sábado, 8 de agosto de 2026

La crisis de este verano

No vivimos para sustos. Si no es una pandemia, es un volcán que empieza a echar lava de súbito, la invasión rusa en Ucrania o un genocidio en Gaza por parte de un Israel inhumano.  Por si nos parecía poco, también asistimos al secuestro -vía militari- del presidente de un país sudamericano por un quítame allá unos pozos de petróleo y a otra guerra más, esta vez contra la antigua Persia, por el mismo motivo e idéntico autor, el energúmeno que gobierna EE.UU. Todavía más, para acabar de los nervios: tras las increíbles amenazas de anexionarse por la cara Groenlandia, Cuba y Panamá, tuvimos que soportar el uso de subidas unilaterales, increíbles y arbitrarias de aranceles como chantaje en las políticas comerciales de Trump con el resto del mundo. Solo China le mantuvo el pulso. Y, por otros motivos, también España, que se negó a incrementar su aportación a la OTAN y a ceder las bases de utilización conjunta en nuestro país para librar la guerra ilegal, desproporcionada e injustificada de USA contra Irán.

Así, pues, cuando ya creíamos que con las olas de calor -cada año más intensas y extensas- habíamos acumulado todos los motivos de insomnio, decenas de miles de subsaharianos y marroquíes entran de forma ilegal y al mogollón en Ceuta, esquivando el espigón fronterizo y echándose al mar a nado o con flotadores. Las imágenes dieron la vuelta al mundo y dejaron en mal lugar a nuestro país. Se lo pusieron fácil a esos que solo necesitan cualquier excusa para proferir las más apocalípticas catástrofes y desgracias que obedecen, según ellos, al calamitoso y nefasto Gobierno que hemos votado y que hasta las próximas elecciones no piensa dejar de gobernar, aunque le cueste aprobar cualquier ley en un Parlamento fragmentado.    

La cuestión es que, para colmo de sustos, entre 70.000 y 75.000 inmigrantes (hombres y niños, mayoritariamente) cruzaron y entraron de forma ilegal el 30 de julio en la ciudad autónoma de Ceuta, en el transcurso de solo un día y colapsando absolutamente la frontera y a las fuerzas policiales encargadas de custodiarla. Una cantidad enorme de personas que desbordaron las capacidades de gestión y de acogida de una ciudad de solo 83.000 habitantes que, de un día para otro, dobló su población.

Por desgracia, más de 140 personas murieron en el intento de cruzar la frontera, contando los cuerpos aparecidos en aguas españolas y marroquíes. Fue el carísimo precio de la desesperación. Y aunque la mayoría ha regresado por donde vinieron, el problema de saturación sigue existiendo ahora en los centros de menores de Ceuta, ciudad que acoge a más de 1.000 menores inmigrantes tutelados en unas instalaciones con capacidad solo para 30. A los que se suman cerca de 1.500 que aun deambulan por las calles o se esconden para no ser repatriados. Un problema que supera todas las previsiones.

Esta situación, que solo por su volumen es inédita, ha dado pie a que la derecha y la extrema derecha culpabilicen al Gobierno, declarándolo responsable de todo, hasta de poner en peligro la integridad territorial de Europa. No obstante, Ceuta ya venía soportando una presión migratoria desde antiguo, como se repite periódicamente en Canarias y Melilla, al menos desde 2005, por su ubicación geográfica fronteriza. En 2021, sin ir más lejos, más de 5.000 personas entraron en la ciudad al relajar Marruecos sus controles como protesta por la acogida hospitalaria en nuestro país de un líder del Frente Polisario. Casi todos los años, con la llegada del buen tiempo, se suceden llegadas migratorias semejantes, bien en pateras o saltando verjas, en estas fronteras sureñas del continente europeo, si bien es verdad que no con tanta intensidad.

Sin embargo, a la derecha supuestamente civilizada que representa el Partido Popular (PP) le ha faltado tiempo para relacionar estos hechos con la reciente regularización de inmigrantes que ya vivían y trabajaban en España -proceso finalizado y que exigía unos plazos de residencia demostrada-, afirmando que creaba un “factor de atracción”. Es lo que suele calificar de “efecto llamada”. Como si fuese necesario llamar a los migrantes de la parte empobrecida del mundo para que se busquen las habichuelas en la parte próspera, separadas solo por un espigón o una valla metálica.

Y para la ultraderecha, con sus exageraciones habituales, el cruce masivo en la frontera fue, sin más, una invasión, una avalancha y una guerra, frente a lo cual hacía un llamamiento a los “españoles” para que hagan lo que se supone no hace el Gobierno: el enfrentamiento y la expulsión violenta y sin contemplaciones ni garantías. Había que “cazarlos o pescarlos” clamaba, megáfono en ristre, un desalmado dirigente ultra porque, según ellos, todos los inmigrantes, sin excepción, son delincuentes y representan un peligro para nuestra sociedad.

Pero no fueron los únicos. El populismo de derechas de Europa y Norteamérica también aprovechó para barrer para casa e irradiar su ideología racista y xenófoba. La primera ministra italiana, la radical Giorgia Meloni, se apresuró a suspender el espacio Schengen y aplicar controles fronterizos a los pasajeros no comunitarios procedentes de España. Responde con una manida estrategia emocional, común a todas las derechas, de utilizar la inmigración como recurso de movilización electoral, cuando ni sus propias iniciativas, como esos centros para solicitantes de asilo ubicados en Albania, no consiguen el respaldo legal de la justicia italiana.

Por su parte, el imprevisible y siempre bocazas Donald Trump también relacionó las imágenes fronterizas de Ceuta con lo podría pasar en su país si se deja de aplicar la política salvaje del ICE contra los inmigrantes en USA, que hasta muertos ha causado entre ciudadanos norteamericanos. Incluso Elon Musk, que no pierde ocasión para aportar su pullita, se permitió comparar la “invasión” ceutí con las espeluznantes escenas de la película de zombis Guerra Mundial Z, en su obsesión por identificar los migrantes con una enfermedad contagiosa que amenaza nuestra existencia. Qué se puede esperar de quien gusta saludar al estilo nazi.

Más aun, algunas democracias europeas que comparten el proyecto común, como Finlandia y Suecia, también cuestionaron la actuación de España al criticar que hay “países que no cumplen con su obligación de proteger las fronteras”. Entre el vocerío alarmista destaca que el Vaticano haya sido uno de los pocos Estados que ha evitado la demagogia fácil del racismo y la agitación interesada del miedo, limitándose a pedir, en cambio, atención humanitaria para los migrantes.

Y es que todo el que ha podido sacar rédito con lo sucedido en Ceuta lo ha hecho, destacando solo lo que le convenía y eludiendo lo relevante del asunto. Porque en Ceuta no se ha producido únicamente una crisis migratoria, sino un conflicto complejo en el que confluyen presiones diplomáticas, limitaciones estructurales, intereses estratégicos y polarización política. Es decir, había de todo menos lealtad institucional, honestidad intelectual y política de Estado.

Nadie se preocupó por hacer un pormenorizado análisis de los acontecimientos y del colapso humanitario sufridos en Ceuta. Las críticas se centraron en exigir mayor dureza (¿tal vez militar, con cañoneras en la costa?) en los controles fronterizos para repeler esos intentos de entrada ilegal y denunciar la incapacidad de nuestros servicios de información para detectar y prever estos movimientos. También cuestionaron que el Gobierno no exigiera responsabilidades al reino de Marruecos por no controlar a su población.

Son críticas válidas pero superficiales e interesadas, por cuanto no profundizan en el uso de los movimientos migratorios como instrumentos de presión política, interferir en decisiones económicas u obtener concesiones de otros Estados. “No buscan solo abrir un paso, sino sembrar incertidumbres, desgastar instituciones y dividir a las democracias”, señala la exministra de Exteriores Arancha González Laya en un artículo. Máxime si estas crisis se producen entre países que mantienen una delicada y ambivalente relación de vecindad por cuestiones de soberanía, tanto por las plazas españolas en el norte de África como por la descolonización y reconocimiento del Sáhara Occidental. Ambos asuntos constituyen el elefante blanco para la diplomacia española-marroquí.

A ello habría que sumar las últimas políticas de la Unión Europea (UE) que mutan hacia potenciar la seguridad presuntamente debilitada de los Estados frente a los derechos humanos, en respuesta al avance de la ultraderecha en gobiernos europeos. Gana peso el relato que supedita los derechos a la seguridad supuestamente amenazada por la inmigración. De ahí que la UE financie a Marruecos con millones de euros para la gestión de fronteras, la lucha contra las mafias de personas y el control de los flujos migratorios, y deje en segundo lugar los derechos inherentes que amparan al migrante.

Además, por si fuera poco, Marruecos se ha lineado con EE.UU. en los Acuerdos de Abraham, promovidos en 2020 durante el primer mandato de Trump, para la normalización de relaciones entre Rabat e Israel a cambio del reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, en perjuicio de la paz israelí-palestina. No es de extrañar, por tanto, que el embajador israelí ante la ONU pusiera en cuestión la soberanía española de Ceuta y la propia Casa Blanca responsabilizara de la crisis a las políticas “globalistas” y de “extrema izquierda” de España.

Es decir, cada cual arrimó el ascua a su sardina para aprovechar la situación en beneficio propio, obviando el problema real y desentendiéndose olímpicamente de quienes siempre pierden: los propios inmigrantes, algunos de los cuales pagan con su vida. Declaraciones que evidencian una instrumentalización vomitiva de la crisis y que no aportan ninguna iniciativa tendente al abordaje del problema espinoso de la frontera entre Europa y África, ninguna actuación coordinada y eficaz, ni la más simple alusión a una respuesta europea sobre su frontera exterior, más allá de la retórica contra España y de exigencia de una mayor dureza policial.

Pero si la complejidad no fuera ya mayúscula, hay que sumar al conflicto el triángulo de relaciones de España con Marruecos y Argelia, sabiendo que los dos países árabes se profesan mutua animadversión y compiten por el poder y la influencia regional en el Magreb. Estrechar relaciones con uno genera desconfianza y hasta desencuentros con el otro, incluso incumplimientos de contratos. España intenta mantener un delicado equilibrio en sus relaciones con los dos países norteafricanos, a los que califica de ”socio estratégico”, cuando se refiere a Argelia por la dependencia que tiene del gas argelino, y de “nación amiga” a Marruecos, con el que le une lazos históricos, culturales y económicos. Pero ambos países difieren, hasta romper sus relaciones diplomáticas, por su actitud sobre el Sáhara Occidental, en la que Argelia apoya al Frente Polisario y Marruecos reclama la soberanía de la antigua colonia española.

No es solo, pues, una crisis migratoria lo sucedido en Ceuta, sino una encrucijada geoestratégica con múltiples ingredientes, donde algunos utilizaron y probablemente promovieron movimientos migratorios como modo de presión, otros como arma electoral, sin que faltaran quienes corrieron para argumentar amenazas e infundir miedo y odio entre la población.

Allí confluyeron dos maneras de entender la convivencia: los que levantan muros entre países o razas y los que prefieren defender los derechos humanos, migrantes incluidos, protegiéndoles la vida y respetándoles su dignidad como personas, y también a la población ceutí. Ni los migrantes ni los ceutíes han de sufrir las consecuencias de maniobras políticas que los ignoran y desprecian, utilizándolos solo como piezas de un ajedrez geoestratégico.

No se puede ni se debe afrontar ninguna crisis migratoria renunciando a las herramientas legislativas y el ordenamiento legal con los que garantizamos, en un Estado de Derecho, los derechos y libertades de las personas, tanto nacionales como extranjeras. Y si son menores de edad, con mayor firmeza aun con el fin de evaluar circunstancias y evitar situaciones de vulnerabilidad. Es lo que se espera de un país democrático, sujeto al imperio de la ley, y civilizado como es España. Todo lo demás es charlatanería miserable y cortoplacista que no resuelve nada