El que nos ocupa, por cercano, está protagonizado por una
persona importante, pero que hasta hace poco fue aun mucho más importante
(tanto, que ha sido jefe del Estado), de la que se ha acreditado haber usado
dinero público con fines privados (costear viajes con fondos reservados a sus
amantes), haber cobrado comisiones por tráfico de influencias y haber
defraudado a Hacienda y eludido pagar impuestos (un cúmulo de chanchullos y
delitos que lo obligaron a irse a otro país para esquivar el reproche público y
la deshonra familiar), regresa -cosa que hace cada vez que quiere- para darse
un baño de multitud no en una biblioteca o un museo, sino en una plaza de toros,
en la que el público asistente lo recibe entre aplausos y vítores mientras
sonaba en himno de España. Como si fuera un torero. De hecho, se fotografió con
todos los matadores al final del evento, supongo que para dejar constancia
gráfica para la posteridad.
Lo curioso es que, siendo un personaje de comportamiento tan
indigno que hasta ha tenido que exiliarse, no hubiera sido objeto de ningún
abucheo o protesta por presentarse en una plaza de toros como si fuera un
héroe. Al contrario, es aclamado por esa burguesía conservadora que gusta del
asesinato de animales en el circo y admira a privilegiados con fortuna que no
pagan impuestos. En la plaza y recibiendo una ovación estaba, apoyado en un
bastón, quien fuera símbolo de un Estado que debiera garantizar la igualdad de
todos los ciudadanos ante la ley, excepto él, que es impune e inviolable.
Por eso sus acólitos lo acogen en loor de multitud para que
haga lo que mejor sabe hacer, pegarse la buena vida con dinero de todos. No
visitó ningún orfanato ni ofreció ninguna recepción oficial o institucional,
sino que, antes de ir al ruedo de La Maestranza, se fue a comer a un selecto
club privado con sus aduladores, entre los que se encontraban empresarios,
millonarios con apellidos de rancio abolengo, regatistas, personajes y
periodistas afines a la derecha y, por supuesto, toreros.
Posteriormente, por la noche acudió a una cena también
privada en casa de un afamado y bigotudo periodista, conductor de un programa
de radio, que ha recorrido todo el arco ideológico en sus opiniones (hay un
antes y un después de haber sido víctima de un atentado terrorista) hasta
acabar como un trompetero más del apocalipsis. En esa velada lo acompañaron, de
manera no oficial, el presidente de la Junta de Andalucía, conocido por sus
sonrisitas cínicas y el deterioro intencionado de la sanidad y los servicios
públicos, y el alcalde de Sevilla, conocido también por estar en boca de todos
al mantener la ciudad intransitable (a pie o en coche) por obras más cosméticas
que necesarias, más por alardear en las próximas elecciones que por auténticas
mejoras insoslayables.
Curiosamente, ambos políticos pertenecen al mismo partido
conservador-sin-complejos que no hace ascos a gobernar con la ultra derecha
antieuropea, antifeminista, antiautonómica, antisocial y sectaria. Tales
anfitriones del corrupto se declaran, por si había dudas, alcanforadamente
monárquicos y juancarlistas, como está mandado.
Se trata de un corrupto privilegiado que no asume su
responsabilidad y pretende seguir representando un papel del que ha sido
despojado sin honores por sus propios (de)méritos y su enorme desfachatez. Y
que no ha rendido cuentas, como se le exige a otros corruptos de la política
que la población condena antes de que se demuestre su culpabilidad cuando sean
juzgados. Su legado de corrupción y vida licenciosa es enorme, tanto que tuvo
que huir de su país y abdicar de la corona para intentar exonerar a su hijo y
la institución que encarna. No hacía más que seguir una tradición familiar que
encadena tres generaciones seguidas de Borbones exiliados de su país. Pero,
como dijeron de Alfonso XIII, no se va o lo hacen huir por ser rey sino por
ladrón. Porque, como él mismo reconoce, los menores de cuarenta años lo
recordarán como un comisionista, evasor, corrupto y mujeriego.
Así es el personaje al que brindaron una ovación en una
plaza de toros el Domingo de Resurrección, como si la resurrección fuera la
suya y no la de la divinidad de una religión que considerad sagrada la
propiedad privada, el adoctrinamiento de menores y la subordinación servil de
la mujer al hombre (de ahí que no existan curas ni papas mujeres), como si
estuviera siendo rehabilitado en su condición de alta dignidad del Estado,
incólume a los escándalos que ha protagonizado.
Un personaje de apariencia campechana que se rodeaba de
“amigos”, como Mario Conde, Javier de la Rosa y Manuel del Prado y Colón de
Carvajal, que han conocido la cárcel por diferentes escándalos en los que
presuntamente había participado. O incluso de familiares, como su yerno, que
fue condenado por el caso Nóos, del que se absolvió a su hija infanta,
esposa del condenado. Un lío que dejó la sospecha de su implicación o del
conocimiento que pudiera tener de esas actividades delictivas.
Un personaje, en fin, corrupto e inmoral que, cuando España
estaba al borde del rescate por problemas con la prima de riesgo y los
ciudadanos soportaban estrecheces, paro y desahucios, se fue de safari a
Botsuana a matar elefantes, con tan mala suerte que se cayó, se rompió la
cadera y tuvo que ser intervenido de urgencia. Un accidente que evidenció su
catadura moral y la existencia de una íntima “amiga” (otra más) que destapó los trapicheos
de un corrupto que atesoraba empresas opacas en Panamá, cuentas en paraísos
fiscales y era beneficiario de una cuenta en la banca Mirabaud de Ginebra en la
que Arabia Saudí había ingresado 100 millones de dólares (más de 64 millones de
euros) que el personaje quiso ocultar como una donación (regalo) a su amiga. Y
al reclamarle la devolución del dinero, ella se defendió en los tribunales,
aireando los trapos sucios del corrupto. Tales chanchullos motivaron una
investigación fiscal en Suiza que lo obligó huir a Emiratos Árabes Unidos, país
sin acuerdo de extradición con el país helvético, no sin antes abdicar como
acto de “servicio a los españoles, a sus instituciones y a ti como Rey”, sin
que nadie, ni siquiera su hijo rey, creyera tan nobles y altruistas intenciones.
Este es el corrupto privilegiado que ha sido recibido entre
aplausos en el lugar que mejor simboliza su conducta llena de cuernos y
embestidas por engordar su patrimonio particular a cualquier precio, pues se
cree con derecho a ello por su cara bonita. Cara de privilegiado corrupto
aclamado en una plaza de toros.


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