¡Ea, pues ya están aquí las elecciones! Y esas derechas lo
celebran con una lona desplegada en la fachada de la sede madrileña del PP con
la inscripción “Por fin”. Según ellas, ya lo han conseguido. Claro que, siendo
puntillosos, el anuncio de las elecciones para el próximo 29 de noviembre
supone un adelanto de solo nueve meses respecto a la fecha prevista (verano de
2027). Algo, por lo demás, nada extraordinario por cuanto cinco de los siete
presidentes que ha tenido nuestro país ha adelantado las elecciones en alguna
ocasión.
Visto así, ese “por fin” resulta una exclamación exagerada,
porque, después de tres años largos, no se ha conseguido “tumbar” a un Gobierno
que se apoyaba en una suma de minorías, entre progresistas y nacionalistas, del
Parlamento. Sino que ha sido el desmarque del socio nacionalista más
conservador del Gobierno (Junts per Catalunya) lo que ha precipitado la
legislatura. Y no fue la labor en contra de la oposición, formada por el
Partido Popular y Vox, es decir, por la derecha extrema y la extrema derecha
ultra, lo que ha hecho desistir al presidente del Gobierno de agotar la
legislatura. ¡Y mira que han hecho todo lo posible e imposible, lo legal y
alegal, lo adecuado y lo inmoral por lograrlo!
Pues nada, ha terminado por finiquitarla una acampada de
jóvenes que reclamaban el derecho a una vivienda digna tras el desalojo
inmisericorde de una anciana de cerca de 80 años del piso donde residía desde
hacía más de 70 años. Ni las denuncias por corrupción, ni las “invasiones” de
inmigrantes, ni la falta de presupuestos han podido con el Gobierno, sino unos
desmelados que se manifestaban contra los rentistas y la falta de viviendas
asequibles de protección oficial.
El decreto-ley que el Gobierno había elaborado, troceado en
dos decretos para facilitar su aprobación por unos u otros, para responder a una
inusitada demanda popular que se extendió como la pólvora por todas las
ciudades del país, fue la puntilla que acabó por tumbar la legislatura. Y eso
que ambos decretos garantizaban la seguridad ante posibles desahucios. El
rechazo de la derecha nacionalista catalana a su aprobación hizo que el
presidente del Gobierno convocara elecciones anticipadas. ¡Por fin!
Sí, pero un “por fin” al que ya se le ponen peros… Una
actitud muy nuestra, la de poner la venda antes que salga el grano, no vaya a
ser que, por lo que sea, los votantes contradigan los pronósticos. Y ese `lo
que sea´ (que es perder), para las derechas siempre es fraudulento, tramposo y
nada democrático, ya que lo “natural”, lo conveniente y lo que deseaban los
ciudadanos es que ellos arrasen en las urnas y puedan gobernar como Dios manda.
Pero, por si las moscas, han empezado a sembrar dudas sobre el voto por correo,
cuestionando el funcionamiento de instituciones y la honradez de sus
funcionarios, tanto de Correos como de la Oficina del Censo Electoral. ¡Si lo
sabrá Feijóo, que fue presidente de Correos durante tres años!
Tal parece que anticipan una posible, aunque poco probable
según los sondeos, derrota por culpa (a alguien tienen que culpabilizar, nunca
es por ellos) del voto manipulado en Correos y de una avalancha de votos del
exterior promovida, según adivinan, por la insidiosa ley de nietos. Como si
esos votos fueran determinantes para el resultado electoral, cuando en ninguna
elección de la democracia han tenido influencia para alterar la voluntad
mayoritaria, expresada en las urnas, de los votantes. Pero, por si acaso…
Un balance que arroja más de 150 iniciativas tramitadas, con
43 reales decretos-ley y 22 leyes aprobadas por un Gobierno en minoría y
precariedad parlamentaria, entre ellas la Ley de amnistía, la Ley ELA, la Ley
de paridad e, incluso, una reforma constitucional para retirar el término “disminuidos”
del artículo 49 de la Carta Magna. Si a ello añadimos la disminución reiterada
de la tasa de paro, el importante incremento del salario mínimo interprofesional
y otras medidas de carácter social, el resultado no puede calificarse de “legislatura
fallida” o “gobierno inútil”, por muy opositor que se pronuncie uno del
Gobierno.
Si para ganar unas elecciones hay que recurrir a la
descalificación personal, a la insidia calumniosa, a la deslegitimación de las instituciones,
a la manipulación, los bulos y las mentiras, sin reconocer en el adversario,
cuando corresponda, sus aciertos y denunciar, siempre, sus fracasos, es que no
se tiene confianza en la propia capacidad para ofrecer alternativas y
propuestas que entusiasmen a los votantes.
Por eso ese “por fin” no parece responder a un deseo sincero
de querer competir en unas elecciones, sino a una reacción que, en psicología,
oculta una frustración o un complejo de inferioridad. De ahí que, por si acaso, ya se arguyen las motivaciones que podrían impedir nuestros anhelos,
que es ganar y gobernar. Aparentamos fortaleza cuando nos sentimos -no que lo
seamos- débiles, inferiores o menos dotados que nuestros contrincantes.
Por fin se convocan elecciones, aunque sean otros los que
han provocado ese adelantamiento electoral. Aun así, por fin me puedo presentar
como el que ha conseguido doblegar al Gobierno, aunque no sea cierto. Por fin...
y a ver qué pasa.


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