Un ciudadano nacido en Itálica (cerca de Sevilla) se convirtió en el primer césar español de la primera potencia mundial de la época, el Imperio Romano del siglo I d.C. Y lo hizo tan bien que acabó siendo nombrado por sus coetáneos como Optimus Princeps, el “mejor emperador”. No acabó asesinado, como algunos de sus predecesores, sino que murió por causas naturales, dejando al frente del imperio a otro hispano, su ahijado Adriano, al que había ido preparando durante toda su vida, sin ponérselo fácil, para tan alta responsabilidad. Las éxitos políticos y militares del emperador Trajano, quien se encargó de consolidar el imperio en sus fronteras con Dacia (Europa Central hasta Ucrania), a la que conquistó tras dos guerras terribles, y con Oriente Medio, donde intentó hacer frente al Imperio Parto en Mesopotamia para asegurarse el control de la ruta terrestre y marítima de la Seda y las Especies con Asia, lo convierten en un gobernante sólido, capaz e inteligente que dedicó toda su vida a proporcionar al Imperio Romano uno de los períodos más estables y prósperos de su existencia. La biografía* de Marco Ulpio Trajano es, pues, el delicioso e interesante relato de un hombre que estuvo a punto de cambiar la historia de la humanidad, tal como la conocemos hoy en día.
Pero, antes,
he de aclarar algunas licencias que me he permitido en este comentario, porque Trajano
no era español, ya que entonces no existía España como país, sino un ciudadano
de la Bética, una fértil región del Ulterior de la Hispania conquistada por
Roma a los cartagineses y celtíberos tras las guerras Púnicas. Tales licencias
son una argucia literaria para captar la atención del lector mediante referencias
de actualidad. Así, puede recrear en su imaginación el lugar de nacimiento
de Trajano en Itálica, la colonia fundada a orillas del río Betis (llamado
después Guadalquivir) en lo que hoy es el municipio de Santiponce (Sevilla), en
el año 53 de nuestra era.
Aquella
ciudad, poblada inicialmente con veteranos romanos y auxiliares itálicos, pasó
a ser una urbe imprescindible en la consolidación del poder romano en la región
y centro del desarrollo agrícola, comercial y cultural de la zona. Tal pujanza
económica atrajo a élites romanizadas que continuaron y ampliaron la
explotación de latifundios, predios, minas y factorías. Y esa fortuna en
dinero, tierras y negocios, tan lucrativos como el comercio de aceite de oliva,
catapultaron a las grandes estirpes de origen o afincadas en Hispania entre la
élite de la aristocracia imperial, ya sólidamente integrada en el Senado
romano.
Trajano pertenecía a una de esas estirpes hispánicas, en la que su padre, de nombre homónimo, había conseguido ascender hasta el orden senatorial (la alta aristocracia de Roma). Y su madre, Ulpia Marciana, había aportado al matrimonio los bienes económicos y de parentesco pertinentes para facilitar ese ascenso senatorial y demás oportunidades a la familia. Trajano, por tanto, nació en el seno de una clase media-alta de la época y pertenecía a unas élites nativas romanizadas o colonos romanos de la región, integradas entre la aristocracia romana de la misma.
La
trayectoria político-militar de su padre influyó de forma determinante en la
carrera de Trajano, quien adquirió una sólida formación militar que marcaría su
carácter y su futuro. Aunque no era un gran estudiante, dispuso de una notable
elocuencia y de una inteligencia intuitiva natural, dominando un latín claro y
preciso, escrito con gran perfección, cuya prosa recuerda el estilo de César,
autor que ejerció gran influencia sobre él.
Con 20 años
acompañó a su padre a Siria como tribuno de una de las legiones, donde pudo ser
testigo de las particularidades de la geopolítica y estrategias de Roma en
Oriente, bajo el cetro de los Flavios, para buscar la supremacía en la región.
Pocos años más tarde, sería destinado como tribuno a otra legión, en el Rin, lo
que constituye una excepción porque rara vez se desempeñaba un tribunado en dos
legiones distintas. Después regresaría a Roma para ejercer labores financieras
como secretario de uno de los cónsules y, probablemente, ser candidato a patricio
por recomendación expresa del emperador. Su carrera, que ya había echado firmes
raíces en tiempos de Vespasiano, se consolidaría aun más con Domiciano, al que
los círculos de poder hispano respaldaron incluso en los momentos de mayor
tribulación. El magnicidio de Domiciano obligó a una pacífica y razonablemente
tranquila transición que, a través de Nerva, terminaría sentando en el trono a
Marco Ulpio Trajano.
Previamente,
Domiciano había entregado a Trajano el mando de una legión acantonada el Legio
(León), en la Hispania Citerior Tarraconense. Y al tener noticias de una
rebelón en la Germania Superior durante la guerra que libraba Domiciano en
aquellas tierras, Trajano marcha desde Hispania con su legión al Rin, donde
lidera junto a otros generales las operaciones contra cuados, marcomanos y
yácigos, en el curso de la cuales obtiene una victoria decisiva.
Mientras
tanto, Nerva, que asciende al poder tras el asesinato de Domiciano, nombra a
Trajano como sucesor y Caesar, al albur de sus éxitos cosechados en el campo de batalla, el cual ejerce el impeium maius desde Germania Superior,
supervisando las operaciones en los límites del Rin y el Danubio, y preparando
la contienda contra el Estado dacio y sus aliados.
Regresa a Roma tras el fallecimiento de Nerva, donde es proclamado Augusto (dies imperii) y recibe el título de pater patriae. Se convierte así en el primer emperador hispano del Imperio Romano. Entre tanto, la entente dácica invade Mesia Inferior y, con Trajano asumiendo personalmente las operaciones contraofensivas de la Primera Guerra Dácica, los romanos no solo derrotan a las fuerzas agresoras, sino que invaden el Estado dacio, obligando a su rey a capìtular ante Roma y firmar una paz que dura apenas tres años. Al cabo de ese tiempo, Dacia invade territorio de los aliados de Roma en la región, por lo que el Senado declara la Segunda Guerra Dácica, en la que cae derrotada buena parte de la guarnición romana de Dacia. Ante tales hechos, Trajano vuelve a ponerse al frente de las operaciones e invade por segunda vez el Estado dacio, cuyo rey, derrotado y perseguido, acaba suicidándose para evitar ser capturado. Tras el fin de la guerra, Roma convierte Dacia en provincia romana.
Trajano
regresa a Roma aclamado por sus victorias sobre Dacia y sus aliados. Sus
triunfos militares decoran, mediante escenas narrativas de las Guerras Dácicas,
la Columna Trajana, levantada pocos años más tarde. Por ese tiempo, en
conmemoración del décimo aniversario de su ascenso al trono, se inauguran
también las Termas y el Acueducto de Trajano en Roma, así como la Naumaquia que
lleva su nombre.
Sin embargo,
otros frentes vienen a perturbar la placidez de estos reconocimientos,
obligando al emperador Trajano a abandonar nuevamente la ciudad de Roma, camino
de Siria, para iniciar las operaciones contra el Imperio parto. Pero en esta
ocasión la suerte no le es del todo favorable. Invade Armenia, cuyo rey había
sido depuesto por el shahanshah parto, y la Alta Mesopotamia. Mientras
sus ejércitos cruzan el Trigis y descienden el Éufrates para conquistar
Babilonia antes de marchar sobre la capital del Imperio parto, se producen
disturbios en Alejandría y estalla la Guerra Judía en Cirene y Chipre. Ese
alzamiento generalizado es aprovechado por los partos para el contraataque. La
mayor parte de Egipto cae en manos de los rebeldes judíos, que se preparan para
marchar sobre Judea. Ello obliga a los ejércitos romanos a replegarse de
Armenia y Mesopotamia para marchar sobre Judea, Egipto y Chipre.
Sintiéndose enfermo
y agotado, el italicense concede a Adriano el mando del ejército de la Guerra
Pártica y la provincia de Siria, y zarpa rumbo a Italia para preparar la
sucesión al trono. Pero no le da tiempo. Agravada seriamente su salud, el emperador Marco Ulpio Trajano, de casi 64 años de edad y achacado por
múltiples patologías, fallece en Selinunte (Cicilia), en 117, después de asegurar, con
la conquista de Dacia, el papel de Roma como superpotencia hegemónica del
continente europeo y facilitar que pudiera poner sus ojos sobre Oriente, el
gran objetivo estratégico desde la caída de Cartago, independientemente del
resultado final.
La
importancia del primer emperador hispano fue tal que, en lo sucesivo, el Senado
recibiría a los nuevos emperadores con la exhortación Sis felicior Augusto, melior
Traiano, que significa: ”Que seas más feliz que Augusto y mejor que Trajano”.
Fue el único entre todos los césares
romanos en tener el honor de ser sepultado en el interior de la ciudad de
Rómulo, donde, en el pedestal de su Columna, descansan los restos mortales del
primer césar “español” y fundador de la dinastía Ulpio-Elia, oriundos de Itálica,
aquí al lado.
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Notas: *Trajano, el mejor emperador, de
David Soria Molina. Desperta Ferro Ediciones, Madrid, 2025.



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