Retomo estas vivencias después de haber abandonado un
enclaustramiento duro y puro hace ocho meses. En marzo pasado, las autoridades
españolas impusieron unas rigurosas medidas de confinamiento domiciliario para
frenar los contagios que, de manera exponencial, estaba provocando la pandemia
de la Covid19. Entonces, muchos de los contagiados ingresaban en los hospitales
con cuadros de neumonía y otras afecciones, de los que un número significativo
debía pasar a las uci por la severa gravedad de su estado. La red hospitalaria estuvo
abocada al colapso.
Casi un año después, más de un millón de españoles ha
sufrido o contagiado la enfermedad y alrededor de 80.000, no existen datos precisos,
han muerto por su causa. Parecía, cuando iniciamos la desescalada de aquel
rígido enclaustramiento que mantuvimos durante más de tres meses, que habíamos
doblegado la capacidad de transmisión de la enfermedad y que con medidas de
higiene y distanciamiento interpersonal podíamos ir asumiendo una “nueva”
normalidad que posibilitaría una vida más llevadera, con apertura de comercios
y el retorno paulatino de la actividad laboral. Fue una ilusión.
En verano se relajaron las medidas para, entre otros
motivos, “salvar” la temporada al sector turístico, la gran industria de este
país. De hecho, algunos -yo entre ellos- aprovechamos la oportunidad para irnos
de vacaciones, puesto que imaginábamos que sería igual pasear con mascarillas
en nuestra ciudad que en la playa. Pero fue un verano extraño, en que el recelo
a las relaciones y la asfixia por la mascarilla y el calor hicieron de aquellos
días algo parecido a una película de constante tensión. A finales de septiembre,
una segunda ola de contagios brotó para recordarnos que la enfermedad campaba por
sus respetos en nuestro país y que nada la detenía, menos aún si continuábamos con
el relajamiento de las prevenciones sanitarias. Así, nuevas restricciones
volvieron a limitar las reuniones, las aglomeraciones y nuestra inevitable
tendencia a la concurrencia social, tanto en la calle como en nuestras casas. Las
nuevas medidas no fueron tan estrictas como las de marzo, pero ayudaron a
rebajar la tendencia al alza de la curva de contagios, sin llegar a aplanarla.

Mientras tanto, mutaciones del virus lo convirtieron aún más
contagioso, aunque no más letal. Y una tercera ola, tras volver a relajarnos en navidades, se ha precipitado sobre
nuestro país y en los de nuestro entorno, todos enfrascados en una lucha
desesperada contra la pandemia. Esta tercera ola ha coincidido con la masiva
campaña de inmunización que se desarrolla con una vacuna que se ha elaborado en tiempo récord
para proteger a la ciudadanía. Sin tiempo suficiente para vacunar a toda la
población, nuevas restricciones han venido a endurecer la movilidad social y la
actividad económica. Se acompañan del confinamiento perimetral -por municipios,
provincias o autonomías, según la incidencia epidemiológica de cada lugar-, el
cierre de comercios no esenciales y el toque de queda nocturno desde horas más
o menos tempranas. Algunos responsables políticos, olvidando su defensa a
ultranza de la economía, solicitan del Gobierno que decrete el confinamiento
domiciliario, como el de marzo. Ya no saben cómo dosificar el “grifo” de las
restricciones.
Es por ello que vuelvo a sentir que vivo otro
enclaustramiento, no tan extremo como aquel, pero sí tan desesperante. Porque
desespera y agobia que, después de tanto tiempo y tantas medidas, sigamos
prácticamente en la misma situación que al principio, a pesar de que ya existe
una vacuna que aporta alguna esperanza de vencer esta epidemia. Vuelvo, pues, a
mis vivencias de un (casi) enclaustrado.