La cuestión es que, al parecer, la partida de los barquitos
la disputo con la muerte, mi contrincante en este macabro juego mental. Es ella
la autora que hace agua, toca o hunde las “embarcaciones” que dispongo en el
tablero imaginario del que formo parte. Y, así, cada vez que fallece alguien
conocido de mi entorno -amigo, vecino o familiar-, lo relaciono de inmediato
con los resultados posibles del juego.
El caso es que, en corto espacio de tiempo, han fallecido
dos vecinos en el edificio donde su ubica mi vivienda y, aparte de lamentarlo
emocional y humanamente, no he podido evitar pensar que, con sus muertes,
habían hundido dos barcos de mi tablero vital y que mi contrincante se acercaba
peligrosamente a la destrucción de mi estrategia defensiva. Un pensamiento
similar me había embargado anteriormente cuando asistí, en el curso de pocos
años, al entierro de un compañero entrañable del trabajo, jubilado como yo, y
cuando un familiar acabó de manera prematura en la tumba. Se trata de un juego
mortal en el que, cuando sufro un achaque de cierta importancia, considero que
me han “tocado”. Percibo esas situaciones como especie de embates mortíferos que, como
los aciertos en la batalla de los barquitos, amenazan las fortalezas de mi
integridad, al barco que me representa en ese damero maldito, sin que logren
hundirlo… de momento.
Entonces es mejor asumirlo como un juego más que con miedo
obsesivo. Y jugarlo como un divertimento mental que apenas afecta a la
conducta, salvo esos segundos en que se tarda en declarar “agua, tocado o
hundido” cualquier ataque de la guadaña a tu entorno, para continuar
seguidamente con las rutinas y dedicaciones diarias que colman de propósitos y
contenidos la vida. Al fin y al cabo, como dijo Benedetti, “la muerte es solo
un síntoma de que hubo vida”.
No es más que una manera de restarle importancia a la
certeza pesada y grave de la muerte, tratándola como un juego de estrategias
simplonas en un marco que permite limitadas opciones, para que no influya de
manera dominante en la capacidad de regir nuestra vida hasta el último suspiro,
cuando seamos final y fatalmente hundidos. Por eso relaciono últimamente la
muerte con los barquitos. Y lo hago, al menos, mientras compruebo que hacen
agua, tocan o hunden cualquier “barco” de mi tablero, sin que ello impida, más
bien lo contrario, que emprenda nuevos proyectos vitales. Es decir, seguir
jugando en tanto en cuanto mantenga conciencia de mí mismo, ya que la muerte es
la disolución de esa conciencia. O, como pensaba Borges, “la vida es una muerte
que viene”. Así que tira, que te toca, ingrata.


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