separaría a los contendientes y procuraría la estabilización de la zona (ni está ni se la espera) y, finalmente, se constituiría una Junta de Paz que supervisaría el desarrollo del alto el fuego y los proyectos de reconstrucción del enclave. Así constaba en el documento de 20 medidas con el que Trump consiguió poner punto final a la guerra entre Israel y Hamás.

Pero antes de que todos esos pasos previos se completen, el presidente norteamericano ha querido materializar el último de ellos con la creación de la llamada Junta de Paz, un organismo pensado para que Trump ejerza el control directo sobre el futuro del territorio palestino e, incluso, pueda sustituir a la ONU en la resolución de conflictos.

A tal efecto, EE UU ha invitado a líderes de todo el mundo a formar parte de la Junta de Paz con el objetivo de dotar de mayor credibilidad y peso internacional a un organismo que, más adelante, podría convertirse en la institución que supervise, bajo las directrices de Trump, cualquier conflicto en los que participe como mediador.  

Y como no podía ser de otro modo, Donald Trump se ha asegurado su control total, ya que será presidente indefinidamente de la Junta y tendrá potestad de aprobar qué Estados o líderes pueden ser miembros o no de ella, además de tener autoridad para vetar cualquier acuerdo o decisión que se adopte en su seno. De entrada, ha exigido que, para ser miembro permanente, hay que abonar mil millones de dólares (920 millones de euros), un fondo que, según el borrador de la carta fundacional, será el propio Trump quien lo controle.

Gaza en la actualidad
Al menos 60 países han sido invitados para sumarse a esa Junta. Y entre los que ya han aceptado figuran, hasta la fecha: Javier Milei, presidente de Argentina; Santiago Peña, de Paraguay; Recep Tayyip Erdogan, de Turquía; Viktor Orbán, presidente de Hungría; Abdalá II, rey de Jordania; Narendra Modi, primer ministro de India; Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia; representantes de Egipto, Qatar y Emiratos Árabes, que mediaron en el conflicto; Prabowo Subianto, primer ministro de Indonesia; Shehbaz Sharif, de Pakistán; Nikoi Pashinyan, de Armenia; Vladimir Putin, quien todavía no ha dado repuesta a la propuesta de Washington; y por supuesto Benjamin Netanyahu, el dirigente israelí que, esgrimiendo legítima defensa, está acusado por el Tribunal Penal Internacional de crímenes de guerra y genocidio cometidos en Gaza y, no contento con ello, también ha decidido demoler las instalaciones de la sede de la  UNRWA (la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos) de Jerusalén Este, violando el derecho internacional y los privilegios e inmunidades de las Naciones Unidas, aparte de prohibir la actividad de otras 37 organizaciones humanitarias en el Enclave y en Cisjordania.

Otros países, en cambio, como Francia, Suecia, Noruega, España y la UE como institución, han declinado la oferta. Y algunos todavía la están estudiando, caso de China y los países bálticos.

Es curioso que la mayoría de líderes que ha aceptado formar parte de la Junta tenga una tendencia reaccionaria, comprensiva con los objetivos del mandatario norteamericano de alterar el orden mundial, está alineada con la política estadounidense y, por supuesto, simpatiza con Israel y su política de expansión sobre el territorio palestino y la consiguiente expulsión de su población árabe.

También es significativo que ningún palestino haya sido invitado a formar parte de la Junta ni que representantes del Gobierno Autónomo Palestino, rival de Hamás y legítimo representante democrático del pueblo palestino, figuren en ella. Al parecer, la paz de Gaza compete al agresor y sus simpatizantes, no al agredido y prácticamente aniquilado pueblo palestino de Gaza. Todo para Gaza pero sin los gazatíes, parece la consigna.

Entre tanto, Trump también ha elegido un Comité Ejecutivo subordinado a la Junta de Paz con personas de su máxima confianza, como Marco Rubio, secretario de Estado de EE UU; Jared Kushner, su yerno; Roberto Gabriel, asesor de Trump; Steve Witkoff, millonario propietario de una inmobiliaria; Marc Rowan, otro multimillonario, Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, y Tony Blair, exprimer ministro británico, cuestionado en Oriente Medio por ser coartífice de la invasión ilegal de Irak.

También ha designado a dos consejeros para la Junta, Aryeh Lightstone y Josh Gruenbaum, que serán los encargados de las “operaciones y estrategia del día a día”, junto al diplomático búlgaro Nicolai Mladenov como Alto Representante para Gaza, algo así como el enlace entre la Junta y el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), una especie de Gobierno de tecnócratas sin apenas margen de maniobra, ya que estará supervisado por la Junta de Paz, por el Alto Representante y por el Comité Ejecutivo.

La Gaza que se proyecta
Pero más allá del desprecio al pueblo palestino al que se le impide decidir su futuro, lo preocupante del plan y de la Junta de Paz es la intención que lo animan. Encuadrado en el afán del presidente de Estados Unidos por dinamitar el orden internacional, la Junta de Paz parece diseñada para relegar a la ONU, creada hace 80 años, y sustituir su política multilateral por un organismo, encargado de “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, completamente controlado por Trump y sujeto a su voluntad.

En lugar de exigir responsabilidades por la devastación de Gaza, articular políticas que garanticen la coexistencia de un Estado israelí y otro palestino, en pacífica convivencia (la "solución de los dos Estados" acordada por la ONU), y acompañar y asesorar al pueblo palestino para que ejerza su voluntad política como democráticamente decida, la Junta de Paz parece orientada a mantener las estructuras colonialistas en Gaza, permitiendo que los grandes detentadores de capital, Trump entre ellos y esos multimillonarios que lo acompañan, asuman en su beneficio la reconstrucción e, incluso, establezcan un dominio internacional indefinido sobre la Franja, manteniéndola separada de Cisjordania e institucionalizando, así, la fragmentación palestina, lo que dificultaría el sueño palestino de su autodeterminación. Todo un plan perfectamente estructurado en el que los palestinos carecen de voz y quedan reducidos a mano de obra barata y empleados sumisos, como simples súbditos bajo tutela internacional.

Más que la paz, esta Junta consolida abiertamente un descarado colonialismo sobre la maltratada Gaza a mayor gloria y vanidad del actual emperador del mundo, jefe supremo indefinidamente de esa nueva ONU que establecerá la paz mundial y una gobernanza fiable. Es para morirse de risa si no produjera escalofríos.

domingo, 19 de enero de 2025

Un putero y violento en la Casa Blanca

No, no son ataques calumniosos hacia el flamante inquilino de la sede del Gobierno más poderoso del mundo. Es, simplemente, una manera vulgar -para que todos lo entiendan- de describir lo que fallos judiciales e imputaciones diversas han determinado sobre el delincuente que dirigirá los destinos de Estados Unidos de América (EE UU) e influirá en gobiernos de todo el planeta a partir de esta semana.

Aparte de ser el único presidente sometido a juicio político (impeachment) dos veces,  Donald Trumo es un putero porque una sentencia lo ha condenado por pagar 130.000 dólares, durante la campaña electoral de 2016,  a una prostituta para que guardara silencio, procurando camuflar el pago. Y es violento en tanto en cuanto intentó interferir en el resultado electoral de las presidenciales de 2020, que perdió frente a Joe Biden, al promover y apoyar el asalto violento y el caos desencadenado en el Capitolio para retrasar la certificación de aquellas eleccio0nes, y también por intentar anular su derrota electoral en el estado de Georgia ese mismo año.

Por ninguno de esos y otros delitos el ínclito presidente de los EE UU pisará la cárcel ni pagará multa, pero quedará señalado como el primer delincuente convicto que se sienta en el Despacho Oval de la Casa Blanca, desde donde dirigirá los destinos de su país e influirá en los del mundo entero durante los próximos cuatro años. Con todo, no son sus antecedentes penales lo más peligroso del mandatario estadounidense, sino sus intenciones políticas, de las que su pasado es señal de lo que nos aguarda.

Y es que Trump, de 78 años de edad, accede por segunda vez a la presidencia de EE UU con afán vengativo y dispuesto completar el programa radical que no pudo cumplir en su anterior mandato. Y lo hace desde la tranquilidad que disfruta por su inmunidad ante las causas judiciales que pendían sobre su cabeza y por el apoyo social y político que respalda su ideología populista de ultraderecha. Y que cuenta, por si fuera poco, con la bendición de la oligarquía tecnológica de los ultrarricos ultraliberales.

Es decir, Trump viene con más fuerza y más posibilidades que nunca para polarizar aun más su país y acabar de desestabilizar las relaciones y el orden internacional, en función de un proteccionismo comercial, los intereses nacionalistas de su política hostil a la globalización y las ambiciones empresariales de sus socios ultraliberales. Todo ello convenientemente elaborado con un relato antisistema, bulos y conspiraciones a mogollón y las siempre eficaces raciones de racismo y xenofobia. Una narrativa mediática con la que ofrecer hechos alternativos que sustituyan a la realidad para así controlar la interpretación de las políticas gubernamentales. Vamos, lo que ya hizo en su anterior etapa en la Casa Blanca, pero ahora con el añadido imperialista de anexionarse Groenlandia (tanto si se avienen a venderla como si no), incorporar Canadá como un estado más de EE UU y recuperar el control del Canal de Panamá, todo ello mediante presiones comerciales o el uso de la fuerza, si fuera preciso. Lo dicho: viene envalentonado.

No es difícil adivinar el comportamiento de Trump como presidente putero e irascible de la primera potencia mundial con solo recordar su anterior ejecutoria desde el 1600 de la avenida Pennsylvania de Washington. Sus impulsos son igualmente irascibles e inmorales. Porque lo primero que hizo la vez anterior fue desmantelar el programa de sanidad pública conocido como Obamacare (que no pudo derogar, pero sí erosionar). También mandó construir de manera inmediata un muro físico de 3.000 kilómetros, paralelo a la frontera con México, que impidiera la inmigración irregular procedente de su vecino del sur. Y ordenó suspender la acogida de refugiados de Siria, Irak, Irán, Libia, Yemen, Sudán y Somalia, en lo que se llamó la “prohibición musulmana”, con el fin de proteger al país del terrorismo extranjero. Además, firmó sendas órdenes ejecutivas para revisar las regulaciones medioambientales restrictivas que afectaban a varios proyectos de oleoductos. Y todo esto en sus primeros diez días de gobierno. Es así de impulsivo, como buen iluminado que se cree providencial.

Tan iluminado que no dudó en despreciar a la Unión Europea, donde se teme su nueva presidencia; descalificar a la OTAN y amenazar con salirse del tratado; no respetar a la ONU, a la que considera un “club de gente que se reúne para pasárselo bien”; abandonar la UNESCO; dar portazo al Consejo de Derechos Humanos de la ONU (UNHRC); dejar de contribuir con fondos a la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA); cuestionar a la OMS por supuesta “mala gestión” de la pandemia del SAR-Cov-2;  abandonar el Acuerdo del Clima de París para no comprometerse con las reducciones de emisiones contaminantes; desvincularse del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), etc.

Si añadimos a lo anterior sus preferencias por los líderes de fuerte personalidad pero poco recomendables, como el dictador norcoreano Kim Jong-un, el presidente ruso Vladimir Putin, el genocida israelí Benjamín Netanyahu; sus simpatías por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y sus amigos Jair Bolsonaro, Georgia Meloni, Javier Milei, Viktor Orbán, Nigel Farage, Éric Zemmour, Tom Van Grieken, Mateusz Morawiecki y Santiago Abascal, rancios representantes del populismo de ultraderecha que recorre el mundo e invitados ilustres a la ceremonia de toma de posesión, poco queda por decir de lo que nos espera en el nuevo mandato de Donald Trump, salvo que Dios nos coja confesados.

Nos aguarda un mundo menos seguro, en el que no se respete el Derecho Internacional, rija una economía de aranceles a la importación, el proteccionismo más aislacionista, la desregulación que favorece al poderoso, la injusticia social y racial, la amenaza en vez de la diplomacia y el desprecio a los Derechos Humanos en nombre de la seguridad..

Que un putero y violento, además de narcisista y embustero, magnate de los negocios que se jacta “saber más” que todos esos políticos “perdedores” que no tienen “ni idea”, siente sus posaderas en la Casa Blanca no augura nada bueno a nadie, excepto a la corte de multimillonarios de las `big tech´ que lo acompaña, adula y financia, y al que su trayectoria retrata con más fidelidad que cualquier biografía y dibuja el negro panorama al que nos enfrentamos desde hoy. ¡Ojalá me equivoque!

sábado, 2 de noviembre de 2024

La basura de Puerto Rico

La relación de Puerto Rico con los Estados Unidos de América (EE UU), de la que es colonia desde que España se la “cedió” en 1898 tras la guerra hispano-norteamericana, siempre ha estado marcada por los prejuicios racistas de la potencia. Pero nunca como hasta ahora ha alcanzado tal cota de desprecio y desconsideración como la que exhibe el expresidente y actual candidato republicano Donald Trump cuando se refiere a la isla y a sus habitantes. Su actuación pasada desde la Casa Blanca y las soflamas que hoy pronuncia como candidato reflejan no solo el escaso nivel intelectual de un personaje que agrede innecesariamente a una parte relevante de la población norteamericana (los puertorriqueños tienen nacionalidad norteamericana), sino, además, la catadura moral de quien se vale del insulto gratuito para descalificar lo que no se acomoda a sus particulares intereses electorales y, llegado el caso, sus objetivos políticos una vez acceda, si Kamala Harris no lo impide, otra vez al poder.

La demagogia y las mentiras han sido y son los habituales recursos dialécticos del neofascista Trump en sus intervenciones hasta el punto de que ya nadie se molesta en contabilizarlos, como hizo durante un tiempo en su anterior mandato el diario The Washington Post, que le descubrió más de 20.000 declaraciones falsas o engañosas, a un ritmo de 50 mentiras diarias. Pero cuando pretende ser sutil, invita como teloneros en sus discursos a seguidores entusiastas de sus ideas y modales para que verbalicen lo que él debe callar para no perder votantes. Es lo que sucedió  hace poco en un mitin en el Madison Square Garden de Nueva York, en el que el cómico Tony Hinchcliffe se permitió la gracieta de calificar a Puerto Rico de “isla flotante de basura en medio del océano”. El que lo contrató se ha tronchado de risa en su mansión de Mar-a-Lago, en Palm Beach (Florida). Y tan satisfecho quedó con la actuación de su palmero que aquellos exabruptos le parecieron un “festival de amor absoluto, y fue un honor para mí participar”.

Me imagino que a los puertorriqueños  no les halagará que los tilden de basura y que, encima, deban aceptar tal calificativo como una muestra de amor de Donald Trump. Ni a los puertorriqueños que habitan en la isla ni a los seis millones que viven en EE UU. La zafiedad de los insultos descalifica a quien los pronuncia y los consiente, sea payaso o un ricachón populista e inmoral. Y me imagino, también, que pocos serán, entre los nacidos en esa isla del Caribe, que aplaudirán los cánticos de odio y sectarismo que denotan tales declaraciones de “amor” del republicano hacia el ciudadano de origen hispano, concretamente puertorriqueño, de EE UU. Y puestos a imaginar, pienso que no serán muchos los votos que consiga el ínclito candidato bocazas en Puerto Rico y en aquellos estados con importante población hispana. Hay que tener en cuenta que los latinos representan el 15 por ciento del electorado total del país.  Pero, claro, todo son imaginaciones mías.

Lo que no es imaginación es que las ofensas de Trump hacia Puerto Rico no son nuevas. Ya en 2017, cuando el huracán María devastó la isla provocando grandes destrozos, el fallo del sistema eléctrico en toda la isla, muchos lugares sin acceso a agua potable y más de 2.900 muertos, el entonces presidente norteamericano, no solo retrasó o limitó las ayudas federales a la recuperación del Estado Libre Asociado, sino que se permitió la mofa de repartir  rollos de papel de cocina, durante una visita relámpago de cinco horas a la isla, como si fuera lo único que necesitasen los damnificados de Puerto Rico.

Mayor muestra de insensibilidad con los afectados por parte del presidente de EE UU no se ha visto nunca, hasta ahora, cuando  permitió que en un mitin se volviera a exhibir ese odio racial hacia los puertorriqueños, como si fueran ciudadanos norteamericanos de segunda clase. Tan de acuerdo estuvo el candidato Trump con la bazofia vomitada por un cómico que, no solo no le recriminó tales mensajes racistas, sino que ni siquiera se ha disculpado por ello, como le pidió el arzobispo de Puerto Rico en un comunicado.         

A horas de las elecciones, Ignoro si Donald Trump volverá a ser presidente de EE UU, pero sé que si llegara a la Casa Blanca los hispanos en general, y los puertorriqueños en particular, verán otra vez restringidos  o cercenados muchos de sus derechos y libertades. El muro que continuará levantado el populista republicado entre los supremacistas blancos y el resto de etnias y razas que conforman la sociedad estadounidense será miserablemente enorme, como el que se empeña en completar a todo lo largo de la frontera con México.

No sé si Trump vencerá en estas elecciones, pero si sé que, si pudiera votar, mi voto hispano no lo conseguiría.  El modelo de democracia iliberal que propugna, en la que puede ignorar o eludir su responsabilidad y los límites constitucionales (como se deduce de las causas judiciales que tiene abiertas), un modelo que rechaza la pluralidad y la protección de las minorías, que criminaliza la inmigración y que es negacionista de la violencia machista, del cambio climático y de la lucha por la igualdad de la mujer, no es la democracia en la que todos los ciudadanos, sin importar condición, se puedan sentir representados, amparados y protegidos.

No lo votaría porque ya sabemos cómo actuará Trump, aquel misógino que extendió los ataques al feminismo y eligió jueces ultraconservadores que limitaron el derecho al aborto, el que eliminó el castellano de la página web de la Casa Blanca, el que ordenó separar a niños de sus padres inmigrantes en la frontera, el que no condenaba los actos de violencia contra los negros, el que pretendía repatriar a los hijos nacidos en EE UU de inmigrantes indocumentados, el que dejaría que Rusia invadiera totalmente Ucrania y permitiría a Israel acabar con los palestinos para infestar sus territorios con colonias judías, el que, en definitiva, representaría el mayor peligro para la democracia no solo en EE UU, sino en todo el planeta, pues la legalidad internacional es para él papel mojado..  

Donald Trump, como los Orbán, Putin, Milei. Bolsonaro, Wilders, Le Pen, Meloni  y tantos otros, sin olvidar al Abascal español, defiende una democracia  en la que el sectarismo y la desigualdad ahondarían sus nefastos efectos, causando división y odio en la sociedad. Un odio racial hacia minorías desfavorecidas, que se consideran basura. Un energúmeno así no puede llegar a ser presidente de todos los norteamericanos, incluidos los puertorriqueños. Por eso, si por mí fuera, lo despediría como él solía hacer en un programa televisivo: ¡You´re fired, Mr. Trump!

jueves, 21 de enero de 2021

¡Estás despedido, Trump!

Joe Biden acaba de ocupar la Casa Blanca, aplicándole a Donald Trump la misma receta que el empresario, cuando actuaba como presentador del reality show “The Apprentice”, le gustaba dispensar a los perdedores de su concurso: “¡Estás despedido!”. Trump ha sido humillado donde más le duele, en su amor propio, su vanidad y su soberbia. Él, que se consideraba un triunfador nato en todo lo que se dedicara y que despreciaba a los perdedores, ha perdido la presidencia de EE UU, su más preciado trofeo, de la mano de un representante casi senil de lo que pretendía combatir con populismo y mentiras: el establishment político de Washington.

Y se ha largado sin despedirse de su sucesor, con el rabo y el orgullo entre las piernas, pero rebosante de rabia y rencor, amenazando con volver y tomarse la venganza. Toda una exhibición de la catadura moral de un ególatra patológico sin capacidad para respetar a nada ni nadie que no sea él mismo. La aventura política del tramposo magnate sin escrúpulos ha acabado como cabía esperar: sin que aceptara su derrota y provocando casi una guerra civil que sólo la solidez de la democracia norteamericana ha podido evitar.

La tarea que deja el paso de Trump es prácticamente inasumible: unificar al país, reconciliar a una sociedad dividida por los dislates de un mandatario sectario que no dudó en agitar las aguas del racismo y la violencia si le convenía, y reconciliar a los ciudadanos con la democracia y las instituciones de una nación que lidera el progreso y el mundo libre del planeta. Una tarea ingente si se le añade, además, la lucha contra la pandemia, la vuelta a los consensos y el multilateralismo político y comercial, la protección medioambiental, la igualdad social y el crecimiento económico, sin olvidar los problemas geopolíticos y de Defensa.

No serán pocos ni fáciles, pues, los retos que deberá afrontar el presidente Biden, sobre todo el de restañar las heridas causadas por el calamitoso Donald Trump. Ojalá su temple, su experiencia, su moderación y un equipo seleccionado por su competencia y valía, no por la endogamia familiar e ideológica, le permitan culminar con éxito un mandato que no ha podido comenzar con mejor pie: “Trump, you´re fired!”.

martes, 15 de diciembre de 2020

Pueblos condenados al olvido

La historia, más que del acúmulo de datos, es reflejo del olvido. Por eso se dice que la historia la escriben los ganadores, los que condenan al olvido a los perdedores para glorificar la gesta, siempre sesgada, parcial e incompleta, de los que triunfan en la lucha de las ideas, los pueblos, el poder. Así es la historia del mundo y de cualquiera de sus pedazos, constituidos ya como naciones o estados que se suponen estructura administrativa de los pueblos que habitan el planeta. Y en ese relato histórico, que aún se escribe y se modifica a gusto del vencedor de turno, algunos pueblos tienen predeterminado su destino, condenados al olvido.

En estos días no ha sido casualidad que dos de esos pueblos sufran, de manera casi simultánea, el desprecio y el abandono de los que practican la hermenéutica histórica en unos tiempos en que escasea la decencia y se rinde culto a la obscenidad. Tanto el pueblo palestino como el saharaui acaban de recibir la puntilla a sus aspiraciones nacionales y han sido relegados a la condición de figurantes de los poderes aliados en la región, por decisión arbitraria, pero determinante, del mediocre cabecilla del imperio que hoy escribe la narrativa mundial: el presidente de los Estados Unidos de América (EE UU), Donald Trump.

Con todo el poder que otorga gobernar la única superpotencia mundial, modelo imperante tanto de lo político como de lo económico, cultural y sobre todo militar, el dirigente menos cualificado de EE UU ha optado por saltarse a la torera la legalidad internacional y desoír las resoluciones de la ONU que amparan y legitiman el derecho que asisten a Palestina y Sahara Occidental para dotarse de un Estado independiente y soberano, reconocido y admitido en el concierto global de naciones. Por la fuerza de los hechos consumados, Donald Trump, a punto de abandonar la Casa Blanca tras perder, aunque no lo quiera reconocer, las elecciones, ha querido sembrar de obstáculos el mandato del próximo presidente electo, Joe Biden. Y lo hace con tan malos modos y de forma tan obscena como corresponde al estilo faltón, impetuoso y sobrado de soberbia del mandatario derrotado.

Porque, desde que asumió la presidencia, Donald Trump ha otorgado a Israel no sólo el beneplácito sino apoyo para completar la anexión de los territorios palestinos ocupados y considerar ciudadanos de segunda clase a la población árabe del país, contraviniendo las resoluciones de la ONU, los acuerdos internacionales y hasta la propia posición de EE UU, mantenida hasta la fecha sobre el conflicto palestino-israelí, al distanciarse de la canónica “solución de dos Estados” y patrocinar un plan que atiende exclusivamente a los intereses judíos. Con él ratifica la política sionista para la disolución social del pueblo palestino, consistente en la progresiva desnaturalización de Cisjordania mediante la proliferación de colonias judías en su interior, la declaración de la totalidad de Jerusalén como capital del Estado hebreo, sin respetar su estatus jurídico internacional, y el férreo control militar de cualquier actividad de los palestinos, tanto en Cisjordania como en la Franja de Gaza. Tal política cuenta con la plena avenencia de Donald Trump, quien mantiene un absoluto cabildeo con las autoridades judías más intransigentes, radicales y corruptas, como la que representa Benjamín Netanyahu, actual primer ministro hebreo, procesado por la justicia de su país.

Ese mal llamado “Plan de paz”, patrocinado por Trump y elaborado por su yerno, Jared Kushner, ha sido la penúltima traición a las aspiraciones de los palestinos de erigirse en nación soberana. Un plan que no sólo fragmenta Cisjordania, reduce su tamaño y la mantiene bajo soberanía israelí con autonomía limitada, sino que consolida y extiende la diseminación de colonias judías en su seno y la separa aún más, administrativamente, de la Franja de Gaza. Todo ello supone, en la práctica, la anexión definitiva de los enclaves palestinos en el Estado de Israel, incumpliendo los parámetros internacionales y las resoluciones de la ONU.

Pero la puntilla última, esperemos que no definitiva, ha consistido en desunir y enfrentar a los aliados árabes de la causa palestina para que establezcan relaciones con Israel y dejen de apoyarla, a cambio de suntuosas contraprestaciones económicas avaladas por EE UU. El frente homogéneo que todos los países árabes mantenían contra el Estado judío y a favor de las demandas palestinas ha quedado, así, resquebrajado. Además de Egipto (1979) y Jordania (1994), los únicos países árabes con los que Israel mantenía relaciones, acordadas con la firma de la paz tras enfrentamientos bélicos, Trump ha conseguido en sus últimas horas que Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos establezcan relaciones diplomáticas con el otrora acérrimo enemigo, el estado sionista de Israel.

Esta “normalización” de relaciones, olvidando las viejas demandas del fin de la ocupación de Palestina y la creación de un Estado palestino independiente y viable, circunscrito a los límites acordados antes de 1967, cuando se desató la Guerra de los Seis Días, parece responder antes a una estrategia defensiva contra la influencia de Irán, en la que Israel actuaría como paraguas militar, que al desistimiento de la causa palestina, ahora relegada a las prioridades geoestratégicas del tablero de Oriente Próximo. Sin embargo, este plan, promovido por Trump y denominado enfáticamente Acuerdos de Abraham, no acaba de atraer la adhesión de Estados árabes más significativos en la región, como Arabia Saudí, pero supone una puñalada mortal a las pretensiones del pueblo palestino. Se trata del enésimo bofetón a un pueblo que no ha dejado nunca de ser considerado perdedor en la narrativa de la historia que escriben los vencedores, es decir, los que disponen de la fuerza.

Perdedores como lo son, también, los saharauis desde que fueron vergonzosamente abandonados a su suerte, bajo la presión de la bota marroquí (marcha verde), por la España entonces potencia colonizadora (administradora) de aquel territorio africano, allá por el año 1975, en los estertores del franquismo. Víctimas del mismo atropello injustificable, moneda de cambio en las transacciones geopolíticas que interpretan la historia sin contar con sus protagonistas, el pueblo saharaui está también predestinado al olvido y el desprecio. Son tratados como calderilla en las manos de Donald Trump, válida para poner chinitas a su sucesor, engrosando adhesiones “compradas” a esos Acuerdos de Abraham que persiguen el reconocimiento de Israel por parte de países árabes. Magro triunfo de la diplomacia trumpista que sirve, además, para ignorar a España, país con responsabilidad en el conflicto, otra vez a la ONU, incapaz de organizar el acordado referéndum de autodeterminación, y al consenso y legalidad internacionales, manifiestamente pisoteados e inoperantes.

Dando expreso reconocimiento a la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, EE UU ha conseguido que el reino alauita se sume a los países árabes que mantendrán relaciones con Israel. Si ya el pueblo saharaui vivía en un limbo legal que los recluía en los campamentos desérticos de Tinduf, desde donde se podía acoger a niños en vacaciones como acto de consoladora solidaridad, que no compromete a nada, ahora se le condena al olvido definitivo, tras aquel acuerdo de 1975 con el que España dividió en dos al Sahara para entregarlo a Mauritania y Marruecos, declarado nulo por la ONU.

En este caso, Trump no ha hecho más que aprovechar una situación de hecho consentida, la colonización marroquí del Sahara ocupado, para reforzar su “diplomacia” personal, su venganza por la derrota electoral y su obsesión incondicional con Israel. Y en ese relato del poder, algunos pueblos llevan la de perder, como el palestino y el saharaui. Están, desgraciadamente, condenados al olvido.

jueves, 5 de noviembre de 2020

El mal perder de un trapalero


Pendiente aun del recuento de los votos por correo en algunos estados clave para decantar la victoria, todo indica que el ganador de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de América (EE UU) será el candidato demócrata Joe Biden, la persona de más edad (78 años) que ha competido por el cargo y el que mayor número de votos ha cosechado nunca en la historia de aquel país. Y el que, sin el carisma de Barack Obama ni la agilidad dialéctica de otros contrincantes, expulsará del Despacho Oval de la Casa Blanca al imprevisible, sectario y manipulador Donald Trump, quien, como buen trapalero, busca todos los subterfugios legales o alegales para mantenerse en el cargo, insinuando incluso la probabilidad de un fraude que le arrebataría el triunfo. Es el mal perder de un trapalero, acostumbrado a mentir y hacer trampas durante toda su vida. Cree que todos hacen lo que él haría.

Lo grave de su actitud, poco respetuosa con las instituciones y los procedimientos democráticos que él está obligado salvaguardar, es la desconfianza y el deterioro que ocasiona en ellos, provocando una profunda división en el país que podría acarrear violentas consecuencias. Los infundios que propala y las simpatías que exhibe sin recato hacia los sectores “militarizados” de la extrema derecha, dispuestos “defender” con las armas a quien se presenta, cuando no convence ni gana, como víctima de los ardides de un adversario político, son sumamente peligrosos para la convivencia y la paz del país, hasta el extremo de que una guerra civil sea una opción no descartable. Esa actitud denota, además, las inclinaciones de una persona autoritaria, soberbia, nada respetuosa con la democracia, racista y sumamente impetuosa. De hecho, si se confirman los resultados electorales, Trump está a punto de ser considerado el peor presidente de EE UU, cuyo estrambótico mandato sólo pudo ser soportado durante una única legislatura. El mundo entero respirará aliviado con su marcha, salvo por los adláteres populistas que le imitan con igual desfachatez en otras naciones del planeta.

Si no fuera por tales consecuencias y lo que está en juego, resultaría hilarante la conducta de mal perder de un personaje tan trapalero, que utiliza el alto cargo que ocupa para esparcir maledicencias sobre su país y las demás naciones del mundo, con el sólo objeto de conservar el cargo y alimentar su engreimiento. Sin él, América volverá a ser el país de las oportunidades para cualquier ciudadano y el faro de la democracia y los derechos humanos para el resto del mundo. ¡Ojalá se confirmen los resultados que pronostican su fracaso!