Aquella misión número 11, la quinta del Programa Apolo,
consiguió llevar a un ser humano hasta la Luna, donde Neil Amstrong y Edwin
Aldrin (Michael (Collins se quedó orbitando el satélite en el Módulo de Mando)
se convirtieron en los primeros terráqueos en caminar sobre la superficie
lunar. Para aquel joven que presenciaba en directo las fantasmagóricas
imágenes, comentadas con un entusiasmo contagioso por el corresponsal de TVE en
la NASA Jesús Hermida, fue todo un acontecimiento extraordinario, como si
hubiera sido testigo del desembarco de Colón en América. Algo histórico que devino
rutinario.
Porque luego se sucedieron otras misiones que apenas
despertaron el interés de la gente, excepto la del accidente y dramático
regreso precipitado del Apolo 13, en 1970, que consiguió traer de vuelta a los
astronautas sanos y salvos. Ni jugar al golf ni pasear en coche por la
superficie lunar llamaban ya la atención en los telediarios, hasta que por fin
se canceló el programa, en 1974.
Apolo 17 sería la última y única misión con un astronauta
científico. Los demás fueron todos militares. Y es que el objetivo del programa
Apolo nunca fue la ciencia, sino la competición tecnológica con la Unión
Soviética, que se había adelantado protagonizando los primeros hitos de la
carrera espacial: pionera en lanzar en 1957 el Sputnik, primer satélite
artificial; en poner un ser vivo en órbita, también en 1957 (la perrita Laika),
y al primer ser humano en el espacio (Yuri Gagarin), en 1961.
Los soviéticos lanzaron también las primeras naves
interplanetarias (sondas Venera1, a Venus y Mars1 a Marte, en 1961 y 1962,
respectivamente); en mandar la primera mujer astronauta al espacio (Valentina
Tereshkova, en 1963); y en realizar el primer paseo espacial fuera de la nave
(Alekséi Leónov, en 1965). Tal ventaja no se podía consentir.
Los progresos espaciales soviéticos motivaron que el
presidente de EE UU, John F. Kennedy, impulsara un proyecto espacial que
demostrara la superioridad norteamericana, costara lo que costara. Así nació el
programa lunar y el desarrollo del cohete Saturno V, el más grande construido
hasta entonces capaz de impulsar una nave hasta la Luna, en respuesta al
desafío de Kennedy de enviar un hombre a la luna antes de que finalizara la
década.
En la actualidad vuelve a desatarse la rivalidad por
impulsar el regreso del hombre a la Luna. Esta vez la competición es entre
China y EE UU, países que desarrollan sendos programas con los que aspiran a ser
el primero que repite la hazaña. Los norteamericanos están a punto de lanzar el
primer vuelo de prueba de la misión Artemisa II, que llevará cuatro astronautas
a orbitar la Luna con la nave Orión, impulsada por el cohete SLS (Sistema de
Lanzamiento Espacial, por sus siglas en inglés) de 98 metros de altura, el
próximo febrero, si todo sale bien. Sería la primera misión tripulada que
sobrevolaría la Luna desde el Apolo 17, en 1972. Pero no alunizará, objetivo
que deberá esperar a Artemisa III o a una misión china que lo consiga, ninguna
de ellas antes de 2030.
En cualquier caso, el desarrollo del viaje de Artemisa II es
muy complicado. Una vez fuera de la atmósfera terrestre, la nave Orión deberá
efectuar diferentes maniobras para elevar su órbita, durante los dos primeros
días de la misión, antes de dirigirse a la Luna. Una vez comprobados todos los
sistemas, el módulo de servicio de Orión proporcionará el impulso necesario
para escapar de la órbita terrestre y fijar rumbo hacia la Luna. Ese encendido
de los motores enviará la nave en un viaje de cuatro días hasta un punto alejado
de la Luna, en una trayectoria en forma de ocho, que la situará a 7.400
kilómetros más allá de la cara oculta del satélite. Desde esa distancia, los
astronautas podrán ver la Luna en primer plano y la Tierra detrás de ella, a
más de 400.000 kilómetros al fondo.
Tras el sobrevuelo lunar, la tripulación maniobrará de nuevo
la Orón para situarla en una trayectoria de regreso libre, en la que la
gravedad de la Tierra atraerá la nave de forma natural, sin hacer uso de sus
motores. La misión durará unos 10 días.
Por su parte, el programa chino para llevar humanos a la
Luna parece algo más atrasado, aunque su objetivo sigue siendo un alunizaje
tripulado antes de 2030. La carrera entre ambos países es, por tanto,
frenética. Los chinos basan su programa en el desarrollo del cohete Larga
Marcha CZ-10, que deberá despegar por primera vez en 2027; la nave tripulada de
nueva generación Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Los portavoces del programa
espacial chino aseguran que sus astronautas pisarán la Luna antes de que
termine 2030.
Aunque con retraso, no hay que minusvalorar la capacidad
tecnológica del gigante asiático, empeñado en garantizar el cumplimiento de tales
objetivos. De hecho, China ha reforzado en los últimos años su programa
espacial, logrando hitos como el alunizaje de la sonda Chang´e 4 en la cara
oculta de la Luna y la llegada a Marte de la misión Tianwen-1, aparte de estar
configurando una estación espacial y planear, junto con otros países, la
construcción de una base científica en el polo sur de la Luna.
En definitiva, la carrera espacial se desarrolla sobre la
base de desafíos entre aquellos países que vuelcan en ella su prestigio y
poder. La unión Soviética fue pionera en esta carrera, superada después por EE
UU, que ahora compite con China por la supremacía comercial, económica,
tecnológica, militar y, por supuesto, espacial. El interés científico queda supeditado
a esas prioridades estratégicas, aunque indudablemente estas contribuyan al
avance de aquel.



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