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domingo, 29 de marzo de 2026

Otra oportunidad perdida

Hace un año escribí este comentario sobre el cambio de hora. Y me reafirmo en lo que opinaba de una iniciativa totalmente innecesaria, contraproducente e ilógica. Léanlo, si no. 

Como años anteriores, en la madrugada del 30 de marzo se vuelve a perder una oportunidad para dejar las cosas del reloj como están. Es decir, no tocar las manecillas para adelantar una hora en todos los relojes de España y perpetrar el enésimo cambio oficial de horario en nuestro país. ¿El motivo? Suena a chiste, pero todavía se esgrime el ahorro de energía eléctrica como justificación. Y se añade que sirve para aprovechar mejor la luz natural. Serían argumentos válidos si viviéramos en latitudes del norte de Europa. Pero, ¿con el calor, qué hacemos? De eso no dicen ni pío. Tampoco de que se gasta más electricidad con el aire acondicionado que con una bombilla. ¿Dónde está, entonces, el supuesto ahorro eléctrico? No sabe, no contesta.

Lo cierto es que se cambia la hora por inercia desde la crisis del petróleo de los años 70 del siglo pasado, pero sin que ningún estudio serio avale económica y científicamente la medida. Ni siquiera las recomendaciones de la Sociedad Española del Sueño. Además, el cambio continuará vigente en España al menos hasta 2026, según Orden del PCM/186/2022, a pesar de que la Comisión Europea planteara suprimir este sistema definitivamente en 2018 y permitiera a cada estado elegir un solo horario entre el de verano o el de invierno. El único gremio que apuesta decididamente por mantener el cambio de hora y hacer que el sol nos alumbre hasta cerca de las 10 de la noche en verano es el hotelero y hostelero. Su interés particular prevalece, de este modo, al interés general de la población. Y las autoridades, tan panchas e indecisas, lo consienten.

Así pues, por mucho que protestemos, no hay marcha atrás. De hecho, desde la noche del sábado 30 de marzo al domingo 31, los relojes españoles adelantan una hora, por lo que las 2:00 se convierten en las 3:00 de la madrugada. Se adopta, así, lo que se conoce como horario de verano. Es un cambio que se produce dos veces al año, coincidiendo con el último domingo de marzo (verano) y de octubre (invierno). Este sistema se comenzó a utilizar por primera vez durante la Primera Guerra Mundial y se extendió a más países debido a la crisis energética de finales de 1973, cuando la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) redujo la producción y elevó el precio del petróleo, lo que llevó a Europa a establecer, ya con regularidad, el cambio horario en 1981.

Sin embargo, tales cambios vinieron a complicar nuestro desbarajuste horario, puesto que ya, en 1940, durante la dictadura de Franco se estableció que España adoptase el horario de Alemania, país aliado, diferencia adicional que aun se mantiene. Es decir, aunque por nuestra posición geográfica nos correspondería regirnos con el huso horario UTC+0 (Tiempo Coordinado Universal), desde aquella decisión franquista nuestro horario se regula por el huso UTC+1. Pero ahora, con el cambio de verano, adoptamos el horario correspondiente al huso UTC+2. Es lo que explica que, cuando recuperamos el horario de invierno, sigamos manteniendo una hora de diferencia con el horario de Portugal, país que comparte nuestra posición geográfica, y no Alemania. Y en verano, dos, porque nuestros vecinos no cambian la hora. Es decir, dos horas de diferencia respecto al sol, a partir de marzo, en un país meridional de Europa, el más cercano al ecuador, lindante con África, que hace que la intensa radiación solar que recibimos no disminuya hasta bien entrada la noche. ¿Supone eso, en verdad, algún ahorro en la factura energética del país? Nadie presenta datos objetivos al respecto.

Hace tiempo que se debate sobre la conveniencia de mantener un horario fijo durante todo el año, particularmente el del invierno.  Por varias razones. Por un lado, porque los beneficios energéticos no son tales o son irrisorios. Y por otro lado, porque esos cambios periódicos afectan al ritmo circadiano de muchas personas, las más vulnerables a causa de la edad, como niños y ancianos, que sufren alteraciones en sus pautas de sueño/vigilia, de alimentación y hasta hormonales. Sin embargo, esos problemas de salud en un sector nada desdeñable de la población parecen menos importantes que los beneficios económicos del sector turístico de nuestro país.

Dada su posición geográfica, España disfruta de horas de sol suficientes, incluso en invierno. De ahí la conveniencia de mantener fijo el horario de invierno. Además, atrasar el amanecer y el crepúsculo no aporta ventajas significativas más allá de prolongar la luz diurna hasta cerca de las 10 de la noche, cosa que repercute en trastornos del sueño y en desajustes de todo tipo no deseados.  

Por ello, en 2018, el Gobierno acordó la creación de una Comisión de expertos para estudiar la reforma del horario oficial, elaborar un informe al respecto y evaluar la conveniencia de mantener en España un horario fijo. Sus propuestas, tras tanto tiempo, siguen guardadas en un cajón.

Mientras tanto, continuamos jugando con las agujas del reloj para que amanezca y anochezca en función de meras conveniencias crematísticas que sólo benefician a un sector de la economía del  país, el cual, por otra parte, tampoco saldría perjudicado si se consolidara un horario oficial fijo durante todo el año. Es más, todos saldríamos ganando. Unos, en el bolsillo; otros, en salud. Seguro

lunes, 27 de octubre de 2025

¿Último cambio de hora?

Ayer volvimos a modificar los relojes para retrasarlos una hora y adaptarlos al horario de invierno. Son cambios que se realizan dos veces al año (se adelanta una hora en primavera y se retrasa en otoño), al objeto, en teoría, de aprovechar al máximo la luz solar y optimizar la jornada haciendo que el día aparentemente sea más largo (anochece más tarde). Esta decisión se adoptó tras la crisis del petróleo de 1973 con la finalidad de ahorrar energía o, lo que es lo mismo, combustible. Pero es una excusa que sería válida para los países del norte de Europa, los cuales, por su posición cercana al círculo polar, no reciben tanta luz solar. En cambio, los que están situados más cercanos al ecuador terrestre, como España, “disfrutan” de una irradiación solar tan intensa que, en vez de ahorrar energía, incrementa su consumo durante el verano por la necesidad de “acondicionar” el aire de hogares, oficinas y fábricas a cambio de ahorrar en bombillas. Es decir, el cambio de hora no supone, en la práctica, ahorro alguno para España y los países ribereños.

Por si fuera poco, nuestro país ya lleva, además, un desfase horario adicional que hace que tengamos una hora adelantada de manera permanente, ya que en vez de estar sincronizados con el huso horario que nos corresponde -el de Greenwich (GMT-0)- por nuestra ubicación geográfica, el dictador Franco decidió sincronizarnos en 1940 con el huso horario de Europa Central (GMT+1) para compartir la misma hora que la Alemania nazi. De este modo, aun cuando retrasemos una hora el reloj, como acabamos de hacer, todavía estamos una hora adelantados en relación con nuestro horario real.  Es lo que explica que España sea el país en que la discordancia entre la hora oficial y la hora solar es más extrema. ¿Es esto normal?

Por enésima vez afirmaré que no, que ni es útil ni sano. Cada vez que se produce el cambio de hora, he de volver a enumerar las razones por las que abrigo la esperanza de que sea definitivamente el último, si los que deciden se guiaran por la razón y la ciencia, y que se mantenga inalterable el horario de invierno durante todo el año, ya para siempre. Reconozco que, a pesar de mi empeño, lo tengo crudo, aun cuando el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, expresara recientemente su propuesta para que la Unión Europea dejara ya de cambiar de horario, pero sin especificar cuál de ellos -el de verano o el de invierno- se adoptaría de manera oficial y permanente. Al parecer, a solo un año del plazo previsto, España apuesta ahora por dejar de cambiar la hora, pero sin determinar cuál de los horarios estima aconsejable dejar fijo.

Lo cierto es que está demostrado que tales cambios alteran los ritmos de sueño y vigilia de nuestro organismo, trastornando temporalmente hábitos y conductas, incluso hasta estados de ánimo. Ello se debe a que nuestro reloj biológico interno se sincroniza con la luz natural y los períodos de oscuridad para activar o desactivar determinadas funciones, como la lucidez mental o el flujo sanguíneo. Cada cambio, por tanto, provoca interrupciones en su funcionamiento.

Por eso, si nos quedáramos permanentemente con el de invierno, nuestro horario se ajustaría de manera menos traumática al huso horario que nos corresponde (el de Greenwich), pues estaríamos con solo una hora de diferencia (GMT+1) todo el año y no dos, como ocurre en verano (GMT+2), lo que es una barbaridad.

Recuerdo que, en un comentario anterior, escribí: “Dada su posición geográfica, España disfruta de horas de sol suficientes, incluso en invierno” y que “atrasar el amanecer y el crepúsculo no aporta ventajas significativas más allá de prolongar la luz diurna hasta cerca de las 10 de la noche, cosa que repercute en trastornos del sueño y en desajustes de todo tipo no deseados”.

Pero es que tales trastornos no afectan solo al organismo de las personas, sino también a sectores económicos, como el transporte, el comercio, la educación o los servicios públicos, que requieren exactitud horaria y, por consiguiente, coordinación para su correcto funcionamiento. E, incluso, de una coordinación transnacional, como en la aviación, que impida interrupciones o desajustes en la prestación de sus servicios.

Sin embargo, es probable que poderosos e influyentes sectores industriales, como la hostelería y hotelería, más atentos a su interés particular que al bien general, pretendan forzar la adopción fija del horario de verano con el argumento de que beneficia al turismo, el motor de nuestra economía. Los bolsillos de estos empresarios son, al parecer, más importantes que la salud de los españoles. Es decir, el interés propio prevalece por encima de la salud pública.

Se trata, en fin, de un debate baldío, lo reconozco, porque, aunque cada vez que se ha procedido a cambiar de hora se ha generado cierta controversia social, el Gobierno nunca ha aclarado sus intenciones, adoptando una ambigüedad impropia de quien ha de velar por los intereses y el bienestar de todos los españoles, lo que le obligaría a primar la salud pública por encima del interés de cualquier sector determinado. Y hasta la fecha no se ha mojado. ¿Seguirá poniéndose de perfil y creará una comisión o convocará alguna consulta cuando tenga que tomar la decisión final? No desesperen, pronto lo veremos. Mientras tanto, disfruten de este horario de invierno, tan fresquito, recién estrenado.         

martes, 26 de marzo de 2024

Oportunidad perdida

Como años anteriores, en la madrugada del 30 de marzo se vuelve a perder una oportunidad para dejar las cosas del reloj como están. Es decir, no tocar las manecillas para adelantar una hora en todos los relojes de España y perpetrar el enésimo cambio oficial de horario en nuestro país. ¿El motivo? Suena a chiste, pero todavía se esgrime el ahorro de energía eléctrica como justificación. Y se añade que sirve para aprovechar mejor la luz natural. Serían argumentos válidos si viviéramos en latitudes del norte de Europa. Pero, ¿con el calor, qué hacemos? De eso no dicen ni pío. Tampoco de que se gasta más electricidad con el aire acondicionado que con una bombilla. ¿Dónde está, entonces, el supuesto ahorro eléctrico? No sabe, no contesta.

Lo cierto es que se cambia la hora por inercia desde la crisis del petróleo de los años 70 del siglo pasado, pero sin que ningún estudio serio avale económica y científicamente la medida. Ni siquiera las recomendaciones de la Sociedad Española del Sueño. Además, el cambio continuará vigente en España al menos hasta 2026, según Orden del PCM/186/2022, a pesar de que la Comisión Europea planteara suprimir este sistema definitivamente en 2018 y permitiera a cada estado elegir un solo horario entre el de verano o el de invierno. El único gremio que apuesta decididamente por mantener el cambio de hora y hacer que el sol nos alumbre hasta cerca de las 10 de la noche en verano es el hotelero y hostelero. Su interés particular prevalece, de este modo, al interés general de la población. Y las autoridades, tan panchas e indecisas, lo consienten.

Así pues, por mucho que protestemos, no hay marcha atrás. De hecho, desde la noche del sábado 30 de marzo al domingo 31, los relojes españoles adelantan una hora, por lo que las 2:00 se convierten en las 3:00 de la madrugada. Se adopta, así, lo que se conoce como horario de verano. Es un cambio que se produce dos veces al año, coincidiendo con el último domingo de marzo (verano) y de octubre (invierno). Este sistema se comenzó a utilizar por primera vez durante la Primera Guerra Mundial y se extendió a más países debido a la crisis energética de finales de 1973, cuando la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) redujo la producción y elevó el precio del petróleo, lo que llevó a Europa a establecer, ya con regularidad, el cambio horario en 1981.

Sin embargo, tales cambios vinieron a complicar nuestro desbarajuste horario, puesto que ya, en 1940, durante la dictadura de Franco se estableció que España adoptase el horario de Alemania, país aliado, diferencia adicional que aun se mantiene. Es decir, aunque por nuestra posición geográfica nos correspondería regirnos con el huso horario UTC+0 (Tiempo Coordinado Universal), desde aquella decisión franquista nuestro horario se regula por el huso UTC+1. Pero ahora, con el cambio de verano, adoptamos el horario correspondiente al huso UTC+2. Es lo que explica que, cuando recuperamos el horario de invierno, sigamos manteniendo una hora de diferencia con el horario de Portugal, país que comparte nuestra posición geográfica, y no Alemania. Y en verano, dos, porque nuestros vecinos no cambian la hora. Es decir, dos horas de diferencia respecto al sol, a partir de marzo, en un país meridional de Europa, el más cercano al ecuador, lindante con África, que hace que la intensa radiación solar que recibimos no disminuya hasta bien entrada la noche. ¿Supone eso, en verdad, algún ahorro en la factura energética del país? Nadie presenta datos objetivos al respecto.

Hace tiempo que se debate sobre la conveniencia de mantener un horario fijo durante todo el año, particularmente el del invierno.  Por varias razones. Por un lado, porque los beneficios energéticos no son tales o son irrisorios. Y por otro lado, porque esos cambios periódicos afectan al ritmo circadiano de muchas personas, las más vulnerables a causa de la edad, como niños y ancianos, que sufren alteraciones en sus pautas de sueño/vigilia, de alimentación y hasta hormonales. Sin embargo, esos problemas de salud en un sector nada desdeñable de la población parecen menos importantes que los beneficios económicos del sector turístico de nuestro país.

Dada su posición geográfica, España disfruta de horas de sol suficientes, incluso en invierno. De ahí la conveniencia de mantener fijo el horario de invierno. Además, atrasar el amanecer y el crepúsculo no aporta ventajas significativas más allá de prolongar la luz diurna hasta cerca de las 10 de la noche, cosa que repercute en trastornos del sueño y en desajustes de todo tipo no deseados.  

Por ello, en 2018, el Gobierno acordó la creación de una Comisión de expertos para estudiar la reforma del horario oficial, elaborar un informe al respecto y evaluar la conveniencia de mantener en España un horario fijo. Sus propuestas, tras tanto tiempo, siguen guardadas en un cajón.

Mientras tanto, continuamos jugando con las agujas del reloj para que amanezca y anochezca en función de meras conveniencias crematísticas que sólo benefician a un sector de la economía del  país, el cual, por otra parte, tampoco saldría perjudicado si se consolidara un horario oficial fijo durante todo el año. Es más, todos saldríamos ganando. Unos, en el bolsillo; otros, en salud. Seguro. 

martes, 25 de octubre de 2022

¿Último cambio de hora?

El próximo fin de semana, el último de este mes de octubre, debemos cambiar por enésima vez de hora para adoptar el horario de invierno. Se trata de unos cambios que se vienen produciendo dos veces al año desde que se produjo la primera crisis energética por encarecimiento del precio del petróleo, allá por los años 70 del siglo pasado. En España, ya anteriormente durante la Dictadura, habíamos modificado el horario para tener el mismo que el de Centro Europa y Berlín. Es decir, que ya teníamos una hora de más en relación con el huso horario que nos correspondería por nuestra ubicación geográfica, que es la del meridiano de Greenwich, que determina los horarios del Reino Unido y Portugal. Desde entonces, cada vez que se cambia la hora, tenemos una hora o dos de diferencia (en invierno o en verano) respecto al horario que nos corresponde en realidad. Al atrasar una hora el próximo fin de semana, todavía tendremos una hora de adelanto sobre nuestro horario, sin que de verdad se obtenga de ello ningún beneficio ni ahorro económico. Entonces, ¿por qué se hacen estos cambios?

Ya en 2018 el Parlamento Europeo abordó la posibilidad de eliminar el cambio horario y, apenas un año más tarde, tras una consulta a la opinión pública en la que el 87 % de los participantes mostró su preferencia por contar con un horario fijo, el Ejecutivo Comunitario acordó, en 2019, suprimir el cambio de hora. Aunque me congratulé de ello, sin embargo se continúan efectuando tales cambios horarios dos veces al año. ¿Será este el último?

Aparte de las razones meramente técnicas, relativas a la franja horaria que debería adoptar cada país del continente, existen además fuertes intereses económicos y empresariales, sin que ninguno de ellos atienda a la verdadera exigencia de salud de los ciudadanos, que se ve afectada por tales cambios continuos. Es por ello que, en nuestro país, no existe todavía una fecha concreta para fijar nuestro horario peninsular, ni siquiera para determinar cuál se adoptará, entre el de invierno o de verano, de manera definitiva. Bruselas se ha visto obligada a ampliar el plazo otros cinco años antes de obligar adoptar la medida, a pesar de su acuerdo inicial de materializarlo en 2021. De ahí que el Ministerio español competente en la materia haya fijado el límite hasta 2026 para comprometerse acabar con los cambios horarios en nuestro país.

¿Es posible que esta vez sea la definitiva? Lo dudo. Dado que los beneficios para el ahorro energético del cambio horario son testimoniales y los motivos para continuar con ello responden a otros intereses, no hay prisas por suprimir algo que favorece al sector turístico, la primera industria de nuestro país. Que nuestros biorritmos internos se alteren y otros trastornos, tanto orgánicos como sociales (escolares, alimenticios, etc.), sean consecuencia de estos cambios, no parece suficiente para adoptar una solución definitiva acerca de un horario fijo. De hecho, el Instituto para la Diversificación y Ahorro de Energía (IDEA) asegura que la situación hoy en día es “muy distinta a la de aquel momento”, cuando se adoptó el cambio horario con el objetivo de ahorrar energía.  

Ni hay voluntad ni existe consenso para fijar el horario en España. Así que hemos de acostumbrarnos, como lo hacemos a nuestro pesar, a seguir soportando cada seis meses que nuestros hábitos para levantarnos y acostarnos, para trabajar y divertirnos, para comer y descansar, tengan que modificarse dos veces al año, aunque con ello no se obtenga ningún beneficio energético para el país, pero sí para el bolsillo de los acaudalados patrones de una industria en concreto y los intereses particulares de una minoría, en detrimento del bien general y de la salud de todos.  No, no será el último cambio de hora, desgraciadamente.

domingo, 24 de octubre de 2021

¿Último cambio de hora?

El próximo fin de semana (30 de octubre) se realizará el enésimo cambio de hora, ojalá sea el último, con el que se retrasará una hora en el reloj y se volverá al horario de invierno. Con todo, el recuperado horario invernal no coincidirá con el que corresponde al huso horario oficial de nuestro país, el mismo que el de Reino Unido y Portugal, por lo que seguiremos con una hora de adelanto. Sin embargo, este horario de invierno es el más idóneo con la luz solar y los biorritmos orgánicos controlados por nuestro reloj interno, denominado ritmo circadiano, que se coordina con los ciclos de día y noche, es decir, sueño/vigilia. Es por eso que nos entra sueño cuando oscurece, despertamos al amanecer, estamos más activos de día y nos relajamos al anochecer. Cada vez que se modifica la hora el cuerpo lo acusa y tarda en adaptarse, trastornos que suelen afectar más a las personas de mayor edad y a los niños, provocándoles cansancio, problemas digestivos, pérdida de sueño y hasta dolores de cabeza o migrañas, entre otros efectos.

Sin embargo, debido a la latitud geográfica en que se ubica España, al sur de Europa, nunca ha habido justificación real para realizar cambios en el horario que suponen alargar el día hasta las diez de la noche o más, como acontece durante el verano. La crisis energética de 1973, originada por la guerra entre árabes e israelíes, fue la causa para proceder, por primera vez en tiempos de paz, a un cambio horario -horario de verano- que permitía una hora más de luz al día, lo que en teoría debía suponer un ahorro en el consumo de derivados del petróleo. Desde entonces, cerca de 70 países, la mayoría de ellos en el hemisferio norte, practican el cambio de hora. Pero lo que es comprensible para los países del norte, donde oscurece temprano, no resulta conveniente en los del sur, como España, sometidos a una fuerte irradiación solar por su cercanía al ecuador terrestre. En estas latitudes, lo que se ahorra, si es que se ahorra, en bombillas se gasta, multiplicado por cien, en climatizadores de aire. No hay, por tanto, razones claras para imponer a la población dos modificaciones horarias al año que acaban afectando a la salud y la conducta de las personas, a menos que existan otras intenciones no declaradas.

Parece evidente que el horario de verano beneficia, fundamentalmente, a la industria turística y hostelera, no al conjunto de la actividad económica del país. Pero, por mucho que tan inapropiado horario, que no sirve para conseguir un verdadero ahorro energético, permita la máxima rentabilidad del sector mercantil más importante de nuestro país, no deja de ser una iniciativa que supedita el interés general de la población al particular del negocio turístico. Y, lo que es peor, se mantiene durante décadas a pesar de su ineficacia ahorrativa, aunque ocasione perjuicios a gran parte de la población, la más vulnerable, que afectan a su salud y equilibrio psíquico o emocional.

Esperamos, pues, que el próximo sea el último cambio de horario que se produce en España, no sólo por las razones reseñadas, sino también para cumplir con la directiva europea que insta a mantener un horario inalterable todo el año, preferentemente el de invierno. Ojalá el Gobierno siga las recomendaciones de los expertos, como hizo con la pandemia, y nos regale a partir del 31 de octubre un horario permanente más apropiado a nuestras necesidades humanas. Salvo los que tienen sangre de lagartos o intereses de por medio, todos se lo agradecerán.