martes, 27 de enero de 2026

Volver a la Luna

Nunca lo he olvidado. Era un adolescente de 16 años cuando presencié a través del televisor la llegada del hombre a la Luna, allá por el mes de julio de 1969. Era la madrugada del día 21 cuando desperté a mi padre, que se había quedado conmigo en el salón de la casa esperando la retrasmisión, para que viera conmigo las imágenes que procedían desde la superficie lunar. No tenían mucha nitidez y se emitían en el blanco y negro de la época, como toda la programación televisiva, pero sabía que quien descendía por la escalerilla del Módulo Lunar era Neil Amstrong, que, tras detenerse unos segundos sobre la base de la pata a la que estaba acoplada la escalera, saltó a la superficie lunar. Se convertía así en el primer ser humano en pisar nuestro blanco, luminoso, silente y misterioso satélite. Sobre el polvo gris del Mar de la Tranquilidad dejó impresa la huella de su bota, una imagen que se ha convertido en icono de la aventura espacial del hombre. De aquello hace ya 57 años. Y me acuerdo como si fuera hoy.  

Aquella misión número 11, la quinta del Programa Apolo, consiguió llevar a un ser humano hasta la Luna, donde Neil Amstrong y Edwin Aldrin (Michael (Collins se quedó orbitando el satélite en el Módulo de Mando) se convirtieron en los primeros terráqueos en caminar sobre la superficie lunar. Para aquel joven que presenciaba en directo las fantasmagóricas imágenes, comentadas con un entusiasmo contagioso por el corresponsal de TVE en la NASA Jesús Hermida, fue todo un acontecimiento extraordinario, como si hubiera sido testigo del desembarco de Colón en América. Algo histórico que devino rutinario.

Porque luego se sucedieron otras misiones que apenas despertaron el interés de la gente, excepto la del accidente y dramático regreso precipitado del Apolo 13, en 1970, que consiguió traer de vuelta a los astronautas sanos y salvos. Ni jugar al golf ni pasear en coche por la superficie lunar llamaban ya la atención en los telediarios, hasta que por fin se canceló el programa, en 1974.

Apolo 17 sería la última y única misión con un astronauta científico. Los demás fueron todos militares. Y es que el objetivo del programa Apolo nunca fue la ciencia, sino la competición tecnológica con la Unión Soviética, que se había adelantado protagonizando los primeros hitos de la carrera espacial: pionera en lanzar en 1957 el Sputnik, primer satélite artificial; en poner un ser vivo en órbita, también en 1957 (la perrita Laika), y al primer ser humano en el espacio (Yuri Gagarin), en 1961.

Los soviéticos lanzaron también las primeras naves interplanetarias (sondas Venera1, a Venus y Mars1 a Marte, en 1961 y 1962, respectivamente); en mandar la primera mujer astronauta al espacio (Valentina Tereshkova, en 1963); y en realizar el primer paseo espacial fuera de la nave (Alekséi Leónov, en 1965). Tal ventaja no se podía consentir.

Los progresos espaciales soviéticos motivaron que el presidente de EE UU, John F. Kennedy, impulsara un proyecto espacial que demostrara la superioridad norteamericana, costara lo que costara. Así nació el programa lunar y el desarrollo del cohete Saturno V, el más grande construido hasta entonces capaz de impulsar una nave hasta la Luna, en respuesta al desafío de Kennedy de enviar un hombre a la luna antes de que finalizara la década.

Pero el programa era, aparte de complejo, peligroso. Un incendio durante las pruebas del módulo de mando de la Apolo 1, en enero de 1967, se cobró la vida de su tripulación, tres astronautas. Ello no desanimó a la NASA. Para noviembre de ese mismo año, el primer vuelo del Saturno V completó la misión Apolo 4, que no llevaba tripulación. Y en diciembre de 1968, la Apolo 8 permitió a tres astronautas orbitar la Luna. Las misiones 9 y 10 sirvieron para calibrar y comprobar todas maniobras necesarias para el alunizaje. Así, hasta que el Apolo 11, la quinta misión tripulada del programa, hizo historia con aquella famosa frase que pronunció Amstrong cuando plantó los pies sobre la polvorienta superficie de la Luna: “It´s a small step for a man, but a great leap for humanity”.

En la actualidad vuelve a desatarse la rivalidad por impulsar el regreso del hombre a la Luna. Esta vez la competición es entre China y EE UU, países que desarrollan sendos programas con los que aspiran a ser el primero que repite la hazaña. Los norteamericanos están a punto de lanzar el primer vuelo de prueba de la misión Artemisa II, que llevará cuatro astronautas a orbitar la Luna con la nave Orión, impulsada por el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial, por sus siglas en inglés) de 98 metros de altura, el próximo febrero, si todo sale bien. Sería la primera misión tripulada que sobrevolaría la Luna desde el Apolo 17, en 1972. Pero no alunizará, objetivo que deberá esperar a Artemisa III o a una misión china que lo consiga, ninguna de ellas antes de 2030.

En cualquier caso, el desarrollo del viaje de Artemisa II es muy complicado. Una vez fuera de la atmósfera terrestre, la nave Orión deberá efectuar diferentes maniobras para elevar su órbita, durante los dos primeros días de la misión, antes de dirigirse a la Luna. Una vez comprobados todos los sistemas, el módulo de servicio de Orión proporcionará el impulso necesario para escapar de la órbita terrestre y fijar rumbo hacia la Luna. Ese encendido de los motores enviará la nave en un viaje de cuatro días hasta un punto alejado de la Luna, en una trayectoria en forma de ocho, que la situará a 7.400 kilómetros más allá de la cara oculta del satélite. Desde esa distancia, los astronautas podrán ver la Luna en primer plano y la Tierra detrás de ella, a más de 400.000 kilómetros al fondo.

Tras el sobrevuelo lunar, la tripulación maniobrará de nuevo la Orón para situarla en una trayectoria de regreso libre, en la que la gravedad de la Tierra atraerá la nave de forma natural, sin hacer uso de sus motores. La misión durará unos 10 días.

Por su parte, el programa chino para llevar humanos a la Luna parece algo más atrasado, aunque su objetivo sigue siendo un alunizaje tripulado antes de 2030. La carrera entre ambos países es, por tanto, frenética. Los chinos basan su programa en el desarrollo del cohete Larga Marcha CZ-10, que deberá despegar por primera vez en 2027; la nave tripulada de nueva generación Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Los portavoces del programa espacial chino aseguran que sus astronautas pisarán la Luna antes de que termine 2030.

Aunque con retraso, no hay que minusvalorar la capacidad tecnológica del gigante asiático, empeñado en garantizar el cumplimiento de tales objetivos. De hecho, China ha reforzado en los últimos años su programa espacial, logrando hitos como el alunizaje de la sonda Chang´e 4 en la cara oculta de la Luna y la llegada a Marte de la misión Tianwen-1, aparte de estar configurando una estación espacial y planear, junto con otros países, la construcción de una base científica en el polo sur de la Luna.

En definitiva, la carrera espacial se desarrolla sobre la base de desafíos entre aquellos países que vuelcan en ella su prestigio y poder. La unión Soviética fue pionera en esta carrera, superada después por EE UU, que ahora compite con China por la supremacía comercial, económica, tecnológica, militar y, por supuesto, espacial. El interés científico queda supeditado a esas prioridades estratégicas, aunque indudablemente estas contribuyan al avance de aquel.

Pero, para el adolescente al que no le importó trasnochar para asombrarse con la boca abierta de la llegada del primer hombre a la Luna, esta competición le produce, a estas alturas, una enorme desilusión al ser consciente de los verdaderos motivos de una aventura que creyó necesaria para comprender nuestro lugar en el cosmos y lograr avances para el bien y el progreso de la humanidad. Todo era cuestión de rivalidad por la supremacía hegemónica entre las grandes potencias. ¡Qué ingenuo!         

viernes, 23 de enero de 2026

Una Junta ¿de qué?

El plan de paz para Gaza que impuso Donald Trump contempla que tras el alto el fuego, alcanzado el pasado octubre, debería dar comienzo una segunda fase en la que Hamás procedería a desarmarse completamente (cosa improbable), se retirarían las fuerzas israelíes que ocuparon y devastaron la Franja (aun siguen matando gente), se desplegaría una fuerza internacional que separaría a los contendientes y procuraría la estabilización de la zona (ni está ni se la espera) y, finalmente, se constituiría una Junta de Paz que supervisaría el desarrollo del alto el fuego y los proyectos de reconstrucción del enclave. Así constaba en el documento de 20 medidas con el que Trump consiguió poner punto final a la guerra entre Israel y Hamás.

Pero antes de que todos esos pasos previos se completen, el presidente norteamericano ha querido materializar el último de ellos con la creación de la llamada Junta de Paz, un organismo pensado para que Trump ejerza el control directo sobre el futuro del territorio palestino e, incluso, pueda sustituir a la ONU en la resolución de conflictos.

A tal efecto, EE UU ha invitado a líderes de todo el mundo a formar parte de la Junta de Paz con el objetivo de dotar de mayor credibilidad y peso internacional a un organismo que, más adelante, podría convertirse en la institución que supervise, bajo las directrices de Trump, cualquier conflicto en los que participe como mediador.  

Y como no podía ser de otro modo, Donald Trump se ha asegurado su control total, ya que será presidente indefinidamente de la Junta y tendrá potestad de aprobar qué Estados o líderes pueden ser miembros o no de ella, además de tener autoridad para vetar cualquier acuerdo o decisión que se adopte en su seno. De entrada, ha exigido que, para ser miembro permanente, hay que abonar mil millones de dólares (920 millones de euros), un fondo que, según el borrador de la carta fundacional, será el propio Trump quien lo controle.

Gaza en la actualidad
Al menos 60 países han sido invitados para sumarse a esa Junta. Y entre los que ya han aceptado figuran, hasta la fecha: Javier Milei, presidente de Argentina; Santiago Peña, de Paraguay; Recep Tayyip Erdogan, de Turquía; Viktor Orbán, presidente de Hungría; Abdalá II, rey de Jordania; Narendra Modi, primer ministro de India; Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia; representantes de Egipto, Qatar y Emiratos Árabes, que mediaron en el conflicto; Prabowo Subianto, primer ministro de Indonesia; Shehbaz Sharif, de Pakistán; Nikoi Pashinyan, de Armenia; Vladimir Putin, quien todavía no ha dado repuesta a la propuesta de Washington; y por supuesto Benjamin Netanyahu, el dirigente israelí que, esgrimiendo legítima defensa, está acusado por el Tribunal Penal Internacional de crímenes de guerra y genocidio cometidos en Gaza y, no contento con ello, también ha decidido demoler las instalaciones de la sede de la  UNRWA (la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos) de Jerusalén Este, violando el derecho internacional y los privilegios e inmunidades de las Naciones Unidas, aparte de prohibir la actividad de otras 37 organizaciones humanitarias en el Enclave y en Cisjordania.

Otros países, en cambio, como Francia, Suecia, Noruega, España y la UE como institución, han declinado la oferta. Y algunos todavía la están estudiando, caso de China y los países bálticos.

Es curioso que la mayoría de líderes que ha aceptado formar parte de la Junta tenga una tendencia reaccionaria, comprensiva con los objetivos del mandatario norteamericano de alterar el orden mundial, está alineada con la política estadounidense y, por supuesto, simpatiza con Israel y su política de expansión sobre el territorio palestino y la consiguiente expulsión de su población árabe.

También es significativo que ningún palestino haya sido invitado a formar parte de la Junta ni que representantes del Gobierno Autónomo Palestino, rival de Hamás y legítimo representante democrático del pueblo palestino, figuren en ella. Al parecer, la paz de Gaza compete al agresor y sus simpatizantes, no al agredido y prácticamente aniquilado pueblo palestino de Gaza. Todo para Gaza pero sin los gazatíes, parece la consigna.

Entre tanto, Trump también ha elegido un Comité Ejecutivo subordinado a la Junta de Paz con personas de su máxima confianza, como Marco Rubio, secretario de Estado de EE UU; Jared Kushner, su yerno; Roberto Gabriel, asesor de Trump; Steve Witkoff, millonario propietario de una inmobiliaria; Marc Rowan, otro multimillonario, Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, y Tony Blair, exprimer ministro británico, cuestionado en Oriente Medio por ser coartífice de la invasión ilegal de Irak.

También ha designado a dos consejeros para la Junta, Aryeh Lightstone y Josh Gruenbaum, que serán los encargados de las “operaciones y estrategia del día a día”, junto al diplomático búlgaro Nicolai Mladenov como Alto Representante para Gaza, algo así como el enlace entre la Junta y el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), una especie de Gobierno de tecnócratas sin apenas margen de maniobra, ya que estará supervisado por la Junta de Paz, por el Alto Representante y por el Comité Ejecutivo.

La Gaza que se proyecta
Pero más allá del desprecio al pueblo palestino al que se le impide decidir su futuro, lo preocupante del plan y de la Junta de Paz es la intención que lo animan. Encuadrado en el afán del presidente de Estados Unidos por dinamitar el orden internacional, la Junta de Paz parece diseñada para relegar a la ONU, creada hace 80 años, y sustituir su política multilateral por un organismo, encargado de “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, completamente controlado por Trump y sujeto a su voluntad.

En lugar de exigir responsabilidades por la devastación de Gaza, articular políticas que garanticen la coexistencia de un Estado israelí y otro palestino, en pacífica convivencia (la "solución de los dos Estados" acordada por la ONU), y acompañar y asesorar al pueblo palestino para que ejerza su voluntad política como democráticamente decida, la Junta de Paz parece orientada a mantener las estructuras colonialistas en Gaza, permitiendo que los grandes detentadores de capital, Trump entre ellos y esos multimillonarios que lo acompañan, asuman en su beneficio la reconstrucción e, incluso, establezcan un dominio internacional indefinido sobre la Franja, manteniéndola separada de Cisjordania e institucionalizando, así, la fragmentación palestina, lo que dificultaría el sueño palestino de su autodeterminación. Todo un plan perfectamente estructurado en el que los palestinos carecen de voz y quedan reducidos a mano de obra barata y empleados sumisos, como simples súbditos bajo tutela internacional.

Más que la paz, esta Junta consolida abiertamente un descarado colonialismo sobre la maltratada Gaza a mayor gloria y vanidad del actual emperador del mundo, jefe supremo indefinidamente de esa nueva ONU que establecerá la paz mundial y una gobernanza fiable. Es para morirse de risa si no produjera escalofríos.

viernes, 16 de enero de 2026

Europa, en la encrucijada

Europa ha recibido un insólito y grave zarpazo en las mismas puertas del Este del continente propinado por una Rusia nostálgica de su pasado soviético, cuando englobaba como colonias a las repúblicas socialistas de su alrededor. Después de continuos y mortíferos ataques que están durando más que su participación en la Segunda Guerra Mundial, Rusia sólo ha conquistado de manera precaria una parte del Donbás que ambiciona de Ucrania, cerca de un tercio del territorio de un país -incluida la península de Crimea- que se defiende desesperadamente gracias a la ayuda militar que le prestan la Unión Europea y los Estados Unidos de América (USA, en sus siglas en inglés).

Mientras se negocia infructuosamente, con el patrocinio de los EE.UU de Trump, lo que no sería más que una rendición, nada parece indicar que la agresión se circunscriba a esa parte del territorio ucranio y que, en futuras ocasiones, la Rusia de Putin aspire a expandir aun más sus dominios en Europa oriental, aquella que conformaban los regímenes comunistas de Europa del Este, movido por sus deseos de dividir y socavar el proyecto europeo de creciente desarrollo económico, político y social que rivaliza con el modelo ruso por la democracia, las libertades y la pujanza comercial y de innovación que representa. Y que ya ha atraído a las repúblicas liberadas del yugo soviético, a pesar de que fueron parte integral de la URSS, que se han adherido a la Unión Europea tras un proceso de transición a la democracia, como son los países bálticos de Estonia, Letonia y Lituania. Un desgajo que también protagonizaron países satélites que formaron parte del Bloque del Este, como Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Rumanía y Bulgaria, que corrieron a unirse a la UE en cuanto pudieron.

Todo ello explica -pero no justifica- la agresión rusa a Ucrania, alma gemela del pueblo ruso, y la animadversión de Putin al proyecto europeo y su integración en el plan defensivo conjunto de la OTAN. Esa transformación de la mitad oriental de Europa como parte de una UE integrada en el bloque occidental bajo la tutela militar de USA es percibida como un agravio insoportable por una Rusia que no acaba de aceptar la nueva situación producida tras el derrumbe de la Unión Soviética en 1991. De ahí que Rusia, bajo el liderazgo de Putin, se haya convertido en la mayor amenaza existencial del Viejo Continente, en general, y de la Unión Europea, en particular.

Pero, por si fuera poco, Europa se enfrenta, además, a la amenaza impensable e inesperada de su viejo aliado y defensor, Estados Unidos de América, el país que no dudó en derramar su sangre para arrancar a Europa de las garras de Hitler, y que ahora busca anexionarse, por las buenas o por las malas, de Groenlandia, la inmensa isla ártica que pertenece a Dinamarca, es parte de la UE y de la OTAN. Arguye el mandatario norteamericano cuestiones geoestratégicas de seguridad nacional y percibirla como objetivo apetitoso de sus dos enemigos a escala mundial, Rusia y China.

Los USA comandados por Donald Trump parecen dispuestos a saltarse todas las leyes, tratados, convenios y acuerdos que dotaban al mundo de orden y seguridad, e incluso a abandonar los antiguos lazos de fidelidad como aliados que regían sus relaciones con las naciones bajo su influencia. De hecho, en su afán por apoderarse de Groenlandia, a EE.UU no le importa dinamitar su relación con la UE, atacando e invadiendo el territorio de un país miembro, a pesar de que ello conduciría, no solo a que Europa desconfíe y se aleje de EE.UU. como socio, sino que provoque la disolución del Tratado atlántico que vinculaba su defensa colectiva a USA, el paraguas defensivo y disuasorio del Continente desde la Segunda Gran Guerra.

Si ello se produjese, sería la primera vez que estas relaciones de mutua colaboración y defensa estarían seriamente amenazadas, debido al cambio estratégico de los EE.UU de Trump de trastocar el orden mundial imperante, entre otras cosas porque considera que no hay más legalidad internacional que su propia y santa voluntad.

Las razones estratégicas esgrimidas por Trump para anexionarse Groenlandia son falaces, ya que los acuerdos con Dinamarca no impiden a EE.UU. mantener o aumentar su presencia en la isla, donde ya cuenta con instalaciones de alerta temprana contra misiles balísticos, operado por un escuadrón de Alerta Espacial como parte del NORAD, que protege todo el norte de América.

Y si la isla fuese amenazada por fuerzas enemigas, como teme Trump, EE.UU podría tomar el control del territorio para defenderlo, como sucedió en 1941, cuando se firmó el Acuerdo de Defensa de Groenlandia que permitió la presencia de bases militares de EE.UU. en la isla. Y esta vez con el apoyo de la OTAN.

Sea como fuere, Europa se halla ante una gran encrucijada histórica que amenaza su existencia desde puntos geográficos opuestos: desde el Este y el Noroeste, zonas claves que jamás había considerado focos de tensión o de peligro que pudieran amenazar su virtualidad como unidad política, económica y social. Nunca antes, desde que en 1956 nació como Mercado Común, se había enfrentado a un reto de semejante envergadura y de consecuencias tan oscuras.

Basada en la democracia y la libertad de mercado, la UE se ha transformado en un actor global que es considerado uno de los principales de la economía mundial. Este desarrollo y la paz en el Continente depende de un sistema defensivo en torno a la OTAN y a la colaboración intensa con EE. UU., sobre la base de intereses comunes comerciales, tecnológicos, energéticos y militares. Tanto es así que los 27 países de la UE son el principal socio externo de EEUU, con un comercio de más de 980 mil millones de dólares anuales y de servicios que supera los 1,7 billones de dólares. ¿Es racional poner todo ello en juego?

Este exitoso proyecto común europeo está amenazado, desde el Este, por la obsesión rusa de recomponer su antiguo espacio de influencia en la Europa oriental y por su intención de obstaculizar la potencialidad económica de la UE, con las llamadas, por ejemplo, “guerras híbridas” (ciberataques, sabotajes, desinformación, etc.). Y desde el Noroeste ártico, por el cambio de actitud de los EEUU de Trump, decidido a desligarse de las alianzas con la UE y la OTAN, que considera obsoletas y poco operativas. Y para quien las viejas reglas y la multilateralidad del antiguo orden internacional ya no le valen en un mundo regido por el proteccionismo y la unilateralidad del más fuerte, capaz de orillar instituciones como la ONU, la OMC, el BM, la OMS y demás organismos regulatorios internacionales.

Queda la UE como única institución supranacional que defiende los viejos paradigmas que han definido las relaciones internacionales desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y cuyo modelo de sociedad, basado en la democracia y el libre mercado y en un potente estado de bienestar que protege a sus ciudadanos, está siendo cuestionado por autócratas y tiranos, desde el Este y Oeste, que desearían una UE débil y dividida, compuesta por estados serviles y vulnerables.      

Tal es, actualmente, el grave problema al que se enfrenta, con las dudas, las cautelas, la falta de recursos, sin un sistema defensivo propio y con las divisiones entre socios con las que suele actuar, la Unión Europea a la que pertenecemos.

Un modelo cimentado en la democracia, que ha sido la mejor defensa contra las alternativas no democráticas y autoritarias, pero que no puede evitar que la corrosión le afecte -como advierte Tony Judt- cuando los ciudadanos se desentienden de ella, como demuestra el hecho de que, en las elecciones parlamentarias de la UE celebradas en 1979, participó una media del 62 por ciento del electorado, y ahora lo hace menos del 30 por ciento.

No es exagerado resaltar que otro de los riesgos que corre Europa viene de dentro, de los populismos y las formaciones ultras antieuropeas que se valen de la democracia y de la desafección de los ciudadanos para debilitar la UE o aniquilarla desde sus entrañas. Justo lo que hace el primer ministro húngaro cuando torpedea acuerdos europeos, pero apoya iniciativas de Trump o Putin, con los que se siente más cercano. O lo que contempla el programa de partidos, como Vox en España, contrarios a una Europa unida y al Estado de las autonomías de España.

Si a ello añadimos, para completar, la amenaza china multifacética (económica, tecnológica, energética, etc.), no tan agresiva, pero tampoco honesta e incluso desleal (subsidios, dumping, bajos salarios, etc.), y cuya influencia no deja de aumentar en todos los mercados y países del mundo, el panorama se vuelve aun más negro. Máxime cuando esa relación con un país comunista y nada democrático puede generar tensión geopolítica y provocar una guerra comercial con sanciones y aranceles.

En definitiva, la UE tal y como la conocemos se halla en una delicada situación, sumida en una encrucijada vital para su continuidad y existencia. Muchos son los frentes que debe combatir, pero especialmente el que promueve el presidente de USA y su propósito de destruir el viejo orden internacional para sustituirlo por un nuevo desorden mundial hecho a su medida. Y esta vez esos acontecimientos nos afectan a todos muy directamente. Por ello, es momento de no ser indiferentes y de actuar para que no desaparezca el estilo de vida que disfrutamos en esta parte del mundo. Tal es el auténtico reto al que se enfrenta la UE.

domingo, 11 de enero de 2026

Los Bécquer, una familia de artistas

Todo el mundo conoce a Gustavo Adolfo Bécquer, poeta romántico que hizo suspirar a cuantos han leído sus rimas en cualquier momento de sus vidas. Son bastante menos lo que saben quién era Valeriano Bécquer, hermano pintor del poeta y autor del famoso retrato de Gustavo Adolfo que ha servido para ilustrar todos los poemarios que se han editado de su obra.

Sin embargo, ellos no son los únicos con el apellido Bécquer de una saga familiar en la que la inspiración artística animaba a casi todos sus componentes. El padre y un tío también contribuyeron a forjar el legado de una dinastía de artistas pictóricos que retrataron la España del Siglo XIX y que culminó con la poderosa figura del poeta.

Una familia de ascendencia noble y abundante fortuna, oriunda de Flandes, que se estableció en Sevilla a finales del Siglo XVI, alcanzando una sólida notoriedad en la ciudad. A mediados del XVIII, los descendientes luchaban por conservar su pasada posición, motivo por el que mantuvieron el apellido Bécquer. Uno de ellos perteneció a la Real Escuela de las Tres Nobles Artes de Sevilla y a la Real Academia de San Fernando de Madrid, sobresaliendo como grabador. Es el probable maestro de José, que contrajo matrimonio con Joaquina Bastida, teniendo ocho hijos, entre ellos Valeriano y Gustado Adolfo Bécquer. Al morir los padres todavía jóvenes, Joaquín, primo de José, se hizo cargo de la formación artística de los hermanos. De ahí surgió esa saga de pintores que dominó el panorama artístico del Siglo XIX de Sevilla. Y cuyo legado puede contemplarse en la muestra que exhibe en el Museo de Bellas Artes de Sevilla sobre Los Bécquer, un linaje de artistas, una exposición que reúne hasta el 15 de marzo más de 150 piezas, entre óleos, dibujos, acuarelas, litografías y libros, de una familia pionera de la pintura costumbrista.

Todos ellos contribuyeron a definir la cultura del romanticismo andaluz y, predominantemente, sevillano. José, Joaquín y Valeriano -padre, tío y hermano- lo hicieron a través de la pintura, mientras Gustavo Adolfo lo materializó mediante la poesía, a pesar de ser también hábil con el dibujo. De hecho, Gustavo Adolfo Bécquer no dejó de dibujar. Dibujaba en hojas sueltas y en cartas, garabateaba cuadernos y álbumes, incluso en sus manuscritos, adornando sus poemas.

Esta dinastía de pintores documentó la España del XIX, pues no se dedicaron, como era costumbre, a la pintura religiosa, que era la más importante y rentable. Y es que, después de la invasión francesa y tras la Desamortización de Mendizábal, los conventos dejaron de encargar lienzos y los pintores quedaron prácticamente sin trabajo.

José Domínguez Bécquer exploró la pintura costumbrista, que era demandada por los viajeros extranjeros por su tipismo y exotismo. Ese gusto por lo español se puso de moda y José Bécquer lo explotó, utilizando una técnica por entonces novedosa, la litografía, lo que le dio mucha fama, pues sus estampas recorrieron Europa.

Joaquín Bécquer acercó el costumbrismo a una pintura más académica. Y Valeriano dotó esa pintura costumbrista de un realismo casi etnográfico. Entre todos sentaron las bases de la reivindicación artística de las formas de expresión populares andaluzas. Conformaron una dinastía pictórica que documentó la España del Siglo XIX, durante el reinado de Isabel II y el establecimiento en Sevilla de Antonio de Orleáns, duque de Montpensier.

Joaquín fue el más longevo y célebre, llegando a ser un pintor importante en su época, en parte, por sus excelentes relaciones tanto con la reina como con los duques de Montpensier. Fue conservador del Alcázar y pintor de cámara del duque.

Gustavo Adolfo se formó como pintor junto a su hermano Valeriano en el taller de su tío Joaquín. Y ambos compartieron viajes, anhelos y penurias, hasta el punto de que el autor de Rimas afirmase: “Él dibujaba mis versos y yo versificaba sus cuadros”.

En otoño de 1870 fallecería en Madrid el joven pintor y tres meses más tarde lo haría, con tan solo 34 años, el poeta. En 1913 los restos de ambos artistas se trasladarían a Sevilla, a la capilla de la universidad, en cuya cripta están enterrados, ahora bajo la iglesia de la Anunciación, donde se encuentra el Panteón de los Sevillanos Ilustres. Se cumplía, así, un secreto becqueriano revelado en la tercera carta de Desde mi celda: “Soñaba que la ciudad que me vio nacer se enorgulleciese con mi nombre, añadiéndole al brillante catálogo de sus ilustres hijos; y cuando la muerte pusiera un término a mi existencia, me colocasen para dormir el sueño de oro de la inmortalidad a la orilla del Betis”

Así fue cómo se extinguió uno de los linajes artistas más destacados de la España del Siglo XIX.  

jueves, 8 de enero de 2026

Nuevo desorden mundial

Finalmente, Donald Trump se ha salido con la suya y, tras las bravuconadas previas a que nos tiene acostumbrados, ha decidido bombardear quirúrgicamente Venezuela para que sus comandos de élite pudieran secuestrar, en una operación tan espectacular como rápida, a Nicolás Maduro y su esposa. Una vez más, Estados Unidos recurre al poderío de su fuerza militar para imponer su santa voluntad, en función de sus exclusivos intereses, en un continente que considera el “patio trasero” de su propiedad.

Por eso no oculta, sino que lo expresa abiertamente, que quiere el control de América entera o, como denomina al continente, el “hemisferio occidental”. De hecho, ya ha amenazado a Colombia, Cuba, Panamá, México y Groenlandia como próximos objetivos. Así lo proclama por escrito el recién aprobado Documento de Estrategia Nacional: “Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”.

Y por si quedaran dudas, el asesor principal de política interior del presidente, Stephen Miller, ha reconocido en una entrevista que “Estados Unidos tiene derecho a tomar posesión de Groenlandia y controlar a estados más débiles haciendo uso de su poderío militar”. Es decir, que Donald Trump está decidido en su segundo mandato a poner el mundo a sus pies y trastocar el viejo orden mundial, por la fuerza si fuera necesario, para hacer valer su lema de  “America First” (Primero América) como respuesta al supuesto declive estadounidense y sustituir aquel dominio global, hoy en disputa por China fundamentalmente, por un, al menos, imperio hemisférico occidental.  

Tales modos violentos los creíamos superados por imperativos de la legalidad internacional que obliga a respetar el derecho a la inviolabilidad territorial y la soberanía de los estados como norma básica en las relaciones internacionales. Pero, para sorpresa de ingenuos, vuelven a la palestra en la manera descarada y nada sutil que caracteriza al actual presidente norteamericano.

Así, asistimos a una “política de cañoneras” que EE.UU. recupera como vía expeditiva para disciplinar a los países díscolos que no acatan los dictados de la gran potencia. Pudiera parecer trasnochado, pero es exactamente lo que pone en evidencia el ataque a Venezuela. Se trata de una tendencia que el águila yankee no es capaz de reprimir, como la innata predisposición del escorpión a picar.  Y sus consecuencias se pueden rastrear con facilidad porque, tristemente, forman parte de la historia de los países de la América Latina, siempre condicionados, manipulados, saqueados y maltratados por Estados Unidos de América, la bota del Norte que los pisotea. Es una tradición que arrancó antes incluso que la colonización española (Incas, Mayas, etc.), que la aplicó con afanes “civilizatorios” (religión y lengua) mientras saqueaba sus recursos (Potosí y otras minas), y que se prolongó luego, tras las sucesivas emancipaciones independentistas, con la voracidad insaciable del moderno imperio estadounidense, cada vez más hambriento de poder. Es lo que describe magistralmente Eduardo Galeano cuando denuncia que “una legión de piratas, mercaderes, banqueros, marines, tecnócratas, boinas verdes, embajadores y capitanes de empresa norteamericanos se han apoderado, a lo largo de una historia negra, de la vida y destino de la mayoría de los pueblos del sur”.

Recurrir a la fuerza no es algo nuevo. Los actos “disciplinarios” de EE UU mediante la violencia son recurrentes, bien de manera directa, bien de forma teledirigida. Así lo que ha hecho siempre. Desde su apoyo a la guerra de Cuba, con la que acabó anexionándose Puerto Rico, Filipinas y Guam y mantuvo bajo control absoluto a Cuba hasta la llegada de Fidel Castro, EE UU no ha cejado jamás de interferir en cualquier país del hemisferio que considere estratégico para su existencia y expansión. Su larga mano se percibe en el derrocamiento del presidente socialista de Chile mediante un golpe de Estado patrocinado por la CIA y la implantación de la dictadura de Pinochet. La escusa entonces fue que no podía permitir que un país “se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su gente”, como declaró Henry Kissinger, secretario de Estado en aquella ocasión. De igual modo actuó en Brasil, Argentina, Uruguay y otros países de Sudamérica y el Caribe. Incluso, en pleno siglo XXI, no ha tenido remilgos para invadir países con enormes reservas de petróleo (¿casualidad?), como Irak en 2003, arguyendo que poseía armas de destrucción masiva, y ahora Venezuela, a la que acusa de narcotráfico y a Maduro, de liderar un cartel de la droga. Justificaciones que a la larga resultan falaces.

Donald Trump se cree providencial y no para en sutilezas ni pierde el tiempo en formalidades. Ni la democracia ni el derecho internacional representan líneas rojas que sus objetivos deban respetar. De ahí que esté dispuesto a sabotear el viejo orden mundial que rige las relaciones tanto políticas como comerciales entre los estados y que, a su juicio, representa un obstáculo para los intereses de EE UU, limitando su poder a nivel global.

Aquel viejo orden que sustentó una globalización basada en el multilateralismo está siendo sustituido por un nuevo desorden mundial basado en un unilateralismo que facilita la imposición de condiciones del más fuerte, ansioso de asegurarse el suministro energético y demás recursos. Trump está convencido de dirigir el país más fuerte, más poderoso, más capaz, con más medios, mayor riqueza, el que aglutina la mayor inteligencia, tecnología y ejército del planeta como para imponer sus reglas al resto de países. Y se ha lanzado a marcar su territorio, aunque tenga que poner el mundo a sus pies. Literalmente.

Un mundo repartido en áreas de influencia que garantizaría la paz entre los imperios dominantes y la no intromisión en sus respectivos “patios traseros”. Como han hecho los imperios históricamente, cuando portugueses y españoles se repartían, en virtud del Tratado de Tordesillas, zonas de navegación y conquista del océano y el Nuevo Mundo para evitar un conflicto de intereses entre ambas monarquías. Hoy, para EE UU, su imprescindible zona de influencia es el continente americano por entero, aparte de otras zonas estratégicas del mundo, naturalmente.

Solo bajo ese contexto parece viable el asalto de Trump a Venezuela y la agresión de Rusia a Ucrania, ambos hechos consumados, tolerados y hasta comprendidos recíprocamente, salvo condenas retóricas que, como el aire, no detienen las balas. Unas zonas de influencia que sirven, además, para advertir a China, cuyo creciente papel en el “hemisferio occidental” causa pavor y es considerado un peligro para la seguridad e intereses expansionistas de Estados Unidos.

Este nuevo desorden mundial posibilitaría a las potencias a imponer de manera unilateral sus condiciones y recurrir a la fuerza para someter a sus vecinos y apropiarse de sus recursos, sin diplomacias ni leyes que limiten su voluntad imperial.  

Ni la ONU, ni la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños), ni la UE, ni siquiera la OTAN han condenado de manera expresa y sin reservas las violaciones del Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas cometidas por Estados Unidos con el ataque a Venezuela y el secuestro del presidente del país. Solo un grupo de siete países europeos, España entre ellos, ha rechazado la ilegal iniciativa bélica de Trump en Venezuela y sus proyectos anexionistas de Groenlandia, cuya confiscación supondría, aparte de un ataque a la soberanía danesa del territorio, el fin de la propia OTAN, que tiene como fundamento el principio de defensa colectiva. A menos, claro, que la OTAN “comprenda” la necesidad de EE UU de aumentar su presencia en la isla helada.         

Este nuevo desorden mundial trastoca todas las seguridades que brindaba el viejo orden y nos expone a un futuro inmediato totalmente incierto y preocupante, en el que la guerra parece, más que posible, probable si continúan las agresiones a los Estados, las violaciones del Derecho Internacional y el pisoteo cínico a la democracia y la legalidad. Asistimos, en suma, a momentos convulsos y confusos en los que el mundo actual, como el que sufrió Stefan Zweig, parece que se desintegra a pasos agigantados, desbaratando nuestros ideales de paz, libertad y seguridad.

Lecturas:

Manuel Vázquez Montalbán, La penetración americana en España. Editorial Cuadernos para el Diálogo. Madrid, 1974.

Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2010.

Stefan Zweig, El mundo de ayer. Editorial Acantilado, Barcelona, 2017.