Y este año es notoriamente singular. En primer lugar, porque
mi mujer se incorpora y me acompaña en la franja de los septuagenarios, aunque
yo la supere en tres años. Una diferencia que, a estas alturas, es
prácticamente indistinguible, pero que, cuando iniciamos la relación,
representaba una provocativa diferencia entre una niña de 14 años y un joven de
17.
Y en segundo lugar, porque desde entonces, con sus malos y
buenos momentos, sus estrecheces y sus holguras materiales, con las
preocupaciones por los hijos y el alivio de verlos emanciparse y asir las
riendas de sus vidas, nuestro matrimonio ha soportado estoicamente los embates
de una convivencia, a veces fácil y a veces difícil, que acumula este día cincuenta
años de existencia. Es decir, que hoy celebramos las bodas de oro, una meta que
no todos pueden lograr en estos tiempos reacios al compromiso y el sacrificio.
Por eso hoy, primer día de 2026, a mis 73 años recién
estrenados y en el mes que mi esposa accede a los 70, justo cuando cumplimos la
hazaña de las bodas de oro y los hijos nos miran con los ojos brillosos del
amor y admiración recíprocos, siento la satisfacción de que la salud nos haya
permitido gozar de esta jornada tan singular, valorándola en todo lo que significa:
una muestra de entrega duradera y compartida y un triunfo de la familia.
Permitidme, pues, que exhiba mi orgullo y mi gratitud.

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