Un matón que, porque está al frente de la primera potencia
mundial, se cree que su país tiene derecho a imponer sus condiciones y reglas
al resto del mundo, de dictar a los demás sus conveniencias, sin pararse a
negociar ni pactar ninguna relación equitativa que tenga en cuenta las
necesidades e intereses del resto de naciones del globo. Y lo hace por la
fuerza, con amenazas, aranceles arbitrarios, sanciones unilaterales y, llegado
el caso, con bombas, secuestros y asesinatos. Los ejemplos de Venezuela e Irán
ilustran las opciones a las que recurre este matón.
Un matón letal que puede y hace lo que le da la gana. Máxime
si se acompaña de otros de su misma calaña que, bajo la sombra protectora que
él les proporciona, aprovechan para también imponer por la fuerza sus
ambiciones y veleidades desquiciadas en sus respectivos ámbitos, sin
importarles cometer genocidio contra un pueblo acorralado e indefenso en la
mayor cárcel del mundo. O ampliar sus dominios anexionándose, naturalmente por
la fuerza, de tierras soberanas de países vecinos con la excusa de poner la
rayita de separación cada vez más allá para defenderse…, cuando son los demás
los que deben defenderse de su constante ofensiva por ocupar todo lo que le
apetece.
Es lo que hace ese palmero que usted está imaginándose, líder
de un país que considera “enemigo” a niños por simplemente pertenecer al pueblo al
que se le quiere arrebatar dominios ancestrales y se le está expulsando de sus
tierras. Y que legisla, con alegría vergonzante, la pena de muerte por
ahorcamiento -hasta un pin de una horca exhiben en las solapas para celebrarlo-
para los ciudadanos de ese pueblo que sean considerados “terroristas” por no
dejarse expulsar y arrebatar sus casas y parcelas.
Pero, aparte de unirse a otros de su misma condición, el
matón al que me refiero es bocazas. Tremendamente bocazas. Más de la mitad de
su fuerza -que es inmensa- se le va por la boca. Habla y escupe insultos y
vituperios contra los que se atreven a llevarle la contraria y no se amoldan a
sus exigencias, al mismo tiempo que no para de proferir amenazas y presagios apocalípticos
si no se satisfacen sus deseos y caprichos, si no se le rinde vasallaje.
Con el pelo dorado a su albedrío y su boquita de piñón,
parecería un payaso si no fuera un lunático sumamente peligroso. Porque lo
mismo advierte de querer apropiarse de Groenlandia si no se la regalan o se la
venden, que de bastarse él solo para iniciar una guerra sin sentido cuando sus
aliados se niegan a seguirle el juego. O cuando se batió en un duelo de
aranceles con China para, al final, viendo que los chinos le mantenían o subían
la apuesta, quedarse como estaba al principio. Incluso cuando dice estar
pensando en abandonar la OTAN porque esa organización no apoya lo que está
reglado, acordado y escriturado en sus estatutos que no puede hacer, que es
iniciar una agresión en un área fuera de su área de influencia, ya que es una
alianza defensiva de, por y para Europa y el Atlántico Norte. No agresiva a
escala mundial.
Doblegarse ante un bocazas es perder la partida desde antes
de enfrentarse a tamaño energúmeno, desaprovechando que podría retractarse,
quedarse en nada, que su verborrea sea un farol, una táctica de negociación para
achantar al adversario. Un fanfarrón que juega sin reglas, sin límites, sin
honestidad.
Claro que nunca se sabe si va en serio o de fantasmón. Por
eso hay que tener cuidado, sobre todo si se le enfrenta de manera solitaria,
sin el consenso de otros que te apoyen y defiendan. Porque este matón bocazas
es sumamente fuerte con los débiles, pero débil y claudicante con los fuertes.
De ahí que ya empiece a ser bautizado como TACO, acrónimo con su apellido para
decir que siempre se raja, se echa atrás.
Ni de Rusia ni de China ha conseguido obtener nada que esos
países no hayan previsto de antemano conceder por mor de sus propios intereses.
Rusia no ha transigido con la paz en Ucrania ni China se ha doblegado con los
aranceles que pretendía imponerles el matón. Es más, esta última no se arredra
de ser una potencia que compite por la supremacía global y no estar subordinada
al orden mundial que emana del país del matón. Le echa el pulso, incluso, para
volver a la Luna. Y el bocazas, chitón y a envainársela.
Pero es que, para colmo, es mentiroso. Un mentiroso
compulsivo que se inventa lo que desconoce, como buen ignorante, y afirma o
asegura lo que le conviene o interesa. Ya durante su primer mandato, un
periódico de Washington le computó miles de declaraciones falsas o engañosas,
tantas que, durante aquella campaña, esa actitud fue descrita como “sin
precedentes” en la política de su país.
No es de extrañar, pues, que él siga con mentiras, engaños y
medias verdades como procedimiento útil y eficaz en su actual mandato, en el
que un día dice una cosa y, al siguiente, la contraria. Una técnica de
manipulación y propaganda que ni Goebbels hubiera podido imaginar hasta dónde
llegaría. De cara al interior, la adoración y seguidismo de sus fieles al
movimiento MAGA demuestra que con mentiras y engaños se puede alcanzar la
presidencia de un país, ser el comandante en jefe de un poderosísimo ejército, aunque
seas un botarate.
Y de cara al exterior, su incalificable e incomprensible comportamiento
amedrenta y acojona, si tienes detrás al ejército más poderoso del mundo, a
cualquier país o mandatario al que quiera humillar. Este matón bocazas es ejemplo
vivo de que, en contra de lo que dicta la dignidad y la educación, con mentiras
se consigue casi todo. Y ese casi todo, para él, significa hacer lo que le da
la gana en su país y en el mundo entero. Y así va el mundo: sin orden ni
concierto, con nuevas guerras y más abusos y atropellos. Y todo gracias a un
matón, bocazas y mentiroso.
Ahora, póngale usted nombre y rostro a semejante criaturita,
querido lector. Seguro que acierta.


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