martes, 14 de abril de 2026

Un corrupto aclamado

Un comisionista y defraudador con privilegios (no se le puede investigar ni juzgar al estar protegido por ley como inviolable), ha aprovechado el último día de Semana Santa, el de la supuesta resurrección de Dios (una deidad conservadora, capitalista y sanguinaria de la que sátrapas, autoritarios y dictadores dicen que está siempre de su parte y lucha en su bando), para ir a una plaza de toros (donde se sacrifican animales por mera diversión) a ver la reaparición de un matador (sí, a un auténtico matarife de reses bravas), puesto que desde ese día ya no hay que guardar luto y se puede celebrar la matanza de animales como espectáculo. El asesinato de humanos, sin embargo, no ha parado ningún día de tan santa semana ni en Gaza ni en Ucrania, ni en Líbano ni en Irán, ni en tantos otros lugares. Tal parece que los toros son más sagrados que los seres humanos para algunos creyentes monoteístas. Pero eso es otro tema.

El que nos ocupa, por cercano, está protagonizado por una persona importante, pero que hasta hace poco fue aun mucho más importante (tanto, que ha sido jefe del Estado), de la que se ha acreditado haber usado dinero público con fines privados (costear viajes con fondos reservados a sus amantes), haber cobrado comisiones por tráfico de influencias y haber defraudado a Hacienda y eludido pagar impuestos (un cúmulo de chanchullos y delitos que lo obligaron a irse a otro país para esquivar el reproche público y la deshonra familiar), regresa -cosa que hace cada vez que quiere- para darse un baño de multitud no en una biblioteca o un museo, sino en una plaza de toros, en la que el público asistente lo recibe entre aplausos y vítores mientras sonaba en himno de España. Como si fuera un torero. De hecho, se fotografió con todos los matadores al final del evento, supongo que para dejar constancia gráfica para la posteridad.

Lo curioso es que, siendo un personaje de comportamiento tan indigno que hasta ha tenido que exiliarse, no hubiera sido objeto de ningún abucheo o protesta por presentarse en una plaza de toros como si fuera un héroe. Al contrario, es aclamado por esa burguesía conservadora que gusta del asesinato de animales en el circo y admira a privilegiados con fortuna que no pagan impuestos. En la plaza y recibiendo una ovación estaba, apoyado en un bastón, quien fuera símbolo de un Estado que debiera garantizar la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, excepto él, que es impune e inviolable.

Por eso sus acólitos lo acogen en loor de multitud para que haga lo que mejor sabe hacer, pegarse la buena vida con dinero de todos. No visitó ningún orfanato ni ofreció ninguna recepción oficial o institucional, sino que, antes de ir al ruedo de La Maestranza, se fue a comer a un selecto club privado con sus aduladores, entre los que se encontraban empresarios, millonarios con apellidos de rancio abolengo, regatistas, personajes y periodistas afines a la derecha y, por supuesto, toreros.

Posteriormente, por la noche acudió a una cena también privada en casa de un afamado y bigotudo periodista, conductor de un programa de radio, que ha recorrido todo el arco ideológico en sus opiniones (hay un antes y un después de haber sido víctima de un atentado terrorista) hasta acabar como un trompetero más del apocalipsis. En esa velada lo acompañaron, de manera no oficial, el presidente de la Junta de Andalucía, conocido por sus sonrisitas cínicas y el deterioro intencionado de la sanidad y los servicios públicos, y el alcalde de Sevilla, conocido también por estar en boca de todos al mantener la ciudad intransitable (a pie o en coche) por obras más cosméticas que necesarias, más por alardear en las próximas elecciones que por auténticas mejoras insoslayables.

Curiosamente, ambos políticos pertenecen al mismo partido conservador-sin-complejos que no hace ascos a gobernar con la ultra derecha antieuropea, antifeminista, antiautonómica, antisocial y sectaria. Tales anfitriones del corrupto se declaran, por si había dudas, alcanforadamente monárquicos y juancarlistas, como está mandado.      

El caso es que este personaje, amante del toreo, la buena mesa, las mujeres hermosas y gordas cuentas corrientes, no se arrepiente de nada (salvo, quizá, de la abdicación), a pesar de que su vida enfila las últimas curvas de la decrepitud senil. Y se comporta como si fuera faro de virtudes y acreedor de eternos agradecimientos, sin querer ser consciente de que acumula lo más repudiable que podría albergar un servidor público: aprovecharse de la confianza de los ciudadanos en beneficio o lucro personal. Un corrupto privilegiado que ha mantenido durante toda su vida una falta de moral clamorosa, una falta de honradez vergonzante y una falta de lealtad hacia su país, a la institución que encarna y a la población impropia de su condición como máximo representante del sistema de gobierno que conseguimos con la restauración de la democracia. 

Se trata de un corrupto privilegiado que no asume su responsabilidad y pretende seguir representando un papel del que ha sido despojado sin honores por sus propios (de)méritos y su enorme desfachatez. Y que no ha rendido cuentas, como se le exige a otros corruptos de la política que la población condena antes de que se demuestre su culpabilidad cuando sean juzgados. Su legado de corrupción y vida licenciosa es enorme, tanto que tuvo que huir de su país y abdicar de la corona para intentar exonerar a su hijo y la institución que encarna. No hacía más que seguir una tradición familiar que encadena tres generaciones seguidas de Borbones exiliados de su país. Pero, como dijeron de Alfonso XIII, no se va o lo hacen huir por ser rey sino por ladrón. Porque, como él mismo reconoce, los menores de cuarenta años lo recordarán como un comisionista, evasor, corrupto y mujeriego. 

Así es el personaje al que brindaron una ovación en una plaza de toros el Domingo de Resurrección, como si la resurrección fuera la suya y no la de la divinidad de una religión que considerad sagrada la propiedad privada, el adoctrinamiento de menores y la subordinación servil de la mujer al hombre (de ahí que no existan curas ni papas mujeres), como si estuviera siendo rehabilitado en su condición de alta dignidad del Estado, incólume a los escándalos que ha protagonizado.

Un personaje de apariencia campechana que se rodeaba de “amigos”, como Mario Conde, Javier de la Rosa y Manuel del Prado y Colón de Carvajal, que han conocido la cárcel por diferentes escándalos en los que presuntamente había participado. O incluso de familiares, como su yerno, que fue condenado por el caso Nóos, del que se absolvió a su hija infanta, esposa del condenado. Un lío que dejó la sospecha de su implicación o del conocimiento que pudiera tener de esas actividades delictivas.

Un personaje, en fin, corrupto e inmoral que, cuando España estaba al borde del rescate por problemas con la prima de riesgo y los ciudadanos soportaban estrecheces, paro y desahucios, se fue de safari a Botsuana a matar elefantes, con tan mala suerte que se cayó, se rompió la cadera y tuvo que ser intervenido de urgencia. Un accidente que evidenció su catadura moral y la existencia de una íntima “amiga” (otra más) que destapó los trapicheos de un corrupto que atesoraba empresas opacas en Panamá, cuentas en paraísos fiscales y era beneficiario de una cuenta en la banca Mirabaud de Ginebra en la que Arabia Saudí había ingresado 100 millones de dólares (más de 64 millones de euros) que el personaje quiso ocultar como una donación (regalo) a su amiga. Y al reclamarle la devolución del dinero, ella se defendió en los tribunales, aireando los trapos sucios del corrupto. Tales chanchullos motivaron una investigación fiscal en Suiza que lo obligó huir a Emiratos Árabes Unidos, país sin acuerdo de extradición con el país helvético, no sin antes abdicar como acto de “servicio a los españoles, a sus instituciones y a ti como Rey”, sin que nadie, ni siquiera su hijo rey, creyera tan nobles y altruistas intenciones.

Este es el corrupto privilegiado que ha sido recibido entre aplausos en el lugar que mejor simboliza su conducta llena de cuernos y embestidas por engordar su patrimonio particular a cualquier precio, pues se cree con derecho a ello por su cara bonita. Cara de privilegiado corrupto aclamado en una plaza de toros.  

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