martes, 9 de junio de 2026

Una de barquitos

Desde hace algún tiempo me sorprendo relacionando el juego juvenil de los barquitos con hechos que acontecen en mi entorno personal. Y no es que yo fuera un practicante asiduo de este entretenimiento barato y simple, que habré jugado como mucho en menos de diez ocasiones a lo largo de toda mi vida -la mayoría de ellas con mis nietas-, ni tampoco de los que perciben o viven la vejez como una etapa de pérdidas y decrepitud. Pero el dichoso jueguecito me viene a la cabeza cada vez que una nefasta noticia afecta a alguien que conozco y con el que he tenido alguna relación de cercanía física. Una curiosa combinación con el pasatiempo juvenil que mi mente relaciona con una situación vital. Cosas de la edad, supongo.

La cuestión es que, al parecer, la partida de los barquitos la disputo con la muerte, mi contrincante en este macabro juego mental. Es ella la autora que hace agua, toca o hunde las “embarcaciones” que dispongo en el tablero imaginario del que formo parte. Y, así, cada vez que fallece alguien conocido de mi entorno -amigo, vecino o familiar-, lo relaciono de inmediato con los resultados posibles del juego.

El caso es que, en corto espacio de tiempo, han fallecido dos vecinos en el edificio donde su ubica mi vivienda y, aparte de lamentarlo emocional y humanamente, no he podido evitar pensar que, con sus muertes, habían hundido dos barcos de mi tablero vital y que mi contrincante se acercaba peligrosamente a la destrucción de mi estrategia defensiva. Un pensamiento similar me había embargado anteriormente cuando asistí, en el curso de pocos años, al entierro de un compañero entrañable del trabajo, jubilado como yo, y cuando un familiar acabó de manera prematura en la tumba. Se trata de un juego mortal en el que, cuando sufro un achaque de cierta importancia, considero que me han “tocado”. Percibo esas situaciones como especie de embates mortíferos que, como los aciertos en la batalla de los barquitos, amenazan las fortalezas de mi integridad, al barco que me representa en ese damero maldito, sin que logren hundirlo… de momento.

La relación en esta etapa crepuscular de mi vida con el juego de los barquitos no es ningún desvarío senil ni una patología psiquiátrica, sino simplemente una forma de asumir banalmente el inevitable destino que a todos nos aguarda como seres vivos: la muerte.  Un destino que, a partir de determinada edad, se vislumbra mucho más cercano e insoportablemente probable. Tal vez parezca un juego macabro para quienes tienen toda la vida por delante y ni siquiera piensan en desaparecer, porque creen que la muerte es cosa que concierne a otros, a los viejos, y que con ellos no va, ya que “la muerte es, para los jóvenes, un naufragio y para los viejos, llegar a puerto”, como diría Baltasar Gracián. Pero cuando ves que tus conocidos, vecinos y familiares, con edades comprendidas en tu misma generación, van desapareciendo a tu alrededor, no puedes dejar de imaginar que integras la lista de objetivos a los que está tratando de hundir tu adversaria la muerte. Porque estás llegando, tú también, a puerto.

Entonces es mejor asumirlo como un juego más que con miedo obsesivo. Y jugarlo como un divertimento mental que apenas afecta a la conducta, salvo esos segundos en que se tarda en declarar “agua, tocado o hundido” cualquier ataque de la guadaña a tu entorno, para continuar seguidamente con las rutinas y dedicaciones diarias que colman de propósitos y contenidos la vida. Al fin y al cabo, como dijo Benedetti, “la muerte es solo un síntoma de que hubo vida”.

No es más que una manera de restarle importancia a la certeza pesada y grave de la muerte, tratándola como un juego de estrategias simplonas en un marco que permite limitadas opciones, para que no influya de manera dominante en la capacidad de regir nuestra vida hasta el último suspiro, cuando seamos final y fatalmente hundidos. Por eso relaciono últimamente la muerte con los barquitos. Y lo hago, al menos, mientras compruebo que hacen agua, tocan o hunden cualquier “barco” de mi tablero, sin que ello impida, más bien lo contrario, que emprenda nuevos proyectos vitales. Es decir, seguir jugando en tanto en cuanto mantenga conciencia de mí mismo, ya que la muerte es la disolución de esa conciencia. O, como pensaba Borges, “la vida es una muerte que viene”. Así que tira, que te toca, ingrata.      

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