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viernes, 9 de julio de 2021

¿Sólo los jóvenes son culpables?

La actual pandemia del SarsCov-2 -un nuevo coronavirus sumamente infeccioso que provoca la enfermedad Covid-19- cursa mediante oleadas de contagios, dependiendo de la mutabilidad de un patógeno que, como todo ser vivo (aunque un virus sea la mínima expresión de vida), se adapta al ambiente y a las facilidades que halla para expandirse o transmitirse de un huésped a otro. La lucha contra esta dinámica activa del germen, tratando de impedir su letalidad y el número de contagios, está siendo sumamente compleja, por la dureza de las medidas que se han debido de adoptar (limitación de ciertos derechos y libertades), y demasiado larga, por el tiempo que han tenido que mantenerse tales medidas, algunas de las cuales siguen en vigor, con más o menos rigor, año y medio después de implantarse.

El descubrimiento de una vacuna (o varias) contra la Covid en tiempo récord para la ciencia (todavía no ha hecho lo mismo contra el Sida, por ejemplo), capaz de inmunizar a la población ante la infección (protege de los casos más graves y mortales de la enfermedad, pero no de la posibilidad de contagios asintomáticos), ha permitido realizar una “desescalada” de las restricciones, hasta el extremo de que ya se ha recuperado la movilidad de la población por todo el territorio, la reapertura sin apenas limitaciones del comercio y la hostelería (de hecho, de toda la actividad industrial y mercantil) y se está reactivando el turismo, tan rentable en esta época estival, en función de las normativas para los viajeros en el país de origen y las exigencias requeridas en el de destino (visados de vacunación, cuarentenas, pruebas PCR y de antígenos, etc.). Todo ello ha dado la sensación de que la enfermedad ha sido vencida y que la normalidad volvía a nuestra cotidianeidad. Es, por supuesto, una sensación errónea.

En estos momentos, estamos asistiendo a una quinta ola de la pandemia en España, que afecta principalmente a personas jóvenes y maduras, entre los 20 y 50 años de edad. Y se culpa de ello a la conducta irresponsable de las más jóvenes y adolescentes, incapaces de reprimir sus impulsos gregarios de diversión, de ocio entre amigos y de fiestas (ya sea en el interior de establecimientos o al aire libre). ¿Pero son realmente los jóvenes los causantes de esta quinta oleada del virus que ha multiplicado exponencialmente los contagios? Lo dudo, por mucho que se repita este mensaje, acompañado de imágenes de “botellonas” y aglomeraciones juveniles, a través de los medios de comunicación.

Y lo dudo porque, en primer lugar, es injusto, además de ingenuo, esperar de los jóvenes un comportamiento impropio de su edad y más acorde al de la madura experiencia, la de los mayores que los señalan con el dedo acusador. Son estos, y no aquellos, los que debían prever y contrarrestar, como padres o autoridades, la innata reacción de la juventud ante una situación sin restricciones y de apertura de la actividad económica, incluida la nocturna. Si se le permite viajar, acudir a locales de diversión y participar en cuantas ofertas lúdicas le brinda el negocio del ocio, ¿qué se esperaba, que no sucumbiera a sus impulsos hormonales? Si ni siquiera en los bares que frecuentan los “mayores” se cumplen las distancias de seguridad, el uso de mascarillas y, con frecuencia, el aforo permitido, menos aún podía esperarse que se atiendan tales normas entre chavales que apenas son conscientes de la gravedad de esta crisis sanitaria, inédita para todos, y la conveniencia de unas medidas de prevención contra algo que apenas les afecta en su vida diaria, salvo los impedimentos que en cualquier ámbito (familiar, educativo, deportivo, social, etc.) les genera las restricciones, como al resto de la población.

El reproche a la juventud resulta tanto más injustificado por cuanto parece obedecer a la búsqueda de un chivo expiatorio ante una situación descontrolada que no se ha sabido, podido o querido atajar. Y es injusto porque, en segundo lugar, los jóvenes, simplemente, están pagando las consecuencias de una actitud poco rigurosa, por expresarlo elegantemente, de quienes asumen con dudas y vacilaciones (a todos los niveles: estatal, autonómico y municipal) la responsabilidad de afrontar con contundencia esta crisis sanitaria, compatibilizando la protección de la salud y el mantenimiento de la economía. Y, esto, en el mejor de los casos. Porque, en el peor, tampoco se ha dudado en instrumentalizar y manipular esta grave coyuntura sanitaria para la confrontación política y el desgaste del adversario, jugando con la salud de los ciudadanos.

Por tanto, ¿quiénes son los culpables? ¿Los jóvenes, que salen desbocados a disfrutar de las relajaciones de una desescalada que se les ha brindado en bandeja, o quienes les facilitan, invitan y estimulan a ejercer esa “libertad” de calles y cañas en contra de la opresión a que obligan las restricciones? Hay un componente hipócrita en señalar a los jóvenes por una quinta ola de la pandemia cuando ni siquiera se les ha vacunado, pero se les ha abierto las puertas de una “normalidad” que posibilita su desfogue, disfrutando de aquellas “libertades” que les ofrece el ocio y su negocio.

Los verdaderos culpables de esta nueva ola de infecciones no son los jóvenes precisamente, sino quienes tienen la responsabilidad de enfrentarla y combatirla desde los diversos puestos gubernamentales -por cierto, todos de acceso voluntario- donde se deciden las iniciativas que se ponen en marcha y las normativas legales que obligan su cumplimiento para hacerlas eficaces. ¿O acaso deben asumir los jóvenes la responsabilidad de la ampliación del horario de la hostelería y del número de comensales por mesa y de veladores en la calle, de la organización de viajes turísticos o de fin de curso, de la disposición de hoteles y demás establecimientos para acogerlos, de la oferta nocturna regada de alcohol en discotecas, locales o pisos que se lucran con sus desmanes?

No son los jóvenes los que determinan las medidas epidemiológicas a seguir, los criterios de vacunación de la población, las limitaciones y restricciones de derechos y de la actividad económica y de cuantas decisiones han sido pertinentes para afrontar la pandemia. Y lo que es más grave, tampoco son los jóvenes culpables de toda la política sanitaria y de orden público que posibilita las concentraciones, las fiestas, los viajes y el consumo colectivo que tanto se cuestionan por considerarlos causantes de esta nueva ola de contagios.        

Y no lo son porque no quisiera creer que se les exige a los jóvenes que no se comporten como lo que son, afortunadamente jóvenes, para que los demás sigamos aparentando ser serios y responsables. Una excusa para nuestra manifiesta mediocridad en la gestión de la pandemia ¡Con lo fácil que resulta echarle la culpa siempre a otro!                   

martes, 3 de noviembre de 2020

¿Defensores de la libertad?


Decenas de jóvenes, muchos de ellos simples adolescentes, han protagonizado hace una semana, coincidiendo con el último puente festivo, diversos actos de vandalismo en algunas ciudades de España para exigir, a voz de grito e incendios, recuperar la “libertad”. Los hechos, por minoritarios que fueran, surgieron al poco de decretarse el estado de queda que posibilitaba a las Comunidades Autónomas poder establecer confinamientos perimetrales de la población para luchar contra la segunda oleada de la pandemia de covid que ha situado a nuestro país como el que más contagios registra en Europa. Al parecer, estos jóvenes se sienten “apresados” en sus ciudades, impedidos de ejercer sus libertades y derechos. Y exteriorizan su disconformidad con las restricciones de forma colectiva, mediante protestas y desórdenes. No parecen dispuestos a hacer sacrificios individuales en beneficio de un bien común prioritario, cual es la protección de la salud de todos los ciudadanos. Si no lo entienden, con su actitud demuestran que ni siquiera quieren intentarlo.

La mecha de los altercados prendió en una barriada de la periferia de Sevilla, donde en la madrugada del martes pasado una veintena de jóvenes comenzó a lanzar bengalas y quemar contenedores para protestar violentamente contra lo que considera una intolerable limitación de la libertad. No se trataba de una iniciativa original por cuanto emulaba las emprendidas en otros países, en los que se produjeron manifestaciones organizadas por grupos negacionistas de extrema derecha. Pero era la primera vez que acaecía en nuestro país en el contexto de las restricciones impuestas por la lucha contra la pandemia. Por ello, semejaba más un espontáneo acto de imitación con pretensión de “entretenimiento” espectacular que una genuina reivindicación de libertades gravemente recortadas.

Tales muestras de violencia en las protestas, protagonizadas siempre por un escaso número de personas, en su mayoría muy jóvenes, se multiplicaron en días sucesivos por Logroño, Baleares, Murcia, Barcelona, Burgos, Málaga, Vitoria y varias ciudades más, subrayando el carácter imitativo de cada una de ellas. Y también su escasa participación. Ninguna de las algaradas congregó a más de 500 personas, como mucho, lo que no impidió que se desencadenaran algunos actos de vandalismo, como el destrozo de mobiliario público, quema de papeleras y neumáticos, rotura de lunas y asalto y saqueo de establecimientos comerciales. La “libertad” esgrimida consistía, con su proceder, en no respetar la propiedad pública ni la privada para exigir el derecho a congregarse y divertirse sin limitaciones. Tal es el único motivo que se deduce de las algaradas, puesto que el estado de queda no vulnera ningún derecho a la educación, al trabajo, a la salud, a la reunión o a la movilidad, siempre que se restrinja a seis personas y en el ámbito de cada confinamiento municipal, provincial o comunitario establecido de forma temporal en función del índice de contagios en tales territorios.

Lo que llama la atención de estas manifestaciones es que sus protagonistas sean jóvenes que no se han significado anteriormente por luchar contra problemas más graves e hirientes que hipotecan su futuro, como son los escasos recursos para su formación, las regresivas condiciones para el trabajo, los obstáculos económicos para el acceso a una vivienda propia o las tapias de desigualdad de oportunidades que aún se levantan entre ambos sexos. No salir ni reunirse de noche les resulta más ofensivo que todo lo anterior, aunque esa limitación temporal de movilidad y reunión persiga la protección de la salud de toda la ciudadanía, incluidos también ellos.

Antes que defensores de la libertad, se comportan más bien como simples gamberros. Antes que presos, están aburridos y buscan distraerse con actitudes de provocación y violencia. No conocen sacrificios ni penalidades como no sean las que limitan sus salidas y reuniones movidas por el ocio. Ni se sienten compelidos a compartir la responsabilidad de combatir la mayor crisis sanitaria conocida en nuestro país en el último siglo, que puede ser letal, tanto para ellos, pero fundamentalmente para sus familiares de mayor edad vulnerables. No demuestran una actitud de concienciación social, sino de puro egoísmo e insolidaridad.

Pero peor aún que lo anterior, es que son manipulables y están orquestados por fuerzas ocultas que promueven estas expresiones emocionales de descontento desde las redes sociales y la propagación de bulos y mentiras con fines de desestabilización política. Son espoleados por populistas del odio y la confrontación que persiguen réditos electorales. Ello se evidencia en la heterogeneidad apolítica y social de los manifestantes, que sólo convergen en las convocatorias virales a través de las redes sociales. E infiltrados por grupos radicales expertos en transformar cualquier protesta en explosiones de vandalismo y violencia.

Y es una lástima que estos jóvenes, que han vivido toda su vida, aun con estrecheces, en la época más larga de paz, progreso y bienestar de España, sin conocer ni los estragos de una guerra ni las calamidades e indignidades de la dictadura, sólo sientan motivos para protestar por las “quirúrgicas” limitaciones de ciertos derechos a causa de una pandemia que se ha cobrado miles de muertos y más de un millón de contagios en nuestro país. ¿Es que acaso no tienen algo realmente importante por lo que expresar su disgusto? ¿Tan aburridos están?      

miércoles, 28 de octubre de 2020

La vacuna del hastío


En esta anormalidad que llamamos “nueva normalidad”, en la que nos hallamos otra vez vapuleados por un segundo ataque de una pandemia que asola el planeta, asumimos conductas que anteriormente despreciábamos, bien por cabezonería, ignorancia o mera discrepancia. Ahora, que ya estamos atenazados de miedo y llenos de incertidumbres, obedecemos los consejos que nos hacen y nos comportamos como nos demandan. Ayer, sin ir más lejos, fui a vacunarme de la gripe. No era la primera vez que me vacunaba, pero sí la primera que lo hacía de forma voluntaria. Esta confesión resultará sorprendente, por contradictoria, si aclaramos que procede de quien ha sido un profesional sanitario hasta hace pocos años. Tampoco es que fuera un negacionista de las vacunas, puesto que todos mis hijos han sido vacunados según el calendario establecido por los médicos. Pero en el caso de la gripe, cuyo patógeno muta cada dos o tres años, siempre dudaba si la vacuna estaría inmunizándome contra una cepa que ya habría desaparecido. Pero, aparte de esta débil excusa, era mi estado físico, poco dado a padecer la gripe, lo que me envalentonaba a no actuar como debía, a pesar de pertenecer a los grupos de riesgo (por ser sanitario) en los que es indicado la vacunación. Mi excentricidad duró hasta ayer. Porque ayer me convertí en un abuelito más, en la cola del centro de salud, totalmente convencido de que, poniendo mi brazo ante la enfermera, estaba haciendo lo que debía de hacer: vacunarme. Y lo hice por miedo. Por miedo a caer enfermo y ser presa fácil de ese maldito virus “chino”, como lo denomina el aún más letal Trump, que aprovecha una crisis sanitaria mundial para hacer política y negocios.

He ido porque tenía miedo y un hastío enervante. Un miedo comprensible de morir a causa de alguna complicación que podría evitarse con una simple inyección subcutánea. Y hastiado hasta el fastidio por el bombardeo de información, bulos y propaganda con el que los responsables gubernamentales intentan culpar a la población de la propagación y la gravedad de esta nueva ofensiva de la epidemia, como si ellos hubieran hecho todo lo que estaba en sus manos para afrontarla y controlarla. Porque, tal como llevan gestionando este nuevo ataque, parece que no han aprendido nada después de enfrentarse al primer embate de una enfermedad que cogió a todos los países sin saber qué hacer. Ahora ya se sabe y no caben disculpas ni discusiones.

Han sido esos responsables gubernamentales de la sanidad los que permitieron una “desescalada” del confinamiento, que había logrado reducir los contagios, y un progresivo, tal vez acelerado, retorno a la actividad económica y social, enfáticamente calificada de nueva “normalidad”, que ha facilitado el actual rebrote de la enfermedad y su transmisión comunitaria. Tras prometer recursos y medios, ni la sanidad ni las residencias de ancianos ni los colegios ni los transportes públicos, ni la investigación, ni prácticamente nada, ha sido reforzado y preparado para enfrentarse a este reto pandémico con eficacia.

Las medidas adoptadas, con las que constantemente se les llena la boca, son meros parches que nada resuelven. Se limitan al uso de mascarillas, geles desinfectantes y distancia interpersonal. Pero las que de verdad erradican o aíslan al virus, y que exigen personal y medios, no se implementan con la fuerza debida. El personal sanitario es insuficiente, por causas de sobra conocidas porque son consecuencias de la anterior crisis financiera; los rastreadores de contagios son escasos para el volumen de la población a controlar; la “medicalización” de las residencias es un juego semántico (¿disponen de más profesionales sanitarios, camas de hospitalización y farmacias a los que alude el eufemismo?); los aislamientos no son controlados rigurosamente por ninguna autoridad; la distancia social no se cumple ni en bares ni en el transporte público (por mucha megafonía informativa que dispongan pero sin que nadie contabilice la entrada de viajeros). Y así, en casi todos los sectores de la economía, salvo en aquellos donde estas normas favorecen la rentabilidad económica y la contención del gasto en personal y servicios.

Y es que, mientras advertían de la obligación de cumplir con las medidas de higiene dictadas (las más fáciles y baratas), las autoridades gubernamentales estaban al mismo tiempo implementando el reinicio de la actividad económica. Todos los sectores exigían empezar a producir y a solicitar ayudas por las pérdidas sufridas. El debate en el Gobierno, en todos los gobiernos, era equilibrar la balanza entre la salud (de los ciudadanos) y la economía (de los empresarios y medios de producción). Abrir la mano por un lado significaba un perjuicio para el otro lado.

Eso es lo que explica que la segunda ola de la Covid-19 afecte fundamentalmente con mayor intensidad a los países más desarrollados del mundo, como Europa y Estados Unidos, aquellos que no pueden prescindir de su actividad económica y de una sociedad consumista. Ni en Vietnam ni en África la tasa de nuevos contagios es tan elevada como en tales países desarrollados.

Me hastía y me enfurecen esas acusaciones a una juventud irresponsable, a las reuniones familiares y a las aglomeraciones callejeras porque se comportan según lo permitido y, hasta ahora, de alguna manera incentivado por esos mensajes contradictorios de las autoridades. No hace falta recordar que se consistió la movilidad para salvar la temporada de verano (por algo el turismo es la primera industria de este país) y las ciudades abrieron todos sus comercios, con las formales limitaciones mencionadas, para compensar el “parón” económico del confinamiento. Y, ahora, la culpa la tienen, naturalmente, los ciudadanos por no saber enfrentarse al nuevo ataque de esta incurable pandemia.  

Por todo eso he decidido ir a vacunarme. Para no explotar de ira y evitar que me culpen, encima, de mi probable fallecimiento por negligencia mía, no de quienes tienen la responsabilidad de velar por la salud de toda la población. Aun así, y con lo que está pasando, todavía hay gobernantes que dudan si supeditar la economía a la salud de la gente. ¡Qué asco!