A pesar de las medidas adoptadas, tanto legales (leyes de protección, políticas de igualdad, etc.) como educacionales (eliminar la enseñanza sexista, evitar sesgos sexistas en los juguetes, educación sexual, etc.), para combatir el machismo de nuestra sociedad, todavía perduran dos de las manifestaciones más abominables de esa conducta que permean clases sociales, estratos económicos o niveles de formación: la que asesina y la que viola o agrede sexualmente a la mujer.
Cada año se
contabilizan en nuestro país cifras escalofriantes de mujeres muertas a manos
de sus parejas o exparejas, sin que ninguna de esas medidas haya logrado
extirpar definitivamente la lacra del machismo más cavernícola y despreciable,
el que asesina. Unas cifras que, si bien se han reducido paulatinamente desde
que se contabilizan, no consiguen rebajar el nivel de entre 45 y 50 mujeres
víctimas de machistas asesinos que cada año computan las estadísticas en
España.
Es más, se
registra incluso un ligero repunte en los datos de los últimos años, aunque sin
superar -sólo lo ronda- el cómputo de 50 mujeres asesinadas anualmente por un
machismo que algunos todavía se niegan a admitir. Una cantidad que, en todo
caso, repugna a quien albergue una mínima sensibilidad respecto a la actitud
que debería presidir la relación hombre/mujer: la que considera a ambos sujetos
como personas con igual dignidad, solo distintas por su sexo, y merecedoras de
los mismos derechos e idéntica consideración y respeto. Se trata, por tanto, de
una cifra inaceptable para cualquier sociedad sana, tolerante, plural y libre
como aspiramos que sea la nuestra en pleno siglo XXI.
Pero no lo
conseguimos porque el inicio de este año ha vuelto a ser trágico para la mujer,
con tres asesinatos por violencia machista en los 13 primeros días de enero. Y
en lo que va de año, ya se han registrado 15 feminicidios y otros asesinatos de
mujeres, según el portal Feminicidio.net. La cifra contrasta con los recuentos
oficiales -que registran siete mujeres asesinadas hasta la fecha por violencia
machista (1.350 desde 2003)- porque esos recuentos solo incluyen los asesinatos
cometidos por parejas o exparejas y no recogen los feminicidios cometidos fuera
del patrón familiar de la medición oficial.
Es necesario,
pues, entender que las cifras oficiales no reflejan toda la magnitud de un
problema estructural, derivado de una sociedad patriarcal, que se perpetúa por
dinámicas de desigualdad, tolerancia social con los comportamientos machistas y
las deficiencias de las medidas de prevención y protección de la mujer.
De ahí la
persistencia de una lacra que cada año se cobra el tributo de mujeres muertas
por el simple hecho de ser mujer y por pretender ser tratadas con igualdad de
derechos que el hombre, sin verse subordinadas ni a su voluntad ni a su
supuesta autoridad.
Por eso se
suceden los casos de agresiones sexuales y violaciones de mujeres que son
consideradas meros objetos para la satisfacción o el capricho del hombre, ante
quien han de ser sumisas y obedientes. Una situación de subordinación y
discriminación que se da, incluso, en ámbitos que, en teoría, deberían velar
contra lo que en realidad son delitos perseguibles y castigados penalmente. Tal
es el caso de un altísimo cargo de la Policía Nacional, que ha sido cesado
cuando se conoció que había sido citado por el Juzgado de Violencia sobre la
Mujer tras ser acusado de una agresión sexual contra una subordinada. El daño
cometido por el denunciado, alguien cuyo deber era el de proteger y resultó ser
un despiadado machista, es enorme por cuanto erosiona la confianza de las
víctimas en el sistema.
En España se
denuncian una media de 14 violaciones al día. Casi tres millones de mujeres
(2.715.311) han sido acosadas sexualmente en el último año, a las que hay que
sumar las que sufren agresiones de índole sexual, según la Macroencuesta de
Violencia sobre la Mujer, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística
(INE) y la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género. El retrato
que dibujan tales datos es el de una realidad en la que no hay ningún ámbito
ajeno a esta lacra.
Ello pone de
manifiesto que el machismo más vil, el que viola y asesina, no cesa, que su
ensañamiento contra la mujer persiste inamovible en el seno de nuestra sociedad
y que, en cuanto puede, asoma su rostro violento a pesar de que hayan pasado
más de dos décadas de la Ley Integral contra la Violencia de Género y demás
medidas legales y educativas impulsadas para erradicarlo.
Con cada agresión, con cada asesinato asistimos a un fracaso colectivo que ha de impulsarnos a redoblar los mecanismos sociales, legislativos y educativos que posibiliten la erradicación de todas las formas de violencia machista de nuestro seno. Y que contribuyan a evitar el abuso de poder y la sumisión frente al agresor, cuya persistencia alimentan el miedo de la mujer a denunciar la situación que sufre, a veces desde hace años, por el temor al propio agresor, a la vergüenza, a no ser creídas e, incluso, a considerarse culpable de esa violencia.
Y aunque
existe ayuda formal u oficial para estas situaciones, nunca es suficiente.
Muchas mujeres todavía siguen sin hallar protección directa, ni siquiera
engrosando el sistema VioGÉN (sistema de seguimiento integral en casos de
violencia de género) ni utilizando la aplicación Alertcops, de alerta a la
policía, por fallos en las pulseras de geolocalización. Tampoco encuentran
apoyo en su entorno inmediato porque el agresor, en la mayoría de los casos,
pertenece a ese entorno íntimo -familiar, amigo o conocido- donde se produce la
agresión. Tantas son las circunstancias adversas para la mujer agredida que,
por ejemplo, en la franja de edad en torno a los 75 años, solo dos de cada diez
mujeres logran romper la relación con su agresor.
Tales
dinámicas de tolerancia con la violencia machista hay que romperlas en
cualesquiera los ámbitos donde se produzcan, ya sean laborales, deportivos, sociales
o domésticos. Porque la única manera de hacer frente al machismo violento es no
consistiendo en ningún caso su existencia, reprobando siempre su expresión o
exhibición y denunciando, en cuanto se produzca, la conducta violenta u
ofensiva. Pero sobre todo, mostrando siempre nuestro apoyo, comprensión y ayuda
a toda mujer que sea víctima de ese machismo que no cesa. Ni una más.


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