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miércoles, 8 de abril de 2026

Matón, bocazas y mentiroso

Ya saben a quién me refiero. Con solo leer el título, cualquier persona medio informada enseguida relaciona esos adjetivos con un nombre. Sí, ese. Ese que, en su segundo mandato, está desatado, repitiendo lo que hacía en el primero, pero con más descaro, más destrozos y más soberbia, con la soberbia del inculto que está orgulloso de su ignorancia peligrosa. Y además vanidoso. Aun peor, zafio y poderoso, muy poderoso. El más poderoso del mundo. Todo eso junto es lo que define al personaje del que estamos hablando. Uno que se comporta como un matón de colegio, bocazas y mentiroso. El mismo del que está usted ahora mismo pensando, amigo lector.

Un matón que, porque está al frente de la primera potencia mundial, se cree que su país tiene derecho a imponer sus condiciones y reglas al resto del mundo, de dictar a los demás sus conveniencias, sin pararse a negociar ni pactar ninguna relación equitativa que tenga en cuenta las necesidades e intereses del resto de naciones del globo. Y lo hace por la fuerza, con amenazas, aranceles arbitrarios, sanciones unilaterales y, llegado el caso, con bombas, secuestros y asesinatos. Los ejemplos de Venezuela e Irán ilustran las opciones a las que recurre este matón.

Un matón letal que puede y hace lo que le da la gana. Máxime si se acompaña de otros de su misma calaña que, bajo la sombra protectora que él les proporciona, aprovechan para también imponer por la fuerza sus ambiciones y veleidades desquiciadas en sus respectivos ámbitos, sin importarles cometer genocidio contra un pueblo acorralado e indefenso en la mayor cárcel del mundo. O ampliar sus dominios anexionándose, naturalmente por la fuerza, de tierras soberanas de países vecinos con la excusa de poner la rayita de separación cada vez más allá para defenderse…, cuando son los demás los que deben defenderse de su constante ofensiva por ocupar todo lo que le apetece.

Es lo que hace ese palmero que usted está imaginándose, líder de un país que considera “enemigo” a niños por simplemente pertenecer al pueblo al que se le quiere arrebatar dominios ancestrales y se le está expulsando de sus tierras. Y que legisla, con alegría vergonzante, la pena de muerte por ahorcamiento -hasta un pin de una horca exhiben en las solapas para celebrarlo- para los ciudadanos de ese pueblo que sean considerados “terroristas” por no dejarse expulsar y arrebatar sus casas y parcelas.

Así las gasta el reyezuelo de un país que se considera elegido por Dios porque cree que está escrito en un libro que se tiene por sagrado que reine en aquellas tierras bíblicas… a sangre y fuego. Líder de aquellos que se consideran perseguidos y tachan a los demás de antisemitas si no les permiten hacer lo que se les ocurra por sus obsesivas y diabólicas cabezas. Derecho a defenderse, arguyen. Así son los matones: se juntan para dominar a los demás mediante los abusos y la fuerza que despliegan, protegiéndose mutuamente.

Pero, aparte de unirse a otros de su misma condición, el matón al que me refiero es bocazas. Tremendamente bocazas. Más de la mitad de su fuerza -que es inmensa- se le va por la boca. Habla y escupe insultos y vituperios contra los que se atreven a llevarle la contraria y no se amoldan a sus exigencias, al mismo tiempo que no para de proferir amenazas y presagios apocalípticos si no se satisfacen sus deseos y caprichos, si no se le rinde vasallaje.

Con el pelo dorado a su albedrío y su boquita de piñón, parecería un payaso si no fuera un lunático sumamente peligroso. Porque lo mismo advierte de querer apropiarse de Groenlandia si no se la regalan o se la venden, que de bastarse él solo para iniciar una guerra sin sentido cuando sus aliados se niegan a seguirle el juego. O cuando se batió en un duelo de aranceles con China para, al final, viendo que los chinos le mantenían o subían la apuesta, quedarse como estaba al principio. Incluso cuando dice estar pensando en abandonar la OTAN porque esa organización no apoya lo que está reglado, acordado y escriturado en sus estatutos que no puede hacer, que es iniciar una agresión en un área fuera de su área de influencia, ya que es una alianza defensiva de, por y para Europa y el Atlántico Norte. No agresiva a escala mundial.

Doblegarse ante un bocazas es perder la partida desde antes de enfrentarse a tamaño energúmeno, desaprovechando que podría retractarse, quedarse en nada, que su verborrea sea un farol, una táctica de negociación para achantar al adversario. Un fanfarrón que juega sin reglas, sin límites, sin honestidad.

Claro que nunca se sabe si va en serio o de fantasmón. Por eso hay que tener cuidado, sobre todo si se le enfrenta de manera solitaria, sin el consenso de otros que te apoyen y defiendan. Porque este matón bocazas es sumamente fuerte con los débiles, pero débil y claudicante con los fuertes. De ahí que ya empiece a ser bautizado como TACO, acrónimo con su apellido para decir que siempre se raja, se echa atrás.

Ni de Rusia ni de China ha conseguido obtener nada que esos países no hayan previsto de antemano conceder por mor de sus propios intereses. Rusia no ha transigido con la paz en Ucrania ni China se ha doblegado con los aranceles que pretendía imponerles el matón. Es más, esta última no se arredra de ser una potencia que compite por la supremacía global y no estar subordinada al orden mundial que emana del país del matón. Le echa el pulso, incluso, para volver a la Luna. Y el bocazas, chitón y a envainársela.       

Pero es que, para colmo, es mentiroso. Un mentiroso compulsivo que se inventa lo que desconoce, como buen ignorante, y afirma o asegura lo que le conviene o interesa. Ya durante su primer mandato, un periódico de Washington le computó miles de declaraciones falsas o engañosas, tantas que, durante aquella campaña, esa actitud fue descrita como “sin precedentes” en la política de su país.

No es de extrañar, pues, que él siga con mentiras, engaños y medias verdades como procedimiento útil y eficaz en su actual mandato, en el que un día dice una cosa y, al siguiente, la contraria. Una técnica de manipulación y propaganda que ni Goebbels hubiera podido imaginar hasta dónde llegaría. De cara al interior, la adoración y seguidismo de sus fieles al movimiento MAGA demuestra que con mentiras y engaños se puede alcanzar la presidencia de un país, ser el comandante en jefe de un poderosísimo ejército, aunque seas un botarate.

Y de cara al exterior, su incalificable e incomprensible comportamiento amedrenta y acojona, si tienes detrás al ejército más poderoso del mundo, a cualquier país o mandatario al que quiera humillar. Este matón bocazas es ejemplo vivo de que, en contra de lo que dicta la dignidad y la educación, con mentiras se consigue casi todo. Y ese casi todo, para él, significa hacer lo que le da la gana en su país y en el mundo entero. Y así va el mundo: sin orden ni concierto, con nuevas guerras y más abusos y atropellos. Y todo gracias a un matón, bocazas y mentiroso.

Ahora, póngale usted nombre y rostro a semejante criaturita, querido lector. Seguro que acierta.    

jueves, 8 de enero de 2026

Nuevo desorden mundial

Finalmente, Donald Trump se ha salido con la suya y, tras las bravuconadas previas a que nos tiene acostumbrados, ha decidido bombardear quirúrgicamente Venezuela para que sus comandos de élite pudieran secuestrar, en una operación tan espectacular como rápida, a Nicolás Maduro y su esposa. Una vez más, Estados Unidos recurre al poderío de su fuerza militar para imponer su santa voluntad, en función de sus exclusivos intereses, en un continente que considera el “patio trasero” de su propiedad.

Por eso no oculta, sino que lo expresa abiertamente, que quiere el control de América entera o, como denomina al continente, el “hemisferio occidental”. De hecho, ya ha amenazado a Colombia, Cuba, Panamá, México y Groenlandia como próximos objetivos. Así lo proclama por escrito el recién aprobado Documento de Estrategia Nacional: “Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”.

Y por si quedaran dudas, el asesor principal de política interior del presidente, Stephen Miller, ha reconocido en una entrevista que “Estados Unidos tiene derecho a tomar posesión de Groenlandia y controlar a estados más débiles haciendo uso de su poderío militar”. Es decir, que Donald Trump está decidido en su segundo mandato a poner el mundo a sus pies y trastocar el viejo orden mundial, por la fuerza si fuera necesario, para hacer valer su lema de  “America First” (Primero América) como respuesta al supuesto declive estadounidense y sustituir aquel dominio global, hoy en disputa por China fundamentalmente, por un, al menos, imperio hemisférico occidental.  

Tales modos violentos los creíamos superados por imperativos de la legalidad internacional que obliga a respetar el derecho a la inviolabilidad territorial y la soberanía de los estados como norma básica en las relaciones internacionales. Pero, para sorpresa de ingenuos, vuelven a la palestra en la manera descarada y nada sutil que caracteriza al actual presidente norteamericano.

Así, asistimos a una “política de cañoneras” que EE.UU. recupera como vía expeditiva para disciplinar a los países díscolos que no acatan los dictados de la gran potencia. Pudiera parecer trasnochado, pero es exactamente lo que pone en evidencia el ataque a Venezuela. Se trata de una tendencia que el águila yankee no es capaz de reprimir, como la innata predisposición del escorpión a picar.  Y sus consecuencias se pueden rastrear con facilidad porque, tristemente, forman parte de la historia de los países de la América Latina, siempre condicionados, manipulados, saqueados y maltratados por Estados Unidos de América, la bota del Norte que los pisotea. Es una tradición que arrancó antes incluso que la colonización española (Incas, Mayas, etc.), que la aplicó con afanes “civilizatorios” (religión y lengua) mientras saqueaba sus recursos (Potosí y otras minas), y que se prolongó luego, tras las sucesivas emancipaciones independentistas, con la voracidad insaciable del moderno imperio estadounidense, cada vez más hambriento de poder. Es lo que describe magistralmente Eduardo Galeano cuando denuncia que “una legión de piratas, mercaderes, banqueros, marines, tecnócratas, boinas verdes, embajadores y capitanes de empresa norteamericanos se han apoderado, a lo largo de una historia negra, de la vida y destino de la mayoría de los pueblos del sur”.

Recurrir a la fuerza no es algo nuevo. Los actos “disciplinarios” de EE UU mediante la violencia son recurrentes, bien de manera directa, bien de forma teledirigida. Así lo que ha hecho siempre. Desde su apoyo a la guerra de Cuba, con la que acabó anexionándose Puerto Rico, Filipinas y Guam y mantuvo bajo control absoluto a Cuba hasta la llegada de Fidel Castro, EE UU no ha cejado jamás de interferir en cualquier país del hemisferio que considere estratégico para su existencia y expansión. Su larga mano se percibe en el derrocamiento del presidente socialista de Chile mediante un golpe de Estado patrocinado por la CIA y la implantación de la dictadura de Pinochet. La escusa entonces fue que no podía permitir que un país “se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su gente”, como declaró Henry Kissinger, secretario de Estado en aquella ocasión. De igual modo actuó en Brasil, Argentina, Uruguay y otros países de Sudamérica y el Caribe. Incluso, en pleno siglo XXI, no ha tenido remilgos para invadir países con enormes reservas de petróleo (¿casualidad?), como Irak en 2003, arguyendo que poseía armas de destrucción masiva, y ahora Venezuela, a la que acusa de narcotráfico y a Maduro, de liderar un cartel de la droga. Justificaciones que a la larga resultan falaces.

Donald Trump se cree providencial y no para en sutilezas ni pierde el tiempo en formalidades. Ni la democracia ni el derecho internacional representan líneas rojas que sus objetivos deban respetar. De ahí que esté dispuesto a sabotear el viejo orden mundial que rige las relaciones tanto políticas como comerciales entre los estados y que, a su juicio, representa un obstáculo para los intereses de EE UU, limitando su poder a nivel global.

Aquel viejo orden que sustentó una globalización basada en el multilateralismo está siendo sustituido por un nuevo desorden mundial basado en un unilateralismo que facilita la imposición de condiciones del más fuerte, ansioso de asegurarse el suministro energético y demás recursos. Trump está convencido de dirigir el país más fuerte, más poderoso, más capaz, con más medios, mayor riqueza, el que aglutina la mayor inteligencia, tecnología y ejército del planeta como para imponer sus reglas al resto de países. Y se ha lanzado a marcar su territorio, aunque tenga que poner el mundo a sus pies. Literalmente.

Un mundo repartido en áreas de influencia que garantizaría la paz entre los imperios dominantes y la no intromisión en sus respectivos “patios traseros”. Como han hecho los imperios históricamente, cuando portugueses y españoles se repartían, en virtud del Tratado de Tordesillas, zonas de navegación y conquista del océano y el Nuevo Mundo para evitar un conflicto de intereses entre ambas monarquías. Hoy, para EE UU, su imprescindible zona de influencia es el continente americano por entero, aparte de otras zonas estratégicas del mundo, naturalmente.

Solo bajo ese contexto parece viable el asalto de Trump a Venezuela y la agresión de Rusia a Ucrania, ambos hechos consumados, tolerados y hasta comprendidos recíprocamente, salvo condenas retóricas que, como el aire, no detienen las balas. Unas zonas de influencia que sirven, además, para advertir a China, cuyo creciente papel en el “hemisferio occidental” causa pavor y es considerado un peligro para la seguridad e intereses expansionistas de Estados Unidos.

Este nuevo desorden mundial posibilitaría a las potencias a imponer de manera unilateral sus condiciones y recurrir a la fuerza para someter a sus vecinos y apropiarse de sus recursos, sin diplomacias ni leyes que limiten su voluntad imperial.  

Ni la ONU, ni la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños), ni la UE, ni siquiera la OTAN han condenado de manera expresa y sin reservas las violaciones del Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas cometidas por Estados Unidos con el ataque a Venezuela y el secuestro del presidente del país. Solo un grupo de siete países europeos, España entre ellos, ha rechazado la ilegal iniciativa bélica de Trump en Venezuela y sus proyectos anexionistas de Groenlandia, cuya confiscación supondría, aparte de un ataque a la soberanía danesa del territorio, el fin de la propia OTAN, que tiene como fundamento el principio de defensa colectiva. A menos, claro, que la OTAN “comprenda” la necesidad de EE UU de aumentar su presencia en la isla helada.         

Este nuevo desorden mundial trastoca todas las seguridades que brindaba el viejo orden y nos expone a un futuro inmediato totalmente incierto y preocupante, en el que la guerra parece, más que posible, probable si continúan las agresiones a los Estados, las violaciones del Derecho Internacional y el pisoteo cínico a la democracia y la legalidad. Asistimos, en suma, a momentos convulsos y confusos en los que el mundo actual, como el que sufrió Stefan Zweig, parece que se desintegra a pasos agigantados, desbaratando nuestros ideales de paz, libertad y seguridad.

Lecturas:

Manuel Vázquez Montalbán, La penetración americana en España. Editorial Cuadernos para el Diálogo. Madrid, 1974.

Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2010.

Stefan Zweig, El mundo de ayer. Editorial Acantilado, Barcelona, 2017.

martes, 12 de diciembre de 2023

¿Quién era Kissinger?

Hace poco, supimos la noticia del fallecimiento, en Kent (Connecticut, EE.UU) de Henry Kissinger. El hecho no apareció en los medios porque el finado tuviera una edad a la que la muerte pareciera haberle concedido varias prórrogas. Sino por quien había sido. Henry Kissinger fue un todopoderoso Secretario de Estado durante las presidencias de Richard Nixon y Gerard Ford que, en la última mitad del siglo pasado, influyó y orientó la política internacional de los Estados Unidos de América (EE UU). Era la época en que EE UU estaba detrás del golpe de Estado de Chile y arrasaba con napalm Vietnam y Camboya. También, fueron los años en que Washington hacía la vista gorda cuando Pakistán masacraba Bangladesh, matando más de 300.000 personas y empujando a 10 millones de perseguidos hacia el exilio en la India de Indira Ghandi. O apoyaba la asonada del General Suharto en Indonesia, quien permaneció en el poder hasta 1998. Se podría decir, en fin, que Kissinger era el representante y teórico de la época del imperialismo cañonero que defendía la hegemonía global de los Estados Unidos de América.

Fue un personaje en verdad belicoso y ambicioso, dotado de una inteligencia privilegiada para el maquiavelismo y los tejemanejes políticos, a los que se entregaba sin reservas morales, éticas o legales. Un auténtico Rasputín de la Casa Blanca, experto en estrategia de Guerra Fría y Realpolitik e inventor de la diplomacia itinerante, lo que lo llevaría a estar presente en todos los conflictos y salsas políticas que se cocieron en aquellos años.

Acumularía tanto poder que llegó a ser la primera persona de la historia de EE. UU. en abarcar de forma simultánea los cargos de Asesor de Seguridad Nacional (1969/1975) y Secretario de Estado –ministro de Exterior- (1973/1977) de Nixon y Ford. Sin embargo, su ambición tenía un tope insuperable: como no era norteamericano nativo, no pudo aspirar a la presidencia del país, algo vetado a las personas no nacidas en EE.UU.

Heinz Alfred Kissinger era un inmigrante alemán de origen judío que huyó de su país con su familia para escapar de la persecución nazi. Natural de Fuerth (Alemania, 1923), en 1938 recaló en EE.UU, con tan sólo 15 años de edad, donde cambió su nombre por Henry. En 1942 obtiene la nacionalidad norteamericana y se integra de lleno en la sociedad yankee, alistándose al Ejército y trabajando en el Cuerpo de Contrainteligencia. Estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard, en la que posteriormente también se dedica a la enseñanza, antes de dar el salto a la política bajo el paraguas del Partido Republicano. Obsesionado siempre con la política geoestratégica nacional, no dejó de trabajar como consultor de seguridad para diversas agencias gubernamentales, entre 1965 y 1968, durante las presidencias de Eisenhower, Kennedy y Johnson, hasta que finalmente Richard Nixon lo nombra, en 1969, Asesor de Seguridad Nacional y Secretario de Estado, en 1973.

Kissinger, por tanto, fue no sólo testigo, sino muñidor de buena parte de las políticas, con conflictos, fracasos y aciertos, de lo llegaría a denominarse el siglo estadounidense, aquel orden internacional posterior a 1945 en el que EE.UU. imponía su control y dominio cual gendarme mundial. Entre los logros más aplaudidos de Kissinger, que cambiaron las relaciones internacionales, figura la apertura a la China comunista y el reconocimiento diplomático del régimen de Mao Zedong, propiciando, así, la primera visita de un presidente norteamericano a China, que protagonizó Nixon en 1972. También se consideran un acierto sus políticas de distensión con la Unión Soviética y su reconocimiento como interlocutora de la hegemonía mundial (Conferencia de Helsinki, 1975). Además, como tercer logro, no puede obviarse su implicación en la búsqueda de la paz entre Israel y sus vecinos árabes, mediando para poner fin a la Guerra de Yom Kippur (1973). Son hechos que, vistos desde la actualidad, ofrecen un balance agridulce debido a la persistencia del conflicto Palestino-Israelí, la actitud agresiva de Rusia hacia Occidente y el enfrentamiento estratégico de China por disputar la hegemonía estadounidense. Fueron éxitos diplomáticos más bien temporales.

Y lo que es más grave de su legado, porque fue algo más controvertido que, a la postre, significó una derrota humillante de EE.UU,, fue su participación en los Acuerdos de París, junto a su homólogo Lê Dúc Tho, para poner fin a la guerra de Vietnam. Paradójicamente, gracias a esta labor recibieron ambos interlocutores el premio Nobel de la Paz, en 1973. El vietnamita tuvo la honradez de rechazar un galardón que premiaba unas negociaciones manchadas de sangre, acordes con la predisposición de Kissinger a valerse de la guerra como medio para alcanzar la paz, soslayando, cuando fuera preciso, el respeto a los derechos humanos y exhibiendo su simpatía por regímenes represivos y dictadores.

De hecho, la acción internacional de EE.UU., siguiendo los dictados y consejos de Kissinger, prosiguió con el apoyo a grupos nacionalistas violentos, en su pulso de poder con la Unión Soviética, como la Unita en Angola, los Contra en Nicaragua y toda clase de dictadores de África y Oriente Medio, según conveniencia de los intereses geoestratégicos de EE.UU., su país de adopción.      

Toda estas iniciativas y actuaciones de Kissinger, quien calificaba el Poder como “el gran afrodisíaco”, fueron materia para un libro de Christopher Hitchens, “El juicio de Henry Kissinger” (2001), en el que lo acusa de cometer, supuestamente, numerosos crímenes de guerra, por los cuales jamás se vio obligado a sentarse en el banquillo ni le provocaron remordimiento alguno.

Por el contrario, lo encumbraron a lo más alto del prestigio político y de la fama. Sus libros son todavía de obligada lectura entre los académicos de relaciones internacionales y los aspirantes al pragmatismo cínico en política, donde dio sobradas muestras de que, por lo general, la teoría y las buenas intenciones no siempre concuerdan con el ejercicio del poder.

Así era el Secretario de Estado más emblemático de EE.UU. que falleció el pasado mes de noviembre a los cien años de edad. Una edad que no le impidió realizar una última visita no oficial a China, protagonizando un encuentro con el presidente Xi Jinping de fuerte connotación simbólica, cincuenta años después de aquella con la que inauguró las relaciones entre EE. UU. y la China de Mao Zedong,  Y es que, dicen los que le conocieron, Kissinger conservaba aun, a esa edad provecta, la lucidez mental y la memoria, con la que repasaba su influyente y paradigmática trayectoria, sin que la conciencia le perturbase el ánimo. Todo un personaje.

lunes, 11 de septiembre de 2023

11 de septiembre: Allende

Hoy se cumple 50 años del fallecimiento del presidente de Chile Salvador Allende (1908-1973), quien se suicidó viéndose acorralado en el Palacio de La Moneda por el bombardeo al que sometió al edificio, con aviones y tanques, el golpista Augusto Pinochet. Con casco y un fusil, dejó su vida defendiendo la democracia de su país. Este médico, socialista y presidente de Chile (uno de los cuatro médicos entre los 500 militantes que fundaron el Partido Socialista de Chile) describió así su lucha: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Tenía buenas intenciones y sólidas convicciones, pero se equivocó. El Golpe de Estado de Pinochet logró aplastar, con la criminal fuerza de las armas, la democracia y el Gobierno elegido en las urnas para implantar a continuación una sangrienta y férrea dictadura en el país, cuyas heridas todavía supuran dolor y división en buena parte de la sociedad chilena.

Hoy se rememora, con la muerte de Allende, el 50º aniversario de un sueño roto. Porque, con Allende, era la primera vez en la historia de Occidente que un candidato marxista accedía a la presidencia de un país a través de las urnas. Se convirtió, así, en un peligroso ejemplo para el resto de países. Precisamente por esa razón, el cruento y sanguinario Golpe de Estado fue organizado y patrocinado por Estados Unidos (EE UU.), decidido a impedir como sea un proyecto socialista de cambio social llegado al poder gracias a los votos de los ciudadanos. No podían tolerar que el Gobierno elegido en noviembre de 1970 en Chile, una auténtica revolución socialista por vía democrática, protagonizada por la Unidad Popular liderada por Allende y apoyada por la Democracia Cristiana chilena, prosperase y fuera emulado en otras latitudes de América y del mundo, hasta el punto de poner en peligro los equilibrios de poder y la preponderancia de EE UU en el sistema político global. Los papeles desclasificados que ya se hacen público en EE. UU. de las reuniones, iniciativas y maniobras conspiratorias que decidieron Richard Nixon, presidente, y Henry Kissinger, consejero de Seguridad Nacional, así lo atestiguan para vergüenza de quienes sientan su ética y honestidad concernidas. 

Y es que la vía socialista de Chile marcó entonces un hito en todas partes, también en España, donde aguardábamos impacientes el final de nuestra insoportable dictadura franquista, con la muerte en su cama del dictador (1975), para que emergiera una deseada e inevitable democracia. A tales ansias de libertad y democracia contribuyó también la Revolución de los Claveles, que derrocó sin disparar una bala la dictadura de Salazar de nuestro vecino e ignorado Portugal (1974).

Eran tiempos, por tanto, en que nuestras aspiraciones y compromisos políticos estaban nutridos por los sucesos acaecidos en el extranjero (ante la censura existente en España), que parecían  indicar la próxima caída, cual fichas de dominó, de las cadenas que nos inmovilizaban y asfixiaban, aquí, en nuestro país. Porque, como dice Muñoz Molina en un artículo reciente, “la única actualidad política en una dictadura es la que sucede en el extranjero”. De ahí que siguiéramos con atención las tristes noticias que llegaban de Chile y que tuvieron enorme eco en la prensa de entonces y,  en especial, en los medios progresistas que apostaban por la democracia y las libertades. Algunas de aquellas portadas se hicieron icónicas con el transcurrir del tiempo, como las de las revistas Triunfo o Cuadernos para el Diálogo. El rigor y la preocupación informativa las llevaban a cuidar con esmero la imagen y el diseño tipográfico con el que anunciaban, de un simple vistazo, el contenido que nos ofrecían.  Y es que, como destacan en un estudio* sobre “La prensa española y el golpe de estado en Chile”, elaborado por los profesores Alfonso Díaz y Raúl Bustos, de la Universidad de Tarapacá, de Chile,  “medios como Pueblo, Cuadernos para el Diálogo, Índice, Triunfo y Cambio16, que habían seguido con expectación y esperanza la experiencia socialista chilena (...), no ocultaron su tristeza por lo sucedido, pero, al mismo tiempo, denunciaban fuertemente el quiebre de la legalidad en Chile…”  

Sí, el Gobierno de Allende concentró grandes esperanzas y despertó enormes simpatías, fundamentalmente, entre quienes carecían de libertad y democracia.  No es de extrañar que se convirtiera en un mito para los movimientos de izquierdas. Muchas de las iniciativas que intentó poner en marcha, como la reforma agraria contra el latifundismo, la nacionalización de la minería del cobre (un recurso primordial de la economía chilena en manos de propietarios transfronterizos), la política sanitaria o las medidas sociales, supusieron el modelo a seguir para cualquier gobernante socialista del mundo. Pero se equivocó. No supo entender que se enfrentaba a los poderes establecidos y a los detentadores de la Fuerza y el Capital, quienes manejan los hilos desde Washington sin rubor y, como en este caso, con descaro. No valoró Allende el grado de lealtad a la democracia de sus Fuerzas Armadas, ni el respeto a la soberanía nacional de los centros de poder económico internacionales, ni siquiera previó la influencia en su país de la geopolítica de Guerra Fría en que estaba inmerso el mundo. No alcanzó, en fin, a medir realmente las fuerzas contra las que se enfrentaba con su pacífica y democrática revolución socialista.

Fue un idealista. También ante su propio final trágico. Acorralado en el palacio presidencial, haciendo frente al Ejército sublevado y dispuesto a matarle, fue capaz de emitir un último mensaje, antes de suicidarse, a través de Radio Magallanes, en el que se ratifica en sus convicciones:  “En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen, pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen”.**

Esa es la razón por la que cada 11 de septiembre no puedo dejar de recordar a Salvador Allende, una persona que con su conducta, coherencia intelectual y entrega por su pueblo contribuyó a que tomara conciencia política y forjara el ideario de mis convicciones a favor de una sociedad más justa, libre, tolerante y democrática.

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Notas:
* https://revistapaginas.unr.edu.ar/index.php/RevPaginas/article/view/639/780
**Salvador Allende. Biografía política, semblanza humana, de Mario Amorós. Capitán Swing ediciones. 2023.

viernes, 25 de marzo de 2022

Todas las guerras son iguales

Ninguna guerra elude su objetivo de matar y destruir. Es lo que las hace todas iguales, pues se emplean, sea cual fuera la causa esgrimida, para destruir y matar a quien declaran enemigo. Lo único que cambia es la percepción, más o menos cercana o distante, que se tenga del acontecimiento y de sus consecuencias, directas o indirectas, sobre nosotros. Si observamos una guerra distante y sin consecuencias para nuestros intereses, percibiremos un hecho desgraciado al que apenas prestaremos más atención que la meramente periodística, si acaso. En estos mismos momentos se libran guerras violentas en diferentes partes del mundo (Yemen, Etiopía, Siria, las latentes en Palestina, Afganistán, la región del Sahel, etc.), pero nos mostramos seriamente preocupados por la provocada en suelo europeo con la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Otra guerra que se desenvuelve, como todas, ocasionando muertes de inocentes y destrucción indiscriminada de pueblos y ciudades. Tanto es así que en Ucrania hay más inocentes muertos que soldados y se destruyen más edificaciones civiles que objetivos militares. Lo que la hace extremadamente preocupante es su cercanía y repercusión en nuestros intereses inmediatos, tanto energéticos como comerciales y políticos, sin olvidar los de seguridad e integridad continentales.

La Europa libre, moderna, avanzada y civilizada ve nacer un conflicto bélico en sus propias entrañas territoriales y se descubre indefensa y vulnerable, incapaz de presentar más defensa que la de confiar en que los acuerdos con Estados Unidos (EE UU), en el marco de la OTAN, consigan frenar una mayor e indeseada escalada, que podría derivar hacia una tercera Guerra Mundial. De manera súbita, el proyecto federal de la Unión Europea aparece crudamente mediatizado por las voluntades enfrentadas de EE UU y Rusia, la antigua URSS que intenta recomponerse a toda costa. Para los primeros, Europa era beneficiosa comercialmente (cosa que ahora lo será aún en mayor medida), además de una trinchera que alejaba de sus fronteras al sempiterno enemigo comunista; y para los segundos, mientras estuviera debidamente “controlada”, representaba asimismo un rico y dependiente cliente comercial (que menguará con las restricciones) y un conveniente, hasta ciertos límites, “colchón” neutral que también separaba al eterno enemigo capitalista. Todo esto ha saltado por los aires abruptamente con los bombardeos a Ucrania y por los antecedentes de anexión rusa de Crimea y el conflicto separatista, patrocinado por Moscú, en Donetsk y Lugansk. Tales son las causas inmediatas del estallido bélico, del rompimiento del statu quo alcanzado tras la segunda Guerra Mundial.

Se ha repetido infinidad de veces que la guerra es la política por otros medios. Medios que se basan en la destrucción y la muerte para conseguir lo que la política y la diplomacia no han logrado. ¿Y qué no se ha logrado aquí? En primer lugar, la confianza entre las partes, fundamentalmente, entre las dos potencias mundiales. Y en segundo lugar, una “entente cordiale” que garantice la seguridad y ámbitos de influencia de ambos bloques antagónicos. Y lo malo de todo ello es que coge a los europeos en medio de la trifulca. Ha faltado diálogo, negociación y comprensión entre las partes para hallar soluciones políticas y pacíficas a problemas enconados de soberanía y poder, a intereses geoestratégicos de ambos contrincantes históricos. Existen razones que la violencia y los muertos descalifican. Cuando la guerra se desencadena, las razones, sobre todo las justificadas, pierden todo su peso y consideración. Nada justifica una guerra que el diálogo y la negociación pueden evitar. Y menos aún cuando las armas son más mortíferas que nunca y la civilización es, supuestamente, más avanzada racional y culturalmente que en cualquier otra época del pasado. ¿Qué lleva a comportarnos como los bárbaros de la Antigüedad? Pues las mismas pulsiones que empujaron a los antiguos a sus guerras: ambición, egoísmo y demostración de poder, lo que mueve a todo imperio a someter a sus vecinos y adversarios. Idéntico instinto que el que mueve a los animales a defender su territorio y enfrentarse con sus víctimas y con los que disputan su “jefatura” en la manada. Aún así, ni la psicología ni las razones justifican ninguna guerra, y mucho menos ésta.

Porque, que se sepa, ni la URSS antigua ni la Rusia actual han invadido Europa. Por el contrario, primero Napoleón y luego Hitler intentaron expandirse hacia los Urales, provocando, como toda guerra, muerte y destrucción, que sólo el invierno y la resistencia de la población permitieron frenar y rechazar. Ahora, los restos del desmembrado imperio soviético se siente amenazado por el avance de las fuerzas defensivas de la Alianza Atlántica hacia los países de sus viejos dominios, lo que pone nervioso a un dirigente neurótico y nostálgico del antiguo imperio comunista, justamente cuando ya ni es comunista ni imperio, pero sí todavía peligrosamente poderoso. Que Rusia esgrima razones de seguridad y ámbitos de influencia en su reacción frente a las inclinaciones de Ucrania de adherirse a la Unión Europea y la OTAN, no resultan descabelladas. Pero son injustificadas para declarar la guerra a un país que sólo es un peón más en este tablero geoestratégico mundial. Se debería exigir mayor sensatez e inteligencia a los jugadores de esta diabólica partida de poder para que eviten la muerte y destrucción en esa parte limítrofe de Europa. Pero también en cualquier parte del globo. Si la racionalidad distingue a los humanos, la guerra nunca debería ser opción para resolver nuestros problemas. Exijamos prudencia, sensatez y racionalidad, no instintos primarios a la hora de resolver las disputas y la convivencia entre nosotros. Cada imagen que proviene de Ucrania avergüenza e indigna a quien la contempla, sea de un bando u otro. La guerra es el fracaso de la razón y la política, no otro medio de imponerlas.

sábado, 11 de septiembre de 2021

Vulnerables

Un día como hoy, de hace 20 años, el primer mundo, el Occidente más desarrollado que lidera Estados Unidos de América (EE UU), sufrió un ataque terrorista de magnitudes dantescas, haciendo estrellar tres aviones civiles llenos de pasajeros, secuestrados por asesinos kamikazes, contra edificios simbólicos del poder económico y militar de la primera potencia mundial. Desde ese día tomamos consciencia de que el mundo era limitado, no tenía fronteras y era vulnerable al fanatismo de lunáticos que declaran la guerra a nuestro estilo de vida y nuestros valores.

Cerca de 3.000 personas murieron, y decenas de miles de heridos, en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington. Las dos torres acabaron derrumbándose, con sus inquilinos dentro, por efecto del golpe y los incendios, y un boquete inmenso dejó constancia del impacto del avión en un lateral del Pentágono, Un cuarto avión, al que sus pasajeros impidieron heroicamente lograr su objetivo, se precipitó contra el terreno sin llegar a estrellarse contra el Capitolio. Al Qaeda perpetraba, así, el mayor y más sangriento atentado en un país occidental, lo que supuso el inicio de una batalla sin cuartel contra sus miembros y la liquidación en Afganistán, por fuerzas especiales de EE UU, de su líder más carismático, el saudí Osama Bin Laden. Transcurridos 20 años, el mundo es más inseguro, vive con miedo de nuevos atentados del extremismo islámico, como los acaecidos en Niza, París o Londres, y las libertades quedan supeditadas a criterios de seguridad y vigilancia.

El Ejército más poderoso del planeta, con ayuda de tropas aliadas, no ha podido completar la misión de sembrar la democracia y los valores occidentales en la tierra que daba refugio físico e ideológico a los terroristas de Al Qaeda, Afganistán. La retirada de EE UU de esta “última” guerra no ha sido encomiable, intentando evacuar contrarreloj a su personal y colaboradores, aunque fuera probablemente la única opción posible. Allí, los talibanes celebran esta fecha como un triunfo que les permite recuperar su país. Aquí, en Occidente, recordamos el 11 de septiembre como el día más negro de nuestra historia que nos hizo sentir vulnerables. Todavía no acabamos de comprender las enseñanzas de este enfrentamiento de civilizaciones, del que ninguna de las partes parece tener asegurada la victoria confiando sólo en la fuerza y la violencia. Es un día para reflexionar.

martes, 15 de diciembre de 2020

Pueblos condenados al olvido

La historia, más que del acúmulo de datos, es reflejo del olvido. Por eso se dice que la historia la escriben los ganadores, los que condenan al olvido a los perdedores para glorificar la gesta, siempre sesgada, parcial e incompleta, de los que triunfan en la lucha de las ideas, los pueblos, el poder. Así es la historia del mundo y de cualquiera de sus pedazos, constituidos ya como naciones o estados que se suponen estructura administrativa de los pueblos que habitan el planeta. Y en ese relato histórico, que aún se escribe y se modifica a gusto del vencedor de turno, algunos pueblos tienen predeterminado su destino, condenados al olvido.

En estos días no ha sido casualidad que dos de esos pueblos sufran, de manera casi simultánea, el desprecio y el abandono de los que practican la hermenéutica histórica en unos tiempos en que escasea la decencia y se rinde culto a la obscenidad. Tanto el pueblo palestino como el saharaui acaban de recibir la puntilla a sus aspiraciones nacionales y han sido relegados a la condición de figurantes de los poderes aliados en la región, por decisión arbitraria, pero determinante, del mediocre cabecilla del imperio que hoy escribe la narrativa mundial: el presidente de los Estados Unidos de América (EE UU), Donald Trump.

Con todo el poder que otorga gobernar la única superpotencia mundial, modelo imperante tanto de lo político como de lo económico, cultural y sobre todo militar, el dirigente menos cualificado de EE UU ha optado por saltarse a la torera la legalidad internacional y desoír las resoluciones de la ONU que amparan y legitiman el derecho que asisten a Palestina y Sahara Occidental para dotarse de un Estado independiente y soberano, reconocido y admitido en el concierto global de naciones. Por la fuerza de los hechos consumados, Donald Trump, a punto de abandonar la Casa Blanca tras perder, aunque no lo quiera reconocer, las elecciones, ha querido sembrar de obstáculos el mandato del próximo presidente electo, Joe Biden. Y lo hace con tan malos modos y de forma tan obscena como corresponde al estilo faltón, impetuoso y sobrado de soberbia del mandatario derrotado.

Porque, desde que asumió la presidencia, Donald Trump ha otorgado a Israel no sólo el beneplácito sino apoyo para completar la anexión de los territorios palestinos ocupados y considerar ciudadanos de segunda clase a la población árabe del país, contraviniendo las resoluciones de la ONU, los acuerdos internacionales y hasta la propia posición de EE UU, mantenida hasta la fecha sobre el conflicto palestino-israelí, al distanciarse de la canónica “solución de dos Estados” y patrocinar un plan que atiende exclusivamente a los intereses judíos. Con él ratifica la política sionista para la disolución social del pueblo palestino, consistente en la progresiva desnaturalización de Cisjordania mediante la proliferación de colonias judías en su interior, la declaración de la totalidad de Jerusalén como capital del Estado hebreo, sin respetar su estatus jurídico internacional, y el férreo control militar de cualquier actividad de los palestinos, tanto en Cisjordania como en la Franja de Gaza. Tal política cuenta con la plena avenencia de Donald Trump, quien mantiene un absoluto cabildeo con las autoridades judías más intransigentes, radicales y corruptas, como la que representa Benjamín Netanyahu, actual primer ministro hebreo, procesado por la justicia de su país.

Ese mal llamado “Plan de paz”, patrocinado por Trump y elaborado por su yerno, Jared Kushner, ha sido la penúltima traición a las aspiraciones de los palestinos de erigirse en nación soberana. Un plan que no sólo fragmenta Cisjordania, reduce su tamaño y la mantiene bajo soberanía israelí con autonomía limitada, sino que consolida y extiende la diseminación de colonias judías en su seno y la separa aún más, administrativamente, de la Franja de Gaza. Todo ello supone, en la práctica, la anexión definitiva de los enclaves palestinos en el Estado de Israel, incumpliendo los parámetros internacionales y las resoluciones de la ONU.

Pero la puntilla última, esperemos que no definitiva, ha consistido en desunir y enfrentar a los aliados árabes de la causa palestina para que establezcan relaciones con Israel y dejen de apoyarla, a cambio de suntuosas contraprestaciones económicas avaladas por EE UU. El frente homogéneo que todos los países árabes mantenían contra el Estado judío y a favor de las demandas palestinas ha quedado, así, resquebrajado. Además de Egipto (1979) y Jordania (1994), los únicos países árabes con los que Israel mantenía relaciones, acordadas con la firma de la paz tras enfrentamientos bélicos, Trump ha conseguido en sus últimas horas que Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos establezcan relaciones diplomáticas con el otrora acérrimo enemigo, el estado sionista de Israel.

Esta “normalización” de relaciones, olvidando las viejas demandas del fin de la ocupación de Palestina y la creación de un Estado palestino independiente y viable, circunscrito a los límites acordados antes de 1967, cuando se desató la Guerra de los Seis Días, parece responder antes a una estrategia defensiva contra la influencia de Irán, en la que Israel actuaría como paraguas militar, que al desistimiento de la causa palestina, ahora relegada a las prioridades geoestratégicas del tablero de Oriente Próximo. Sin embargo, este plan, promovido por Trump y denominado enfáticamente Acuerdos de Abraham, no acaba de atraer la adhesión de Estados árabes más significativos en la región, como Arabia Saudí, pero supone una puñalada mortal a las pretensiones del pueblo palestino. Se trata del enésimo bofetón a un pueblo que no ha dejado nunca de ser considerado perdedor en la narrativa de la historia que escriben los vencedores, es decir, los que disponen de la fuerza.

Perdedores como lo son, también, los saharauis desde que fueron vergonzosamente abandonados a su suerte, bajo la presión de la bota marroquí (marcha verde), por la España entonces potencia colonizadora (administradora) de aquel territorio africano, allá por el año 1975, en los estertores del franquismo. Víctimas del mismo atropello injustificable, moneda de cambio en las transacciones geopolíticas que interpretan la historia sin contar con sus protagonistas, el pueblo saharaui está también predestinado al olvido y el desprecio. Son tratados como calderilla en las manos de Donald Trump, válida para poner chinitas a su sucesor, engrosando adhesiones “compradas” a esos Acuerdos de Abraham que persiguen el reconocimiento de Israel por parte de países árabes. Magro triunfo de la diplomacia trumpista que sirve, además, para ignorar a España, país con responsabilidad en el conflicto, otra vez a la ONU, incapaz de organizar el acordado referéndum de autodeterminación, y al consenso y legalidad internacionales, manifiestamente pisoteados e inoperantes.

Dando expreso reconocimiento a la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, EE UU ha conseguido que el reino alauita se sume a los países árabes que mantendrán relaciones con Israel. Si ya el pueblo saharaui vivía en un limbo legal que los recluía en los campamentos desérticos de Tinduf, desde donde se podía acoger a niños en vacaciones como acto de consoladora solidaridad, que no compromete a nada, ahora se le condena al olvido definitivo, tras aquel acuerdo de 1975 con el que España dividió en dos al Sahara para entregarlo a Mauritania y Marruecos, declarado nulo por la ONU.

En este caso, Trump no ha hecho más que aprovechar una situación de hecho consentida, la colonización marroquí del Sahara ocupado, para reforzar su “diplomacia” personal, su venganza por la derrota electoral y su obsesión incondicional con Israel. Y en ese relato del poder, algunos pueblos llevan la de perder, como el palestino y el saharaui. Están, desgraciadamente, condenados al olvido.