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viernes, 25 de abril de 2025

Cuando muere un Papa

Acaba de fallecer, el pasado lunes, el papa Francisco, un pontífice que caía simpático y que quiso modernizar la Iglesia, como todos los anteriores, pero consiguiéndolo a medias, también como todos. Y cuando muere cualquier papa, se multiplican sus semblanzas y los balances de su papado. De Jorge Bergoglio, último vicario de Cristo ante la comunidad católica, se ha subrayado su bondad y su cercanía, así como la sencillez y la espontaneidad con las que huía del boato aterciopelado del Vaticano. Pero, sobre todo, se ha subrayado su empeño en combatir esa lacra de la pedofilia clerical que muchos prelados todavía intentan negar u ocultar, sus esfuerzos por que los homosexuales y los divorciados se sientan acogidos por la iglesia y por las innumerables denuncias públicas que formuló contra las guerras, las desigualdades sociales y el trato denigrante a los inmigrantes. ¿Sirvieron de algo? Para poco, pues la Iglesia como institución es un formidable dinosaurio, incapaz de cambiar y de ser domesticado. Como mucho, adecúa sus modos a los usos de cada época, conservando inalterable lo esencial de su “biología”: la tutela orgánica de la fe católica urbi et orbe.

Por eso, cuando muere un papa y el Vaticano queda vacante, se vuelve a plantear el interrogante de cómo se elige a la persona que ha de representar a san Pedro en la Tierra, al vicario de Jesucristo, como asegura la propia iglesia. ¿Es el Espíritu Santo quien elige con su gracia al Sumo Pontífice?  ¿O es el Consejo de Administración de la multinacional más antigua del mundo, reunido en cónclave de cardenales electores, el que designa al nuevo CEO o gerente eclesiástico en función de las mayorías del accionariado ideológico del colegio cardenalicio? Curioso asunto para debatir en estos precisos momentos.

Porque si es la inspiración divina lo que guía las votaciones, el resultado no puede ser más arbitrario y errabundo, pues unas veces se decanta por purpurados rigoristas doctrinales y otras, por populistas reformistas. Como si el cielo no tuviera un criterio claro de lo que quiere en el mundo y menos aun del perfil de su representante en Roma. Aunque los cardenales recen el “Veni, Creátor Spíritus” antes de cada votación para sean agraciados con la inspiración del Espíritu Santo, lo divino no ilumina sus votaciones, ni mucho menos. Y eso que la cosa ha mejorado bastante a lo largo de la historia, con un listado de 264 papas, tanto legítimos como ilegítimos, casados y célibes,  de casta papal familiar (padres, hijos, sobrinos) y hasta dos papas o más simultáneamente. Es decir, la pretendida acción de Dios actuando en los rectores de la iglesia, encerrados “bajo llave” (cum-clavis) en la Capilla Sixtina, no ha sido todo lo pura y divina que cabía esperar. Más parece perdida entre los caminos inescrutables por los que suele transitar.

Claro que, según las escrituras, Jesús (Dios hecho hombre según el cristianismo) sólo eligió al primer papa, a Pedro, y a ninguno más. Los teólogos aseguran que también escogió a los primeros obispos, los apóstoles, cuando instituyó la Eucaristía y les concedió la capacidad de hacerlo en “su” Nombre. De ahí para adelante todo es un monumental “constructo” con el que se pretende explicar y justificar una idea, una creencia y una organización, haciendo que parezcan real e incuestionables, como la Ley de la Gravedad.

Por eso ha habido cónclaves en que la elección estaba amañada o comprada de antemano, al responder a intereses no solo religiosos sino también políticos que eran capaces de mayor influencia que el Espíritu Santo sobre sus eminentísimas. Nada extraño al comportamiento humano, máxime cuando hay que designar a un sucesor , aunque sea de san Pedro, pero que es alguien que, además, es Jefe del Estado Vaticano y una de las figuras políticas de más repercusión en el mundo mundial.

Es lo que explica que haya habido papas de todos los colores (dentro de la gama tolerada por la Iglesia). Que yo recuerde -pues uno tiene su edad y ¡ay! memoria-, Pablo VI parecía amable, pero era rigorista; Juan Pablo I no tuvo tiempo de manifestar su tendencia (murió al mes de ser nombrado) aunque parecía bonachón. Juan Pablo II parecía y actuaba como un populista mediático, pero encubrió la pederastia eclesial y la mafia económica vaticana. Benedicto XVI era rigorista acérrimo, como buen prefecto que fue de la Doctrina de la Fe (antigua Inquisición), y su sucesor recién fallecido, Francisco, un populista equidistante al que las derechas extremas siempre han criticado (“Por fin nos ha dejado”, escupió Federico Jiménez Losantos por el micrófono al poco de fallecer el pontífice) porque sermoneaba contra de la desigualdad, los genocidios y las injusticias y exclusiones sociales. Hasta Milei, compatriota y presidente de su país (Argentina) lo tachó de “representante del maligno” por estar a favor de la justicia social.

¿Qué toca ahora? Nadie lo sabe, ni siquiera el Espíritu Santo. Pero, puestos a especular como hacen todos los opinadores del planeta, es posible que toque el turno a un rigorista doctrinal, ya que la geopolítica del cargo –como comenta Rosa María Artal en elDiario.es-, a los fascistas que campan crecidos por distintos gobiernos del mundo les interesa tener a uno de los suyos sentado en el Vaticano. Yo, sin embargo, prefiero un vaticinio menos lógico y más imaginativo, al tratarse de algo que escapa a la comprensión humana, cual es el tema religioso y sus tejemanejes. Y para ello me remito al siglo XVI, cuando Nostradamus predijo la llegada de un “papa negro” que sería elegido tras la muerte de un pontífice anciano. Cosa que no sería imposible, pues entre los cardenales candidatos hay un arzobispo africano, verbalmente duro contra la homosexualidad. Pero si yo fuera el Espíritu Santo, me mantendría todo lo que pudiera alejado de un cónclave al que le afectan tantos intereses... mundanos y divinos. Como siempre y por toda la eternidad. Amén.   

lunes, 9 de septiembre de 2024

El disparate de creer en Dios

El Universo tiene una edad estimada en 13.720 millones de años, semana arriba, semana abajo. La Tierra tiene apenas 4.500 millones de años. Los reyes de la creación, el homo sapiens, aparecieron hace unos 300.000 años. No se explica por qué dios utilizó tanta fanfarria, tanto fuego artificial, tanto derroche de tiempo, tanta desmesura completamente inútil para la vida en la Tierra. Antes de que Adán y Eva hubiesen sido esculpidos, dominaban el paisaje los dinosaurios, animales hermosos, poderosos y fieros, pero inútiles para el proyecto de alabanza desmedida que dios había proyectado para engordar su inmenso ego.  ¿Para qué tanta criatura improductiva, intrascendente, estéril para la tarea primordial de adorarle, sin alma, de inteligencia insignificante, a la que no le tenía reservado ningún puesto en el más allá?

Para que un disparate se convierta en tradición, solo necesita tiempo. Las religiones, fundadas por cabreros o pescadores ignorantes, y expandidas por apóstoles igual de incultos, ¿son respetables porque han conformado una civilización a lo largo de los siglos o por su mensaje intrínseco?

Las religiones, que antaño, cuando la Tierra era plana y centro del Universo, suplantaban a la ciencia.

Las religiones compendian lo más refinado de la historia criminal del ser humano. Se pueden contar con los dedos de una oreja los conflictos bélicos que no hayan sido cocinados en los fogones de las iglesias, mezquitas, sinagogas, en sus altares y púlpitos, o cuyos dioses no hayan constituido la levadura fundamental que hace fermentar las guerras.

El poder de las religiones es el verdadero poder. El que gobierna sobre las conciencias de sus fieles, espíritus atados por un hilo impalpable, secuestrados desde la infancia por el terror al castigo eterno, con el poder de convertir a los creyentes en autómatas a los que se impide la utilización de la razón cuando ésta es incompatible con la fe.

La pertenencia a un grupo ayuda a no pensar, que es la base de la felicidad del idiota. Así como la verdad revelada tiene la capacidad de anular toda crítica que provenga de la razón, así las patrias disculpan a los psicópatas, asesinos, ineptos, ladrones y necios, porque la condición excelsa de patriota lava cualquier pecado original.

Las dos profesiones más antiguas del mundo, la de prostituta y la de sacerdote. En el mantenimiento de su soltería (de los curas) radica la inmensa acumulación de riquezas de la iglesia en los últimos diecisiete siglos, sin esposas ni hijos que puedan exigir inoportunamente su derecho a la herencia.

La industria de la mentira, de la también llamada posverdad, cuenta a su favor con la capacidad ilimitada del ser humano para abandonarse en brazos del líder, pues la fe no requiere esfuerzo ni análisis. Esa humanidad doliente y siempre predispuesta a creer.

La Iglesia española justificó su prevalencia en nuestra sociedad con unas estadísticas que tan solo desde la fe devota se pueden aceptar. Aseguran que el 90% de los españoles se declara católico. Con ser la mayor potencia inmobiliaria de España  entre colegios, universidades, iglesias, conventos, pisos recibidos en donación y empresas varias (además de los miles de inmatriculaciones de sospechosa legalidad), tiene que ser sufragada por el Estado a través del 0,7% de IRPF. Entre todos contribuimos a la Iglesia con cerca de 11.000 millones de euros al año, entre asignación por IRPF, exención de impuestos, profesorado de religión, conciertos educativos, etc. El actual Concordato con la Santa Sede es aberrante, anacrónico, inconstitucional e injusto, pues consagra privilegios de una empresa, de una sociedad anónima, por encima de los derechos de las demás empresas que compiten en el mercado, sean de otras religiones o se dediquen a la fabricación de componentes electrónicos.

Ya se sabe que una religión es una secta que ha prosperado socialmente, por ello las religiones, como la católica, reniegan de su pasado de secta judaica que medró gracias al espaldarazo oficial con el Edicto de Milán (313 d.C.) por el que el emperador Constantino prohibía la persecución de los cristianos. Años más tarde, el emperador Teodosio I El Grande, con el Edicto de Tesalónica (380 d.C.), convertiría legalmente el cristianismo en la única religión del imperio, prohibiendo la adoración de los dioses paganos. Los historiadores conocen como el milenio ominoso lo que vino después, como una maldición, los siglos que van desde la implantación por ley del cristianismo como religión de estado hasta los albores del Renacimiento. Aproximadamente mil años en los que la humanidad se estancó o retrocedió en el progreso científico, sustituida la investigación y la fe en los libros de ciencia por la fe en el libro sagrado.

Séneca el Joven, contemporáneo de Cristo, ya lo avisó. “La religión es considerada cierta por la gente normal, falsa por el sabio, y útil por los gobernantes”.

Las neuroimágenes con resonancia magnética del cerebro, en el estudio dirigido por el psicólogp Drew Westen en Emory University, vienen a mostrar que “la confirmación de prejuicios o de ideas preconcebidas yace en las zonas más primitivas y emocionales del cerebro, y no en las del razonamiento”. Viene a poner en primer plano la importancia de la creación de prejuicios y la implantación de la fe en los dioses en la infancia, en la fase de educación y de formación del criterio en la persona.  

Los buenos alumnos estudiarán en clase esa religión. Estudiarán que dios es uno, pero tres. Padre, hijo y espíritu santo. Tres, pero uno. Aunque tres. Y que el segundo nació de un cruce entre el tercero y una mujer virgen de la Tierra hace unos 2.000 años. Descubrirán que la madre de dios, aunque madre, sigue siendo virgen.

Los buenos alumnos estudiarán que dios, haciendo una pausa en un momento determinado de su eterna existencia, decidió crear el universo en seis días, sin que se sepa bien el motivo que le impulsó a ello, y que el séptimo descansó. Y que, al filo de su fin de semana creador, dios hizo al hombre “a su imagen y semejanza”. Sabrán que dios se dijo: “No es bueno que el hombre (el varón) esté solo”, y de una sus costillas creó a la mujer.

Los buenos alumnos estudiarán que el hombre pecó mediante el intolerable delito de comer un fruto prohibido, que le capacitaría para el análisis científico y razonado, y por ello fue expulsado del paraíso. Y recibirán la desagradable noticia de que (por ello) pende la amenaza de una condena al fuego eterno por parte de un dios.

Los buenos alumnos sabrán que el día del fin del mundo (como no sabemos por qué dios creó la Tierra, tampoco tenemos ni idea de cuáles serán sus razones para acabar con ella) se abrirán los cielos y habrá un juicio final multitudinario.  

Eso será el juicio final, el fin de fiesta donde se escenificará el reparto definitivo de premios y castigos eternos. Es sabido que resucitaremos con nuestros cuerpos tal y como fueron en vida, los fetos abortados, los embriones, los malformados genéticamente, todos los proyectos de vidas nonatas con las que dios se entretuvo en ponerles un almita estéril, todas las víctimas de todos terrorismos junto a sus asesinos, todos pendientes del humor del padre eterno y de la nota final con la que va a calificar nuestras andaduras por la vida.

A la mayoría nos es más fácil entender las historias delirantes contadas en el Génesis que  la utilidad del bosón de Higgs.

Es un axioma histórico que cuanta más dosis de dios se inocula a las sociedades humanas, cuantos más clérigos se infiltran en sus estamentos, más se empobrecen y más intransigentes, injustas y retrasadas se vuelven.

Los párrafos anteriores no son míos, ¡qué más quisiera yo!, pero me identifico con ellos. Pertenecen al libro del periodista  Manuel Saco No hay dios (probablemente), de la editorial Mong (Barcelona, 2024), en el que cuestiona la creencia en dios y en esas patrias creadas por la imaginación de los hombres que viven y se aprovechan de su exclusiva administración, pasando la fe por el filtro de la razón. Y el resultado no puede ser más espeluznante, pues desvela que el mundo imaginario de los dioses parece una colección de disparates incompatibles con la dignidad y salud mental del creyente. Muy recomendable, pues, para esos creyentes que desconfían de la razón. Y con el que disfrutarán aquellos que ponen en cuestión las verdades reveladas por dioses y las iglesias que las administran como si fueran verdades absolutas..  

viernes, 31 de mayo de 2024

¿Existe Dios?

Esta pregunta ha atormentado al ser humano desde que es capaz de  cuestionar su existencia. Pero es una pregunta tramposa, porque afirmar o negar la existencia de Dios presupone creer o no creer en una divinidad, cuando ello es algo que escapa a nuestro entendimiento. Por tal motivo, yo me declaro agnóstico, pues reconozco carecer de argumentos para afirmar o negar la existencia de dioses y divinidades. Pero intento reflexionar racionalmente al respecto. Y esa reflexión me conduce a preferir la teoría científica del Big Bang que la verdad supuestamente revelada de las religiones. 

El físico Stephen Hawking decía que no encontraba a Dios en el Universo, cuya existencia, si llegara a demostrarse, vendría dada por la lógica de la Ley de la Gravedad antes que por fenómenos sobrenaturales. Feuerbach, filósofo alemán, niega que Dios creara al hombre, sino que es el hombre quien creó a Dios, proyectando en Él sus aspiraciones, cualidades y deseos, de tal modo que Dios es espejo del hombre. Y es que la fe en lo sobrenatural, como afirmaba Bauer, es la fantasía de un quimérico más allá que brota del desprecio hacia lo real, con sus posibilidades y limitaciones. Pero también de nuestra ignorancia.

Dios no aparece más que en la imaginación de los hombres huérfanos de un sentido que oriente todo lo existente. Buscamos un significado a nuestra existencia porque no toleramos el poder destructor del tiempo. Ni nos resignamos, como enseñó Demócrito, a ser simples átomos que, cuando morimos, vuelven a circular, haciéndonos desaparecer. Por eso buscamos una explicación, un orden y un sentido a la existencia. No podemos ser un capricho de la evolución. Nos urge encontrar un dios o algo que podamos llamar Dios, capaz de  crear todo lo existente. Nos repugna morir sin más, vivir por azar biológico para desaparecer para siempre en la nada, y que nuestro papel en el cosmos sea irrelevante y no tenga más repercusión que el de ser un simple accidente de la naturaleza. Nos perturba que no haya nada después de la muerte y que la única inmortalidad a la que podamos aspirar sea el recuerdo que dejemos en las generaciones que nos sucedan.

Ante tamaña orfandad existencial, nos consuela la creencia en una divinidad eterna y creadora de todo cuanto existe en el Universo. Nos inventamos, haciendo dejación de nuestro bien más preciado, la razón, a un ser único, sospechosamente antropomórfico, que existe por sí mismo, omnipotente y eterno, al que llamamos Dios. La creencia en dioses y el temor ante el misterio de la muerte son tan antiguos como los primeros signos de conciencia en el ser humano, el único animal que cree en seres sobrenaturales. Así, para los creyentes, la fe está por encima de la ciencia. Pero lo malo de las creencias es que se convierten en religiones. Y, durante toda la historia del hombre sobre la Tierra, estas han sido instrumentalizadas para crear cohesión social y fuente de legitimidad del poder político. Por este motivo, D´Holbach, escritor y enciclopedista de la Ilustración, llegó al convencimiento de que Dios es un tirano invisible inventado para que el ser humano se someta a tiranos visibles.

Con todo, no dejamos de elucubrar sobre la posibilidad de un dios creador que, en el caso del cristianismo, se basa en la confusa existencia de Jesús de Nazaret, llamado Cristo por considerarlo la  encarnación de Dios como hombre. Las fuentes históricas sobre su existencia son endebles, y las cristianas sólo tienen un valor apologético, no histórico. Además, los documentos sobre los que se construye el andamiaje del cristianismo se circunscriben a la Biblia, un conjunto de textos de autoría colectiva redactados en hebrero, arameo y griego. Se divide en dos partes: el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo recoge, en sus primeros libros, la base doctrinal del judaísmo, del que derivan las religiones monoteístas (cristianismo e islamismo). Y el Nuevo Testamento, formado por los Evangelios, las cartas de Pablo y el Apocalipsis, abunda en contenido mitológico. En definitiva, la Biblia, como documento científico o histórico, es impreciso, por no decir poco válido, salvo para su utilidad dogmática y adoctrinadora. Pero para los que anteponen la fe es la guía suprema de su creencia religiosa. Es más, constituye el canon del cristianismo, tanto católico como protestante.

Pero para un ser libre, aquel que solo se guía por el dictamen de la razón, la fe es insuficiente y la Biblia, una interpretación de escritos de autoría desconocida, con interpolaciones posteriores y directrices teológicas. Por eso desconfío de los teólogos que alardean de conocer la voluntad divina, de ser los únicos intérpretes de Dios, de saber lo que quiere y espera de nosotros.  

Por todo ello, me convence más la ciencia que las creencias, lo que no me impide respetar a los creyentes, siempre y cuando no intenten adoctrinar ni querer imponer sus creencias a los demás. Ahí radica mi único desacuerdo con las religiones, con cualquier religión: no acepto que su moral o sus dogmas y ritos deban imperar sin discusión y dirigir nuestras vidas, como las únicas normas posibles o permitidas en cualquier sociedad plural, democrática, libre y tolerante. Y menos aun que nos atemoricen, como hace el cristianismo, con la leyenda de un supuesto pecado original, haciéndonos vivir atormentados por una remota culpa originaria. Por tanto, como se trata de creencias y no de hechos verídicos, rigurosos y comprobados, estimo que los Estados deberían declararse neutrales sobre estos asuntos que conciernen a la intimidad de los individuos y ser laicos en sus relaciones con todos los particulares y colectivos que integran la sociedad. Sin favoritismo ni privilegios para ninguna creencia. Tampoco deberían declararse aconfesional, un eufemismo que elude esa neutralidad frente a las creencias para refugiarse en el burladero de las confesiones para distinguir con prebendas a la socialmente mayoritaria en su seno.

En definitiva, que Dios no aparece en un Universo que se crea a sí mismo como consecuencia de las leyes físicas que lo rigen, tal como Hawking sostuvo. Así que, entre el Big Bang o Dios, me convence más, racionalmente, lo primero por demostrable, aunque de ninguna de las opciones sobre los orígenes de la existencia pueda deducirse o explicarse un estadio o momento previo, anterior. Ni los creyentes pueden explicar qué hubo antes de Dios, ni los científicos qué había antes del primer Big Bang, pero sí cómo se produjo. Estos últimos están en ello, pero para los primeros es cuestión de fe.

De ahí que, a la pregunta del título, la respuesta es sí, en tanto en cuanto existen en el imaginario humano los Reyes Magos, los ángeles, el alma, el ratoncito Pérez y todas aquellas supersticiones que explican lo que ignoramos o preocupa. De tales preguntas derivan, además de las creencias o religiones, la filosofía y la ciencia. Lo relevante es continuar haciéndonos preguntas y no conformarnos con las respuestas, menos aun con las consideradas como verdades reveladas.

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Actualización: 15/06/2024

miércoles, 17 de enero de 2024

La Biblia o Cicerón

En el Museo de Bellas Artes de Sevilla cuelga una obra de Valdés  Leal que ilustra la flagelación de San Jerónimo, realizada junto a otras, en 1657, para el convento de San Jerónimo de Buenavista. Aparte de sus valores pictóricos, ejemplo del Barroco sevillano, lo que me llamó la atención del cuadro es esa escena en la que el santo es azotado por unos ángeles como castigo por haber leído a autores latinos, como Cicerón, en vez de los textos sagrados. Se trata de una visión que el propio San jerónimo había descrito a una discípula suya y que forma parte de su iconografía, tratada también por Zurbarán.

Valdés Leal centra sus pinceles en el acto de expiación, cuando, en un ambiente de gran tensión y dramatismo, el santo rechaza el libro, que aparece en el suelo, en la parte inferior izquierda del lienzo, y de rodillas, ante el tribunal de Dios, acepta resignado el castigo en muestra de su arrepentimiento. Algo verdaderamente piadoso, pero incomprensible. Porque, ni siendo creyente, tal ira divina contra la sabiduría racional no me parece propia de un dios omnipotente y omnisapiente, sino más bien de un ser ignorante que se vale de la violencia para que sus fieles no accedan al conocimiento y se conformen con escudriñar las leyendas de un libro que han de considerar sagrado.

No es que me sorprenda de las intransigentes y absurdas “verdades” que la religión –cualquier creencia- impone a los hombres, las mismas que condenaron a la hoguera a quienes se atrevieron a pensar sin vendas dogmáticas, como el astrónomo y filósofo Giordano Bruno,  y obligaron a Galileo a retractarse de que la Tierra giraba en torno al Sol, una estrella más del firmamento. Lo que me llamó la atención del cuadro es que resalte a través del arte, como modelo de fe, la visión acongojada por el fanatismo de quien fuera un erudito filólogo que tradujo la Biblia del hebreo y del griego al latín. Sus conocimientos de las lenguas clásicas y sus autores le permitieron acometer una traducción latina de la Biblia, conocida como la Vulgata, que es considerada, desde el Concilio de Trento, la edición auténtica para el catolicismo.

Que a la Iglesia Católica le parezca congruente con sus creencias y coherente con sus dogmas la consideración de pecado o herejía el interés y el afán de conocimiento de un sacerdote por autores latinos como Cicerón, filósofo, maestro de la oratoria, defensor de la justicia, maestro de la ley y pensador humanista de la antigua Roma, me resulta ominoso.  No creo que sea digno de ensalzar como conducta cristiana que un estudioso de los clásicos abandone, a raíz de un sueño, esa noble dedicación a la sabiduría –considerada profana- para consagrarse a Dios, hasta el punto de formar parte de la iconografía –propaganda- que utiliza la iglesia para adoctrinar a sus feligreses sobre la fuerza de la fe para vencer las tentaciones.  No confío en ninguna religión que castiga a sus creyentes por amar la sabiduría o disfrutar de la obra de Cicerón, el primer humanista del imperio romano*.

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*: La descripción de Cicerón la tomo de la obra de Stefan Zweig, Momentos estelares de la humanidad (Editorial Acantilado).

domingo, 5 de noviembre de 2023

Ni católico ni monárquico

Espero no espantar a nadie si admito que no soy católico (y de ninguna otra religión) ni monárquico. Pertenecer a ellas por tradición o costumbre –como suele la mayoría de sus acólitos- me parece ilógico y acomodaticio. Soy arisco a ambas sectas por personal elección racional. He de reconocer, no obstante, que mis padres me prestaron ayuda, pues no corrieron a bautizarme hasta que yo fuera capaz de tener una opinión al respecto. Y, evidentemente, elegí no hacerlo. Pero la elección de la monarquía no ha estado a mi alcance ni a la de nadie, pues nos la incluyeron de manera inseparable, como los suplementos dominicales de los periódicos,  con la Constitución. Ello no obsta para que siga prefiriendo la república a una monarquía.

Porque, por un parte, para mí, creer en un ser sobrenatural y eterno que, en función de mandamientos y normas sospechosamente humanos, nos impone una tutela moral a nuestras vidas más allá de cualquier consideración ética del bien y del mal, me parece de un infantilismo supino, más propio de supersticiosos y miedosos de la soledad ontológica que producto de un razonamiento crítico.

Y por otra, pienso que la máxima representación del Estado de un país civilizado –un símbolo convenido en democracia- recaiga por herencia  en el linaje de una familia determinada, me resulta no sólo ingenuo sino un arcaísmo que se arrastra desde cuando considerábamos, por ignorancia o fantasías de poder, que los reyes eran encarnaciones de los dioses. Por todo ello, no creo ni en dios ni en el rey. Es más, desconfío de religiones y de coronas inviolables y sucesorias, por muy parlamentarias que sean estas últimas.

Dicho lo cual, creo que, desde esa percepción externa carente de vínculos afectivos o tradicionalistas, podría aportar algún comentario, tal vez menos subjetivo que el de los acólitos aludidos, acerca de la curiosa coincidencia temporal y espacial (aquí y ahora) que se ha producido hace unos días con la presentación del informe del Defensor del Pueblo sobre la pederastia en el seno de la Iglesia Católica de nuestro país y el juramento (que no promesa, que sería lo correcto en un acto civil y no religioso) de la Constitución, realizado por la heredera al trono de España, la princesa Leonor de Borbón Ortiz.

Son dos hechos distintos, pero no distantes ni nimios, que afectan a los símbolos de los poderes, divino y terrenal, que aun subyugan nuestra convivencia como comunidad supuestamente libre y democrática. Aparte de rituales y anécdotas, la monarquía y la iglesia son instituciones atávicas que han controlado -y controlan- a veces con hierro y otras con guantes de seda, los destinos de los españoles desde hace siglos, incluido el largo paréntesis de la dictadura, de la que la iglesia formó parte imprescindible para ahormar el espíritu religioso e ideológico de varias generaciones de españoles, y de la también emanó, por capricho arbitrario del dictador, la restauración de la actual dinastía borbónica que reina España, con la bendición "a posteriori" de la Constitución. De ahí que no sorprendan esos cuatro minutos de aplausos que dedicaron sus señorías parlamentarias al discurso de la princesa.

Ha sido un hollywoodense espectáculo de márketing, con salva de cañonazos, paseos en Rolls Royce, calles llenas de banderolas en las farolas, pantallas de televisión gigantescas en plazas madrileñas, reparto gratis de pastelitos con los colores de la enseña de España y empalagosos reportajes de televisión y prensa, la soporífera ceremonia de juramento a la Constitución de la princesa Leonor al cumplir 18 años, su mayoría de edad. Se alimentaba así, entronizándola como heredera al trono y a la futura Jefatura del Estado, la añoranza de una institución obsoleta que ha perdido casi todo el prestigio que consiguió cuando el rey Juan Carlos I hizo lo que tenía que hacer, apoyar la legalidad constitucional frente al golpe de Estado del teniente coronel Tejero, pero que ese mismo rey, ahora exiliado en una monarquía "hermana" árabe, dilapidó con sus desmanes personales y económicos.

Aunque quisiéramos, es un régimen del que no podemos libranos democráticamente porque nos está vedado gracias a la práctica imposibilidad de modificar la Constitución. En vez de votar un Jefe de Estado en unas elecciones o destituirlo en virtud de un proceso parlamentario, los españoles "disfrutamos" de una monarquía que solo tiene dos salidas: la abdicación o el derrocamiento, ninguna de ellas por decisión soberana del pueblo en las urnas. Mientras tanto, los ciudadanos hemos de asumir como elementos intrínsecos de la institución los privilegios que rodean a la familia real, las desigualdades que entraña y los insoportables cultos a la personalidad del monarca y su prole, como el que se ha producido con el acto de la princesa Leonor. ¿Todavía alguien estima más conveniente la monarquía que una república? ¿Qué miedos nos han inoculado para creer tal cosa?

Pero si el poder terrenal es motivo de desconfianza, el "divino", representado y ejercido por la Iglesia, no es más tranquilizador. Y entre los muchos miedos que genera la iglesia, católica en este caso, figura no el de arder en el infierno sino el daño físico y psíquico que causa en los niños, criaturas indefensas y vulnerables que son víctimas de pederastia cuando se acercan con ingenuidad e inocencia a las sotanas de algunos de sus pastores. Un daño que, por otra parte, siempre se ha sospechado o sabido y nunca denunciado, pero que a raíz de un informe del Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo, realizado por encargo de las Cortes Generales, se ha podido conocer, cuantificar y señalar responsabilidades.

El amplio informe, fruto de un trabajo no exento de obstrucción y opacidad por parte de muchas diócesis, recopila los abusos que se produjeron entre los años 60 y 90 del siglo pasado en el ámbito religioso, lo que permite hacer una extrapolación estadística y sociológica que arroja un resultado de más de 400.000 víctimas de agresiones sexuales en el seno de la Iglesia Católica española, casi el uno por ciento de la población total. Pero la jerarquía eclesial, lejos de asumir el resultado del informe, con el cinismo con el que siempre ha procurado ocultar estos hechos acaecidos en su seno, ha intentado ahora minimizarlos y "contextualizarlos" con los producidos en otros ámbitos, como si eso restara gravedad y responsabilidad a lo sucedido tras los muros de las iglesias, parroquias, colegios religiosos, seminarios, etc.

Sin embargo, los datos revelan, para sonrojo de feligreses y ateos, que la Iglesia Católica española encabeza las iglesias del orbe católico en las que los depredadores sexuales de niños vestían hábitos religiosos y tenían colgados crucifijos del pecho. Y en la que era común encubrir a estos pederastas trasladándolos de parroquia o diócesis para negar los hechos. La propia iglesia cometía, de este modo, un doble pecado: el de encubrimiento y el de complicidad, que se añadían a la crueldad que se perpetraba en sus templos y demás espacios e instituciones dependientes de la Iglesia Católica de nuestro país.

La hipocresía exhibida por la Conferencia Episcopal ha sido inmensa, a la hora de valorar el alcance de un problema que, en cualquier otro ámbito, hubiera acarreado importantes consecuencias penales y sociales. Y la ha mostrado porque, como entidad privada que disfruta de enormes privilegios, trata de eludir su responsabilidad, negar reparación a las víctimas y ser reacia a pedir perdón de modo sincero y honesto. Una actitud sorprendente, pues, aunque sea sabido que este asunto de la pederastia en la Iglesia Católica es global y en cada país se ha abordado y tratado de forma desigual, la resistencia de la jerarquía eclesial española no tiene comparación con la reacción que ha tenido en otros países. Hasta el Papa se ha visto obligado a convocar a los obispos españoles a una reunión extraordinaria en el Vaticano, prevista para finales de noviembre. Si bien el objeto de la misma es abordar la inspección de los seminarios en España, no pasa desapercibido que se produce en el contexto de la investigación de los abusos a menores en la iglesia.

Está visto que, por mucho que lo nieguen, el reino de las religiones -de todas ellas- está en este mundo, donde cometen los mismos abusos y atropellos que cualquier otro poder, aunque se escuden en las aspiraciones espirituales y morales con las que intentan adoctrinar a creyentes y no creyentes. Miedo me dan. Pero, con todo, todavía no sé de qué desconfío más: si de las religiones o de las monarquías. Mirándolo bien, asemejan idéntico tinglado. Es para pensárselo un rato, ¿no creen? 

martes, 8 de diciembre de 2020

El “puente” de las patrañas

Hoy finaliza el puente festivo que se forma entre el Día de la Constitución y el de la Inmaculada Concepción, que se celebran el 6 y el 8 de diciembre, respectivamente. Son dos festividades distintas: una civil y otra religiosa, separadas entre ellas por un día supuestamente laboral que en casi todos los sectores económicos se suele “saltar” y disfrutar como si fuera festivo, encadenándolo a las fechas oficialmente festivas entre las que se halla. Es lo que se conoce como el “puente” de la Constitución y la Inmaculada. O, simplemente, el puente de la Inmaculada.

La primera jornada conmemora la aprobación de la actual Constitución que, tras la muerte del dictador, consagró la democracia en España, consolidando un régimen de monarquía parlamentaria. Aparte del sistema político, configurado como un Estado Social y democrático de derecho, el texto constitucional recoge los derechos y libertades reconocidos a los españoles, como la igualdad de todos ante la ley, y los derechos al trabajo y a la vivienda, por citar algunos ejemplos.

La segunda festividad conmemora el dogma de la Iglesia católica que considera que la Virgen María concibió a Jesucristo sin pecado original, es decir, sin perder la virginidad ni ser fecundada por ningún hombre.  

Ambos motivos son indiferentes para la inmensa mayoría de los ciudadanos que aprovechan estas fiestas para el descanso y el ocio, sin entrar en disquisiciones legales o religiosas. Las asumen y las viven como lo que son, excusas para disfrutar de días libres, remunerados y exentos de la obligación de trabajar. Piensan que son artificios legales que sirven para descansar, puesto que la Constitución no garantiza el derecho al trabajo a los millones de españoles que no tienen empleo, engrosando las listas del paro, ni la vivienda a quienes cada día, por ser víctimas de esta crisis económica que trajo consigo la pandemia, son desahuciados de sus hogares.

De igual modo, una inmensa mayoría de españoles, sean creyentes o no, tampoco se detiene a valorar un dogma religioso, tan fantástico como irracional, de un embarazo sobrenatural que se construye para “encajar” elucubraciones divinas con ambiciones terrenales, como son todas las religiones y su afán de dominio, no sólo moral sino también material, en este mundo, cual simple poder humano más.

Consideradas así, estas fiestas conmemoran patrañas que se aceptan por tradición, sumisión, inconsciencia o indiferencia ante lo que significan o pretenden validar socialmente. Mientras permitan cierto provecho para la población en forma de descanso, no se discuten ni se cuestionan. Se disfrutan, sin más. Por eso, este puente es calificado por muchos como el puente de las patrañas. Y no sin razón