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sábado, 13 de junio de 2026

Vida extraterrestre: posible, pero improbable.

Steven Spielberg vuelve a insistir en su última película, El día de la revelación (2026), con la posibilidad de existencia de vida extraterrestre y que ésta haya visitado la Tierra o, incluso, continúe conviviendo con nosotros. No es la primera vez que este director aborda un asunto que, al parecer, le apasiona, y con el que ha elaborado filmes tan románticos como entretenidos, como Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T., el extraterrestre (1982).

Si a este “revival” cinematográfico sobre seres de otros mundos se añade la reciente iniciativa del Gobierno estadounidense de hacer público cientos de informes sobre casos de fenómenos anómalos no identificados (FANI, lo que antiguamente se conocía como OVNIS) que se mantenían clasificados como secretos en los archivos de diversas agencias gubernamentales, no cabe duda de que asistimos a un renovado interés por la posibilidad de vida extraterrestre. Un misterio que inquieta al ser humano desde tiempos inmemoriales y que nos atrae tanto como la existencia de un dios creador de todo el Universo y, por ende, del hombre o lo que se esconde más allá de la muerte.

Se trata, no obstante, de una característica exclusiva del ser autoconsciente que es el humano: hacer preguntas, interrogarse y buscar respuestas, aunque a veces se deje llevar más por la emoción y la imaginación que por la razón o inteligencia racional. De ahí que se apresure en aceptar, sin apenas cuestionarlo, que seres extraterrestres podrían haber visitado nuestro planeta en cualquier momento de la historia de la Humanidad y que, de algún modo, hayan podido integrarse en nuestras sociedades sin que sean detectados o los gobiernos nos lo estén ocultado. Es una idea que, por lo reiterada cada cierto tiempo, es bastante popular entre la población y que sirve para reinterpretar mitos o historias de pueblos antiguos.

Esa idea es la que nos induce a considerar, por ejemplo, que la lápida del rey maya Pakal de Palenque (Chiapas, México) en realidad representa, como hizo Erich von Daniken, a un astronauta dentro de una nave espacial.  O que los inmensos geoglifos del desierto de Nasca (Perú), líneas que representan animales y figuras geométricas, han sido trazados a propósito para ser vistos desde el aire. Y que unas pinturas rupestres en el desierto del Sáhara (pinturas de Tassili n´Aijer en Argelia) son humanoides con trajes y cascos, similares a los de los astronautas modernos. Incluso nos tienta a valorar el impacto de un meteorito en Tunguska, en 1908, como producto de una explosión del motor de una nave extraterrestre en mitad de Siberia (Rusia).

Es, pues, una idea muy atractiva. Tanto que, para buena parte de los estudiosos del fenómeno ovni (ufólogos) la extraterrestre sería la mejor y única hipótesis que explicaría “plenamente” (mejor que los fenómenos naturales, artefactos y tecnologías secretas en pruebas, interpretaciones erróneas o montajes deliberados) las visiones de unos objetos que escapan a las leyes físicas y de la capacidad técnica conocida. Una hipótesis o idea asumida sin meditar lo que tal eventualidad supondría desde múltiples puntos de vista, pero especialmente desde el rigor científico. Y olvidando que, obviar la ciencia para priorizar las creencias, es lo propio de las religiones y las supersticiones, no del conocimiento racional.

Para evitar caer en ese tipo de explicación fácil y cómoda, parece oportuno recalcar algunas consideraciones básicas, pero irrefutables, que cuestionan esta teoría sobre la posible, pero improbable vida extraterrestre, como haría cualquier pesimista alegre u optimista descreído al enfrentarse al interrogante de si estamos solos en el universo. Una pregunta pertinente con solo mirar al cielo estrellado.

Porque, ante tan cúmulo de estrellas, resulta lógico -simple cálculo estadístico- deducir que algunas de ellas podrían tener un planeta parecido al nuestro orbitando en su entorno. Sólo en nuestra galaxia hay más de 100.000 millones de estrellas. Y de todos los planetas posibles, un porcentaje de los mismos -por mínimo que fuese- pudiera ser habitable, orbitar en lo que se llama “zona habitable” (ni muy cerca ni muy lejos de su estrella), aunque ello no garantice la existencia de océanos, atmósfera estable, protección frente a la radiación, etc.  De todos modos, partiendo de una simple conjetura estadística, es posible aventurar que existe vida extraterrestre. Aun no se ha encontrado rastro alguno de ella, pero la posibilidad se mantiene por mera deducción matemática.

Es más, sabemos perfectamente que hay planetas orbitando muchas estrellas, como nosotros al Sol, a los que denominamos planetas extrasolares o exoplanetas. En puridad, se han descubierto unos 6.200 exoplanetas en más de 4.700 sistemas solares. Y sabemos también que la química de la vida no es exclusiva de la Tierra, puesto que sus componentes básicos (carbono, hidrógeno, helio, etc.) son comunes en los cuerpos siderales. Pero afinar en el estudio al detalle de las condiciones de cada uno de esos exoplanetas y sus atmósferas, es algo controvertido por la escasez de datos, la mayoría de los cuales son indirectos, como la detección de huellas químicas de sulfuro de dimetilo en la atmósfera del exoplaneta K2-18b, un indicador biológico similar al generado por el fitoplancton marino de la Tierra. No prueba la existencia de vida, pero es la “biofirma” más sólida detectada hasta la fecha.

Y es que la vida, como proceso evolutivo de la materia, bien podría originarse en cualquier otro mundo de los infinitos que alberga el universo. Entre otros motivos porque toda la materia que los forma, como el nuestro, está hecha de átomos. Así, todo lo que existe es una combinación átomos que obedecen o interactúan según reglas: las leyes de la naturaleza. Y esas leyes, que se pueden conocer y formular matemáticamente, explican y demuestran el origen y evolución de la vida (al menos la que conocemos aquí en la Tierra), y al afectar a lo que constituye todo lo real -los átomos-, cabe esperar que los signos de vida sean reconocibles y hasta comparables a los terráqueos. Máxime cuando la vida en la Tierra emerge en contextos increíbles, como la de esos microorganismos extremófilos que sobreviven en volcanes submarinos, ambientes hipersalinos o hielos polares; es decir, en condiciones extremas para la vida, como las del espacio. De ahí que la posibilidad de vida extraterrestre sea incontrovertible, aunque hasta la fecha no es algo demostrable. De momento, los humanos seguimos siendo la única especie solitaria tanto en la Tierra -donde no existen otras especies iguales con autoconsciencia- como en el Universo “cercano”, donde rastreamos señales de vida.

Seguramente porque el Universo es tan inmenso que, al imaginárnoslo, parece infinito. La estrella más cercana al Sol -Proxima Centauri- está a 40 billones de kilómetros de distancia; es decir, a 4,3 años-luz de nosotros, según los astrónomos. Un año-luz es la distancia que recorre la luz en un año a 300.000 kilómetros por segundo. La nave más rápida que hemos lanzado al espacio -la Parker Solar Probe- se desplaza a 191 kilómetros por segundo, con lo que tardaría en llegar a Proxima Centauri unos 6.650 años.

Una presunta vida extraterrestre, necesariamente más desarrollada que la nuestra, que pudiera viajar por el cosmos para visitarnos se antoja, a la luz de estos datos, más que improbable, imposible. Y nos referimos solo al vecindario estelar local, el que “linda” con nuestro Sistema Solar. Porque si conjeturamos que podrían proceder de otras regiones remotas del Universo, la propuesta se convierte en broma para crédulos ingenuos.

Y es que, incluso suponiendo que hubiesen alcanzado tal nivel de desarrollo tecnológico que les permita viajar a la velocidad de la luz, una nave construida para ello adquiriría, según la Teoría de la Relatividad, una masa infinita (la masa aumenta con la velocidad), lo que requeriría una cantidad de energía también infinita para propulsarse. Cosa imposible, aquí y en Alfa Centauri, sin ir más lejos. Todo lo cual nos lleva a pensar, una vez más, que la vida extraterrestre puede que sea posible aunque poco probable, pero que haya podido viajar en ovnis hasta nuestro planeta resulta no solo improbable, sino disparatado, aplicando exclusivamente fundadas deducciones racionales.                 

Con todo, desde los años 60 del siglo pasado no cejamos en el empeño de buscar señales de vida inteligente en otros mundos, gracias a la radioastronomía convencional. Los proyectos más destacados de búsqueda son los del Instituto SETI (acrónimo en inglés de “Search for Extraterrestrial Intelligence”: búsqueda de inteligencia extraterrestre), de California, que emplea radiotelescopios para detectar señales en el rango de microondas, y el Breakthrough Listen, de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Pero anteriormente, en el año 1974, se envió un mensaje de radio al espacio, a través de la primera transmisión intencionada de alta frecuencia, desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico) para conmemorar la remodelación de aquel radiotelescopio cuya antena ya se ha desplomado por falta de mantenimiento.

En cualquier caso, todas esas búsquedas han sido infructuosas hasta el momento, porque detectar señales de vida inteligente desde nuestro marco temporal -unos cien años- dentro del espectro de los 13.800 millones de años de historia del Universo, representa un desafío mucho más difícil que encontrar una aguja en un pajar. Significa esperar el rastro de alguna señal enviada desde, por ejemplo, algún lugar de la Vía láctea -que tiene unos 100.000 años luz de diámetro-, y en la que cualquier señal emitida desde solo 1.000 años-luz de distancia conllevaría otro milenio en recibir respuesta. Se estima que la horquilla del “tiempo de respuesta” estaría entre 400 y 50.000 años, en función del espectro de búsqueda y el número de civilizaciones que creamos existe en él. Es probable que para entonces, cuando recibamos alguna respuesta, nuestra civilización haya desaparecido. Y eso, suponiendo que los “aliens” utilicen tecnologías semejantes a la nuestra.

En resumidas cuentas, Spielberg hace películas bellas y conmovedoras, pero de la ficción cinematográfica a la realidad existe una brecha inconmensurable espacio-temporal que nos aísla en este rincón de la galaxia de la posible vida extraterrestre que pudiera existir en el cosmos. Lo cual no impide que sigamos soñando con encuentros en la enésima fase y rastreando el cielo en busca de señales reveladoras que alimenten esa posibilidad, aunque sea ínfima. No intentarlo significaría que las posibilidades se reducirían al cero absoluto. Y no hay que perder la esperanza. Ersa es la razón por la que hay que mostrarse como un escéptico alegre al que no le perturban las frustraciones. Pues la vida extraterrestre es como las meigas, “no creo en ellas, pero haberlas, haylas”.

martes, 9 de junio de 2026

Una de barquitos

Desde hace algún tiempo me sorprendo relacionando el juego juvenil de los barquitos con hechos que acontecen en mi entorno personal. Y no es que yo fuera un practicante asiduo de este entretenimiento barato y simple, que habré jugado como mucho en menos de diez ocasiones a lo largo de toda mi vida -la mayoría de ellas con mis nietas-, ni tampoco de los que perciben o viven la vejez como una etapa de pérdidas y decrepitud. Pero el dichoso jueguecito me viene a la cabeza cada vez que una nefasta noticia afecta a alguien que conozco y con el que he tenido alguna relación de cercanía física. Una curiosa combinación con el pasatiempo juvenil que mi mente relaciona con una situación vital. Cosas de la edad, supongo.

La cuestión es que, al parecer, la partida de los barquitos la disputo con la muerte, mi contrincante en este macabro juego mental. Es ella la autora que hace agua, toca o hunde las “embarcaciones” que dispongo en el tablero imaginario del que formo parte. Y, así, cada vez que fallece alguien conocido de mi entorno -amigo, vecino o familiar-, lo relaciono de inmediato con los resultados posibles del juego.

El caso es que, en corto espacio de tiempo, han fallecido dos vecinos en el edificio donde se ubica mi vivienda y, aparte de lamentarlo emocional y humanamente, no he podido evitar pensar que, con sus muertes, habían hundido dos barcos de mi tablero vital y que mi contrincante se acercaba peligrosamente a la destrucción de mi estrategia defensiva. Un pensamiento similar me había embargado anteriormente cuando asistí, en el curso de pocos años, al entierro de un compañero entrañable del trabajo, jubilado como yo, y cuando un familiar acabó de manera prematura en la tumba. Se trata de un juego mortal en el que, cuando sufro un achaque de cierta importancia, considero que me han “tocado”. Percibo esas situaciones como especie de embates mortíferos que, como los aciertos en la batalla de los barquitos, amenazan las fortalezas de mi integridad, al barco que me representa en ese damero maldito, sin que logren hundirlo… de momento.

La relación en esta etapa crepuscular de mi vida con el juego de los barquitos no es ningún desvarío senil ni una patología psiquiátrica, sino simplemente una forma de asumir banalmente el inevitable destino que a todos nos aguarda como seres vivos: la muerte.  Un destino que, a partir de determinada edad, se vislumbra mucho más cercano e insoportablemente probable. Tal vez parezca un juego macabro para quienes tienen toda la vida por delante y ni siquiera piensan en desaparecer, porque creen que la muerte es cosa que concierne a otros, a los viejos, y que con ellos no va, ya que “la muerte es, para los jóvenes, un naufragio y para los viejos, llegar a puerto”, como diría Baltasar Gracián. Pero cuando ves que tus conocidos, vecinos y familiares, con edades comprendidas en tu misma generación, van desapareciendo a tu alrededor, no puedes dejar de imaginar que integras la lista de objetivos a los que está tratando de hundir tu adversaria la muerte. Porque estás llegando, tú también, a puerto.

Entonces es mejor asumirlo como un juego más que con miedo obsesivo. Y jugarlo como un divertimento mental que apenas afecta a la conducta, salvo esos segundos en que se tarda en declarar “agua, tocado o hundido” cualquier ataque de la guadaña a tu entorno, para continuar seguidamente con las rutinas y dedicaciones diarias que colman de propósitos y contenidos la vida. Al fin y al cabo, como dijo Benedetti, “la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

No es más que una manera de restarle importancia a la certeza pesada y grave de la muerte, tratándola como un juego de estrategias simplonas en un marco que permite limitadas opciones, para que no influya de manera dominante en la capacidad de regir nuestra vida hasta el último suspiro, cuando seamos final y fatalmente hundidos. Por eso relaciono últimamente la muerte con los barquitos. Y lo hago, al menos, mientras compruebo que hacen agua, tocan o hunden cualquier “barco” de mi tablero, sin que ello impida, más bien lo contrario, que emprenda nuevos proyectos vitales. Es decir, seguir jugando en tanto en cuanto mantenga conciencia de mí mismo, ya que la muerte es la disolución de esa conciencia. O, como pensaba Borges, “la vida es una muerte que viene”. Así que tira, que te toca, ingrata.      

lunes, 29 de diciembre de 2025

Un año funesto (y II)

El año 2025 también ha sido funesto en España, país en que la crispación política y la polarización, alimentadas por el bombardeo de desinformación y la proliferación de mentiras y bulos, condenan a la ciudadanía al enfrentamiento y a la desafección. No hubo semana en este año que agoniza en la que los partidos con posibilidad de gobernar no se tirasen a la cara exabruptos y acusaciones a cuál más grave: que si esto es una dictadura, que el gobierno es ilegítimo y su presidente, un jefe mafioso con toda su familia corrompida, que aquel otro es amigo de narcotraficantes y su partido está condenado por corrupción y dispuesto a gobernar con la extrema derecha. Y así, un día tras otro.

Claro que también existían motivos para la alarma y el arrugar de nariz. Porque después de siete años de impulsar con éxito una moción de censura contra un Ejecutivo conservador cuyo partido acabó siendo condenado por corrupción, al ético presidente que prometió acabar con esa lacra le han aflorado presuntos casos de corrupción alrededor de su entorno político y personal. Muchos casos para un Gobierno que pretendía ser limpio y ajeno a unas prácticas que ha empañado el ejercicio de la función pública, bajo cualquier administración de este país, desde que la democracia permite investigar y hablar de ello. Y antes también, por supuesto.

En el ámbito personal, con motivos fundados o no, a la esposa del presidente del Gobierno y su hermano se les investiga por tráfico de influencia y prevaricación. Y en el político, dos secretarios de Organización del partido gobernante, personas de su máxima confianza, han sido imputados por estar implicados en el “caso Koldo”, acusados de malversación, cohecho y tráfico de influencias. Además, una exmilitante del PSOE es detenida y puesta en libertad por supuestos contratos irregulares y buscar información sensible de quienes investigan las tramas corruptas.

Pero la actuación judicial con mayor repercusión política del año ha sido la imputación y condena del fiscal general del Estado, un hecho inédito. Es la primera vez en democracia que se condena a un fiscal general en ejercicio, con pena de dos años de inhabilitación, por revelación de secretos relacionados con la investigación de un defraudador confeso que es pareja sentimental de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

El año también nos deparó otro hecho inédito: un apagón sin precedentes que dejó a toda España a oscuras durante horas. Fue una jornada en la que recuperamos las radios a pilas, nos alumbramos con linternas y velas, no funcionaron ni trenes ni metros, los semáforos estaban apagados y volvimos a casa a pie, los bares tuvieron que echar las persianas y almorzamos sándwiches fríos o latas de atún. El Gobierno echa la culpa a las empresas energéticas y éstas al regulador del sistema. Todavía no se conoce la causa concreta de un fallo que paralizó a todo el país e, incluso, afecto al vecino Portugal.

Los efectos del cambio climático también se sintieron en España, provocando un verano en llamas por los incendios. Fue la peor temporada en décadas y con la mayor superficie carbonizada que se recuerda. Según datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, más de 400.000 hectáreas se quemaron ese año, casi diez veces más que en 2024. Pero ahora, como llueve, ya ni nos acordamos.

Aunque tarde, fue el año en que el presidente de la Comunidad de Valencia presentó su dimisión, doce meses después de las inundaciones que afectaron a su región, mientras el perdía el tiempo en una comida durante horas, en las que murieron ahogadas más de 200 personas. Esperó un año acumulando sospechas, versiones contradictorias y silencios para responsabilizarse de una ineptitud que no tenía justificación posible, y menos por estar de comilona.

Por su parte, al Gobierno de la nación, que al parecer tendrá que prorrogar por tercera vez los Presupuestos, se le agota la capacidad de maniobra. El partido conservador independentista, Junts per Catalunya, esencial para sumar mayoría en el Parlamento, ha decidido dejar de apoyar al Ejecutivo. Rompía así el pacto de investidura que posibilitó el actual Gobierno de coalición, por lo que cualquier iniciativa legislativa parece difícil, por no decir imposible. La gobernanza no está asegurada y un ruido de urnas se oye en el ambiente.  

Y por si fuera poco, España fue el único país que rechazó el incremento de gastos de la OTAN acordado en la Cumbre de La Haya y mantuvo su posición de limitarlo al 2,1% del PIB. Ello ha despertado la ojeriza del presidente norteamericano, que acusa a nuestro país de “no jugar limpio” y ha amenazado con represalias. No doblegarse ante Trump es peligroso, por más que EE. UU. conserve estratégicas bases navales y aéreas en suelo español. Una ojeriza que agrava el enfado del norteamericano por el reconocimiento de Palestina por parte de nuestro país.

No hay que olvidar que la moda ultra ya está aquí. Y se contagia. Sus siglas en España son las únicas que crecen en cada elección, como ha demostrado Extremadura, condicionando cualquier política que se quiera aplicar. Y contagia a la derecha moderada, como en Badalona, donde el alcalde de la localidad tiene el indigno honor de ser el primero en dictar un desalojo masivo de inmigrantes de un colegio abandonado en plenas fiestas de Navidad. Más de doscientas personas fueron echadas a la calle cuando las lluvias y el frío azotaban a la población, con la manida excusa -es un clásico- de acabar con un foco de delincuencia. Si no es racismo, se le parece; y si no es aporofobia, también. En cualquier caso, es el proceder maniqueo de esos ultras que dicen salvaguardar la civilización occidental y la cultura cristiana, justamente aquella que se dotó de derechos y libertades para combatir las desigualdades, las injusticias y los abusos de los poderosos por cuestión de raza, lengua, creencia o sexo. El alcalde en cuestión lo que defiende es la barbarie y la discriminación, como buen cristiano que celebra estas fiestas a su manera. Lo malo es que le votan y no lo botan.

No obstante, hay imágenes positivas en ese 2025 que nos deja. Y sorprendentemente son económicas. La marcha de la economía va bien, digan lo que digan los agoreros, con unas de las tasas de crecimiento más altas de los países de la zona euro. Según la Comisión Europea, será casi del 3% del PIB. Y la tasa de paro quedará por debajo del 11%, gracias a la creación de empleo cercano al 2% y una inflación que se reduce algo por encima del 3%.  Son datos macroeconómicos que nada nos dicen, pero de alguna manera reflejan la salud económica de nuestro país. No todo iba a ser funesto, impidiendo que albergáramos una tenue esperanza de cara al próximo año. ¡Suerte y salud!   

sábado, 27 de diciembre de 2025

Un año funesto (I)

A punto de dar carpetazo a 2025, parece oportuno recordar los sustos que nos ha causado el año para que 2026 no nos coja desprevenidos, ya que el próximo promete ser aún más catastrófico. Han sido tantos los sobresaltos que nos ha propinado que no resulta exagerado calificarlo de año funesto. Porque, si repasamos someramente los hechos más importantes acontecidos, tanto en el mundo como en España, tal vez hasta nos quedemos corto a la hora de valorarlo. Y no es para menos.

Para empezar, Donald Trump arrancó en enero su nuevo mandato como presidente de EE.UU. con la soberbia, el narcisismo y el afán de venganza que les caracteriza. Es, sin duda, el agente más poderoso, peligroso y fanático capaz de desestabilizar y destrozar el orden y comercio mundiales. Y de alterar, en beneficio propio, las normas y los organismos que otorgan seguridad a las relaciones internacionales. De hecho, ha impuesto aranceles arbitrarios para conseguir balanzas comerciales positivas, ha lanzado amenazas a países sobre los que planea extender la influencia geoestratégica de su país, como son Canadá y Groenlandia, o para apoderarse de sus recursos y riquezas naturales, como Venezuela. Ha empujado a Europa a aumentar el gasto en defensa y hacerse cargo de la ayuda a Ucrania, advirtiendo de abandonar la OTAN. Ha interferido en procesos electorales de estados extranjeros por favorecer a candidatos afines e, incluso, ha autorizado el bombardeo de zonas en conflicto, como Irán o Nigeria, para afianzar intereses y gobiernos aliados, etc.

En su propio país, la ha tomado con la inmigración irregular, ordenando expulsiones masivas, incluso de los hijos de estos nacidos en EE.UU. Ha iniciado el desmantelamiento de sectores enteros del Estado federal, despidiendo a miles de funcionarios públicos, cerrando agencias de cooperación y desarrollo, aplicando recortes a Universidades y la NASA y eliminando partidas presupuestarias de los sistemas de salud y educación que perjudica a los más desfavorecidos. En definitiva, ha hecho saltar la convivencia, la paz social y la confianza en su población y entre países por sus obsesiones ultranacionalistas y negacionistas, en sintonía con el ideario de la extrema derecha. Así, ha conseguido que alrededor del 75% de los científicos estadounidenses esté considerando emigrar a causa de los recortes a la investigación y su interpretación sobre el cambio climático, las vacunas y demás evidencias científicas.

Y si esto sucede en la primera potencia mundial, cabe esperar que el futuro inmediato pinta mal para el resto del planeta. De ahí que calificar de funesto el año que está a punto de terminar sea quedarse corto. Porque es, simplemente, para ponerse a temblar.

Por si fuera poco, en el mundo continúan las agresiones y violaciones de la legalidad internacional, como en Gaza, donde Israel, más que actuar en legítima defensa tras el atentado de Hamás, lo que está perpetrando es un auténtico genocidio contra los palestinos de la Franja. Es más, la tregua acordada entre Israel y EE. UU. no ha impedido que mueran cerca de medio millar de personas en el enclave por disparos del Ejército hebreo. La matanza, por tanto, no ha cesado.

También en Ucrania, el país europeo invadido por una Rusia nostálgica del imperialismo, lleva librándose una guerra no declarada desde hace ya cuatro años. Saltándose leyes que salvaguardan la integridad territorial y la soberanía de los estados, Rusia ha emprendido acciones militares contra Ucrania para intentar recuperar antiguas zonas soviéticas de influencia, alterar el orden de seguridad continental y los objetivos de Europa por la integración política, económica y social, además de bloquear la ampliación de la Alianza Atlántica hacia el Este. Sin dejar de atacarla a diario, las perspectivas de una paz precaria sobrevuelan el conflicto, otra vez animadas por Donald Trump, que intermedia para negociar la desmembración del país, impedir su ingreso en la OTAN, reducir su Ejército y repartirse, cómo no, sus minas de tierras raras y controlar, a medias con Rusia, la central nuclear de Zaporiya, la más grande de Europa. Triste panorama, pues, para Ucrania y Europa, convidada de piedra.

2025 nos permitió asistir a una sucesión papal en el Vaticano, tras la muerte de Francisco y la elección del primer papa estadunidense, Robert Francis Prevost, como León XIV. El nuevo pontífice, oriundo de Chicago y con nacionalidad peruana, es considerado moderado, pero con tics conservadores, como son recuperar la celebración de una misa tradicionalista, descartar la ordenación de mujeres diáconas y no reconocer el matrimonio homosexual. Tal parece que hará bueno al papa Francisco.

En cuanto al clima, el año que despedimos ha sido prolijo en fenómenos meteorológicos extremos, como los fuegos que arrasaron el área de Los Ángeles, uno de los más graves en términos económicos y humanos, pues requirió más de 60.000 millones de dólares en su extinción e indemnizaciones y causó la muerte de 31 personas., con cerca de 400 damnificadas. Los huracanes también hicieron presencia ese año, como el Melissa, uno de los más potentes que haya azotado el Caribe, que devastó Jamaica e inundó Cuba y Hawai. Igual que los tifones que asolaron Filipinas, Vietnam y otras regiones del sudeste asiático. A pesar de todo, sigue habiendo personas, como Trump y demás ralea, que niegan el cambio climático acelerado por la actividad humana. Y despotrican de las políticas de sostenibilidad y freno de las emisiones contaminantes.

Son negacionistas del cambio climático, de la violencia machista y contra la igualdad de la mujer, entre otras ideas retrógradas, que aglutinan formaciones de ultraderecha que desgraciadamente avanzan imparables en Europa y América. Uno de sus últimos representantes en ganar el poder es José Antonio Kast, que ganó las presidenciales de Chile, convirtiéndose en el primer defensor de la dictadura de Pinochet que dirigirá el país andino. Anteriormente, otros países sudamericanos han conquistado idéntico triunfo: la Argentina de Milei, Bolivia, Ecuador y Honduras. En Europa no vamos a la saga: los gobiernos de ultraderecha ya son realidad en el Viejo Continente, donde Bélgica, Bulgaria, Chequia, Francia, Grecia, Irlanda, Luxemburgo, Portugal y Suecia cuentan con gobiernos de centroderecha, y Croacia, Finlandia, Hungría, Italia y Países Bajos están dirigidos por coaliciones de partidos de derecha moderada y derecha extrema. Es decir, 14 países que suman algo más de 230 millones de habitantes, lo que supone el 50,38% de la población de toda la UE. El riesgo, por tanto, de desandar los avances logrados en derechos y libertades es más serio de lo que imaginamos.

Y eso va parejo al impulso adoptado por la Unión Europea para acelerar el rearme y reforzar su industria de defensa, como se acordó en la última Cumbre de La Haya, en la que instó elevar el gasto en defensa a todos los países miembros de la OTAN hasta el 5% del PIB durante la próxima década. Aires conservadores y militaristas recorren el continente.   

Pero para colmo de calamidades, también asistimos en 2025 a un robo de película: el del Museo del Louvre, donde ladrones ataviados con chalecos de obreros entraron a plena luz del día y se apoderaron de joyas históricas de enorme valor. Cuatro de ellos han sido apresados, pero el botín no ha sido recuperado.

Y como contrapunto a todo lo anterior, habría que citar la normativa adoptada por Australia para impedir las redes sociales a menores de 16 años. Es una iniciativa inédita y francamente valiente, pues la normativa obliga a Facebook, Instagram, Threads, TikTok, YouTube, Snapchat, X, Reddit, Discord, Twitch y Kick a demostrar que han tomado “medidas razonables” para identificar y desactivar perfiles de usuarios por debajo de esa edad. Otros países, como Nueva Zelanda, Dinamarca y España, se han planteado un control similar para el acceso de menores a las redes. Ojalá cunda el ejemplo.

jueves, 18 de diciembre de 2025

La tengo siempre delante

Cuando se alcanza cierta edad el futuro parece una quimera, un espejismo que ni estimula ni reconforta, y el pasado se convierte en algo remoto que empieza a desdibujarse entre la bruma de una memoria olvidadiza. Yo vivo esa edad en que se apuran los recodos de un camino ya prácticamente recorrido y se empieza a vislumbrar el final del mismo. Es una etapa de la vida que, como todas, depende de cómo se asuma, ni pesarosa ni venturosa, en función de las condiciones, tanto físicas como cognitivas, con que nos coja. Pero en que lo temporal de nuestra existencia nos interpela con más constancia. De ahí que la muerte sea un pensamiento que siempre tengo delante, como aconseja Stephen Sweig, para quien tener presente la muerte hace que la vida sea “más solemne, más importante, más fecunda y más alegre.”  

Saber que voy a morir no me amarga la existencia, pero me obliga a aprovechar la vida con más intensidad, más provecho y, aunque parezca contradictorio, más alegría. Una alegría distinta a la de los jóvenes, que jamás piensan en la muerte y creen disponer de todo el tiempo del mundo como para perderlo en fruslerías. La alegría que se experimenta a cierta edad tiene que ver, como decía André Malraux, con el valor que adquiere la vida cuando la muerte nos hace reflexionar sobre ella. Solo entonces tiene importancia la muerte, cuando nos obliga a reflexionar qué hacemos con nuestra vida.

Por eso no puedo dejar de pensar en la muerte, no por temerla, sino por ese absurdo rechazo del ser racional y consciente a encarar su condición mortal. Actitud tan absurda como inútil, puesto que es inevitable una muerte que afecta a todo ser vivo, una facticidad inexorable de la contingencia de la vida. La vida es puro azar, pero la muerte es un hecho incontrovertible e inexorable. No es una posibilidad propia, sino una inesquivable consecuencia del existir.

Pero solo hay que pensar en la muerte si contribuye a que la vida sea más apreciable y enriquecedora. No como algo tenebroso que amenaza a los seres vivos, sino como el culmen de una vida plena que ha dado todo de sí. No hay que preocuparse de la muerte en la misma manera que no nos hemos preocupado de nacer. Ni de temer la nada que seremos ni de la que fuimos. Hay que afrontar la muerte con la actitud de los epicúreos, que inspiraron la máxima de Antonio Machado: “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”.

En cualquier caso, tenerla presente es, en mi caso, una oportunidad de enfrentar cada día con ánimo de culminar lo todavía no logrado, de aprender lo que todavía ignoro, de conocer lo todavía no visitado, de dar y ayudar lo que me solicitan, de entregarme a quienes me reclaman y de abrazar y besar a los que nunca me canso de besar y abrazar porque son mis seres queridos. En ese sentido, pensar en la muerte y tenerla presente me hace apreciar todo lo que tengo y lo que soy, todo lo que hace que mi vida sea más intensa, fecunda y feliz.

Y es que, en realidad, no me preocupa la muerte, ya que solo significa que he vivido y que seré eterno en quienes me recuerden.            

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Época de monstruos

No he vivido época peor, salvo cuando España era una dictadura o guerras mundiales arrasaban Europa, que la actual, cuando gobiernan verdaderos sátrapas, delincuentes y asesinos como Netanyahu, Putin o Trump, los más destacados, despiadados y despreciables, verdaderos monstruos que han ascendido al poder en sus países, enfrentando y polarizando a la población y los países, ejerciendo una nefasta influencia internacional que destroza el mundo regido por normas, leyes, derechos y democracia que conocíamos. Contemplo estupefacto los acontecimientos que protagonizan estos tiranos, leo lo que provocan con sus desvergüenzas y soy testigo de las desgracias que causan, y no puedo ser indiferente con lo que está pasando. Porque me enerva y asquea ser coetáneo de semejantes bestias negras, sobre todo después de haber participado, asumiéndolos y defendiéndolos cívicamente, para que las libertades y los derechos fueran guías de mi conducta y del país, instrumentos irrenunciables con los que dejar atrás, de una vez por todas, las negruras de un pasado de intolerancias, cainismo e injusticias.

Y cuando los considerábamos erradicados definitivamente, retornan los autoritarismos fascistas, los actos de fuerza de los poderosos, las imposiciones sectarias y totalitarias, la marginación cuando no la eliminación política y hasta física del adversario u oponente de dentro y fuera de las fronteras, la falta de respeto a cuantas normas, leyes, tratados, convenios, constituciones, instituciones o gobiernos parezcan obstaculizar los intereses de los privilegiados o plutócratas, e, incluso, el desprecio absoluto a la dignidad y la vida humana, consideradas sacrificables por mor de la ambición o el beneficio. Es decir, la totalidad de “el mundo de ayer” está siendo barrido y hecho añicos por las garras de esos monstruos desaprensivos que gobiernan el planeta a su antojo y capricho.

Lo frustrante es que esto suceda después de un breve resplandor de esperanza que parecía alumbrar un mundo de progreso, tolerancia, igualdad y ansias de libertad, en el que no cabía el racismo ni el machismo cavernícola, ni los abusos a las minorías, los desfavorecidos o los distintos. Entonces un ciudadano negro podía ser presidente de EE UU. y hasta una mujer también podía aspirar a serlo. Era cuando un sarpullido democrático recorría el planeta despertando una primavera en el mundo árabe, la protesta en los jóvenes y no tan jóvenes insatisfechos del 15M de España, la ira en los hastiados de la plaza Sintagma de Atenas, el resurgir de nuevas promesas progresistas en líderes como Sanders en EE UU, Corbyn en Gran Bretaña y Mélenchon en Francia. Cuando una izquierda revitalizada y una nueva derecha civilizada brotaban en este país y combatían un bipartidismo esclerótico y corrupto. 

Pero fue solo un sueño del que salimos cuando se despertaron los amigos de la oscuridad, los chantajes y la corrupción. Los que no toleran que se pongan en juego sus privilegios ni se cuestionen sus ambiciones y egoísmos en nombre de ningún bien común e interés general. Desalmados que ya no necesitan golpes de estado ni tanques para reconducir situaciones adversas a sus intereses, sino que se valen de la democracia de la que desconfían para acceder al poder y ponerlo a su disposición y exclusivo beneficio, mediante mentiras, exageraciones, teorías conspiratorias, manipulaciones e intoxicaciones mediáticas, judiciales y políticas.

Ya lo avisó Donald Trump durante su primer mandato como presidente de EE UU, pero se ha encargado de demostrarlo en el segundo que comenzó hace casi un año. Y lo hace sin disimulos, sino con voluntad expresa de ponerlo todo boca arribas, exhibiendo un compendio de despotismo, menosprecio, soberbia e ignorancia en su conducta, desde la poltrona de la primera potencia mundial, que aterra a las almas sensibles y sensatas, puesto que actúa más por prejuicios que por motivos racionales. Como si quisiera confirmar, si acaso la conociese, aquella máxima de Marx de que los grandes hechos y personajes de la historia aparecen dos veces, pero, en su caso, invirtiendo los términos: la primera vez como farsa y la segunda como tragedia.

Porque desde el primer día ejerce con despotismo y vulgaridad. Desprecia los derechos humanos y cualquier miramiento ético cuando criminaliza la migración y la combate con redadas generalizadas para deportar sin contemplaciones incluso a hijos de esos migrantes nacidos en EE UU. No los quiere por su origen familiar. Piensa que todos los males de su país son siempre culpa del “otro” -tanto individual como colectivo, migrantes o estados-, que impide “Hacer América grande otra vez”. Así, no solo ordena a su Ejército asesinar extrajudicialmente a 87 personas -hasta la fecha- que viajaban en lanchas por aguas del Caribe y el Pacífico por supuestamente transportar una droga de la que nunca se presentan pruebas, sino que consiente que se remate a los supervivientes de un ataque después de haber hundido su embarcación, demostrando estar dispuesto a perpetrar crímenes de guerra sin estar siquiera en guerra alguna. Para él cualquier medio es válido en su repugnante populismo excluyente para insultar, humillar y criminalizar, tachándolos de basura, violadores o delincuentes. a las personas que han emigrado a Norteamérica en busca de un futuro mejor, como hicieron los que poblaron aquellas tierras, desde las originales trece colonias británicas, hasta convertirla en la nación que es hoy. Incluso como hicieron sus propios antepasados familiares.

Sus métodos, intolerables y violentos, no persiguen un supuesto bien superior, como es la lucha contra las drogas, puesto que, movido por intereses inconfesables, al mismo tiempo que inicia una escalada con Venezuela por una supuesta lucha contra el narcotráfico, presiona y consigue la puesta en libertad de un condenado a 45 años de cárcel por traficar con drogas por un tribunal estadounidense, cual es el expresidente de Honduras, del que sí quedó acreditado haber introducido 400 toneladas de cocaína en el país.

Esta es la hipocresía y catadura moral del actual presidente de EE UU. El mismo que apoya, arma y tolera la expulsión y el genocidio de los palestinos por parte de Israel; justifica y defiende la agresión rusa de Ucrania mientras humilla y marea a Zelenski, presidente del país, por no capitular ante el invasor; relega y desconfía de Europa por no plegarse servilmente a sus oscuros tejemanejes, y amenaza abiertamente a Groenlandia, Canal de Panamá y Canadá con un intervencionismo militar, si fuese necesario, por consolidar afanes imperialistas con los que sueña el plutócrata de la Casa Blanca.

Donald Trump se cree providencialmente legitimado para hacer que su país y el resto del mundo se amolden a sus exigencias. De ahí que no dude en pisotear la libertad de expresión, restringiéndola incluso en las universidades; que propague la intolerancia hacia la diversidad de género, raza y creencia; que persiga a sus oponentes o detractores, favoreciendo la polarización política, las tensiones sociales y la desconfianza hacia las instituciones no controladas por él; que destruya el multilateralismo y renegocie acuerdos y tratados unilateralmente, imponiendo aranceles arbitrarios que trastocan el comercio mundial; en definitiva, que cuestione los principios básicos del pluralismo y la legalidad internacional, poniendo en peligro la propia democracia y un orden mundial regido por reglas que obligan a todos.

Así es el personaje, prepotente y hortera hasta en pijamas, que hoy gobierna el mundo por la fuerza, que cree resolver los conflictos mundiales (aunque en realidad no resuelva ninguno, ni en Gaza ni en Tailandia) de los que saca tajada que lo enriquecen aún más, exigiendo por ello recibir el premio Nobel de la Paz. Y que elabora una Estrategia de Seguridad Nacional que hace temblar a Hispanoamérica, por una política de cañoneras, y Europa, a la que percibe como el principal adversario de EE UU, lo que justifica, a su turbio entender, sus esfuerzos por interferir en esos países y apoyar a las formaciones ultras, euroescépticas y reaccionarias del Viejo Continente. Así es como él trata a los aliados.   

Pero no es el único. Hay otros dirigentes, anteriores incluso a Trump, que hacen lo mismo y practican idéntico populismo manipulador que exacerba las pulsiones emocionales e irracionales de la gente para seducirlas con soluciones simples para arreglar de un plumazo problemas complejos. Vladimir Putin es todo un experto en ello, con menos escrúpulos, si cabe, pero mucho más inteligente y taimado. De hecho, su carisma como rocoso líder autoritario es un faro que ilumina a Trump, quien lo admira y respeta con inaudita veneración. Y no solo por su dirigencia política cuasi dictatorial, sino con mayor atracción aun por la economía oligárquica que ha implantado en Rusia, donde predomina un “capitalismo de amiguetes” con el que posiciona a sus incondicionales en las más altas instancias y empresas estratégicas. Ambos comparten ambiciones de antiguas épocas imperiales.

Este exespía de la KGB, que aun mantiene los expeditivos métodos para deshacerse de sus enemigos u oponentes que cuestionen su forma de gobernar, es todavía más peligroso y letal que Trump. Es lo que evidencia la extraña muerte en prisión del líder opositor Alexei Navalny, preso con cargos prefabricados; el asesinato de la periodista Anna Politkovskaya, que había denunciado las violaciones de los Derechos Humanos cometidas por las tropas del Kremlin en Chechenia; el asesinato del exviceprimer ministro Boris Nemtsov, cometido cerca del edificio donde Putin tiene su despacho; el envenenamiento con polonio del exespía Alexander Litvinenko, quien fallecería en Londres; y el de los disidentes rusos Sergéi Skripal y su hija Yulia, también envenenados en Reino Unido; la oportuna muerte de Ravil Maganov, presidente de la petrolera rusa Lukoil, que falleció tras caerse por una ventana del hospital donde estaba internado; las extrañas muertes, al estilo del Chicago de los gánster, de los diputados Vladimir Golovliov y Serguéi Yushenkov, tiroteados en distintas fechas en Moscú; e incluso Yevgeny Prigozhin, fundador del famoso grupo de mercenarios Wagner, que perdió la vida después de exigir más medios a Putin en un siniestro accidente aéreo cerca de Moscú; y otros muchos casos de convenientes desapariciones de opositores y críticos del mandatario ruso.

Este mismo energúmeno es el que ordenó en 2022 invadir militarmente Ucrania, después de anexionarse en 2014, también por la fuerza, la península ucrania de Crimea, estratégica para la flota rusa del Mediterráneo. Desde entonces, no para de bombardear con misiles y drones ciudades, edificios de viviendas, centrales eléctricas, hospitales, teatros, zonas densamente pobladas y cuantas instalaciones civiles y militares puedan desmoralizar a la población y castigar la resistencia de los ucranianos en defenderse. No le importó tomar una decisión unilateral y arbitraria que viola frontalmente la Carta de las Naciones Unidas, cometer un crimen de agresión, contraviniendo la legalidad internacional y el respeto a la soberanía e integridad de los estados.

Y por si fuera poco, también ha autorizado atrocidades que incluyen el secuestro, la tortura, el asesinato de civiles, las deportaciones forzadas, incluida la de niños, y el asesinato y tortura de prisioneros de guerra. Y, por supuesto, crímenes de guerra, como la masacre de Bucha, un suburbio de Kiev, donde las tropas rusas dejaron al menos 420 civiles asesinados a quemarropa, algunos con las manos atadas a la espalda, unas ejecuciones sumarias que pudieron conocerse gracias a evidencias fotográficas.   

Con tales métodos de desatada violencia militar, la Rusia de Putin ha logrado conquistar cuatro regiones del Este de Ucrania, limítrofes con la frontera que separa a ambos países: Dombás, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, cuyo control sigue en disputa y que el supuesto plan de paz de Trump considera que deberían cederse si se desea alcanzar un alto el fuego que premia, de este modo, la agresión rusa. Un plan que premia anexiones por la fuerza, dado que además del Dombás, donde en unas elecciones ganó el candidato prorruso, Zaporiyia y Jersón votaron mayoritariamente a Zelenski. Se premia lo que no se consigue con los votos.

Sin embargo, tal capitulación de Ucrania no asegura la paz, puesto que no satisface las ansias de Putin por aumentar su influencia y control sobre antiguos territorios que pertenecían a los dominios soviéticos tras el Telón de Acero. Y a tenor de las últimas palabras del mandatario ruso, la desconfianza hacia Rusia está plenamente fundada, ya que el líder ruso ha desafiado a los países europeos, afirmando que si Europa quiere combatir (ayudando a Ucrania), él está listo para hacerlo ahora mismo. Hay que creerlo capaz, cuando la invasión militar de Ucrania consiga sus objetivos, de que no parará ahí, máxime si al parecer cuenta con el respaldo y la comprensión de EE UU, desde donde advierten que en 2027 retirarán sus defensas de los países del Este de Europa.

Los monstruos, por lo que se ve, se entienden entre ellos, haciendo de este mundo un lugar en el que impera la razón de la fuerza y la ausencia de la ley, un solar lleno de escombros y ruinas, como diría Walter Benjamin, que estos desalmados han provocado con sus miserables actos de ambición y poder.

Esta cuadrilla de miserables no estaría completa sin otro impresentable déspota en tierras bíblicas, el genocida Benjamin Netanyahu, quien, aprovechando un atentado del grupo terrorista Hamás, lleva más de dos años bombardeando y destruyendo, precisamente hasta reducirla a escombros, la desafortunada y mísera Franja de Gaza, donde se apretujan poco más de dos millones de palestinos, último resquicio de lo que eran sus tierras. Una población civil e inocente que trata de sobrevivir en condiciones carcelarias a causa del asedio al que Israel la somete.

Esgrimiendo legítima defensa, Netanyahu ha desatado una guerra que ha causado la muerte de más de 70.000 palestinos, la mayoría de ellos civiles, y una crisis humanitaria en Gaza de dimensiones espeluznantes. No ha tenido empacho en atacar por tierra, mar y aire un territorio en el que los habitantes están cercados y sin posibilidad de refugio, destruyendo más del 90 por ciento de sus edificaciones e infraestructuras. Además, ha impedido toda ayuda humanitaria y la entrada de suministros básicos, utilizando el hambre de la población como método de guerra.

Tan desproporcionada y violenta ha sido esta respuesta de Israel que, más que un ejercicio de legítima defensa, lo que allí practica el Ejército judío es una intencionada destrucción física de los palestinos con la clara finalidad de vaciar el territorio para poblarlo de israelíes. Tal ha sido siempre el sueño que parece está a punto de conseguir el ínclito Netanyahu: ocupar toda Palestina para construir el Gran Israel que los sionistas ambicionan. Una limpieza étnica que afecta no solo a Gaza, sino también a Cisjordania, infiltrada por colonias de judíos muy violentos que destruyen y arrebatan a los palestinos sus tierras y posesiones, sin que las fuerzas del orden intervengan.

Es así como el mandatario israelí está ejecutando en realidad, con la guerra de Gaza, un auténtico crimen de guerra, un acto genocida a la vista de todo el mundo. Tan evidente es su intención que Sudáfrica presentó en 2023 una denuncia contra Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), el tribunal de la ONU encargado de dirimir disputas entre Estados. En su informe, la CIJ constata que las autoridades y fuerzas israelíes han cometido en Gaza cuatro de los cinco actos genocidas definidos en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, consistentes en matar, causar lesiones graves a la integridad física o mental, someter deliberadamente a condiciones de vida que acarrean la destrucción total o parcial de los palestinos, e imponer medidas destinadas a impedir la natalidad. Según la presidenta de la comisión, “es evidente que existe la intención de destruir a los palestinos de Gaza mediante actos que cumplen los criterios establecidos en la Convención sobre el Genocidio”. Y aunque la sentencia oficial tardará en conocerse, la Corte avanzó medidas cautelares que obligaban a Israel evitar cualquier acto genocida y permitir la entrada de ayuda humanitaria, cosa que Netanyahu ha obviado olímpicamente.

Por su parte, la Corte Penal Internacional, que juzga a individuos por crímenes graves cuando los Estados no pueden o no quieren hacerlo, emitió en 2024 órdenes de arresto contra Netanyahu y su exministro de defensa Yoav Gallant por crímenes de guerra y lesa humanidad en Gaza. Solo EE UU desoye estas órdenes.

Protegido e impune ante ambos tribunales, el sanguinario líder israelí ha continuado con su exterminio de la población palestina tanto en Gaza como en Cisjordania. Y es que Benjamin Netanyahu es otro de los monstruos que han convertido este mundo en un campo de batalla sin ley ni orden, y en el que los poderosos pueden agredir, chantajear e invadir otros Estados sin que se les castigue por ello. Ya se han ocupado previamente de desprestigiar y anular a los organismos internacionales que velan por el cumplimiento de la legalidad internacional, como la ONU y los tribunales internacionales arriba citados, cuya autoridad servía para impedir veleidades expansionistas, hegemonistas o imperialistas de los poderosos.

Es lamentable que, a pesar de los esfuerzos por conseguir un mundo en paz y armonía, hoy los monstruos de toda ralea campen a su antojo, rampando con ese anhelo pacifista y de progreso. Es lo que me hace sentir que nunca había vivido una época peor, en la que nos despeñamos por un abismo de caos, injusticia y fascismo. Como si camináramos hacia atrás, desde la civilización hacia la barbarie. ¡Qué asco!       

jueves, 19 de junio de 2025

Tiempos criminales

Años y décadas intentando construir un mundo en el que las relaciones entre los países estuvieran reguladas por convenciones, tratados, normas y leyes asumidas por todos, a partir del respeto a la soberanía de los Estados en condiciones de igualdad -lo que conocemos por legalidad o Derecho Internacional-, parece no servir de mucho en la actualidad. Antes al contrario, son continuas las violaciones que se comenten hoy en día contra el Derecho Internacional que afectan a la seguridad, independencia y soberanía de algunos países, ante la indiferencia o escasa reacción del resto de naciones y la incapacidad de los organismos que debían garantizar y defender el  cumplimiento de esa legalidad internacional, como son la ONU, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y hasta la OMS, entre otros, sin que nadie se alarme por ello.

Intereses políticos o ambiciones territoriales, económicas o comerciales de Estados muy poderosos son, por lo común, los motivos por los que aquel orden internacional laboriosamente trabajado está siendo sustituido por la ley del más fuerte, tanto a nivel nacional como en el plano internacional. El matonismo más descarado y las actuaciones decididamente ilegales o arbitrarias definen los actuales como tiempos criminales, en los que ni las Constituciones ni los Derechos Humanos son capaces de frenar los ánimos violentos de los agresores.

Es lo que explica, por ejemplo, que Israel entienda como “derecho de defensa” el genocidio que está practicando en la Franja de Gaza, bombardeando inmisericordemente a una población acorralada entre edificios en ruinas y sin posibilidad de escapar a ningún lugar seguro.  De hecho bombardea hospitales, escuelas y campos de refugiados con el pretexto de que entre los civiles podía esconderse algún elemento considerado terrorista por el agresor. Tras arrasar completamente el enclave, la acción en “defensa propia” de Israel, que aun continúa, ha causado cerca de 60.000 ciudadanos gazatíes muertos, más de la mitad de ellos mujeres y niños, una cifra –superior a los 8.000 bosnios asesinados por las milicias serbias en Srebrenica- que delata la crueldad de lo que no es más que una venganza criminal por los 1.200 israelíes asesinados en el atentado perpetrado por la organización terrorista de Hamás de hace dos años.

El ánimo que impulsa semejante masacre no es defensivo sino genocida, de aniquilar completamente a la población palestina de un territorio que ya reconoce abiertamente querer anexionar a un Israel habitado exclusivamente por judíos, contraviniendo la resolución de la ONU que propugna la solución de los dos Estados; es decir, un Estado palestino separado del Estado de Israel.

Y es ese mismo ánimo el que mueve al Ejército hebreo a  disparar, incluso, contra la multitud que se agolpa ante los puntos de ayuda humanitaria en busca de comida. Según la Fundación Humanitaria para Gaza, han muerto ya cerca de 400 personas por disparos del Ejército israelí y más de 3.000 los heridos entre civiles hambrientos, desesperados y, sobre todo, inocentes. Y se hace con total impunidad ante los ojos del mundo entero y violando cuantas leyes y convenciones lo impiden y debieran sancionarlo.

Se trata de la idéntica actitud de menosprecio al orden internacional que exhibe el mandatario del Kremlin, Vladimir Putin, cuando decide invadir militarmente un país soberano y vecino, como es Ucrania, para resolver manu militari las diferencias y desacuerdos que les enfrentan, en vez de hacer uso de las vías pacíficas y diplomáticas convenientes para ello. Prefiere desatar, mejor, una guerra sin sentido por el mero hecho de creer poder hacer lo que la fuerza le permite y que nadie es capaz de impedir, sin importarle tratados, acuerdos, normas y leyes que amparan la independencia y soberanía de los Estados. Se anexiona, así, por la fuerza territorios (la península de Crimea y las regiones de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia) y bombardea ciudades e instalaciones civiles que no constituyen objetivo militar alguno, cometiendo multitud de crímenes de guerra en los territorios ucranianos ocupados.

Ni el Derecho Internacional Humanitario, ni la Carta de Naciones Unidas, ni el Estatuto de Roma ni la Convención de Ginebra permiten el ataque o invasión de un Estado por parte de las fuerzas armadas de otro Estado, ni que se produzcan ataques deliberados contra objetivos civiles, como hospitales y comercios, o contra infraestructuras energéticas y zonas ampliamente pobladas. Las leyes también prohíben el secuestro, la tortura y el asesinato de civiles, las deportaciones forzadas, incluidas las de niños, y el asesinato y tortura de prisioneros de guerra. Sin embargo, se hace tabla rasa de esa legalidad en la ilegal invasión rusa de Ucrania sin que la presión internacional, las insuficientes ayudas al atacado o las sanciones económicas hayan servido para que Rusia acate la legalidad y se atenga al Derecho Internacional en la resolución de sus discrepancias con su vecina Ucrania, antigua república soviética de la URSS. Aquel orden racional que preservaba las relaciones pacíficas y el diálogo entre las naciones está siendo dinamitado por los que prefieren aplicar la ley del más fuerte, tal como evidencia Rusia en Ucrania. Y no se trata de una excepción, sino que es la norma de los tiempos que nos han tocado vivir.

No es de extrañar, por tanto, que se quiera obligar a cualquier país a amoldarse a las exigencias e intereses de los Estados poderosos, aquellos que deciden unilateralmente los límites del desarrollo económico y defensivo de los que consideran peligrosos, ya sea económica o estratégicamente. Es lo que persigue Israel, otra vez, cuando lanza un ataque aéreo contra Irán con el objetivo, asegura, de destruir enclaves nucleares de la República Islámica. El Gobierno israelí afirma haber eliminado a “nueve científicos y expertos de alto nivel” en lo que califica, en vez de asesinato, como “un duro golpe a la capacidad del régimen iraní para adquirir armas de destrucción masiva”. ¿Y quién es Israel para condenar a muerte a civiles extranjeros y obstaculizar el desarrollo nuclear de otro país?

No quiere que nadie sea tan fuerte como él en la región. Israel posee la bomba atómica desde finales de la década de 1970, aunque mantiene una política de ambigüedad –ni confirma ni desmiente- sobre su existencia. Pero no han atacado solo a la capacidad iraní para desarrollar su programa nuclear, sino también a la sede de la Policía, la dirección de espionaje de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria y la cadena estatal de televisión. Es decir, no ha sido un mero ataque preventivo, como ya hiciera hace años contra una central nuclear de Irak, sino una agresión directa que vulnera el consenso internacional y el derecho que rige las relaciones entre países. Y sin que Irán hubiera emprendido ninguna acción militar previa contra Israel y se hallaba en plenas negociaciones con Estados Unidos sobre su programa nuclear.

Son tiempos canallas en que los matones se ayudan entre sí. Donald Trump, el impresentable presidente del país que suministra el armamento que utiliza Israel, ha amenazado con matar a Alí Jamenei, líder supremo de la teocracia iraní, con estas palabras: “Sabemos dónde se esconde y se nos agota la paciencia”. Y subrayó la amenaza aclarando que lo busca es la “rendición total” por parte de Irán. Es decir, obligar a un país a claudicar de su autonomía soberana a diseñar su propio futuro, algo que es percibido como una amenaza por parte de otros Estados sumamente poderosos.

Por eso se hacen guerras sin declarar, se derriban regímenes de manera violenta y se violan leyes y cuantas normas sean necesarias por turbios intereses de quienes se creen capacitados para imponer su voluntad por la fuerza y no gracias a la fuerza de la razón y la legalidad.

Comportamientos de países que vienen precedidos por las actitudes de sus gobernantes. De ahí que el autoritarismo, primer síntoma de un fascismo latente, sea una característica de esos comportamientos imperialistas y del autoritarismo que engalana a algunos personajes que se creen por encima de leyes y usos convenidos, como Netanyahu en Israel, Putin en Rusia, Trump en Estados Unidos y otros de su calaña.

Algo grave está sucediendo con la destrucción del antiguo Orden Internacional cuando lo que emerge son líderes autoritarios y cínicos que no dudan en reprimir cualquier discrepancia y en normalizar la violencia. Y más grave aun cuando eso sucede en Estados Unidos, una democracia forjada con la intención de impedir el poder absoluto de los reyes, que está siendo corroída por mandatarios como Donald Trump, quien amenaza a todo el que ose contradecirle.

Ya no solo persigue a migrantes para expulsarlos del país sin que ningún juez medie en el proceso, sino también a periodistas, estudiantes, universidades, manifestantes y todos aquellos que no secunden y aplaudan sus decisiones; es decir, a los que no piensan como los MAGA, su doctrina. Y como Jefe de la violencia ejercida desde el poder,  ordena a agentes federales a detener a un representante público en un edificio oficial por pedir la orden de arresto y cuestionar sus políticas. Es lo que hizo anteriormente con un senador por california que también había sido apresado y tratado brutalmente por querer intervenir en una rueda de prensa para denunciar la militarización de Los Ángeles a causa de las redadas masivas contra inmigrantes.

Tal ambiente de autoritarismo y de violencia verbal y policial desencadena actitudes letales entre fanáticos que creen que todo está permitido. No es de extrañar, pues, que hayan sido asesinados en Minnesota una congresista demócrata y su marido, al tiempo que han resultado heridos un senador local y su esposa. Es indudable que tales actos los cometen desequilibrados que piensan que están luchando en favor de quien tolera una violencia justificada, como la que ejercieron los que asaltaron el Capitolio y fueron finalmente indultados por Trump nada más llegar a la Casa Blanca.

Estas actitudes de matonismo y de patente desprecio de la legalidad es lo que convierte estos tiempos actuales en criminales. Y algo habrá que hacer por corregirlo.

martes, 20 de mayo de 2025

La desinformación es poder

Parafraseando la conocida sentencia que Hobbes escribió en El Leviatán, se podría afirmar, sin caer en el error, que la desinformación es una manera de poder controlar la opinión pública, influir en la política y conformar una sociedad acrítica y sumisa. Tal es el volumen de desinformación con el que se nos bombardea a diario y por todos los medios que dicha práctica resulta ya inevitable por rutinaria. Y no es algo nuevo, aunque en esta era digital de las comunicaciones se haya convertido en un fenómeno mucho más intenso y extenso, hasta el extremo de representar una seria amenaza para la democracia, la confianza en las instituciones y la convivencia ciudadana. Además de afectar al ámbito de los derechos fundamentales y las conquistas históricas, como la libertad de expresión, a los que tiende restringir o eliminar. No en balde Daniel Innerarity, catedrático de filosofía política de la Universidad del País Vasco, califica nuestra sociedad como la de la desinformación y el desconocimiento. Entre otras razones porque, como asegura Manuel R. Torres Soriano, también catedrático en Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, “las nuevas tecnologías de la información nos han hecho más vulnerables frente a la mentira”.

Y es que el mundo digital –el de las nuevas tecnologías y las redes sociales- ofrece herramientas potentísimas para la promoción y diversificación de mentiras, bulos y tergiversaciones al servicio de determinados intereses o discursos políticos que, por su cantidad y sutileza, representan el mayor intento de manipulación de masas de la historia. Se trata de estrategias de falseamiento informativo que impiden a la opinión pública conocer la realidad de los acontecimientos, conduciéndola al engaño, a la polarización y, a la postre, a la desafección política y hacia la desconfianza, cuando no al cuestionamiento, del sistema democrático. Porque la desinformación no es más que el final de un proceso comunicativo que falsea el mensaje respecto a los datos veraces. Para la RAE, consiste en “dar información intencionalmente manipulada al servicio de ciertos fines”.

Así, por ejemplo, se inculcan tendencias de odio, sectarismo, racismo y de exclusión en amplios sectores de la sociedad, ya que, influidos por noticias falsas, parciales o tendenciosas, convenimos en culpar a los extranjeros, a los inmigrantes o a otros colectivos de todos los males y problemas que nos aquejan, disuadiéndonos de prestar atención o conocer las causas reales y profundas de los mismos. Es más, nos hace ser presas dóciles de una estrategia con la que fomentamos y  compartimos ese discurso de odio que refuerza la desinformación, pero que no garantiza, en absoluto, el  derecho a una información veraz, pertinente y de verdadero interés público.

La diseminación de información manipulada, que interfiere incluso procesos electorales para alterar sus resultados, es aun más dañina y peligrosa cuando se proyecta sobre un público no preparado para descubrir o enfrentar el engaño. Ello es posible porque la desinformación se elabora de tal manera que apela a las emociones, dificultando el análisis racional, y porque la velocidad del consumo informativo, junto a la comodidad de la brevedad de las redes sociales, inducen a procesar esa desinformación mediante “atajos cognitivos”, sin valorar si es falsa, parcial o tendenciosa y sin comprobar su veracidad. Nos acostumbra a guiarnos por lo morboso, lo conflictivo o lo anómalo en vez de la importancia, el interés social y la utilidad pública como criterios de selección y consumo de información.

En esa diseminación y permeabilidad de la desinformación radica su peligrosidad al incidir en elementos nucleares de la democracia representativa, como son la participación ciudadana, el pluralismo y el control del poder, que precisan de la libertad de expresión de ideas u opiniones y del derecho a la información no manipulada sobre hechos relevantes (veraces y de interés general), que son imprescindibles para fomentar la deliberación y la creación de una fundada opinión pública.

Tan peligrosa como compleja, pues es difícil detectar y defenderse de la desinformación, ya que emplea una amplia variedad de recursos eficaces para el engaño y la manipulación de sus destinatarios. Desde la falacia selectiva que considera válidos únicamente los datos que la confirman o corroboran, hasta el hecho factoide, esa creencia popular sin base factual, que se convierte en supuestamente incontrovertible por repetirse innumerables veces y fuentes, pasando por la técnica reactiva de negar la evidencia y defenderse atacando, invirtiendo las figuras de víctima y agresor, o la de la propaganda y réplica, que consiste en emitir multitud de mensajes en corto tiempo para que la cantidad y rapidez de los argumentos prevalezcan sobre su veracidad. Sin olvidar, por supuesto, las mentiras, los bulos, las exageraciones, las fakenews, las noticias basura (junk news), las presuntas conspiraciones y los pseudoescepticismos (negacionistas que se consideran escépticos), etc.

Todos esos recursos -y muchos más que no recopilamos para no hacer demasiado larga su descripción- constituyen los potentes y enrevesados tentáculos de la desinformación, como recoge un artículo de The Conversation,  y son sumamente útiles para saturar el debate, apabullar al receptor y reducir o condicionar la deliberación pública, impidiendo el derecho a recibir una imagen objetiva de la realidad por medio de una información precisa, veraz y relevante.

Y es un peligro, por si fuera poco, porque la desinformación afecta cada día más al periodismo de calidad. Máxime cuando, solo desde el periodismo aferrado a la verificación de los hechos, ligado a la verdad y que obtiene la información de forma lícita, es posible evitar y combatir la desinformación. Solo recurriendo a medios de acreditada solvencia, que se guían por prestar como servicio público el derecho a la información, situando los hechos en su contexto, se puede eludir la trampa de la desinformación y no caer presos de sus tentáculos.

Solo los verdaderos periodistas que actúan con diligencia, desde su papel como mediadores sociales, y unos medios de comunicación responsables, que no ocultan ni su dependencia empresarial ni su línea editorial ni sus fuentes de financiación, pueden ofrecer una información verídica y relevante, fiel a la realidad y sujeta a la verdad, imprescindible para el debate público, la participación ciudadana y el efectivo control del poder en toda democracia.

Y es que la desinformación es lo opuesto al buen periodismo, aquel que se basa en el rigor, la selección y fundamentación de los hechos noticiosos, la verificación de la información  y el contraste de fuentes. Ese buen periodismo diligente que implica el análisis crítico de la información mediante la comprobación y contextualización, utilizando fuentes plurales y sin mezclar opinión con información. Y que, aparte de inspirar credibilidad,  combate, desde su rigor y honestidad, eso que se ha dado en llamar infodemia, la capacidad que otorgan las redes sociales a la ciudadanía para emitir contenidos sin atenerse a criterios de calidad periodísticos, y a la posverdad, definida por la RAE como “información o afirmaciones que no se basan en hechos objetivos, sino que apelan a las emociones, creencias o deseos del público”.

Todas juntas, la desinformación y sus “franquicias” de la infodemia y la posverdad son peligrosas, además, porque promueven la ignorancia y el desprecio a la verdad objetiva, pues se basan en la mentira, la falsedad y la manipulación o distorsión de los hechos. Para colmo, nos abocan al riesgo de no saber distinguir entre lo verdadero y lo falso e, incluso, a la indiferencia hacia tal distinción. Todo lo cual alimenta un clima de desconfianza, tanto hacia los medios de comunicación en general como hacia las instituciones, que es caldo de cultivo para la polarización y la crispación social, la  desafección a la democracia o su cuestionamiento y al auge de los populismos. En definitiva, para conformar una sociedad acrítica y sumisa, fácilmente manipulable.      

Tal es el dantesco poder de la desinformación hoy en día, debido, en parte, a ese afán tan cómodo de suplantar al verdadero periodismo por los pseudomedios y los agitadores ideológicos que están al servicio de determinados intereses y discursos políticos. Una desinformación que se potencia al despreciar o limitar el trabajo de los periodistas, impidiéndoles el acceso a ruedas de prensa y actos de partido. Y, sobre todo, cuando preferimos y nos conformamos con la información parcial y necesariamente sin rigor, por su inmediatez y brevedad, rebotada viralmente por las redes sociales, como vía para “informarnos” de lo que sucede en el mundo, en el país y en nuestra ciudad.

No, no es una boutade afirmar que la desinformación es, hoy, poder. Mucho poder. Y se lo hemos dado nosotros.

jueves, 8 de mayo de 2025

Guindas de un negro porvenir

En un comentario anterior me preguntaba qué más podría pasar en nuestro país para intranquilizar aun más a los españoles. Enumeraba entonces una serie de calamidades naturales y políticas que nos abocan a un futuro de sobresaltos, puesto que, a pesar de la larga lista de lo ya soportado hasta la fecha (Dana, guerras, Filomena, erupciones volcánicas, pandemia, crisis económicas, apagón eléctrico, etc.), las cosas todavía podían ir mucho peor si no ponemos de nuestra parte para evitarlo y no destruir lo conseguido. Pero me quedé corto. Porque faltaba indicar que el cielo se nos podía caer encima. Literalmente.

Porque está previsto que caigan, no de la atmósfera sino del espacio sideral, objetos (naturales y artificiales) que podrían ocasionar grandes destrozos y poner en peligro la vida de mucha gente, dependiendo donde acaben estrellándose. Ya no son fenómenos climáticos que nos congelan, achicharran o ahogan con sus arrebatos de ira, ni lava de volcanes que sepulta campos y ciudades dejándolos petrificados, tampoco la ineptitud o mediocridad de políticos incapaces de prever y gestionar catástrofes incluso pronosticadas de antemano, sino enormes y pesados objetos pétreos o metálicos que se precipitarán sin control sobre algún punto del globo, destrozando lo que encuentren.

Uno de esos objetos es un peñasco de 90 metros de diámetro que vaga silente y casi invisible por el Sistema Solar. Hace algún tiempo hablé de él aquí, puesto que su probabilidad no anula la posibilidad de que acabe chocando contra nosotros, allá por el año 2032, según cálculos precisos de los astrónomos. Las órbitas que describe lo acercan progresivamente a nuestro planeta hasta el punto de poder "tropezar" con él. Y dependiendo donde lo haga, sobre todo si es sobre zonas urbanas, podría causar una devastación equivalente a la explosión de mil toneladas de dinamita o, lo que es lo mismo, a una bomba nuclear pequeña capaz de arrasar una ciudad entera. Lo dicho: algo improbable pero no imposible, pero que nos mantiene sobre ascuas por la inseguridad que infunde. Y una guinda más que ensombrece un futuro inquietante.

Pero hay otra. Se trata de un viejo artefacto soviético que ha permanecido en órbita durante más de medio siglo. Un cacharro que está a punto de realizar un reingreso descontrolado en la atmósfera dentro de pocos días, sin que todavía se sepa -cuando escribo estas líneas- dónde acabará cayendo. Es la cápsula Kosmos 482 (nombre preliminar) que se lanzó hacia Venus en marzo de 1972, cinco días después de su gemela, Venera 8 (nombre oficial por resultar una misión exitosa).

Sin embargo, la Kosmos no tuvo suerte. El encendido de la última etapa de su cohete, que debía empujarla en dirección a Venus, duró la mitad del tiempo previsto y la sonda quedó atrapada en una órbita terrestre elíptica, con un apogeo de 9.000 kilómetros de distancia, pero un perigeo muy bajo que la hacía rozar levemente con las capas altas de la atmósfera cada vez que se acercaba a la Tierra. Con los años, la fricción con la atmósfera hizo que la nave fuera descendiendo hasta una altura de unos 150 kilómetros, lo que provocará su caída inminente.

¿Y qué es lo que caerá? Pues la cápsula que debía posarse en Venus, una esfera de unos 600 kilos de peso, fabricada para resistir las temperaturas y presiones de aquel planeta. Por eso es probable que no se destroce ni desintegre al atravesar la atmósfera y caiga como un meteorito a unos 250 kilómetros por hora. Con su peso y esa velocidad, el impacto podría provocar serios daños, sobre todo si es sobre una región poblada. Pero hasta poco antes de la reentrada no se puede calcular con exactitud el lugar de caída. Lo que se sabe es que sucederá entre las latitudes 53 norte y 53 sur; esto es, una franja que recorre Europa, Asia, América y parte de África, aunque las probabilidades se inclinan por que lo haga en el mar o zonas desérticas*. ¡Ojalá!

Como sea, lo que nos faltaba eran esas dos guindas celestiales para enturbiar aun más el inquieto porvenir que nos acecha. Porque, cuando no son catástrofes naturales y desastres políticos, son bólidos siderales los que nos caen encima e impiden que vivamos tranquilos, confiados y en paz en este rincón privilegiado de la Tierra. ¡Vaya siglo llevamos! ¿Qué otra cosa podría pasar?

Menos mal que ya tenemos nuevo papa que pastoree la grey de fieles católicos, para sosiego de millones de personas atribuladas por esta vida y la del más allá. 

Actualización:

*Al final, la sonda ha caído en aguas del Océano Índico, al oeste de Yakarta (Indonesia), a las 6:24 GMT (8:24 hora peninsular española) de hoy sábado, sin ocasionar ningún daño, según Roscosmos, la agencia espacial rusa. 

sábado, 3 de mayo de 2025

¿Qué más puede pasar?

No se puede decir que lo que llevamos del siglo XXI haya sido, precisamente, tranquilo y llano. Que sus primeros 25 años fuesen monótonos y sosegados. A lo mejor, eso era lo que deseábamos tras un siglo XX traumático, en el que se produjeron dos guerras mundiales, una guerra civil en España y muchas otras desgracias que los más viejos conservan frescas en su memoria. Lo cierto es que esta nueva centuria nos está sorprendiendo con sobresaltos y traumas tan inesperados como variados. Tanto que, en el primer cuarto del siglo, se han sucedido acontecimientos inimaginables que han zarandeados violentamente nuestras confiadas y entretenidas existencias. Cinco lustros en los que hemos asistido a continuas crisis migratorias, un genocidio cometido a plena luz del día a orillas del Mediterráneo oriental, una guerra imperialista ante las mismas puertas del Este de Europa, una crisis inflacionaria que disparó los precios a cotas jamás vistas, una pandemia mundial que nos mantuvo encerrados y aislados durante meses, diversas crisis climáticas que, o bien cubrieron de nieve media España, o bien inundaron de agua y fango a una parte de la otra, destrozando bienes y segando la vida de centenares de personas en el Levante español. Por ver, hasta vimos la erupción de un volcán que sepultó bajo cenizas a una isla y, por si fuera poco, sufrimos un masivo apagón eléctrico que dejó a oscuras y paralizó toda la península, Portugal incluido, dejándola sin luz, sin comunicación ni transportes. ¿Qué más puede pasar?

No se puede decir, aunque resulte repetitivo, que estos cinco lustros no nos hayan inmunizado contra todo lo que cabría esperar por parte de la naturaleza (catástrofes naturales) o de nosotros mismos (guerras y crisis económicas o políticas) por el número de desgracias padecidas. Un primer cuarto de siglo tan agitado y convulso que tal parece intencionado para acostumbrarnos a esperar golpes venideros aun más duros y de magnitud global, como podría ser un desequilibrio mundial de nuestra gobernanza basada, hasta ahora, en leyes y acuerdos que eran consensuados y respetados.

Y es que, si a todo lo anterior, sumamos personajes como Putin, Milei. Netanyahu o Trump, entre otros, el panorama no puede resultar más sombrío. Ellos solos, ya de por sí, representan  la inquietante perspectiva del poder del más fuerte, la expresión de la voluntad más intempestiva y sectaria, el desprecio al débil o diferente, la preponderancia del interés particular monopolista, el cuestionamiento y la desobediencia a los organismos regulatorios internacionales, la inutilidad de la ONU, la UNESCO, la OMS, del FMI, la FAO, etc. En definitiva, una deriva de tal calibre que hasta un informe reciente de Amnistía Internacional lo considera alarmante, puesto que aboca al mundo a balancearse al borde de un precipicio liberticida, autoritario y xenófobo en relación con los derechos humanos, lo que nos conduce “a pasos agigantados hacia una época brutal, donde el poder militar y económico prevalece sobre los derechos humanos y la diplomacia”.

Parece, por tanto, que estos últimos veinticinco años quisieran recordarnos con cada tragedia que nada hay seguro y estable, que nuestras confianzas y certezas son inválidas para unos tiempos, como los actuales, tan volátiles, caracterizados por lo imprevisto y disruptivo. Una época en que hasta la democracia es instrumentalizada o pisoteada por líderes populistas y partidos radicales que recurren al miedo y a las inseguridades que ellos mismos propalan y exageran, mediante mensajes catastrofistas, para confundir y atraer la confianza de la gente asustada y sin criterio. Un cuarto de siglo, en fin, que nos induce a esperar lo peor para transigir con lo malo; esto es, con menos libertad bajo promesa de más seguridad y con menos derechos como condición para “proteger” lo “nuestro”. Nos disuaden de que la libertad y los derechos son frágiles y transitorios, no conquistas permanentes.

Qué más puede pasar, nos preguntamos con preocupación. Y advertimos, con aun más preocupación, que puede pasar que demos por bueno gobiernos reaccionarios que ignoran el interés público, las libertades constitucionales y los derechos que asisten a todos, incluidas las minorías, sin distinción ni exclusiones. Que radicales antidemocráticos e intolerantes accedan al poder, como hizo Hitler en 1933,  gracias a la generosidad de una democracia que les abre las puertas para que repitan estragos ya vividos con el fascismo y el comunismo en el pasado. Que claudiquemos, como mal menor, ante el dogmatismo y las imposiciones arbitrarias, que nos resignemos a los privilegios de unos pocos frente al atropello de la mayoría y que aceptemos una cultura y una sociedad ahormadas por la censura y el pensamiento único, el que dicta el poderoso en defensa de sus intereses, como hace Trump con universidades y medios de comunicación que no acatan sus mentiras, manipulaciones y mezquindad.

Aparte de reiteradas catástrofes naturales (sequías, lluvias torrenciales, olas de frío o de calor, aumento del nivel del mar, erupciones volcánicas, terremotos, etc.), causadas por los efectos de un cambio climático que no hemos querido combatir aunque sabíamos cómo frenarlo, lo que puede pasar es también la emergencia de un futuro aterrador e inmanejable, provocado por inercias ideológicas que, pudiéndolas evitar, no quisimos hacerlo a causa de nuestra ceguera o comodidad. Una actitud tan irresponsable que explica que a posteriori nos preguntemos cómo fue posible, sin que asumamos nuestra responsabilidad.

Porque es sumamente fácil imaginar cómo actuarían los fanáticos de la exclusión y el sectarismo ante los problemas que este cuarto de siglo nos ha deparado. Es fácil imaginarlo con solo comparar lo que hicieron gobiernos que ignoran a los desfavorecidos y solo velan por los suyos y los poderosos, como hizo Rajoy al rescatar los bancos, recortar prestaciones o implantar copagos en la sanidad durante una crisis financiera en su mandato, dejando en la estacada a la población humilde y trabajadora. Es fácil imaginarlo por cómo se posicionan líderes iluminados a favor de sus intereses o privilegios en perjuicio del interés general, como hace Aznar defendiendo a compañías nucleares antes incluso que se conozca la causa de un fallo masivo eléctrico.

 Es fácil imaginar ese oscuro panorama por cómo gestionaron problemas graves gobiernos que anteponen la defensa del capital al interés colectivo, como cuando los atentados terroristas de Atocha, la tragedia del Yak-42 o esa guerra ilegal en la que nos involucraron, sin el respaldo de la ONU, mediante mentiras, manipulaciones y tergiversaciones absurdas e insultantes de las que no se arrepìenten.

¿Qué más puede pasar? Lo último que puede pasar es que renunciemos a la responsabilidad que nos corresponde como generación, que es evitar que el mundo que entreguemos a nuestros hijos sea peor que el que heredamos de nuestros padres. Que no seamos capaces, no ya de rehacerlo y mejorarlo, sino de impedir que se desmorone o destruya.

Puede pasar de todo por, simplemente, dejadez y despreocupación de quienes no sabemos valorar lo bueno que tenemos la suerte de disfrutar. Y de preservarlo.