martes, 27 de enero de 2026

Volver a la Luna

Nunca lo he olvidado. Era un adolescente de 16 años cuando presencié a través del televisor la llegada del hombre a la Luna, allá por el mes de julio de 1969. Era la madrugada del día 21 cuando desperté a mi padre, que se había quedado conmigo en el salón de la casa esperando la retrasmisión, para que viera conmigo las imágenes que procedían desde la superficie lunar. No tenían mucha nitidez y se emitían en el blanco y negro de la época, como toda la programación televisiva, pero sabía que quien descendía por la escalerilla del Módulo Lunar era Neil Amstrong, que, tras detenerse unos segundos sobre la base de la pata a la que estaba acoplada la escalera, saltó a la superficie lunar. Se convertía así en el primer ser humano en pisar nuestro blanco, luminoso, silente y misterioso satélite. Sobre el polvo gris del Mar de la Tranquilidad dejó impresa la huella de su bota, una imagen que se ha convertido en icono de la aventura espacial del hombre. De aquello hace ya 57 años. Y me acuerdo como si fuera hoy.  

Aquella misión número 11, la quinta del Programa Apolo, consiguió llevar a un ser humano hasta la Luna, donde Neil Amstrong y Edwin Aldrin (Michael (Collins se quedó orbitando el satélite en el Módulo de Mando) se convirtieron en los primeros terráqueos en caminar sobre la superficie lunar. Para aquel joven que presenciaba en directo las fantasmagóricas imágenes, comentadas con un entusiasmo contagioso por el corresponsal de TVE en la NASA Jesús Hermida, fue todo un acontecimiento extraordinario, como si hubiera sido testigo del desembarco de Colón en América. Algo histórico que devino rutinario.

Porque luego se sucedieron otras misiones que apenas despertaron el interés de la gente, excepto la del accidente y dramático regreso precipitado del Apolo 13, en 1970, que consiguió traer de vuelta a los astronautas sanos y salvos. Ni jugar al golf ni pasear en coche por la superficie lunar llamaban ya la atención en los telediarios, hasta que por fin se canceló el programa, en 1974.

Apolo 17 sería la última y única misión con un astronauta científico. Los demás fueron todos militares. Y es que el objetivo del programa Apolo nunca fue la ciencia, sino la competición tecnológica con la Unión Soviética, que se había adelantado protagonizando los primeros hitos de la carrera espacial: pionera en lanzar en 1957 el Sputnik, primer satélite artificial; en poner un ser vivo en órbita, también en 1957 (la perrita Laika), y al primer ser humano en el espacio (Yuri Gagarin), en 1961.

Los soviéticos lanzaron también las primeras naves interplanetarias (sondas Venera1, a Venus y Mars1 a Marte, en 1961 y 1962, respectivamente); en mandar la primera mujer astronauta al espacio (Valentina Tereshkova, en 1963); y en realizar el primer paseo espacial fuera de la nave (Alekséi Leónov, en 1965). Tal ventaja no se podía consentir.

Los progresos espaciales soviéticos motivaron que el presidente de EE UU, John F. Kennedy, impulsara un proyecto espacial que demostrara la superioridad norteamericana, costara lo que costara. Así nació el programa lunar y el desarrollo del cohete Saturno V, el más grande construido hasta entonces capaz de impulsar una nave hasta la Luna, en respuesta al desafío de Kennedy de enviar un hombre a la luna antes de que finalizara la década.

Pero el programa era, aparte de complejo, peligroso. Un incendio durante las pruebas del módulo de mando de la Apolo 1, en enero de 1967, se cobró la vida de su tripulación, tres astronautas. Ello no desanimó a la NASA. Para noviembre de ese mismo año, el primer vuelo del Saturno V completó la misión Apolo 4, que no llevaba tripulación. Y en diciembre de 1968, la Apolo 8 permitió a tres astronautas orbitar la Luna. Las misiones 9 y 10 sirvieron para calibrar y comprobar todas maniobras necesarias para el alunizaje. Así, hasta que el Apolo 11, la quinta misión tripulada del programa, hizo historia con aquella famosa frase que pronunció Amstrong cuando plantó los pies sobre la polvorienta superficie de la Luna: “It´s a small step for a man, but a great leap for humanity”.

En la actualidad vuelve a desatarse la rivalidad por impulsar el regreso del hombre a la Luna. Esta vez la competición es entre China y EE UU, países que desarrollan sendos programas con los que aspiran a ser el primero que repite la hazaña. Los norteamericanos están a punto de lanzar el primer vuelo de prueba de la misión Artemisa II, que llevará cuatro astronautas a orbitar la Luna con la nave Orión, impulsada por el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial, por sus siglas en inglés) de 98 metros de altura, el próximo febrero, si todo sale bien. Sería la primera misión tripulada que sobrevolaría la Luna desde el Apolo 17, en 1972. Pero no alunizará, objetivo que deberá esperar a Artemisa III o a una misión china que lo consiga, ninguna de ellas antes de 2030.

En cualquier caso, el desarrollo del viaje de Artemisa II es muy complicado. Una vez fuera de la atmósfera terrestre, la nave Orión deberá efectuar diferentes maniobras para elevar su órbita, durante los dos primeros días de la misión, antes de dirigirse a la Luna. Una vez comprobados todos los sistemas, el módulo de servicio de Orión proporcionará el impulso necesario para escapar de la órbita terrestre y fijar rumbo hacia la Luna. Ese encendido de los motores enviará la nave en un viaje de cuatro días hasta un punto alejado de la Luna, en una trayectoria en forma de ocho, que la situará a 7.400 kilómetros más allá de la cara oculta del satélite. Desde esa distancia, los astronautas podrán ver la Luna en primer plano y la Tierra detrás de ella, a más de 400.000 kilómetros al fondo.

Tras el sobrevuelo lunar, la tripulación maniobrará de nuevo la Orón para situarla en una trayectoria de regreso libre, en la que la gravedad de la Tierra atraerá la nave de forma natural, sin hacer uso de sus motores. La misión durará unos 10 días.

Por su parte, el programa chino para llevar humanos a la Luna parece algo más atrasado, aunque su objetivo sigue siendo un alunizaje tripulado antes de 2030. La carrera entre ambos países es, por tanto, frenética. Los chinos basan su programa en el desarrollo del cohete Larga Marcha CZ-10, que deberá despegar por primera vez en 2027; la nave tripulada de nueva generación Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Los portavoces del programa espacial chino aseguran que sus astronautas pisarán la Luna antes de que termine 2030.

Aunque con retraso, no hay que minusvalorar la capacidad tecnológica del gigante asiático, empeñado en garantizar el cumplimiento de tales objetivos. De hecho, China ha reforzado en los últimos años su programa espacial, logrando hitos como el alunizaje de la sonda Chang´e 4 en la cara oculta de la Luna y la llegada a Marte de la misión Tianwen-1, aparte de estar configurando una estación espacial y planear, junto con otros países, la construcción de una base científica en el polo sur de la Luna.

En definitiva, la carrera espacial se desarrolla sobre la base de desafíos entre aquellos países que vuelcan en ella su prestigio y poder. La unión Soviética fue pionera en esta carrera, superada después por EE UU, que ahora compite con China por la supremacía comercial, económica, tecnológica, militar y, por supuesto, espacial. El interés científico queda supeditado a esas prioridades estratégicas, aunque indudablemente estas contribuyan al avance de aquel.

Pero, para el adolescente al que no le importó trasnochar para asombrarse con la boca abierta de la llegada del primer hombre a la Luna, esta competición le produce, a estas alturas, una enorme desilusión al ser consciente de los verdaderos motivos de una aventura que creyó necesaria para comprender nuestro lugar en el cosmos y lograr avances para el bien y el progreso de la humanidad. Todo era cuestión de rivalidad por la supremacía hegemónica entre las grandes potencias. ¡Qué ingenuo!         

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