jueves, 29 de octubre de 2026

Uno, probable; dos, intolerable

Cuando, en el plazo de nueve meses, se producen sendos accidentes, que dejan un saldo de más de cien víctimas mortales en una misma línea de ferrocarril de alta velocidad sumamente saturada, debido a causas perfectamente previsibles, sean por fallo material como humano, la única reacción posible es la del rigor, la contundencia y la envergadura del análisis y de las consecuencias.

Si, encima, estos hechos lamentables acaecen en pleno fragor de una campaña electoral sumamente polarizada en la que se producen acciones violentas y escasea la educación y el civismo, por respeto a las víctimas y a la investigación pormenorizada de lo sucedido los líderes políticos deberían evitar la manipulación y el uso como munición electoral partidista de la tragedia y del trauma emocional de los ciudadanos.

Sé que exigir esto a los buitres carroñeros que se valen de bulos, mentiras, exageraciones y tergiversaciones en la diatriba de confrontación política que se estila en nuestro país es pedir peras al olmo. Y lo sé porque yo mismo me enfrento a este comentario desde la emoción, conmovido por la letalidad del accidente, más que por la razón, obnubilada por el espanto de lo sucedido.

Que se produzca un accidente en cualquier medio de transporte, por moderno que sea, es asumido como una posibilidad bastante probable que entra de lleno en las estadísticas de lo razonable. Pero que acontezcan dos accidentes prácticamente seguidos, en un intervalo de solo nueve meses, y sobre un mismo trazado, no solo es increíble sino intolerable y repugnante.

Dos accidentes consecutivos con víctimas mortales denotan un problema inesquivable que hay que afrontar de inmediato con todo rigor, contundencia y envergadura, sin limitarse a averiguar qué ha pasado aquí y cuál fue el factor desencadenante del suceso, sino por qué está pasando y cómo prevenir en lo sucesivo hechos de esta naturaleza en este medio de transporte. Y habría que hacerlo desde la convicción más sincera y decidida por resolver el problema de forma drástica y absoluta, pero lo más alejado posible de la interferencia de la propaganda política, que tiende siempre a valerse de cualquier asunto de impacto social como arma partidaria y electoral.

Sería, por tanto, de desear que los principales candidatos de la actual campaña electoral con posibilidades de gobernar se reunieran y acordaran no utilizar el accidente de ayer en Urda (Toledo), en el que chocó un tren AVE contra otro Iryo detenido en la vía a causa de una avería del sistema electrónico de seguridad, como argumento de confrontación y dejaran actuar a los investigadores, técnicos y expertos con total libertad y con todos los medios y recursos que precisen, a fin de esclarecer las causas del accidente y los problemas que aquejan la circulación ferroviaria de nuestro país.

Más que una muestra de confianza en el Gobierno, independientemente de quien lo detente, sería una señal inequívoca de respeto hacia las víctimas, a las que habría que ayudar, acompañar y arropar en todo momento, y un mensaje a la totalidad de la población acerca de la voluntad de esclarecimiento del accidente y de buscar respuestas a un problema que erosiona la alta velocidad. Una red que significó una modernización asombrosa del transporte ferroviario de pasajeros, pero que con los años y la saturación de operadores -privados y públicos- que la explotan exige una renovación constante, una revisión mucho más frecuente y un uso tal vez menos intenso en beneficio de la seguridad y la calidad del servicio.

Hay que tener en cuenta que, desde el accidente en enero de Adamuz (Córdoba), que se cobró 46 víctimas mortales, y antes del de ayer de Urda (Toledo), con arroja un balance provisional de 68 muertos y decenas de heridos, se produjo un incendio de un tren de alta velocidad en la línea a Barcelona el pasado 12 de octubre, que no causó víctimas mortales, pero afectó a 13.000 viajeros, así como a 33 trenes, por la interrupción de la circulación. Y ya anteriormente, otro tren que viajaba a Galicia descarriló en la curva de Angrois, en 2013, dejando un saldo de 80 personas muertas y más de 140 heridas. En poco más de diez años, se han dado demasiados accidentes y demasiados muertos para el mejor y más avanzado sistema ferroviario del país.

Y es que la historia del ferrocarril en España, tanto de Alta Velocidad como convencional, está manchada por la negra página de los siniestros. Desde las tragedias de El Bierzo (León), El Cuervo (Sevilla), Angrois (Santiago de Compostela), Adamuz (Córdoba) y esta última de Urda (Toledo), independientemente de épocas, contextos técnicos y gobiernos, los accidentes de tren no han dejado de golpear la confianza y la seguridad de un transporte masivo de personas y mercancías que requiere de una mayor inversión, atención y cuidado. Y en aras de esa confianza y seguridad es por lo que hoy, desde el dolor, gritamos que esta concatenación de accidentes es inaguantable. Y exigimos que los responsables directos, indirectos y circunstanciales, a todos cuantos se declaran servidores públicos, estén a la altura de lo que se espera de ellos, que de verdad se pongan al servicio de la ciudadanía y que rindan cuentan sin aguardar sentencias judiciales. Porque un accidente es probable; dos, intolerable

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