jueves, 5 de marzo de 2026

Ojalá seamos terribles

Me incluyo en ese descalificativo porque me siento aludido con la crítica de Trump. El presidente norteamericano ha declarado, durante una comparecencia ante la prensa en la Casa Blanca junto al canciller alemán Friedrich Merz, que “Lo de España es terrible”. Y aunque soy español por decisión voluntaria y no por azar natalicio, me duelen las amenazas del mandatario yanqui a nuestro país. Y todo porque no se le puede llevar la contraria ni discrepar de sus arbitrariedades.

Donald Trump está muy enfadado con España, particularmente con el presidente Pedro Sánchez, al que acusa de ser un líder débil porque se ha atrevido a negar a EE.UU. el permiso para usar las bases militares, de soberanía española y utilización conjunta, de Morón de la Frontera (Aérea, en Sevilla) y Rota (Aeronaval, en Cádiz) para la logística y el abastecimiento de los bombarderos que atacan a Irán.

Al parecer, era la gota que colma el vaso. Esa negativa al uso de las bases españolas provocó la furia iracunda del presidente Trump, quien, si por él fuera, ordenaría inmediatamente no solo que se operara desde esas bases ignorando la prohibición del Gobierno español, sino que se paralizara “mañana, hoy mejor aun, todo lo que tenga que ver con España: embargos. Podemos hacerlo”, afirmó desafiante. Y añadió: “Y podemos imponer un 15 % de aranceles a quien queramos”, blandiendo su arma favorita de negociación hasta que el Supremo le paró los pies.

Al parecer, a Donald Trump no le cae bien Pedro Sánchez desde que le salió respondón y se negó a subir el gasto militar al 5 % del PIB, como se acordó en la Cumbre de La Haya. En aquella ocasión, Sánchez también discrepó de una decisión que, promovida por el mandatario norteamericano, habían adoptado todos los países miembros de la OTAN, menos España. Es por eso que, como argumento a esgrimir para su actual enfado, el presidente Trump recordara que “todos se mostraron entusiasmados con la idea, todos menos España, y ahora dicen que no podemos usar las bases, es terrible”. Y como hizo entonces, ha vuelto a amenazar con represalias comerciales a España. ¡Huy, qué miedo!

Y es que nuestro presidente no aprende, no sabe mostrarse servil y dócil ante el todopoderoso ególatra yanqui, acatando todas sus barbaridades. Ya antes, el Gobierno de España se había opuesto a la ilegal intervención militar ordenada por Trump en Venezuela para secuestrar “manu militari” a Nicolás Maduro, presidente del país, y conducirlo a la fuerza a una cárcel de Nueva York, donde pretenden juzgarlo, a pesar de todas las violaciones del derecho internacional cometidas en su captura.

De hecho, nuestro país lleva señalándose desde hace mucho tiempo, prácticamente desde el inicio de su mandato, plantando cara a las políticas de Donald Trump cada vez que atropella la legalidad internacional, pisotea los Derechos Humanos e ignora la Carta de la ONU, mientras destruye, con mamporros cada vez más violentos e indisimulados, el viejo orden mundial, aquel multilateralismo en las relaciones internacionales basado en consensos y reglas y regido por leyes que todos cumplían.

España ha sido crítica con los abusos y la soberbia de quienes se creen que pueden imponer su criterio e intereses simplemente porque pueden, por la fuerza. De ahí que nuestro país haya denunciado por activa y por pasiva el genocidio cometido en Gaza por un Israel envalentonado por el apoyo incondicional que le presta Trump. E incluso que haya reconocido oficialmente a Palestina como Estado independiente, con derecho a exigir el respeto de su soberanía e integridad territorial, conforme las resoluciones de la ONU.

Por eso nuestro país no deja de denunciar la brutal agresión que sufre el pueblo palestino, a quienes se les quiere desalojar de sus tierras. Son las mismas razones -el respeto a la legalidad internacional, a la soberanía de los estados y a la integridad territorial- por las que también se opone, con igual contundencia, a la ilegal y criminal invasión de Ucrania por parte de Rusia. Entre otras razones, porque los abusos hay que denunciarlos sin importar quien los cometa y sin caer en una hipócrita equidistancia.

Y porque, si no, los abusadores se envalentonan al creer que los demás consienten sus atropellos sin rechistar. Tal vez esta sea una de las razones por la que esos mismos matones se unen ahora para atacar Irán y comenzar un conflicto en Oriente Próximo que no se sabe cómo acabará. Otra vez Israel y EE.UU. juntan sus bombas para abrir fuego contra el país de los ayatolás, con la excusa de impedir que se doten de armas nucleares y liberar a su pueblo de la dictadura que lo oprimía. Es decir, otra versión de lo de las armas de destrucción masiva y la democracia. Bla, bla, bla.

Antes se coge un mentiroso que a un cojo. Calla Trump que fue él quien había hecho que su país abandonara el acuerdo firmado con Irán, bajo la presidencia de Obama, en 2015, y avalado por varias potencias internacionales, por el que Teherán garantizaba el uso exclusivamente pacífico de su programa nuclear, permitiendo la supervisión de sus instalaciones por inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Cosa que Israel no hace.

Y que, no contento con ello, en 2025 bombardeó, junto con Israel, las instalaciones nucleares más importantes de Irán, asegurando que había devastado completamente el programa nuclear iraní. ¿Dónde radica, pues, el supuesto peligro nuclear de Irán que justifica esta nueva guerra ilegal y sin autorización de la ONU?

De ahí que España insista no solo en cuestionar esa iniciativa bélica, sino incluso en negarse a colaborar con ella, prohibiendo el uso de las bases americanas en nuestro país por los bombarderos norteamericanos. Recupera, así, el grito de “no a la guerra” que ya pronunció masivamente por la también ilegal guerra de Irak en la que nos involucró un Gobierno conservador, sumiso y servil a las directrices del imperio yanqui. Entonces gobernaba un Aznar engreído, que fumaba puros y hablaba con acento de Texas, y regía en Washington un tal Bush, igual de ignorante e impulsivo que Trump.

No es ojeriza, pues, lo que Trump siente por Sánchez, es algo peor. Es animadversión y verdadera repulsión por un dirigente que osa cuestionarle sus iniciativas más importantes, incluía sus incursiones bélicas. Y es que desde España se rechazan sus medidas contra los inmigrantes, a los que acusa de todos los males que padece la sociedad norteamericana. Frente a la criminalización de la migración, el presidente español aprueba una ley de regularización de migrantes que se convierte en modelo de acogida y un ejemplo a tener en cuenta. Si Trump crea una policía dedicada a la caza y captura de emigrantes para su expulsión, Pedro Sánchez les ofrece papeles para legalizar su situación en España. Resultado: compárense los problemas de convivencia y los índices de criminalidad de un país y otro. Ni Trump ni la extrema derecha española asumen esos detalles que objetivan con datos verificables el supuesto problema migratorio.

Y cuando Donald Trump impulsa guerras ilegales, España no las apoya por considerarlas un “atropello a la legalidad internacional”, idéntica acusación que se le hace a Putin por la guerra de Ucrania, a Netanyahu por la masacre de Gaza y a Trump por la incursión en Venezuela y las amenazas anexionistas a Groenlandia. Y, aunque aparentemente es una voz que clama en el desierto, la actitud de España tiene algún peso o trascendencia en tanto en cuanto al presidente norteamericano tanto le afecta. Tal vez sea, no por pragmatismo, sino por la coherencia de muestra posición con el derecho internacional y el diálogo entre las naciones.

En todos los casos, España ha demostrado que no quiere ser cómplice de iniciativas que son contrarias a sus valores, basados en el respeto a la legalidad internacional, la paz y la coexistencia pacífica, y menos aun por miedo a represalias. Es una actitud ética, como país, digna de elogio y orgullo, aunque paguemos algunas consecuencias en el corto plazo.

Ojalá seamos más terribles en dignidad que patriotas de pulserita defensores del energúmeno que nos amenaza.