Si, encima, estos hechos lamentables acaecen en pleno fragor
de una campaña electoral sumamente polarizada en la que se producen acciones
violentas y escasea la educación y el civismo, por respeto a las víctimas y a
la investigación pormenorizada de lo sucedido los líderes políticos deberían
evitar la manipulación y el uso como munición electoral partidista de la
tragedia y del trauma emocional de los ciudadanos.
Sé que exigir esto a los buitres carroñeros que se valen de
bulos, mentiras, exageraciones y tergiversaciones en la diatriba de
confrontación política que se estila en nuestro país es pedir peras al olmo. Y
lo sé porque yo mismo me enfrento a este comentario desde la emoción, conmovido
por la letalidad del accidente, más que por la razón, obnubilada por el espanto
de lo sucedido.
Que se produzca un accidente en cualquier medio de
transporte, por moderno que sea, es asumido como una posibilidad bastante
probable que entra de lleno en las estadísticas de lo razonable. Pero que
acontezcan dos accidentes prácticamente seguidos, en un intervalo de solo nueve
meses, y sobre un mismo trazado, no solo es increíble sino intolerable y
repugnante.
Dos accidentes consecutivos con víctimas mortales denotan un
problema inesquivable que hay que afrontar de inmediato con todo rigor,
contundencia y envergadura, sin limitarse a averiguar qué ha pasado aquí y cuál
fue el factor desencadenante del suceso, sino por qué está pasando y cómo
prevenir en lo sucesivo hechos de esta naturaleza en este medio de transporte.
Y habría que hacerlo desde la convicción más sincera y decidida por resolver el
problema de forma drástica y absoluta, pero lo más alejado posible de la
interferencia de la propaganda política, que tiende siempre a valerse de
cualquier asunto de impacto social como arma partidaria y electoral.
Más que una muestra de confianza en el Gobierno,
independientemente de quien lo detente, sería una señal inequívoca de respeto hacia
las víctimas, a las que habría que ayudar, acompañar y arropar en todo momento,
y un mensaje a la totalidad de la población acerca de la voluntad de
esclarecimiento del accidente y de buscar respuestas a un problema que erosiona
la alta velocidad. Una red que significó una modernización asombrosa del
transporte ferroviario de pasajeros, pero que con los años y la saturación de operadores
-privados y públicos- que la explotan exige una renovación constante, una
revisión mucho más frecuente y un uso tal vez menos intenso en beneficio de la
seguridad y la calidad del servicio.
Hay que tener en cuenta que, desde el accidente en enero de
Adamuz (Córdoba), que se cobró 46 víctimas mortales, y antes del de ayer de
Urda (Toledo), con arroja un balance provisional de 68 muertos y decenas de
heridos, se produjo un incendio de un tren de alta velocidad en la línea a
Barcelona el pasado 12 de octubre, que no causó víctimas mortales, pero afectó
a 13.000 viajeros, así como a 33 trenes, por la interrupción de la circulación.
Y ya anteriormente, otro tren que viajaba a Galicia descarriló en la curva de
Angrois, en 2013, dejando un saldo de 80 personas muertas y más de 140 heridas.
En poco más de diez años, se han dado demasiados accidentes y demasiados
muertos para el mejor y más avanzado sistema ferroviario del país.


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