miércoles, 11 de febrero de 2026

No me gusta el reggaetón, pero sí Benito

Más por la edad que por otra cosa, el reggaetón no es un estilo musical que me entusiasme. Me ha cogido muy mayor para que me atraiga ese underground latinoamericano sobre el sexo explícito, las drogas y la violencia de la calle. Para ser sincero, he de reconocer que no me gusta nada.

En primer lugar, por ese ritmo dembow, nacido en Jamaica, que suena “atún-con-pan, atún-con-pan” de manera repetitiva, de base electrónica y armonía sencilla, una especie de combinación entre el reggae, el hip hop y el rap, que me resulta monótono, aburrido. En segundo lugar, por la práctica carencia de instrumentación musical, pues deja todo el protagonismo a la parte percusiva. Y en tercer lugar, por la manera en que se canta, una especie de recitado monocorde sin apenas saltos de melodía y una vocalización gutural que apenas se entiende, que no es apta para mis oídos, poco acostumbrados a una jerga suburbana que me resulta extraña y con incipientes dificultades auditivas.

El reggaetón, originario de Puerto Rico y Panamá en la década de los 90, es un género cantado en español y centrado en las manifestaciones culturales relacionadas con el baile, la noche y el ocio. De ser algo minoritario, a partir del 2000 comenzó a tener popularidad internacional y, hoy en día, es uno de los géneros musicales más escuchados en el mundo, hasta convertirse en un competidor directo con la industria mainstream de EE UU.

Quizás por ello, los organizadores del acontecimiento deportivo estadounidense por excelencia, la Super Bowl, decidieron este año ofrecer el espectáculo que se celebra durante el descanso al artista puertorriqueño (pero de nacionalidad norteamericana, ya que Puerto Rico es un estado libre asociado de USA)) Bad Bunny (Conejito malo), una de las figuras más reconocidas del reggaetón a nivel internacional. Seguramente, les movía la intención de expandir al mundo hispano la retransmisión de una competición que ya es seguida en algunos países de Centroamérica, como México, y del Caribe. Además, no era la primera vez que artistas hispanos habían actuado durante el entretiempo de la Super Bowl, como Shakira o Jennifer López.

Sin embargo, este año la participación del cantante boricua (ciudadano norteamericano, hay que insistir) agitó las ya de por sí turbias aguas que azotan la sociedad de EE UU. Por un lado, por la política racista del presidente Donald Trump, empeñado en una cacería indiscriminada de inmigrantes en suelo norteamericano, a los que denigra, humilla y acosa, considerándolos delincuentes y peligrosos. Es tal la represión que practica que la policía de control de inmigración y aduanas, conocida como ICE, no solo ha detenido a niños de cinco años para deportarlos, sino que ha asesinado a sus propios conciudadanos por protestar contra esa violencia injustificada, como Renée Nicole Good y Alex Reffrey Pretti, ambos de 37 años y ambos norteamericanos.

Y por otro lado, porque el cantante puertorriqueño había decidido cantar sólo en español, en coherencia con la música hispana que interpreta y con su estilo, un reggaetón energético hecho para bailar y con el que hace críticas sociales y reivindicativas de su tierra. Una música que le sirve para representar la cultura puertorriqueña y denunciar las injusticias y amenazas que enfrenta la isla, como el aumento del turismo, la gentrificación, la urbanización salvaje y el daño al medio ambiente. Es más, tal es su amor a sus orígenes que organizó una gira especial en Puerto Rico, de 30 conciertos, dedicada a su gente, en la que contrató talento local, impulsó la vestimenta criolla y promovió proyectos para la comunidad, lo que dejó cerca de 400 millones de dólares de ganancia para la isla. 

Pues bien, este artista es el que aprovechó su actuación en la Super Bowl para dejar en evidencia las políticas autoritarias y racistas de la actual Administración estadounidense, convirtiéndose en símbolo de una resistencia cultural, por su orgullo hispano, frente al miedo y la represión que ejerce el trumpismo en un contexto de persecución inmisericorde del inmigrante en EE UU. Ello ha desatado la virulenta reacción del movimiento MAGA, los seguidores fanáticos de Trump, que exhibieron sus más exaltados e irracionales sentimientos, movidos por el conservadurismo radical que promueve Donald Trump, mostrándose enfadados por el uso del español y el protagonismo de personas no blancas.

Ignoran estos que se consideran yanquis puros que EE UU no tiene un idioma oficial y que el español llegó a lo que hoy es territorio norteamericano antes que el inglés y del nacimiento de USA como nación hace 250 años. 

Según Héctor Fouce, profesor de Periodismo y Nuevos Medios de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, “el mérito de Bad Bunny ha sido el de ocupar y aprovechar un espacio como la Super Bowl para dejar claro que existen más formas de imaginar EE UU y que hay otra América que está siendo deportada masivamente”.

Así lo subrayó el propio cantante cuando exhibió el lema “Juntos somos América”, impreso en el balón de fútbol americano que portaba, y cuando dijo “Dios bendiga a América”, la única frase que pronunció en inglés, tras la cual citó el nombre de todas y cada una de las naciones que conforman el continente americano.

Esa reivindicación de lo latino ante un estadio con una audiencia mayoritariamente blanca, donde estuvo acompañado de otras figuras de habla hispana, como el actor Pedro Pascual y los cantantes Ricky Martin, Candi B o Karol G., representa un desafío cultural que plantea que otra América, más rica y diversa, es posible frente al modelo de sociedad supremacista, profundamente racista con redadas a migrantes incluida, que defiende el mandatario norteamericano.

Hay que poseer convicciones muy sólidas para provocar e irritar a un todopoderoso presidente norteamericano que es temido a lo largo y ancho del mundo, ya que es capaz de secuestrar “manu militari” a dirigentes de otras naciones, asesinar sin pruebas a presuntos narcotraficantes en aguas internacionales y de crear una policía que actúa como guardia pretoriana, dispuesta a acatar sin reservas sus impulsivas y arbitrarias decisiones.

Nada más que por este valiente posicionamiento más ético que político, Benito Antonio Martínez Ocasio -el nombre real de Bad Bunny- ha conseguido que me interese por su trayectoria. Nunca he escuchado ninguna de sus canciones y, probablemente, seguiré sin incluirlas en mis preferencias, pero su actitud y compromiso con su lengua y las tradiciones hispanas, precisamente en estos momentos en que EE UU se precipita por el barranco de la violencia contra la diversidad, la tolerancia y la convivencia multirracial, hace que Bad Bunny se convierta en mi ídolo del reggaetón, como Bruce Springsteen lo es del rock por lo mismo, por su respuesta ante los excesos policiales en Minneapolis.

Y luego dicen que la música te aísla de los problemas de la realidad.             

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