Joe Biden acaba de ocupar la Casa Blanca, aplicándole a Donald
Trump la misma receta que el empresario, cuando actuaba como presentador del
reality
show “The Apprentice”, le gustaba dispensar a los perdedores de su concurso:
“¡Estás despedido!”. Trump ha sido humillado donde más le duele, en su amor
propio, su vanidad y su soberbia. Él, que se consideraba un triunfador nato en
todo lo que se dedicara y que despreciaba a los perdedores, ha perdido la
presidencia de EE UU, su más preciado trofeo, de la mano de un representante
casi senil de lo que pretendía combatir con populismo y mentiras: el
establishment
político de Washington.
Y se ha largado sin despedirse de su sucesor, con el rabo y
el orgullo entre las piernas, pero rebosante de rabia y rencor, amenazando con
volver y tomarse la venganza. Toda una exhibición de la catadura moral de un
ególatra patológico sin capacidad para respetar a nada ni nadie que no sea él
mismo. La aventura política del tramposo magnate sin escrúpulos ha acabado como
cabía esperar: sin que aceptara su derrota y provocando casi una guerra civil
que sólo la solidez de la democracia norteamericana ha podido evitar.

La tarea que deja el paso de Trump es prácticamente inasumible:
unificar al país, reconciliar a una sociedad dividida por los dislates de un
mandatario sectario que no dudó en agitar las aguas del racismo y la violencia
si le convenía, y reconciliar a los ciudadanos con la democracia y las
instituciones de una nación que lidera el progreso y el mundo libre del
planeta. Una tarea ingente si se le añade, además, la lucha contra la pandemia,
la vuelta a los consensos y el multilateralismo político y comercial, la
protección medioambiental, la igualdad social y el crecimiento económico, sin
olvidar los problemas geopolíticos y de Defensa.
No serán pocos ni fáciles, pues, los retos que deberá afrontar
el presidente Biden, sobre todo el de restañar las heridas causadas por el
calamitoso Donald Trump. Ojalá su temple, su experiencia, su moderación y un
equipo seleccionado por su competencia y valía, no por la endogamia familiar e ideológica,
le permitan culminar con éxito un mandato que no ha podido comenzar con mejor
pie: “Trump, you´re fired!”.
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