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viernes, 23 de enero de 2026

Una Junta ¿de qué?

El plan de paz para Gaza que impuso Donald Trump contempla que tras el alto el fuego, alcanzado el pasado octubre, debería dar comienzo una segunda fase en la que Hamás procedería a desarmarse completamente (cosa improbable), se retirarían las fuerzas israelíes que ocuparon y devastaron la Franja (aun siguen matando gente), se desplegaría una fuerza internacional que separaría a los contendientes y procuraría la estabilización de la zona (ni está ni se la espera) y, finalmente, se constituiría una Junta de Paz que supervisaría el desarrollo del alto el fuego y los proyectos de reconstrucción del enclave. Así constaba en el documento de 20 medidas con el que Trump consiguió poner punto final a la guerra entre Israel y Hamás.

Pero antes de que todos esos pasos previos se completen, el presidente norteamericano ha querido materializar el último de ellos con la creación de la llamada Junta de Paz, un organismo pensado para que Trump ejerza el control directo sobre el futuro del territorio palestino e, incluso, pueda sustituir a la ONU en la resolución de conflictos.

A tal efecto, EE UU ha invitado a líderes de todo el mundo a formar parte de la Junta de Paz con el objetivo de dotar de mayor credibilidad y peso internacional a un organismo que, más adelante, podría convertirse en la institución que supervise, bajo las directrices de Trump, cualquier conflicto en los que participe como mediador.  

Y como no podía ser de otro modo, Donald Trump se ha asegurado su control total, ya que será presidente indefinidamente de la Junta y tendrá potestad de aprobar qué Estados o líderes pueden ser miembros o no de ella, además de tener autoridad para vetar cualquier acuerdo o decisión que se adopte en su seno. De entrada, ha exigido que, para ser miembro permanente, hay que abonar mil millones de dólares (920 millones de euros), un fondo que, según el borrador de la carta fundacional, será el propio Trump quien lo controle.

Gaza en la actualidad
Al menos 60 países han sido invitados para sumarse a esa Junta. Y entre los que ya han aceptado figuran, hasta la fecha: Javier Milei, presidente de Argentina; Santiago Peña, de Paraguay; Recep Tayyip Erdogan, de Turquía; Viktor Orbán, presidente de Hungría; Abdalá II, rey de Jordania; Narendra Modi, primer ministro de India; Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia; representantes de Egipto, Qatar y Emiratos Árabes, que mediaron en el conflicto; Prabowo Subianto, primer ministro de Indonesia; Shehbaz Sharif, de Pakistán; Nikoi Pashinyan, de Armenia; Vladimir Putin, quien todavía no ha dado repuesta a la propuesta de Washington; y por supuesto Benjamin Netanyahu, el dirigente israelí que, esgrimiendo legítima defensa, está acusado por el Tribunal Penal Internacional de crímenes de guerra y genocidio cometidos en Gaza y, no contento con ello, también ha decidido demoler las instalaciones de la sede de la  UNRWA (la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos) de Jerusalén Este, violando el derecho internacional y los privilegios e inmunidades de las Naciones Unidas, aparte de prohibir la actividad de otras 37 organizaciones humanitarias en el Enclave y en Cisjordania.

Otros países, en cambio, como Francia, Suecia, Noruega, España y la UE como institución, han declinado la oferta. Y algunos todavía la están estudiando, caso de China y los países bálticos.

Es curioso que la mayoría de líderes que ha aceptado formar parte de la Junta tenga una tendencia reaccionaria, comprensiva con los objetivos del mandatario norteamericano de alterar el orden mundial, está alineada con la política estadounidense y, por supuesto, simpatiza con Israel y su política de expansión sobre el territorio palestino y la consiguiente expulsión de su población árabe.

También es significativo que ningún palestino haya sido invitado a formar parte de la Junta ni que representantes del Gobierno Autónomo Palestino, rival de Hamás y legítimo representante democrático del pueblo palestino, figuren en ella. Al parecer, la paz de Gaza compete al agresor y sus simpatizantes, no al agredido y prácticamente aniquilado pueblo palestino de Gaza. Todo para Gaza pero sin los gazatíes, parece la consigna.

Entre tanto, Trump también ha elegido un Comité Ejecutivo subordinado a la Junta de Paz con personas de su máxima confianza, como Marco Rubio, secretario de Estado de EE UU; Jared Kushner, su yerno; Roberto Gabriel, asesor de Trump; Steve Witkoff, millonario propietario de una inmobiliaria; Marc Rowan, otro multimillonario, Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, y Tony Blair, exprimer ministro británico, cuestionado en Oriente Medio por ser coartífice de la invasión ilegal de Irak.

También ha designado a dos consejeros para la Junta, Aryeh Lightstone y Josh Gruenbaum, que serán los encargados de las “operaciones y estrategia del día a día”, junto al diplomático búlgaro Nicolai Mladenov como Alto Representante para Gaza, algo así como el enlace entre la Junta y el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), una especie de Gobierno de tecnócratas sin apenas margen de maniobra, ya que estará supervisado por la Junta de Paz, por el Alto Representante y por el Comité Ejecutivo.

La Gaza que se proyecta
Pero más allá del desprecio al pueblo palestino al que se le impide decidir su futuro, lo preocupante del plan y de la Junta de Paz es la intención que lo animan. Encuadrado en el afán del presidente de Estados Unidos por dinamitar el orden internacional, la Junta de Paz parece diseñada para relegar a la ONU, creada hace 80 años, y sustituir su política multilateral por un organismo, encargado de “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, completamente controlado por Trump y sujeto a su voluntad.

En lugar de exigir responsabilidades por la devastación de Gaza, articular políticas que garanticen la coexistencia de un Estado israelí y otro palestino, en pacífica convivencia (la "solución de los dos Estados" acordada por la ONU), y acompañar y asesorar al pueblo palestino para que ejerza su voluntad política como democráticamente decida, la Junta de Paz parece orientada a mantener las estructuras colonialistas en Gaza, permitiendo que los grandes detentadores de capital, Trump entre ellos y esos multimillonarios que lo acompañan, asuman en su beneficio la reconstrucción e, incluso, establezcan un dominio internacional indefinido sobre la Franja, manteniéndola separada de Cisjordania e institucionalizando, así, la fragmentación palestina, lo que dificultaría el sueño palestino de su autodeterminación. Todo un plan perfectamente estructurado en el que los palestinos carecen de voz y quedan reducidos a mano de obra barata y empleados sumisos, como simples súbditos bajo tutela internacional.

Más que la paz, esta Junta consolida abiertamente un descarado colonialismo sobre la maltratada Gaza a mayor gloria y vanidad del actual emperador del mundo, jefe supremo indefinidamente de esa nueva ONU que establecerá la paz mundial y una gobernanza fiable. Es para morirse de risa si no produjera escalofríos.

miércoles, 22 de octubre de 2025

¿Es esta la paz que todos desean?

El presidente norteamericano Donald Trump ha conseguido imponer su plan para el cese del fuego en Gaza, logrando que Israel deje de bombardear una Franja devastada y que los milicianos de Hamás entreguen los rehenes israelíes que mantenían todavía secuestrados -vivos o muertos- en los túneles donde se esconden. Después de dos años de arrasar el enclave por tierra, mar y aire y de cerca de 70.000 gazatíes muertos, una paz es al fin impuesta sin que la firmen los contendientes, sino los mediadores, con Trump como máximo protagonista y maestro de ceremonias. De este modo, el silencio de las armas ha posibilitado que los supervivientes de Gaza regresen a lo que queda de sus casas y empiecen a recibir una ayuda humanitaria que Israel bloqueaba en los pasos fronterizos, mientras los familiares de los secuestrados israelíes respiran al abrazar a sus familiares cautivos o reciben los cuerpos de los que murieron durante el cautiverio.

A pesar del alarde propagandístico del mandatario norteamericano, lo cierto es que lo conseguido por Trump es idéntico, en esta fase del plan, al frustrado acuerdo logrado en enero de 2025 por el presidente Joe Biden para alcanzar un armisticio de las hostilidades y el intercambio de prisioneros. Aquel alto el fuego duró un par de meses, hasta marzo, cuando Israel volvió a efectuar ataques aéreos sobre Gaza, pero sirvió para que Hamás liberara a treinta y tres rehenes israelíes (ocho de ellos muertos) a cambio de 1.800 palestinos encarcelados en Israel. Fue un acuerdo tan precario como parece el actual porque desde el primer día Israel siguió matando palestinos casi a diario y obstaculizando con cualquier excusa la entrada de ayuda humanitaria. Exactamente lo mismo que ocurre ahora con el plan de Trump. ¿Es esta la paz que desea todo el mundo? 

Parece obvio que el resultado de la innecesaria, desesperada y salvaje aventura de Hamás de atacar a Israel, al que acusa de ocupar sus tierras, en una acción terrorista sin sentido que causó 1.500 israelíes asesinados y más de 200 secuestrados, y de la consiguiente respuesta de Israel de iniciar una guerra para desarticular la milicia armada, eliminar a sus líderes, destruir sus bases y los lugares donde pudiera esconderse, aunque tuviera que arrasar todo el enclave, no puede saldarse con una paz cogida con alfileres. Ni esta ni la Biden son suficientes para erradicar definitivamente la violencia de la zona.

Entre otras cosas, porque el conflicto es mucho más complejo que esta última escaramuza y porque, encima, las intenciones de Israel no fueron nunca las de rescatar a los rehenes, sino de apropiarse del territorio, expulsando o diezmando a su población, de tal forma que no puedan conseguir tener un estado propio e independiente. Por ello, estos planes de paz, por llamarlos de alguna manera, y menos aun el de Trump, jamás resolverán definitivamente el problema que enfrenta a Israel con los pobladores palestinos de aquellas tierras, la bíblica Judea.  

Y es que el plan de paz, que emerge de la disyuntiva entre genocidio u ocupación, no ofrece ninguna oportunidad, basada en la historia, la legalidad y la justicia, de prosperar y permitir la coexistencia pacífica de judíos y árabes en Oriente Próximo, según mandatan las resoluciones de la ONU con la solución de los dos estados, uno hebreo y otro palestino, que compartan el territorio. La de Trump es una paz impuesta, una mera exhibición de poder, que silencia momentáneamente las armas y que, por supuesto, para las víctimas es preferible a la continuación del genocidio. Pero con la que Hamás y gran parte de los palestinos volverán a sentirse humillados por no reconocer su derecho a la autodeterminación. Ni tampoco calmará a Israel de las ansias por ocupar lo que cree le pertenece por designación bíblica, el “gran Israel” al que aspiran los sionistas ultranacionalistas comandados por Netanyahu.

Y no resolverá el problema, si el alto el fuego no salta antes por los aires, porque el acuerdo normaliza la impunidad de Israel, a la que reserva el derecho de anexionarse un “perímetro de seguridad” dentro de Gaza, la llamada “línea amarilla”, manteniendo posiciones estratégicas y decidiendo quién entra y sale del enclave. Y niega a los gazatíes el derecho a elegir sus gobernantes y aspirar a una soberanía palestina en la Franja, ya que el documento propone que un “comité palestino tecnocrático y apolítico”, de pestilente tufo colonial, administre temporalmente la gestión diaria de los servicios y municipios, bajo supervisión y control de un nuevo organismo internacional, la denominada Junta de Paz, dirigido por Donald Trump y el exprimer ministro británico Tony Blair, con amplios poderes ejecutivos. Y del que se excluye explícitamente a la Autoridad Nacional Palestina hasta que, según Netanyahu, no se someta a una “reforma radical y genuina”, sea lo que sea lo que eso signifique, pero que no parece muy democrático.

La paz de Trump -un documento de 12 páginas con 20 cláusulas de principios genéricos- no es un acuerdo detallado, elaborado y pactado por las partes en conflicto, sino propuesto e impuesto por el mandatario norteamericano a través de mediadores, sin más obligación de cumplimiento que la coacción y la amenaza de continuar con las bombas sobre una población acorralada e indefensa. Más que un plan, parece un mecanismo para gestionar el conflicto y preservar el status quo de la región, consolidando a Israel como agente predominante y custodio. Además, es calculadamente vago sobre el derecho a la autodeterminación palestina como para que Israel lo apoye, guarden silencio cómplice los países árabes y las democracias que han reconocido a Palestina asuman la contradicción de que la gestionen potencias extranjeras.

Y es que el plan no aborda la complejidad del conflicto de Oriente Medio al ignorar a Irán -el gran valedor de la lucha palestina por su independencia y suministrador de armas a las milicias propalestinas-, cuya existencia se ve amenazada por la obsesión israelí de impedir, incluso por la fuerza, su desarrollo militar y tecnológico, como ha demostrado la última incursión aérea que destruyó sus instalaciones atómicas, con ayuda, claro está, de los mismos EE UU. que ahora patrocina el plan de paz.

Ni a Siria, con un trozo de su territorio -los Altos del Golán- ocupado por Israel; ni a Líbano, “patio trasero” de Israel donde se refugian milicias propalestinas que Tel Aviv ataca periódicamente; ni siquiera a Jordania, la única monarquía árabe que acoge y nacionaliza al mayor contingente de palestinos en el exilio. Y, por supuesto, a Arabia Saudí, la petrodictadura que financia parte del desorden regional según sus conveniencias y dispuesta siempre a los pactos que favorezcan sus negocios.

Lo cierto es que, en todo caso, la viabilidad del plan depende de que Israel se retire definitivamente de Gaza, de que Hamás renuncie a las armas como método para lograr sus objetivos de un estado palestino independiente y de que sus cláusulas se adecúen al derecho internacional y a las resoluciones de la ONU sobre el conflicto.

Pero tal como pintan las cosas, con Hamás renuente a abandonar la violencia, Israel practicando el tiro al blanco con los palestinos que ignoran sus arbitrarias líneas de seguridad dentro del enclave y EE. UU. propiciando la ley del más fuerte a la hora de ejercer su papel como gendarme mundial, lo más probable es que, más pronto que tarde, desgraciadamente se reanuden las hostilidades y vuelva la violencia. Fue lo que pasó con la anterior tregua y con los acuerdos de Oslo: los fanáticos de uno y otro bando boicotearon los acuerdos alcanzados.

¿Es esta la paz que dará satisfacción, seguridad y confianza a israelíes y palestinos? No me gusta ser un aguafiestas, pero lo dudo. Ojalá me equivoque.                

domingo, 7 de septiembre de 2025

Una guerra ilegal, inmoral y criminal

No es la primera vez que escribo sobre el genocidio que perpetra Israel en Gaza, destruyendo ciudades y matando con bombas, balas o de hambre a la población civil que malvive allí. El asco que me produce esta barbarie es inmenso. Y la frustración de que nada (la legalidad internacional) ni nadie (ningún gobierno u organismo) sea capaz de parar esta masacre me es todavía más desesperante.

Pero hay que seguir denunciando cuantas veces sea necesario esa guerra ilegal, inmoral y criminal que Israel ha declarado al pueblo palestino. En primer lugar, porque no es siquiera  una guerra, en sentido estricto del término, ya que no son dos ejércitos combatiendo en un frente de batalla, con parecidos medios, sino la bruta fuerza militar de un país atacando a una población civil indefensa que no tiene donde esconderse. Israel emplea todo su ejército, con soldados, tanques, aviones, drones y barcos, para bombardear y arrasar edificios, hospitales, tiendas de campañas, escuelas, refugios, carreteras, playas y hasta misiones humanitarias de organismos y ONGs que intentan socorrer a las víctimas. No deja ni a un periodista vivo para contar la verdad, pues ha asesinado ya a más de 200 reporteros. Los considerará terroristas armados con cámaras de televisión y fotográficas.

No es, por tanto, de una guerra de lo que hablamos, sino de un desmesurado uso y abuso del ejercicio de la violencia que contraviene todas las leyes, normas, convenios y tratados que regulan los conflictos bélicos entre las naciones. Y es tan desproporcionado ese poder militar contra civiles que constituye, por su finalidad y los medios, un delito de lesa humanidad. Cada una de las atrocidades que comete a la población no son más que crímenes de guerra de los que algún día Israel, cuando recupere la cordura y retorne a la legalidad, tendrá que rendir cuentas, a pesar de la impunidad y la desidia internacional que actualmente ampara sus acciones.

No se puede declarar la guerra a un pueblo porque de su seno surjan elementos terroristas. No solo por la contención y proporcionalidad en el uso de la fuerza, sino porque con ningún ejército se combate eficientemente el terrorismo. Es con la policía, el apoyo de la población y la política con lo que se logra vencer esa lacra. Bombardear a la población para liquidar a los individuos terroristas que puedan estar escondiéndose entre ella es practicar el mismo terrorismo indiscriminado que se dice combatir, pero en grado aun mucho más elevado y letal. Y ello solo consigue despertar la compasión con el más débil y exacerbar los odios que engendran terroristas.

España no bombardeó el País Vasco aunque entre su población se camuflaran los terroristas de ETA que tanto dolor y muerte esparcieron por el país durante décadas. Se combatió con una política antiterrorista, con medidas policiales, con colaboración policial con otros países, con disuasión carcelaria, con información de inteligencia y, sobre todo, con diálogo y entendimiento social y político.

La fuerza bruta solo provoca la enfurecida reacción irracional como respuesta, sin conseguir arreglar ningún conflicto o problema. Por ello, Gaza podrá acabar arrasada y destruida, pero las causas que alimentan el enfrentamiento entre palestinos e israelíes continuarán engordando el odio, la intolerancia y la violencia que se profesan ambos pueblos. Israel tiene motivos para desconfiar hasta de sus propios ciudadanos árabes, a los que trata como de segunda categoría, pero los palestinos también esgrimen los suyos para considerar que con la violencia podrían alcanzar algún día sus sueños nacionales. Lo paradójico es que los objetivos de ambos pueblos no son excluyentes, sino complementarios.

Es lo que contempla la ONU en sus resoluciones sobre el conflicto y lo que un día ratificaron tanto Isaac Rabin como Yasir Arafat: la solución de los dos Estados, uno palestino y otro israelí, soberanos e independientes, que conviven compartiendo aquel territorio en paz. Sin embargo, es, precisamente, lo que el recurso a la fuerza y la violencia no permite apreciar, valorar y explorar. Entre otros motivos, porque el actual primer ministro israelí, Banjamín Netanyahu, no alberga ningún interés en intentarlo. Solo le mueve una obsesión: expulsar a los palestinos para expandir sobre sus tierras lo que su visceral nacionalismo pretende, el Gran Israel, que abarcaría desde el Mediterráneo hasta el Jordán y desde los altos del Golán hasta Egipto.

Una deriva sangrienta de su Gobierno con la que un expresidente del Parlamento israelí, Avraham Burg, declaró sentirse asqueado. Ninguna persona con una mínima sensibilidad ética puede ignorar sin asquearse lo que está haciendo en Gaza y Cisjordania el Ejército hebreo contra el pueblo palestino. Así no se rescatan rehenes ni se vence al terrorismo, sino que se cultivan las semillas para perpetuar el conflicto. Y menos en nombre de una democracia como la que presuntamente rige Israel. Una verdadera democracia no puede eludir el respeto a las minorías ni ignorar los Derechos Humanos. Lo que practica Israel en Gaza es un exterminio planificado de gazatíes y la conculcación sistemática de los Derechos Humanos y la legalidad internacional.

Si eso se tolera por ser, supuestamente, una democracia, no me gustaría estar en la disyuntiva de tener que elegir entre un régimen que pisotea tales derechos y una dictadura que los respeta, aunque limite otras libertades y que, además, no masacra a ningún pueblo cometiendo genocidio, como hace hoy Israel. En estos tiempos, al parecer, las etiquetas políticas ya no se corresponden con el comportamiento de ciertas naciones y gobiernos, como sucedió con la demócrata Sudáfrica del apartheid. Y con lo que hace ahora Rusia en Ucrania. Incluso con los nuevos modos autoritarios de EE UU, que hace redadas para expulsar a inmigrantes y bombardea lanchas en aguas internacionales en vez de detenerlas, apresar a sus ocupantes y confiscar la mercancía como prueba ante la justicia de un delito.

Hay que llamar a las cosas por su nombre. Ni esos comportamientos gubernamentales son los propios de una democracia, ni Israel ejerce la legítima defensa tras los terribles atentados cometidos por las milicias terroristas propalestinas de hace dos años. Lo que está llevando a cabo el gobierno sionista de Netanyahu es una guerra ilegal, inmoral y criminal en Gaza, un diluvio de fuego y metralla que ha causado un aterrador balance: 70.000 palestinos muertos, de los cuales un 70% son mujeres y niños, el 90% de las edificaciones destruidas, una población sometida a constantes desplazamientos forzados para esquivar las bombas y una hambruna digna de los peores asedios medievales. Un auténtico genocidio que no merece ni sanciones ni represalias. Pero sí la denuncia de cuantos no pueden ni quieren mirar para otro lado. Hasta que dejen de matar. O el mundo entero se convierta en la ley de la selva. 

martes, 13 de mayo de 2025

El cuco de Israel

Con el genocidio que está practicando en Gaza y parte de Cisjordania, Israel no hace más que comportarse como ese pájaro que se caracteriza por poner sus huevos en nido ajeno y eliminar a los pollos de su anfitrión, expulsándolos al vacío. También se caracteriza esa ave solitaria y asesina por su insistente canto que, traducido a lenguaje humano, diría algo así: “somos el pueblo elegido por dios”.

Y es que Israel, como el cuco, se ha instalado en el nido palestino y desde entonces no deja de expulsar a los pobladores de aquellas tierras para apropiárselas por las buenas y, sobre todo, por las malas. Es lo que hace actualmente en la franja de Gaza con la excusa de “defenderse” de unas milicias armadas palestinas que atentaron contra varios kibutz y puestos militares israelíes, causando 1.189 muertos y apresando 251 rehenes,  un fatídico 7 de octubre de 2023.

Aquel atentado, la primera operación dentro de Israel desde 1948, fue cometido por guerrilleros de Hamás, con apoyo de la Yihad Islámica palestina, movilizando, entre ambos grupos armados, 1.400 hombres a lo largo de 41 kilómetros de frontera que lograron acceder  24 kilómetros dentro del territorio israelí. Los motivos esgrimidos para tan cruenta e ineficaz operación eran, según sus organizadores, lograr la liberación de 5.000 prisioneros palestinos detenidos en cárceles israelíes, frenar las incursiones judías en la mezquita de Al Aqsa y levantar el bloqueo que durante 17 años lleva imponiendo Israel a Gaza, desde que Hamás ganó las elecciones en la Franja.

Lo que se consiguió con aquel ataque ya lo sabemos: la reacción desaforada y asesina de Israel que ha causado la destrucción de Gaza, ha matado más de 50.000 gazatíes inocentes, la mayoría de ellos mujeres y niños, con cerca de 120.000 heridos, y ha endurecido el bloqueo absoluto del enclave, hasta el extremo de que ni la ayuda humanitaria logra franquearlo, provocando una hambruna intencionada como nunca antes en la historia, con el propósito de matar de hambre a la población o desplazarla al exterior, en su afán por hacer una completa limpieza étnica en un territorio que ambiciona anexionarse.

Triste balance de la acción de las milicias propalestinas, que solo ha servido para ofrecer la excusa que necesitaba Israel para ocupar y apropiarse completamente y sin disimulos el enclave palestino de Gaza, además de “limpiar” Cisjordania de los núcleos palestinos que impiden la proliferación de colonias judías ilegales. Justamente lo que un cuco practica de manera innata: expulsar a los pobladores del nido que invade.

Y no es nuevo, puesto que Israel siempre ha expresado, directa o indirectamente, esa intención: construir el “gran Israel” en lo que antiguamente era Palestina. Se trata de una historia que se remonta a mediados del siglo pasado, cuando la ONU en 1947 decidió, al no conseguirlo las potencias que controlaban una parte del antiguo Imperio Turco Otomano del Próximo Oriente, que en aquellas tierras se crearan dos Estados: un 54 por ciento para los hebreos y el resto para los árabes palestinos. Reparto que no satisfizo a ninguno.

Se cumple, pues, el 77º aniversario de la Nabka (catástrofe en árabe), que cada 15 de mayo evoca el éxodo palestino como consecuencia del nacimiento del Estado hebreo en 1948. Y que Israel lo celebra con la intensificación de los ataques desmesurados, desproporcionados e injustificados  contra Gaza y Cisjordania, siguiendo al pie de la letra un proceso planificado y progresivo, desde el principio, por ocupar todo el territorio, como muestran los mapas sobre la voracidad de crecimiento de Israel a lo largo de su corta historia.

Han sido, hasta la fecha, seis las guerras que los hebreos han librado contra sus vecinos árabes, pero sobre todo contra los palestinos que nunca ha podido crear su propio Estado soberano e independiente. Es más, con cada una de esas guerras el pueblo palestino solo ha conseguido ser expulsado de sus tierras o comprobado cómo menguaba el territorio que habitaba históricamente. Un pueblo que iba siendo lanzado al vacío cada vez que el cuco judío pretendía apropiarse del nido originariamente palestino.

Y, así, hasta hoy, en que el descabellado ataque de Hamás ha propiciado el último motivo a Israel, sin que le hiciera falta, para acometer el definitivo plan de expansión de sus fronteras, desde el Mediterráneo hasta el rio Jordán y de los Altos del Golán hasta Egipto, y expulsión de cualquier rastro de población árabe de unas tierras que ambicionaba desde su creación, hace menos de un siglo. Un comportamiento racista y asesino que asemeja increíblemente al del pájaro y su cantinela: “me quedo el nido para mí solito”, cu-cu.   

sábado, 21 de diciembre de 2024

Israel: un país de, por y para la guerra

La historia de Israel es la de un conflicto bélico permanente. Desde su creación ha entablado seis guerras para protegerse o atacar a sus vecinos árabes y consolidar o ampliar considerablemente su territorio más allá de las fronteras acordadas por la ONU. Israel es, por tanto, un país nacido de, por y para la guerra, por necesidad o ambición expansionista.

Porque lo que hoy llamamos Israel era lo que antes se conocía como Palestina, una parte del antiguo Imperio Turco Otomano. Cuando cayó este Imperio, tras la Primera  Guerra Mundial, el Reino Unido asumió la administración de Palestina sin poder calmar las exigencias de árabes, sionistas y hasta de Francia, con quien compartía mandato. Las hostilidades entre los gobernantes británicos, la población árabe y los inmigrantes judíos fueron especialmente intensas durante las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado, debido a la formación de grupos militares árabe y judíos.

Y es que, desde finales del siglo XIX (cuando se celebra, en 1897,  el primer congreso sionista con intención de crear un hogar para los judíos en Palestina), comienza la llegada de inmigrantes judíos a aquellas tierras, la mayoría provenientes del Este de  Europa, empujados por el creciente antisemitismo que sufrían en el Viejo Continente. Una inmigración que se dispararía con el ascenso nazi en Alemania y el exterminio que emprende de los judíos europeos. Esas oleadas de judíos hacia Palestina provocaron enfrentamientos cada vez más virulentos entre los palestinos que reivindicaban su independencia y los judíos recién llegados que consideraban como suyo aquel territorio.

Incapaz de contener el conflicto, el Reino Unido delega en Naciones Unidas, que emite en 1947 la Resolución 181, consistente en un plan que reparte la región entre dos Estados, uno árabe y otro hebreo, correspondiéndole a este último el 54 por ciento del territorio. Además, se le otorga a Jerusalén, ciudad simbólica para las tres religiones monoteístas presentes en la región (islamismo, judaísmo y cristianismo), el estatus de “corpus separatum” bajo un régimen internacional. Ni qué decir tiene que el plan fue aceptado con renuencia por los israelíes y rechazado por los árabes. Desde entonces,  el conflicto no ha hecho más que enconarse y agravarse, justificando continuas escaramuzas y la permanente actitud bélica de Israel hacia sus vecinos.

De hecho, el mismo año en que se erige como Estado, Israel es atacado por Egipto, Siria, Jordania, Irak y Líbano, librando, así, su primera guerra regional, denominada Guerra de Independencia., con la que ocupa  el 58 por ciento de Palestina, incluido el oeste de Jerusalén. Ello le permite ampliar en un 40 por ciento el territorio que tenía asignado en la resolución de la ONU. Y expulsa a un millón de palestinos al exilio, como refugiados, a Líbano y otros países árabes o los confina en Gaza y Cisjordania. Esta expulsión de palestinos de sus tierras es considerada como la “Nakba” (desastre o catástrofe) y otra resolución de la ONU (194) reconoce el derecho de retorno de estas personas refugiadas y de sus descendientes, cosa que sigue sin cumplirse.

En 1956 estalla la Guerra de Suez, debido a la actitud pro rusa del presidente de Egipto, el coronel Nasser, quien, guiado por sus aspiraciones nacionalistas contrarías al dominio colonial occidental, nacionaliza el Canal de Suez. Las potencias coloniales se alían entonces con Israel y atacan Egipto. Israel invade la península del Sinaí, y Gran Bretaña y Francia bombardean los aeropuertos egipcios y desembarcan en el puerto de Said, al norte del Canal. Es en este contexto cuando los refugiados palestinos comienzan a organizarse y surge Al Fatah, el Movimiento Palestino de Liberación, creado por Yasser Arafat, el grupo más importante de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina).

Una década más tarde, Egipto, con Siria e Irak, países adheridos al nacionalismo panárabe liderado por Nasser, ataca en 1967 a Israel, que responde de manera fulminante en lo que se conoce como la Guerra de los seis días. El Ejército israelí ocupa por entero la Península del Sinaí (Egipto), la Franja de Gaza y Cisjordania (enclaves palestinos) y los Altos del Golán (Siria). Aprovecha también para ocupar el Este de Jerusalén.

Al poco tiempo, en 1973, Siria y Egipto, con intención de recuperar los territorios perdidos en la guerra de 1967 y contando con el apoyo de Irak, Jordania, Marruecos y hasta de la antigua URSS, vuelven atacar a Israel, desatando la Guerra del Yon Kippur (por coincidir con la fecha de esa festividad del judaísmo que conmemora el Día del Perdón). Gracias al suministro ininterrumpido de ayuda bélica desde EE UU, Israel inicia una fuerte contraofensiva que le permite recuperar posiciones y conservar los territorios ocupados en 1967. En virtud de un armisticio auspiciado por la ONU, Israel devuelve el Sinaí a Egipto y éste se compromete, como contrapartida, a no atacar Israel nuevamente. Poco después, en 1974, la ONU reconoce a la OLP como legítima representante del pueblo palestino.

Pero los conflictos no cesan. La OLP atrinchera sus milicias en Líbano. Y para alejar ese potencial peligro, Israel decide atacar Líbano y Siria en 1982, librando la Guerra de Líbano. Durante esta ofensiva, se produce la masacre de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, en Beirut oeste, perpetrada por milicianos falangistas cristianos amparados por el Ejército israelí. Asesinaron a más de 3.000 personas inocentes: un auténtico genocidio, como lo calificó la ONU (Resolución 37/123). Obligado por las bombas, la OLP abandona Beirut y se traslada a Túnez. Líbano se compromete a no albergar grupos armados en su territorio.

Hasta hoy, en que Israel retoma las armas contra Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria en una ofensiva que considera de legítima defensa. Con ninguna de estas guerras el pueblo palestino ha resultado beneficiado ni respetado. Al contrario, solo ha conseguido ser expulsado de sus tierras o comprobado cómo menguaba un territorio que habitaba históricamente hasta quedar constreñido a la Franja de Gaza y algunas poblaciones en Cisjordania.

Los palestinos, en realidad, se hallan arrinconados y prácticamente encarcelados, ya que Gaza se ha convertido en la prisión más grande del mundo, donde malviven confinados poco más de dos millones de palestinos. Desde 2007 la Franja está bloqueada por Israel, que controla férreamente las entradas y salidas del enclave. Y para debilitar a la Autoridad Nacional Palestina (Gobierno palestino), dominada por la OLP, y dividir y aislar a los palestinos de Gaza de los de Cisjordania, Israel apoyó en Gaza a Hamás, el grupo paramilitar islamista que accedió al gobierno de la Franja mientras su rival político, Al Fatah, conservaba el de Cisjordania. Y han sido, precisamente, milicianos de Hamás, junto a otros grupos armados palestinos, los que han desencadenado la última guerra al atacar a Israel el 7 de octubre de 2023 con cohetes dirigidos hacia el sur del país y cruzar la frontera para atacar varias localidades israelíes, dejando un reguero de más de 1.200 israelíes muertos y otros 200 secuestrados.

Así arrancó la Guerra de Gaza, la sexta guerra con la que Israel, en respuesta a ese ataque de Hamás, no dudó en lanzar miles de bombas sobre Gaza, sin respetar ni escuelas  ni hospitales ni refugios de civiles, y procedió a imponer un completo asedio, ordenando la evacuación de su población a la par que impedía todo suministro de combustible, alimentos y demás recursos básicos. Una ofensiva que, hasta la fecha, no solo no ha concluido, sino que continúa, extendiéndose hacia Líbano, Siria y, con misiles de advertencia, Irán.

Después de poco más de un año de guerra, el resultado es una catástrofe humanitaria en Gaza que no tiene precedentes, causando más de 45.000 victimas mortales, la mayoría de ellas mujeres y niños. En comparación con las víctimas israelíes, se trata del balance más desproporcionado desde la Segunda Guerra Mundial. A día de hoy, Gaza está totalmente devastada y sus infraestructuras completamente destruidas. Cerca del 90 por ciento de las viviendas están en ruinas. Se trata de una guerra en la que Israel ha cometido actos prohibidos en la Convención sobre el Genocidio, pues su propósito específico, confesado en diversas declaraciones no oficiales, es el de destruir a la población palestina de Gaza, como recoge un informe de Amnistía Internacional. Por ello, además, Israel ha sido denunciado ante la Corte Penal Internacional, que ha dictado órdenes de detención por presuntos crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el exministro de Defensa, Yoav Galiant, y el comandante de Hamás Mohammed Deif.

Seis guerras que, sin embargo, no garantizan la paz ni la seguridad entre judíos y árabes en Oriente Próximo, pero de las que siempre sale perjudicado el pueblo palestino. Ni siquiera los pasos dados para lograr una paz mediante el diálogo -como pretendían las Cumbres de Camp David y los Acuerdos de Oslo-, con el que ambos contendientes reconociesen su derecho a un Estado independiente y soberano, coexistiendo en pacífica convivencia y mutua seguridad, han conseguido resolver el conflicto.

Israel no se fía de sus vecinos y estos lo contemplan como un tumor que crece en un organismo (territorio) árabe, devorando una de sus vísceras: el pueblo palestino. Sometido a constantes escaramuzas, intifadas, atentados o guerras francas, la solución no se vislumbra al alcance de las bombas de unos o el terrorismo de otros. Todavía no han surgido dirigentes con altura de miras, aunque sí belicosos fanáticos cortoplacistas, capaces de afrontar el reto de dialogar y pactar una mutua y permanente convivencia en paz entre judíos y palestinos, como exhortaba la ONU en su primera resolución de los dos estados.

¿Cuántas guerras más precisará este conflicto para encarrilarse?.

sábado, 14 de septiembre de 2024

¿Queda algo por bombardear en Gaza?

Cerca de un año practicando, como afirma cínicamente, su derecho de legítima “defensa”, al Ejército de Israel apenas le queda nada por bombardear en la Franja de Gaza, como no sean campos de refugiados en los que se arrinconan los supervivientes gazatíes acorralados u hospitales y escuelas de la ONU semidestruidos por algún bombardeo anterior. Pero, impertérrito, el país que dice defenderse sigue en lucha por eliminar todo elemento que considere enemigo, aunque se esconda bajo las incubadoras de una uci de neonatales. Sin verificar la identidad del objetivo ni los “daños colaterales” que produzca su venganza, la orden de Netanyahu es matar, matar y matar hasta que no quede ningún presunto agresor. Incluidos esos niños que, antes de nacer, ya están condenados a morir, si no es bajo las bombas, lo serán bajo las balas cuando se manifiesten contra un invasor que les ha inoculado el odio desde la cuna y ha hecho de sus vidas un infierno. Lo cierto es que, a estas alturas de la guerra de Israel contra Gaza, nada queda ya por bombardear en aquel enclave tan criminalmente castigado. Por no haber, no hay siquiera voluntad sincera de rescatar a los rehenes israelíes que continúen con vida en manos de sus carceleros, después de tantas bombas indiscriminadas. Ya no queda nada por bombardear. Pero siguen haciéndolo sin el menor remordimiento. ¿Hasta cuándo?

Hay más de 40 mil gazatíes inocentes muertos, en su mayoría niños y mujeres, y otros 10 mil desaparecidos bajo los escombros, aparte de 100 mil heridos, entre una población de dos millones de habitantes que se hacinan en un territorio cercado, asediado y sin escapatoria, cuyas estructuras urbanas han sido arrasadas por las bombas y los tanques. Lo que queda es, pues, el resultado de una simple resta que permitirá dejar expedito el campo de batalla para que quede limpio de su población autóctona  y, a continuación, empezar a construir colonias judías que sustituyan a los árabes y amplíen, de facto, los límites del gran Estado sionista de Israel.

Su vengativo Primer Ministro lo reconoce abiertamente: aspira a un único Estado, el hebreo, que se extienda de Este a Oeste desde el Jordán hasta el Mediterráneo, incluida Jerusalén, y de Norte a Sur desde el Golán hasta Egipto, sin compartir ni un metro cuadrado de la antigua Palestina con los palestinos, aunque se reconozcan mutuamente el derecho a coexistir pacíficamente y en seguridad. No está dispuesto Netanyahu y sus ministros ultras a cumplir con las resoluciones de la ONU y demás acuerdos que contemplan la solución de los dos Estados independientes y soberanos, uno palestino y otro israelí, que se acordó tras la creación del Estado hebreo en el interior de la vieja Palestina. Desde entonces, Israel ha crecido como un cáncer, devorando el cuerpo palestino que lo aloja.

Todo delito debe tener castigo, pero ha de atenerse a la ley,  a la legalidad nacional o internacional, a los convenios, tratados y normas legales aplicables, a la correspondencia entre la dureza del castigo y la gravedad del delito, y a la garantía de protección y amparo de los inocentes afectados directa o indirectamente por el conflicto. Todo eso se lo salta Israel en su “defensa” contra la agresión terrorista de Hamás del 7 de octubre del año pasado, cuando comandos palestinos armados de ese grupo y de la Yihad Islámica atacaron en camiones, motocicletas y parapentes motorizados varios kibutz y bases militares que rodean Gaza, además de la ciudad fronteriza de Sederot, dejando un rastro de 1.200 israelíes muertos y 241 secuestrados.

Ese ataque tomó por sorpresa a Israel mientras celebraba la fiesta de Simjat Torá, a pesar de que tres días antes Estados Unidos había advertido al gobierno israelí de la probabilidad del mismo. Como fuera, Israel respondió con una despiadada represalia militar, que aun continúa, denominada Operación Espadas de Hierro, que no respeta los Derechos Humanos de víctimas y victimarios ni la legalidad internacional, sin que ningún país se atreva a denunciar tamaño desafío ni imponga sanciones económicas, militares o diplomáticas. Y haciendo caso omiso al dictamen del Tribunal  Internacional de Justicia que ordenó a Israel “detener  inmediatamente” su operación militar a fin de evitar un genocidio, a pesar de que tal mandato es de obligado cumplimiento.

Es lo que tiene creerse ser el pueblo elegido por dios: te concede impunidad frente a la ley humana. Y te permite acusar de antisemita a cualquiera que denuncie tus excesos vengativos. Han muertos ya 1.200 israelíes y más de 41.000 palestinos en un conflicto en el que una de las partes no está dispuesta a concluir su derecho a la legítima “defensa”, lo que pone los pelos de punta al imaginar lo que consideraría una acción ofensiva en toda regla..

martes, 7 de mayo de 2024

Gaza, campo de exterminio.

Veamos las cosas como son. Israel no está ejerciendo el derecho a la legítima defensa. Lo que hace Israel es practicar el exterminio del pueblo palestino de Gaza. De este modo, Israel ha mutado de víctima del holocausto judío a victimario del holocausto palestino en Gaza. Y acomete dicha tarea genocida ante la indiferencia cómplice de la inmensa mayoría de países del mundo que se consideran democráticos pero desisten del cumplimiento de los Derechos Humanos y el respeto a la legalidad internacional. Tal es la situación.

La matanza indiscriminada de la población civil de Gaza solo puede compararse con la masacre de Srebrenica y el sitio de Sarajevo. Pero sobrepasándolos con creces en cuanto al número de víctimas y crueldad inhumana. Más de 35.000 palestinos han sido asesinados sin piedad, la mayoría de ellos mujeres y niños, acorralados en un espacio cercado, bombardeado e invadido por un ejército fuertemente armado, como si se enfrentara a una guerra con un enemigo de igual capacidad, y no contra una milicia de civiles militarizados con cuchillos, rifles y cohetes caseros. Ambos matan, pero unos, en el peor de los casos, a no más de 1.500 inocentes, y otros, sin esforzarse mucho, a más de 35.000 víctimas también inocentes.  

El balance provisional de los que están predestinados a perder, tras seis meses de esa “legítima defensa” que practica Israel, es, pues, descaradamente desproporcional, en comparación con el inesperado y salvaje ataque de Hamás al sur de Israel. La venganza israelí es monstruosamente sangrienta, pero no ciega. Utiliza inteligencia artificial para realizar una vigilancia masiva de los habitantes de Gaza y seleccionar a los que se convertirán en objetivo a abatir, según determine un algoritmo diseñado para tal fin. Hasta fosas comunes con centenares de civiles muertos, algunos de ellos con las manos atadas a la espalda, han sido halladas bajo los escombros de hospitales y escuelas tras el paso de las tropas hebreas. Y es que ni siquiera la búsqueda y rescate de los 240 rehenes capturados en aquel ataque del pasado 7 de octubre les hace aflojar el gatillo vengativo. A estas alturas, cuando ya comienza el ataque a Rafah, el último rincón donde se refugia más de un millón y medio de palestinos que han huido del resto de un territorio completamente arrasado, solo cabe esperar que el líder de U2 componga una canción para emocionarnos hipócritamente, dentro de unos años, encendiendo móviles o mecheros en los conciertos por la matanza de Gaza.

Porque lo que Israel está haciendo en Gaza es, simplemente, un delito de lesa humanidad por el que tarde o temprano tendrá que rendir cuentas ante la justicia y/o la historia. Ningún país civilizado y democrático puede emprender el exterminio de un pueblo, por enemigo que sea, con el descaro, la impunidad y la inmoralidad con que lo está haciendo Israel  en Gaza. Así solo se comportan las autocracias más miserables y racistas que no dudan en invadir y ocupar por la fuerza territorios limítrofes, simplemente para expulsar a sus habitantes y expandir sus fronteras.

Y eso es, exactamente, lo que lleva haciendo Israel prácticamente desde su fundación como Estado sionista. Y cada vez con más desfachatez y cinismo, actuando con total impunidad, porque cuenta con el respaldo incondicional de EE UU., que lo protege con su veto cada vez que la ONU vota alguna resolución o acuerdo que disguste a Israel. Y le proporciona el apoyo armamentístico que necesite para sus incursiones defensivas y ofensivas en la región. Por eso Israel se comporta como se comporta: como un matón sin escrúpulos. 

La cuestión es que Israel no oculta ya que tiene un plan en marcha, y no es el que la ONU propugna para solucionar el conflicto palestino-israelí. Un conflicto que nació el mismo día que se creó el Estado de Israel, en 1948. Aquella partición del antiguo Mandato británico de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe, acordada por la ONU, nunca ha sido del agrado de las autoridades de Israel.

El objetivo hebreo  ha sido siempre el de construir una gran nación para todos los judíos en la que no tienen cabida los palestinos ni los árabes originarios del territorio. La fórmula de los dos Estados le repugna a Israel y jamás ha dado un paso hacia esa solución acordada por la ONU. Y no lo acepta porque la población árabe era mayoritaria en esas tierras y sofocaba demográficamente a la judía. De ahí la expulsión de árabes y palestinos de sus territorios a lo largo de todo este tiempo y las sucesivas guerras e intifadas que han estallado desde la fundación de Israel.

De hecho, Israel rechaza de plano el retorno de los palestinos expulsados y refugiados en campamentos de Líbano, Jordania o Siria, entre otros lugares, mientras aplica, simultáneamente, una constante política de “disolución” de la población palestina residente en Cisjordania mediante la creación de colonias y asentamientos judíos ilegales, que infestan el reducto supuestamente palestino. En ese contexto, el de invadir tierras y expulsar a su población, hay que insertar la guerra aniquiladora que Israel ha emprendido en el único trozo de Palestina que era habitado en exclusiva por su población autóctona: Gaza. Una guerra que el insólito ataque de Hamás propició para que Israel pudiera considerar al enclave como un ente hostil, una amenaza, incluida su población civil, que debía ser “neutralizada”, es decir, literalmente eliminada, a pesar de que Gaza siempre ha estado asediada y controlada por el Ejército israelí, hasta el extremo de que de allí no salía ni entraba nadie sin su consentimiento.

¿Y qué hace el mundo ante tamaño desastre humanitario? Absolutamente nada efectivo. Se limita a pedir contención y cautela, pero se resiste adoptar medidas de presión, como hace contra otros agresores en condiciones semejantes. Nadie se atreve a romper vínculos diplomáticos, boicotear su economía o productos y cesar de venderle armas y municiones, como se ha hecho con Rusia por invadir Ucrania. Sólo cuando aparecen síntomas de escalada del conflicto, los equidistantes alzan un poco la voz. Como cuando vociferaron para condenar a Irán por lanzar misiles contra Israel en represalia del ataque israelí a la embajada de Irán en Damasco (Siria), que destruyó totalmente las instalaciones y mató a siete mandos del Ejército de los Guardianes de la Revolución Islámica. El temor a que se extendiera el conflicto hizo que el pulso militar entre ambos enemigos declarados se limitara a esas escaramuzas sumamente controladas y exquisitamente quirúrgicas. Al menos, por ahora. Porque el mundo tembló ante la posibilidad de que Irán cerrara el Estrecho de Ormuz, en el golfo Pérsico, por donde pasa una quinta parte del petróleo y gas a Occidente, sin trayectos alternativos.  Eso fue lo que movió a la diplomacia internacional a pedir contención a las partes.

Sin embargo, contra la barbarie y el sufrimiento a los que se somete a los gazatíes, la “presión” internacional ha sido absolutamente inútil. Entre otras coas, porque esa presión es testimonial  y, como mucho, se circunscribe a recordar el respeto a los Derechos Humanos cuando se ejerce esa “legítima” defensa que nadie discute  a Israel. Porque lo único que hay en juego son vidas humanas de palestinos inocentes, no petróleo ni gas.    

Ese doble rasero para juzgar el conflicto contamina, incluso, al mismo organismo internacional que impulsó y autorizo la creación del Estado judío. Así, la ONU ha rechazado la resolución, presentada por Argelia, de aceptar a Palestina como país miembro, impedida por al veto de EE.UU y dos abstenciones entre una votación de 12 miembros. El veto de Washington, al ser miembro permanente del Consejo de Seguridad, ha dejado sin efecto la propuesta. Este alineamiento tan incondicional de EE.UU. con Israel  está quebrando el apoyo social al presidente Joe Biden, provocando algaradas, manifestaciones y concentraciones entre los estudiantes universitarios, que recuerdan a las organizadas por sus abuelos durante la guerra de Vietnam.

A pesar de su aparente impunidad, la verdad es que ya nadie, salvo Israel y EE.UU., se traga que lo que hace Netanyahu en Gaza sea “legítima” defensa, sino un auténtico genocidio a la vista del mundo entero. Y todos esos "nadies" confían en que, más tarde o temprano, tales acciones criminales acaben siendo objeto de persecución penal y sus responsables, castigados con la debida  condena. Es lo que, al menos, cabría esperar si la decencia, la legalidad, la moral y la justicia continúan inscritas en el frontispicio de las naciones civilizadas y, por ende, democráticas, a pesar de que, hoy día, parezca que esos principios también han sido víctimas de las bombas que destruyen Gaza.

martes, 20 de febrero de 2024

La limpieza de Gaza

De forma inesperada pero cuando más oportuno era para el primer ministro de Israel por los apuros judiciales que padece y las complicadas relaciones con los socios ultraortodoxos de su Gobierno, una criminal incursión de Hamás a unas fronterizas colonias judías en octubre pasado vino a dar vitalidad bélico-patriotera a Benjamin Netanyahu. Sin pensárselo dos veces, ordenó de inmediato una “ofensiva” militar contra la Franja de Gaza para limpiar de terroristas el enclave de donde partieron los atacantes de la milicia armada palestina. El problema es que terrorista, para el gobernante sionista, es la totalidad de la población palestina que malvive en un espacio que nunca ha sido libre, pues siempre ha dependido del control de Israel para entrar o salir de sus límites

Como cínico oportunista, Netanyahu se empeña en considerar legítima defensa  lo que no es más que la limpieza de palestinos de una tierra que pueblan en condiciones absolutamente intolerables para cualquier país. Pero a los palestinos no se les consiente ningún país propio, como desean y por lo que luchan. Por eso, la comunidad internacional apenas hace nada efectivo contra la expulsión y matanza que se está cometiendo con ellos en Gaza en nombre del derecho a la defensa de un Israel embravecido con los restos de la antigua e histórica Palestina. Ni siquiera la ONU, cuyas misiones en la Franja han sido bombardeadas sin miramiento y que ha sido acusada de amparar a elementos terroristas entre su personal, ha podido no solo frenar sino siquiera condenar la inmoral barbarie que comete Israel contra los hombres, mujeres y niños palestinos de Gaza. Y, de paso, aunque en menor escala, de Cisjordania.

Cerca de 30.000 palestinos han muertos ya por esta ofensiva “defensiva” israelí. Más de 15.000 han resultado heridos. Y otros miles más están todavía por descubrir -sus cadáveres- bajo los escombros. Y aun falta el anunciado ataque final sobre Rafah, el último rincón al sur de la Franja, donde se ha empujado a más de la mitad de la población gazatí para acabar con ella o expulsarla, si Egipto se apiada y facilita su huida forzosa hacia campamentos en su territorio, cosa que las autoridades egipcias tratan de evitar como fuere.

Esta es la venganza que está perpetrando el gobierno sionista de Netanyahu con la excusa del sorprendente ataque de Hamás. Porque eso era lo que él perseguía desde siempre: que jamás exista un Estado palestino, ni en Gaza ni en Cisjordania. No quiere palestinos dentro de lo que considera el gran Israel. Y pretende expulsarlos, por las buenas o las malas, a Jordania, Egipto, Líbano o cualquier país árabe que quiera aceptarlos. Por las buenas, infestando de colonias judías Cisjordania. Y por las malas, emprendiendo una guerra, bajo cualquier oportuna excusa, no contra un ejército enemigo, sino contra los habitantes civiles e indefensos de un enclave que pretende ocupar con población israelí. Y se está saliendo con la suya. Ninguno de los 193 estados que conforman la ONU, juntos o por separado, ha podido frenar esta barbarie. Tampoco los que constituyen la Unión Europea.

El último intento por detener esta locura ha sido la Conferencia de Seguridad de Múnich sobre Oriente Próximo, celebrada hace unas fechas en la capital bávara, que se saldó con buenos deseos pero sin ningún compromiso efectivo que sirva para disuadir a Israel de proseguir con el exterminio de gazatíes. Tampoco el presidente de EE UU, Joe Biden, que autoriza el suministro del arsenal que necesita Israel para sus guerras, ha sido capaz de influir sobre el gobernante hebreo para que apacigüe su ánimo vengativo. Solo ante la anunciada ofensiva a Rafah, donde se halla acorralada la casi totalidad de los gazatíes, ha tenido a bien EE UU presentar una resolución de Naciones Unidas con la que se opone a la misma, siendo la primera vez que respalda un alto el fuego entre Israel y Hamás. Por lo que parece, nada detiene a Netanyahu en su ofuscación sanguinaria. Ni siquiera los rehenes israelíes todavía secuestrados por Hamás en Gaza. De ahí que se haya negado incluso a enviar representantes a las últimas negociaciones que se han llevado a cabo en Egipto, con patrocinio de la CIA y de Qatar. Netanyahu solo quiere la guerra y la pírrica victoria que obtendrá su ejército luchando contra una población cautiva entre las balas de los terroristas y las bombas israelíes. 

Lo único que le importa a Benjamin Netanyahu es que la contienda le permita continuar gobernando, a pesar de mancharse las manos de sangre. Los muertos, sobre todo si son palestinos, serán en cualquier caso un precio inevitable –daños colaterales- para culminar su ambición política e ideológica, esto es, que la Justicia no lo aparte del poder  y que nunca exista un Estado Palestino, aunque su existencia ofrezca garantías de seguridad para Israel y entable relaciones de mutua y pacífica convivencia, como establecen las Resoluciones de la ONU y el Derecho Internacional.

Esta guerra de Gaza es un insulto a la inteligencia, una afrenta a la ética y a la moral y un reto para las democracias decentes del mundo. Porque ni en Gaza ni en Ucrania la fuerza puede sustituir a la razón, a la legalidad y a la inviolabilidad de los estados o países. Hay que parar los delirios criminales de los Netanyahu y Putin que hoy destrozan impunemente la paz y la libertad de los pueblos que agreden por capricho imperialista. Y hay que pararlos gritando cada vez más alto ¡basta!, sin esperar la condena de la historia. No nos está permitido ser equidistantes ni condescendientes con la violencia en ningún lugar, la ejerza quien la ejerza. Ya está bien.      

lunes, 15 de enero de 2024

¿Legítima defensa o genocidio?


Desde el pasado 7 de octubre, en que milicianos del grupo terrorista propalestino de Hamás atacaron por tierra a Israel, matando a 1.200 personas, la mayoría civiles, y secuestrando a otras 240, el país agredido, Israel, esgrime el derecho a la legítima defensa y protagoniza una ofensiva sobre la Franja de Gaza, territorio desde el que partieron los terroristas y en el que se apretujan algo más de dos millones de gazatíes, para castigar y eliminar a los autores confesos del ataque.

La Franja de Gaza y Cisjordania son enclaves donde se concentra la población palestina que Israel ha ido desplazando para desalojar el espacio que hoy ocupa el país hebreo en la histórica y milenaria tierra de Palestina. Desde que en 1948 la ONU decidiera la existencia del Estado de Israel, en pacífica coexistencia con el de Palestina, y delimitara sus fronteras después de la Guerra de los Seis Días –según Resolución 242 de 1967, ignorada por Israel, que exige “la retirada (.) de los territorios ocupados” y “el respeto y reconocimiento de la soberanía y la integridad territorial y la independencia política de cada Estado”-,  Israel no ha dejado de expandir su territorio a costa de ocupar y arrebatar espacio a los palestinos, obligándolos a concentrarse en los enclaves mencionados, cada vez más reducidos . Tal situación tiene su origen en ese acuerdo de la ONU para crear un Estado hebreo que resolviera la diáspora judía tras la Segunda Guerra Mundial, ubicándolo en Oriente Próximo, en tierras palestinas, donde el Antiguo Testamento anunciaba la Tierra Prometida por Dios, según Abraham. Ello ha dado lugar a numerosas guerras y escaramuzas entre ambos pueblos que, por desgracia, son también seculares enemigos religiosos y raciales.

Es en ese contexto histórico en el que se produce el ataque de Hamás. Mientras Cisjordania está administrada por la Autoridad Nacional Palestina, en Gaza gobierna, tras unas elecciones, el partido islamista Hamás, promovido y sostenido por Irán. Con sus diferencias, ambas organizaciones políticas comparten un mismo objetivo: la soberanía de Palestina y su independencia de Israel, al que consideran una potencia ocupante y violenta. Y es que Israel reconoce ambos enclaves como parte de su territorio, administrándolos de facto y tutelando sus recursos. Las autoridades palestinas se limitan a gestionar las ayudas donadas por organizaciones internacionales, actuando como gobiernos simbólicos sin atribuciones reales.

La sorprendente ofensiva de Hamás contra israelíes civiles e indefensos no tiene justificación alguna y es considerada, por toda la comunidad internacional, como crimen de guerra y de lesa humanidad. Pero la contundente respuesta de Israel contra un territorio bajo su control, como es Gaza, que ha producido hasta la fecha más de 24.000 gazatíes muertos, la mayoría de ellos niños y mujeres, heridos más de 65.000 palestinos y otros miles desaparecidos bajo los escombros, que ha destruido o dañado más del 70 por ciento las viviendas y casi la totalidad de hospitales, escuelas, carreteras y otras infraestructuras básicas para la población, unido al desplazamiento forzoso de prácticamente los dos millones de habitantes de la Franja, está siendo percibido por esa misma comunidad internacional como una forma deliberada de aniquilamiento y exterminio del pueblo palestino de Gaza.

La brutal desproporción de la fuerza empleada y los bombardeos indiscriminados de la población hacen que sea ampliamente cuestionado lo que Israel considera como “legítima defensa”, puesto que el Derecho Internacional Humanitario establece que la defensa debe hacerse bajo el principio de proporcionalidad, a fin de “evitar causar incidentalmente muertos o heridos entre la población civil que sean excesivos con la ventaja militar concreta y directa”..

Si a ello se añaden las declaraciones de autoridades, ministros y mandos militares israelíes en las que explicitan la voluntad de eliminar a la población de Gaza, a la que acusan de ser responsable colectivamente de los atentados, queda patente que la legítima defensa no es tal, puesto que no se limita a repeler la agresión y recuperar a los rehenes. El ministro de Defensa israelí ha sido explícito cuando afirmó que iba a “imponer un asedio completo de Gaza. No habrá electricidad, comida, agua o carburante. Todo cerrado. Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia”.  Tal deshumanización de los palestinos gazatíes para aniquilarlos es lo que se considera genocidio. Y esa es la razón por la que el Gobierno de la República de Sudáfrica ha acudido a la Corte Internacional de Justicia, alegando que Israel está cometiendo un auténtico genocidio y pidiendo que se adopten medidas para detenerlo. La demanda se basa en la Convención para la Prevención y la Sanción del delito de Genocidio aprobada por la ONU y firmada por 152 países, entre ellos España e Israel, también por los Territorios Palestinos, denominados Estado observador no miembro de Naciones Unidas.

La dificultad, empero, estriba en que el Derecho Internacional define el genocidio como un delito perpetrado con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Es decir, hay que demostrar en un tribunal esa intención de eliminar que categoriza al genocidio. Pero la magnitud de la respuesta empleada por Israel contra zonas civiles densamente habitadas, el asedio absoluto y asfixiante del territorio, el traslado forzoso de la población, junto a declaraciones de funcionarios israelíes expresando intenciones genocidas, es en lo que se basa el documento de 84 páginas presentado por Sudáfrica para calificar que las acciones de Israel “son de carácter genocida porque pretenden provocar la destrucción de una parte sustancial” de los palestinos en Gaza.

Existen precedentes. La masacre de Srebrenica en Bosnia, en la que el Ejército serbio y grupos paramilitares mataron, en 1995, unas 8.000 personas musulmanas de origen bosnio. O el intento de exterminio de la población tutsi en Ruanda, en 1994. Y el Holocausto judío, el mayor crimen genocida de la historia.

Lo importante no es ganar el juicio, que puede tardar años en celebrarse. Lo urgente es que se admita y se adopten medidas cautelares que son vinculantes para los países signatarios del Convenio sobre Genocidio. Ello, además, obliga que los demás países exhiban su posición ante la catástrofe que se está produciendo en Gaza. Estados Unidos ya se ha alineado con Israel, como cabía esperar, considerando que la solicitud sudafricana es “contraproducente” e “infundada”. El portavoz de la Casa Blanca, Matthew Miller, ha afirmado:  “No vemos que estos actos constituyan un genocidio”.

Más vergonzoso es lo que sucede en la Unión Europea, que se muestra dividida en el conflicto y guarda un silencio estruendoso con la excusa del respeto a los tribunales.  A España, tras declaraciones del Pedro Sánchez señalando la desproporcionalidad de la ofensiva israelí, le ha supuesto alguna crisis diplomática con el Gobierno de Netanyahu. Pero Bélgica, que ha sido el primero y único país en pronunciarse al respecto, piensa sumarse a la demanda del país sudafricano, al considerar que “no puede quedarse impasible observando el inmenso sufrimiento humano en Gaza”, según su viceprimera ministra, Petra de Sutter.  Esta falta de unidad es lo que ha llevado a Josep Borrell, jefe de la diplomacia europea, ha reconocer que la dispar reacción de la UE en Ucrania y Gaza pueda ser percibida por parte del mundo como una doble moral que hace perder credibilidad al proyecto comunitario.

Mientras tanto, Israel sigue bombardeando a la paupérrima y arrasada Franja de Gaza, irradiando una escalada del conflicto en diversos frentes, desde Líbano hasta el Mar Rojo,  que solo el temor a una imparable reacción bélica en cadena parece contener. Su legítima defensa no le resulta excesiva, aunque algunos piensen ya que comete genocidio, como la relatora de la ONU, Francesca Libanese, que opina que en Gaza se está llevando a cabo una "limpieza étnica a través de medios genocidas".  

domingo, 17 de diciembre de 2023

Holocausto palestino

Utilizo holocausto para expresar lo que, según el diccionario de la RAE, en su primera acepción, significa el término: “gran matanza de seres humanos”, pero también para valerme de la connotación que, en su segunda acepción, infiere: “exterminio sistemático de judíos…”. Porque con holocausto nos referimos, habitualmente, al genocidio cometido por el régimen nazi de Hitler contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando asesinaron a seis millones de judíos europeos. Esa matanza es conocida también por el término hebreo Shoá. Además, tradicionalmente para los israelitas, el holocausto era el sacrificio religioso en que se quemaba una víctima. Se trata, por tanto, de una palabra que engloba para los hebreos historia, costumbres y religión. Pero parece que olvidan todos sus significados.

Porque lo que está haciendo actualmente el Gobierno hebreo de Netanyahu es un holocausto del pueblo palestino: una masacre, una matanza, el exterminio, si no sistemático, constante y paulatino de los seres humanos que históricamente habitaban Palestina, el territorio que hoy ocupa Israel y de donde los quiere expulsar o eliminar. El último capítulo de este plan de exterminio es la actual ofensiva bélica de Israel sobre la Franja de Gaza, en la que, aplicando la “doctrina Dahiya”, está golpeando a la indefensa población gazatí de manera desproporcionada con toda la maquinaria militar disponible, sin discriminar entre civiles y combatientes de Hamás, al considerar que todos ellos son objetivos legítimos. Es decir, los judíos contemporáneos están cometiendo un holocausto sobre el pueblo palestino, olvidándose de su propia historia, costumbres y creencias.

No hay otra forma de entender la enloquecida reacción “defensiva”, promovida por el gabinete sionista de Netanyahu, tras el ataque terrorista de la milicia palestina de Hamás contra algunos poblados rurales israelíes, limítrofes con Gaza, en los que causó 1.200 israelíes asesinados y secuestraron otros 230 que retienen en Gaza como rehenes. El contra-ataque “defensivo” de Israel ha ocasionado, hasta la fecha, más de 19.000 gazatíes muertos, entre ellos 7.000 niños,  5.000 mujeres y miles de desaparecidos, sin importar si eran civiles o combatientes. Y donde ha matado a personal sanitario y periodistas, destruido más de 50 instalaciones de la ONU, 26 hospitales, 55 ambulancias, 81 mezquitas, 278 escuelas y decenas de miles de viviendas y edificios públicos. Dado este balance, más que legítima defensa, lo que está practicando en Gaza es una venganza que transgrede el Derecho Internacional Humanitario y que persigue un fin preciso: el exterminio de la totalidad de la población palestina gazatí.

Algo que también, aprovechando la operación militar sobre Gaza, se está haciendo en Cisjordania, aunque en menor medida pero con idéntica desconsideración de vidas inocentes. Allí los pasos fronterizos con Jerusalén, controlados por Israel, han sido cerrados y las incursiones militares y los arrestos arbitrarios se han incrementado considerablemente desde el pasado 7 de octubre. El resultado es de más 300 palestinos muertos, entre los que hay que contar más de 70 niños, nueve de ellos a manos de colonos israelíes. Sin ningún motivo que justifique la acción israelí, estas cifras de muertos palestinos son ya las más altas desde la Segunda Intifada, convirtiendo al año 2023 en el más sangriento en la Cisjordania ocupada, un territorio palestino al que Israel continuamente salpica con colonias ilegales de asentamientos judíos.       

Y todo ello gracias a que Israel, al no tener que atender otros frentes bélicos con sus vecinos por contar con la cobertura estadounidense en la región, se puede concentrar tranquilamente en aplastar al pueblo palestino en sus menguantes territorios de Gaza y Cisjordania, hasta su total aniquilación, si la comunidad internacional no lo impide. Un auténtico holocausto.

Pero, más allá de repetir en dirección opuesta –de víctima a verdugo- la historia y las costumbres hebreas sobre el holocausto, Israel también se deja llevar por las connotaciones religiosas del término, al creerse el “pueblo elegido” por Dios y considerar a Palestina la “tierra prometida”. Tal componente religioso no es más que el fruto de una lectura fundamentalista de los textos bíblicos, de la que extrae la leyenda de que esa tierra palestina le pertenece por “Derecho Divino”.  De ahí que, desde la fundación del Estado hebreo hace 75 años, Israel esté obsesionado y absolutamente convencido en ocupar totalmente la antigua tierra de Palestina, de la que expulsa o aniquila su población árabe, a la que sacrifica bajo el fuego de las bombas en pos de ese designio religioso. Holocausto del pueblo palestino en su tercera acepción.

Ya no se acuerdan los judíos –o sus gobernantes más radicales- que fueron víctimas del holocausto de Hitler. Pero, si lo recuerdan, no han aprendido que la matanza de seres humanos es un crimen injustificable e inextinguible de lesa humanidad. Y que del mismo modo que ellos todavía persiguen a criminales nazis para hacer justicia, también podrían los dirigentes y responsable hebreos ser buscados y condenados en el futuro por la expulsión del pueblo palestino de sus tierras y los continuos planes que ejecutaron, con múltiples excusas, para su exterminio. Podrían ser castigados por el holocausto palestino que están llevando a cabo directamente en Gaza e indirectamente en Cisjordania.  Un sonrojante bochorno para cualquier hebreo con conocimiento de su historia, costumbres y creencias, englobadas en una misma palabra: holocausto.    

domingo, 29 de octubre de 2023

Mi posición en el conflicto israelí-palestino

Me duele y me solidarizo con el pueblo palestino, lo que no significa que apoye y no rechace las acciones armadas y asesinas de Hamás, quien se arroga indebidamente una representación que no le corresponde ni social, ni política, ni moral ni legalmente. También, porque cuestione y rechace absolutamente la reacción vengativa del Ejército hebreo, promovida y autorizada por el Gobierno ultraconservador de Netanhayu, culpo al pueblo de Israel de lo que sucede en la Franja de Gaza ni pongo en cuestión su derecho a vivir en paz en un Estado reconocido por todos, idéntico al derecho que merece Palestina para disponer del suyo.

La guerra abierta entre Israel y Hamás en Gaza es una atrocidad que no tiene disculpa ni excusa. La criminal matanza que Hamás causó en tierras de Israel tampoco tiene disculpas ni excusas. Pero ambas acciones deplorables y sangrientas tendrán que ser juzgadas y sus culpables condenados por la Justicia a la luz del Derecho y las Leyes. Porque ningún ciudadano inocente, sea israelí o palestino, debería ser víctima del fanatismo de unos y la venganza ciega de otros. El derecho Internacional y las normas y tratados internacionales o humanitarios existen precisamente para evitar todo tipo de excesos arbitrarios de violencia como los que se están produciendo actualmente en los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania.

Que apoye a Palestina no significa que no apoye igualmente a Israel. Y que repudie el bombardeo indiscriminado de Israel a la población palestina de Gaza no significa que no rechace con idéntica repugnancia los atentados de Hamás y Hezbolá contra la población hebrea. Estoy en contra de toda violencia para resolver ningún conflicto. Sólo desde el diálogo y la negociación, con respeto a la ley y la justicia, se conquistan la paz, el entendimiento y la convivencia pacífica, aunque los ejemplos de Gaza y Ucrania, como tantos otros en el mundo, disuadan de lo contrario. Pero precisamente por eso es por lo que, en estos duros momentos, hay que insistir, y posicionarse sin falsa equidistancia y disimulo, por la concordia y la paz en la política y las relaciones entre países.    

viernes, 13 de octubre de 2023

Sarpullido palestino-israelí

Como si de la recaída de una enfermedad incurable se tratase, otro brote de inusitada virulencia vuelve a surgir en el interminable conflicto que sufren, sobre todo, el pueblo palestino y también el israelí. Un enésimo sarpullido que, como las reacciones alérgicas, es cada vez  más grave y dañino, máxime si no se administran vacunas y antihistamínicos para prevenirlo y contrarrestarlo. De igual manera se comporta el larvado y nunca resuelto enfrentamiento letal que mantienen Israel y Palestina, y que condena a esa región del Oriente Próximo a un sufrimiento y una violencia inextinguibles.

Otra vez, una más, otra guerra declarada, por si no tenían bastante con todas las anteriores, desde que se proclamó el Estado de Israel, en 1948, en lo que era, desde los tiempos de los romanos, la tierra de Palestina. Pero, en esta ocasión, sin que nada aparentemente la “justificara”  o provocase, como suele ser habitual en un conflicto que se alimenta históricamente de provocaciones y respuestas, de acciones y reacciones por ambas partes.

Nunca se han podido o querido encontrar soluciones a unas hostilidades que llevan décadas enconándose, engendrando odio, ira y víctimas entre los contendientes. Pero esta vez parecía distinto, a pesar de que, según la ONU, el año en curso ya registraba la cifra de 200 palestinos y casi 30 israelíes muertos, hasta agosto pasado, por escaramuzas mutuas. Esta vez, cosa rara, había tibias esperanzas, al menos en el bando israelí, de que se estaban dando pasos hacia una anhelada pacificación de la convivencia, fruto del reconocimiento árabe (algunos de ellos) al Estado hebreo. No así en el bando palestino, para el que la promesa y los acuerdos de un Estado propio, con idénticos derechos, independencia y soberanía que el hebreo, sólo son sueños incumplidos. En cualquier caso, eran incipientes pasos para la paz en una región que la desconoce. Pero no ha sido así. Al final, el año va a convertirse en el más mortífero desde 2005. Los cohetes y las bombas ya se encargan de ello.

Porque, el día después del 50º aniversario del comienzo de la última gran guerra árabe-israelí de 1973, conocida como la del Yom Kippur, las milicias de Ezedim Al Qasam, brazo armado del movimiento islámico Hamás –considerado terrorista por EE UU y Europa- han lanzado desde la Franja de Gaza, el pasado 7 de octubre,  una de las más sanguinarias, atrevidas e inesperadas ofensivas, denominada Operación Inundación de Al Agsa, contra poblaciones limítrofes del sur de Israel.  Previo lanzamiento de más de 7.000 cohetes desde la Franja, unos 1.500 “soldados” de esta milicia, junto a otros de la Yhihad Islámica, han atravesado la verja fronteriza o la han saltado con parapentes motorizados para invadir y ocupar durante tres días algunas localidades sureñas de Israel, causando una matanza inaudita que ha llenado de estupor al mundo entero. Más de mil muertos, la mayoría de ellos civiles israelíes, es el resultado inicial de esta masacre, de los que cerca de 300 corresponden a unos jóvenes que se divertían en un festival del kibutz Reim, asesinados fría y arbitrariamente. A este balance hay que sumar más de un centenar de rehenes, entre civiles y militares, que fueron capturados por las milicias de Hamás y llevados a Gaza.

Se trata, como decimos, del enésimo capítulo, sumamente sangriento, de un conflicto que ninguna de las partes parece estar dispuesta a resolver y que perjudica, fundamental y desgraciadamente, a la causa palestina. Entre otras razones, porque es una batalla más del prolongado enfrentamiento que libran ambos contendientes, y que ni es nuevo ni se limita a ese enclave, pero que escamotea con su salvajismo e irracionalidad las auténticas raíces del problema: el expolio que sufre el pueblo palestino. Desde ese punto de vista, a pesar de que no tiene justificación alguna, se podría interpretar el criminal ataque a Israel como una reacción desesperada, precisamente en un momento en que el conflicto parecía quedar relegado u olvidado de la atención mundial.

No hay que obviar que los palestinos están pagando, desde 1948, el sentimiento de culpabilidad del antisemitismo europeo y el Holocausto nazi que determinó la fundación del Estado de Israel. Desde entonces se ven expulsados de sus tierras y humillados y arrinconados en un territorio que no para de menguar. Tras años de estéril lucha, al final los palestinos aceptaron la existencia del Estado de Israel en las fronteras anteriores a 1967, establecidas por resoluciones de la ONU, con la esperanza de poder construir su propio Estado con el resto de lo que había sido suyo: Jerusalén oriental, Cisjordania y Gaza. Esta era la famosa solución de los “dos estados”, alcanzada en los Acuerdos de Oslo, en 1993, y con la que Yasir Arafat, líder de la OLP y presidente de la Autoridad Nacional Palestina, e Isaac Rabin, primer ministro de Israel, estuvieron de acuerdo y se estrecharon la mano. 

Sin embargo, aquellos acuerdos se convirtieron en papel mojado y sus pacifistas autores fueron laminados por la historia. La nueva política que los sustituyó, con Ariel Sharon primero y Benjamin Netanyahu después, se basó en sabotear aquellas negociaciones, incumplir los acuerdos, extender la ocupación israelí en territorio palestino y enterrar el objetivo de los dos estados. Para los nuevos dirigentes hebreos, Israel no debía renunciar a sus conquistas militares ni a la expansión de sus fronteras, a costa de tierras palestinas. De hecho, se ha anexionado Jerusalén Este (la ciudad santa prevista como capital de los dos estados), declarándola única capital de Israel, y ha retenido los altos del Golán (conquistados a Siria), aparte de trufar de colonias judías (ilegales) Cisjordania, en un intento descarado por poblarlo de israelíes y expulsar a los árabes. En 2005 se retiró de Gaza, aunque la mantiene férreamente enjaulada y en la que limita los desplazamientos de los gazatíes (rigurosos controles de entrada y salida) , convirtiendo la Franja en prácticamente una cárcel donde la población vive confinada. Allí ganó Hamás las elecciones en 2006 y ejerce el poder sin reconocer el Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina, en manos en manos de la OLP, en Cisjordania. Hay que recordar también que Hamás no apareció hasta 1998, a raíz del estallido de una Intifada que denunciaba la brutal ocupación que soportaba el pueblo palestino.

En ese contexto de un pueblo apaleado, expulsado de sus tierras, saqueadas sus pertenencias, tiroteado si se acerca a las vallas o muros, ajusticiado con sentencias extrajudiciales o arbitrarias y enclaustrado en guetos, como sucede en Gaza, donde se apiñan más de dos millones de personas, la mitad de ellos niños, privado de recursos y bombardeado cada vez que Israel se siente atacado, es en el que hay que circunscribir el actual enfrentamiento de innecesaria violencia y atrocidad. 

Lo que queda es la venganza, que no la justicia. Ya asistimos a la respuesta de Israel al ataque, cuando reclama su derecho a defenderse a cualquier precio. Y veremos responder con brutalidad desproporcionada a esa brutalidad asesina de los terroristas de Hamás, alimentando una espiral sin límites. Gaza está siendo arrasada por las bombas de la aviación hebrea  (Operación Espadas de Hierro) y, mientras se escriben estas líneas, está a la espera de ser invadida, como se hizo en 2014, por tierra con los tanques de la maquinaria militar israelí, lo que ha dejado ya un balance provisional de 1.500 gazatíes muertos, entre ellos 500 niños, y cerca de 7.000 heridos.

A la ilegalidad y la brutalidad de una parte se le responde diabólicamente con la brutalidad y la ilegalidad de la otra parte. Sin embargo, la legítima defensa no ampara una reacción brutal y despiadada, y menos contra inocentes, puesto que hasta para la guerra –incluida la que se libra contra el terrorismo- existen leyes que hay que respetar. El derecho internacional humanitario prohíbe expresamente los atentados a la población civil, personas civiles o bienes civiles, como establece el Protocolo primero. Además, está prohibido atacar, destruir y sustraer o invalidar los bienes indispensables para la supervivencia de la población civil (Protocolo 7). Y eso es, justamente, lo que pretende hacer Israel con Gaza, a la que ya ha bloqueado la luz, el agua, los combustibles y el abastecimiento, instando a sus habitantes a que abandonen el norte del enclave, cuando la población no tiene dónde huir ni por dónde escapar –todo está destruido o lleno de escombros- o refugiarse, puesto que hasta las locales o escuelas de la ONU son bombardeados.

Israel le ha declarado la guerra y se dispone a aplastarla con toda la fuerza de que es capaz, en una venganza sin precedentes, que en realidad constituye un flagrante crimen de guerra. Esta desproporción en la violencia, los destrozos y las víctimas es lo que evidencia la desigualdad de este conflicto y la distinta responsabilidad que asume cada bando. Hamás acabará pagando, bien merecido lo tiene, su criminal ataque, pero el pueblo palestino, que maldita culpa tiene, terminará masacrado, expulsado de las pocas tierras que conserva y continuará siendo  exterminado de manera impune. Todas las violencias son injustificables, pero sólo una de ellas cargará con las peores consecuencias. De ahí que los palestinos soporten un doble castigo: el que ejerce Israel para controlarlos y arrinconarlos y el que aplican las milicias que dicen combatir en su nombre, mientras no dudan en reprimir cualquier oposición y conducirlos a las dianas de las balas, los misiles y los morteros.

Sólo un exjefe del espionaje israelí, el almirante Ami Ayalon, ha sabido entender el conflicto: “tendremos seguridad cuando ellos tengan esperanza”.  Todo lo contrario de lo que piensa Netanhayu, que lamentablemente no es ningún estadista que busque la paz y la convivencia entre israelíes y palestinos, sino un populista ultraconservador que se aprovecha de cualquier circunstancia, como este ataque que le viene al pelo, para afianzarse en el poder y esquivar la acción de la justicia por sus corruptelas. Triste sino el de ser israelí en medio de este conflicto, pero mucho peor si se es palestino, que nace predestinado a ser carne de cañón.